¡Viva
Elon!
Luis
Guillermo Vélez Álvarez
Economista
“…ya
que la riqueza es el producto de la capacidad del hombre para pensar”
(Ayn Rand, La rebelión
de Atlas)
Al inicio de la Revolución
Industrial hubo quienes denunciaron a James Watt por enriquecerse con la
máquina de vapor; más tarde, a George Stephenson lo condenaron por lucrarse con
el ferrocarril y, ya en el siglo XX, a Henry Ford lo vilipendiaron por acumular
una inmensa fortuna fabricando automóviles. Thorstein Veblen les dedicó a los
grandes empresarios que industrializaron los Estados Unidos una obra de infamante
título: Teoría de la clase ociosa.
Algo semejante ocurre en esta época
con los informes anuales de Oxfam anunciando, con tono de alarma moral, que los
ricos son cada vez más ricos. Los titulares se repiten ad nauseam: el
uno por ciento posee más riqueza que el resto de la humanidad. El mensaje
implícito o explícito es siempre el mismo: algo anda mal, hay que redistribuir
gravando las grandes fortunas. Un 2% anual, propone Gabriel Zucman, el nuevo
apóstol de la igualdad, que le disputa el trono al inefable Piketty.
Pero hay una pregunta que rara
vez se formula: ¿de dónde salió esa riqueza?
Los informes de Oxfam - y los
voluminosos mamotretos de Zucman, Piketty y todos los demás - no son más que registros
envidiosos de activos y patrimonios financieros: contabilidad. Pero la economía
no es contabilidad. La economía se ocupa de entender cómo se crea la riqueza
material, es decir, los bienes y servicios que satisfacen necesidades del
cuerpo y la fantasía; cómo aumenta la riqueza con el aumento de la productividad
y cuáles son los determinantes del crecimiento de ésta.
La riqueza de las naciones, no la contabilidad
de los ricos, es título que Adam Smith dio a la obra fundacional de la
economía. La diferencia es fundamental.
Tomemos el caso de Elon Musk.
Para muchos activistas es simplemente el hombre más rico del mundo. Para la
historia económica podría resultar siendo una de las personas que más haya contribuyó
al progreso material de la humanidad en el siglo XXI.
Cuando Musk apostó por Tesla,
la industria automotriz consideraba los vehículos eléctricos como una
curiosidad para ambientalistas. Hoy prácticamente todos los grandes fabricantes
del mundo compiten por desarrollar tecnologías similares. El beneficio no se
limita a los accionistas de Tesla. Se extiende a millones de consumidores, a
nuevas cadenas de innovación y a una aceleración tecnológica que probablemente
habría tardado décadas en producirse.
Lo mismo ocurre con SpaceX.
Durante medio siglo el acceso al espacio permaneció atrapado en una lógica casi
artesanal: construir un cohete, lanzarlo y perderlo para siempre. Musk desafió
esa premisa y desarrolló cohetes reutilizables que han reducido drásticamente
los costos de lanzamiento. Como ocurrió con el ferrocarril, el motor de vapor o
el contenedor marítimo, una caída radical de los costos abre posibilidades
económicas completamente nuevas.
Las consecuencias futuras
pueden ser enormes. Comunicaciones más baratas, observación terrestre más
sofisticada, investigación científica más ambiciosa y, eventualmente, la
expansión de la actividad humana más allá de nuestro planeta.
Starlink constituye un tercer
ejemplo. Mientras gobiernos, agencias internacionales y ONG organizaban
conferencias sobre inclusión digital, miles de comunidades rurales y remotas
obtuvieron acceso efectivo a internet gracias a una constelación de satélites
financiada por una empresa privada. Allí donde la burocracia discutía, la
innovación actuaba.
Nada de esto aparece reflejado
en los balances sobre desigualdad.
Hace más de un siglo, Joseph
Schumpeter explicó que el desarrollo económico no surge principalmente de la
acumulación de capital ni de la redistribución de riqueza, sino de la
innovación. El verdadero motor del progreso es el empresario que introduce nuevos
productos, nuevos métodos de producción y nuevas formas de organización
económica.
Schumpeter llamó a este
proceso “destrucción creadora”. Cada gran innovación destruye actividades
existentes, pero crea otras más productivas y valiosas. El automóvil reemplazó
al caballo. El computador desplazó a la máquina de escribir. Internet transformó
industrias enteras.
Tesla, SpaceX y Starlink son
manifestaciones de esa destrucción creadora.
La obsesión contemporánea con
la desigualdad suele ignorar esta verdad elemental. Si Henry Ford hubiera sido
impedido de enriquecerse, millones de trabajadores no habrían accedido al
automóvil. Si Steve Jobs hubiera sido desalentado por acumular fortuna, el
mundo sería tecnológicamente más pobre. Si Elon Musk hubiera decidido limitarse
a administrar su patrimonio, probablemente no existirían ni los cohetes
reutilizables ni Starlink ni la movilidad eléctrica.
Aquí aparece una intuición
poderosa de Ayn Rand en La rebelión de Atlas. La novela imagina un mundo
en el que los creadores, innovadores y empresarios dejan de producir, cansados
de ser tratados como villanos por una sociedad que desprecia precisamente a
quienes la sostienen. El resultado es el estancamiento, la decadencia y el
colapso.
Afortunadamente, en lugar de
irse a Marte, Elon Musk está repitiendo las palabras de John Galt al final de
la portentosa novela:
“El camino está libre, volveremos al mundo”
Los contemporáneos de James
Watt, George Stephenson o Henry Ford tampoco alcanzaron a comprender plenamente
la magnitud de las transformaciones que estaban presenciando. Quizás ocurra lo
mismo con Elon Musk. Dentro de un siglo nadie recordará los comunicados de
prensa de Oxfam ni los debates sobre el patrimonio neto de los
multimillonarios. Pero es posible que miles de millones de seres humanos sigan
utilizando tecnologías nacidas de los cohetes reutilizables, de las redes
satelitales globales y de las innovaciones que hoy asociamos con su nombre. La
historia suele ser más generosa con quienes crean que con quienes protestan.
Por eso, y por mucho que irrite a los sacerdotes de la igualdad contable, vale
la pena repetirlo:
¡Viva Elon!
LGVA
Junio de 2026

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