El
megavatio más barato para evitar el racionamiento
Luis
Guillermo Vélez Álvarez
Economista
Los pronósticos climáticos
indican una probabilidad cercana al 90% de que en los próximos meses se
presente un fenómeno de El Niño. No se trata de una certeza, pero sí de una
advertencia suficientemente seria para que el país empiece a prepararse. La experiencia
demuestra que las crisis energéticas no se resuelven cuando aparecen, sino
mucho antes.
Afortunadamente, Colombia no
se encuentra hoy en una situación comparable a la que condujo al racionamiento
de 1992. El sistema eléctrico es más robusto, dispone de una importante
capacidad térmica de respaldo y cuenta con mecanismos regulatorios que han
demostrado su utilidad en episodios anteriores de sequía. Sin embargo, también
es cierto que los márgenes de seguridad son menores de lo que muchos suponen.
Los retrasos en proyectos de generación y transmisión, la incertidumbre
regulatoria y las dificultades financieras de algunos agentes del sector - por cuenta de los incumplimientos del gobierno en pagos de subsidios, opción tarifaria, etc. - hacen
que el sistema sea más vulnerable frente a eventos climáticos extremos.
La discusión pública se ha
concentrado, como de costumbre, en el lado de la oferta. Se habla de acelerar
proyectos, asegurar el suministro de gas, reforzar la capacidad térmica e
incorporar nuevas fuentes renovables. Todo ello es importante. Pero casi nadie
menciona el recurso más abundante, más rápido y más barato de todos: reducir
temporalmente la demanda.
La idea puede parecer
contraintuitiva. Estamos acostumbrados a pensar que los problemas eléctricos se
solucionan construyendo nuevas plantas. Sin embargo, desde el punto de vista
económico, un megavatio que no se consume tiene exactamente el mismo valor que
un megavatio adicional de generación. En muchos casos, incluso más.
La demanda anual de
electricidad del país supera hoy los 85.000 GWh. Una reducción temporal del 5%
durante seis meses permitiría ahorrar entre 2.000 y 2.500 GWh de energía. Se
trata de una cantidad considerable, equivalente a la producción continua de una
gran central térmica durante buena parte del período crítico. Y lo mejor es que
podría obtenerse en cuestión de semanas, sin licencias ambientales, consultas
previas, pleitos judiciales ni multimillonarias inversiones.
La pregunta es elemental: si
el sistema remunera a quienes producen energía cuando ésta escasea, ¿por qué no
remunerar también a quienes dejan de consumirla?
La propuesta consiste en crear
un mercado de reducción de demanda. Cada usuario tendría una línea base
calculada a partir de su historial de consumo. Cuando el sistema entre en una
situación preventiva, los usuarios que reduzcan su consumo recibirían una
compensación económica explícita en su factura. No se trataría de una campaña
de ahorro patriótico ni de un subsidio disfrazado. Sería una transacción de
mercado. El sistema compra una reducción de consumo porque esa reducción tiene
un valor económico real.
Los grandes consumidores
podrían participar mediante subastas competitivas. Industrias, universidades,
centros comerciales y edificios empresariales ofrecerían cuánta demanda pueden
retirar y a qué precio. El operador del sistema seleccionaría las ofertas más
económicas, exactamente como hoy selecciona la generación más eficiente.
La experiencia internacional
es concluyente. California recurrió a mecanismos similares durante la crisis de
2000-2001. Brasil hizo lo propio en 2001-2002 con resultados notables. En
numerosos mercados desarrollados la llamada respuesta de la demanda constituye
hoy una pieza fundamental de la confiabilidad del sistema.
Además, esta alternativa tiene
una ventaja adicional particularmente relevante en las circunstancias actuales
del país: cuesta menos. Resulta mucho más económico pagar por el ahorro
voluntario de energía que financiar medidas de emergencia, subsidiar combustibles
costosos o afrontar las enormes pérdidas económicas derivadas de un eventual
racionamiento.
Lo sorprendente es que, pese a
todas las discusiones sobre transición energética, sostenibilidad y eficiencia,
seguimos concibiendo al consumidor como un actor pasivo. El mercado eléctrico
colombiano fue diseñado bajo el supuesto de que únicamente los generadores
podían contribuir a la confiabilidad del sistema. Treinta años después, la
tecnología permite que millones de usuarios participen activamente y sean
recompensados por hacerlo.
Si el país quiere prepararse
para un eventual Niño fuerte, debe empezar ahora. Las grandes obras toman años.
Los incentivos económicos pueden implementarse en cuestión de semanas.
Al final, el recurso
energético más barato, más limpio y más rápido de incorporar no es una nueva
hidroeléctrica, una granja solar o una planta térmica. Es el megavatio que no
necesitamos consumir.
LGVA
Junio de 2026

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