lunes, 12 de enero de 2015

El sutil encanto de la desigualdad y las amenazas escondidas del igualitarismo. A propósito de "El capital en el siglo XXI" de Thomas Piketty


El sutil encanto de la desigualdad y las amenazas escondidas del igualitarismo: a propósito de “El capital en el siglo XXI” de Thomas Piketty

(Para mi hijo Juan Felipe, quien con sus inquietudes genuinas sobre la inequidad me movió a escribirlo)

 

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista, Docente Universidad Eafit.

 

I

El éxito mediático del libro de Thomas Piketty es una prueba adicional de que en nuestra época, más que por estudio y discusión, las ideas, al igual que los prejuicios, se transmiten por contagio. Al hecho de que “El capital en el siglo XXI” haya alcanzado un carácter “viral”, para emplear el término a la usanza en la “redes sociales”, ha contribuido sin duda alguna la circunstancia de que su tesis central está alineada con los tópicos populares sobre la desigualdad económica que se expresa en la acumulación de grandes fortunas en pocas manos. Aunque se trata de un libro pavorosamente grande y lleno de gráficas soportadas en espuertas de datos – el autor informa en el prólogo que pasó 15 años recolectándolos – la tesis central, que se repite incesantemente a lo largo de sus tediosas páginas, es extremadamente simple y puede resumirse en unas cuantas frases.

La participación de los beneficios (B) en el ingreso (Y) está determinada por la tasa de rendimiento del capital (r) multiplicada por la relación capital-ingreso (K/Y). Dicha tasa de rendimiento excede a la tasa de crecimiento económico (g), es decir, r > g, de tal suerte que dado que el capital está concentrado la desigualdad en la distribución del ingreso tiende aumentar sin límites, salvo catástrofes extremas – guerras o depresiones – o la intervención de políticas redistributivas. Un par de citas bastan para ilustrar el planteamiento de Piketty:

“Cuando la tasa de rendimiento del capital supera de modo constante la tasa de crecimiento de la producción y del ingreso – lo que sucedía hasta el siglo XIX y amenaza con volverse la norma en el siglo XXI- el capitalismo produce mecánicamente desigualdades insostenibles, arbitrarias, que cuestionan de modo radical los valores meritocráticos en los que se fundamentan nuestras sociedades democráticas”[1]

“Cuando la tasa de rendimiento del capital supera de manera significativa la tasa de crecimiento – y veremos que esto casi siempre ha sucedido en la historia, por lo menos hasta el siglo XIX, y que existen grades posibilidades de que vuelva a ser la norma en el siglo XXI- ello implica mecánicamente que la riqueza acumulada en el pasado se recapitaliza más rápido que el ritmo de crecimiento de la producción y de los ingresos. Basta pues que los herederos ahorren una parte limitada de los ingresos de su capital para que este último aumente más rápido que la economía en su conjunto”[2]

II

Piketty retoma el viejo tema de la relación entre el crecimiento económico y la distribución del producto de los economistas clásicos y de Ricardo, en particular. La determinación de las leyes que rigen la distribución del producto es el problema primordial de la economía política, afirma éste en la introducción a los Principios[3]. El interés de Ricardo en la teoría de la distribución está determinado por su convicción de que en ella está la clave de la comprensión de la acumulación de capital y todo el proceso de crecimiento económico.

Para Ricardo el beneficio es el móvil de la acumulación de capital. A medida que ésta progresa, crece la demanda de trabajo y con ella la demanda de los bienes, principalmente alimentos, que conforman la canasta de subsistencia de los trabajadores o el salario real. Como dicha canasta está dada en términos físicos, la mayor demanda de trabajo y la mayor demanda de alimentos hacen que sea necesario recurrir para la producción de éstos al empleo de tierras cada vez menos productivas. El precio de las subsistencias tiende a elevarse haciendo que se eleve el salario nominal y decline la tasa de beneficios, al tiempo que crecen las rentas de los terratenientes. La importación de alimentos baratos y el progreso técnico, que eleva la productividad de la agricultura, sería las fuerzas contrarrestantes de la tendencia a la declinación de la tasa de beneficios en el curso de la acumulación de capital y el crecimiento económico[4].

En Marx se encuentra nuevamente el tema de la relación entre la tasa de beneficios y la acumulación del capital. Para analizar esta relación, Marx identifica el beneficio total con la plusvalía total, de tal suerte desaparece la distinción entre la renta de los terratenientes y el beneficio de los capitalistas. La tasa de beneficio general de la economía (g) es por tanto la relación entre la plusvalía (P) y la suma del capital constante (C) y el capital variable (V). Este último es el que se destina al pago de los salarios y del cual depende por tanto la masa de plusvalía.

   g = P/(C+V)    (1)

Dividiendo numerador y denominador del lado derecho por V, se obtiene la expresión (2), que Marx pensaba resume la ley fundamental del capitalismo:

g = p/ (1+O)    (2)

Donde g, p y O son, respectivamente, la tasa de ganancia, la tasa de plusvalía y la llamada composición orgánica del capital.

La expresión (2) es una identidad. Se convierte en ecuación si alguno de los términos se trata como una variable. Marx razonaba, al parecer, de la siguiente forma: si hay limitantes institucionales a la prolongación de la jornada de trabajo y a la reducción del salario, para un capitalista individual, la única forma de aumentar la plusvalía es elevando la productividad del trabajo lo cual supone el incremento del capital constante. Como todos los capitalistas tienden a hacer eso mismo, a nivel social ello conduce al incremento del capital constante con relación al variable, es decir, la elevación de la composición orgánica (O), lo cual lleva a la reducción de la tasa general de ganancia, siempre y cuando no aumente la tasa de plusvalía. Sin embargo, si se abandona este supuesto, no se sabe muy bien lo que ocurrirá con la tasa de ganancia. No obstante, esa tendencia al descenso de la tasa de ganancia, contrarrestada por diversas fuerzas, era, según Marx, la ley general de la acumulación capitalista[5].

III

El tema de la relación entre el crecimiento económico y la distribución del producto reaparece nuevamente con los desarrollos de la teoría de la demanda efectiva realizados por los discípulos de Keynes.

En el modelo keynesiano de corto plazo, dada la propensión al consumo, la inversión (I) determina el nivel de la demanda efectiva y, a través del multiplicador, el nivel de producción (Y) y el nivel ahorro (S) requerido para financiar justamente esa inversión.  Ahora bien, como la inversión supone un incremento de la capacidad productiva, y por tanto de la oferta potencial,  para mantener a lo largo del tiempo el equilibrio alcanzado es necesario que la demanda efectiva crezca pari passu con la capacidad productiva. Harrod y Domar demostraron de forma independiente que esto se alcanzaba cuando la tasa de crecimiento de la producción (g) era igual el coeficiente de ahorro (s) dividida por la relación capital producto (k).  Esto es lo que se conoce como condición de equilibrio Harrod-Domar. 

g = s/k    (3)

Fue Nicholas Kaldor, otro eminente economista keynesiano, a quien se le ocurrió vincular la condición de crecimiento equilibrado con la cuestión de la distribución[6]. De la expresión (3), haciendo explícitas las definiciones del coeficiente de ahorro y de la relación capital producto, se obtiene:

S/Y = g*(K/Y)   (4)

Suponiendo que el producto se distribuye en beneficios del capital (B) y salarios de los trabajadores (W) y que el ahorro capitalistas y trabajadores es proporcional a sus respectivos niveles de ingreso, con propensiones al ahorro mayores (Sw y Sc) que cero y menores que la unidad, pero diferentes entre ellas,  la condición de equilibrio Harrod-Domar puede escribirse de la siguiente forma:

Sw * (W/Y) + Sc * (B/Y) = g * (K/Y)   (5)

Haciendo Sw = 0 y multiplicando ambos lados de la expresión por Y/K, se obtiene:

Sc * (B/K) = g   (6)

Como B/K es la tasa de beneficio (r), se llega a la siguiente expresión:

r = g/Sc       (7)

Si 0 < Sc < 1 se obtiene, ¡voila!, la desigualdad de Piketty:

r > g

Piketty afirma que “...la desigualdad r > g debe ser analizada como una realidad histórica dependiente de variados mecanismos y no como una necesidad lógica absoluta”[7]. Pues no es así. En ninguna economía capitalista la tasa de beneficio puede caer por debajo de la tasa de crecimiento económico. En el límite, en un sistema socialista, donde los capitalistas hayan desaparecido y por tanto no consuman nada y los beneficios del capital se ahorren y se inviertan en su totalidad, la tasa de beneficio será igual a la tasa de crecimiento económico. En efecto, cuando Sc = 1, de la expresión (7) se obtiene:

r = g

Como lo señala Pasinetti, aún en un hipotético sistema socialista, donde los trabajadores fueran propietarios de todo el stock de capital, tampoco sería posible una tasa de beneficio inferior a la tasa de crecimiento económico pues ello supondría que se estaría aportando a la producción en la forma de ahorro e inversión más de lo que se recibe como beneficios. Esta situación evidentemente no podría persistir[8]. Aunque a lo mejor eso fue lo que ocurrió en algunos períodos en las economía socialistas de Rusia y China provocando hambrunas y catástrofes demográficas.

IV

Se tiene pues que la tasa de beneficios no solo puede superar de forma persistente a la tasa de crecimiento de la economía sino que tiene que hacerlo. Es una condición de racionalidad económica. Para que la tasa de beneficios descienda por debajo de la tasa de crecimiento, es necesario que la inversión exceda de forma persistente los beneficios lo que supone se destine a la inversión parte del producto que debería destinarse al consumo.

Ahora bien, no importa que r > g sea una condición de racionalidad económica, válida en cualquier sistema económico capitalista o socialista, o que, como lo cree Piketty, sea un hecho meramente contingente. Lo cierto es que esto no conduce necesariamente al aumento de la desigualdad.

La tesis de Piketty reposa sobre la confusión de dos conceptos de distribución del producto completamente diferentes: la distribución entre beneficios o ingresos del capital y salarios o ingresos del trabajo y la distribución entre capitalistas y trabajadores, que solamente coinciden cuando los asalariados no ahorran nada, como se asume en la teoría de la distribución de Kaldor expuesta en el apartado anterior y de la cual Piketty toma su famosa desigualdad.

En efecto, el capital total o la riqueza de un país del que habla Piketty, y en el que basa sus cálculos, es la suma de los activos físicos de todo tipo – viviendas, terrenos, máquinas, edificios, etc. – y de los activos financieros, netos de deuda. Todo se incluye en ese agregado sin consideración de quien sea el propietario. Esta cuestión no es de poca monta. Por ejemplo, las viviendas de todas las personas están incluidas en ese capital[9]. El valor del acervo de viviendas ha crecido a lo largo del tiempo y representaba en 2010 no menos de la mitad del capital del Reino Unido y Francia[10].  Ahora bien, ocurre que en esos países y en todos los países del mundo, buena parte de esas viviendas son poseídas no por rentistas desalmados como Ebenezer Srooge sino por millones de asalariados y trabajadores que  no tienen otros activos y que seguramente no están trasladando a los capitalistas las rentas efectivas o imputadas derivadas de esa propiedad. Pero también el otro capital, que Piketty denomina “capital interno”[11], puede ser poseído por personas o entidades que no son precisamente capitalistas como pequeños ahorradores, fondos de pensiones, seguros colectivos de salud, etc. En síntesis, millones de personas que son básicamente asalariadas o que lo fueron durante toda su vida tienen también ingresos de capital, efectivos o imputados, sin que esto las convierta en capitalistas. Cualquiera pensaría que el hecho de que los asalariados o los antiguos asalariados lleguen a tener rentas de capital es un indicador de reducción de la desigualdad.  

V

A Piketty lo atormenta especialmente el asunto de las herencias. Buena parte de su alegato en contra de la desigualdad reposa sobre la idea según la cual “basta pues que los herederos ahorren una parte limitada de los ingresos de su capital para que este último aumente más rápido que la economía en su conjunto”. La desigualdad procedente de las herencias le resulta especialmente ominosa. Sin embargo, él mismo admite que no es en la acumulación del capital heredado, por el extraordinario efecto del interés compuesto que lo deslumbra tanto, donde radica el origen de la desigualdad actual rentas y patrimonios. Conviene citarlo en extenso y analizarlo con algún detalle. Escribe Piketty:

“Una sociedad en la que el crecimiento es de 0,1 ó 0,2% por año se reproduce de manera casi idéntica de una generación a la siguiente: la estructura de los oficios es la misma, así como la propiedad. Una sociedad cuyo desarrollo es de 1% anual, como sucede en los países más adelantados desde principios del siglo XIX, es una sociedad que se renueva profundamente y de manera constante. Veremos que esto conlleva consecuencias importantes en la estructura de las desigualdades sociales y de la dinámica de la distribución de la riqueza. El crecimiento puede dar origen a nuevas formas de desigualdad – por ejemplo, se pueden amasar fortunas muy rápidamente en los nuevos sectores de actividad – y al mismo tiempo provoca que la desigualdad de los patrimonios originados en el pasado sea menos importante y que las herencias sean menos importantes”[12].  

Es un misterio saber si al escribir este párrafo Piketty era consciente de que estaba dando al traste con su propia teoría. En cualquier caso, es bueno descomponerlo en algunas proposiciones y hacer algunos comentarios:

Cuando el producto per-cápita crece al 1% anual o más[13], la sociedad se renueva profundamente y de manera constante. En efecto, el crecimiento económico capitalista no consiste en la producción de más y más de lo mismo, sino en la introducción de nuevos productos o nuevas formas de producir los existentes. En la introducción de lo que Schumpeter llamaba las innovaciones, que dependiendo de su alcance, transforman el aparato productivo y la estructura toda de la sociedad.

Desde principios del siglo XIX los países más adelantados el crecimiento del producto por habitante ha sido igual o superior al 1%. Y también en los menos adelantados. Es decir, la estructura de la producción se ha modificado y con ella todas las fuentes de la generación y acumulación de riqueza.

Por el surgimiento de nuevas fuentes de generación y acumulación de riqueza, la importancia de los patrimonios y las herencias en la generación y perpetuación de desigualdad se reduce. Algunas personas, los innovadores, pueden amasar fortunas rápidamente en los nuevos sectores de actividad, dice Piketty. Esta habría sido desde el siglo XIX la principal causa de la desigualdad.  ¿Y qué hay de malo en ello?. ¿No se trata justamente de eso?. ¿O a qué se refiere Piketty cuando habla de lo meritocrático?. ¿No es meritocrático inventar cosas nuevas que mejoran el bienestar de toda la sociedad?. ¿Es acaso ominoso y no meritocrático que los señores  Bill Gates, Steve Jobs y todos los demás se hayan enriquecido en menos de un cuarto de siglo  inundando el mundo con bienes y servicios que han transformado la vida y las actividades productivas de millones de personas?. Es importante profundizar en todas estas cuestiones en la medida en que Piketty y con él muchas otras personas parecen no entender la relación que hay entre la innovación empresarial y la desigualdad.

VI

Hace muchos años, en su Teoría de los Sentimientos Morales, Adam Smith escribió:

“Por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de los otros, y hacen que la felicidad de éstos le resulte necesaria, aunque no derive de ella nada más que el placer de contemplarla”[14]

Seguramente por lo que Smith al parecer pensaba era un rasgo de la naturaleza humana, los pesares y sufrimientos ajenos no nos dejan indiferentes y mientras más cercano sea el prójimo mayor parece ser la simpatía que experimentamos ante sus calamidades. Tenemos, al parecer, un cierto sentido de la justicia que nos permite identificar situaciones de injusticia manifiesta y nos lleva a reaccionar con desagrado ante ellas. Nos condolemos de la pobreza y nos irrita la inequidad. La existencia de la pobreza resulta perturbadora emocionalmente. Pero, la capacidad de experimentar estos y otros sentimientos no nos otorga una comprensión inmediata de los fenómenos sociales que los originan de la misma forma que el hecho de partirnos una pierna al caer desde un segundo piso no nos revela las leyes de la mecánica.

La desigualdad de la distribución la riqueza y el ingreso es causa de instintiva repulsa entre las gentes bondadosas y pero también de repulsa calculada entre la multitud de los envidiosos. Esto lo sabe bien el político que busca votos, el periodista complaciente ávido de lectores, el economista en trance de reformador social y el oenegista que se lucra de proclamar sus sentimientos altruistas. Todos ellos creen o fingen creer - y quieren hacernos creer- que bastaría la voluntad política para obtener una igualdad de patrimonios y rentas perfecta o casi perfecta en una sociedad despojada del egoísmo. Por ello libro de Piketty es música celestial para los oídos de todos estos legionarios.

Las cosas están lejos de ser tan simples. Pero es un hecho que las sociedades occidentales, especialmente después de la segunda guerra mundial, han adoptado como ideal la igualación de los ingresos por la acción de los gobiernos[15]. Sobre este punto las diferencias entre la mayoría de los políticos y los economistas son de grado, no de sustancia. Por ello, hablar de los beneficios de la desigualdad y de los riesgos del igualitarismo es políticamente incorrecto y profesionalmente sospechoso.

VII

La desigualdad económica ha estado presente en todas las sociedades pre-capitalistas: impuesta por la fuerza, con frecuencia, y aceptada por la tradición y la costumbre, casi siempre. La propiedad de la tierra fue durante siglos la base de la desigualdad de fortunas. Hacia 1700 la tierra representaba, según Piketty, más de 60% del capital nacional de Francia y Reino Unido. La revolución francesa acabó con la institución que garantizaba su perpetuación: el mayorazgo o derecho de primogenitura. Aunque no ha desaparecido totalmente en ninguna parte – y en algunos países atrasados es aún predominante - la propiedad territorial y su transmisión hereditaria ha dejado de ser la causa principal de la desigualdad de patrimonios y rentas. Los billonarios de la revista Forbes no son precisamente terratenientes y buena parte de ellos son ricos de primera o segunda generación. El rasgo característico de la economía capitalista es la modificación continua de las bases de la riqueza por aparición de nuevos productos y nuevas formas de producción motivada por la búsqueda incesante de nuevas oportunidades de consumo, búsqueda que no parece tener otro límite que la imaginación y la fantasía de la especie humana.

Aunque las nuevas oportunidades de consumo y su extensión cada vez más rápida a todos los sectores de la población de todas partes parece ser apreciada por la mayoría de los seres humanos – excepción hecha de unos pocos ascetas y de la legión de los ambientalistas que no obstante no se privan de su disfrute - esa misma mayoría de seres humanos se rebela, especialmente en épocas de crisis, contra lo que parece ser un rasgo inevitable del proceso innovador: el aumento de la pobreza relativa y la desigualdad.

Bajo el impulso de la macroeconomía keynesiana y los trabajos pioneros de Richard Stone sobre la contabilidad nacional, hacia mediados del siglo XX, los economistas se habituaron a razonar en términos de agregados económicos como el nivel general de precios y producto interno bruto con todos sus componentes. Nada de eso existe en realidad. Se trata nociones que permiten hacer inteligibles ciertos fenómenos pero que pueden conducir a formar hábitos de razonamiento poco rigurosos y a alimentar no pocos prejuicios.

No existe el PIB y menos aún el PIB per cápita; la economía no los produce, lo que se produce son bienes y servicios. Sin embargo, bajo el amparo de estas nociones, es mucha la gente y no pocos los economistas que conciben la producción de un país como una especie de torta gigantesca fabricada entre todos sus habitantes. Esa misma torta debe ser distribuida entre todos con la mala fortuna de que algunos tienen cucharas más grandes y se apropian abusivamente de las mayores porciones dejando las menores a los que tienen cucharas pequeñas y las migajas a los que no tienen ninguna. Estaría en manos del gobierno providente quitar las cucharas grandes a los abusivos y distribuir cucharas iguales entre todos los asociados. El asunto es que esa operación puede conducir a que en lugar de una torta cada vez más grande con cucharas desiguales, de la igualación de las cucharas resulte en una torta estática o incluso menguante[16].  

La creencia ampliamente extendida de que podemos distribuir a voluntad la “riqueza social” sin afectar los incentivos a su producción encuentra su fundamento en la interpretación equivocada de una tesis, un tanto ambigua y confusa, de John Stuart Mill.

 “Las leyes de la distribución – escribió - a diferencia de las de la producción, son en parte obra de las instituciones humanas, ya que la manera según la cual se distribuye la riqueza en una sociedad determinada depende de las leyes o las costumbres de la época. Pero si bien los gobiernos o las naciones disponen del poder de decidir qué instituciones han de existir, no pueden determinar de manera arbitraria cómo funcionarán esas instituciones.”[17]

En la segunda parte de la cita está el meollo de la cuestión.  La producción económica – no la producción física que es en lo que parece estar pensando Mill - es producción de valor percibido, aceptado y reconocido por los otros en el acto de compra de los bienes o servicios y por ello está indisolublemente ligada a la distribución. Cuando alguien reconoce en el mercado el valor de mis bienes o servicios, pagando por ello un precio, está poniendo a mi disposición sus propios bienes o servicios. La magnitud de ese reconocimiento nada tiene que ver – como ilusoriamente piensan los marxistas – con la importancia de mi propio esfuerzo físico o mental sino con la valoración, expresada en el precio que aceptan pagar, que los demás hacen del producto de ese esfuerzo físico o mental. Mi participación en la riqueza social, es decir, en la distribución, está determinada por la cantidad de dinero que cada demandante de mis servicios pone a mi disposición y por el número de ellos. Larry Ellison, Bill Gates, Mark Zuckerberg y todos esos billonarios de primera generación del mundo de la informática no son ricos por haber sudado mucho, explotar legiones de trabajadores o poseer muchos activos productivos. Lo son porque millones y millones de consumidores y miles de inversionistas reconocen, pagando un precio, el valor actual o futuro de sus productos. Si el mercado no los comprara de nada valdría el sudor, el trabajo explotado, ni los activos poseídos. Pueden explotar trabajo y acrecentar prodigiosamente sus patrimonios porque sus productos están en los hogares y negocios de millones y millones de consumidores.

VIII

Más que en la herencias, la desigualdad distributiva parece ser primariamente el resultado de la forma como en una economía de mercado, propiedad privada e iniciativa individual se crean, amplían y financian las nuevas oportunidades de consumo.  Esto significa que la reducción de la desigualdad supone necesariamente algún grado de intervención que modifique el resultado del proceso de mercado y de lugar a transferencias – voluntarias o forzosas – de los que crean más valor económico a los que crean menos.

El altruismo parece ser un rasgo característico de la especie humana, como lo señala Adam Smith. El comportamiento altruista no es incompatible con los supuestos conductuales ordinarios de la teoría económica, como lo muestra ampliamente Gary Becker en su hermoso libro Tratado de la familia. Un altruista es alguien cuya función de utilidad depende positivamente del bienestar de otro u otros. Es un altruista efectivo si su comportamiento cambia como consecuencia del altruismo[18]. Todas las religiones predican el altruismo y todas las sociedades parecen haberlo practicado. El comportamiento social generoso puede resultar de diversas motivaciones: aversión a la desigualdad, búsqueda de reciprocidad, temor a decepcionar las expectativas de los demás o sentimiento de culpa[19].  Sin embargo, no parece que el propósito último del altruismo como la mayoría de la gente lo practicó en el pasado y lo practica en la actualidad sea acabar con la desigualdad o suprimir los procesos económicos que la originan. En cierto sentido es harto probable que busquen su perpetuación. Los comerciantes venecianos y florentinos que con su mecenazgo financiaron las obras artísticas y literarias que hoy hacen parte del patrimonio cultural de la humanidad reafirmaban con ese mecenazgo su poder y liderazgo social. Lo mismo debe ocurrir con los ricos y famosos de nuestra época y sus fundaciones filantrópicas que, además de facilitarles la elusión o la evasión fiscal, aumentan su prestigio y popularidad.  Parece ser que a la gente le gusta dar, pero la inmensa mayoría, por fortuna, está lejos de ajustarse al precepto de Sor Teresa de Calcuta: dar hasta que duela y cuando duela dar más todavía[20].

Las transferencias forzosas son las que realizan los gobiernos por medio de la fiscalidad progresiva. La fiscalidad proporcional también permite transferencias en la medida en que el gasto público sea no-proporcional. La economía del bienestar ha racionalizado este tipo de transferencias desde una perspectiva típicamente utilitarista con argumentos como el expuesto por Pigou: “Es evidente que cualquier transferencia de ingreso de un hombre relativamente rico a una hombre relativamente pobre de temperamento similar, puesto que permite satisfacer necesidades más intensas a expensas de necesidades menos intensas, debe aumentar la suma total de satisfacciones”[21]. Ahí la clave está en la expresión “temperamento similar” que en términos más técnicos equivale a decir que los sujetos en cuestión tienen la misma función de utilidad. Una distribución completamente igualitaria de la renta personal conduciría a la maximización del bienestar social en el sentido del utilitarismo si todos los sujetos fuesen iguales, es decir, si tuvieran la misma función de utilidad. Si los individuos son diferentes, la distribución que iguala las utilidades marginales de los ingresos de todos ellos debe ser diferente de una distribución completamente igualitaria de la renta personal.

Pero los igualitaristas socialistas y comunistas no se detienen ante esas sutilezas y en los países donde han obtenido el poder han impuesto la igualación – por lo bajo – de las rentas personales lleva a la eliminación de ciertos estilos de vida, a la uniformización de la sociedad. La experiencia de los países del “socialismo real” es una muestra fehaciente de ello. La destrucción de la clase media y la eliminación de la iniciativa empresarial que está padeciendo Venezuela es el ejemplo vivo de la forma en que opera el proceso de construcción de una sociedad completamente igualitaria. Corea del Norte y Cuba son los ejemplos actuales de los países que han alcanzado ese logro.

La reducción de la desigualdad por medio de transferencias forzosas hace necesario el crecimiento del tamaño del estado, de la injerencia del gobierno en la economía. En una sociedad democrática y liberal, ello plantea dos problemas de importancia fundamental profundamente vinculados entre sí. El primero, ¿hasta dónde debe llevarse el proceso de nivelación de las rentas sin destruir o afectar profundamente los mecanismos de creación de valor económico, es decir, sin acabar con el espíritu empresarial, con la innovación? El segundo se refiere al grado de confianza que puede otorgarse a los gobiernos para realizar esa tarea.

Los economistas intervencionistas, que contemplaron impávidos el prodigioso crecimiento del tamaño del gobierno durante todo el siglo XX, compartían el supuesto de uno de sus más conspicuos representantes, Abba Lerner, quien, en los años 40, cuando el estatismo estaba en su apogeo en la profesión, escribió esta enormidad: “Supondremos la existencia de un gobierno que desea administrar la sociedad en aras del interés general, y que es suficientemente fuerte para superar la oposición de cualquier interés particular”[22]. La mayoría de los economistas han abandonado esa ilusión: no existe nada que pueda llamarse interés general, enseñó Arrow, y el gobierno no puede oponerse al interés particular pues éste está enquistado en él, demostró Buchanan. En otras palabras: la omnisciencia y la benevolencia no suelen ser atributos que necesariamente se asocien a la omnipotencia de los gobiernos. Más bien lo contrario. Ocurre con frecuencia que el crecimiento de este último rasgo esté acompañado del empequeñecimiento de los dos primeros. Pero Piketty es un colbertiano convencido y parece tener una confianza sin límites en los gobiernos de todos los países cuya cartelización promueve con su propuesta de un impuesto mundial al patrimonio.

IX

Pero el reconocimiento del hecho de que más que de las herencias y la tasa de ganancia, la desigualdad, como lo reconoce el propio Piketty, resulta de la rapidez con la que los innovadores amasan fortunas en las nuevas actividades, no basta por supuesto para dejarnos satisfechos frente a la desigualdad y desentendernos de ella. Todo equilibrio competitivo es un óptimo de Pareto y todo óptimo de Pareto es un equilibrio competitivo, postula la economía del bienestar. Pero resulta que un óptimo de Pareto es aquella situación en la que no es posible realizar un cambio para mejorar la situación de alguien sin empeorar la situación de otro. “Si la suerte de los pobres no puede mejorarse sin reducir la opulencia de los ricos, la situación será un óptimo de Pareto a pesar de la disparidad entre ricos y pobres”[23], señala Amartya Sen, el economista moderno que probablemente ha dedicado más esfuerzo analítico al problema de la desigualdad. 

La desigualdad extrema y especialmente la que se origina en la apropiación privada de los recursos e instrumentos de intervención de los gobiernos no solo ofende nuestro sentido de la justica sino que pone en riesgo – especialmente en los países más pobres – la viabilidad de las instituciones democráticas, como lo señalara Tocqueville:

“Por lo que a mí respecta, siempre que vea establecerse instituciones democráticas en un pueblo en el que reina una gran desigualdad de condiciones, consideraré esas instituciones como un accidente pasajero. Creeré que tanto los propietarios como los proletarios están en peligro. Los primeros de perder violentamente su bienes, y los segundos, su independencia. Así pues, a los pueblos que quieran llegar al gobierno de la democracia les interesa no sólo que no exista una gran desigualdad de fortunas, sino sobre todo que esa riqueza no se apoye en fortunas inmobiliarias”[24]

“Lo que odian – escribió Tocqueville – los hombres es una clase de desigualdad más que la desigualdad en general”[25]. Y es que existe, en efecto, - además de la desigualdad generada por el proceso de mercado en una sociedad democrática, libre en la que se reconozca y valore la iniciativa y el éxito privados – la que resulta de la apropiación por diversos grupos de interés de los poderosos mecanismos redistributivos que tienen a su disposición los gobiernos de las naciones modernas. Esta es la desigualdad que genera el capitalismo clientelista.

Bill Gates a pesar de su riqueza parece ser visto con simpatía por la mayoría de las personas. Además de sus iniciativas altruistas que le han valido un merecido prestigio, la gente reconoce en él los valores de la iniciativa, la creatividad, la innovación y el ingenio. Gates es un representante de los que generan la desigualdad desde el lado de la oferta. Por el contrario, el billonario mexicano Carlos Slim, con quien aquel se disputa el primer lugar en las listas de los más ricos y poderosos, es visto, con razón o sin ella,  como alguien hizo su riqueza por medio de manipulaciones y estratagemas con gobiernos clientelistas y corruptos. “El dueño de Microsoft hizo su fortuna como innovador que aportó valora añadido a las vidas de sus clientes. Slim se hizo rico a base de aprovecharse de un entorno favorable en el que disfrutó privilegios para los monopolios, que le permitió acumular riqueza e influencia política”, escribió la periodista Mary Anastasia O´Grady en The Wall Street Journal[26].

Al menos esta es la fábula. Probablemente la verdad esté en otra parte donde Gates no sea tan angelical ni Slim tan demoníaco. Pero eso no es lo que importa. Lo que es relevante en realidad es saber a quién se debe encomendar la administración del capital si a sujetos como Gates o Slim o a los políticos y burócratas de los gobiernos. Toda propiedad es finalmente propiedad privada. La propiedad pública es una ficción jurídica y sociológica. Los propietarios de las cosas son los que deciden lo que puede hacerse con ellas.  Esto lo saben bien los habitantes de Corea del Norte y Cuba socialista. La ventaja de tener a Slim, Gates y todos los demás ricos de la lista de Forbes como propietarios y administradores del capital es que son ellos los que reciben la sanción económica cuando fracasan: sus acciones se desvalorizan, quiebran sus empresas y sus activos pasan a ser propiedad de otros propietarios más eficientes. No ocurre lo mismo con los políticos y los burócratas.   

X

El libro de Piketty es decididamente malo. Profuso, consufo y difuso. Irrespetuoso de las reglas mínimas de la argumentación lógica. Pero, eso sí, lleno de esas frases altisonantes, porcentajes estrambóticos, leyes fundamentales, condenas escandalosas y predicciones apocalípticas que son la delicia de la galería. En la introducción, Piketty informa que estuvo contratado en una universidad cercana a Boston y que retornó a Francia porque “no me convencieron mucho los economistas estadunidenses”. Como esos economistas son los que en los últimos cincuenta o sesenta años han hecho las más importantes contribuciones a la ciencia económica – 46 de los 75 economistas que han ganado el nobel son estadunidenses – esa declaración equivale a decir que no lo convence mucho la economía científica. Su celebrado bestseller es una prueba inequívoca de que es así. El libro de Piketty se inscribe en efecto dentro de esa tradición que desde Veblen viene denunciando la injusticia del sistema capitalista cuya máxima expresión es la existencia de una clase ociosa, el famoso 1%, dedicada al consumo conspicuo y a la ostentación. Sin duda alguna es una buena obra de sociología vebleniana pero, al igual que las de su maestro, de muy mala economía.

 

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Sen, Amartya (1979) Sobre la desigualdad económica. Editorial Crítica, Barcelona, 1979.

Smith, A. (1997) Teoría de los sentimientos morales. Alianza Editorial, Madrid, 1997.

Zepeda P. J. (2007). Los amos de México. Editorial Planeta Mexicana. México, 2007.

LGVA

Enero de 2014.




[1] Piketty (2014). Página 15.
 
[2] Ídem. Página 45.
 
[3] Ricardo (1997). Página 5.
 
[4] Es un tópico muy extendido afirmar que Ricardo ignoraba el efecto del progreso técnico sobre el precio de las subsistencias y las rentas de los terratenientes. En el Ensayo sobre las utilidades escribió lo siguiente: “Si los intereses de los terratenientes fuesen de suficiente importancia para determinarnos a no aprovecharnos de los beneficios  que resultarían de importar grano a precios más bajos, también debieran movernos a rechazar todos los progresos de la agricultura y de los instrumentos de labranza; ya que esos progresos abaratan el cereal, reducen las renta y amenguan la capacidad de los terratenientes para pagar impuestos (…) exactamente lo mismo que la importación de grano”. Ricardo (1960). Página 27.
[5] Marx la expresa de la siguiente forma: “Si, además, partimos del supuesto de que este cambio gradual en cuanto a la composición del capital no opera simplemente en ramas aisladas de producción, sino que más o menos se da en todas ellas, o cuando menos en las esferas de producción decisivas y que, por tanto, estos cambios afectan la composición orgánica media del capital total existente en una determinada sociedad, llegaremos necesariamente a la conclusión de que este incremento gradual del capital constante en proporción al variable, tiene como resultado un descenso gradual de la cuota general de ganancia, siempre y cuando permanezca invariable la cuota de plusvalía, o sea, el grado de explotación del trabajo por el capital”. Marx (1971). Página 214.
 
[6] Kaldor (1955). “Teorías alternativas de la distribución” en Kaldor (1973). Páginas 189-213.
[7] Piketty (2014). Página
 
[8] Pasinetti (1978). Página 164, nota 21.  
[9] Escribe Piketty: “...estimamos poco pertinente excluir los bienes inmuebles destinados a vivienda de la definición de ´capital´, aduciendo que esos bienes serían ´no productivos´, a diferencia del ´capital productivo´ utilizado por las empresas y el gobierno...”. Piketty (2014). Página 62.
 
[10] Véase: Piketty (2014). Páginas 132 y 133, gráficas III.1 y III.2.
 
[11] En la terminología de Piketty, el capital de un país es la suma de las tierras agrícolas, las viviendas, el otro capital interno y el capital extranjero neto. Piketty (2014). Página 135.
[12] Piketty (2014). Página 113.
 
[13] La traducción española del libro de Piketty es vergonzosa.  De contexto del que se extrae la cita, como puede confirmar el lector, se deduce que la expresión “una sociedad cuyo desarrollo es de 1% anual” quiere decir que se trata de un crecimiento de 1% del PIB- per-cápita.
 
[14] Smith, A.  (1997). Página 49.
 
[15] Tocqueville pensaba que el impulso hacia la igualdad, en el cuál encuentra la causa principal de la revolución francesa, viene de muy antiguo. En El antiguo régimen y la revolución, escribió: “Si se buscan las causas de estos importantes cambios que los franceses han llevado a cabo por medio de sus armas, sus escritos o sus ejemplos, se descubre entre muchas otras una que es preciso considerar como la principal: desde hace varios siglos las viejas naciones de Europa laboran sordamente para destruir la desigualdad en su seno”. Tocqueville (1982), página 9.
[16]  Bertrand de Jouvenel emplea una metáfora semejante: “Hay un proverbio estadounidense: el mundo es un olla y el hombre una cuchara en ella. En esa imagen, nuestros dos bandos pueden elegir sus eslóganes: una olla cada vez más grande con cucharas desiguales, o una olla estática o posiblemente decreciente con cucharas iguales”. De Jouvenel, B. (2010), página 73.
 
[17] Mill, J. S. (1978). Página 45.
 
[18] Becker, G (1987). Página 227.
 
[19] Brañas-Garza, P y Jiménez, N (2009). “Preferencias sobre los demás” en García-Bermejo, J. C.  (editor) Sobre la economía y sus métodos. (2009). Páginas 197-207.
 
[20] En economía experimental se ha desarrollado el juego del dictador, una variante del juego del ultimátum. Los sujetos del experimento se dividen en dos grupos; el de los dictadores y el de los receptores, que se colocan en aulas distintas. A cada uno de los dictadores se les entrega un sobre con una suma de dinero: 10 dólares, por ejemplo. El dictador debe decidir, de ahí el nombre del juego, de forma completamente anónima la distribución de esa suma entre él y un receptor igualmente anónimo. Usualmente los dictadores no se embolsan los 10 dólares, pero tampoco los transfieren en su totalidad a los receptores. Los repartos típicos son 7 – 3 ó 6 – 4; y con menos frecuencia 5 -5.
 
[21] Pigou, A.C. (1948). Economics of Welfare, 4ª ed. London, 1948. Página 89. Citado por De Jouvenel, B (2010) página
 
[22]Abba P. Lerner, The Economics of Control. Principles of Welfare Economics.  Citado por A. Radomysler “Economía del bienestar y política económica”.  En Arrow, K. y Scitovsky. T. (1974). Página 113.
 
[23] Sen, A. (1979). Página 20.
 
[24] De Tocqueville (1982). Página 28.
 
[25] De Tocqueville (1982). Página 22.
 
[26] Citada en Zepeda Patterson J (2007). Página 43.