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miércoles, 17 de junio de 2026

¡Viva Elon!

 

 

¡Viva Elon!

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

“…ya que la riqueza es el producto de la capacidad del hombre para pensar”

(Ayn Rand, La rebelión de Atlas)

Al inicio de la Revolución Industrial hubo quienes denunciaron a James Watt por enriquecerse con la máquina de vapor; más tarde, a George Stephenson lo condenaron por lucrarse con el ferrocarril y, ya en el siglo XX, a Henry Ford lo vilipendiaron por acumular una inmensa fortuna fabricando automóviles. Thorstein Veblen les dedicó a los grandes empresarios que industrializaron los Estados Unidos una obra de infamante título: Teoría de la clase ociosa.  

Algo semejante ocurre en esta época con los informes anuales de Oxfam anunciando, con tono de alarma moral, que los ricos son cada vez más ricos. Los titulares se repiten ad nauseam: el uno por ciento posee más riqueza que el resto de la humanidad. El mensaje implícito o explícito es siempre el mismo: algo anda mal, hay que redistribuir gravando las grandes fortunas. Un 2% anual, propone Gabriel Zucman, el nuevo apóstol de la igualdad, que le disputa el trono al inefable Piketty.

Pero hay una pregunta que rara vez se formula: ¿de dónde salió esa riqueza?

Los informes de Oxfam - y los voluminosos mamotretos de Zucman, Piketty y todos los demás - no son más que registros envidiosos de activos y patrimonios financieros: contabilidad. Pero la economía no es contabilidad. La economía se ocupa de entender cómo se crea la riqueza material, es decir, los bienes y servicios que satisfacen necesidades del cuerpo y la fantasía; cómo aumenta la riqueza con el aumento de la productividad y cuáles son los determinantes del crecimiento de ésta.

 La riqueza de las naciones, no la contabilidad de los ricos, es título que Adam Smith dio a la obra fundacional de la economía. La diferencia es fundamental.

Tomemos el caso de Elon Musk. Para muchos activistas es simplemente el hombre más rico del mundo. Para la historia económica podría resultar siendo una de las personas que más haya contribuyó al progreso material de la humanidad en el siglo XXI. 



Cuando Musk apostó por Tesla, la industria automotriz consideraba los vehículos eléctricos como una curiosidad para ambientalistas. Hoy prácticamente todos los grandes fabricantes del mundo compiten por desarrollar tecnologías similares. El beneficio no se limita a los accionistas de Tesla. Se extiende a millones de consumidores, a nuevas cadenas de innovación y a una aceleración tecnológica que probablemente habría tardado décadas en producirse.

Lo mismo ocurre con SpaceX. Durante medio siglo el acceso al espacio permaneció atrapado en una lógica casi artesanal: construir un cohete, lanzarlo y perderlo para siempre. Musk desafió esa premisa y desarrolló cohetes reutilizables que han reducido drásticamente los costos de lanzamiento. Como ocurrió con el ferrocarril, el motor de vapor o el contenedor marítimo, una caída radical de los costos abre posibilidades económicas completamente nuevas.

Las consecuencias futuras pueden ser enormes. Comunicaciones más baratas, observación terrestre más sofisticada, investigación científica más ambiciosa y, eventualmente, la expansión de la actividad humana más allá de nuestro planeta.

Starlink constituye un tercer ejemplo. Mientras gobiernos, agencias internacionales y ONG organizaban conferencias sobre inclusión digital, miles de comunidades rurales y remotas obtuvieron acceso efectivo a internet gracias a una constelación de satélites financiada por una empresa privada. Allí donde la burocracia discutía, la innovación actuaba.

Nada de esto aparece reflejado en los balances sobre desigualdad.

Hace más de un siglo, Joseph Schumpeter explicó que el desarrollo económico no surge principalmente de la acumulación de capital ni de la redistribución de riqueza, sino de la innovación. El verdadero motor del progreso es el empresario que introduce nuevos productos, nuevos métodos de producción y nuevas formas de organización económica.

Schumpeter llamó a este proceso “destrucción creadora”. Cada gran innovación destruye actividades existentes, pero crea otras más productivas y valiosas. El automóvil reemplazó al caballo. El computador desplazó a la máquina de escribir. Internet transformó industrias enteras.

Tesla, SpaceX y Starlink son manifestaciones de esa destrucción creadora.

La obsesión contemporánea con la desigualdad suele ignorar esta verdad elemental. Si Henry Ford hubiera sido impedido de enriquecerse, millones de trabajadores no habrían accedido al automóvil. Si Steve Jobs hubiera sido desalentado por acumular fortuna, el mundo sería tecnológicamente más pobre. Si Elon Musk hubiera decidido limitarse a administrar su patrimonio, probablemente no existirían ni los cohetes reutilizables ni Starlink ni la movilidad eléctrica.

Aquí aparece una intuición poderosa de Ayn Rand en La rebelión de Atlas. La novela imagina un mundo en el que los creadores, innovadores y empresarios dejan de producir, cansados de ser tratados como villanos por una sociedad que desprecia precisamente a quienes la sostienen. El resultado es el estancamiento, la decadencia y el colapso.

Afortunadamente, en lugar de irse a Marte, Elon Musk está repitiendo las palabras de John Galt al final de la portentosa novela:

 “El camino está libre, volveremos al mundo”

Los contemporáneos de James Watt, George Stephenson o Henry Ford tampoco alcanzaron a comprender plenamente la magnitud de las transformaciones que estaban presenciando. Quizás ocurra lo mismo con Elon Musk. Dentro de un siglo nadie recordará los comunicados de prensa de Oxfam ni los debates sobre el patrimonio neto de los multimillonarios. Pero es posible que miles de millones de seres humanos sigan utilizando tecnologías nacidas de los cohetes reutilizables, de las redes satelitales globales y de las innovaciones que hoy asociamos con su nombre. La historia suele ser más generosa con quienes crean que con quienes protestan. Por eso, y por mucho que irrite a los sacerdotes de la igualdad contable, vale la pena repetirlo:

¡Viva Elon!

LGVA

Junio de 2026

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