domingo, 11 de febrero de 2018

Listas cerradas, listas abiertas, voto preferente: cómo y por quién votar el 11 de marzo.


Listas cerradas, listas abiertas, voto preferente: cómo y por quién votar el 11 de marzo.

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista, Docente, Universidad EAFIT

El expresidente López Michelsen decía que las listas electorales se parecen a un LP o a un CD: uno está obligado a comprar la totalidad de las canciones incluidas a pesar de que solo le gusten uno o dos temas.  Algunas personas, especialmente jóvenes, piensan el voto preferente les permite votar por el candidato que les gusta sin tener que hacerlo por aquellos que les desagradan. Están equivocadas: el voto preferente no es el Spotify de la política.

Los sistemas electorales se dividen en mayoritarios y proporcionales. En los primeros la totalidad de los escaños o curules en disputa se asigna al partido que obtiene la mayoría de los votos; en los segundos la asignación se hace en proporción al número de votos emitidos. No existe un método de asignación que garantice que la distribución porcentual de las curules sea exactamente  igual a la distribución porcentual de los votos. Los métodos aplicados se aproximen en diverso grado a ese ideal. Existen dos  grupos de métodos o fórmulas de asignación proporcional: los de residuo mayor  y los de promedio mayor.

El más conocido de los métodos de residuo mayor es de la cuota de Hare o de cociente electoral, que fue utilizado en Colombia hasta 2002. En este método, la totalidad de los votos emitidos se divide por el número total de curules de la circunscripción y con la cifra obtenida, llamada cociente electoral, se dividen las votaciones obtenidas por cada una de las listas. La parte entera de la cifra obtenida  con esta última división arroja el número de curules ganadas por cada lista por cociente. Si, como es usual, después de esta asignación quedan curules por distribuir, éstas se asignan a los residuos decimales de las listas de mayor a menor hasta agotar las curules remanentes. Este sistema conduce a la multiplicación de listas pues el mismo número de votos divididos en varias listas permite obtener más curules por residuo que los que se obtendrían en una sola por cociente. En las elecciones de senado de 2002, el último año en que se empleó  el método de cociente electoral, participaron 60 partidos o movimientos que inscribieron 312 listas 96 de las cuales obtuvieron curul; 11 curules se ganaron por cociente y 89 por residuo. Existen otras variantes del método de residuo mayor (cuota de Droop, cuota Imperiali, cuota de Hagenbach-Bischoff) que difieren en la fórmula de cálculo del cociente. 

Los principales métodos de promedio mayor, también conocidos como de los divisores, son el de D´Hont y el de Sainte-Laguë. Con el método de D´Hont, que se aplica en la elecciones legislativas de 2006, los votos de todas las listas se dividen sucesivamente por 1,2, 3…..n, donde n es el número de curules, y se obtienen una serie de cocientes decrecientes para cada lista. Estos cocientes se ordenan de mayor a menor y el enésimo es la cifra repartidora por la cual se dividen los votos de cada lista y el resultado entero es el número de curules asignado a cada una de ellas. Bajo este sistema no hay residuos, todas las curules tienen el mismo costo en votos y este es igual a la cifra repartidora. No hay lugar para el juego de residuos mediante la multiplicación de listas. Al contrario, los políticos agrupan sus fuerzas en listas unificadas para aumentar su probabilidades de elección. En 2006, el primer año de aplicación de la fórmula de D´Hont en las elecciones legislativas, se inscribieron 20 listas para senado frente a las 312 de 2002, año en el que se aplicó la fórmula de Hare o de cocientes y residuos. En 2010 y 2014 se inscribieron 14 y 12 listas para senado, respectivamente. Para las elecciones de marzo de 2018  son 16.

Otro elemento del régimen electoral que refuerza la agrupación es la existencia del umbral, que es el número mínimo de votos requeridos para que una lista sea tenida en cuenta en el cálculo de la cifra repartidora y en la asignación de curules. Para el senado es el 3% de los votos válidos emitidos.  


 La fórmula electoral transforma los votos en curules, es decir, establece el número de curules que un número dado de votos emitidos le permite alcanzar a cada lista. Queda por resolver cuáles de los candidatos inscritos resultan elegidos. En las llamadas listas cerradas, las curules se asignan en el orden en que están inscritos los candidatos; en las listas abiertas, en el orden que resulte de los votos preferentes.

La fórmula electoral define el número de curules obtenidas por cada lista, los votos preferentes establecen el orden de asignación de curules dentro de ellas. Supongamos que la lista A obtiene 3 millones de votos y la B 340 mil y que la cifra repartidora es 150 mil. En este caso la A gana 20 curules y la B 2. Si el vigésimo candidato de la lista A ya ordenada tiene 5 mil votos preferentes y el tercer candidato de la lista B igualmente ordenada tiene 20 mil, saldrá elegido el vigésimo candidato de la lista A y no el tercer candidato de la B.  

A la hora de votar la primera decisión es la lista preferida, la cual se escoge marcando en el tarjetón el logo que la identifica; la segunda, es el candidato preferido de esa lista, el cual se escoge marcando el número que le fue asignado. Si no se tiene candidato preferido, basta con marcar el logo y el voto será válido. Pero, ojo, si se marca solamente el número, el voto es inválido. En cada una de las tres últimas elecciones de congreso los votos inválidos han superado el 12%. El tarjetón sera similar al siguiente:



El principal objetivo de la mayoría de los candidatos es su propia elección. El voto preferente es bajo el método de D´Hont el equivalente a la multiplicación de listas pues permite controlar la clientela electoral. Los votos de clientela no se transan al menudeo sino en paquetes. Un líder es un personaje que maneja cierto número de votos, lo cual significa que tiene una o varias listas de ciudadanos cuyas cédulas están inscritas en una o varias mesas. El político intercambia con el líder promesas por votos o dinero por votos. El político espera que en determinadas mesas salga cierta cantidad de votos preferentes por su nombre así como antes esperaba que salieran por su lista. 

Debe ser claro ya que para votar por un candidato preferido hay que votar también por los demás no tan preferidos que lo acompañan en la lista. Veamos algunos ejemplos.

En la lista de la Alianza Verde está, con el número 2, Iván Marulanda por quien profeso admiración por su desempeño en el senado como militante del Nuevo Liberalismo de Luis Carlos Galán. Por esa razón podría votar por Marulanda, a pesar de que su trasegar político posterior se me hace un tanto lagartuno. Sin embargo, cuando veo que en esa lista están también el dogmático Antonio Sanguino y el errático Antanas Mockus, de inmediato me arrepiento.

Miguel Gomez Martinez, quien encabeza la lista del Partido Conservador, es, a mi parecer,  el menos estatista y el más defensor de la actividad privada entre todos los candidatos al senado de todos los partidos. Este conservador es el más liberal de todos los candidatos y gustoso votaría por él, pero no puedo hacerlo al constatar que en su lista lo acompañan  la “ilustrísima” Olga Suarez Mira y  varios de esos politicastros, como Efraín Cepeda, que después de cada elección preguntan: ¿quiénes ganamos?

De la lista del Partido Liberal destaco a Luis Fernando Velásco quien me ha parecido siempre un político preparado, cumplidor y de buenas maneras. Pero no puedo darle mi voto al verlo asociado con una serie de personajes hirsutos, como su tocayo Duque, o de cadáveres políticos, como Horacio Serpa,  que aspiran a hacerse elegir en cuerpo ajeno, el de su hijo en su caso.

Me dice un joven amigo que en la lista del Partido de la U hay una señora llamada Maritza Martinez Aristizabal, cuya personalidad política y sus ideas le atraen.  La investigué y me parece respetable y digna de confianza; sin embargo está en la misma lista de personajes que me causan urticaria como Roy Barrera, Armando Benedetti, Germán Hoyos y, como si fuera poco,  los herederos del Ñoño Elias y de Mussa Besaile. Y así no puedo.

Germán Varón Contrino, de Cambio Radical, me ha parecido un político valioso y respetable, siempre que no se le juzgue con los parámetros del Sermón de la Montaña.  Está acompañado de muchos personajes un tanto fastidiosos, pero a la que no me puedo definitivamente soportar es a la pastora Claudia Yadira Rodriguez Castellanos una de las mayores responsables de hacer que nuevamente aparezca en Colombia la peligrosa mezcla de religión y política. Yo a eso no le juego.

En la lista del Centro Democrático están los candidatos que más me gustan, empezando por Álvaro Uribe Vélez. Voy a votar por esa lista, pero no le voy a dar mi voto preferente al expresidente, sino a mi amiga Evamaría Uribe Tobón, economista y abogada, con una gran vocación de servicio público y cuya presencia en el Senado sería de enorme significación. En esta lista, hay, por supuesto, algunos personajes que no me agradan mucho, como los señores Macías y Bustamante, que padecen un tremendo tic nervioso: abren la boca y meten la pata.  

Me abstengo de referirme una serie de listas por las que jamás votaría porque los partidos que las promueven están muy alejados de mis ideas económicas y políticas. Sin embargo, no puedo desconocer que hay en ellas muchas personas cuya presencia en el Senado podría ser de gran valor.


LGVA

Febrero de 2018.

sábado, 13 de enero de 2018

El programa de Fajardo: más estado, menos libertad económica y más corrupción


El programa de Fajardo: más estado, menos libertad económica y más corrupción

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista



Dejando de lado las declaraciones retóricas y las habituales promesas de un mundo mejor, el programa de la Coalición Colombia de Sergio Fajardo propone aumentar los impuestos, profundizar el asistencialismo, incrementar la burocracia estatal, levantar obstáculos adicionales a la actividad empresarial y resucitar el proteccionismo. Todo esto conduce a menor libertad económica y, como sugiere la experiencia internacional, al aumento de la corrupción.

Aumentar los impuestos. Un mayor recaudo tributario, dice el programa, “es un objetivo inaplazable”. También indica  que se buscará “una mayor progresividad en la estructura impositiva” y que se definirá “un esquema de transición de impuestos indirectos a directos”. Y dice también que se hará “un desmonte general de beneficios tributarios”. 

Se promete pues una nueva reforma tributaria, lo que no es ninguna novedad en un País donde se han hecho 20 en 25 años, para financiar el crecimiento de un estado que en ese mismo lapso ha triplicado su tamaño. Llama la atención el sesgo marcadamente anti-empresarial y anti-capitalista que tendría la reforma de la Coalición Colombia en caso de llegar a materializarse.

Los beneficios tributarios se han ido introduciendo como paliativo frente a una tributación creciente que restaba competitividad a los negocios. Su eliminación sería conveniente si estuviera acompañada de la reducción de las tarifas generales. Pero no es este el caso pues iría en contra de objetivo “inaplazable” de aumentar el recaudo. Por tanto, las tarifas generales se mantendrían al tiempo que se eliminan los beneficios lo cual llevaría al crecimiento de la tasa efectiva de tributación de las empresas.

Las propuestas de una mayor progresividad en la estructura impositiva y de una transición de impuestos indirectos a directos se traducirán en el aumento de la tributación de las rentas de capital y de las rentas de trabajo de la población más eficiente. La única forma de introducir cierta progresividad en el IVA es estableciendo tasas diferenciales según la clase de productos transados o excluir del gravamen a algunos de ellos: los bienes de la canasta básica, por ejemplo. El problema es que de esas tarifas menores y de esas exclusiones se benefician todos los contribuyentes, no solo los de menores ingresos.

El impuesto de renta y el impuesto a la propiedad son más idóneos para dar progresividad al sistema tributario. La progresividad se obtienen gravando con tarifas mayores los ingresos y patrimonios más elevados. En la práctica se establecen rangos a cada uno de los cuales se le asigna una tarifa impositiva cada vez mayor. Una mayor progresividad de los impuestos a las personas se puede obtener elevando la tarifa marginal, aumentando el número de rangos o incrementando las tarifas infra-marginales. No puede aumentarse la progresividad del sistema tributario sin elevar los impuestos[1].

Profundizar el asistencialismo. Se lee en el programa: “Reducir la pobreza y la desigualdad exige programas sociales, subsidios del Gobierno Nacional y un Estado que ofrezca bienes públicos de calidad en la Colombia rural y urbana para abrir las puertas de las oportunidades”.

Si no existieran la pobreza y la desigualdad habría que inventarlas para justificar la existencia del gobierno grande que tanto gusta a los políticos. Los sistemas políticos asistencialistas y clientelistas colapsarían el día en que la gente dejara de creer que su destino económico depende de las transferencias y dádivas del gobierno.

El asistencialismo ha crecido de manera exponencial en los últimos años. El gasto en subsidios es de “proporciones mayúsculas”, se lee en un documento del DNP. Según dicha Entidad, en 2014 el gasto anual en subsidios fue de $ 71 billones, cifra equivalente al 10% del PIB o al 35% del presupuesto general de la Nación y superior al servicio de deuda.  

El 98% de esa suma se destina a los “subsidios sociales” o al “gasto público social”, como pudorosamente se denomina en los documentos oficiales al asistencialismo. ¿Qué tan progresivo es este gasto en subsidios?, se preguntan los técnicos del DNP. “Lamentablemente no mucho”, se responden. Y en efecto, el quintil más pobre de la población solo recibe un 20% de esas transferencias, casi lo mismo que el quintil más rico. Por eso no es sorprendente que, después de semejante esfuerzo, el coeficiente de GINI, que mide la desigualdad, tenga el mismo valor antes y después de subsidios. 

Es falso que el asistencialismo reduzca la pobreza y la desigualdad. Lo que sí es claro es que es la base de  un régimen político y electoral basado en las falsas promesas y el clientelismo. Adicionalmente, como lo han puesto en evidencia múltiples escándalos en los últimos meses, el asistencialismo alimenta la corrupción  pues los recursos de los que se apropian los corruptos son los supuestamente destinados al “gasto social”. No se puede combatir el clientelismo y la corrupción y mantener al mismo tiempo un gobierno asistencialista.

Incrementar la burocracia estatal. Fiel a su vocación estatista, la Coalición Colombia propone reactivar la economía mediante inversiones públicas para crear “empleos formales de calidad”. Ya hay en el País 1.200.000 empleados públicos del nivel nacional y unos 600.000 del nivel territorial. Esto es más del 8% de la ocupación total. Pero resulta que el 50% de los 22 millones de ocupados son informales, de donde se sigue que el 16% del empleo formal es público. Sin duda alguna el gobierno es hoy por hoy el mayor empleador del País y la Coalición Colombia quiere hacerlo crecer aún más. Al lado del asistencialismo el empleo público, cuya remuneración se consume la cuarta parte de los impuestos,  es el otro pilar del modelo político clientelista.

Resurrección del proteccionismo. “Una comisión oficial integrada por entidades del Estado, sectores sociales y productivos evaluará los efectos económicos, sociales e institucionales de los Tratados de Libre Comercio y de los Tratados de Protección a las Inversiones para realizar las revisiones pertinentes”. Esta es propuesta responde a la viejo prejuicio del senador Jorge Robledo según el cual el comercio internacional libre empobrece a los países. En increíble que la incultura económica sea el soporte de un prestigio político. Tratemos una vez más de correr el velo de la ignorancia del senador Robledo, pongan atención:

·         El comercio internacional – y tampoco el nacional – es no beneficioso por los bienes y servicios que vendemos, las exportaciones, sino por los bienes y servicios que recibimos a cambio, las importaciones. Son éstas las que al proveernos con algo de lo que carecíamos aumentan nuestro bienestar y nos dan nuevas oportunidades de producción.   

·         En el comercio internacional y también en el nacional, los bienes y servicios se pagan con bienes y servicios. Si los imperialistas quieren inundarnos de importaciones tiene que comprarnos nuestras exportaciones.

·         Si el valor de los bienes y servicios que recibimos, importaciones, es superior al valor de los bienes y servicios que entregamos cambio, exportaciones, se siguen dos posibilidades: 1. Que nos regalen en el excedente, ¿qué hay de malo en ello? o  2.  Que les quedemos debiendo el excedente. (Senador Robledo: ponga atención que en lo que sigue radica su confusión).

·         En un período dado, un individuo no recibe bienes y servicios por valor superior al valor de los bienes y servicios que entrega para después buscar un crédito para financiar el déficit, compra por un valor superior al valor que vende porque previamente se le ha otorgado un crédito para poder hacerlo. Es lo mismo con los países: la deuda viene primero el déficit comercial viene después. La balanza de pagos manda, la balanza comercial obedece, decía Böhm-Bawerk.

·         Los particulares pueden endeudarse con el exterior y lo hacen. También puede hacerlo el gobierno y lo hace en grado sumo. Hoy, el déficit de la balanza comercial que tanto le preocupa es resultado de las decisiones del gobierno que se ha endeudado para sostener un tren de gasto que excede su capacidad fiscal. La secuencia es esta: endeudamiento, déficit fiscal, déficit comercial. No al revés. Recuerde, Robledo, cuando estén gobernando, si se presenta un gran déficit comercial los responsables serán ustedes, no el imperialismo  yanqui y sus lacayos.   

Obstáculos a la actividad empresarial. La retórica esa del estado amigo de los empresarios salta de vez en cuando. Se habla de participación, concertación, protección al ambiente y todo lo demás. Y en medio de todo se vienen con la siguiente perla: “Apoyaremos los procesos mineros en lugares con vocación histórica, basados en licencias sociales obtenidas mediante la participación ciudadana y la concertación como mecanismos para ordenar el territorio, disminuir los conflictos socio-ambientales y proteger los recursos naturales”. Y esta otra: “Apoyaremos la buena minería y la explotación de hidrocarburos que protejan el ambiente, proporcionen empleo, generen encadenamientos productivos, transfieran tecnología y respeten a las comunidades locales. Bajo el cumplimiento de esas condiciones apoyaremos la inversión nacional y extranjera en el sector”.

La figura de la “licencia social” no existe en nuestro ordenamiento jurídico. Es una creación de las ONG que se oponen a las actividades minero-energéticas para darle un toque de decencia a las acciones extorsivas que promueven contra las empresas del sector. Los últimos gobiernos han tolerado que arropados en esa figura esas ONG pongan trabas a la actividad de las empresas del sector Las autoridades locales brindan poco a ninguna protección a los empresarios frente a las ONG que reclaman el pago por la “licencia social”. Un título minero o un licencia ambiental otorga a su titular, que la ha recibido del estado, el derecho de adelantar el conjunto de actividades productivas amparadas en por ese título o licencia. Con la tal licencia social la  Coalición Colombia se propone desconocer desde el gobierno los derechos de propiedad que el mismo gobierno otorga.

Quien consulte los índices de la Heritage Foundation[2] o del Fraser Institute[3] puede constatar que un estado asistencialista y burocrático y los altos impuestos reducen la libertad económica. También la reducen la mayor reglamentación y la menor libertad comercial. Cuando se pierde la libertad económica se ponen en riesgo las libertades políticas y civiles.  Eso se resume en el siguiente diagrama. 


Pero hay algo más. La principal bandera de Fajardo y su Coalición es la lucha contra la corrupción. Quienes cometen actos de corrupción son las personas y está bien buscar que a la administración del estado lleguen individuos con firmes valores profesionales y éticos que les permiten resistir a las tentaciones que inevitablemente se van a presentar. Muchos ojos pocas manos dice Fajardo. Pero, cuando los dueños de esas manos pueden disponer de cuantiosos recursos, decidir sobre el empleo de muchas personas o afectar las decisiones de los empresarios con reglamentación o normas confiar en la firmeza de esos valores no es suficiente. La evidencia internacional sugiere que la corrupción tiende a ser mayor en los países con poca libertad económica. Y esto no tiene nada de sorprendente, la libertad económica significa la capacidad de elegir sobre los aspectos pecuniarios de la vida con la menor injerencia gubernamental posible.  




En la gráfica se relacionan el índice de transparencia de la Transparency International[4] con el índice de libertad económica de la Heritage Foundation. Los países con mayor libertad económica - como Canadá, Suiza, Singapur, Alemania, etc. – tienen un mayor indicador de transparencias, es decir, son menos corruptos. En la parte inferior, con escaza libertad económica y poca transparencia, se encuentra Venezuela. Colombia ahí, en la mitad de las tablas, esperando que las propuestas de la Fajardo nos permitan disputarle a Venezuela su deshonroso lugar.

LGVA

Enero 2018.







[1] No sobra recordar que el impuesto fuertemente progresivo es una de las diez medidas recomendadas por Marx y Engels en el Manifiesto del partido comunista “para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital y centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado”.  Esto lo saben bien los amigos de Fajardo del Foro de Sao Paulo que piensan que el capitalismo es un sistema social fracasado que se debe  “sacar de nuestras vidas”. Los liberales del siglo XIX rechazaron abiertamente la tributación progresiva. John Stuart Mill la calificó de “hurto solapado”. En el siglo XX la idea según la cual la utilidad del ingreso marginal de un rico es menor que la del ingreso marginal de un pobre, le dio a la tributación progresiva cierta respetabilidad entre los políticos y los economistas mediocres que ignoran que las comparaciones interpersonales de utilidad son imposibles. Pero suponiendo que puedan hacerse esas comparaciones, dado que la utilidad marginal del ingreso es decreciente como creciente es el esfuerzo marginal exigido para obtenerlo, se sigue de ello que debería recompensarse con una tributación menor el esfuerzo de quienes generan mayor riqueza. Es decir, adoptar una tributación regresiva, cobrando tarifas menores a medida que aumenta el ingreso o el patrimonio, lo cual sería el mejor antídoto contra evasión y la elusión.  La tributación progresiva carece de todo fundamento científico, es arbitraria y no tiene otro objetivo que modificar arbitrariamente la distribución de la riqueza. La tributación progresiva castiga la eficiencia y la productividad y castiga también el ahorro y la inversión pues ese es el destino final de la mayor parte del ingreso de las personas más acaudaladas. Naturalmente este es un argumento que carece de validez para los socialistas que piensan que toda la inversión debe realizarla el estado.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Economía y política para Fajardo en una lección


Economía y política para Fajardo en una lección

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

“Fajardo es una persona que aprecio mucho, es amigo mío. Pero creo que no se puede gobernar sin ideología. Uno puede ser alcalde sin ideología, pero no puede ser presidente sin saber qué tipo de sociedad quiere

(Atribuido a Carlos Gaviria en un trino de Gustavo Petro)

Leí el libro “El poder de la decencia” de Sergio Fajardo. Por el título, no esperaba encontrar una profusión ideas de gobierno o planteamientos programáticos. Y no me decepcionó. El programa es el candidato mismo: un hombre decente. Y eso está bien. La decencia es una condición necesaria para aspirar a la presidencia, pero evidentemente no  es suficiente. Si lo fuera, podríamos ahorrarnos las elecciones y sortear la primera magistratura entre los millones de colombianos que como Fajardo son decentes.

Una candidatura presidencial es como una mesa: para que sea sólida debe tener cuatro patas: un candidato con buena imagen, un programa atractivo, una maquinaria política eficiente y dinero, mucho dinero. La imagen de Fajardo es excelente: todo mundo lo conoce y son pocos los que lo ven desfavorablemente. La maquinaria y el dinero irán llegando poco a poco y en una eventual segunda vuelta seguramente habrá tentadoras ofertas que pondrán a prueba la decencia. El asunto de esta nota es el programa.

La Ola Verde fue derrotada porque “no tenía una propuesta programática para el país”, admite Fajardo en su libro. Lección aprendida: “lo central de una coalición es el acuerdo sobre la propuesta”, anota más adelante. Hasta aquí todo está bien. Fajardo parece creer que basta con ponerse de acuerdo en combatir desde el gobierno aquellos males sociales que todo mundo detesta o dice detestar: la pobreza, la desigualdad, la corrupción, la ignorancia, etc. Y que este acuerdo puede hacerse al margen de toda discusión sobre la izquierda o la derecha, eje anacrónico, según él, para entender la política actual.  

Los países del mundo pueden clasificarse, como lo hacen anualmente el Instituto  Fraser y la Fundación Heritage, según el grado de libertad económica que garantizan sus políticas e instituciones. Los elementos fundamentales de esa libertad económica son la libertad de elegir, el intercambio voluntario, la libertad de entrar a los mercados y competir y la seguridad para las personas y sus propiedades.

Los países con más libertad económica tienen mejor desempeño económico y mayor bienestar que los países menos libres. Su producto por habitante es más elevado, tienen menos pobres, son menos desiguales y es mayor la esperanza de vida de sus habitantes.  Adicionalmente, en los países con más libertad económica son mayores las libertades políticas y civiles, mayor la igualdad de género y sus habitantes se sienten más felices que los de aquellos países que carecen de libertad. Los datos  que sustentan esas afirmaciones pueden consultarse en la publicación “Economic Freedom of the World 2017 Annual Report” del Instituto Fraser en esta dirección:  https://www.fraserinstitute.org/studies/economic-freedom.

Países con libertad económica, que suelen ser más ricos, los hay de todos los tamaños, de todas las razas, con abundantes recursos naturales o carentes de ellos. Países con poca o sin libertad económica, que suelen ser más pobres, también los hay grandes y chicos, de todas las razas y diversamente dotados de recursos naturales. El diferente desempeño de unos y otros parece explicarse fundamentalmente por ciertas características institucionales.

Mientras mayor es el tamaño del gobierno – gasto, impuestos,  empresas gubernamentales – menor es la libertad económica. Un sistema legal que proteja a las personas y a sus propiedades legítimas es un rasgo de los países con más libertad económica y mayores libertades civiles. También se caracterizan los países libres por tener una moneda de valor estable, mayor libertad de comercio internacional y pocas regulaciones que limiten la libertad de contratar, intercambiar, conceder créditos, elegir el trabajo que cada cual quiera y conducir los negocios libremente.

En el escalafón de libertad económica del Instituto Fraser, Colombia ocupa el puesto 112, entre 159 países, resultado de un puesto 94 en tamaño del gobierno, 132 en  sistema legal y protección de la propiedad, 103 en estabilidad monetaria, 92 en  libertad comercial y 77 en regulación de la actividad económica. En el índice de la Fundación Heritage, nos va mejor, allí Colombia está en el lugar 37, entre 186 países, en el grupo de los moderadamente libres.  http://www.heritage.org/index/

Los partidos y movimientos que se reclaman de izquierda gustan de gobiernos grandes; donde quiera que han tomado el poder han impuesto severos límites a la propiedad privada, cuando no la han eliminado completamente; han recurrido a la inflación para expropiar a todo mundo; ponen toda suerte de obstáculos al libre comercio internacional e imponen numerosas regulaciones a la actividad económica.  

En América Latina los partidos que se reclaman de izquierda se han agrupado en el llamado Foro de Sao Paulo. Por Colombia están Marcha Patriótica, Movimiento Progresista, Partido Alianza Verde, Polo Democrático Alternativo, Partido Comunista Colombiano, Movimiento Presentes por el Socialismo y la Unión Patriótica. http://forodesaopaulo.org/partidos/

¿Cuál es el proyecto político de los partidos y movimientos del Foro de Sao Paulo? Fajardo y sus asesores de campaña harían bien en ilustrarse al respecto leyendo la “Memoria del XXII Encuentro del Foro de São Paulo” celebrado en San Salvador en junio de 2016. (http://forodesaopaulo.org/memoria-del-xxii-encuentro-del-foro-de-sao-paulo-san-salvador-el-salvador-2016/.). Allí  se encuentran, entre muchas otras, las siguientes perlas:

 “El capitalismo, como sistema social, es un fracaso (…) el capitalismo asiste a la exposición de sus miserias. La concentración de la riqueza es inocultable (…) El capitalismo necesita pobres, cada día más pobres”. Se afirma contra toda evidencia.

 Y se concluye: “Ante tamaño fracaso del capitalismo, solo puede reafirmar y acrecentar nuestra fe en una victoria más temprana que tarde. (…) El futuro se nos presenta lleno de buenos augurios, de esperanzas y de fuerzas para emprender la tarea de sacar al capitalismo de nuestras vidas”

Sacar el capitalismo de nuestras vidas y sustituirlo por el socialismo del siglo XXI este es el proyecto del Foro de Sao Paulo y de los aliados actuales de Fajardo, la Alianza Verde y el Polo Democrático Alternativo, y de los otros cinco miembros colombianos del Foro que seguramente  buscarán entrar en esa gran alianza más pronto que tarde.

Tiene razón Gustavo Petro cuando le recuerda a Fajardo las palabras de Carlos Gaviria: para ser presidente hay que saber qué tipo de sociedad se quiere. Hay que escoger entre mayor libertad económica, lo que quiere decir mercados libres y propiedad privada, capitalismo puro y duro, o “sacar el capitalismo de nuestras vidas” como quieren los partidos del Foro de Sao Paulo. O dicho de otra forma: hay que escoger entre parecernos a Hong Kong, derecha, o parecernos a Venezuela, izquierda. Puede que a Fajardo le parezca anacrónico el eje  izquierda-derecha, pero sus aliados actuales y los que le llegarán pronto no piensan lo mismo.  

Siempre le queda a Fajardo la posibilidad de refugiarse en la repetida “boutade” de Tony Blair: tanto mercado como sea posible, tanto estado como sea necesario. El problema es que el Reino Unido siempre ha ocupado, desde Margaret Thatcher, uno de los diez primeros lugares en los escalafones de la libertad económica.   



LGVA

Diciembre de 2017.   


sábado, 2 de diciembre de 2017

¡Son los impuestos y el gasto, estúpidos!


¡Son los impuestos y el gasto, estúpidos!

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista



Hasta el momento, el debate entre los candidatos y precandidatos presidenciales se caracteriza su frivolidad. De la Calle inunda diariamente el Twitter con frasecitas propias de un manual de autoayuda; Fajardo se autoproclama, Urbi et Orbi, como el inmaculado; Claudia López insulta, rectifica y vuelve a insultar; los pupilos de Uribe sueltan naderías a la medida de los auditorios; Ordoñez predica como cura de pueblo decimonónico; en fin, Petro y Robledo repiten hasta el cansancio las consignas mamertas de sus años mozos.
Por eso la irrupción de Vargas Lleras con una propuesta económica y fiscal estructurada contribuye a elevar el nivel del debate y obliga a los demás a empezar a hablar seriamente. Así, Fajardo, que no había dicho nada de nada, anunció su propósito de aumentar la edad de jubilación, lo que le ha enajenado la amistad de sus compañeros viaje en lo que parece será una efímera alianza electoral.

Lo que más ha llamado la atención de los planteamientos de Vargas Lleras es  la propuesta de reducir progresivamente el impuesto a las ganancias de las empresas  de 34% a 30% y de eliminar la sobre tasa. Esta y sus otras propuestas fiscales llevan a una reducción de recaudo, lo que Vargas Lleras promete, como acostumbran los políticos, compensar controlando el contrabando, la evasión y la elusión. No dice nada de reducir el gasto. Pero no importa, el hecho es que el tema fiscal entra en el debate electoral.

Algunos economistas han salido ya a decir que no es posible reducir los impuestos por aquello del gasto social, los pobres mendicantes, los acuerdos de paz y todo lo demás. Alegan también que las reducciones de impuestos no estimulan la inversión, que eso de la curva de Laffer es un mito sin sustento empírico y que reducirles los impuestos a los “ricos” es regresivo.
El problema de que eso sea cierto o no carece de importancia de cara a la feroz competencia entre los distintos países por retener y atraer la inversión, lo cual se ha traducido en la reducción de la tasa promedio mundial de los impuestos a las empresas de 38% en 1980 a 23% en 2017.  Ya la situación del País en el contexto internacional es bien complicada como puede constatar quien eche una ojeada a la tabla o, si prefiere, se anime a consultar el informe de donde fueron extraídas las cifras en esta dirección: https://taxfoundation.org/corporate-income-tax-rates-around-the-world-2017/



Y ni qué decir de lo que se nos viene pierna arriba en el caso de que el gobierno de Trump consiga aprobar su reforma tributaria que promete llevar los impuestos corporativos a 20%. Ese será un verdadero tsunami que sacudirá la economía global y con ella a la frágil economía colombiana. Así pues, señores candidatos y equipos de campaña, pónganse serios y empiecen a hablar de lo que realmente importa: los impuestos y la reducción del gasto.

LGVA

Diciembre de 2017.

sábado, 25 de noviembre de 2017

¡Empresarios, a manteles con las FARC!


¡Empresarios, a manteles con las FARC!



Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista, Universidad EAFIT

“…el último capitalista venderá la soga con la que ahorcaremos al penúltimo”

(Frase atribuida a Lenin)



Las FARC eran  una organización político-militar que durante más de cinco décadas trató de imponer a la sociedad colombiana por la fuerza de las armas su ideología marxista leninista, lo cual supone, como ha ocurrido donde quiera que los marxistas-leninistas han llegado al poder, instaurar la dictadura del proletariado y suprimir la democracia pluralista. Las FARC, como lo han declarado abiertamente, no han renunciado a ese propósito ni a su proyecto último de construir una sociedad comunista sin mercados libres ni propiedad privada.

En las negociaciones de La Habana, el gobierno le otorgó a las FARC ventajas exageradas para su participación en política, beneficios judiciales escandalosos y otra serie de prebendas ominosas de las que la sociedad se ha ido percatando poco a poco. Las pocas y tímidas modificaciones que el Congreso y la Corte Constitucional han introducido a los acuerdos no impedirán la llegada de sus representantes al Congreso y la consolidación, acrecentamiento y legitimación de su poder en muchas regiones y localidades del País.

Por ello no sorprende que los personajes más desprestigiados de la clase política, como el expresidente Samper y la exsenadora Córdoba, estén dedicados a cortejar a los miembros del Secretariado convertidos, por obra del despliegue exagerado y estúpido que la mayoría de los medios dan a sus más nimias actuaciones, en las estrellas rutilantes de la política colombiana. Ningún movimiento o personaje de la política ha recibido el “free press” del que se han beneficiado las FARC en los últimos años. Tampoco deberá sorprendernos que, en una eventual segunda vuelta presidencial, otros personajes de la política, que hoy guardan taimado silencio frente a los desafueros y el proyecto político de las FARC, reciban unos votos que podrían resultar definitivos para decidir la contienda electoral.

Lo que es definitivamente incomprensible es que amplios sectores del empresariado o de la burguesía, para emplear un término del agrado de los marxistas-leninistas, estén facilitando por acción y omisión la promoción de la imagen maquillada de los dirigentes de las FARC; invitando a sus asambleas gremiales a personajes afines a su proyecto político y permitiendo que los medios de comunicación de su propiedad o que se mantienen por su pauta se conviertan en caja de resonancia de sus ideas mediante crónicas insulsas y  complacientes entrevistas que periodistas bobalicones hacen a sus dirigentes. El señor Arismendi, en la celebración del aniversario de la firma de los acuerdos, encontró que era mejor darle, para su lucimiento, el micrófono al señor Timochenko que al desprestigiado nobel de la paz. ¡Eso es tener visión de futuro!  

La esencia de una sociedad liberal y democrática es la tolerancia y el respeto por las ideas de los demás. Esto plantea a las sociedades liberales el problema fundamental de qué hacer con los intolerantes, con aquellos que buscan valerse de las instituciones de la democracia para acabar con ellas y con la tolerancia a la primera oportunidad. Este es el proyecto político de las FARC, hasta que sus dirigentes digan lo contrario renunciando al marxismo leninismo.

En una de sus obras, Karl Popper recuerda la historia de una comunidad de la selva india que despareció a causa de su creencia de que la vida, incluida la de los tigres, era sagrada. El problema fue que los tigres no pensaban lo mismo. El tolerante absoluto corre un riesgo similar. Por ello, como señala Popper, sobre el tolerante no puede recaer la obligación de tolerar al intolerante.

Este problema solo admite una solución pragmática. Es inevitable que  en las sociedades liberales aparezcan grupúsculos intolerantes: racistas, fascistas, comunistas, raelianos, socialistas siglo XXI, etc.  A estos grupos y a todos los de la franja lunática, en una sociedad liberal, hay que otorgarles una especie de tolerancia condicionada, condicionada a que con sus acciones no atenten violentamente contra lo demás. Esa tolerancia condicionada significa también que no hay que facilitarles las cosas otorgándoles ventajas en política o medios materiales para la difusión de sus delirios.  Hay que respetar la vida de los tigres, pero hay que mantenerlos alejados de nuestras viviendas y propiedades.

La democracia es un sistema político extremadamente frágil. Para bien y para mal en democracia vota todo mundo y el votante medio, que no suele ser muy ilustrado y perspicaz, es sensible a los más insólitos halagos. Lenin no ganó la mayoría en los soviets prometiendo el Gulag,  Hitler no tenía en su programa los campos de concentración, ni Chávez ofreció acabar con la propiedad privada y el mercado libre. El discurso de Lenin para las masas, consignado en sus famosas “Tesis de abril”, se resumía en tres palabras: paz, pan, tierra. Hoy, cien años después, ese es el mismo discurso de las Farc consignado en un documento también titulado “Tesis de abril”, como puede constarlo cualquiera que ponga esas palabras en Google. No es coincidencia lo del nombre, las Farc saben de qué están hablando. También, como Lenin, Timochenko habla de “gobierno de transición”. ¿De transición a dónde? Al socialismo, por supuesto.   

Los empresarios y capitalistas no deben temer ser acusados, como lo serán, de ser antidemocráticos si hacen que en los medios de su propiedad o que financian con su pauta, en sus espacios gremiales, en las universidades y  en todas las entidades que apoyan financieramente se lleve a su mínima expresión la propaganda política de las FARC y sus aliados ideológicos. En Polonia, donde saben bien lo que es el comunismo,  acaban de aprobar una ley que prohíbe los símbolos comunistas, como están ya proscritos en toda Europa sus parientes cercanos los símbolos nazis. Probablemente en Colombia no sea posible ir hasta allá, pero si es necesario  que los empresarios entiendan que por el camino del micrófono ilimitado, las entrevistas adocenadas y toda la exposición mediática que les están dando,  van a terminar sentados a manteles con las FARC.

Noviembre de 2017.

domingo, 19 de noviembre de 2017

A propósito de los aniversarios de Marx (I) Teoría de la explotación


A propósito de los aniversarios de Marx (I)

Teoría de la explotación

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista, Universidad EAFIT



El pasado mes de septiembre se cumplieron ciento cincuenta años de la publicación del tomo 1 de  “El Capital”, la principal obra de Karl Marx. Los tomos  2 y 3 se publicaron, respectivamente, en 1885 y 1894, bajo el cuidado editorial de Friedrich Engels, pues Marx falleció en 1883, a la edad de 65 años. El año próximo, el 5 de mayo, será el bicentenario de su nacimiento. Ese par de aniversarios suscitan interés por su obra y su persona.

Los intereses intelectuales de Marx fueron amplios y variados: filosofía, historia, sociología, ciencia política, periodismo y, por supuesto, economía. Creyó, incluso, haber inventado una nueva ciencia: el materialismo histórico. Esta nota se ocupa del Marx economista en un aspecto clave de su pensamiento: su teoría de la explotación. En próxima entrada se tratará su teoría del derrumbe, también fundamental.

Marx es el más reconocido y más exitoso exponente de la teoría de la explotación,  la que probablemente aprendió de Karl Rodbertus (1805-1875), un economista alemán prácticamente olvidado, quien la había puesto en boga en Alemania en los años de formación de Marx. Entonces, como ahora, la explicación de la distribución de la producción en términos de explotación resulta muy atractiva por su aparente simplicidad.

No hay producción sin trabajo. Todos los bienes económicos son producto del trabajo. En las sociedades de clases los productores directos – esclavos, siervos o proletarios – no recibe la totalidad del producto creado por ellos pues los arreglos institucionales permiten que las clases no trabajadoras – amos, señores o capitalistas – se apropien de una parte del producto. En la sociedad capitalista, la institución de la propiedad privada da a los capitalistas el poder de disponer de los medios de producción y de forzar por tanto a los  obreros, mediante el contrato de trabajo, a vender su fuerza de trabajo solo por una parte de lo que pueden producir. El capitalista se apropia del resto como una ganancia que obtiene sin esfuerzo alguno.   

El anterior es el enunciado de la teoría de la explotación. En una economía esclavista o en una economía feudal la realidad de la explotación parece evidente y se deriva enteramente de las relaciones de poder. El amo es dueño del esclavo y por tanto del producto de su trabajo; el señor feudal es dueño de la tierra y puede imponerle al siervo de la gleba la obligación de pagarle en trabajo o en especie por permitirle cultivar una porción de tierra para su propio sustento. No es así en la economía capitalista. El obrero no es propiedad del capitalista, quien tampoco puede imponerle por la fuerza la obligación de trabajar en su fábrica. En la economía capitalista la explotación, si es que existe, se da por medio de relaciones de intercambio. Eso lo entendió cabalmente Marx. También entendió que la explotación no puede ser el resultado de relaciones de intercambio contingentes y arbitrarias en la que una parte impone a la otra su voluntad. La realidad de la explotación debe surgir de una teoría del valor general y abstracta que explique las relaciones de intercambio o, lo que es lo mismo, los precios relativos en lo que se denomina condiciones de competencia perfecta.

El punto de partida es pues la teoría del valor. Marx encontró su inspiración en la obra de los economistas ingleses, principalmente Adam Smith y David Ricardo, la que denominó economía clásica. Smith había postulado que, en una economía donde los productores directos fueran dueños de los instrumentos de trabajo y la tierra fuera tan abundante como para hacer imposible su apropiación privada, las relaciones de intercambio entre los bienes estaban regidas por las cantidades de trabajo necesarias para su producción. A cambio de un castor se entregaban dos venados porque la caza del primero exigía el doble de tiempo de trabajo que la caza del segundo. Smith entendió cabalmente el problema que a su teoría planteaba la especificidad de las diferentes clases de trabajo y lo escamoteó con una “solución” que Marx retomará al pie de la letra, como se verá más adelante[1].

Suponiendo resuelto el problema de la heterogeneidad de los trabajos, Smith se enfrentó con una dificultad mayor que lo obligó a abandonar la simple teoría del valor trabajo cuya validez dejó confinada a lo que llamó  “el estado primitivo y rudo de la sociedad que precede a la acumulación del capital y a la apropiación de la tierra”.  En efecto, una vez que el capital se acumula en poder de un grupo de personas y la tierra es apropiada por otras, el precio real de toda mercancía se resuelve en tres componentes: salarios, beneficio y renta; los cuales corresponden a las remuneraciones de trabajadores, capitalistas y terratenientes[2]. Las relaciones de intercambio entre los bienes ya no están regidas por las cantidades de trabajo sino por la sumas de las remuneraciones. Smith consagra buena parte de su obra a establecer las leyes gobiernan esas remuneraciones, estableciendo al mismo tiempo el canon de la llamada “distribución funcional del ingreso”  que aún hoy es fuente de tanta confusión teórica y tantos errores de política económica.  

David Ricardo, quien irrumpe en la teoría económica casi 40 años después de la publicación de La Riqueza de la Naciones, encuentra totalmente insatisfactoria la solución dada por Smith al problema de la distribución. Ricardo está preocupado por los determinantes de la acumulación de capital. Como hombre de negocios que es, sabe que el móvil de la inversión es el beneficio y que éste debe guardar la misma proporción con el valor del capital invertido cualquiera sea la forma material de la inversión. Adam Smith ha hecho ya de esta idea el postulado central de su teoría de la distribución y de los precios. Desde entonces, toda la teoría clásica de los precios, hasta su último gran exponente moderno, Piero Sraffa, se construirá sobre la base del postulado de la tasa de beneficio uniforme determinada por fuera del sistema de precios[3].

Ricardo tiene la intuición de que existe una relación inversa entre el salario nominal y la tasa de beneficio. Por eso la teoría de los componentes de Smith no le parece satisfactoria pues dichos componentes pueden evolucionar independientemente los unos de los otros. En la fórmula de Smith el salario puede variar sin que cambie el beneficio lo cual implica que la variación del salario hace cambiar los precios relativos. Por eso Ricardo arranca la formulación de su teoría del valor diciendo tajantemente que “el valor de un artículo, o sea la cantidad de cualquier otro artículo por la cual puede cambiarse, depende de la cantidad relativa de trabajo que se necesita para su producción, y no de la mayor o menor compensación que se paga por dicho trabajo”[4]

 El trabajo al que se refiere Ricardo es trabajo asalariado, razón por la cual no enfrenta el problema de Smith, que luego enfrentará Marx, de homogeneizar las distintas clases de trabajo concreto. Basta con conocer los salarios de las distintas clases de trabajo para reducir su diversidad a unidades de trabajo homogéneo. Pero obviado este problema, queda la dificultad que supone la diversidad de proporciones en que el capital invertido en salarios se combina con el capital invertido en maquinaria, edificios y toda clase de instrumentos de producción duraderos. Es ostensible que cualquier variación del salario tendrá un efecto mayor sobre los sectores que emplean mucho trabajo inmediato que sobre aquellos que emplean poco.

Ricardo admite que esa diversidad de proporciones modifica considerablemente el principio de que la cantidad de trabajo empleada determina el valor relativo de los bienes, lo cual  impide establecer sin ambigüedad la buscada relación inversa entre salarios y beneficios. Hasta el final de su vida, en 1823, Ricardo buscará una medida invariable del valor que le permita sostener, esa, la proposición central de su teoría. John Stuart Mill, el último de los clásicos, será incapaz de resolver el problema[5] que tendrá que esperar hasta la ingeniosa solución de Sraffa con su mercancía patrón[6].

Marx encuentra la cuestión en el estado en que la dejaron Ricardo y Mill: el valor de las mercancías está determinado, principalmente, por la cantidad de trabajo empleada en su producción y, también,  por la proporción en que se combinan el capital circulante (salarios) y el capital fijo, los que Marx denominará, respectivamente, capital variable y capital constante.  

Para Marx el principal mérito de Ricardo es el haber puesto de manifiesto el antagonismo económico existente entre las diversas clases. Y su principal deficiencia, el haber sido incapaz de diferenciar el concepto de plusvalía de las formas específicas en que se manifiesta: la ganancia, la renta del suelo y el interés. Sin el concepto de plusvalía, cuyo descubrimiento pensaba Marx era su mayor contribución teórica, es imposible establecer analíticamente, no solo enunciar, el antagonismo entre las clases a nivel de la distribución. Para Marx, el error de Ricardo consistió en suponer, al estudiar el valor, la existencia del salario, el beneficio, la tasa de ganancia y todas las demás categorías que solo serán inteligibles después de establecidas las leyes del valor y la plusvalía que surgen del análisis de la mercancía.

Marx arranca pues su investigación con el análisis de la mercancía.[7] Indica que la mercancía es, en primer lugar es una cosa apta para satisfacer necesidades humanas, una cosa útil o, en su terminología, un valor de uso. Luego señala que los valores de uso son el contenido material de la riqueza en cualquier tipo de sociedad y en la sociedad capitalista son, además, el soporte material del valor de cambio, es decir, de la relación cuantitativa en la que se cambian los diversos valores de uso. Llegado a este punto Ricardo, quien también arranca del análisis de la mercancía, indica que las cosas útiles obtienen su valor de cambio de su escasez y de la cantidad de trabajo requerida para obtenerlas. Algunos bienes, admite Ricardo - como obras de arte, objetos antiguos, vinos que se producen con una clase especial de uvas, etc.- obtienen su valor exclusivamente de su escasez y los excluye explícitamente de la teoría del valor-trabajo. Marx no lo hace de forma explícita pero puede suponer que sobre este punto pensaba de forma similar a Ricardo.

El valor de cambio de cualquier mercancía, es decir, la cantidad de cualquier otra por la cual puede cambiarse,  depende de la cantidad relativa de trabajo requerida para su producción. Naturalmente, no se trata de los trabajos concretos sino de lo que queda de después de prescindir del carácter concreto de la actividad productiva, de la utilidad del trabajo, es decir, el gasto de fuerza humana de trabajo. Por tanto, para Marx, el valor de la mercancía sólo representa trabajo humano, gasto de trabajo humano puro y simple. En este punto, Marx llega al mismo problema que había enfrentado Smith: la transformación de los trabajos concretos en ese trabajo homogéneo sin el cual es imposible determinar los valores de cambio y determinar la plusvalía. Marx ofrece un “solución” análoga a la de Smith:

“… el valor de la mercancía sólo representa trabajo humano, gasto de trabajo humano pura y simple (…) El trabajo humano es el empleo de esa simple fuerza de trabajo que todo hombre común y corriente, por término medio, posee en su organismo corpóreo sin necesidad de una especial educación. El trabajo simple medio cambia, indudablemente, de carácter según los países y la cultura de cada época, pero existe siempre, dentro de una sociedad dada. El trabajo complejo no es más que el trabajo simple potenciado o, mejor dicho, multiplicado: por donde una pequeña cantidad de trabajo complejo puede equivaler a una cantidad grande de trabajo simple. Y la experiencia demuestra que esta reducción de trabajo complejo a trabajo simple es un fenómeno que se da todos los días y a todas horas. Por muy complejo que sea el trabajo a que debe su existencia una mercancía, el valor la equipara en seguida al producto del trabajo simple, y como tal valor sólo representa una cantidad de trabajo simple”[8]  

Este razonamiento que parece muy convincente no es más que un ardid teórico. El valor del producto de un día de trabajo de un economista puede ciertamente equipararse al valor del producto de cinco días de trabajo de un obrero no calificado. Y se puede decir por tanto que un día de trabajo del economista equivale a cinco días de trabajo del obrero. Pero para hacer esto es necesario conocer justamente el valor de sus productos o las remuneraciones de uno y otros. Ciertamente, como dice Marx, esa reducción de trabajo complejo a trabajo simple se da todos los días. ¿Dónde y cómo se da esa reducción?  No puede ser en otro lugar que en el mercado y en el intercambio a precios de mercado de los productos del trabajo del economista y del obrero no calificado. Es decir, tenemos que suponer conocida la relación de intercambio para determinar las cantidades de trabajo homogéneo que determinan la relación de intercambio. Racionamiento circular.

La determinación de la plusvalía depende también de otro ardid teórico. La plusvalía es la parte del valor total producido después de descontarle el valor del salario, todas las cantidades medidas en tiempo de trabajo homogéneo:

Plusvalía = Valor del producto – valor del salario.

Podemos dar por conocido el valor del producto que no es otra cosa la duración de la jornada de trabajo. Queda por determinar el valor de salario en tiempo de trabajo para que la operación de la cual surge la plusvalía tenga sentido.  El salario o valor de la fuerza de trabajo “como el de toda otra mercancía, lo determina el tiempo de trabajo necesario para su producción”, dice Marx. Y añade:

“La fuerza de trabajo sólo existe como actitud del ser viviente. Su producción presupone, por tanto, la existencia de éste. Y partiendo del supuesto de la existencia del individuo, la producción de la fuerza de trabajo consiste en la reproducción o conservación de aquel. Ahora bien, para su conservación, el ser viviente necesita una cierta suma de medios de vida. Por tanto, el tiempo de trabajo necesario para producir la fuerza de trabajo viene a reducirse al tiempo de trabajo necesario para la producción de esos medios de vida; o lo que es lo mismo, el valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de vida necesarios para asegurar la subsistencia de su poseedor”[9]

Los medios de vida son un conjunto de cosas heterogéneas: pan, huevos, leche, etc. En breve, una canasta de bienes y servicios que suplen las necesidades de los obreros y sus familias. Para conocer su valor es preciso conocer los precios de las cosas que la conforman. Y conocido el valor de la canasta, es preciso conocer el salario nominal por unidad de tiempo de trabajo y poder así determinar el valor del salario en tiempo de trabajo homogéneo. Una vez más estamos ante un razonamiento circular.

Ricardo no incurre en este error pues su teoría supone la existencia del beneficio. En su teoría a cada nivel de la tasa de beneficios corresponde un nivel de salario nominal. En Ricardo el trabajo es directamente homogéneo en tanto que trabajo asalariado. Marx no puede proceder de la misma forma pues él, con su teoría de la plusvalía, está justamente tratando de establecer el origen  del beneficio. Toda la teoría del valor-trabajo carece de coherencia lógica.

Pero aun suponiendo resueltos los problemas planteados y “creyendo” que los precios relativos depende de las cantidades relativas de trabajo queda el problema mayor, inicialmente señalado por Böhm-Bawerk, de la contradicción entre la teoría de los precios del Tomo I de El Capital y la desarrollada en el Tomo III. Este asunto puede ilustrarse fácilmente con la tabla siguiente, similar a la que presenta Marx en el capítulo IX del tomo III de El capital, donde aborda el problema de la transformación de los valores en precios de producción.

Hay cinco ramas de producción con composición orgánica diferente. La tasa de plusvalía y la tasa de ganancia son las mismas en todas las ramas. La diferencias en la composición orgánica hace que los precios de producción difieran de los valores en todas las ramas, salvo en aquella cuya composición orgánica es similar a la composición orgánica del capital agregado.





A Marx parece no preocuparle que los precios de producción y los valores difieran sustancialmente, de tal suerte que las relaciones de intercambio no estén regidas en lo absoluto por las cantidades relativas de trabajo.  Señala que, cualquiera sea el modo en que se regulen los precios, la “ley del valor preside el movimiento de los precios, ya que al aumentar o disminuir el tiempo de trabajo necesario para la producción los precios de producción aumentan o disminuyen (…) la ganancia media, que determina los precios de producción, tiene que ser siempre, necesariamente, igual a la cantidad de plusvalía que corresponde a un capital dado como parte alícuota del capital de toda la sociedad”[1]
El hecho de que la ley del valor no regule las relaciones de intercambio que para Ricardo era un problema fundamental, no parece serlo para Marx quien lo escamotea con el argumento peregrino de que tomadas en conjunto las mercancías cambiadas la suma de los valores es igual a la suma de los precios de producción. Al respecto, la crítica de Böhm-Bawerk es contúndete:
“¿Cuál es, en realidad, la función de la ley del valor? No creemos que pueda ser otra que la de explicar las relaciones de cambio observadas en la realidad. Trátase de saber por qué en el cambio, por ejemplo, una chaqueta vale 20 varas de lienzo, por qué 10 libras de té valen media tonelada de hierro, etc. Así es como Marx concibe la función esclarecedora de la ley del valor. Y es evidente que sólo puede hablarse de una relación de intercambio cuando se cambian entre sí distintas mercancías”[2].
Y más adelante:
“Ante el problema del valor, los marxistas empiezan contestando con su ley del valor, consistente en que las mercancías se cambian en proporción al tiempo de trabajo materializado en ellas. Pero más tarde revocan esta respuesta – abierta o solapadamente – en lo que se refiere al cambio de mercancías sueltas, es decir, con respecto al único campo en que el problema del valor tiene sentido, y sólo la mantienen en pie en toda su pureza con respecto al producto nacional tomado en su conjunto, es decir, con respecto a un terreno en el que aquel problema no tiene sentido”[3].
Los marxistas han puesto mucho trabajo y empeño en la solución de lo que se ha denominado el problema de la transformación. Ninguna de las “soluciones” hasta ahora aportadas ha dado respuesta a la crítica de Böhm-Bawerk. Es curiosa la insistencia de los marxistas en la teoría del valor, cuando el propio Marx reconoce que su ley del valor carece de vigencia en la economía capitalista. El texto en cuestión es especialmente significativo y merece ser citado en toda su extensión:
“El cambio de las mercancías por sus valores o aproximadamente por sus valores presupone, pues, una fase mucho más baja que el cambio a base de los precios de producción, lo cual requiere un nivel bastante elevado en el desarrollo capitalista. (…) Prescindiendo de la denominación de los precios y del movimiento de éstos por la ley del valor, no sólo es teóricamente sino históricamente, como el prius  de los precios de producción. Esto se refiere a los regímenes en que los medios de producción pertenecen al obrero, situación que se da tanto en el mundo antiguo como en el mundo moderno respecto al labrador que cultive su propia tierra y respecto al artesano”[4]
Es decir, la ley del valor, fundamento de la teoría de la plusvalía y por tanto de la teoría de la explotación en el régimen de producción capitalista deja de regir justamente con el advenimiento de ese régimen de producción. Engels lo admite de una forma casi candorosa:
“En otros términos: la ley del valor de Marx rige con carácter general, en la medida en que rigen siempre las leyes económicas, para todo el período de producción simple de mercancías; es decir, hasta el momento en que ésta es modificada por la forma de producción capitalista. Hasta entonces los precios gravitan con arreglo a los valores determinados por la ley de Marx y oscilan en torno a ellos (…) la ley del valor (…) tiene, pues, una vigencia económico-general, la cual abarca todo el período que va desde comienzos del cambio (…) hasta el siglo XV de nuestra era. Y el cambio de mercancías data de una época anterior a toda la historia escrita (…) la ley del valor rigió, pues, durante un período de cinco a siete mil años…”[5]
Exactamente lo que había planteado Smith: el intercambio de mercancías con arreglo a las cantidades relativas de trabajo sólo se da en “el estado primitivo y rudo de la sociedad que precede a la acumulación del capital y la apropiación de la tierra”. En la economía capitalista, la teoría del valor trabajo no explica los precios relativos  cuando la relación capital trabajo o la composición orgánica del capital, como la denomina Marx, es diferente en las distintas ramas de la producción. Si las relaciones de intercambio no están determinadas por las cantidades relativas de trabajo, la teoría de la explotación carece de todo fundamento. 
Bibliografía:
Böhm-Bawerk. (1884,1986). Capital e interés. Fondo de Cultura Económica, México, 1986.
Cuevas, Homero. (2003). Valor y sistema de precios. Universidad Nacional, Bogotá, 2003.
Marx, Carlos. (1867,1971). El capital. Contribución a la crítica de la Economía Política. Tomo I. Fondo de Cultura Económica, México, 1971.
Marx, Carlos. (1894,1971). El capital. Contribución a la crítica de la Economía Política. Tomo III. Fondo de Cultura Económica, México, 1971.
Mill, John Stuart. (1848,1978). Principios de Economía Política. Fondo de Cultura Económica, México, 1978.
Ricardo, David. (1817,1997). Principios de Economía Política y Tributación. Fondo de Cultura Económica, México, 1997.
Smith, Adam. (1776,1979). Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Fondo de Cultura Económica, México, 1979.
Sraffa, Piero. (1960, 1975). Producción de mercancías por medio de mercancías. Oikos-Tau, s.a. Ediciones. Barcelona, España, 1975.

LGVA, Noviembre de 2017.


[1] Marx, C. (1894,1971). Tomo III. Páginas 183-184.

[2] Böhm-Bawerk, E. (1921,1986). Página 460.

[3] Böhm-Bawerk, E. (1921,1986). Página 461.

[4] Marx, C. (1894,1971). Tomo III. Páginas 183-184.

[5] Cuevas, H. (2003). Página 61-62.






[1] Escribe Smith: “Si una clase de trabajo es más penosa que otra, será también natural que se haga una cierta asignación a ese superior esfuerzo, y el producto de una hora de trabajo, en un caso, se cambiará frecuentemente por el producto de dos horas. Del mismo modo, si una especie de trabajo requiere de un grado extraordinario de destreza e ingenio, la estimación que los hombres hagan de esas aptitudes dará al producto un valor superior al que corresponde al trabajo en él empleado. Dichas aptitudes raramente se adquieren sino a fuerza de una larga dedicación, y el valor superior de sus productos representa, las más de las veces, sólo una compensación razonable por el tiempo y el trabajo que se necesitan para adquirirlos. Con el progreso de la sociedad las compensaciones de esta especie. Que corresponden a una mayor pericia y esfuerzo, generalmente se reflejan en los salarios, y algo de esto tuvo que haber ocurrido en las épocas primitivas y atrasadas” Smith (1776, 1979). Página 47.  

[2] Escribe Smith: “Salarios, beneficio y renta son las tres fuentes originarias de toda clase de renta y de todo valor de cambio. Cualquier otra clase de renta se deriva en un última instancias de una de estas tres” Smith (1776, 1979). Página 51-52. 
[3]“El tipo de beneficio, en cuanto que es una razón, tiene un significado que es independiente de cualquier precio, y que puede ser, por tanto, dado antes de que los precios sean fijados. Es así susceptible de ser determinado desde fuera del sistema (de precios) de producción, en especial, por el nivel de los tipos monetarios de interés”.  Sraffa (1960,1975). Páginas 55-56.  

[4] Ricardo, D. (1817, 1997) Página 9.

[5] “Todas las mercancías en cuya producción interviene de forma importante las maquinaria, sobre todo si esta es de gran duración, bajan en su valor relativo cuando se reducen las ganancias; o, lo que es equivalente, otras cosas suben de valor con respecto a ellas. Este hecho se expresa algunas veces con un vocabulario más plausible que adecuado, diciendo que un alza de los salarios eleva el valor de las cosas que se hace con trabajo, por comparación con aquellas que se hacen con maquinaria” Mill J.S. ( 1848,1978). Página 410.

[6] Este asunto de la mercancía patrón es irrelevante para lo que sigue. Quien quiera ahondar en el tema puede consultar esta referencia: http://luisguillermovelezalvarez.blogspot.com.co/2015/05/pensamiento-economico-ii-leccion-14_26.html


[7] Imposible no recordar la primera frase de El Capital. “La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un inmenso arsenal de mercancías y la mercancía como su forma elemental. Por eso, nuestra investigación arranca del análisis de la mercancía” Marx, K. (1867,1971) Página 3.

[8] Marx, C. (1867,1971). Página 11-12.

[9] Marx, C. (1867,1971). Página 124.