sábado, 12 de agosto de 2017

Gustavo Petro en la Asamblea de la ANDI


Gustavo Petro en la Asamblea de la ANDI



Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista, Docente Universidad EAFIT



El jueves 10 de agosto doce precandidatos presidenciales expusieron sus propuestas en un foro del Congreso de la Andi. Allí estuvieron todos, incluidos los precandidatos de la izquierda totalitaria: Jorge Robledo, Clara López y Gustavo Petro; sólo faltó doña Piedad Córdoba. El presidente de la ANDI, el señor Mac Master, calificó de ejercicio democrático su amplísima convocatoria.

Los precandidatos expusieron las naderías habituales en esta clase de eventos. Se destacó Gustavo Petro quien, además de repetir su cantinela sobre el modelo agroindustrial y la economía diversificada que a todo mundo le gustaría tener, expresó sin tapujos su apoyo al régimen criminal de Nicolás Maduro y sus secuaces. Ojalá que los empresarios hayan tomado atenta nota de esto para que en lo sucesivo tengan más tino al elegir los personajes a quienes ofrecen sus escenarios institucionales para lavar su imagen. Confiando, señor Mac Master, que en su próxima Asamblea no tenga que anunciar la llegada del señor Presidente de la Republica: Gustavo Francisco Petro Urrego, permítame recordarle brevemente quién es su invitado.  

Gustavo Francisco Petro Urrego se inició en la vida política como militante del movimiento M-19, un grupo que trató de tomarse el poder para imponer a los colombianos por la fuerza de las armas su ideología política. Durante años robaron, asaltaron, secuestraron y asesinaron. Su máxima “hazaña”, el 6 de noviembre de 1985, fue el asalto al Palacio de Justicia en el curso del cual murieron los magistrados de la Corte Suprema y decenas de personas más y cuyas consecuencias sobre el Poder Judicial aún se sienten en el País. Entre otras “proezas” adicionales están el secuestro y asesinato de dirigente sindical José Raquel Mercado, a quien sometieron a un ominoso “juicio popular”, antes de acabar con su vida; el asalto a la Embajada de República Dominicana, en febrero de 1980, donde recibieron un rescate de 3 millones de dólares a cambio de la vida de los diplomáticos secuestrados y, en mayo de 1988, el secuestro del dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado.

Gustavo Francisco Petro Urrego, como Alcalde de Bogotá, violó flagrantemente la ley al expedir los decretos 564 y 570 de 2012 que impusieron un modelo de recolección de basuras contrario a la libertad de empresa, a la libre competencia, a la regulación sectorial y a las normas ambientales. Autorizó el uso de volquetas para la recolección de basuras poniendo a la Ciudad al borde de una grave crisis ambiental. Por orden suya la EAB, sin experiencia alguna, asumió la prestación del servicio, perdiendo 240.000 millones en la operación y dilapidando 165.000 más en la compra de equipos que resultaron inservibles. Amén de esto, la EAB tuvo que pagar una multa de 75.000 millones impuesta por la SIC. Ignoro si Petro ha respondido por ese monstruoso detrimento patrimonial.  

Gustavo Francisco Petro Urrego, como Alcalde de Bogotá, burocratizó la administración de la Ciudad, creando centenas de empleos para su clientela política; despreció el Estatuto General de Contratación de la Administración Pública, otorgando de forma directa, es decir, sin licitación alguna, el 90% de los contratos de su administración y, en lugar de impulsar el empleo productivo de los pobres, decidió convertirlos en indigentes haciéndolos dependientes de las dádivas del gobierno.  

Gustavo Francisco Petro Urrego, como gobernante,  persiguió con saña a un sector minoritario de la sociedad, el de los taurinos, violándoles sus libertades individuales,  y, como político, promovió en su contra manifestaciones que terminaron de forma violenta.

Gustavo Francisco Petro Urrego apoya sin restricciones el Socialismo del Siglo XXI que ha llevado a Venezuela a la más espantosa miseria. A pesar de su carácter anti-democrático, liberticida y criminal, continúa apoyando el régimen de Nicolás Maduro y sus secuaces que ha asesinado decenas de jóvenes, puesto en prisión a los opositores y violado descaradamente la misma constitución chavista.

Gustavo Francisco Petro Urrego es heredero de la ideología de un grupo totalitario que buscó imponerse ejerciendo la violencia; como alcalde, pasó por encima de la ley, la libertad de empresa, la competencia y la regulación ambiental y gobernó de forma clientelista repartiendo puestos, contratos y dádivas; desconoce los derechos y persigue con saña a quienes tienen preferencias distintas y, como sus amigos Chávez y Maduro, desprecia la democracia y quiere valerse de ella para destruirla. 

LGVA

Agosto de 2017

  

sábado, 5 de agosto de 2017

Mercar sin distorsionar los precios ni crear desempleo

Mercar sin distorsionar los precios ni crear desempleo


Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista, Docente Universidad EAFIT


Me gusta mercar. Mi profesor de Teoría Monetaria, Jaime Ureña, quien me enseñó todo eso de la dicotomía y del “velo monetario”, solía decir que el salario nominal se cobra en los bancos y el salario real en los supermercados. Creo que es por eso que me gusta mercar: para sentir que en efecto estoy recibiendo mi remuneración real. Eso lo saben bien las señoras quienes, todavía, se encargan mayoritariamente de “hacer la remesa”, como dicen, o decían, los payanejos raizales. Aunque ya son muchos los señores “que mercan”, buena parte de ellos prefieren, como en mi niñez, recibir una parte de su salario real en bares y cantinas que, in illo tempore, estaban estratégicamente situadas en la cercanía de las fábricas, para que los obreros no tuvieran mayor dificultad en cobrar el componente etílico de su remuneración.  

Queriendo conocer algunas obras de infraestructura construidas recientemente por la Administración Municipal, me aventuré por un sector de la Ciudad típicamente obrero que no visitaba hace mucho tiempo. Me extravié y me dejé ir por sus calles y carreras, pudiendo constatar una positiva transformación urbana. Llamó mi atención un gran supermercado que no identifiqué con ninguno de los grandes grupos que en Medellín y en Colombia dominan el negocio del retail.  Sentí curiosidad y entré, y como tenía en mi bolsillo la lista del mercado decidí comprar algunas cosas para aprovechar los precios que esperaba fueran menores que los de los mercados de mi barrio, El Poblado, cuyos habitantes tienen mayor poder de compra.

En su polémica con Keynes sobre las causas del desempleo involuntario, el profesor A.C. Pigou, heredero de la cátedra de economía de Marshall, señalaba como una de ellas la compra de bienes para los asalariados por personas que no lo son. Retomaba la vieja idea clásica según la cual el salario real está conformado por una cierta canasta de bienes. Cuando los no asalariados demandan esos bienes, sus precios nominales tienden a aumentar lo cual puede llevar a una elevación del salario nominal y, como consecuencia de ello, producir desempleo, ceteris paribus.

El argumento de Pigou me ha parecido siempre extremadamente sutil y, más que todo, bastante divertido. Por eso, cuando, para ahorrarse unos pesos, alguno de mis amigos sale con la idea de ir a mercar a la mayorista o a cualquier mercado popular, se lo esgrimo para hacerle sentir un poco de mala conciencia. Yo mismo, hace años, la experimentaba, cuando, forzado por Gloria y un bajo poder de compra, iba a mercar al galpón de “Las Malvinas” de la Mayorista; y la experimenté nuevamente ayer en ese supermercado de un barrio popular de Medellín. Ténganlo siempre presente los amigos que lean esta columna: cuando estén aprovechando gangas en mercados populares, están distorsionando los precios y creando desempleo, según el Profesor Pigou.

Con un par de excepciones, encontré todos los artículos de mi lista: las mismas marcas y las mismas presentaciones que en los supermercados de El Poblado. Hace algunos años esto no era así. Recordemos que un bien económico es algo caracterizado por unos atributos físicos y una localización en el tiempo y en el espacio. Hoy esos atributos materiales parecen ser prácticamente iguales para la mayoría de los bienes ofrecidos en todos los mercados y supermercados. Es decir, los bienes salariales se diferencian cada vez menos de los no-salariales. Esto es de gran significación en términos de bienestar.

Evidentemente, la diferencia por la localización espacial se mantiene. Esto lo saben bien los negociantes del retail  y no dejan de aprovecharlo practicando una juiciosa y sistemática discriminación de precios. Para los artículos de mi lista las diferencias variaban entre 10% y 15%, lo cual me produjo un ahorro equivalente a una de Buchanans doce años. Como no me pagan por hacer publicidad, no voy a revelar la marca ni la localización de ese mercado. Pero tengo, por supuesto, una razón más altruista: no deseo distorsionar los precios y crear desempleo. Y a mis amigos, que están esperando que les revele mi secreto, les digo que no sean “chichipatos” y compren en el Carulla más cercano, que para eso les pagan más.

LGVA

Agosto de 2017

jueves, 3 de agosto de 2017

Claudia López: ¿demócrata o totalitaria?

Claudia López: ¿demócrata o totalitaria?


Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista, Docente Universidad EAFIT


Claudia Nayibe López Hernández es, aparentemente, una candidata presidencial con buenos pergaminos académicos. Tiene un título en Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado; una maestría en Administración Pública y Política Urbana de la Universidad de Columbia en Nueva York y es candidata a un doctorado en Ciencia Política de la Universidad de Northwestern. Hay que reconocerle también el mérito de haber publicado un enjundioso libro, ¡Adiós a las FARC! ¿Y ahora qué?, en donde presenta su visión del momento político actual y también lo que sería  una propuesta de programa de gobierno.

En razón de su formación y de lo que ha sido su trayectoria profesional y política, Claudia López tiene una fe sin resquicio de dudas en el estado como instrumento supremo para garantizar el bienestar social. El estado es el garante de los  derechos de propiedad y sin estado es inconcebible el buen funcionamiento de los mercados. Aunque de una forma más sofisticada y apoyada en multitud de datos, su libro repite sin cesar el diagnóstico periodístico y popular que atribuye a la ausencia o la falta de estado todos los males de la sociedad. Y, naturalmente, surge la receta para todos esos males: más estado.

Como todos los creyentes del estado demiurgo, Claudia López no cuestiona el tamaño del estado ni su reglamentación excesiva. Para ella todo se reduce a una simple dicotomía entre un estado bueno y un estado malo. El estado es bueno si está en manos de personas omniscientes, honradas y benevolentes y es malo si está en manos de ignorantes, corruptos y egoístas. Es decir, el estado será bueno cuando esté manejado por Claudia López y sus amigos y será malo mientras esté manejado por cualquier otro grupo de amigos del cual Claudia López y los suyos no hagan parte.

Claudia López piensa y obra como todos los estatistas que se dividen siempre para efectos de la confrontación política entre los inmaculados y todos los demás. Todos ofrecen más estado y la disputa entre ellos se reduce a lograr ser percibidos por los votantes como los más inmaculados o los menos corruptos. La mayor crisis de las economías de mercado avanzadas y menos avanzadas no radica, hasta ahora, en el agotamiento de la capacidad de innovación empresarial, motor definitivo del crecimiento y la prosperidad; sino en la desaparición, a nivel de la gran masa de votantes, del sentido de responsabilidad individual del propio destino y su sustitución el por sentimiento ampliamente generalizado de que el bienestar personal debe ser garantizado por esa entelequia todo poderosa  llamada el ESTADO. Y la gente demanda estado y los políticos lo ofrecen. 

Este problema ha sido profundamente analizado por Hayek y, más recientemente, desde la ciencia política, por Francis Fukuyama, cuyos dos últimos libros Claudia López debería tratar de leer, si le queda algo de tiempo en medio del tráfago en el que está inmersa. Pero si ese par de tomos resultan excesivos, bien podría leer el librito, La gran degeneración, del historiador Niall Ferguson, en donde, otras cosas, se lee: “la regulación excesivamente compleja de los mercados por parte del gobierno es en realidad la propia enfermedad de la que pretende ser la cura”.  Y esta otra: “…siento mucha mayor simpatía (…) por la idea de que nuestra sociedad se beneficiaría de más iniciativa privada y menos dependencia del estado. Si esta es hoy una postura conservadora, que lo sea. Antaño se consideró la esencia del verdadero liberalismo”.

Basta ya de reprocharle a Claudia López su estatismo inmaculado y bien intencionado. Es mejor sugerirle una distinción dentro de la vasta corriente de los estatistas de la que hace parte: los estatistas demócratas y los estatistas totalitarios. Parece que Claudia López ha pergeñado ya esta distinción inducida por los vejámenes contra la población del gobierno de Maduro, lo cual la ha llevado a desmarcarse de personajes como Gustavo Petro quien, sin vergüenza alguna, apoya ese régimen criminal. También dijo Claudia López, en entrevista con Al Poniente, que nunca se aliaría con las FARC.

Pero hay razones para dudar de que Claudia López sea coherente en mantenerse alejada del estatismo totalitario. La primera es la pertencia de su partido al sindicato latinoamericando de los partidos de la izquierda totalitaria, el llamado Foro de Sao Paulo, organización que emitió, avalada por el Partido Verde, una declaración de apoyo al régimen de Maduro. La segunda es su cercanía, y la de Sergio Fajardo, con Jorge Robledo, un marxista-leninista confeso,  partidario de la dictadura del proletariado, y quien ha guardado un silencio cómplice frente a las ignominias del chavismo-madurismo.

Hoy, Claudia López, la disyuntiva política en Colombia es entre la defensa de nuestra economía de mercado y nuestra democracia, por imperfectas que sean, y el riego de que con alianzas políticas ominosas se le abra el camino al totalitarismo.

LGVA
Agosto de 2017.


martes, 1 de agosto de 2017

Una nota sobre el uso de las matemáticas en economía

Una nota sobre el uso de las matemáticas en economía[1]


Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista, Docente Universidad EAFIT


Me han invitado a participar en un foro sobre las matemáticas y la economía. En un evento sobre la Escuela Austríaca organizado por el Instituto Mises de Colombia, lo que voy a decir puede no ser del agrado de algunos. Invoco en mi defensa el hecho de ser un profesor de pensamiento económico, lo cual me hace propenso al eclecticismo en materia de las llamadas escuelas económicas. Creo, como Maffeo Pantaleoni, que en economía solo hay dos escuelas: la de los que saben economía y la de los que no saben. Me declaro, como Sir John Hicks, un austríaco intermitente y un tanto infiel. Pero también soy un neo-clásico, igualmente intermitente e infiel, y no puedo evitarme algunos coqueteos con Ricardo y en ocasiones con Keynes. No ignoro los argumentos de Mises y de Huerta de Soto, pero no tengo el propósito de criticarlos. Me limitaré a exponer los míos de forma positiva.

El debate sobre el papel de las matemáticas en la economía ya está liquidado en la práctica y dudo de que se pueda echar marcha atrás. Creo que en ello ha influido el argumento utilitarista de Samuelson de evitar “la penosa elaboración literaria de conceptos matemáticos simples en esencia” que se impuso a la visión de Marshall, quien encontraba inútil perder “el tiempo leyendo versiones prolijas de doctrina económicas en lenguaje matemático”[2]. Pero hay una razón más profunda que tiene que ver con la naturaleza misma de lo que creo son los dos problemas teóricos fundamentales que desde sus inicios y hasta ahora se ha planteado la economía. A esto voy a referirme inicialmente. Después volveré sobre el argumento utilitarista. 

Hay tres formas de obtener cosas de los demás: la violencia, la benevolencia y el intercambio voluntario. Estas formas han coexistido en distintas épocas históricas y civilizaciones. Los intercambios voluntarios son muy antiguos y han debido realizarse infinidad antes de que la razón se ocupara de ellos, primero con Aristóteles, quien lo embrolló todo, y luego, con mayor fortuna, con Cantillon, Galiani y Smith en el siglo XVII. Esto no tiene nada de sorprendente: infinidad de manzanas se desprendieron de los árboles antes de que Newton se ocupara del asunto, superando el embrollo en el que también Aristóteles había dejado la cuestión.  

La idea de que esa infinidad de intercambios – los dos castores de Smith que se cambian por una danta o las diez varas de lienzo de Marx que se cambian por una chaqueta – no son aleatorios o accidentales sino que están todos regidos por una misma norma es el acto fundacional de la teoría económica. Dos son las respuestas que se han dado a la pregunta sobre qué determina la relación de intercambio de dos mercancías: la razón entre sus dificultades de producción y la razón entre sus utilidades marginales. Ambas respuestas se remontan al origen de nuestra disciplina y son las mismas que están en las dos obras más influyentes sobre la teoría del valor del siglo XX: Teoría del Valor, de Gerard Debreu, y Producción de mercancías por medio de mercancías, de Piero Sraffa; publicadas en 1959 y 1960, respectivamente. Naturalmente no voy a entrar en la discusión sobre la teoría del valor. Lo que quiero resaltar es que la economía, de todas las relaciones que pueden establecerse entre los hombres en sociedad, escoge como objeto de estudio aquella que tiene una expresión cuantitativa: la relación de intercambio.

Creo que los economistas neo-austríacos, hostiles al empleo de las matemáticas, encuentran el fundamento histórico de su aversión en algún intercambio epistolar entre Menger y Walras, en el que el primero advertía al segundo sobre el riesgo que entrañaba de caer en el error cuando se parte de axiomas arbitrarios, aunque se “haga un uso soberbio de las matemáticas”. Siempre me ha sorprendido la posición de Menger, mejor aún, la de algunos de sus discípulos, pues en sus Principios Menger no se privó de utilizar ilustraciones aritméticas para explicar algunas puntos fundamentales de su razonamiento. En el capítulo 3 de los principios, Menger escribe: “Para facilitar la comprensión de las siguientes y difíciles investigaciones, vamos a intentar dar una expresión numérica a las distintas magnitudes de que hemos venido hablando”. Y a continuación pone la famosa tablita que se reproduce a continuación, que para mí sigue siendo un poderoso instrumento para explicar los principios de la utilidad marginal decreciente y de la igualación de las utilidades marginales en los diferentes usos de un bien. Las conocidas leyes de Gossen.




En el capítulo IV, Teoría del Intercambio, “para dar mayor claridad, daremos una expresión numérica” e introduce el ejemplo del intercambio de caballos por vacas con el cual, usando una serie de siete tablas, deduce la relación de intercambio, es decir, el precio relativo,  a partir de la teoría de la utilidad marginal. No encuentro pues razonable que si Menger hace un uso soberbio de la aritmética para exponer su teoría le reproche a Walras hacer un uso soberbio de los sistemas de ecuaciones simultáneas para exponer la suya.

El segundo problema lo expuse recientemente en un artículo que escribí con ocasión del deceso de Kenneth Arrow y que publiqué en mi blog. Retomo el tema en la forma en que allí lo traté. 

Desde Cantillon y Adam Smith la teoría económica ha tratado de establecer las condiciones bajo las cuales una economía  conformada por agentes especializados, quienes, guiados por señales de precios y motivados por su propio interés,  deciden de forma descentralizada y autónoma sobre el empleo de los recursos escasos de que disponen, es viable en el sentido de que, por la vía exclusiva del intercambio y sin la intervención de ninguna autoridad central,  puede obtenerse una configuración en la que los planes de producción y consumo de todos los agentes son compatibles entre sí y que dicha configuración es mejor que otras configuraciones alternativas posibles.

Arrow y Hahn no vacilan en señalar que  “…la noción de que un sistema social movido por acciones independientes  en búsqueda de valores diferentes es compatible con un estado final de equilibrio coherente, donde los resultados pueden ser muy diferentes de los buscados por los agentes; es sin duda la contribución intelectual más importante que ha aportado el pensamiento económico al entendimiento general de los procesos sociales[3]

Esta es la cuestión a la que Adam Smith se refiere con su metáfora de la mano invisible. Pero en ciencia es necesario algo más que una metáfora o una argumentación impresionista. Es necesario probar a partir de un planteamiento riguroso del problema en cuestión. Walras fue el primero en hacerlo.

La coherencia de los planes de producción y consumo la entendió como una situación en la cual para un conjunto de precios las ofertas y demandas se igualaban en todos los mercados. Entendió que se trataba de un problema de equilibrio general, no de equilibrio parcial. También entendió que no bastaba con imaginar que ese conjunto de precios podía existir sino que era necesario probar su existencia. Para esto representó el sistema económico como un sistema de ecuaciones simultáneas y creyó que la igualdad entre el número de ecuaciones y el número de incógnitas garantizaba la existencia y la unicidad del conjunto de precios de equilibrio. Imaginó que el mercado mediante un procedimiento de tanteo guiado por una especie de subastador era capaz de alcanzar los precios de equilibrio. Aunque no les dio solución satisfactoria, Walras formuló claramente los tres problemas a los que tenía que dar respuesta la teoría del equilibrio general: existencia, unicidad y estabilidad del conjunto de precios de equilibrio. Estableció así la agenda de la investigación de la teoría económica hasta el presente y dejó también en claro que la respuesta rigurosa a estos problemas sólo podía darse en términos matemáticos porque esa es su naturaleza.

Vuelvo sobre el argumento utilitarista. La economía se ha convertido en una profesión que se ejerce más allá del ámbito puramente académico. La gran mayoría de los economistas venden sus servicios a gobiernos, empresas, gremios y otras instituciones. Los economistas aprenden del funcionamiento de los mercados – pecuniarios y no pecuniarios – y se especializan en algunos de ellos, llegando a conocer con gran profundidad el vasto conjunto de elementos y circunstancias que subyacen tras la funciones de oferta y demanda o, mejor aún, que agrupamos bajo esos nombres. La formalización matemática, la modelación,  el uso de la econometría y el manejo de grandes de bases de datos son atributos sin los cuales es imposible un ejercicio exitoso de la profesión.

Creo que la gran contribución de la economía austríaca es la reivindicación del carácter militante de la economía política. Militancia en defensa de la libertad de mercado y en oposición el aumento del poder del estado. Descreo de la apreciación puramente instrumental de los mercados que se imagina que estos al lado de otros instrumentos, como las diversas formas de acción del estado, estarían puestos al servicio de algún objetivo superior como el bienestar social. Creo que la existencia los mercados, que suponen la existencia de la propiedad privada o como prefiere llamarla Hayek en sus últimas obras, la propiedad plural, es esencial para  mantener la libertad individual.

Sin embargo, hay bienes públicos cuya existencia no resulta de la inexistencia de derechos de propiedad bien definidos. La sociedad moderna ha aceptado de forma que creo irreversible la existencia de una amplia gama de bienes meritorios. La competencia, especialmente en una economía dinámica, deja muchos derrotados, desigualdad y pobreza relativa. La tecnología plantea grandes problemas de transición que se expresan en la desaparición de industrias decadentes y en la destrucción de empleos.

Hay una infinidad de problemas que demandan de los economistas liberales la formulación de soluciones no estatistas, no coercitivas. Frente al estado creciente, los economistas liberales no pueden limitarse a gritar en favor de un estado chico. El estado crece porque la gente lo demanda pues cree que esa es la forma de encontrar solución a sus problemas. Los economistas liberales están en la obligación de encontrar y proponer formas alternativas de resolver esos problemas sin recurrir a la intervención del estado o por lo menos no a sus modalidades de intervención más burdas y más anti-mercado.

El desarrollo de la teoría y la práctica de la regulación económica en los últimos años es un buen ejemplo de lo que estoy tratando de decir. Con esta teoría se rompió el paradigma de que la propiedad estatal de las empresas era la única forma de resolver los problemas de asignación ineficiente que planteaba el monopolio natural en algunas actividades. En Colombia esto permitió la desaparición de un inmenso bloque de propiedad estatal.  Otro ejemplo lo constituye la reforma de la seguridad social de los años noventa que permitió la incursión exitosa del sector privado en la oferta de servicios de salud y aseguramiento para la vejez. Lamentablemente esos logros están en riesgo pues, ante la incapacidad de la sociedad de profundizar las reformas en el sentido del mercado, está resurgiendo el más burdo estatismo que las amenaza.

Para proponer soluciones liberales de ingeniería social parcial es necesario manejar los datos e integrarlos en modelos formales que permitan hacer estimaciones y evaluaciones de costos y beneficios. Los economistas de orientación liberal, sean o no austríacos, no pueden sustraerse a esto dejando el campo a los estatistas.

Bibliografía

Arrow, K.J. y Hahn, F.H. (1971,1977). Análisis General Competitivo. Fondo de Cultura Económica, México, 1977.
Menger, Carl. (1871, 1996). Principios de Economía Política. Biblioteca de economía, Editorial Folio, Barcelona, 1996.
Samuelson, P.A. (1953, 1966) Fundamentos del Análisis Económico. Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 1966.

LGVA
Agosto de 2017.         
 




[1] Texto presentado en el Seminario de Economía Austríaca del Instituto Mises de Colombia, realizado en Bogotá el 2 de agosto de 2017.

[2] Samuelson, P.A. Fundamentos del Análisis Económico. Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 1966. Página 6.

[3] Arrow, K.J. y Hahn, F.H. (1971,1977). Análisis General Competitivo. Fondo de Cultura Económica, México, 1977.  Página 14.

lunes, 24 de julio de 2017

Por qué apoyo a Uribe (Respuesta a Antonio Caballero)

Por qué apoyo a Uribe
(Respuesta a Antonio Caballero)

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista


“Los lugares más oscuros del infierno están reservados para aquellos que mantienen su neutralidad en épocas de crisis moral”
(Dante, La Comedia)


Antonio Caballero ha publicado en Semana una columna titulada “San Antoñito”, en el estilo insultante y prepotente al que tiene habituados a sus lectores, de los que usualmente no hago parte. Dejé de leerlo hace muchos años a causa de la infinita aburrición que me producía encontrarme siempre con uno de los dos tipos de columnas que sabe escribir.

Cuando se ocupa de asuntos generales – pobreza, desigualdad, narcotráfico, economía, etc. – Caballero aparece inevitablemente como un eximio representante de las teorías de la conspiración. Todas las tragedias del mundo son, a sus ojos, el resultado de la actividad de algún grupo de perversos que desde oscuros antros o desde espléndidas oficinas conjuran para joder a los demás. Si hay pobres es porque los ricos avarientos deciden que así sea; si la economía marcha mal es porque los  neo-liberales lo disponen de esa forma; si la gente pierde sus empleos o los precios de las cosas suben es porque las multinacionales infames así lo deciden, etc., etc. etc.

La otra columna tipo es la que dedica a particulares: políticos, funcionarios públicos, empleados, empresarios, comerciantes y toda clase de personas que desarrollan alguna actividad en el gobierno o en los negocios privados. En estos casos, Caballero, en medio de la dosis habitual de insultos, pontifica ex – cátedra sobre todos los asuntos. Sin excepción, los criticados son ineptos e incompetentes que, con dolo o sin él, hacen mal las cosas. Sólo él es inmaculado y libre de todo error. Y en esto último tiene toda la razón: Caballero nunca se ha equivocado en nada porque nunca ha hecho nada. No ha creado una empresa ni ha tenido un trabajo digno que produzca valor para la sociedad. Su vida ha sido la de un niño rico y consentido que se la ha pasado en cocteles, bebiendo whiskey y hablando mal de los demás.

Leí la columna de marras por sugerencia de Daniel Coronel, quien en su twitter recomienda leerla dos veces, lo cual llamó mi atención. Pasé rápidamente mis ojos por ella, salvo el primer párrafo que sí leí con atención. Caballero arranca con este interrogante “¿Por qué a medio país le gusta Álvaro Uribe con todos sus defectos?” Y se responde: “Por todos sus defectos”. Dos renglones más abajo dice que los partidarios de Uribe lo son por “La nostalgie de boue”. La añoranza del fango, traduce Caballero entre paréntesis.

La boue es, en efecto, el barro, el lodo, el fango, el sedimento, el limo. Pero es también, en sentido figurado, lo sucio, lo infame, lo vergonzoso, lo abyecto, lo bajo, lo vil, la basura, la alcantarilla y,  cómo no,  la mierda (la crotte). Los uribistas lo son porque tienen nostalgia de la mierda. Eso fue lo que quiso decir Caballero.

Naturalmente ese es un insulto muy descomedido contra millones de colombianos, muchos de los cuales se sentirán ofendidos. En lo personal, a mí me resbala. Los sicólogos hablan de un mecanismo de defensa llamado proyección, consistente en atribuir a los demás las propias pulsiones. No tengo inclinación alguna por la coprofagia, aberración en la cual pareciera que Caballero encuentra especial deleite. No soy coprófago y no creo que lo sean los millones de personas a quienes Caballero atribuye su propia perversión. Pero no voy a hablar por ellas, voy a hablar por mí.

Apoyé a Uribe en sus dos candidaturas porque prometía enfrentar a las FARC que, después de los ocho años de los gobiernos ineptos de Samper y Pastrana, estaban a punto de tomarse el poder. De la guerra de guerrillas habían pasado a la guerra de posiciones y se habían lanzado ya a tomarse una capital de departamento. Sobre las principales capitales del País, las FARC habían tendido un cerco estratégico. En Medellín, era riesgoso aventurarse a más de 20 kilómetros de la ciudad, los hombres de negocios evitaban viajar para no padecer el temor que suponía desplazarse en carro al aeropuerto, buena parte de los medellinenses habían renunciado a dar la Vuelta Oriente – sí, Caballero, el paseo dominical de los paisas montañeros – por temor a ser secuestrados. La economía estaba en ruinas, el desempleo desbordado y la inversión casi inexistente. Estado fallido era la expresión preferida por los medios internacionales para referirse a Colombia. Hoy, casi 20 años después, son muchos los jóvenes que no saben de estas cosas y muchos otros, menos jóvenes, las han casi olvidado. A unos y otros, la propaganda oficial y los turiferarios del régimen buscan anestesiarlos para que no se enteren de nada, para que no recuerden nada.   

Para que no recuerden que al final del segundo gobierno de Uribe, la economía estaba en crecimiento, la tasa de desempleo era reducida y la inversión – nacional y extranjera – estaba pujante como nunca en las tres décadas anteriores. Las FARC estaban derrotadas estratégicamente, sus principales dirigentes neutralizados, sus fuerzas remanentes refugiadas en lo más profundo de la selva, el cerco a las ciudades había sido levantado y los colombianos podían viajar libremente a cualquier sitio del País. Y entonces se produce lo inesperado. Juan Manuel Santos decide enviarles a las FARC agonizantes un balón de oxígeno, con su hermano Enrique, burgués vergonzante que desde su juventud propugna por la socialización de la riqueza de los colombianos al tiempo que pone la suya a buen recaudo. Y empiezan las conversaciones de La Habana basadas en una agenda confeccionada en secreto por Enrique y sus compadres de las FARC.

Aunque la agenda de Enrique era ya en extremo generosa, los delegados del gobierno llegaron a La Habana como si fueran la parte derrotada que se apresta a firmar un armisticio y, ante estupor de los colombianos e ignorando cualquier crítica, procedieron a entregar todo lo que pudieron – el régimen electoral, la política de agraria, el SGP, la mitad de la constitución – a cambio de la promesa de dejación de armas y desmovilización  que parece no haber sido cumplida a cabalidad. Las FARC se inventaron una disidencia para continuar combinando todas las formas de lucha, entregaron pocas armas y a sus dirigentes, que se pavonean como señorones por todo el País, bajo los incensarios de periodistas como Caballero, les dejaron una guardia pretoriana de 1.000 hombres perfectamente entrenados en asesinar.

Al mismo tiempo que se realizaba la entrega de La Habana, el santismo  puso todo su empeño en liquidar políticamente a Uribe. Le arrebataron su partido y emprendieron la más pavorosa persecución judicial contra sus seguidores políticos y sus familiares. Increíblemente Uribe reacciona, se defiende y ataca con su twitter, en cuestión de semanas monta un nuevo partido y en las legislativas de 2014 se hace a una representación parlamentaria que le permite continuar su desigual batalla contra el régimen que más ha atropellado la democracia colombiana en las últimas décadas. Las elecciones presidenciales de 2014 son el perfecto ejemplo de texto sobre el abuso del poder para configurar por todos los medios el más descarado fraude electoral. La cereza del postre fue el desconocimiento del plebiscito, que el gobierno había convocado para conseguir la refrendación de sus tropelías convencido de que sus mañas la garantizarían un resultado favorable.  

Un congreso servil y una corte constitucional cooptada se han encargado de dar desarrollo constitucional y legislativo a los acuerdos. Las dádivas y los favores políticos, el desprestigio, el chantaje y la intimidación han sido los instrumentos para alinear a la gente alrededor de unos textos legales, que parecen redactados por los abogados de las FARC y a los que no se les puede cambiar una coma sin ser motejado de enemigo de la paz. Afortunadamente – o ¿será mejor decir, sorprendentemente? -  todavía el presidente Santos no ha seguido, a su mejor amigo y mentor político, el dictador Maduro, en la realización del peor atropello que puede hacerse contra la democracia: la  suspensión  las elecciones previstas en el calendario electoral. Todavía quedan las elecciones de 2018 y en ellas es mucho lo que está en juego.

La actual coyuntura está signada por el riesgo de que la derrota militar de las FARC, que fue obra de los dos gobiernos de Uribe, se transforme, como ya lo es en parte, en una victoria política, si llegara a triunfar en las elecciones de 2018 una coalición de las fuerzas de izquierda totalitaria (farianos, petristas, robledistas, claristas, etc.), de la multitud de “idiotas útiles” de buena voluntad (fajardistas, claudistas, delacallistas) y de toda la caterva de oportunistas de los partidos de la unidad nacional que no vacilaran en aliarse hasta con el diablo para mantener su porción de poder. Por eso, como millones de colombianos, apoyo a Uribe.

LGVA

Julio de 2017.

jueves, 20 de julio de 2017

¡Viva la prensa libre e irresponsable y viva Twitter libre e insolente!

¡Viva la prensa libre e irresponsable y viva Twitter libre e insolente!

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista

“Confieso que no tengo por la libertad de prensa ese amor completo e instantáneo que sentimos por las cosas soberanamente buenas por naturaleza. La amo por la consideración de los males que ella evita más que por los beneficios que produce”

“En materia de prensa no hay realmente término medio entre la servidumbre y la licencia. Para recoger los bienes inestimables que asegura la libertad de prensa, hay que saber someterse a los males inevitables que hace nacer”

(Alexis de Tocqueville)


En otro texto ya fijé mi posición sobre el asunto Uribe-Samper, no pienso abundar sobre el tema. Voy a referirme a un par de declaraciones a las que ha dado lugar: la de los periodistas solidarios con Samper y la de los políticos seguidores de Uribe que, con ciertas reservas difíciles ocultar, apoyaron a su jefe.

Dejando de lado la ostensible antipatía contra el expresidente que se destila a lo largo de ese comunicado, lo expuesto por los periodistas puede resumirse en tres puntos:

1.    Uribe calumnió a Samper al llamarlo violador de niños. Lo hizo a sabiendas de que esa afirmación era falsa y con el propósito de dañarlo.

2.    Uribe hizo semejante calumnia “frente a sus más de cuatro millones de seguidores de Twitter”. Esto es grave puesto que “en las redes sociales se ha vuelto común hostigar a los periodistas hasta ponerlos en peligro”

3.    La acción de Uribe es un “premeditado ataque contra la prensa y la libertad de expresión (…) que es una arremetida contra la democracia”.

En otro artículo ya traté el primer punto. Voy a referirme a los otros dos, empezando por el tercero.

Los periodistas, los novelistas, los compositores de canciones, los pastores religiosos, los que hacen cine, los políticos, en fin, todos aquellos que hacen públicos los productos de su mente son productores y difusores de ideas. Como cualquier acto de producción, la de ideas supone el empleo de recursos materiales más o menos cuantiosos  que podrían dedicarse a otros usos. Desde este punto de vista, la producción de ideas en nada se diferencia de la producción de cualquier otra cosa, como alimentos o productos farmacéuticos. Al igual que los productores de objetos materiales, los productores de ideas lanzan sus productos al mercado buscando, con desigual fortuna, la aprobación de los consumidores que se expresa en el acto de la compra. Existe pues un mercado de las ideas.

La mayoría de la gente acepta la intervención del gobierno en un gran número de mercados para evitar, según se dice, que el consumidor sea dañado por un producto mal hecho o defectuoso. En Colombia existe, para controlar la calidad de alimentos y medicamentos, el Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos. Para llegar legalmente al mercado, la más miserable galleta debe portar su sello IMVIMA. No existe un INVIMA para el mercado de las ideas, pero es indudable que, bien vistas las cosas, muchos de los productos que se lanzan a ese mercado podrían calificarse de deficientes y mal confeccionados y que pueden dañar, por lo menos, el buen gusto del consumidor.  

La libertad de prensa no es buena porque los periodistas escriban o hablen bien o porque estén bien informados o porque sepan de las cosas que tratan o porque siempre digan la verdad. Muchos escriben mal y hablan peor, son superficiales e ignorantes y mienten con frecuencia. Buena parte de los productos de la prensa son de pésima calidad y eventualmente pueden ser nocivos para el consumidor. Dejamos llegar al mercado de las ideas productos claramente defectuosos o con bajos estándares de calidad porque asumimos que la valoración de esa calidad por parte de la autoridad pública será siempre subjetiva y arbitraria y que admitir esa intervención entraña más peligros que beneficios.

Prensa libre pero responsable es una frase vacía que puede invocar cualquier dictador para justificar sus tropelías. Los Castro, tan apreciados hoy en Colombia, y sus aventajados discípulos Correa, Maduro, Morales y Ortega pueden decir que no reprimen la libertad de prensa sino su irresponsabilidad. A los amigos de Uribe, con ánimo conciliatorio, pero con una escandalosa ignorancia de la historia, les pareció apropiado traer a cuento la famosa frasecita que profiriera Núñez  el 11 de noviembre de 1885 en la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente: “La prensa debe ser antorcha y no tea, cordial y no tósigo, debe ser mensajera de verdad y no de error y calumnia, porque la herida que se hace a la honra y al sosiego es con frecuencia la más grande de todas”.

Apoyado en esa frasecita, Núñez, después de sacar del poder a Payan por blandengue con los periodistas opositores,  expidió por decreto, en 1888, la que Don Fidel Cano llamó “La ley de los Caballos”, la cual, entre otras infamias,  autorizaba el destierro y el confinamiento de periodistas. Bajo el imperio de esta ley y de su sucesora, la ley de prensa de 1896, que definió como delito de prensa “las publicaciones ofensivas, o sea las que vulneren la honra de cualquier persona, y las subversivas, que son las que atentan contra el orden social y la tranquilidad pública” se cerraron numerosos periódicos y se persiguieron a los periodistas. Debe estar removiéndose en su tumba Don Fidel al ver uno de sus descendientes firmando una declaración en contra de la libertad de expresión. Cuenta Jorge Orlando Melo que, en conversaciones con el General Máximo Nieto, Núñez manifestó que la prensa era “un enemigo natural de la humanidad, y como tal deben tratarla los gobiernos”.  ¡Este es el nuevo paladín de la libertad de prensa!

Entre los firmantes de la declaración de los periodistas están algunos que presumen de liberales, como el señor Darío Arismendi Posada y  el señor Héctor Riveros Serrato, director de un tal Instituto de Pensamiento Liberal. ¿Liberales? Liberales, los constituyentes de Rionegro que 1863 decretaron la libertad de imprenta absoluta y la libertad de expresión de palabra o por escrito sin limitación alguna. Esos si eran liberales.

Llama la atención la defensa unánime que de su colega “agredido” hacen los mismos periodistas que hace poco más de un año dejaron sola a Vicky Dávila, quien sorprendentemente también firma la declaración,  en medio de un incidente similar al que hoy atrae la atención de la gente. A la periodista Dávila la botaron de su medio por hacer público un video que revelaba la orientación sexual de una persona que quería mantenerla en secreto. Ninguno, de quienes hoy defienden el derecho de Samper, que lo tiene, a decir lo que le venga en gana en sus escritos y que le niegan a Uribe el derecho a responder como le dé la gana, que también lo tiene, salió a defender a la maltrecha Vicky, quien tuvo que refugiarse durante varios meses en el estercolero de twitter hasta purgar su culpa. ¿Por qué callaron entonces? Por la simple razón de que también a ellos los podían botar. Dejémonos de hipocresía. El límite a la libertad de expresión de los periodistas lo impone el propietario de los medios que los emplean y el poder de los anunciantes. Como cualquier derecho, el derecho a la libre expresión, surge y está limitado por el derecho de propiedad.

En Colombia, los medios tradicionales que aún sobreviven son propiedad de algún rico y, desafortunadamente, tenemos muy pocos de ellos. Con un estado tan poderoso por sus contratos y su desmedida capacidad de regular la vida económica, malquistarse con el gobierno de turno, cualquiera sea su orientación, puede ser extremadamente costoso. Un articulillo en decreto o en una resolución o unos términos de referencia amañados en una licitación o la demora de algún trámite, pueden ocasionar grandes pérdidas al propietario del medio donde labora el periodista deslenguado. Ya pasaron los tiempos en que se podía decir, como el gran Calibán, que la libertad de prensa era para hablar mal del gobierno. Tendremos más libertad de prensa cuando tengamos un gobierno más chico y menos intervencionista y, por supuesto, muchos más ricos. Entre tanto, tenemos a Twitter.

Yo no sé qué estaban pensando sobre la libertad de expresión los creadores de Twitter, Facebook y todas esas redes  sociales, pero lo cierto es que la han hecho avanzar mucho más que desde invención de la imprenta hasta nuestros días. Twitter - ágora insolente, desafiante y grosera, donde no se pide ni se da cuartel – acabó con el poder de mercado que en el mercado de las ideas detentaban los periodistas. Con su twitter Trump acorraló y tiene acorralados a los grandes medios de Estados Unidos y Uribe a los colombianos. Esa es la verdad monda y lironda. Pero el problema no es Trump, ni Uribe que algún día se van a morir. El problema, señores periodistas,  es Twitter y las otras redes sociales y las que aparezcan en el futuro y todos los medios digitales que permiten entrar a bajo costo al mercado de las ideas a cualquiera que tenga un computador, un teléfono inteligente y una cámara digital. En lugar de quejarse porque en twitter los hostigan y los amenazan, lo que pasa con todo el mundo, y de reclamar una libertad de expresión que no le reconocen a Uribe, los periodistas deberían tomar en serio el chiste según el cual Twitter es a los periodistas lo que Uber es a los taxistas. ¡Viva twitter libre e insolente!

LGVA

Julio de 2017

lunes, 17 de julio de 2017

No existe el derecho a no ser insultado ni a no ser difamado

No existe el derecho a no ser insultado ni a no ser difamado

(A propósito de la escaramuza entre el expresidente Uribe y el periodista Samper)

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista, Universidad EAFIT

Estamos en presencia de un nuevo episodio de la picaresca político-periodística colombiana que pone sobre el tapete, una vez más, el problema de los límites a la libertad de expresión. El título de este artículo deja en claro lo que es mi posición al respecto, de tal suerte que quien comparta ese enunciado, que para mí es apodíctico, puede ahorrarse la lectura de los argumentos que siguen.

Tomo insulto como sinónimo de injuria y difamación como sinónimo de calumnia. Los delitos de injuria y calumnia están tipificados en el código penal colombiano: Título V, capítulo único, artículos 220 a 228. Digo esto de entrada para que ningún despistado salga a recordármelo. Tampoco ignoro que la mayoría de los países del mundo, sino todos, los tienen tipificados en sus respetivos códigos penales.  Creo, como la mayoría de las personas razonables, que insultar, injuriar, difamar, calumniar, ridiculizar, zaherir, ultrajar, agraviar, afrentar, baldonar, improperar, vilipendiar, denostar, increpar, despotricar, denigrar, avergonzar, humillar, desacreditar, motejar, vejar, etc. son conductas reprochables que deberían estar excluidas de la discusión entre personas educadas y, especialmente, entre aquellas que son notorias, por cualquier razón, y que por ello deberían dar buen ejemplo. Sin embargo, pienso que lo referente a todas estas conductas tiene que ver más con don Manuel Antonio Carreño que con el Marqués de Beccaria. Eso es lo que voy a tratar de demostrar.

Tomo como cierta la siguiente proposición: la libertad es el derecho de hacer ciertas cosas y de oponerse a la imposición de otras. Todos los derechos surgen de un derecho primigenio cual es la propiedad de todo individuo sobre su propia persona, cuerpo y mente. Esto es un axioma, el axioma de la autoposesión, quien no lo acepte puede parar aquí pues tendrá que rechazar todo lo que sigue. Todo individuo es libre de hacer lo que quiera con su propia persona, excepto venderse como esclavo. Los resultados de la acción de cada individuo combinada con los recursos naturales libres o con los adquiridos legítimamente son de su propiedad. Esta es una consecuencia lógica del primer axioma.

En particular, son propiedad de cualquier individuo todos los productos de su mente: ideas, pensamientos, prejuicios, conceptos, opiniones, conocimientos, ocurrencias, doctrinas, creencias, visiones, suposiciones, teorías, concepciones, caprichos, fantasías, ideales, prenociones, etc. Es inherente a la propiedad de los productos de la mente el derecho a difundirlos, comunicarlos, proclamarlos, exponerlos, divulgarlos, anunciarlos, esparcirlos, publicarlos, propagarlos, transmitirlos, contarlos, revelarlos, notificarlos, expandirlos, declararlos, etc. empleando para ello los atributos de su propia persona y los medios materiales de su propiedad legítimamente adquiridos y los medios propiedad de otros puestos a su disposición de forma voluntaria.

Quién haya llegado hasta aquí debe admitir que es difícil estar en desacuerdo con lo enunciado. Si este no es el caso, aconsejo volver atrás y releer lo expuesto. Si una vez hecho esto, no se llega a las mismas conclusiones, es mejor que se abandone la lectura pues las ideas expuestas no admiten otra demostración  que su deducción por la propia mente del lector a partir de la aceptación del axioma de la autoposesión.

El punto que sigue está implícito en la definición extensiva que se hizo de los productos de la mente. Allí se incluyen toda clase de cosas sin prejuzgar sobre su contenido de verdad o su moralidad. El individuo es propietario de todos los productos de su mente sin que importe que sean genialidades o estupideces, nobles o ruines,  beatíficos o inmorales, honorables o despreciables, vejatorios o laudatorios y, también, y por sobre todo, para nuestro caso, verdaderos o falsos. Y como es inherente a la propiedad de los productos de la mente el derecho a difundirlos; todo individuo tiene derecho a mentir, embustear, engañar, embustir, trapalear, inventar, bolear, trufar, embrollar, tramar, enredar, es decir,  faltar a la verdad; y también tiene derecho a calumniar, difamar, deshonrar, denigrar, agraviar, envilecer, insultar, malsinar, ahijar, achacar, es decir, proferir cualquier clase de vergajadas sobre cualquier otro; siempre que para hacerlo haga uso de los atributos de su propia persona y de los medios materiales de su propiedad legítimamente adquiridos o puestos a su disposición por terceros de forma voluntaria.

De lo anterior se sigue que Samper, sin ampararse ladinamente en su condición de “humorista”, desde Semana o desde cualquier medio que lo acoja, tiene todo el derecho de decir que Uribe es asesino, homicida, sicario, sayón, linchador, paramilitar, corrupto, cohechador, venal, estraperlista, etc. Y que Uribe, desde su twitter o montado en un silla con un megáfono, tiene a su turno el derecho a decir que Samper es pederasta, pedófilo, sodomita, invertido, marica, maricón, homosexual, lechuguino, pisaverde, inversado, voyerista, etc.

En esta altura de la partida el despistado, que no ha entendido nada, sacará de su manga el derecho al buen nombre, a la buena reputación, la integridad moral y otros espantajos del mismo jaez.  Seamos indulgentes con el despistado y expliquémosle por qué esas invocaciones carecen de todo sustento lógico en una teoría genuinamente liberal de los derechos y los delitos.

Un delito es la agresión contra la persona o las posesiones de los individuos. La reputación o el buen nombre no es un ente físico o algo que esté dentro de la persona. El buen nombre o la reputación es un juicio subjetivo que los demás tienen sobre un individuo. Como tal ese juicio está en la mente de las otras personas y quien quiera ser dueño de ese juicio se asume propietario de las mentes de los demás y esto es inaceptable porque los individuos solo pueden ser propietarios de su propia mente. Esto debería ser suficiente para quien haya seguido la argumentación con la debida atención, pero abundaremos en el asunto para aliviar la perplejidad del despistado. Analicemos el caso que nos ocupa.

Uribe dijo: “Samper es un pedófilo”. Lógicamente solo existen tres posibilidades sobre el contenido de esta aseveración, a saber: i) Es cierta, ii) es falsa y iii) está en esa zona gris donde suelen situarse los alegatos de esta naturaleza.

Basta con tomar la segunda opción y plantearla en los términos más extremos, que son estos: Uribe i) afirmó que Samper era pedófilo ii) a sabiendas de que eso es falso y iii) lo hizo con la pérfida intención de perjudicar a Samper. Debo repetir, en beneficio del despistado, que no se está discutiendo la moralidad o la estética de esa acción. Tampoco se está discutiendo si a la luz de la ley positiva sea o no un delito. La discusión se plantea desde una teoría de la libertad y los derechos basada en el axioma de la autoposesión.

La legalidad o ilegalidad de una acción no puede depender de las intenciones del individuo sino de las manifestaciones objetivas de la acción. Una persona que tenga en su casa un arma fuego para defenderse de un eventual agresor seguramente tendrá en su mente la intención o la disposición de dispararle en caso de que irrumpa en su morada. Pero sería absurdo enjuiciarla por esa intención antes de que ocurra el hecho. Anoto que sobre ese absurdo reposan las restricciones a la libre posesión de armas de fuego.

Objetivamente considerada una acción – por inmoral o antiestética que sea – solo puede ser un delito si invade los derechos ajenos. Uribe, que se sepa, no ha agredido físicamente a Samper. Tampoco irrumpió en la propiedad de este para gritarle ¡pedófilo!, ¡pederasta!. ¿De qué se queja entonces Samper? Ah, de que Uribe atentó de forma grave contra su “integridad moral” puesto que su twitter tiene cuatro millones de seguidores antes los cuales verá menguada su buena reputación. ¿Cómo diablos puede saber Samper lo que pasa por la mente de todas esas personas? ¿Qué lo lleva a suponer que lo valoran como el gran humorista que él se imagina que es? Aun admitiendo que el humorista tenga el don de leer la mente de todo mundo, no puede reconocérsele, ni a él ni a nadie, ningún derecho de propiedad sobre las mentes ajenas en la actividad de las cuales se funda la buena o mala reputación de las demás personas. No existe pues un ente objetivo llamado reputación sobre el cual pueda ejercerse un derecho de propiedad. Sin que importe que sea falsa o verdadera la afirmación de Uribe, y cualesquiera hayan sido sus intenciones al proferirla, puede decirse, sin asomo de duda, que Uribe no cometió ningún delito porque no puede invadirse una propiedad inexistente.
   
A los despistados que a esta altura de la partida estén pensando todavía en el Título V del Código Penal les informo, sino se han percatado de ello, que el punto de vista que aquí se sigue es profundamente iusnaturalista, es decir, el de aquella  teoría de la libertad que parte de la aceptación de la existencia una ley natural al alcance de la razón en la cual se fundamenta, cuando la contraviene, como es ciertamente el asunto en discusión, la crítica radical a la ley positiva impuesta por los estados. En un código penal verdaderamente liberal no tienen cabida los delitos de injuria y calumnia. Me importa un higa que la ley positiva de todos los países del mundo los consagre como tales. Me siento cómodo al lado de Locke y  de Rothbard en cuyas ideas, como se habrá percatado el lector informado, se sustenta todo lo expuesto.

Dudo que sea posible educar a toda la gente en las buenas maneras de Carreño o transmitirle la elegancia intelectual  en la que pensaba el Conde de Buffon  cuando dijo aquello de que el estilo es el hombre mismo. Pero, como dice también el Conde, el estilo no puede robarse ni transportarse, mucho me temo que nuestros periodistas y políticos continuarán insultándose como verduleras. Propongo, en consecuencia, derogar el Título V del Código Penal y legalizar la caballeresca y noble institución del duelo, porque cuando se trata de cuestiones de honor, como decía Don Francisco Quevedo y Villegas en El capitán Alatriste, no queda sino batirse.

LGVA
Julio de 2017.