miércoles, 6 de mayo de 2015

La remuneración de los maestros y la calidad de la educación


La remuneración de los maestros y la calidad de la educación

 

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista, Docente, Universidad EAFIT

 

Los maestros de Colombia ganan poco, como gana poco la mayoría de la población de un país cuyo PIB per cápita escasamente bordea los US$ 12.000 dólares. Se dice que con esos salarios paupérrimos no puede esperarse gran cosa de la calidad de la educación. Cabría entonces suponer que la remuneración de los maestros de aquellos países que según el Center of International Education Benchmarking son el “Top Ten” en calidad de la educación fuese extremadamente elevada. La tabla 1 muestra el ingreso anual de los maestros de primaria y secundaria de seis de los países que integran ese honroso grupo y hacen parte de la OCDE. Se han añadido las cifras de Chile y México, miembros también de la OCDE. Se trata del ingreso de los maestros con menor nivel de calificación. En Colombia eso corresponde al normalista o tecnólogo en educación, en primaria; y al licenciado o al profesional raso, en secundaria. Las tres primeras columnas muestran la remuneración inicial y la que se tiene al cabo de 10 y 15 años experiencia, para cada categoría: primaria y secundaria. Una columna final indica la remuneración máxima en cada una de ellas.

Tabla 1
 
La comparación en dólares no es adecuada. Los maestros de un país rico ganan necesariamente más que los de un país pobre, al igual que los peluqueros o los albañiles. Por eso es conveniente referir la remuneración de los maestros al PIB per cápita de cada país. Esto es lo que se hace en la tabla 2.   Se observa ya un resultado curioso: los maestros de Estonia, Finlandia, Japón y Polonia en general ganan relativamente menos que sus pares de Chile y México.

Tabla 2
 
Como Colombia todavía no está en la OCDE no hay forma de hacer una comparación directa. Son precisos algunos cálculos un tanto tediosos para llegar al resultado. Se ofrecen disculpas. La tabla 3 muestra el salario básico mensual de los maestros en 2012, según en decreto 0826 de enero de ese año.

Tabla 3
 

A partir de las cifras de la tabla 3 se obtiene la tabla 4, en la cual se muestra la remuneración anual de los maestros colombianos de todas las categorías como porcentaje del PIB per cápita. Los supuestos de los cálculos se indican al final de la tabla. Para obtener la remuneración anual se asumió que los maestros – cuyo régimen salarial está lleno de primas y gabelas - reciben anualmente el equivalente a16 salarios mensuales, frente a 14,5 de los trabajadores del régimen laboral común.  

Tabla 4
 
Es bueno hacer notar que cuando las remuneraciones de los maestros se normalizan por el PIB per cápita ya no lucen tan paupérrimas. En todo caso, ya es posible hacer algunas comparaciones. Para evitar dolores de cabeza con los promedios, se comparan, en primaria, las remuneraciones colombianas de normalista o tecnólogo de grado 1 nivel A y de grado 1 nivel D, con las remuneraciones OCDE inicial y máxima. En secundaria, las remuneraciones de licenciado o profesional no licenciado sin estudios adicionales grado 2 – nivel A y grado 2 – nivel D con las remuneraciones OCDE inicial y máxima.  

Primero la primaria, en los gráficos 1 y 2. Unas obvias constataciones:

Los maestros de primaria del menor nivel de capacitación de Polonia, Estonia, Japón, Finlandia y Corea tienen una remuneración inicial inferior a la de sus pares de Colombia. La remuneración inicial de éstos es igual a la de sus pares de Canadá e inferior a la de los de Chile y México.

La remuneración máxima de los maestros primaria de Colombia con el menor nivel de capacitación es superior a la de sus similares de Estonia, Polonia, Finlandia, Canadá y Japón. Es inferior a la de los de Chile, México y Corea.

Gráfica 1
 
Gráfica 2
 

En secundaria, gráficos 3 y 4, las cosas son similares.
La remuneración inicial de los maestros colombianos de secundaria con el menor nivel de capacitación solo es inferior a la de sus pares mexicanos. La remuneración máxima es inferior a la de los coreanos y también a la de sus pares chilenos y mexicanos. El caso de México es bien notable. En ese país, como en Colombia, existe un poderoso sindicato magisterial - Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación- profundamente imbricado con la política partidista.

Gráfica 3
 
Gráfica 4
 

En síntesis: la excelente calidad de los sistemas educativos de Estonia, Polonia, Finlandia, Canadá, Corea y Japón no parece estar asociada a una elevada remuneración de los maestros. La remuneración de los maestros colombianos, normalizada por el PIB per cápita, supera a las sus pares de todos esos países, con la excepción de Corea. Las causas de la deficiente calidad hay que buscarlas en otra parte.

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Mayo de 2015.

 

domingo, 3 de mayo de 2015

Pensamiento Económico II – Lección 7 Teoría de la competencia imperfecta


Pensamiento Económico II – Lección 7

Teoría de la competencia imperfecta y de la competencia monopolística

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista, Docente Universidad EAFIT

 

I

El marco analítico de la teoría de los precios es la competencia perfecta. El corazón de la teoría económica es el modelo walrasiano de equilibrio general competitivo. En la economía aplicada en necesario recurrir a modelos que se apartan del modelo de competencia perfecta. El objeto de esta lección es presentar algunos aspectos del tratamiento de los mercados no competitivos en algunos autores representativos. Se inicialmente se expone la forma como la economía clásica abordó el tema del monopolio (II). Posteriormente se destaca la contribución de Cournot (III). Se concluye con la presentación de la teoría de la competencia monopolística desarrollada de forma completamente independiente por Joan Robinson (1903-1983) y Edward Chamberlin (1899-1967) sus obras Economía de la competencia imperfecta y   Teoría de la competencia monopólica, respectivamente, publicadas ambas en 1933 (IV).

II

La economía clásica se construyó bajo el supuesto de competencia perfecta. No quiere ello decir que se ignorara la existencia de mercados en los cuales no se cumplían las condiciones características de la competencia perfecta. De hecho, la imperfección de los mercados – como consecuencia de la intervención de los gobiernos mercantilistas y las restricciones de la institucionalidad feudal – es característica de la época en que escribe Adam Smith. La Riqueza de las Naciones – al igual que otras obras fundacionales - no es otra cosa que un amplio alegato en contra de esa intervención y de esas restricciones y en favor de la libertad comercial y la competencia. Smith pensaba en los monopolios comerciales resultantes de privilegios otorgados por los gobiernos a determinados grupos de comerciantes como el otorgado a la Compañía Inglesa de las Indias Orientales. Escribe Smith:

“Pero los monopolios de esta naturaleza se revuelven contra el país que los adopta porque la mayoría de los ciudadanos de dicha nación no sólo se ven excluidos de un tráfico en el que emplearían, de manera ventajosa, parte de sus capitales, sino que se ven al mismo obligados a comprar esa clase de mercancías mucho más caras, por no ser aquel comercio libre para todos. (...) tienen que pagar, con el precio de las mercancías que consumen de aquellas regiones, no sólo las extraordinarias ganancias (...) sino todo cuanto malgasta por los abusos y fraudes que comete, excesos que se ocasionan irremisiblemente en el manejo de los negocios de una empresa tan vasta”. Señala también que los monopolios “desajustan, en mayor o menor escala, la distribución natural del capital de la sociedad”[1]

En Smith, aunque no lo señala en forma expresa como lo hará Ricardo, el precio de monopolio es, evidentemente, en un precio de mercado que está por encima del precio natural o costo de producción sin que haya ninguna fuerza en el mercado que lo obligue a ajustarse a éste. Sin embargo, Smith no ahonda analíticamente en la formación de aquel.

Aunque enemigo en principio de los monopolios legales, Smith admite que se otorguen monopolios temporales a una compañía de comerciantes que “emprende por su cuenta y riesgo, el establecimiento de relaciones mercantiles con una nación bárbara y remota”. Señala que un monopolio temporal de esta índole “...puede muy bien justificarse conforme a los mismos principios que confieren privilegio exclusivo al inventor de una máquina nueva o al autor de un libro”[2]

Ricardo tiene el mérito de delimitar expresamente el ámbito de su teoría de los precios estableciendo con claridad las bases del modelo de competencia perfecta:

“...al hablar de los bienes, de su valor de cambio y de las leyes que rigen sus precios relativos, siempre hacemos alusión a aquellos bienes que puede producirse en mayor cantidad, mediante el ejercicio de la actividad humana, y en cuya producción opera la competencia sin restricción alguna”[3]

Sobre la formación del precio de monopolio Ricardo avanza con relación a Smith al indicar, anticipando a Cournot, que el nivel de dicho precio está determinado por la demanda. Escribe Ricardo:

“Cuando un bien alcanza precio de monopolio, se encuentra al precio más alto a que los consumidores están dispuestos a comprarlos. Los bienes se sitúan solamente al precio monopólico cuando su cantidad no puede ser aumentada por ningún arbitrio, y cuando, por consiguiente, la competencia afecta un solo y único sector: el de los compradores. El precio de monopolio de un período puede estar mucho más bajo o más alto que el precio monopólico de otro porque la competencia entre los compradores depende de su riqueza y de sus gustos y caprichos. Los vinos que se producen en muy limitad cantidad y aquellas obras de arte que, por su excelencia han alcanzado un valor fantástico, serán cambiados por una cantidad muy diferentes del producto del trabajo ordinario, según que la sociedad sea rica o pobre, según posea en abundancia o escasez dicho producto, o se encuentre en una etapa primitiva o avanzada. El valor de cambio de un bien que tiene un precio de monopolio, no está, por consiguiente, regulado por el costo de producción”[4].  

Para Ricardo, y también para Smith, los precios de monopolio son aquellos precios de mercado que por falta de competencia no convergen al precio natural determinado por los costos de producción.

“Los bienes que están monopolizados por un individuo o por una compañía, varían de acuerdo con la ley que Lord Lauderdale ha establecido: bajan en la proporción en que los vendedores aumentan su cantidad y suben en proporción a la avidez con que los compradores las adquieren; su precio no tiene conexión necesaria con su valor natural: pero los precios de los bienes sujetos a competencia, y cuya cantidad puede aumentar en cualquier grado moderado, dependerán, en último término, no del estado de la demanda y de la oferta sino del costo aumentado o disminuido de su producción”[5]

Mill sigue a Ricardo en su tratamiento del precio de monopolio como un precio de mercado que por falta de competencia no se ajusta al costo de producción:

“...la demanda y la oferta rigen el valor de todas las cosas cuya cantidad no puede aumentarse indefinidamente; sólo que, aún para ellas, cuando son producto de la actividad humana, existe un valor mínimo fijado por el costo de producción. Pero en todas las cosas que pueden multiplicarse al infinito, la demanda y la oferta sólo pueden determinar las perturbaciones del valor para un período que no puede exceder del tiempo para que se altere la oferta. Así, pues, mientras regulan las oscilaciones del valor, ambas obedecen a una fuerza superior, que hace que el valor gravites hacia el costo de producción”[6] 

Los precios de monopolio, es decir, los precios de mercado que no se ajustan a los costos de producción, surgen pues de restricciones a la oferta generalmente impuestas por los gobiernos. Las importantes de estas restricciones son naturalmente las que se imponen a las importaciones. Toda la teoría clásica de la ventaja comparativa – desarrollada por Ricardo y perfeccionada por Mill – es un alegato en contra de esas restricciones fundamentadas en la visión mercantilista del comercio exterior. No obstante, Mill admite la protección temporal a la llamada industria naciente:

“El único caso que el cual pueden defenderse los derechos protectores basándose en principios de economía política, es cuando se imponen temporalmente (sobre todo en una nación joven y progresista) esperando naturalizar una industria extranjera que es por sí adaptable a las circunstancias del país” [7]

Pero, salvo para el caso de la industria naciente, Mill condena toda clase de restricciones al comercio en especial los monopolios legales. Estos además de producir “carestía artificial” desalientan la iniciativa empresarial. Escribe Mill:

“El conceder un monopolio a un productor o comerciante o a un grupo de productores o comerciantes lo bastante reducido para que puedan ponerse de acuerdo, es darles la facultad de establecer sobre el público, para provecho particular, un impuesto de una altura tal que no haga que el público deje de usar su mercancía. (...) El consumidor paga (...) además del impuesto recaudado en provecho (...) de los monopolizadores, un impuesto adicional por su pereza e incapacidad. Cuando se les priva del estímulo inmediato de la competencia, los productores y los comerciantes se hacen indiferentes a los dictados de sus intereses pecuniarios finales, prefiriendo, a las más prometedoras perspectivas futuras, seguir su rutina. Una persona que está ya en situación próspera pocas veces se decide a dejar el camino trillado para empezar otro nuevo más perfecto, a menos que le empuje el temor de que algún rival les sustituya”[8].

Finalmente, Mill retoma la tesis de Smith sobre la protección a los innovadores:

“La condenación de los monopolios no debe extenderse a las patentes que permiten al inventor de un procedimiento perfeccionado gozar, durante un período de tiempo limitado, el privilegio exclusivo de usar su propio perfeccionamiento. Esto no es encarecer la mercancía para que él se beneficie, sino sólo aplazar una parte de la baratura que el público debe al inventor para recompensarle por el servicio que presta a la comunidad” [9] 

La teoría clásica de la competencia imperfecta puede resumirse en los siguientes puntos:

·         La competencia es imperfecta cuando existen factores que impiden que los precios de mercado se ajusten o graviten hacia los precios naturales o, lo que es lo mismo, hacia costos de producción.

·         Esos factores son fundamentalmente institucionales, es decir, privilegios o derechos exclusivos que los gobierno otorgan a determinados productores o comerciantes.

·         Son de monopolio también los precios de aquellas mercancías – como obras de arte, antigüedades, etc.- que no pueden reproducirse ilimitadamente por la actividad humana.

·         Un precio de mercado superior al costo de producción permite la obtención de una tasa de benficio superior a la normal. En competencia, los beneficios extraordinarios hacen que el capital y el trabajo fluyan hacia las actividades donde se presenta el beneficio extraordinario hasta el punto en que la oferta adicional se ajuste a la demanda y el precio de mercado se ajuste al costo de producción haciendo desaparecer el beneficio extraordinario.

·          La competencia es imperfecta cuando existen restricciones que impiden el movimiento de los capitales y el trabajo entre las diferentes ramas de actividad. Los economistas clásicos agrupaban bajo el término genérico de monopolio todas las situaciones en las cuales la competencia resulta inoperante para hacer que los precios de mercado se ajusten a los precios naturales.

Marx merece una mención especial entre los economistas clásicos. Su teoría de los precios es profundamente ricardiana no sólo en hacer depender los precios relativos de los costos de producción sino, en lo que aquí interesa, en el sentido de que está formulada bajo la hipótesis ricardiana de competencia que no significa otra cosa que la tendencia a la igualación de la tasa de ganancia como resultado de los movimientos de los capitales. Escribe Marx:

“Este movimiento constante de emigración e inmigración del capital, en una palabra, esta distribución del capital entre las diferentes esferas de producción atendiendo al alza o la baja de la cuota de ganancia, determina una relación entre la oferta y la demanda de tal naturaleza, que la ganancia media es la misma en las diversa esferas de producción, con lo cual los valores se convierten en precios de producción. (...) La nivelación constante de las constantes desigualdades se efectuará tanto más rápidamente: 1º cuanto más móvil sea el otra y de un lugar a otro; 2º cuanto más rápidamente pueda desplazarse de una esfera de producción a otra y de un centro local de producción a otro la fuerza de trabajo”[10].

Ahora bien, Marx señaló como uno de los elementos fundamentales de la ley general de la acumulación capitalista la tendencia a la concentración y centralización del capital.

“A la par que la producción y la acumulación capitalistas, y en idénticas proporciones, se desarrollan la concurrencia y el crédito, las dos palancas más poderosas de centralización de capitales. (...) La centralización puede efectuarse cambiando simplemente la distribución de los capitales ya existentes, mediante un simple cambio operado en la agrupación cuantitativa de las partes que integran el capital social. Si el capital aumenta en proporciones gigantescas en una sola mano, es porque muchas manos se han visto privadas de los suyos. Dentro de una determinada rama industrial, la centralización alcanzaría su límite máximo cuando todos los capitales invertidos en ella se aglutinasen en manos de un solo capitalista. Dentro de una sociedad dad, este límite sólo se alcanzaría a partir del momento en que todo el capital social existente se reuniese en una sola mano, en la de un capitalista individual, bien en la de una única sociedad capitalista”[11].

La tendencia a la concentración y centralización del capital, que no significa otra cosa que la tendencia a la formación de monopolios, es para Marx un rasgo inherente a la acumulación capitalista. Sin embargo no hay en su obra ninguna consideración sobre las consecuencias que esto tendría sobre la formación de los precios. Al parecer, Marx pensaba que los precios continuaban siendo regidos por los costos de producción.

III

Es preciso hacer referencia a la obra de Augustin Cournot (1801-1877) el primer economista que trató formalmente la formación de precios en condiciones de monopolio y duopolio. Cournot, quien fue un hombre de vastos intereses intelectuales, es también el primero en aplicar las matemáticas al análisis económico. Su principal obra de economía es su “Recherches sur les principes mathématiques de la théorie des richesses” publicada en 1838. Más tarde, en 1863, publica “Principes de la théorie des richesses” y en 1871, el año de su muertes, “Revue sommaire des doctrines économiques”. La presentación que sigue de las contribuciones de Cournot está basada en la primera de sus obras.

Antes de presentar los modelos de monopolio y duopolio de Cournot, es bueno hacer una pequeña historia sobre amarga experiencia con el empleo de las matemáticas en el análisis económico. En su obra de 1863, desde el título, Cournot renuncia al tratamiento matemático de la economía, que había defendido con singular rigor en su libro de 1838. En éste escribió:

“Se piensa que el empleo de símbolos y fórmulas matemáticas no tiene otro objetivo que conducir a cálculos numéricos (...) Pero las personas versadas en el análisis matemático saben que este no tiene sólo por objeto calcular números, sino que se emplea también para encontrar relaciones entre magnitudes que no pueden evaluarse numéricamente; entre funciones cuya ley no es susceptible de expresarse con símbolos algebríacos (...) El uso de símbolos matemáticos es algo natural siempre que se trate de discutir relaciones entes magnitudes; e incluso si no es absolutamente necesario, puede facilitar la exposición, hacerla más concisa, abrir la vía a desarrollos más amplios, evitar las desviaciones de una argumentación vaga...”[12].

Cournot era plenamente consciente de estar yendo contra la corriente y los hábitos establecidos:

“...el título de esta obra anuncia no solamente investigaciones teóricas, sino que indica también la intención de aplicar las formas y símbolos del análisis matemático: ahora bien ese es un plan, lo confieso, que debe granjearme en principio la reprobación de los teóricos acreditados”[13]

En el prefacio a los Principios de 1863 escribió, no sin amargura, refiriéndose a la obra de 1838, lo siguiente:

“...yo me había figurado que debía haber ventajas en aplicar símbolos matemáticos en la expresión de relaciones y de ideas que son ciertamente del resorte de las matemáticas; y contaba todavía con tener un número honesto de lectores, en un siglo donde se estudian las matemáticas sobre todo para ser ingeniero con el objeto de hacerse admitir de buen pie en las grandes empresas que producen la riqueza. Yo estaba equivocado. Cuando se quiere ir en contra de los hábitos adoptados, o se hace una revolución (lo que afortunadamente es muy raro) o se pasa desapercibido, y esto fue lo que me ocurrió”[14]

Los economistas clásicos habían dejado sin solución en problema del precio de monopolio. Se limitaron a establecer que era un precio de mercado superior al costo de producción. Cournot deja de lado toda la discusión sobre las causas del valor y se interesa en la empresa como tal y los determinantes de la escala de producción en diferentes situaciones de mercado. Es por esto que Cournot es también el primer micro-economista. La teoría del precio de monopolio de Cournot es la que aún se encuentra en cualquier manual de microeconomía y por ella sabemos que el beneficio del monopolista es máximo cuando el ingreso marginal es igual al costo marginal. Veamos la forma en que Cournot formula la teoría:

“Supongamos, por simplicidad del lenguaje, que un hombre es propietario de una fuente de agua mineral que posee ciertas cualidades que ninguna otra tiene. El podrá sin duda fijar en 100 francos el precio del litro de esa agua; pero pronto se dará cuenta, por la falta de demanda, que este no es el medio de obtener gran partido de su propiedad. El bajará por tanto sucesivamente el precio del litro hasta el punto en que obtenga el mayor beneficio posible; es decir que, si F (p) es la ley de la demanda, él terminará por adoptar, después de diversos tanteos, el valor de p que maximiza el producto p F (p), o que está determinado por la ecuación: F(p) + p F´(p) = 0.[15]

La figura 1 ilustra el modelo de monopolio de Cournot. Como no hay costo alguno, el precio depende exclusivamente de la demanda. Pero no puede ser cualquier precio. Inicialmente, el monopolista fija un precio de 100 y se encuentra con que a ese precio no tiene demanda alguna. Procede entonces a tantear con diversos precios, hasta que descubre que al precio P* su ingreso es máximo.

Figura 1
 

Son necesarias algunas palabras sobre la función F(P) que Cournot denomina la ley de la venta  o ley de la demanda. Antes que cualquier otro autor, incluso antes que Gossen, Cournot formula le ley de la demanda. El siguiente es su punto de partida:

“Para desarrollar los fundamentos de la teoría del valor de cambio, no nos remontaremos, como la hacen la mayor parte de los escritores especulativos, hasta el nacimiento de la especie humana; no trataremos de explicar el origen de la propiedad, ni el del intercambio o el de la división del trabajo. Todo eso pertenece sin duda a la historia de la humanidad, pero no tiene ninguna influencia sobre una teoría que solo puede ser aplicada a una época avanzada de la civilización (...). Invocaremos un sólo axioma o, si se prefiere, una única hipótesis a saber que cada cual busca obtener de sus cosas o de su trabajo el más alto valor posible. Deduciendo las consecuencias racionales de ese principio, trataremos de fijar mejor de lo que se ha hecho los elementos, los datos que solo la observación puede brindar”[16]

Cournot no deriva la ley de la demanda a partir de la utilidad. Parte de una observación empírica. “Una mercancía es de ordinariamente más demanda cuando es menos cara (...) la venta o la demanda crece, en general, cuando los precios decrecen”[17]. Pero esa relación inversa entre la demanda y los precios no es la misma para todos los bienes. En un texto en el que se barrunta la noción de elasticidad-precio, que desarrollará plenamente Marshall, Cournot señala lo siguiente:

“La demanda puede estar en razón inversa con el precio; ordinariamente crece o decrece en una proporción mucho más rápida en el caso de la mayor parte de los productos manufacturados. Otras veces, por el contrario, la variación de la demanda es menos rápida, como ocurre (cosa singular) tanto con las cosas más necesarias como con las cosas más superfluas”[18]

Después de algunas consideraciones sobre la relación entre la cantidad demanda y el precio en el caso de diversas mercancías, Cournot enuncia la ley de la demanda de la siguiente forma:

“Admitamos por tanto que la venta o la demanda anual D es, para cada mercancía, una función particular F(p) del precio de esa mercancía. Conocer la forma de esta función es conocer lo que llamaremos la ley de la demanda o de la venta. Ella depende evidentemente de la utilidad de la cosa, de los servicios que presta o de los disfrutes que procura, de los hábitos y costumbres de cada pueblos, de la riqueza media y de la escala según la cual la riqueza se distribuye”[19]

Después de esto Cournot va enunciando las características de esa función: “Admitiremos que la función F(p) que expresa la ley de la demanda es continua (..) Puesto que la función F(p) es continua, la función p F(p), que expresa el valor total de la cantidad vendida anualmente también lo será”[20]. Como no se trata de un curso de microeconomía, con lo expuesto basta para resaltar el genio y la originalidad de Cournot. Su obra anticipa todo el análisis de equilibrio parcial de Marshall. Pero, adicionalmente, en el capítulo X de Recherches, titulado “Sobre la comunicación entre los mercados” es consciente de las limitaciones del análisis parcial cuando señala que “para llegar a una solución completa y rigurosa de los problemas relativos a algunas partes del sistema económico es indispensable tener en cuenta el sistema entero”[21]. Es eso precisamente lo que hará Walras. Por eso señala Schumpeter que Cournot fue el primero en “en ver la interdependencia general de todas las cantidades económicas y la necesidad de expresar ese cosmos mediante un sistema de ecuaciones”[22]

Cournot tuvo una forma muy curiosa y original de desarrollar la teoría de los precios. Formula primero, como ya se ha visto, la ley de la demanda y procede después a aplicarla para explicar la formación del precio de monopolio. Más adelante, en el capítulo VII, un vendedor adicional de agua y analiza la competencia entre dos oferentes desarrollando su famosa teoría del duopolio, palabra que no emplea Cournot. Finalmente, en el capítulo VIII se ocupa de lo que él llama la “competencia indefinida” o competencia perfecta como estila en la actualidad.

La teoría del duopolio es para Cournot un paso en el camino para desarrollar la teoría de competencia. El siguiente es el punto de partida:

“Para hacer sensible la concepción abstracta del monopolio, nos imaginamos una fuente de agua y un propietario. Ahora imaginemos dos propietarios y dos fuentes, cuyas cualidades son idénticas, y que, en razón de su localización, abastecen el mismo mercado. Por tanto el precio es exactamente el mismo para uno y otro propietario. Sea p el precio, D = F(p) la demanda total, D1 la demanda de la primera fuente y D2 la demanda de la segunda, de tal suerte que D1 + D2 = D. Dejando de lado los costos de producción, los ingresos de los propietarios serán respectivamente pD1 y  pD2. Cada propietario busca por su lado obtener el mayor ingreso posible”[23]

Cournot resolvió matemática y gráficamente el problema planteado de la determinación del precio, la cantidad y la participación de cada uno de los propietarios. El análisis gráfico se ilustra en la figura 2 donde se presentan las “curvas de reacción” de cada productor. La curva de reacción de cada duopolista indica la cantidad ofrecida por él para cada cantidad ofrecida por el otro.  El eje de las abscisas representa la oferta de A y el de las ordenadas la oferta de B. La función de demanda del mercado está dada. Inicialmente A decide producir la cantidad H1 asumiendo que B no oferta ninguna cantidad. Actúa como si estuviera sólo en el mercado y trata de capturar el más alto precio posible que admite la demanda. Antes esto, B entra en el mercado con una oferta K1, que va a provocar naturalmente una reducción del precio. A trata entonces de elevar el precio restringiendo su propia oferta hasta H2, lo que conduce a un aumento de la oferta de B hasta K2.  El proceso continúa hasta que converge al punto de equilibrio E donde los dos productores maximizan su ingreso. Como todo punto de equilibrio se plantea aquí el problema de su existencia y su estabilidad. En ese equilibrio el precio es inferior y la cantidad es superior a los que se obtienen en el caso del monopolio. Si entrar un nuevo oferente el precio sería aún menor y la cantidad mucho mayor. De hecho, a medida que aumenta el número de participantes el precio y la cantidad tienden a los valores que obtendrían en el mercado competitivo. “Si hubiera 3, 4,...n productores en competencia (...) el precio disminuiría indefinidamente con el crecimiento indefinido del número n[24]. En cuanto a la cantidad Cournot señaló que el producto del duopolio sería la tercera parte del que se obtendría en un mercado competitivo. En general, el producto transado en el mercado sería igual a N/N+1 veces del mercado competitivo. En monopolio por tanto el producto sería la mitad y cuando el N es muy grande el producto se aproxima a la cantidad de competencia. De esta forma Cournot pasa del análisis del monopolio al de la competencia perfecta.

Figura 2

IV

La teoría neoclásica de los precios se construyó bajo la hipótesis de competencia perfecta de forma similar a la teoría clásica. La hipótesis de competencia perfecta puede interpretarse tanto como una generalización empírica de la realidad de los mercados o como una exigencia de coherencia lógica de la teoría.  Este último fue expresamente el caso de Walras. No obstante tanto Walras, como Menger y Marshall estudiaron la formación del precio de monopolio.

La segunda mitad del siglo XIX y las primeras tres décadas del siglo XX están marcadas por grandes transformaciones en la organización y las formas de la producción. La aparición de bienes públicos (como el ferrocarril, la electricidad, el acueducto, el telégrafo, etc.), la producción en masa; la aparición de grandes empresas y la formación de trusts y carteles; la publicidad como elemento fundamental de la estrategia de las empresas, etc. son desarrollos que llevaron a la conformación de mercados que en muchos aspectos se apartaban de los modelos de competencia y monopolio puros.

Ya en su crítica de la curva marshalliana de oferta, Sraffa había planteado las limitaciones del modelo de competencia basado en la hipótesis de rendimientos decrecientes. “Debemos admitir – escribió - que las mercancías se producen generalmente a costos constantes”[25]. Adicionalmente, señaló que las llamadas imperfecciones de mercado no podían considerarse como meras “fricciones” sino que son fuerzas activas que tienes efectos permanentes sobre los precios y las cantidades de mercado.

Los problemas asociados a la naturaleza de los rendimientos y, por consiguiente, a la forma de las curvas de oferta derivaron luego en desarrollos particulares en lo que se conoce como la teoría de las formas de mercado. Así, los rendimientos crecientes, que dan lugar a una curva de oferta de pendiente negativa, están en la base de la teoría del monopolio. Otras imperfecciones, como la referente a los efectos de la publicidad y a la diferenciación de productos sustentan los desarrollos de la competencia monopolística formulada en los años treinta de manera independiente por Joan Robinson y Edward Chamberlin. Se presenta la formulación de Chamberlin que es la que ha trascendido a la enseñanza habitual de los manuales de microeconomía.

La expresión competencia monopolística es un oxímoron cuando se considera desde la perspectiva de la polaridad competencia perfecta – monopolio. La contradicción en los términos se resuelve cuando se admite que las empresas tienen otras formas de competir distintas del precio. En un mercado pueden existir muchas empresas ofertando productos cercanos pero diferenciados en algún atributo – real o imaginario – que le otorga a cada empresa un cierto control sobre el precio.  Escribe Chamberlin:

“De los productos diferenciados por las condiciones que rodean su venta, podemos decir lo mismo que de las patentes y marcas registradas, que en ellos encontramos elementos monopólicos y elementos competitivos. Generalmente se les considera competitivos y, sin embargo, difieren sólo en grado de otros productos que serían inmediatamente calificados como monopólicos. En el comercio al menudeo, cada producto se singulariza debido a la individualidad del establecimiento en que se vende, incluyendo su localización (y también las marcas registradas, diferencias cualitativas, etc.); este es el aspecto monopolístico. Cada uno de ellos está sujeto a la competencia de otros productos que se venden en otras circunstancias y en otros lugares; este es el aspecto competitivo. Aquí, como en cualquier sector de los productos diferenciados, el monopolio y la competencia están siempre presentes”[26]

Basta con entrar a un supermercado o pasearse por un centro comercial para percatarse que la competencia monopolística es la norma. No existe prácticamente un mercado que no tenga elementos de competencia y de monopolio.

Ahora bien, la publicidad es el principal método de la diferenciación de producto. El objeto de la publicidad para el empresario es “desplazar la curva de demanda hacia arriba y hacia la derecha, puesto que difunde conocimiento acerca de su existencia y sugiere la conveniencia de que todo el mundo lo utilice”[27]

Las empresas en competencia monopolística se diferencian de las empresas en competencia perfecta en dos aspectos: la naturaleza de la demanda que enfrentan y la aparición en el caso de las primeras de los costos de venta diferentes a los costos directos de producción.

En competencia perfecta la curva de demanda de la empresa individual es una recta paralela al eje de las abscisas. La curva de demanda del monopolista es la curva de demanda del mercado. ¿Cuál es la curva de demanda del competidor monopolista?. Chamberlin dio a esta pregunta una respuesta ingeniosa. El competidor monopolista enfrenta dos curvas de demanda ambas de pendiente negativa: la suya propia y la del mercado. La figura 3 ilustra esta situación. La recta dd representa la demanda propia del monopolista y la DD la demanda de mercado. El competidor monopolista a diferencia del monopolista puro no puede determinar de forma independiente su combinación de precio cantidad. Si partiendo de la situación de equilibrio P*Q* en la que vende la misma cantidad que sus competidores busca aumentar hasta Q´su participación en el mercado bajando el precio a P´, provocará la reacción de sus competidores lo cual hará que sólo consiga elevar su venta hasta Q´´.
Figura 3
 
Las empresas pueden tratar de competir aumentado sus gastos de publicidad con el objeto de provocar un desplazamiento hacia la derecha de su propia curva de demanda. El primer efecto del gasto incrementado en publicidad es elevar los costos propios lo cual puede poner la empresa en dificultades si no consigue desplazar su demanda. Por otra parte, si el aumento en los gastos de ventas provoca un aumento análogo en los competidores se producirá un desplazamiento de la demanda de mercado llevando a que los monopolistas competidores vendan las mismas cantidades a un mayor precio. Esto se ilustra en la figura 4.

Figura 4
 

El equilibrio de corto plazo determina el precio dados los costos de ventas de los empresarios. A largo plazo se determina el precio y el nivel óptimo de la inversión en publicidad.
La contribución de Chamberlin fue fundamental para el desarrollo de la teoría de la organización industrial, que es una de las área de la micro-economía aplicada de mayor relevancia para la política pública. La moderna teoría de la organización industrial se ocupa de caracterizar las diferentes estructuras de mercado, de analizar la conducta de los agentes en cada una de ellas, de establecer la forma en que la producción y los mercados concretos de los distintos bienes y servicios se adaptan o encajan dentro de ellas, en fin, de evaluar los efectos sobre el crecimiento, la asignación de recursos y el bienestar económico tienen las diversas formas de organización de los mercados. Por ello resulta especialmente importante para la política de competencia y en el diseño de los esquemas y modelos de regulación de ciertas actividades, en especial de los denominados servicios públicos.

La teoría de la organización industrial estudia los mercados reales desde cuatro perspectivas, a saber: el grado de concentración, es decir, el número de agentes participantes del lado de la oferta o del lado de la demanda; las características de los productos, esto es si se trata de un producto homogéneo o de productos diferenciados por algunos atributos y que no obstante tienen algún grado de sustituibilidad entre ellos; la importancia de los gastos de publicidad y mercadeo para impulsar las ventas, gastos que en algunas actividades igualan o superan los costos directos de producción; en fin, el papel de la inversión en investigación y desarrollo en nuevas tecnologías y productos dentro de la estrategia competitiva de las empresas[28].

 

Bibliografía

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LGVA mayo de 2015.

 




[1] Smith, A. (1776, 1979). Página 561.
 
[2] Ídem. Página 667.
 
[3] Ricardo, D. (1821, 1997). Página 10.
 
[4] Ídem, página 187-188.
 
[5] Ídem, página 287.
 
[6] Mill, J.S. (1848, 1978). Página 402.
 
[7] Ídem. Página 788.
 
[8] Ídem. Página 797.
 
[9] Ídem. Página 797.
[10] Marx, K. (1894, 1971). Página 198.
 
[11] Marx, K. (1867, 1971). Página 530-531.
[12] Cournot (1838, 1971). Páginas 31-32.
 
[13] Ídem. Página 30.
[14] Cournot (1863). Página I.
 
[15] Cournot (1838, 1971). Página 99.
[16] Cournot (1838, 1971) Página 83.
 
[17] Ídem. Página 85.
[18] Ídem. Página 86.
 
[19] Ídem. Página 87.
 
[20] Ídem. Página 90-94.
 
[21] Schumpeter (1954,2012). Página 1046.
 
[22] Schumpeter (1954, 2012). Página 526.
 
[23] Cournot (1838, 1971). Página 129.
 
[24]Ídem. Página 136. 
[25] Saraffa, P. Op. Cit. Página 62.
 
[26] Chamberlin, E. (1956). Páginas 71-72.
 
[27] Ídem, página 124.
[28] Shy, O. (1996). Página 1.