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jueves, 4 de junio de 2026

Magnifica Humanitas y el imposible bien común

 

Magnifica Humanitas y el imposible bien común

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

La crítica más profunda que puede hacerse a Magnifica Humanitas desde una perspectiva liberal no es económica sino epistemológica. La encíclica presupone que existen autoridades capaces de identificar el bien común, ponderar adecuadamente los intereses en conflicto y diseñar reglas que orienten el desarrollo tecnológico hacia fines socialmente deseables. Sin embargo, esa premisa tropieza con uno de los grandes descubrimientos de las ciencias sociales modernas: el teorema de la imposibilidad de Kenneth Arrow.

Arrow demostró matemáticamente que no existe un mecanismo de decisión colectiva capaz de transformar de manera consistente las preferencias individuales en una preferencia social que satisfaga simultáneamente ciertos criterios mínimos de racionalidad, libertad y coherencia. Dicho de otro modo, la sociedad no posee una voluntad unificada que pueda ser descubierta y aplicada por gobernantes, expertos o instituciones internacionales. Lo que existe son millones de individuos con preferencias distintas, frecuentemente incompatibles entre sí.

La encíclica habla repetidamente del “bien común” como si se tratara de una realidad objetivamente identificable y políticamente realizable. Pero el problema señalado por Arrow es precisamente que, en sociedades complejas, no existe un procedimiento capaz de revelar de manera inequívoca cuál es ese supuesto bien común cuando las preferencias de los individuos divergen.

Esta dificultad se vuelve particularmente evidente en el campo de la inteligencia artificial. Algunos ciudadanos valoran prioritariamente la innovación; otros la privacidad; otros la seguridad; otros la igualdad; otros la libertad de expresión. No existe una fórmula objetiva que permita agregar todas esas preferencias en una única función social que pueda servir de guía para la regulación. Cuando una autoridad afirma actuar en nombre del bien común, en realidad está privilegiando unas preferencias sobre otras.

Aquí aparece una de las debilidades centrales de Magnifica Humanitas. El documento critica la lógica descentralizada del mercado, pero ignora que precisamente esa descentralización constituye una respuesta práctica al problema identificado por Arrow. El mercado no necesita conocer el bien común ni resolver filosóficamente los conflictos de valores. Permite que millones de individuos persigan fines distintos y coordinen sus acciones mediante precios, contratos y acuerdos voluntarios.

La crítica puede profundizarse recurriendo a Friedrich Hayek. Mientras Arrow mostró la imposibilidad de construir una función social coherente, Hayek explicó por qué ningún planificador puede reunir el conocimiento disperso que poseen millones de personas. Ambos argumentos convergen en una misma conclusión: la información necesaria para dirigir una sociedad compleja simplemente no está disponible para ninguna autoridad central.

Sin embargo, la encíclica propone organismos reguladores, acuerdos globales y mecanismos de supervisión capaces de orientar el desarrollo tecnológico conforme al bien común. La pregunta inevitable es: ¿quién define ese bien común? ¿Con qué información? ¿Bajo qué criterio de agregación de preferencias? ¿Cómo se resuelven los conflictos entre valores igualmente legítimos?

Desde esta perspectiva, el problema de Magnifica Humanitas no es que sea demasiado moralista, sino que supone la existencia de un conocimiento político que la teoría moderna considera imposible. La encíclica confía en que autoridades públicas e instituciones internacionales podrán identificar y ejecutar decisiones socialmente óptimas. Arrow demuestra que tal óptimo colectivo no puede definirse de manera consistente. Hayek demuestra que tampoco puede conocerse.

Por eso, la verdadera alternativa no es elegir entre mercado y regulación, sino reconocer los límites insuperables del conocimiento político. El mercado puede cometer errores, pero al menos no pretende resolver una tarea que la matemática y la teoría social han demostrado imposible: descubrir y ejecutar la voluntad coherente de toda la sociedad.

LGVA

Mayo de 2026.

lunes, 1 de junio de 2026

Magnifica Humanitas y el viejo prejuicio de la iglesia contra el mercado

 

Magnifica Humanitas y el viejo prejuicio de la iglesia contra el mercado

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

La publicación de Magnifica Humanitas de León XIV, encíclica dedicada a los desafíos éticos de la inteligencia artificial, confirma una constante de buena parte de la doctrina social de la Iglesia desde su inicio con la Rerum Novarum de León XIII:  una profunda desconfianza hacia el mercado y una persistente inclinación a considerar al Estado como corrector natural de los defectos de la sociedad. Aunque el documento no es socialista ni propone abolir la propiedad privada, su orientación general resulta claramente intervencionista y estatista.

La encíclica parte de una preocupación legítima. El desarrollo acelerado de la inteligencia artificial plantea interrogantes sobre el empleo, la privacidad, la concentración del poder económico y la manipulación de la información. Son asuntos reales que merecen atención. No obstante, la respuesta propuesta incurre en una contradicción fundamental: denuncia la concentración de poder en las grandes empresas tecnológicas, pero propone como remedio una mayor concentración de poder en los Estados y en organismos internacionales.

La historia ofrece pocas razones para creer que los monopolios políticos sean menos peligrosos que los monopolios económicos, todo lo contrario. Las grandes tragedias del siglo XX — el fascismo, el nazismo, todos los totalitarismos comunistas y las dos guerras mundiales — fueron producto de la acumulación de poder estatal, no de la libertad económica ni de la acción de las grandes empresas. Sin embargo, la encíclica parece asumir que el poder público actúa naturalmente en función del bien común, mientras que el poder privado está permanentemente bajo sospecha.

La misma contradicción aparece en su visión de la innovación. El documento reconoce los beneficios extraordinarios que la inteligencia artificial puede aportar a la medicina, la educación, la productividad y la calidad de vida. Pero simultáneamente reclama controles, restricciones y regulaciones destinadas a contener el mismo proceso innovador que ha producido esos avances. Es difícil comprender cómo pueden obtenerse los frutos de la innovación sin aceptar los incentivos económicos que la hacen posible.

Particularmente reveladora es la actitud frente al beneficio. En diversos apartes, la búsqueda de ganancias aparece asociada a riesgos morales y a posibles formas de explotación. Lo que apenas se reconoce es que el beneficio económico constituye uno de los mecanismos más eficaces para coordinar millones de decisiones individuales en sociedades complejas. Como explicaron Adam Smith, Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, el mercado no funciona gracias a la benevolencia de sus participantes sino precisamente porque canaliza intereses particulares hacia resultados socialmente útiles.

La preocupación por el empleo reproduce igualmente un error recurrente. Cada revolución tecnológica ha despertado temores similares. Ocurrió con la mecanización agrícola, con la industrialización, con la electrificación y con la informática. En todos los casos desaparecieron ocupaciones específicas, pero surgieron otras nuevas y la prosperidad general aumentó. La encíclica parece contemplar la adaptación económica como una tarea principalmente política, cuando la experiencia histórica muestra que los mercados han demostrado una notable capacidad para absorber y reasignar recursos.

En el fondo, Magnifica Humanitas refleja una tensión permanente dentro de la doctrina social católica: rechaza el socialismo, defiende la propiedad privada y reconoce las ventajas de la economía de mercado, pero al mismo tiempo desconfía de los mecanismos que generan riqueza y prosperidad. El resultado es una visión que acepta los frutos del mercado mientras cuestiona sus raíces. Es, en esencia, el viejo prejuicio contra el mercado y la libertad económica vestido con los ropajes tecnológicos del siglo XXI.

LGVA

Mayo de 2026