Magnifica
Humanitas y el imposible bien común
Luis
Guillermo Vélez Álvarez
Economista
La crítica más profunda que
puede hacerse a Magnifica Humanitas desde una perspectiva liberal no es
económica sino epistemológica. La encíclica presupone que existen autoridades
capaces de identificar el bien común, ponderar adecuadamente los intereses en
conflicto y diseñar reglas que orienten el desarrollo tecnológico hacia fines
socialmente deseables. Sin embargo, esa premisa tropieza con uno de los grandes
descubrimientos de las ciencias sociales modernas: el teorema de la
imposibilidad de Kenneth Arrow.
Arrow demostró matemáticamente
que no existe un mecanismo de decisión colectiva capaz de transformar de manera
consistente las preferencias individuales en una preferencia social que
satisfaga simultáneamente ciertos criterios mínimos de racionalidad, libertad y
coherencia. Dicho de otro modo, la sociedad no posee una voluntad unificada que
pueda ser descubierta y aplicada por gobernantes, expertos o instituciones
internacionales. Lo que existe son millones de individuos con preferencias
distintas, frecuentemente incompatibles entre sí.
La encíclica habla
repetidamente del “bien común” como si se tratara de una realidad objetivamente
identificable y políticamente realizable. Pero el problema señalado por Arrow
es precisamente que, en sociedades complejas, no existe un procedimiento capaz
de revelar de manera inequívoca cuál es ese supuesto bien común cuando las
preferencias de los individuos divergen.
Esta dificultad se vuelve
particularmente evidente en el campo de la inteligencia artificial. Algunos
ciudadanos valoran prioritariamente la innovación; otros la privacidad; otros
la seguridad; otros la igualdad; otros la libertad de expresión. No existe una
fórmula objetiva que permita agregar todas esas preferencias en una única
función social que pueda servir de guía para la regulación. Cuando una
autoridad afirma actuar en nombre del bien común, en realidad está
privilegiando unas preferencias sobre otras.
Aquí aparece una de las
debilidades centrales de Magnifica Humanitas. El documento critica la
lógica descentralizada del mercado, pero ignora que precisamente esa
descentralización constituye una respuesta práctica al problema identificado
por Arrow. El mercado no necesita conocer el bien común ni resolver
filosóficamente los conflictos de valores. Permite que millones de individuos
persigan fines distintos y coordinen sus acciones mediante precios, contratos y
acuerdos voluntarios.
La crítica puede profundizarse
recurriendo a Friedrich Hayek. Mientras Arrow mostró la imposibilidad de
construir una función social coherente, Hayek explicó por qué ningún
planificador puede reunir el conocimiento disperso que poseen millones de
personas. Ambos argumentos convergen en una misma conclusión: la información
necesaria para dirigir una sociedad compleja simplemente no está disponible
para ninguna autoridad central.
Sin embargo, la encíclica
propone organismos reguladores, acuerdos globales y mecanismos de supervisión
capaces de orientar el desarrollo tecnológico conforme al bien común. La
pregunta inevitable es: ¿quién define ese bien común? ¿Con qué información? ¿Bajo
qué criterio de agregación de preferencias? ¿Cómo se resuelven los conflictos
entre valores igualmente legítimos?
Desde esta perspectiva, el
problema de Magnifica Humanitas no es que sea demasiado moralista, sino
que supone la existencia de un conocimiento político que la teoría moderna
considera imposible. La encíclica confía en que autoridades públicas e
instituciones internacionales podrán identificar y ejecutar decisiones
socialmente óptimas. Arrow demuestra que tal óptimo colectivo no puede
definirse de manera consistente. Hayek demuestra que tampoco puede conocerse.
Por eso, la verdadera
alternativa no es elegir entre mercado y regulación, sino reconocer los límites
insuperables del conocimiento político. El mercado puede cometer errores, pero
al menos no pretende resolver una tarea que la matemática y la teoría social
han demostrado imposible: descubrir y ejecutar la voluntad coherente de toda la
sociedad.
LGVA
Mayo de 2026.

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