Magnifica
Humanitas y el viejo prejuicio de la iglesia contra el mercado
Luis
Guillermo Vélez Álvarez
Economista
La publicación de Magnifica
Humanitas de León XIV, encíclica dedicada a los desafíos éticos de la
inteligencia artificial, confirma una constante de buena parte de la doctrina
social de la Iglesia desde su inicio con la Rerum Novarum de León XIII: una profunda desconfianza hacia el mercado y
una persistente inclinación a considerar al Estado como corrector natural de
los defectos de la sociedad. Aunque el documento no es socialista ni propone
abolir la propiedad privada, su orientación general resulta claramente
intervencionista y estatista.
La encíclica parte de una
preocupación legítima. El desarrollo acelerado de la inteligencia artificial
plantea interrogantes sobre el empleo, la privacidad, la concentración del
poder económico y la manipulación de la información. Son asuntos reales que merecen
atención. No obstante, la respuesta propuesta incurre en una contradicción
fundamental: denuncia la concentración de poder en las grandes empresas
tecnológicas, pero propone como remedio una mayor concentración de poder en los
Estados y en organismos internacionales.
La historia ofrece pocas
razones para creer que los monopolios políticos sean menos peligrosos que los
monopolios económicos, todo lo contrario. Las grandes tragedias del siglo XX —
el fascismo, el nazismo, todos los totalitarismos comunistas y las dos guerras
mundiales — fueron producto de la acumulación de poder estatal, no de la
libertad económica ni de la acción de las grandes empresas. Sin embargo, la
encíclica parece asumir que el poder público actúa naturalmente en función del
bien común, mientras que el poder privado está permanentemente bajo sospecha.
La misma contradicción aparece
en su visión de la innovación. El documento reconoce los beneficios
extraordinarios que la inteligencia artificial puede aportar a la medicina, la
educación, la productividad y la calidad de vida. Pero simultáneamente reclama
controles, restricciones y regulaciones destinadas a contener el mismo proceso
innovador que ha producido esos avances. Es difícil comprender cómo pueden
obtenerse los frutos de la innovación sin aceptar los incentivos económicos que
la hacen posible.
Particularmente reveladora es
la actitud frente al beneficio. En diversos apartes, la búsqueda de ganancias
aparece asociada a riesgos morales y a posibles formas de explotación. Lo que
apenas se reconoce es que el beneficio económico constituye uno de los
mecanismos más eficaces para coordinar millones de decisiones individuales en
sociedades complejas. Como explicaron Adam Smith, Ludwig von Mises y Friedrich
Hayek, el mercado no funciona gracias a la benevolencia de sus participantes
sino precisamente porque canaliza intereses particulares hacia resultados socialmente
útiles.
La preocupación por el empleo
reproduce igualmente un error recurrente. Cada revolución tecnológica ha
despertado temores similares. Ocurrió con la mecanización agrícola, con la
industrialización, con la electrificación y con la informática. En todos los
casos desaparecieron ocupaciones específicas, pero surgieron otras nuevas y la
prosperidad general aumentó. La encíclica parece contemplar la adaptación
económica como una tarea principalmente política, cuando la experiencia
histórica muestra que los mercados han demostrado una notable capacidad para
absorber y reasignar recursos.
En el fondo, Magnifica
Humanitas refleja una tensión permanente dentro de la doctrina social
católica: rechaza el socialismo, defiende la propiedad privada y reconoce las
ventajas de la economía de mercado, pero al mismo tiempo desconfía de los
mecanismos que generan riqueza y prosperidad. El resultado es una visión que
acepta los frutos del mercado mientras cuestiona sus raíces. Es, en esencia, el
viejo prejuicio contra el mercado y la libertad económica vestido con los ropajes
tecnológicos del siglo XXI.
LGVA
Mayo de 2026

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