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lunes, 1 de junio de 2026

Magnifica Humanitas y el viejo prejuicio de la iglesia contra el mercado

 

Magnifica Humanitas y el viejo prejuicio de la iglesia contra el mercado

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

La publicación de Magnifica Humanitas de León XIV, encíclica dedicada a los desafíos éticos de la inteligencia artificial, confirma una constante de buena parte de la doctrina social de la Iglesia desde su inicio con la Rerum Novarum de León XIII:  una profunda desconfianza hacia el mercado y una persistente inclinación a considerar al Estado como corrector natural de los defectos de la sociedad. Aunque el documento no es socialista ni propone abolir la propiedad privada, su orientación general resulta claramente intervencionista y estatista.

La encíclica parte de una preocupación legítima. El desarrollo acelerado de la inteligencia artificial plantea interrogantes sobre el empleo, la privacidad, la concentración del poder económico y la manipulación de la información. Son asuntos reales que merecen atención. No obstante, la respuesta propuesta incurre en una contradicción fundamental: denuncia la concentración de poder en las grandes empresas tecnológicas, pero propone como remedio una mayor concentración de poder en los Estados y en organismos internacionales.

La historia ofrece pocas razones para creer que los monopolios políticos sean menos peligrosos que los monopolios económicos, todo lo contrario. Las grandes tragedias del siglo XX — el fascismo, el nazismo, todos los totalitarismos comunistas y las dos guerras mundiales — fueron producto de la acumulación de poder estatal, no de la libertad económica ni de la acción de las grandes empresas. Sin embargo, la encíclica parece asumir que el poder público actúa naturalmente en función del bien común, mientras que el poder privado está permanentemente bajo sospecha.

La misma contradicción aparece en su visión de la innovación. El documento reconoce los beneficios extraordinarios que la inteligencia artificial puede aportar a la medicina, la educación, la productividad y la calidad de vida. Pero simultáneamente reclama controles, restricciones y regulaciones destinadas a contener el mismo proceso innovador que ha producido esos avances. Es difícil comprender cómo pueden obtenerse los frutos de la innovación sin aceptar los incentivos económicos que la hacen posible.

Particularmente reveladora es la actitud frente al beneficio. En diversos apartes, la búsqueda de ganancias aparece asociada a riesgos morales y a posibles formas de explotación. Lo que apenas se reconoce es que el beneficio económico constituye uno de los mecanismos más eficaces para coordinar millones de decisiones individuales en sociedades complejas. Como explicaron Adam Smith, Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, el mercado no funciona gracias a la benevolencia de sus participantes sino precisamente porque canaliza intereses particulares hacia resultados socialmente útiles.

La preocupación por el empleo reproduce igualmente un error recurrente. Cada revolución tecnológica ha despertado temores similares. Ocurrió con la mecanización agrícola, con la industrialización, con la electrificación y con la informática. En todos los casos desaparecieron ocupaciones específicas, pero surgieron otras nuevas y la prosperidad general aumentó. La encíclica parece contemplar la adaptación económica como una tarea principalmente política, cuando la experiencia histórica muestra que los mercados han demostrado una notable capacidad para absorber y reasignar recursos.

En el fondo, Magnifica Humanitas refleja una tensión permanente dentro de la doctrina social católica: rechaza el socialismo, defiende la propiedad privada y reconoce las ventajas de la economía de mercado, pero al mismo tiempo desconfía de los mecanismos que generan riqueza y prosperidad. El resultado es una visión que acepta los frutos del mercado mientras cuestiona sus raíces. Es, en esencia, el viejo prejuicio contra el mercado y la libertad económica vestido con los ropajes tecnológicos del siglo XXI.

LGVA

Mayo de 2026

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