miércoles, 22 de abril de 2015

Schumpeter y la teoría del desarrollo económico


Pensamiento Económico II

Lección 9

Schumpeter y la teoría del desarrollo económico

 

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista, Docente Universidad EAFIT

 

I.              Introducción

Joseph Alois Schumpeter (1883-1950) es uno de los más destacados economistas del siglo XX. Su principal contribución a la economía es su teoría del desarrollo expuesta en sus obras “Theory of Economic Development” de 1911 y “Business Cycles” de 1939. Es también reconocido por sus investigaciones sobre la historia del pensamiento económico recogidas en su obra monumental “History of Economics Analysis”, publicada póstumamente en 1954. Debe también mencionarse su libro “Capitalism, Socialism and Democracy” publicado en 1942.

En los numerales II a VI se presenta una síntesis de su teoría del desarrollo económico. El numeral VII es una nota sobre la concepción del empresario de Schumpeter contrastada con la de los economistas de la Nueva Escuela Austríaca. El numera VIII hace referencia brevemente a las ideas de Schumpeter sobre le futuro del capitalismo.

II.            Economía estacionaria.

Una economía estacionaria o de flujo circular es el punto de partida de la teoría schumpeteriana del desarrollo económico. Esto es una exigencia lógica de la teoría. Escribe Schumpeter:

“Todo proceso de desarrollo se apoya finalmente en el desarrollo anterior. Sin embargo, con el objeto de ver claramente la esencia de las cosas, debe hacerse abstracción de este hecho y explicar el desarrollo a partir de una situación sin desarrollo (...) si queremos llegar a la raíz del asunto, no podemos incluir en los elementos de la explicación aquellas cosas que deben ser explicadas”[1]

El rasgo fundamental del estado estacionario es la ausencia de ahorro y de inversión neta. Es una economía de propiedad privada, división del trabajo y competencia perfecta. Hay tres agentes económicos: los trabajadores, los propietarios de la tierra y las empresas. La distinción entre trabajadores y terratenientes no tienen ningún interés analítico: su comportamiento económico es similar y las leyes que gobiernan su remuneración son las mismas. En Business Cycles, Schumpeter suprime esa distinción y pone de un lado a los hogares, que son la oferta en el mercado de servicios y la demanda en el de bienes, y del otro lado las empresas, que son la contrapartida de esos dos mercados. En esta economía los métodos de producción están dados, al igual que las necesidades y preferencias de los consumidores. Las cantidades de servicios productivos son fijas y las funciones de producción son de coeficientes variables lo que permite la sustitución de servicios productivos según su escasez relativa. En competencia perfecta esto conduce la remuneración de los servicios según su productividad marginal. Las preferencias de los hogares y las cantidades de servicios productivos que les pertenecen se expresan en funciones de utilidad a partir de la cuales se derivan las demandas de bienes y las ofertas de servicios. De los métodos de producción se derivan las ofertas de bienes y las demandas de servicios. El marco analítico es de equilibrio general lo cual significa que las ofertas y demandas de todos los bienes y servicios son funciones de su propio precio y de los precios de todos los demás bienes y servicios.

Schumpeter considera dos procedimientos mediante las cuales esta economía ajusta sus variables – precios y cantidades – para alcanzar el equilibrio. El primero consiste en suponer que los agentes tienen un conocimiento -producto de una larga experiencia- de lo que debe producirse, sus proporciones y técnicas más adecuadas. Esta larga experiencia permite suponer que después de haber sido alcanzados en el pasado, los valores de equilibrio se mantienen inalterados mientras los datos no cambien. También puede imaginarse que el ajuste un proceso similar al tanteo walrasiano como resultado del esfuerzo racional de los consumidores que tratan de maximizar la utilidad y de los empresarios que tratan de maximizar el beneficio. En todo caso el sistema tiende al equilibrio. Interesa el resultado de ese equilibrio.

Como en Walras, el equilibrio de la producción está definido por la igualdad entre los precios de venta de los productos y sus costos de producción en términos de los servicios productivos. Esto significa que el valor de la producción, expresado en un numerario cualquiera, es igual a la remuneración de los propietarios de los servicios productivos. Las empresas no realizan ni beneficios ni pérdidas. Schumpeter llega a este resultado por medio de la teoría de la imputación que permite resolver el precio de cada producto en el precio de los factores originarios necesarios para su producción. En equilibrio no hay ganancias empresariales. Escribe Schumpeter: “...no puede existir beneficio neto porque el valor y el precio de los servicios productivos originales siempre absorbe el valor y el precio del producto”[2]

III.           El fenómeno fundamental del crecimiento

El cambio o la evolución económica entendida como la ruptura del flujo circular o del estado estacionario puede ser el resultado de factores externos como guerras o catástrofes naturales. Un factor es externo cuando no puede ser explicado por el funcionamiento del sistema económico.  Excluidos los factores externos, el desarrollo sólo puede explicarse por cambios en los datos económicos. Es decir, por cambios en las cantidades de factores, en los gustos de los consumidores o en la funciones de producción o combinaciones productivas, como las denomina Schumpeter.

El crecimiento de la población y la acumulación de capital productivo como resultado del ahorro son para Schumpeter más el resultado que causas independientes de la evolución económica. Algo similar ocurre con las necesidades y preferencias de los consumidores. La iniciativa de los consumidores en el cambio de sus preferencias es despreciable, señala Schumpeter. Los cambios fundamentales en los gustos y preferencias de los consumidores son el resultado de la acción de los productores[3].  

Una nueva combinación, que Schumpeter denominará innovación, es el único factor interno que puede desencadenar, partiendo de la economía estacionaria, el procesos de evolución económica. El objeto de Schumpeter es construir una teoría endógena de la evolución económica. La innovación debe ser endógena. La innovación es el resultado de la acción de un agente particular que busca el beneficio: el empresario. La innovación es endógena en el sentido de que los datos de la economía estacionaria permiten a los agentes vislumbrar la posibilidad del beneficio. El beneficio es la diferencia entre el costo de producción y el precio de los productos. En equilibrio el precio es igual al costo marginal y no existe ni beneficio ni pérdida para los empresarios. Ahora bien, si los empresarios no realizan beneficios es a su pesar pues su acción está orientada a obtenerlos. El sistema de precios permite el cálculo económico y por tanto la posibilidad de vislumbrar los beneficios. Los esfuerzos de los empresarios por materializar ese beneficio que en principio es solamente virtual tienen efectos desequilibradores sobre el sistema económico. En el estado estacionario, como todos los empresarios tienen la misma información, la competencia entre ellos conduce al equilibrio.

El equilibrio se rompe y surge el beneficio cuando uno o varios empresarios tienen información de la que carecen los demás y esto les permite vender sus productos a precios superiores al costo marginal que sólo ellos conocen. En ese sentido el empresario innovador es un monopolista o alguien que tiene poder de mercado. Todos los agentes tienen la motivación para convertirse en empresarios – la búsqueda del beneficio – y todos están en condiciones de realizar los cálculos económicos que les permiten vislumbrarlo. Ahora bien, el hecho de que unos agentes se conviertan en empresarios y otros no es más un problema de la sociología que de la teoría económica. En la teoría de Schumpeter y también en la de Walras, el empresario está definido por una función: la búsqueda del beneficio y de su maximización. Lo que hace el empresario, finalmente, es buscar y descubrir nuevas oportunidades de consumo. El límite a la actividad empresarial estaría dado por una situación en la que las necesidades económicas de la humanidad estuvieran completamente satisfechas.

Ahora bien, ¿qué es una innovación? En “Business Cycles”, la innovación se define como la introducción de una nueva función de producción. Una función de producción “describe la forma en que varía la cantidad producida cuando varían las cantidades de factores empleados. Si en lugar de las cantidades de factores varía la forma de la función, se tiene una innovación”[4]. La innovación tiene que ver con los costos monetarios de la producción.

“Podemos definir la innovación con referencia al costo monetario. En ausencia de innovación y con precios constantes de los factores, los costos totales de la empresa individual deben aumentar en función del producto. Cuando una cantidad dada de producción cuesta menos que lo que costaba entes esa misma o una menor cantidad podemos estar seguros, si el precio de los factores no ha caído, que estamos en presencia de una innovación”[5].

En “Theory of Economic Development”, Schumpeter presenta la siguiente tipología de la innovación:

“Este concepto cubre los cinco siguientes casos: 1) La introducción de un nuevo bien – esto es, uno con el que no se hayan familiarizado los consumidores – o de una nueva calidad de un bien. 2) La introducción de un nuevo método de producción, esto es, de uno no probado por la experiencia en la rama de manufactura de que se trate, que no precisa fundarse en un nuevo descubrimiento desde el punto de vista científica, y puede consistir simplemente en una forma de nueva de manejar comercialmente una mercancía. 3) La apertura de un nuevo mercado, esto es, un mercado en el cual no haya entrado la rama especial de la manufactura del país de que se trate, a pesar de que existiera anteriormente dicho mercado. 4) La conquista de una nueva fuente de aprovisionamiento de materias primas o de bienes semimanufacturados, haya o no existido anteriormente, como en los demás casos. 5) La creación de una nueva forma de organización en cualquier industria, como la de una posición de monopolio (por ejemplo, por la formación de un trust) o bien la anulación de una posición de monopolio existente con anterioridad”[6]

IV.          El beneficio empresarial.

Conviene examinar más de cerca la cuestión del beneficio. Consideremos, para mayor claridad, el caso de un nuevo método de producción para producir una mercancía ya existente.

Para que surja el beneficio deben cumplirse tres condiciones: 1) Aumento de la productividad física de los factores de producción; 2) El precio de venta del producto no debe bajar cuando la nueva oferta llegue al mercado y 3) El precio de los factores de producción empleados no debe aumentar.

En estas condiciones el empresario puede hacer sus cálculos. Una dotación dada de servicios productivos que antes le permitía producir una cantidad Q1, le permite obtener con la nueva función de producción una cantidad Q2 mayor que Q1. Como el precio de venta que es determinado por las condiciones de producción de los productores que no han innovado, el valor de la producción del empresario innovador aumentará. Si la remuneración de los servicios productivos permanece inalterada, el innovador se apropiará del valor adicional siempre que su producción adicional sea absorbida por el mercado.

Esta situación es concebible siempre que la demanda haga necesaria parcial o totalmente la oferta de las empresas menos productivas que no han innovado. En este caso, el precio de venta será determinado por el costo de estas últimas y las que producen con costos unitarios más bajos tendrán un beneficio extraordinario. Se trata de una situación análoga a la de la teoría de la renta ricardiana donde varios productores con costos unitarios diferentes enfrentan un mismo precio de venta determinado por los costos del productor más ineficiente cuya oferta encuentra salida en el mercado. Ahora bien, en Ricardo ese beneficio extraordinario, que a la postre se transforma en renta, puede ser permanente; mientras que Schumpeter sólo  puede ser transitorio puesto que la competencia, tarde o temprano, terminará por extender las técnicas más productivas al conjunto de la industria concernida.

Las condiciones referentes al precio de los productos y de los servicios productivos pueden ser menos restrictivas. Para que exista beneficio basta con que existan múltiples empresas produciendo con costos unitarios diferentes enfrentadas a un precio de venta igual para todas. El carácter monopolístico que al principio tiene la innovación pone un freno a la igualación del precio al costo marginal para todos los productores. El beneficio desaparece cuando la innovación se generaliza y todos los productores tienen el mismo costo unitario.

V.           El crédito y el capital.

En la economía estacionaria o de flujo circular todos los servicios productivos están empleados. No hay recursos ociosos en ninguna parte del sistema económico. La innovación sólo puede consistir por tanto en el empleo diferente de los recursos productivos existentes. Los empresarios no disponen de ningún medio directo para poner a su servicio los recursos productivos que necesitan. No tienen ahorros previos que les permitan financiar las innovaciones. Los empresarios que buscan desarrollar una innovación carecen de recursos para hacerlo. Dichos recursos provienen de los beneficios y estos solo se materializan cuando la innovación es exitosa. Es aquí donde interviene el crédito. Surge un nuevo agente económico: el banco; y una nueva función: la concesión de crédito. El papel de los bancos es entregar a los empresarios bajo la forma de crédito el poder de compra que necesitan para retirar los servicios productivos de sus antiguos usos y llevarlos a los nuevos empleos concebidos por los empresarios. Esta función productiva propia del capital – que Schumpeter define como la suma de medios de pago que en un momento dado está disponible para ser transferida a los empresarios – da lugar a una nueva remuneración: el interés. El interés aparece como una especie de impuesto sobre los beneficios de los empresarios que éstos están obligados a pagar porque el crédito es el único medio de que disponen para financiar las innovaciones. La fuente del interés es el beneficio. El problema de la determinación de su nivel es el de la distribución del beneficio en interés y beneficio empresarial.

Hay que detenerse en una cuestión esencial. Para Schumpeter lo que distingue al capitalismo de otras formas de producción social no son las innovaciones ni el beneficio. Éstas pueden presentarse en cualquier forma de organización económica y permitirán siempre obtener el excedente de valor denominado beneficio. En una economía centralizada – socialista o comunista - en la que un centro de decisión pueda disponer de la asignación de los recursos productivos no hay necesidad de crédito para la introducción de las innovaciones. La diferencia fundamental entre el capitalismo y las otras formas de producción es por tanto la manera en que se introducen las innovaciones. Escribe Schumpeter:

“La forma de organización económica en la cual los bienes necesarios para las nuevas producciones son tomados de lugar que ocupan en el flujo circular por la intervención de un poder de compra creado ad hoc es la economía capitalista, mientras que aquellas formas de economía en la cuales esto ocurre por medio de un poder centralizado o por acuerdo de las partes involucradas representan formas no capitalisticas de producción”[7].

Esto supone entender el verdadero papel de la banca y el sistema financiero. La actividad de los bancos no consiste fundamentalmente en prestar los depósitos que los ahorradores les han confiado. Los bancos crean moneda al otorgar créditos porque crean depósitos que equivalen a moneda en el acto de prestar.

VI.          Los ciclos económicos.

Ya están todos los elementos constitutivos de la teoría del desarrollo económico: el estado estacionario, el empresario innovador y la banca. La innovación consiste en introducir una nueva función de producción. El empresario innovador conoce sus costos de producción no así el mercado. Es este conocimiento el que le permite al empresario fijar un precio por encima de sus propios costos. Si la demanda de mercado validad ese precio, el empresario realizará el beneficio esperado. Ahora bien, como en la economía estacionaria todos los recursos están empleados, el empresario precisa desplazarlos de los sectores de producción existentes hacia las nuevas actividades. En una economía descentralizada y de iniciativa privada, esto no puede hacerse mediante órdenes administrativas o acuerdos voluntarios entre los productores. Es aquí donde interviene la banca o el sistema financiero que puede crear bajo la forma de crédito un poder de compra nuevo que permite a los empresarios contratar recursos productivos y desplazarlos de las actividades corrientes a las nuevas actividades productivas resultantes de la innovación. La aparición de los nuevos productos o de las nuevas técnicas de producción de lugar a un proceso de imitación que rompe el equilibrio estacionario y desencadena el proceso de crecimiento de la producción. La expansión persiste mientras exista la posibilidad de realizar beneficios extraordinarios, es decir, mientras el rendimiento esperado de las nuevas inversiones exceda el interés que debe pagarse por los créditos. Pero a medida que las innovaciones se generalizan, los precios se van ajustando a los costos, los beneficios desaparecen y la economía se aproxima a una nueva situación de equilibrio. El ajuste al nuevo equilibrio puede traducirse en una depresión alentada por procesos deflacionarios y quiebras de empresarios incapaces de pagar las deudas contraídas para financiar las innovaciones.

El principal problema teórico del modelo consiste en explicar por qué las innovaciones no se presentan de forma continua en el tiempo sino por especies de oleadas discontinuas que dan lugar a las fases de expansión y contracción propias del ciclo. Schumpeter piensa que la introducción de las innovaciones requiere de la ruptura de resistencias económicas, sociales y sicológicas. Esa resistencias hacen que las innovaciones se acumulen y que una vez se han superado esas resistencias éstas se introducen de forma súbita.

Otro aspecto problemático tiene que ver con la duración del ciclo económico. Al respecto, Screpanti y Zamagni señalan lo siguiente:

“Schumpeter la hace depender fundamentalmente del tipo de bienes de capital en lo que se incorpora el progreso técnico, pero no está claro si el factor de periodicidad se relaciona con la duración de los bienes de capital o con el tiempo necesario para que se complete la difusión de las innovaciones. En cualquier caso – sobre una base empírica y partiendo de un amplio y profundo conocimiento histórico – Schumpeter distingue tres tipos de fluctuaciones diferenciados por tres órdenes diferentes de periodicidad: los ciclos Kitchin, de duración media de 40 meses; los ciclos de Juglar, de aproximadamente un decenio, y los ciclos de Kondratiev, entre to y 60 años de duración” [8]

VII.         Dos visiones del empresario.

Aunque Cantillon la había vislumbrado, la figura del empresario procede claramente del Walras. En los economistas clásicos – Smith, Ricardo, Marx, etc. – el empresario se confunde con el capitalista o propietario de los medios de producción, en la terminología de Marx. En Walras es una agente completamente distinto definido por una función: la búsqueda y maximización del beneficio. El consumidor que maximiza su utilidad obtiene al hacerlo una ganancia completamente subjetiva. El beneficio que trata de obtener y maximizar el empresario es completamente objetivo: es la diferencia entre dos sumas de dinero. Schumpeter toma el empresario walrasiano y le añade un atributo: la innovación. Como parte del estado de equilibrio, la acción del empresario schumpeteriano es desequilibradora en la medida en que la innovación provoca una brecha entre el precio y el costo de producción de donde surge el beneficio.

Los economistas de la Nueva Escuela Austríaca, en especial Israel Kirzner, destacan la función empresarial. Sin embargo, su visión se aparta de la de Schumpeter en un aspecto fundamental. El empresario de Kirzner es fundamentalmente un arbitrador que se lucra de las diferencias de precios en el espacio o en el tiempo. Escribe Kirzner:

“El empresario puro, en cambio, procede a descubrir y explotar situaciones en las que puede vender a precios altos lo que puede comprar a precios bajos. El beneficio empresarial puro es la diferencia entre estos dos tipos de precios. No procede del intercambio algo que el empresario valora menos por algo que valora más. Procede de haber descubierto vendedores y compradores de algo por lo que los últimos pagarán más de lo que los primeros piden. El descubrimiento de una oportunidad de ganancia significa el descubrimiento de algo que se puede obtener a cambio de nada”[9].

Así, la acción del empresario schumpeteriano es desequilibrante; la del empresario Kirzneriano es equilibrante. Kirzner señala expresamente esa diferencia. Escribe:

“...hay una aspecto importante (...) en que la exposición de Schumpeter difiere de la mía. El empresario de Schumpeter actúa para perturbar una situación existente de equilibrio. (..) En contrate con esto, mi concepción del empresario insiste en los aspectos equilibradores de su función. La situación sobre la que actúa la veo como yo como de desequilibrio inherente en vez de equilibrio (...) Para mí, los cambios que el empresario pone en marcha son siempre hacia ese hipotético equilibrio...”[10]

VIII.       Schumpeter y el futuro del capitalismo.

Marx y sus discípulos pronostican que el capitalismo se derrumbará como resultado de sus contradicciones económicas; para Schumpeter el capitalismo desaparecerá y dará paso al socialismo pero como resultado de su propio éxito económico. Esta profecía sombría paradójica está contenida en su obra Capitalismo, socialismo y democracia, publicada en 1942.  Escribe Schumpeter:

“...la tesis que me esforzaré en establecer es la siguiente: los logros económicos alcanzados por el capitalismo y los que puede aún alcanzar son tales que permiten descartar la hipótesis de una ruptura del sistema bajo el peso de su fracaso económico; sin embargo, el éxito mismo del capitalismo socaba los instituciones sociales que lo protegen y crea inevitablemente las condiciones bajo las cuales no le será posible sobrevivir y designan netamente al socialismo como su heredero presuntivo”[11]

Para Schumpeter el progreso económico – entendido como el crecimiento de la producción por habitante – está ligado a las cualidades intrínsecas de capitalismo. Schumpeter rechaza la teoría del agotamiento de las oportunidades de inversión que llevaría a la al estancamiento y declinación del capitalismo y también las teorías del subconsumo que ven el final del capitalismo en medio de graves crisis de sobre-producción. Los factores que llevan al colapso del capitalismo son de otra índole, no directamente económica.

1.    Pérdida de importancia la función empresarial. El crepúsculo de la función empresarial es el título del capítulo donde Schumpeter aborda esta cuestión. Ese crepúsculo no proviene de la desaparición de las oportunidades de inversión. El progreso técnico se convierte en algo impersonal y automático. El empresario va siendo sustituido por equipos técnicos y de especialistas. La declinación económica del empresario debilita su posición social.

 

2.    Desprestigio de las grandes empresas y corporaciones acompañado de la glorificación de las supuestas virtudes de la libre competencia. Es muy extendida la condena a los monopolios y existe toda una rama de la economía dedicada a promover y regular la competencia. Schumpeter los llama “los ordenadores de la competencia”.

 

3.    Debilitamiento y destrucción del merco institucional del capitalismo, es decir, de la propiedad privada y la libre contratación. Los derechos individuales de propiedad se diluyen en las empresas por acciones. La regulación del mercado laboral y la extensión de las obligaciones impuestas por el estado del bienestar disminuyen la libertad de contratación. Escribe Schumpeter: “La propiedad desmaterializada, desfucionalizada y ausente no impresiona ni provoca lealtad moral como lo hacía la forma vital de propiedad y, a la larga, no habrá nadie realmente dispuesto a defenderla; nadie dentro y nadie fuera de los recintos de las grandes empresas” (Página 142).

 

4.    Incapacidad de la burguesía para defender sus intereses y dirigir la sociedad. El elemento activo del sistema capitalista es la burguesía. Sin embargo “...sin la protección de algún grupo no burgués, la burguesía es impotente políticamente e incapaz, no sólo de dirigir a su nación, sino incluso de cuidar su propio interés de clase” (página 138), escribe Schumpeter. Y añade:  “...la forma muy especial en la cual los intereses capitalistas particulares y la burguesía como un conjunto actúan cuando se ven directamente atacados. Hablan y suplican, o alquilan gente que lo haga por ellos, se acogen a cualquier oportunidad de compromiso, están siempre dispuestos a ceder, jamás presentan lucha bajo la bandera de sus propios ideales e intereses; en este país no hubo resistencia real contra la imposición de cargas financieras aplastantes durante la última década o contra la legislación obrera incompatible con la dirección efectiva de la industria” (161).

 

5.    Hostilidad creciente frente a las instituciones del capitalismo. El capitalismo no suscita adhesión emocional. Los críticos del capitalismo han constituido un “tribunal cuyos componentes tienen la sentencia de muerte en sus bolsillos, y la pronunciarán sea cual fuere la defensa que escuchen” (144). La defensa racional del sistema capitalista, basada en la exhibición contable de sus resultados, es y ha sido casi siempre ineficaz. “No basta con una refutación racional, ésta podrá rasgar la envoltura del ataque, pero nunca podrá alcanzar el poder propulsor, extra-racional, que se oculta detrás de aquella” (Página 143). La sensación de inseguridad propia de las situaciones de crisis y desempleo refuerza esa hostilidad. El intelectual, nuevo tipo social producto del capitalismo, se constituye en uno de sus más acerbos críticos. La hostilidad, traducida en medidas políticas y administrativas sobre el sistema económico, tiene a desparecer, herido de muerte, el principal motor del desenvolvimiento económico, es decir, la innovación.

 

Bibliografía

Betancur, G. (1983). “La teoría del desarrollo económico de Schumpeter”. En Marx, Keynes, Schumpeter. Cuaderno Lectura de Economía. Universidad de Antioquia, Medellín, 1983.

Kirzner, I.M. (1998). Competencia y empresarialidad. Unión Editorial S.A. Madrid, 1998.

Schumpeter, J.A. (1911). Theory of Economic Development. Oxford University Press. New York, 1961.

Schumpeter, J.A. (1939) Business Cycles. McGraw-Hill Co. New York, 1964.

Schumpeter, J.A. (1954) Historia del Análisis Económico. Editorial Ariel, Barcelona, 2012.

Schumpeter, J.A (1942). Capitalisme, socialisme et démocratie. Payot, Paris, 1979.

Screpanti E. y Zamagni S. (1997). Panorama de historia del pensamiento económico. Editorial Ariel, Barcelona, 1997.



[1] Schumpeter (1911). Theory of Economic Development. Página 64.
[2] Ídem, página 31.
[3] Schumpeter (1939). Business Cycles. Página 47.
 
[4] Ídem, página 62.
[5] Ídem, página 63-64.
 
[6] Schumpeter (1911). Theory. Página 77.
[7] Ídem, página 116.
[8] Screpanti y Zamagni (1997). Página 257.
[9] Kirzner, I.M. (1998). Página 62-63.
 
[10] Ídem, página 86.
[11] Schumpeter (1942) Página 89-90.

lunes, 23 de marzo de 2015

Una propuesta sobre la Corte Constitucional


Una propuesta sobre la Corte Constitucional

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista, Universidad EAFIT

 

El artículo sobre la Corte Constitucional que publiqué hace un par de días dio lugar a un fuerte pero cordial intercambio de ideas con mi amigo David Suarez, eminente profesor de la Escuela de Derecho de la Universidad EAFIT. También participó, de forma prudente y discreta, nuestro común amigo Carlos Atehortua, ilustre jurista vinculado a la Universidad Externado de Colombia. Los doctores Suarez y Atehortua aprecian mucho más que yo la forma de interpretación prevaleciente en la corte y el contenido de sus sentencias. Yo también aprecio algunas de ellas, especialmente las referidas a los servicios públicos domiciliarios, que es mi campo de ejercicio profesional. Pero tenemos divergencias. Admito, como lo señala con ironía David, que mis competencias en Teoría del Derecho son bastante limitadas, como lo son las suyas en Teoría Económica. Por ello es bastante probable que sea yo quien esté equivocado. No obstante, la dialéctica de David no ha logrado apartarme de mi error. Sin embargo, a pesar de nuestras diferencias, hay varias cosas en las que creo estamos de acuerdo:

1.    La Corte Constitucional tiene un extraordinario poder. Para bien o para mal.

2.    La interpretación valorativa de las normas jurídicas parece ser una consecuencia necesaria del concepto de estado social de derecho adoptado en la Constitución del 91.

3.    La interpretación valorativa impuesta por el componente “estado social” no puede dar al traste con el componente “estado de derecho”. El derecho es lo que digan los jueces siempre y cuando lo que digan esté conforme al artículo 230 de la Constitución. Me permito recordar ese artículo: “Los jueces, en sus providencias, solo están sometidos al imperio de la ley. La equidad, la jurisprudencia, los principios generales del derecho y la doctrina son criterios auxiliares de la actividad judicial”.

4.    En sus decisiones, los jueces están siempre sometidos al arbitraje entre lo social y el derecho, es decir, el derecho escrito en la constitución y en las leyes. Por eso es necesario contar con jueces sabios y prudentes.

“Los hombres pasan y las instituciones quedan”, decía Jean Monnet. Mucho tiempo antes un ilustre inglés había proclamado que “las instituciones son los hombres”. No importa cuán perfecto sea el diseño de pesos y contrapesos siempre terminaremos dependiendo del factor humano. Las calidades de los hombres importan. La ignorancia es más peligrosa que la corrupción porque los ignorantes ejercen de tiempo completo y los corruptos descansan de vez en cuando, decía Gomez Dávila en alguno de sus escolios. Pero hay algo más: los ignorantes y mediocres son más susceptibles a la corrupción porque carecen de la defensa que da la integridad profesional propia de quienes están bien formados en su disciplina y para los cuales el prestigio ante sus pares es su principal activo. Por ello es imperioso hacer que lleguen a la Corte Constitucional y a las demás Altas Cortes hombres sabios, prudentes y con verdadera vocación de jueces. La propuesta que se presenta a continuación, que en nada compromete a los doctores Suarez y Atehortua, trata de contribuir al logro de ese objetivo. Además de lo ya expuesto, la propuesta tiene los siguientes fundamentos:

1.    El ingreso a la Corte Constitucional o a cualquiera de las altas cortes debe ser la culminación de una carrera y no un mero episodio de tránsito hacia la política, el litigio o los negocios. Deben llegar a esas instancias solo aquellos que ya han satisfecho– mejor bien que mal – sus ambiciones políticas, profesionales o económicas.

2.    Las cortes deben estar compuestas por magistrados con elevadas calificaciones académicas y ampliamente experimentados en la judicatura, la academia y el litigio.

3.    La interpretación valorativa, especialmente importante en el campo de los derechos económicos, exige de conocimientos especializados de economía que usualmente no tienen los abogados. Por eso es necesario complementar los conocimientos jurídicos con conocimientos económicos para que las sentencias tengan en cuenta las restricciones presupuestales y los efectos indirectos de las decisiones. Debe eliminarse el monopolio de los abogados en la interpretación de la ley incorporando a la corte el conocimiento especializado de los economistas.

4.    El seleccionador es fundamental. Las calidades y competencias de un profesional las reconocen sus pares. Los miembros de cualquier profesión saben quiénes son los mejores y quienes los peores. En ese sentido el viejo sistema de cooptación es superior al sistema actual de ternas que llegan al senado para que éste escoja. El senado está integrado por políticos y en política lo que importa es la popularidad y no es éste un atributo que convenga a un magistrado. El presidente es también un político. Conviene sacar a la política de este proceso. Como se trata de que a las cortes lleguen aquellos profesionales que quieran ser jueces y que crean estar dotados de las competencias requeridas para serlo, la auto-postulación es un procedimiento idóneo. La corte misma escogería entre los profesionales que cumpliendo los requisitos se auto-postulen.

Con base en las consideraciones anteriores, se presenta la siguiente propuesta:

1.    Sólo podrán ser magistrados profesionales del derecho o la economía mayores de 60 años, con doctorado, entendido como pos-grado, y por lo menos 20 años de experiencia en la judicatura, la academia o el litigio, para los abogados. Los economistas también deberán ser doctores en economía y tener por lo menos 20 años de experiencia en el ejercicio de su profesión en consultoría, investigación, docencia o asesoría económica.

2.    Los magistrados de la corte permanecerán en su cargo hasta su deceso o hasta la edad de retiro forzoso que puede fijarse en 75 años. En caso de retirarse antes de dicha edad, los magistrados quedan inhabilitados para litigar o adelantar gestiones de cualquier índole ante las cortes y para cargos de elección popular o de libre nombramiento y remoción. Después de su retiro solo pueden ejercer labores de investigación o docencia.

3.    La corte estará compuesta por 6 abogados y 3 economistas. Cuatro de los abogados provendrán del sector judicial, uno de la academia y uno de los abogados litigantes.  Por lo menos uno de los economistas provendrá de la academia.

4.    Los magistrados serán elegidos por la corte misma entre los candidatos que cumpliendo los requisitos se auto-postulen.

Se espera que con esas condiciones solo se llegue a la corte como se llega al seminario: por pura vocación.

LGVA

Marzo de 2015. 

 

sábado, 21 de marzo de 2015

El golpe de estado permanente de la Corte Constitucional y las pilatunas del magistrado Pretelt


El golpe de estado permanente de la Corte Constitucional y las pilatunas del magistrado Pretelt

 

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista, Docente Universidad EAFIT

 

Desde hace 23 años la Corte Constitucional viene legislando. Sería más preciso decir que viene cogobernando mediante sus sentencias, que es el nombre técnico de sus ucases inapelables. En las dos últimas décadas, el país ha registrado - primero con asombro y después con creciente resignación- la forma como la Corte en sucesivas sentencias, especialmente las referidas a los derechos económicos, invade las órbitas de las otras ramas del poder público en cuya delimitación insistiera con tanto empeño el Barón de Montesquieu.

Lo que más llama la atención es indiferencia olímpica de la corte ante las consecuencias presupuestales y económicas de unas sentencias mediante las cuales pretendía defender los derechos de los pobres. A finales del siglo pasado, destruyó el sistema de crédito hipotecario supuestamente para proteger el derecho a la vivienda de algunos ciudadanos que no podían o no querían honrar sus deudas. Durante cerca de tres años se paralizaron el crédito hipotecario y la construcción lesionándose así el derecho a la vivienda y al trabajo de miles de ciudadanos. Una consecuencia probablemente no buscada por la corte pero de cuya ocurrencia podría haber sido advertida por cualquier estudiante de economía. En 2003, la Corte enterró la posibilidad de ampliar la base del IVA al declarar inexequible su cobro a un conjunto de bienes y servicios argumentando que esa decisión se había tomado en un contexto de creciente pobreza e indigencia razón por la cual “la carga tributaria adicional que recae sobre las personas de bajos ingresos agravará su precaria situación o les hará más difícil superarla”. Loable propósito. Pero olvidó la corte que las frutas, las verduras, la papa, la carne, el pollo, el pescado, los huevos, la leche, el pan, las hortalizas, el arroz, el maíz, los anticonceptivos, los arriendos y los servicios públicos, que nunca podrán tener IVA, son consumidos por toda clase de gente, pobre y no pobre, y que los principales beneficiarios de su sensibilidad social son las familias que mercan en las tiendas de Carulla. Y así ha venido tomando muchas otras decisiones como la del mínimo vital gratuito o las que tienen que ver con el acceso ilimitado a los servicios de salud, con la ingenua creencia de que la pobreza se supera con acciones de tutela y no con crecimiento económico y productividad.

El hecho es, como lo señala el ilustre jurista Javier Tamayo Jaramillo, en su portentosa obra La decisión Judicial, que la Corte “...en su afán de hacer justicia en favor de los débiles, ha acumulado en los últimos 20 años un poder desmedido que así hubiera sido sin proponérselo, tiene en serio peligro el equilibrio de pesos y contrapesos que exige la marcha institucional del País”[1].   

Ese poder desmedido, siempre según Tamayo Jaramillo, se expresa de dos maneras:

“En primer lugar, mediante sentencias paradigmáticas sin posibilidad de control, acude a una interpretación antisemántica y valorista de las leyes y de algunas las normas constitucionales. Como se ve, la esencia de esta interpretación conduce a la sustitución del derecho legal o constitucional hecho por el pueblo o por el parlamento, por un derecho basado en reglas y subreglas creadas por la misma Corte Constitucional. En innumerables oportunidades, los textos normativos sucumben como fichas de cartón arrasadas por la imagen omnipresente de la presunta sentencia justa. Es la opinión subjetiva de los magistrados (...) contra las normas previamente establecidas por el poder constituyente. En esa forma, el decisionismo de la corte sustrae a punta de sentencias, buena parte del contenido normativo de los códigos y demás sistemas legales o administrativos. Es el aniquilamiento lento pero seguro del poder parlamentario y del poder ejecutivo.

En segundo lugar, contrariando la claridad del artículo 230 de la Constitución, la Corte Constitucional convierte en obligatorios sus propios precedentes, con lo cual unifica el derecho judicial bajo su óptica valorista e ideológica, hasta el punto de convertir en prevaricato el desobedecimiento de uno de esos precedentes. Es la mejor manera de aniquilar la función legisladora del parlamento”[2]

En su extensa obra, que se lee con alarma y desconcierto, Tamayo Jaramillo explica el origen y las implicaciones de la interpretación valorista adoptada por la corte. Dicha forma de interpretación tiene su origen en la obra de Carl Schmitt, quien fuera el teórico constitucional del totalitarismo nazi. Las implicaciones ya están enunciadas en los textos citados: la aniquilación de la división de poderes y la pérdida de toda seguridad jurídica, porque según proclama la corte, “los derechos son aquello que los jueces dicen a través de las sentencias de tutela”[3]. Lo que implica, como señala Tamayo Jaramillo, que “el derecho escrito como tal no vale y que sólo vale lo que decidan los jueces”[4].

El problema que enfrenta el País es extremadamente grave. La interpretación valorista, que es básicamente una interpretación ideológica, parece estar profundamente arraigada como consecuencia del tipo la enseñanza que predomina desde hace varias décadas en las escuelas de derecho. Buena parte de ellas son meros centros de adoctrinamiento ideológico donde el activismo de la corte constitucional es ensalzado y ésta es vista como portaestandarte de la justicia social sin que importe que en sus decisiones pase por encima de los textos legales y constitucionales. Abogado que se apegue a los textos legales y que proponga una interpretación semántica de los mismos es visto como un reaccionario defensor de los poderosos y enemigo de los pobres. El daño que profesores incompetentes y supuestamente progresistas le han hecho al derecho es inconmensurable. Es aquí donde está el problema real de la corte y del derecho en Colombia, más allá del miserable escándalo del magistrado Pretelt.   

Lo más seguro es que a la Corte Constitucional y a todas las otras continúen llegando abogados tan pletóricos de ideales de “justica social” como ignorantes de lo que significa una restricción presupuestal, salvo en sus negocios. Por esa y otras razones, la llegada a las altas cortes debería ser el final de la carrera de los juristas. No deberían llegar allí sino aquellos que ya resolvieron -mejor bien que mal- sus ambiciones económicas, profesionales y políticas. Solo deberían llegar a esas cortes, abogados con sesenta o más años, con amplia experiencia judicial, que estarían obligados a permanecer allí por el resto de sus vidas o hasta la edad de jubilación forzosa que podría fijarse en setenta y cinco años. Así, no buscarían ser magistrados aquellos que quieran llegar a las cortes para adquirir prestigio, experiencia y relaciones que después les permitan litigar con éxito ante ellas o fortalecer sus propios negocios. Las altas cortes dejarían también de ser un lugar de tránsito de políticos camuflados que busquen reconocimiento con sentencias populares.

LGVA     

Marzo de 2015.

 




[1] Tamayo Jaramillo, J. (2011). La Decisión Judicial. (Dos Tomos). Biblioteca Jurídica Dike. Medellín, 2011. Tomo I, página 61.
[2] Ídem, Tomo I, página 62.
 
[3]Ídem, Tomo II, página 1347.
 
[4] Ídem, Tomo II, página 1348.