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jueves, 4 de junio de 2026

Magnifica Humanitas y el imposible bien común

 

Magnifica Humanitas y el imposible bien común

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

La crítica más profunda que puede hacerse a Magnifica Humanitas desde una perspectiva liberal no es económica sino epistemológica. La encíclica presupone que existen autoridades capaces de identificar el bien común, ponderar adecuadamente los intereses en conflicto y diseñar reglas que orienten el desarrollo tecnológico hacia fines socialmente deseables. Sin embargo, esa premisa tropieza con uno de los grandes descubrimientos de las ciencias sociales modernas: el teorema de la imposibilidad de Kenneth Arrow.

Arrow demostró matemáticamente que no existe un mecanismo de decisión colectiva capaz de transformar de manera consistente las preferencias individuales en una preferencia social que satisfaga simultáneamente ciertos criterios mínimos de racionalidad, libertad y coherencia. Dicho de otro modo, la sociedad no posee una voluntad unificada que pueda ser descubierta y aplicada por gobernantes, expertos o instituciones internacionales. Lo que existe son millones de individuos con preferencias distintas, frecuentemente incompatibles entre sí.

La encíclica habla repetidamente del “bien común” como si se tratara de una realidad objetivamente identificable y políticamente realizable. Pero el problema señalado por Arrow es precisamente que, en sociedades complejas, no existe un procedimiento capaz de revelar de manera inequívoca cuál es ese supuesto bien común cuando las preferencias de los individuos divergen.

Esta dificultad se vuelve particularmente evidente en el campo de la inteligencia artificial. Algunos ciudadanos valoran prioritariamente la innovación; otros la privacidad; otros la seguridad; otros la igualdad; otros la libertad de expresión. No existe una fórmula objetiva que permita agregar todas esas preferencias en una única función social que pueda servir de guía para la regulación. Cuando una autoridad afirma actuar en nombre del bien común, en realidad está privilegiando unas preferencias sobre otras.

Aquí aparece una de las debilidades centrales de Magnifica Humanitas. El documento critica la lógica descentralizada del mercado, pero ignora que precisamente esa descentralización constituye una respuesta práctica al problema identificado por Arrow. El mercado no necesita conocer el bien común ni resolver filosóficamente los conflictos de valores. Permite que millones de individuos persigan fines distintos y coordinen sus acciones mediante precios, contratos y acuerdos voluntarios.

La crítica puede profundizarse recurriendo a Friedrich Hayek. Mientras Arrow mostró la imposibilidad de construir una función social coherente, Hayek explicó por qué ningún planificador puede reunir el conocimiento disperso que poseen millones de personas. Ambos argumentos convergen en una misma conclusión: la información necesaria para dirigir una sociedad compleja simplemente no está disponible para ninguna autoridad central.

Sin embargo, la encíclica propone organismos reguladores, acuerdos globales y mecanismos de supervisión capaces de orientar el desarrollo tecnológico conforme al bien común. La pregunta inevitable es: ¿quién define ese bien común? ¿Con qué información? ¿Bajo qué criterio de agregación de preferencias? ¿Cómo se resuelven los conflictos entre valores igualmente legítimos?

Desde esta perspectiva, el problema de Magnifica Humanitas no es que sea demasiado moralista, sino que supone la existencia de un conocimiento político que la teoría moderna considera imposible. La encíclica confía en que autoridades públicas e instituciones internacionales podrán identificar y ejecutar decisiones socialmente óptimas. Arrow demuestra que tal óptimo colectivo no puede definirse de manera consistente. Hayek demuestra que tampoco puede conocerse.

Por eso, la verdadera alternativa no es elegir entre mercado y regulación, sino reconocer los límites insuperables del conocimiento político. El mercado puede cometer errores, pero al menos no pretende resolver una tarea que la matemática y la teoría social han demostrado imposible: descubrir y ejecutar la voluntad coherente de toda la sociedad.

LGVA

Mayo de 2026.

lunes, 1 de junio de 2026

Magnifica Humanitas y el viejo prejuicio de la iglesia contra el mercado

 

Magnifica Humanitas y el viejo prejuicio de la iglesia contra el mercado

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

La publicación de Magnifica Humanitas de León XIV, encíclica dedicada a los desafíos éticos de la inteligencia artificial, confirma una constante de buena parte de la doctrina social de la Iglesia desde su inicio con la Rerum Novarum de León XIII:  una profunda desconfianza hacia el mercado y una persistente inclinación a considerar al Estado como corrector natural de los defectos de la sociedad. Aunque el documento no es socialista ni propone abolir la propiedad privada, su orientación general resulta claramente intervencionista y estatista.

La encíclica parte de una preocupación legítima. El desarrollo acelerado de la inteligencia artificial plantea interrogantes sobre el empleo, la privacidad, la concentración del poder económico y la manipulación de la información. Son asuntos reales que merecen atención. No obstante, la respuesta propuesta incurre en una contradicción fundamental: denuncia la concentración de poder en las grandes empresas tecnológicas, pero propone como remedio una mayor concentración de poder en los Estados y en organismos internacionales.

La historia ofrece pocas razones para creer que los monopolios políticos sean menos peligrosos que los monopolios económicos, todo lo contrario. Las grandes tragedias del siglo XX — el fascismo, el nazismo, todos los totalitarismos comunistas y las dos guerras mundiales — fueron producto de la acumulación de poder estatal, no de la libertad económica ni de la acción de las grandes empresas. Sin embargo, la encíclica parece asumir que el poder público actúa naturalmente en función del bien común, mientras que el poder privado está permanentemente bajo sospecha.

La misma contradicción aparece en su visión de la innovación. El documento reconoce los beneficios extraordinarios que la inteligencia artificial puede aportar a la medicina, la educación, la productividad y la calidad de vida. Pero simultáneamente reclama controles, restricciones y regulaciones destinadas a contener el mismo proceso innovador que ha producido esos avances. Es difícil comprender cómo pueden obtenerse los frutos de la innovación sin aceptar los incentivos económicos que la hacen posible.

Particularmente reveladora es la actitud frente al beneficio. En diversos apartes, la búsqueda de ganancias aparece asociada a riesgos morales y a posibles formas de explotación. Lo que apenas se reconoce es que el beneficio económico constituye uno de los mecanismos más eficaces para coordinar millones de decisiones individuales en sociedades complejas. Como explicaron Adam Smith, Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, el mercado no funciona gracias a la benevolencia de sus participantes sino precisamente porque canaliza intereses particulares hacia resultados socialmente útiles.

La preocupación por el empleo reproduce igualmente un error recurrente. Cada revolución tecnológica ha despertado temores similares. Ocurrió con la mecanización agrícola, con la industrialización, con la electrificación y con la informática. En todos los casos desaparecieron ocupaciones específicas, pero surgieron otras nuevas y la prosperidad general aumentó. La encíclica parece contemplar la adaptación económica como una tarea principalmente política, cuando la experiencia histórica muestra que los mercados han demostrado una notable capacidad para absorber y reasignar recursos.

En el fondo, Magnifica Humanitas refleja una tensión permanente dentro de la doctrina social católica: rechaza el socialismo, defiende la propiedad privada y reconoce las ventajas de la economía de mercado, pero al mismo tiempo desconfía de los mecanismos que generan riqueza y prosperidad. El resultado es una visión que acepta los frutos del mercado mientras cuestiona sus raíces. Es, en esencia, el viejo prejuicio contra el mercado y la libertad económica vestido con los ropajes tecnológicos del siglo XXI.

LGVA

Mayo de 2026

sábado, 30 de mayo de 2026

Los 250 años de La Riqueza de las Naciones

 

Los 250 años de La Riqueza de las Naciones

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

La física moderna nace el día en que a Isaac Newton se le ocurrió que todas las manzanas caídas desde la creación y todas las que caerían en el futuro estaban regidas por la misma ley que regía la caída de aquella que en ese momento golpeaba su cabeza.

La economía nace en el momento en que a Adam Smith[1] se le ocurre que todos intercambios que en la historia han sido y los que serán en el futuro no son arbitrarios y que están regidos por una misma ley susceptible de ser develada y comprendida por la razón.  

La relación de intercambio es la única relación social que tiene una expresión cuantitativa directa y por eso entender la ley que rige los intercambios es entender el funcionamiento de la sociedad económica.

La larga decadencia de la idea de un orden social basado en la ley divina – iniciada en los siglos XII y XIII con los enfrentamientos entre Güelfos y Gibelinos - condujo necesariamente a pensar la sociedad como algo auto instituido, surgida por la acción de los hombres mismos sin intervención divina exterior a ellos.

Lógicamente, la aparición de lo social debe darse a partir de lo no social, es decir, es a partir de los individuos pre-sociales y de su naturaleza como debe pensarse y resolverse el problema del surgimiento de la sociedad.

Ese es el proyecto de la ciencia política moderna inaugurada por Maquiavelo, en El Principe, y perfeccionada por Hobbes, en el Leviatán, y por Locke, en el Segundo Tratado sobre el gobierno civil. Los individuos pre-sociales – al parecer muy hirsutos los de Hobbes, más sosegados los de Locke – son llevados por su propio interés a renunciar a su derecho a la violencia para defender su vida y entregarlo un tercero – monarca o asamblea – que impondrá la paz entre los asociados. De esta forma la sociedad política se emancipa de la religión y el contrato sustituye a la devoción.

El punto de partida de Adam Smith, similar al de Hobbes, es “el estado primitivo y rudo de la sociedad que precede a la acumulación de capital y la apropiación de la tierra”. A diferencia de lo que ocurre con individuos pre-sociales de Hobbes, propensos a la guerra, los de Smith, llevados por una propensión a cambiar inherente a la condición humana, descubren el mercado y los beneficios de la especialización y se entregan al intercambio voluntario del producto de la pesca de los unos por el producto de la caza de los otros. La sociedad económica de cooperación voluntaria no precisa de un contrato político previo.

Ni Hobbes ni Smith están haciendo antropología, hacen teoría social. Por ello, es completamente irrelevante que el estado de naturaleza haya o no existido o que exista gente bondadosa y cumplidora del deber. El punto de partida es el mismo, pero Hobbes no puede deshacerse de la autoridad. Smith da un paso más:  el mercado que se auto regula sustituye al contrato y la economía se emancipa de la política. 

LGVA

Mayo de 2026.



[1] Estrictamente hablando en la formulación de una teoría del valor, Smith es antecedido por Ferdinando Galiani (1728-1787) cuya obra fundamental, Della moneta, fue publicada en 1751, 25 años antes que La Riqueza de las Naciones.  También es anterior la obra de Richard Cantillon (1680-1734), Ensayo sobre la naturaleza del comercio en general, que se cree fue escrita hacia 1730 y fue publicada en 1764. Smtih conoció al parecer la obra de Cantillon, no así la de Galiani.

Los fisiócratas, Francois Quesnay en particular, cuya obra fue conocida y criticada por Smith, hicieron, en el Tableau Economique la representación de la sociedad económica, pero carecieron de una teoría del valor y no pretendieron en momento alguno explicar la génesis de la sociedad.   

 Smith avanza con relación a Cantillon y Galiani y a la fisiocracia en la vinculación de la teoría del valor con el nacimiento de la sociedad económica que es de lo que trata esta nota. 

sábado, 23 de mayo de 2026

¿Se saldrá de plomada la colectiva estupidez?

 

¿Se saldrá de plomada la colectiva estupidez?

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

La elección de Cepeda no sería simplemente una equivocación política; sería un caso extremo de imbecilidad colectiva. No en el sentido clínico del término, por supuesto, sino en el sentido histórico y moral de una sociedad que, pudiendo juzgar con evidencia, experiencia y razón, decide entregarse conscientemente a quienes representan lo peor de sí misma.

La elección de Petro ya constituyó una señal alarmante. No fue un accidente, ni un mero efecto de coyuntura. Tampoco basta explicarla por la compra de votos en ciertas regiones del país, aunque ésta haya sido decisiva en segunda vuelta. En primera vuelta, ocho y medio millones de colombianos votaron libremente por Petro, sabiendo quién era, qué representaba y cuál había sido su trayectoria pública. Y hoy una porción considerable de esos mismos ciudadanos parece dispuesta a hacer lo propio con Cepeda.

 ¿Cómo es posible que, después de décadas de crecimiento económico y mejoría social, la izquierda radical haya pasado de los 82.858 votos obtenidos por Gerardo Molina en 1982 a los más de once millones de Petro en segunda vuelta de 2022? ¿Cómo explicar que semejante ascenso ocurra precisamente en el período de mayor progreso material de la historia colombiana?

Durante esas cuatro décadas, el PIB per cápita se triplicó; la pobreza multidimensional cayó drásticamente; la cobertura en salud se universalizó; millones de hogares accedieron a electricidad, acueducto y educación secundaria; la esperanza de vida aumentó de forma notable y la mortalidad infantil se desplomó. Los colombianos, incluidos los más pobres, no se empobrecieron: se hicieron más ricos, más educados, más sanos y más longevos.

Al mismo tiempo, el socialismo real se derrumbaba en Europa Oriental y en la Unión Soviética. China abandonaba de facto el comunismo económico. África constataba el fracaso del llamado “socialismo africano”. El mundo entero rechaza las fantasías colectivistas. Y, sin embargo, Colombia avanza en dirección contraria.

La explicación de esta paradoja no puede reducirse a la propaganda o a la manipulación emocional. Hay algo más inquietante: una profunda degradación cultural e intelectual de las élites colombianas. La empresarial, ensimismada en la rentabilidad de cada cual y la captura regulatoria, renunció a la defensa moral del capitalismo. La política, corroída por el clientelismo y la mediocridad, perdió toda autoridad ética. Y la intelectual —universidades, periodistas, formadores de opinión— se entregó a un progresismo superficial y resentido que convirtió la ignorancia económica y el odio al mercado en signos de altura moral.

Solo en ese ambiente, personajes patéticos como Petro y siniestros como Cepeda pudieron convertirse en referentes de millones de personas. No porque encarnen virtudes admirables, sino porque una sociedad intelectualmente desarmada terminó confundiendo resentimiento con justicia, victimismo con dignidad y radicalismo con superioridad moral.

La eventual elección de Cepeda sería, entonces, mucho más que una derrota electoral para quienes defendemos la libertad económica y la democracia liberal. Sería la prueba de un fracaso histórico de las élites dirigentes colombianas incapaces de construir una cultura política seria, de defender con convicción las instituciones republicanas y de transmitir a la sociedad el valor civilizatorio de la libertad.

LGVA

Mayo de 2026

miércoles, 20 de mayo de 2026

De Paloma para Medellín y Antioquia

 

De Paloma para Medellín y Antioquia

Luis Guillemo Vélez Álvarez

Economista

En los casi dos años y medio de sus respetivos mandatos, el alcalde de Medellín, Federico Andrés Gutiérrez, y el Gobernador de Antioquia, Andrés Julián Renón, han debido adelantar sus estupendas gestiones llenas de logros luchando contra el bloqueo institucional que, por razones de ideología política y pasando por encima de la Constitución y la Ley, les ha impuesto el Gobierno Nacional. 

Antioquia representa hoy todo aquello que detesta el totalitarismo comunista y cuya destrucción es su objetivo final: la familia como el núcleo fundamental de la sociedad, la libertad económica y la pujanza empresarial, la administración pública pulcra y eficiente, la intolerancia absoluta con la delincuencia y la criminalidad y el respeto amoroso por las tradiciones y el legado de los mayores. Sin ello, Antioquia no es nada.

Cuatro años de un gobierno nacional encabezado por un comunista totalitario sin fisuras ni vacilaciones como Iván Cepeda, acabarían con los contrapesos constitucionales que han permitido que Antioquia resista y siga avanzando.  

Para Paloma Valencia los valores religiosos y políticos deben nacer en el fuero interno de cada familia y son los padres quienes tienen el derecho y la responsabilidad de formar el carácter y los principios de sus hijos. Por ello, se opone a la ideología de género, a la promoción del aborto como supuesto derecho de la mujer y al adoctrinamiento político y antirreligioso en escuelas y colegios. El bono educativo dará a las familias la libertad de elección de la que hoy muchas carecen.

La defensa de la empresa privada impulsora del crecimiento económico, creadora de oportunidades y de empleo de calidad está en el centro de las propuestas de Paloma. Para ello es necesario un gobierno austero, financiado con una tributación razonable que deje en manos de las empresas la mayor cantidad de dinero posible para reposición y ampliación del capital productivo. Propone Paloma pasar de 19 a 12 ministerios y llevar paulatinamente el impuesto de renta a niveles competitivos internacionalmente, entre 25% y 30%.

La seguridad de las personas y sus propiedades y la lucha frontal contra la criminalidad y la delincuencia son el eje transversal del programa de Paloma. Para recuperar el territorio hoy en manos de las estructuras criminales y reducir drásticamente las rentas de las economías ilegales del oro y el narcotráfico, el Gobernador de Antioquia contará con todo el apoyo del gobierno de Paloma. También el Alcalde de Medellin contará con ese apoyo en su lucha contra la extorsión, el microtráfico en parques y entornos escolares y las bandas criminales en las comunas.

Las grandes obras de la Ciudad y el Departamento – el Metro de la 80, el Túnel del Toyo, el Tren de Cercanías, el Acueducto de Urabá, etc. – contarán con el apoyo que por Constitución y leyes debe darles el Gobierno Nacional y que, con Paloma Presidente, estará abonado por el afecto.

El voto libre de Medellín y Antioquia, que nos dio una dupla de gobernantes embriagados por el aroma de libertad de nuestras montañas, dará el impulso decisivo al vuelo de nuestra Paloma.    

LGVA

Mayo de 2026

viernes, 15 de mayo de 2026

Otro que no fue

 

Otro que no fue

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Con su muerte al pasado viernes 8 de mayo, Germán Vargas Lleras se une a la lista de los cinco incluidos por Augusto Vásquez Díaz su libro, Los presidentes que no fueron, donde reúne estupendos ensayos dedicados a cada uno de ellos.

A los de Vásquez Díaz - Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán, Gilberto Alzate Avendaño, Luis Carlos Galán Sarmiento y Álvaro Gómez Hurtado – hay que añadir el nombre de otro que no fue, Gabriel Turbay Abunader, biografiado recientemente por la socióloga Olga González. Además de Vargas Lleras, por mi parte, no vacilo en añadir al sacrificado Miguel Uribe Turbay, a quien muy seguramente habríamos elegido en 2026 ó 2030.

Ni Uribe Uribe, ni Alzate Avendaño, ni, por supuesto, Uribe Turbay, participaron en una elección presidencial de la que hubiesen salido derrotados. No es esta característica por si sola, compartida por muchos otros políticos justamente olvidados, la que hace que alguien sea merecedor de entrar en la galería de los presidentes que no fueron. Para mí, y creo que para Augusto Vásquez también, se trata de algo más profundo e interesante, se trata de una cierta forma de hacer política o, si se quiere, de una forma de ser político, que es lo que distingue al hombre de estado del político ordinario.

El de la política es un mercado en el que se intercambian promesas por votos. Para hacerse elegir concejal o alcalde de un pequeño pueblo, la promesa debe ser muy específica y responder a una aspiración real de los electores. A medida que se amplía el ámbito de la competencia electoral, la promesa se hace menos específica, se torna más general y abstracta, hasta fundirse con la visión de lo que el hombre de estado cree es el bien común o el interés general de la nación que aspira a dirigir.

Tener una visión de país, trasmitida en escritos y discursos, es el rasgo característico de los presidentes que no fueron, todos ellos de elevado perfil intelectual, buenos escritores y mejores oradores. 

Tal vez bajo la influencia del legado de su abuelo, Vargas Lleras llegó a la presidencial de 2010 con una visión de país plasmada en un enciclopédico programa con una solución para cada problema o, si se prefiere, un problema para cada solución. No fue suficiente, quedó en tercer lugar, debajo de Santos y Mockus.

Después de pasar por varios ministerios en el primer gobierno de Santos, en lo que fue su más grande error político, en 2014, decide unir definitivamente su destino al de aquel, sometiéndose a la vergüenza de la infame negociación con quienes habían atentado contra su vida y en la que no tuvo arte ni parte, pero cuyo costo político debió asumir en las elecciones de 2018 en las que cayó a un modesto cuarto lugar.   

Seguidor asiduo de sus columnas, no encontré en ellas autocrítica alguna sobre el desastroso legado de Santos. Lo reivindica su posición vertical frente al gobierno de Petro. Paz en su tumba.

LGVA

Mayo de 2026

miércoles, 29 de abril de 2026

El lumpen en el poder

 

El lumpen en el poder

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

El lumpen es un grupo social que atenta, sin ningún tipo de principios, contra la seguridad de los individuos y las colectividades, bajo un ánimo rapaz y delincuencial. No es una clase económica, ni un estrato social, ni una profesión determinada. Es una forma de conducta: la disposición permanente a vivir del despojo, la intimidación, el engaño, la extorsión o la captura de rentas ajenas.

Es falso que el lumpen esté integrado solamente por delincuentes de baja condición. Hay lúmpenes en todas las clases sociales y en todos los oficios y actividades económicas. Hay lúmpenes pobres, ricos y de clase media. Los hay abogados, médicos, periodistas, maestros, artesanos, obreros, banqueros, comerciantes, curas, economistas y políticos. Lo que los define no es su posición social, sino su relación con la propiedad, la libertad y la vida de los demás.

Normalmente, los lúmpenes se expresan, gremial y políticamente, como parte del sector social o laboral al que pertenecen. Mientras estén atomizados pueden hacer daño, pero no llegan a ser una amenaza existencial para una sociedad basada en los derechos de propiedad individuales y su intercambio libre y voluntario. El ladrón aislado roba; el extorsionista aislado intimida; el burócrata corrupto desvía recursos; el agitador destruye. Todos deben ser contenidos por el gobierno, que finalmente se instituye para que su existencia no perturbe en demasía el curso de la vida económica de la sociedad en un ambiente de libertad de mercado.

Pero la sociedad libre está en riesgo extremo cuando los lúmpenes de todas las procedencias superan sus demás diferencias y se conforman como fuerza política y social. Y la tragedia sobreviene cuando los lúmpenes se hacen al poder. Entonces la rapacidad deja de presentarse como delito y empieza a presentarse como causa moral. Ya no se roba: se redistribuye. Ya no se intimida: se defiende al pueblo. Ya no se destruye: se transforma. Ya no se ataca la propiedad: se corrigen desigualdades.

Poco a poco, para garantizar la supervivencia individual, la rapacidad se extiende a la mayoría de la sociedad. La ética del quid pro quo, del reconocimiento mutuo de los derechos de propiedad, se torna ruinosa. El ciudadano descubre que cumplir la ley no lo protege, que producir riqueza lo convierte en sospechoso, que disentir lo expone y que no pertenecer a la facción dominante lo deja en inferioridad frente a quienes sí pertenecen.

Ahora bien, la rapacidad como conducta económica dominante entraña una contradicción: para que los rapaces puedan ser exitosos debe haber una economía próspera que pueda ser pillada. Sin embargo, el pillaje destruye poco a poco la economía de la que viven los rapaces. Los extorsionistas no pueden subsistir sin extorsionados. El político clientelista no puede repartir subsidios si antes nadie produjo la riqueza que los financia. El burócrata rapaz no puede saquear un presupuesto que ya no se recauda.

Pero esto es algo que toma tiempo y mientras haya qué robar el lumpen robará, pues si no lo hago yo lo hará otro. Esa es la lógica interna de toda depredación colectiva. Nadie cuida el capital común porque todos sospechan que otro lo saqueará primero. Así desaparece la confianza, que es el cemento invisible de la cooperación social.

La lección es simple. Cuando la rapacidad está dispersa, la sociedad puede combatirla con instituciones. Cuando se organiza, debe combatirla con política. Cuando llega al gobierno, solo puede contenerla con contrapesos, legalidad y coraje civil. Lo que está en juego no es una diferencia ordinaria entre programas de gobierno. Es la preservación de una sociedad fundada en la propiedad individual, el intercambio libre, la responsabilidad personal, la igualdad ante la ley y la limitación del poder.

El lumpen no siempre llega con cuchillo. A veces llega con decreto. No siempre invade una finca. A veces invade una institución. No siempre roba en la noche. A veces expropia al mediodía, con lenguaje técnico, aplauso militante y apariencia de justicia social.

LGVA

Abril de 2026

Paloma contra el Leviatán

 

Paloma contra el Leviatán

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

La República de Colombia, nacida del Congreso de Cúcuta de 1821, empezó con cuatro Secretarías Presidenciales: Interior, Hacienda, Relaciones Exteriores y Guerra y Marina. En 1863 se crea la del Tesoro. Con estas cinco, más las de Fomento e Instrucción Pública, creadas en 1880, llegó la Constitución de 1886, que las rebautizó Ministerios.  El siglo XIX terminó con 7, pues el de Justicia, creado en 1890, tuvo una vida efímera y se fusionó con el de Gobierno, antes Interior.

Ya en el Siglo XX, bajo el gobierno Reyes, se crea Obras Públicas y se fusionan   Hacienda y Tesoro. En 1913 se crea Agricultura; Correos y Telégrafos, en 1923; en 1938 y 1940, respectivamente, nacen Trabajo y Minas y Petróleos. En 1946 nace Higiene y reaparece Justicia. Con algunos cambios de nombre, el número de 13, se mantuvo inalterado hasta los años noventa cuando aparecen Comercio Exterior, Ambiente y Cultura. El siglo XXI empieza con 16.

Uribe consiguió la aprobación de la ley 790 de 2002 mediante la cual se fusionaron los de Interior y Justicia; Desarrollo Económico y Comercio Exterior y Trabajo y Salud. Por pocos años el gabinete volvió a la mágica cifra de 13.

Santos echó por la borda el esfuerzo descomunal y único de Uribe por reducir el tamaño del gabinete. La ley 1444 de 2011 resucitó todos los dados de baja por aquel y creó una multitud de agencia para acompañar, completar, sustituir o estorbar el trabajo de los ministerios. El número de éstos volvió a 16.

Duque, que también en esto siguió más a Santos que a Uribe, se inventó dos: Ciencia, Tecnología e Innovación y Deporte. Con Igualdad, invención de Petro, llegamos a 19. En realidad 20, pues el DNP tiene rango ministerial. 

Los ministerios no vienen solos, llegan con viceministerios y otras arandelas. Así, como ellos, que como planetas orbitan alrededor de la presidencia, en torno a cada ministerio giran, como satélites, una serie de dependencias (agencias, unidades, fondos, etc.) que supuestamente ayudan a cumplir el “objetivo misional”. Son por lo menos 200 los objetos que conforman ese sistema planetario-burocrático que se alimenta del presupuesto nacional.

Para cumplir su propósito de reducir de 19 a 12 el número de ministerios - el desafío más grande de la historia al insaciable Leviatán -  Paloma deberá tener una determinación férrea pues enfrentará la resistencia de los empleados públicos de profesión, que viven para servir en el gobierno pues no saben hacer otra cosa; de los subsidiados, a quienes se les ha hecho creer que no pueden vivir sin depender del gobierno; de los crony capitalist, cuyos negocios y empresas viven de los favores del gobierno; de los apóstoles de la justicia social que viven de añorar un gobierno que acabe la pobreza y la desigualdad y del  político profesional, que vive de servirse del gobierno y con él a sus clientelas.

El Leviatán, Paloma, no es creación artificial de políticos estatistas, es producto orgánico de la demanda de gobierno de una sociedad temerosa de la libertad.

LGVA

Abril de 2026

lunes, 20 de abril de 2026

Con Paloma renace la esperanza

 

Con Paloma renace la esperanza

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Al finalizar el gobierno de Turbay Ayala, en 1982, toda la cúpula del M-19 estaba en la cárcel, el ELN había casi desaparecido después de la Operación Anorí, las Farc estaban reducidas a dos o tres frentes y se había firmado, con los Estados Unidos, un tratado de extradición que tenía aterrados y en fuga a los narcotraficantes.

Belisario Betancur echó todo atrás: se hizo elegir renunciando a la extradición, sacó de la cárcel al M-19 y le montó a las FARC el Santuario de Casa Verde para iniciar el ciclo de las interminables negociaciones de paz en las que aún patina el País, sin percatarse de que ese incesante dialogar es una más de las formas de lucha de la extrema izquierda. El asesinato de Rodrigo Lara y la toma del Palacio de Justicia por la alianza del M-19 y el cartel de Pablo Escobar, le enseñaron amargamente a Betancur que el estado no puede renunciar unilateralmente al uso de la fuerza y tratar de someter a criminales con cánticos a la concordia y ramas de olivo. 

Virgilio Barco y Cesar Gaviria heredaron el desastre de Betancur y trataron de retomar el rumbo enfrentando el narcotráfico y a los criminales de las FARC, el ELN y el M-19. En medio de grandes dificultades, lograron avanzar: dieron de baja a Rodriguez Gacha y a Pablo Escobar, sometieron a los Ochoa y extraditaron a Lehder, acabando con el tenebroso cartel de Medellín. Gaviria puso en fuga a las Farc sacándolas de su santuario de Casa Verde en la Uribe.

Samper se hizo elegir con el apoyo financiero de los Rodriguez Orejuela y debilitó el accionar de las Fuerzas Militares, que durante su mandato sufrieron duros golpes como los de Las Delicias y Patascoy. Con Pastrana la claudicación del estado llegó a extremos inimaginables con la entrega al control de las Farc de 42.000 kilómetros cuadrados, extensión casi equivalente a la de Huila, Sucre, Atlántico, Caldas, Risaralda y Quindío.  

Uribe recuperó la iniciativa del estado y con su Seguridad Democrática derrotó a políticamente a las Farc, redujo su capacidad militar y le quitó el control territorial haciéndola retornar a su condición de guerrilla itinerante huyendo de la Fuerzas Militares. Imperdonablemente Santos, a unas Farc política y militarmente derrotadas, les dio en La Habana el estatus de fuerza vencedora llevándonos a la terrible situación en la que está el País.

Del Plan 10 de Paloma Valencia, el punto definitivo y fundamental, sin el cual todos los demás son palabrería vana, es el primero: enfrentar la crisis de seguridad para vivir sin miedo. Hay que llevar, durante varios años, a 4% ó 5% del PIB el gasto en seguridad y defensa, llevar el pie de fuerza a unos 600.000 hombres y disponer de enjambres de drones para que sean los criminales quienes tengan miedo.

Sobre los otros 9 puntos puede haber desacuerdos, pero no es tiempo de ponernos exquisitos. Lo fundamental es tener un gobierno al que podamos hacer oposición sin temer a ser asesinados.  

LGVA

Abril de 2026.

sábado, 11 de abril de 2026

Debreu y el espejismo del mercado que nunca hemos tenido

 

Debreu y el espejismo del mercado que nunca hemos tenido

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

La teoría económica más rigurosa del siglo XX – el modelo de equilibrio general de Arrow y Debreu - demostró que un sistema de precios puede coordinar de manera eficiente millones de decisiones individuales sin necesidad de una autoridad central. La idea de Marx según la cual un sistema regido por la búsqueda del beneficio – maximización del valor de cambio a expensas del valor de uso – conducía al caos quedó sepultada definitivamente en 1959 en el hermoso libro Teoría del Valor de Gerard Debreu.

Las condiciones para la existencia de un mercado funcional son exigentes en la teoría, pero no es imposible aproximarse a ellas en la práctica. Basta echar una mirada a los índices de libertad económica de la Fundación Heritage o el Instituto Fraser para constatar que son más ricos, equitativos y ambientalmente sostenibles los países con derechos de propiedad bien definidos, competencia efectiva, información razonablemente disponible, cumplimiento de contratos, un marco institucional estable y, sobre todo, ausencia de violencia y coacción.

En Colombia la informalidad no es una anomalía marginal: millones operan por fuera de las reglas; la violencia, la coacción, la extorsión en campos y ciudades fragmentan los mercados, encarecen las transacciones y distorsionan las decisiones. La captura del Estado por intereses particulares erosiona la competencia y convierte la regulación en un instrumento de privilegio. Las llamadas “fallas de mercado” han sido sustituidas por “fallas del estado”, más nocivas y difíciles de erradicar porque benefician a importantes grupos de presión y a sus operadores políticos.

Aunque las propuestas de recortar el tamaño de gobierno son bienvenidas, no puede caerse en el anti estatismo simplista creyendo que el mercado funcional surgirá espontáneamente por el recorte de algunos ministerios, la supresión de trámites y la reducción de impuestos.  Sin seguridad, sin justicia, sin reglas claras, lo que puede emerger no es un orden competitivo sino un nuevo entramado de clientelismo, búsqueda de rentas y coerción violenta.

Un orden económico funcional requiere un Estado limitado, sí, pero al mismo tiempo fuerte en sus funciones esenciales. No un Estado empresario que pretenda dirigir la economía, sino un Estado garante que haga posible su funcionamiento: que proteja la vida y la propiedad, que haga cumplir los contratos, que asegure la competencia y que provea estabilidad normativa.

De cara a los desafíos de Colombia, esta perspectiva ofrece una vía distinta. El problema no es que el mercado haya fracasado, sino que nunca hemos creado las condiciones para que exista plenamente. La tarea, entonces, no es reemplazarlo, sino hacerlo posible, empezando por enfrentar el enorme problema en el que estamos metidos como país.

Al amparo de la farsa de La Habana, de Santos, continuada por la paz total, de Petro; nuestra precaria democracia política y nuestra exigua libertad económica enfrentan la amenaza existencial de un totalitarismo comunista que combina todas las formas de lucha y, hecho nuevo, controla ya parcelas fundamentales del aparato del estado, creando poder dual, que, como enseña Lenin en artículo titulado justamente El poder dual, es el paso previo a la toma total del poder.

LGVA

Abril de 2026.

jueves, 9 de abril de 2026

Raponazo anunciado a la autonomía del emisor

 

 

Raponazo anunciado a la autonomía del emisor

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

La asamblea constituyente de 1991 fue la gran piñata de los “derechos sociales”. Pletóricos de altruismo, los asambleístas de todos los partidos se complacieron unos a otros y, con una ligereza conceptual sorprendente, convirtieron en derechos toda clase de necesidades, como si el acto de consagrarlas en la Constitución bastara para hacerlas realidad. Aquella expansión retórica del catálogo de derechos tuvo, sin embargo, un contrapeso decisivo.

Rodrigo Lloreda Caicedo, al frente de la Comisión Sexta de Asuntos Económicos, comprendió con claridad las implicaciones fiscales y monetarias de ese impulso desbordado. Sabía que un Estado obligado a prometerlo todo terminaría tentado a financiarlo de cualquier manera. Por ello logró introducir los artículos 371, 372 y 373, que consagraron la autonomía del Banco de la República. Esa decisión, en apariencia técnica, ha sido en realidad una de las más importantes salvaguardas institucionales de la estabilidad económica del País.

Dichas disposiciones establecieron que el manejo monetario, cambiario y crediticio quedaría en manos de la Junta Directiva; que el Banco tendría autonomía administrativa, técnica y financiera; que su Junta estaría integrada por expertos; que su función primordial sería preservar el poder adquisitivo de la moneda; y que el crédito directo al gobierno quedaría prácticamente proscrito. Se trató, en suma, de blindar la política monetaria frente a la voracidad fiscal.

Los resultados fueron evidentes. A partir de una inflación del 33% en 1990, el País logró, en las décadas siguientes, reducirla a niveles entre 2% y 4% anual. La credibilidad del emisor y la disciplina monetaria permitieron anclar expectativas y estabilizar la economía. Sin embargo, esa independencia nunca fue absoluta.

La política monetaria solo puede operar plenamente si la política fiscal no la desborda. Cuando el gasto público supera el 35% del PIB y la deuda del gobierno absorbe el 85% del mercado de renta fija, como ocurre hoy, la autonomía del banco central se vuelve frágil. En ese contexto, el control de la inflación recae casi exclusivamente en el encarecimiento del crédito al sector privado.

El mecanismo es conocido: el banco central eleva sus tasas, encarece el crédito a los bancos privados, y estos, a su vez, trasladan ese mayor costo a empresas y hogares. La consecuencia es una contracción del crédito, una reducción de la demanda nominal y, finalmente, una moderación en el aumento de los precios. Es un instrumento eficaz, pero social y políticamente costoso.

Cuando el ajuste recae sobre el sector privado y el gobierno se muestra incapaz o renuente a corregir el déficit, surge la presión por intervenir el emisor: bajar tasas artificialmente, relajar las condiciones de crédito o, en el extremo, financiar directamente el gasto público. Todo ello bajo el pretexto de reactivar la economía o aliviar a los deudores. 

La intención de convertir el Emisor en un banco de fomento para financiar, entre otras cosas, la tal transición energética, estaba ya anunciada en el Plan de Desarrollo. Petro no ha hecho nada que no hubiese advertido en su programa de gobierno o su autobiografía, documentos que nadie parece haber leído.   

LGVA

Abril de 2026.

Anexo

Política monetaria en una lección

Tenía que llegar el día en que Petro lanzara el más brutal ataque contra la autonomía del Banco de la República y la política monetaria centrada en el control de la inflación. Los 3 artículos que la consagran son el ancla de la estabilidad macroeconómica en un país con una Constitución llena de “derechos sociales”, que son el germen del asistencialismo, el gasto público desaforado y déficit fiscal practicados por todos los gobiernos y aceptados como algo normal por la mayor parte de los economistas. Por ello, tal vez no sea inútil una breve explicación de la política monetaria practicada por el Banco. 

Cuando sube el precio de un bien o servicio cualquiera ello es resultado de una demanda excesiva con relación a la oferta en un momento y un lugar determinados. El alza del precio hace que algunos demandantes se retiren y, más adelante, que aumente la oferta disponible.

La inflación es un aumento generalizado y persistente de los precios de todos o la mayoría de bienes y servicios, resultante también de un exceso de demanda nominal. El problema es que en este caso la demanda nominal excesiva resulta de un gasto público excesivo con relación al recaudo tributario y/o de una expansión excesiva del crédito nominal a las empresas y los hogares.

Cuando se presenta la situación descrita, la capacidad de respuesta de la economía de aumentar la oferta de todos los bienes y servicios en el corto plazo puede ser muy limitada, porque hay poco desempleo o poca capacidad productiva ociosa. Esto significa que la única forma de frenar o desacelerar el alza de precios es restringiendo la demanda nominal.

Si el gobierno no quiere o no puede reducir el déficit fiscal, el único mecanismo para reducir la demanda nominal es obligar a los bancos a elevar los intereses de los créditos a las empresas y los hogares. Esto se hace encareciendo el crédito que el banco central otorga a los bancos privados.

La capacidad de un banco privado está limitada por el monto de reservas en moneda legal que debe tener en todo momento, el cual depende a su turno del crédito que le otorga el banco central. Cuando el banco central sube la tasa de interés a las que les otorga crédito, los bancos privados, pronto o tarde, se ven obligados a subir las tasas a la cuales prestan a sus clientes, pues de lo contrario incurrirían en pérdidas. 

Necesariamente, algunos de los clientes dejarán de demandar créditos y otros reducirán su volumen. Como el crédito se demanda para comprar bienes y servicios, su reducción, que se expresa en reducción de los depósitos en cuentas corrientes y de ahorros, implica una reducción de la demanda nominal y de esta forma una menor alza de precios.

El descrito es el mecanismo de transmisión de la política monetaria. El tiempo que trascurre entre el alza de la tasa de interés del banco central y su efecto sobre los precios es el lag o retraso de la política monetaria.

LGVA

Abril 2026. 


domingo, 29 de marzo de 2026

Todas las formas de lucha

 

Todas las formas de lucha

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Combinando todas las formas de lucha llegaremos al poder. Durante décadas, esa fue la consigna que resumía la estrategia del Partido Comunista Colombiano (PCC)[1]. Se refería a la lucha armada, a cargo de las FARC, y a la lucha política abierta y electoral, a cargo del PCC y la Juventud Comunista Colombiana (JUCO), en la que Iván Cepeda se inició en la política, vendiendo, dice, “Voz Proletaria”.

Muchos creyeron que esa lógica había quedado atrás. Las negociaciones de paz, la participación electoral y la incorporación de la retórica democrática a su discurso parecían indicar que, los comunistas colombianos, habían emprendido, como sus pares de otros países, una transición definitiva hacia la competencia institucional. Pero la realidad reciente sugiere algo distinto: no la desaparición de aquella estrategia, sino su adaptación y la incorporación a su arsenal de otras formas de lucha como los diálogos de paz permanentes, el fraude electoral a gran escala y la guerra judicial. 

El asesinato de Miguel Uribe Turbay por la Nueva Marquetalia es prueba reina de que la lucha armada, incluida la liquidación del oponente, sigue siendo parte fundamental del arsenal de los comunistas y de su utilización articulada con otros de sus componentes. Si Marquez y Santrich no hubiesen sido liberados con la colaboración determinante de Iván Cepeda, Miguel Uribe estaría vivo.  

Por otra parte, Cepeda no sería hoy candidato de la izquierda si no hubiese dirigido, con inagotable tenacidad y paciencia, la siniestra persecución judicial de la que fue víctima el expresidente Álvaro Uribe Vélez. Aunque el caso se cerró con la libertad del expresidente, para Cepeda fue una victoria política que le permitió imponerse a Bolívar, Quintero y Barreras, a quienes él, un marxista estructurado en la mejor tradición estalinista, seguramente ve como meros charlatanes.

Porque la aparición de Cepeda como candidato presidencial viable es un hito en la historia de los comunistas colombianos[2]. Desde su fundación, por Ignacio Torres y María Cano, bajo en nombre de Partido Socialista Revolucionario (PSR)[3], el comunista ha sido un partido pequeño pero influyente, especialmente en el partido liberal[4]. Tuvo gran incidencia en el gobierno de López Pumarejo y en la reforma constitucional de 1936, que introdujo fuertes limitaciones al derecho de propiedad. El reformismo agrario, la veneración por las mal llamadas empresas públicas, el nacionalismo étnico y la fe en el estado asistencialista que históricamente han infestado a prácticamente todos los partidos políticos colombianos, proceden en gran medida del ideario comunista.

A los comunistas, eso lo sabe bien Cepeda, no les preocupa ser un partido de masas, han querido ser siempre un partido de militantes que se constituya como la vanguardia del proletariado.  Hoy lo han logrado: a pesar de ser minoría, dominan el Pacto Histórico y su discurso domina aún la conversación política colombiana, a pesar de los atisbos de liberalismo. Todavía, querida Jerome, hay mucho Marx y poco Hayek. 

Si con Petro estamos mal, con Cepeda será mucho peor: si combinando todas las formas de lucha llega al poder, no dudará en seguir haciéndolo para mantenerse en él.

LGVA

Marzo de 2026.



[1] La estrategia de la combinación de todas las formas de lucha fue adoptada en 1961 por IX Congreso del PCC. Entonces era miembro del Comité Central Luis Morantes, alias Jacobo Arenas, quien tres años más tarde sería el máximo dirigente de las FARC al lado de Pedro Antonio Marín, alias Manuel Marulanda.

 

[2] En 1934, el PCC lanza la candidatura presidencial de Eutiquio Timoté, indígena de la etnia de los pijaos, hasta Cepeda el único militante comunista en aspirar a la presidencia.   

 

[3] El Partido Socialista Revolucionario fue fundado en 1926. En 1930 adopta el nombre de Partido Comunista Colombiano sección de la III Internacional Comunista dirigida desde la Unión Soviética.

 

[4] No es un hecho meramente anecdótico el que los hermanos de dos presidentes del Frente Nacional – Alberto Lleras Camargo y Guillermo León Valencia – Felipe y Álvaro Pio, respectivamente, hayan estado vinculados al Partido Comunista. Felipe militó en el PSR antes de vincularse al Partido Liberal en el ala de izquierda liderada por Jorge Eliécer Gaitán.  Álvaro Pio, tío abuelo de Paloma la candidata del Centro Democrático, se afilió al Partido Comunistas en 1933. En 1938 entregó sus tierras a los indígenas Misak.

viernes, 27 de marzo de 2026

Democracia en riesgo

 

Democracia en riesgo

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

En todas las encuestas el candidato del totalitarismo comunista muestra consistentemente la más elevada intención de voto en primera vuelta y resulta vencedor, cualquiera sea el oponente, en segunda. Que parezca estancado alrededor de 35% y que la suma de los porcentajes de sus oponentes supere esa cifra es un magro consuelo que no puede hacernos ignorar el extremo riesgo en que estamos de perder la democracia.

 

Ese 35% equivale ya a unos 8,5 millones de votos: prácticamente los mismos que obtuvo Petro en la primera vuelta de 2022. Los votos clientelistas de los partidos Liberal, Conservador, de la U, MIRA y otros menores pueden inclinar la balanza en segunda vuelta, como ocurrió hace cuatro años.

 

Colombia avanza deliberada y conscientemente hacia el abismo. ¿Cómo explicarlo? No basta con invocar errores de campaña o fragmentación de la oposición. Hay factores más profundos.

 

El primero es la fascinación que, como advirtió Popper, ejercen las ideas totalitarias sobre amplios sectores que se sienten desprotegidos en una sociedad abierta y competitiva. El llamado de la tribu.  El segundo, la hegemonía de las ideas socialistas entre académicos, intelectuales y periodistas. Durante décadas, estas élites han moldeado el clima de opinión presentando el estatismo como sinónimo de justicia y el mercado como fuente de inequidad. Finalmente, como lo señaló Stuart Mill, el gobierno representativo difícilmente prospera cuando hay amplios contingentes de votantes pobres vulnerables a la demagogia, a las promesas inviables y a la manipulación emocional.

 

Convergen cinco fuerzas que empujan en la misma dirección: los comunistas doctrinarios, liderados hoy por alguien de su entraña; los pobres, impulsados por una eficaz combinación de demagogia y coacción; los ilusionados semi-educados, que creen en soluciones mágicas; los corruptos con sus clientelas, siempre dispuestos a negociar el poder por prebendas y las bandas narcoterroristas, que en los territorios bajo su control obligarán a votar por quien sienten como uno de los suyos.

 

Existe otra Colombia —silenciosa y dispersa— que puede inclinar la balanza si logra ser convocada. Es la clase media que trabaja, ahorra y paga impuestos; los abstencionistas que han renunciado a la política por hastío; los trabajadores independientes que sobreviven sin subsidios ni privilegios; los pequeños y medianos empresarios que generan empleo en medio de la incertidumbre.

 

Hay, además, un hecho nuevo que no debe subestimarse: por primera vez en mucho tiempo, el anti estatismo ha entrado sin complejos en el debate político. La defensa de la libertad económica, antes marginal o vergonzante, empieza a encontrar voz y eco. A ello se suma un contexto internacional cada vez más crítico del intervencionismo y más receptivo a las ideas de mercado, lo cual refuerza la legitimidad de un viraje en esa dirección.

 

El curso de acción es claro: unificar el mensaje en defensa de la libertad económica y el orden institucional y hablarles directamente a esos sectores con un lenguaje claro, sin tecnicismos ni complejos. No se trata de prometer, sino de advertir; no de seducir con ilusiones, sino de convocar con realismo. La democracia no se salvará sola.

 

LGVA

Marzo de 2025

lunes, 16 de marzo de 2026

El resguardo: ineficiencia económica e injusticia moral

 

El resguardo: ineficiencia económica e injusticia moral*

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Cada vez que veo las mujeres y niñas indígenas mendigando en las calles, cada vez que veo a los varones agrediendo e intimidando a sus conciudadanos, bloqueando carreteras, atacando soldados y policías, reclamando el pago de una imaginaria deuda histórica pienso que el gran fracaso de nuestra sociedad es el haber negado la ciudadanía plena a quienes hoy representan el 6% de la población, es el haberlos dejado prisioneros de los resguardos. 

Durante mucho tiempo se ha presentado el resguardo indígena como una institución respetable, casi sagrada. Quien se atreve a cuestionarlo es acusado de ignorancia histórica o de falta de sensibilidad cultural. Pero esa visión romántica no resiste un examen serio ni desde el punto de vista económico ni desde el punto de vista moral.

En primer lugar, el resguardo es una institución profundamente ineficiente.

La evidencia es clara: las regiones donde la población indígena vive mayoritariamente bajo el régimen de resguardo presentan, de manera sistemática, menores niveles de ingreso, mayor pobreza y mayores porcentajes de necesidades básicas insatisfechas. Esto no es una coincidencia. Es el resultado lógico de un sistema de propiedad colectiva y no enajenable que impide a los individuos disponer libremente de la tierra.

Si una persona no puede venderla, arrendarla, hipotecarla o usarla como garantía, esa tierra deja de ser un activo económico pleno. No puede integrarse al mercado, no puede atraer capital, no puede facilitar la especialización productiva. El resultado inevitable es baja productividad y pobreza persistente.

El economista peruano Hernando de Soto explicó hace décadas que la pobreza persistente en muchos países no se debe a la falta de activos, sino a la imposibilidad de transformar esos activos en capital productivo. Cuando la propiedad no es plenamente transferible ni utilizable en el mercado, queda atrapada en lo que De Soto llamó capital muerto.

Pero el problema del resguardo no es solamente económico. Es también un problema moral.

El economista y filósofo libertario Murray Rothbard, en su obra La ética de la libertad, sostiene que la base de toda sociedad libre es el principio de autopropiedad: cada individuo es dueño de sí mismo, de su trabajo y del fruto de ese trabajo. Nadie tiene derecho a disponer de la vida o de la actividad de otro.

Cuando se niega a una persona el derecho a decidir cómo usar su trabajo, su tiempo y su propiedad, se está violando ese principio fundamental.

Y eso es precisamente lo que ocurre en el sistema de resguardos.

El indígena que vive dentro de ese sistema no puede decidir libremente sobre la tierra que trabaja, ni integrarse plenamente a la economía moderna, ni disponer de ese activo para mejorar su condición. La tierra no es suya; pertenece colectivamente a una estructura institucional que limita su libertad económica.

Pero las consecuencias morales del sistema van aún más lejos. En muchos resguardos las estructuras comunitarias concentran el poder en manos de autoridades tradicionales o de élites locales que controlan la tierra, el acceso a los recursos públicos y las decisiones colectivas. En ese contexto, las mujeres y los niños suelen ocupar el lugar más vulnerable: trabajan en actividades agrícolas, en mingas obligatorias o en labores domésticas sin autonomía real ni posibilidad de defender plenamente sus derechos individuales. La retórica de la “comunidad” termina ocultando relaciones de poder profundamente desiguales en las que los más débiles —especialmente mujeres y menores— soportan las cargas del trabajo mientras otros administran el poder y los recursos.

Desde este punto de vista, el resguardo no es solamente una institución ineficiente: es una institución que restringe la libertad individual.

Se presenta como una forma de protección cultural, pero en la práctica funciona como un sistema de tutela permanente. A los indígenas se les trata como a menores de edad: se les protege, se les subsidia, se les reserva representación política, pero al mismo tiempo se les niega la posibilidad de actuar plenamente como ciudadanos libres.

Y cuando a una persona se le niega el control sobre su trabajo y sobre los recursos con los que produce, el resultado final es siempre el mismo: dependencia.

Dependencia del Estado.
Dependencia de líderes políticos.
Dependencia de intermediarios y organizaciones que administran recursos en su nombre.

La historia del resguardo confirma esta realidad. Fue una institución creada en el siglo XVI por la Corona española no para garantizar la libertad indígena, sino para organizar y controlar una población tributaria.

Tras la Independencia, dirigentes republicanos consideraron que ese sistema era incompatible con la idea moderna de ciudadanía. Entre ellos estuvo el Libertador Simón Bolívar, quien impulsó medidas orientadas a disolver o repartir resguardos en varias regiones con el propósito de integrar a los indígenas a la condición de ciudadanos propietarios.

La lógica era sencilla: una república de hombres libres no podía sostener instituciones coloniales que mantenían a una parte de la población bajo tutela colectiva.

Por eso el debate sobre el resguardo no puede reducirse a una discusión cultural o identitaria. Es, en el fondo, una discusión sobre la libertad.

Y en una sociedad verdaderamente libre no puede haber ciudadanos de primera categoría —con plenos derechos de propiedad— y ciudadanos de segunda categoría, a quienes se les niega esa posibilidad en nombre de la tradición o de la protección.

Por eso resulta tan reveladora la decisión de Iván Cepeda Castro de escoger como fórmula vicepresidencial a Aída Quilcué.

Esa decisión no es solamente una alianza electoral. Es una señal política. Refleja una visión de país en la que la lógica del resguardo —la tutela colectiva sobre la libertad individual— podría extenderse al conjunto de la sociedad.

Un país organizado como un gran resguardo: dependiente del Estado, fragmentado en identidades colectivas y con ciudadanos cada vez menos libres para decidir sobre su propio destino.

Colombia necesita exactamente lo contrario.

Necesita más libertad individual, más derechos de propiedad y más mercados libres para todos los ciudadanos, incluidos los indígenas.

Porque la verdadera dignidad no consiste en vivir protegido dentro de un sistema de tutela permanente.

La verdadera dignidad consiste en ser libre para trabajar, producir, elegir y prosperar. Y también para cometer errores y asumir sus consecuencias.

El verdadero respeto por los pueblos indígenas no consiste en encerrarlos en instituciones coloniales ni en convertirlos en beneficiarios permanentes de subsidios. El verdadero respeto consiste en reconocerles lo mismo que a cualquier otro ciudadano: la plena propiedad de sí mismos, de su trabajo y de los frutos de ese trabajo.

Como explicó Murray Rothbard, una sociedad justa comienza cuando cada individuo es dueño de su propia vida.

Por eso la pregunta que Colombia debe hacerse es muy simple:

¿Queremos una sociedad de ciudadanos libres o una sociedad de comunidades tuteladas?

La experiencia histórica de varias regiones del país sugiere una respuesta clara. Allí donde la tierra pudo convertirse en propiedad individual y transferible surgieron comunidades de pequeños propietarios, trabajadores independientes y emprendedores capaces de labrarse su propio destino.

Ese proceso fue particularmente visible en Antioquia durante el siglo XIX. La minería de aluvión primero y, más tarde, la colonización cafetera, produjeron una sociedad de pequeños propietarios relativamente libres de las estructuras coloniales de servidumbre y tutela.

De esa experiencia surgió una cultura profundamente asociada con la independencia económica, el trabajo individual y la responsabilidad personal.

No fue un accidente histórico. Fue el resultado de instituciones que permitieron a las personas ser dueñas de sí mismas y del fruto de su trabajo.

Los pueblos no progresan cuando se les protege de la libertad. Progresan cuando se les permite ejercerla.

Por eso el verdadero respeto por los pueblos indígenas no consiste en perpetuar instituciones coloniales que restringen su libertad económica. El verdadero respeto consiste en reconocerles lo mismo que a cualquier otro ciudadano: el derecho a ser plenamente dueños de su vida, de su trabajo y de su propiedad.

La libertad —la libertad verdadera, individual y responsable— no es un privilegio cultural ni una concesión del Estado.

Es un derecho humano universal.

Y Colombia no será una sociedad plenamente libre mientras mantenga instituciones que, en nombre de la protección, niegan a millones de personas el derecho fundamental a ejercerla.

LGVA

Marzo de 2026



* Intervención en el Concejo de Medellín el 17 de marzo de 2026.