jueves, 4 de junio de 2020

¡La plusvalía no existe!


¡La plusvalía no existe!

(Para el Tino Jaramillo y su prima)


Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista


Hace algunos días escuché en la radio de la mañana a un señor hablando de plusvalía. Me parecía increíble el tono ex – cathedra de su exposición y más increíble aún el hecho de que ninguno de los contertulios le dijera: ¡cállese, hombre, la plusvalía no existe!

La plusvalía es a la economía lo que el flogisto es a la química, es decir, una sustancia invisible que se creía estaba adherida a las cosas que hacen combustión, de la misma forma en que la plusvalía se creía estaba adherida a las cosas que tienen valor. Cuando se descubrió el oxígeno, los químicos desecharon el flogisto; cuando se descubrió la teoría subjetiva del valor, los economistas desecharon la teoría del valor trabajo, en la que se fundamenta la teoría de la plusvalía. Los discípulos de Marx continúan creyendo en su existencia, a pesar de que el pobre Marx se había percatado de que el de la plusvalía era un cuentazo sin asidero alguno, como explico a continuación.

De sus lecturas hegelianas de juventud, Marx sacó el relato de la alienación del hombre por las mercancía en la que la sociedad capitalista había transformado el producto material del trabajo, es decir, la transformación del valor de uso en valor de cambio. Cuando estudió un poco de economía se dio cuenta de que su historia de la alienación - con toda la pompa lingüística hegeliana de la tesis, la antítesis, la contradicción y todo lo demás – en nada difería de los alegatos sentimentales de los burgueses bienintencionados del socialismo utópico que tanto despreciaba – Fourier, Owen y Cabet – y echó mano de una idea sacada de un tal Rodbertus, un economista tan desconocido entonces como hoy, y se vino con el cuento de la plusvalía que trató de mezclar con la teoría del valor trabajo de Smith y Ricardo.

Como no hay producción sin trabajo, al hombre se le ocurrió hacer una analogía con las antiguas sociedades de clases – el esclavismo y el feudalismo – en las cuales las clases dominantes, los amos y los señores feudales, someten a las clases trabajadoras, esclavos y siervos, y se apropian por la fuerza de la mayor parte del producto del trabajo de los oprimidos. Pensó entonces que en el capitalismo la cosa era más o menos igual porque la institución de la propiedad privada daba a la burguesía el poder de disponer de los medios de producción y de forzar por tanto a los obreros, mediante el contrato de trabajo, a vender su fuerza de trabajo solo por una parte de lo que pueden producir. El capitalista se apropia del resto como una ganancia que obtiene sin esfuerzo alguno. Esta es la esencia de la teoría de la explotación. 
  
El problema que se le apareció luego  es que el obrero no es propiedad del capitalista, como el esclavo del amo, ni puede el capitalista forzarlo a trabajar en su fábrica, como lo hace el señor feudal con el siervo en su tierra. En la economía de mercado generalizado, la explotación, si es que existe, tiene que surgir de las mismas relaciones de intercambio. Y entonces Marx se puso a estudiar juicioso el problema de los precios que rigen los intercambios en los economistas más importantes, Adam Smith y David Ricardo, principalmente.


Se le ocurrió primero que toda la inmensa diversidad de los trabajos del hombre, que él llamó trabajos concretos, podían reducirse a una misma clase de trabajo uniforme, que él llamó trabajo abstracto, por la simple razón de que todos ellos no son, en último término, más que gasto de energía humana pura y simple. Y así creyó haber resuelto el problema del intercambio entre cualquier par de mercancías, que de contera le permitía resolver el espinoso asunto de la explotación en el proceso de mercado.

Como todas las mercancías son una fracción determinada de ese trabajo humano general y abstracto, el valor de cualquiera de ellas puede descomponerse en dos partes, la que paga el trabajo y aquella con la que se queda el capitalista explotador, que Marx, que se tenía confianza en eso de inventar nombres, llamó la plusvalía.

Plusvalía = Valor de la mercancía – valor del salario.

La resta puede hacerse porque todas las magnitudes son una misma cosa: tiempo de trabajo homogéneo y abstracto. Admitiendo resuelto, como lo hacen los marxistas creyentes, que el valor del producto puede medirse en tiempo de trabajo, queda por resolver en problema de medir el valor del salario, también en tiempo de trabajo. Y aquí Marx tuvo otra de sus ocurrencias: el valor del salario es el valor de las cosas en las que los obreros gastan su salario nominal, los medios de vida, la canasta familiar.

Pero resulta que esos medios de vida, esa canasta familiar, está formada un conjunto de cosas heterogéneas: pan, huevos, leche, etc. Para conocer su valor es preciso conocer los precios de las cosas que la conforman. Y conocido el valor de la canasta, es preciso conocer el salario nominal por unidad de tiempo de trabajo y poder así determinar el valor del salario en tiempo de trabajo homogéneo. Es decir, hay que dar por conocidos los precios y el salario en términos monetarios, que es precisamente lo que se trata de explicar. Estamos ante un razonamiento circular.

Marx no se detuvo ante esa minucia y nosotros tampoco lo vamos a hacer, dando por resuelto el problema de la plusvalía. Así, si el valor de la mercancía es de 12 horas de tiempo de trabajo y el del salario 6, la plusvalía será 6 horas. La tasa de plusvalía, que es la relación entre la plusvalía y lo pagado en salarios, será de 100%. 

Pero se venía un problema mayor de cual Marx no podía hacer mutis por el foro, sin hacer un completo ridículo. Resulta que los capitalistas, la remuneración que reclaman por su capital, que se llama beneficio, guarda relación con el valor total del capital invertido y no con el valor gastado en pagar salarios. A la parte gastada en medios de producción -  maquinaria, edificios, etc. - Marx, ese gran bautizador, la llamó capital fijo, y a la gastada en salarios, capital variable.

Supongamos, para ilustrar el asunto, que hay un par de capitalistas cada uno de los cuales invierte un capital de 100, medido en unidades de trabajo. Uno de ellos (capitalista 1) gasta 90 en medios de producción y 10 en salarios. El otro (capitalista 2) gasta 90 en salarios y 10 en medios de producción. Suponiendo que la tasa de plusvalía es de 100%, la misma para ambos porque el salario es el mismo, y como el valor de las cosas es todo el trabajo invertido en ellas, es decir, la suma del capital fijo, el variable y la plusvalía, las cuentas de nuestros capitalistas son las siguientes:


Uno en economía puede suponer cualquier cosa, menos que la gente es boba. Y bobo sería el capitalista 1, si invirtiendo los mismos 100 que el capitalista 2, se conformara con una ganancia de 10 mientras que su compadre tiene una de 90. Como no hay nada más móvil que el capital en busca de ganancia, los capitalistas moverían sus capitales de una rama a otra hasta que todos obtuvieran el mismo beneficio con relación al capital invertido. El movimiento solo se detendría cuando se llegue a la igualación de la tasa de beneficio, como en el cuadro que sigue:



El problema aquí es que una mercancía que tiene, en términos de trabajo, un valor de 110, tendría un precio de producción de 150, y la de valor trabajo de 190, pasa a tener un precio de producción de 150. La relación de intercambio pasa de 0,579 unidades de la mercancía 2 por una unidad de la mercancía 1, a una relación de una a una. 

No había sino dos opciones: abandonar el cuento del valor trabajo y la plusvalía por ser incompatible con la característica distintiva del capitalismo, la igualación de la tasa de beneficios, o mantenerlo, lo cual implicaba suponer que los capitalistas son bobos.

Marx era consciente de este problema, del cual ha debido advertirle su amigo Engels, quien, como capitalista industrial que era, sabía cómo son las cosas del beneficio. Pero aun así se dejó venir con el primer tomo de El Capital, publicado en 1867. Cuando todo mundo, es decir, los que entendían del asunto, le cayó encima, incluidos sus amigos comunistas, los tranquilizó diciendo, ya tengo la solución, viene más adelante. Y quedaron expectantes de la genialidad que se venía pues equivalía más o menos a la cuadratura del círculo con regla y compás.

Y fueron pasando los años y de aquello, nada. Metido en ese berenjenal, Marx empezó a beber más que antes y, ante el apremio de Engels, respondía con un ya casi, ya casi, a sacar excusas, es que me dieron forúnculos y no me puedo ni sentar, y nuevas solicitudes de dinero, que cada vez molestaban más a Engels, quien se quejaba de haberse visto obligado a vender un caballo de paso para darle plata a su amigo. Hay una inmensa correspondencia en la que los amigos hablan de todas esas cosas. Marx murió en 1883 y de aquello, nada.

A la muerte de Marx, el atribulado Engels, recogió el amasijo de manuscritos del finado y se puso a trabajar, quizás con la esperanza de recuperar con el producto de las ventas algo del capital invertido. En 1885 consiguió publicar el tomo dos y, 27 años después del tomo uno, en 1894, salió con el tomo tres, donde el mundo expectante esperaba encontrar la anhelada solución a lo que desde entonces se llama el problema de la transformación de los valores en precios de producción.

No hay forma de saber si la “solución” del tomo tres es obra de Marx o de Engels. En todo caso fue una completa chorrada: unos cuadros, parecidos a los de atrás, en los que los valores se transformaban en precios de producción, pero seguían sin explicar la relación de intercambio entre los bienes que es lo que realmente importa. La economía nace como ciencia cuando se plantea que las relaciones de intercambio entre los bienes no son contingentes y caprichosas, como aparentan serlo, sino que están regidas por una ley susceptible de ser descubierta y entendida por la razón.

Hay en ese tomo III un texto maravilloso, ignorado por los marxistas, en el que Marx o Engels, váyase a saber quién lo escribió, reconoce que la teoría de valor trabajo no explica los precios en el capitalismo. Miren la belleza:


“El cambio de las mercancías por sus valores o aproximadamente por sus valores presupone, pues, una fase mucho más baja que el cambio a base de los precios de producción, lo cual requiere un nivel bastante elevado en el desarrollo capitalista. (…) Prescindiendo de la denominación de los precios y del movimiento de éstos por la ley del valor, es, pues, absolutamente correcto considerar los valores de las mercancías, no sólo teóricamente sino históricamente, como el prius de los precios de producción. Esto se refiere a los regímenes en que los medios de producción pertenecen al obrero, situación que se da tanto en el mundo antiguo como en el mundo moderno respecto al labrador que cultive su propia tierra y respecto al artesano” (El Capital, Tomo III, Fondo de Cultura Económica, México, 1971, páginas 181-182)

Es decir, la ley del valor trabajo, fundamento de la teoría de la plusvalía y por tanto de la teoría de la explotación en el régimen de producción capitalista, que funciona cuando no hay capitalistas, deja de regir justamente con el advenimiento de ese régimen de producción. Si las relaciones de intercambio no son reguladas por la ley del valor trabajo, hay que concluir que la plusvalía existe tanto como el flogisto.

LGVA

Junio de 2020.

El asesinato de Floyd y la agenda de la izquierda totalitaria


El asesinato de Floyd y la agenda de la izquierda totalitaria


Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista


Una de las habilidades que hay que reconocerle a la izquierda totalitaria es su capacidad de aprovechar cualquier situación social o cualquier hecho asilado de esos que hieren la sensibilidad humana, como el asesinato de George Floyd por un agente de policía en Minneapolis, para impulsar su agenda. Lo que no es más que un incidente de brutalidad policial, que habría sido considerado como tal de haber sido negro el victimario y blanca la víctima, o negras o blancas las dos personas involucradas, la izquierda quiere hacerlo ver como una muestra del racismo de la administración del presidente Donald Trump o, peor aún, del capitalismo norteamericano y, por qué no, de todo el capitalismo liberal.

El gran “pecado” de Donald Trump es haberle plantado cara al totalitarismo chino y norcoreano y al de sus aprendices latinoamericanos de Cuba y Venezuela, después de años de política de apaciguamiento de la administración de Barack Obama. La izquierda no podía desaprovechar la oportunidad servida por el asesinato de Floyd para tratar de cobrarle a Trump por ventanilla.

La lucha contra la esclavitud y el racismo ha sido obra y es uno de los grandes logros del capitalismo liberal. Porque la esclavitud no surgió del racismo sino todo lo contrario. Los hombres aprendieron a esclavizarse los unos a los otros antes de que aprendieran a escribir. En la antigüedad remota los esclavos eran los vencidos en las constantes guerras que enfrentaban a los pueblos. Blancos europeos esclavizaban a otros blancos europeos, asiáticos esclavizaban asiáticos y, ¡cómo no!, negros africanos esclavizaban a otros negros africanos. Más adelante, cristianos esclavizaron moros y moros esclavizaron cristianos. El gran Cervantes fue esclavo en Argel. Las grandes civilizaciones que encontraron los españoles a su llegada a las Américas – la Azteca y la Inca – eran sociedades esclavistas.

Modernamente, fue Inglaterra, la primera gran nación donde se instaló el capitalismo liberal, la que abolió, antes que en cualquier otra parte, la esclavitud negra en su territorio, y emprendió, con su poderosa armada de guerra, una lucha sin cuartel contra el tráfico de esclavos desde África hacia el continente americano. La esclavitud en el sur de Estados Unidos y en otros países de América solo pudo mantenerse hasta la segunda mitad del siglo XIX por la reproducción biológica de la población esclava pues la armada inglesa fue exitosa en cortar el flujo de esclavos desde África.

Fueron también los capitalistas liberales del norte los que emprendieron la guerra contra los esclavistas del sur, guerra que sigue siendo la que más vidas ha cobrado en la historia de los Estados Unidos, por encima, incluso, de las dos guerras mundiales, en las que se involucraron para salvar a los europeos de sus propias locuras.

Pero es también en Estados Unidos donde los negros han prosperado más que en cualquier otro país del mundo entero. En su obra “Economía: verdades y mentiras”, en la que desmonta las falacias económicas y sociales de las que se nutre la ideología de izquierda, Thomas Sowell, economista liberal y negro, ¡qué escándalo!, reporta que el ingreso medio del negro americano es el 85% del ingreso medio del país. Traducido a dinero, eso significa que, en 2018, el PIB per cápita de los negros de Estados Unidos era de US$ 53.550, casi cinco veces el promedio mundial y superior al de la mayoría de los países del mundo y, por supuesto, al de cualquier país africano o de América Latina.

Miles de ciudades y pueblos de Estados Unidos son gobernados por alcaldes negros. En Washington, donde hay una burguesía negra cuya riqueza haría palidecer de envidia a la pobretona burguesía colombiana, gobierna, Muriel Bowser, una distinguida señora negra.  También es negra la alcaldesa de Chicago, la señora Lori Elaine Lightfoot.  Ambas son dueñas de una sólida educación universitaria, como Colin Powell y Condoleezza Rice, intelectuales refinados que llegaron a la Secretaría de Estado, el más alto cargo ejecutivo después de la presidencia, y, por supuesto, el expresidente Barack Obama, orgulloso de sus raíces africanas.  Cualquiera de esas personas asesinaría a quien le dijera que sus logros son el resultado de la discriminación positiva y no de su empeño individual, que es lo que estimula y premia el capitalismo liberal.

La interpretación del asesinato de Floyd en términos de discriminación y racismo, de la que ya hace eco nuestra bobalicona prensa, tan proclive a la ideología izquierdista, hará sin duda parte de los slogans de la próxima arremetida de la izquierda colombiana contra nuestras instituciones, al lado de “la defensa de la soberanía”,  supuestamente ofendida por la presencia de un puñado militares norteamericanos, y, por supuesto, la “lucha contra el desempleo y la pobreza”, provocados por la cuarentena que esa misma izquierda ha buscado prolongar y hacer más draconiana, de suerte que provoque más desempleo y pobreza contra los cuales luchar. Hay que estar preparados.

LGVA

Junio de 2020.



miércoles, 3 de junio de 2020

Una desacertada demanda contra el Estatuto Tributario


Una desacertada demanda contra el Estatuto Tributario


Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

I.             Introducción

Lie con mucho interés la demanda contra el Estatuto Tributario presentada por un grupo de prestigiosos juristas y economistas. No dudo en calificarla de desacertada porque está basada en una visión estrecha del sistema tributario y en una concepción particular, tan válida como otras, del problema de la desigualdad. Me parece también que contiene errores - conceptuales y empíricos- que hacen inadmisible la pretensión de los demandantes de que la Corte falle declarando inexequible la totalidad del estatuto, con base exclusivamente a lo que denominan “argumentos empíricos”, sin proceder a un análisis detallado del articulado del ET a la luz de los textos constitucionales que se supone son contrariados por las normas acusadas.

Debo decir de entrada que, por razones totalmente opuestas a las de los demandantes, no me gustan el Estatuto Tributario (ET) ni las reformas que lo han modificado desde su expedición en 1989. Aunque puedo sustentarla con argumentos conceptuales y empíricos, admito que es una posición eminentemente política, al igual que la de los demandantes, razón por la cual debe ser dirimida en los terrenos que la democracia tiene reservados para ello: el debate público, las elecciones y el Congreso. Jamás por el juez constitucional.

Para los demandantes, el sistema tributario plasmado en el ET viola los principios de equidad, eficiencia y progresividad de artículo 363 de la Constitución por dos razones fundamentales, a saber:

El grueso del recaudo tributario procede del IVA, que en principio es un impuesto proporcional al valor de lo gastado, pero que se hace regresivo cuando esa suma se compara con el ingreso de las personas. Los elementos contemplados en el ET para darle algo de progresividad – lista de exclusiones y exenciones, tarifa reducida de 5% para algunos bienes y devolución parcial de lo pagado a las personas menos favorecidas – son insuficientes. Esto tratan de demostrarlo mediante un análisis empírico de las tasas efectivas pagadas por cada uno de los deciles de la distribución de ingresos. 

Aunque el impuesto a la renta de las empresas y las personas tiene un diseño progresivo en sus tasas nominales, la existencia de exenciones y deducciones, que favorecen a las empresas más grandes y a las personas de mayor ingreso, hacen que en los hechos dicho impuesto se torne regresivo. Esto tratan de probarlo mediante un análisis comparativo de tasa nominales y efectivas y con estimaciones del GINI de la distribución de ingresos antes y después de impuestos y transferencias.

II.            Una visión estrecha del sistema tributario

A mi modo de ver, los demandantes tienen lo que considero una visión estrecha del sistema tributario al basar toda su tesis exclusivamente en el artículo 363 de la Constitución.  Dicho artículo dice en efecto que “el sistema tributario se funda en los principios de equidad, eficiencia y progresividad”.

La Constitución Política no define en ninguna parte lo que se entiende por “sistema tributario”. Hay dos interpretaciones posibles de esta noción, la de los demandantes, que lo ven de forma aislada y por eso lo identifican con el ET. Y también está la de quienes lo ven como un elemento de un concepto más amplio, el de sistema fiscal, que engloba tanto el ingreso como el gasto público.

Esta visión alternativa tiene una amplia tradición en la Ciencia económica. Es la que recoge el profesor Joseph Stiglitz, Nobel de Economía en 2001, en su influyente obra La Economía del Sector Público, donde el tema de los impuestos es tratado en consonancia con el del gasto público. Es la de los grandes hacendistas del siglo pasado   – los suecos Knut Wicksell y Erik Lindahl y los italianos Luigi Einaudi y Mafeo Pantaleoni – quienes pensaban que en el diseño y formulación de la política fiscal debía prestarse atención simultánea a los ingresos y a los gastos públicos pues de esa forma habría coherencia entre las distintitas aplicaciones. La tradición de estos hacendistas es la retomada por los economistas de la escuela de la elección pública, cuyo más destacado representante, el profesor James Buchanan, recibió el nobel de economía en 1986. En fín, es la de Adam Smith, quien en el   Libro V de La riqueza de las naciones, titulado De los ingresos del Soberano o de la República, examinó primero el gasto público para proceder luego al examen de sus formas de financiación: los impuestos y la deuda.

La Constitución recoge, acertadamente, esta tradición. El único artículo dedicado al “sistema tributario” hace parte del Título XII, Del régimen económico y de la hacienda pública”, razón por la cual lo que se predique sobre dicho artículo no debe hacerse de forma aislada del marco normativo en el que se inscribe, en particular de lo referente al gasto y a la iniciativa privada, por solo mencionar dos.

El absurdo de tratar el “sistema tributario” de forma aislada puede ponerse en evidencia con un sencillo razonamiento. Supongamos que las tasas efectivas de tributación calculadas por los demandantes hubieran salido progresivas. ¿Garantiza ello que se estén realizando los valores de justicia e igualdad del Preámbulo de la Constitución? Por supuesto que no. Si estuviéramos en presencia de un régimen oligárquico y corrupto que destinara el grueso del recaudo a la satisfacción de sus propios intereses y de los “ricos”, resultaría evidente que la progresividad de los tributos es un completo fraude a la sociedad. La progresividad de un sistema fiscal, concepto, más adecuado porque engloba el ingreso y el gasto, se determina fundamentalmente por la orientación y focalización del gasto hacia las personas menos favorecidas. En síntesis: un sistema tributario progresivo no garantiza la progresividad del sistema fiscal, el cual, si el gasto está adecuadamente orientado y focalizado, puede ser progresivo incluso con un sistema tributario proporcional.

III.          Una visión parcial del problema de la desigualdad.

Los demandantes privilegian en su análisis el problema de la desigualdad del ingreso monetario. Hay quienes pensamos que en el diseño del sistema fiscal en su conjunto hay que poner más atención al problema de la pobreza y al de la desigualdad en el consumo.

Cualesquiera sean los indicadores, la reducción de la pobreza en Colombia durante el período de vigencia del ET es clara y contundente. La población por debajo de la línea de pobreza nacional, que también se llama pobreza monetaria, pasó de 50%, en 2002, a 27% en 2018, según estimaciones del DANE. La pobreza monetaria extrema, que el Banco Mundial mide como el porcentaje de la población con vive con menos de US$ 1,9 por día, pasó de 20,1%, en 1999, a 4,5% en 2015. Finalmente, la llamada pobreza multidimensional, disminuyó de 30,4%, en 2010, a 19,6% en 2018, según el DANE.

¿Es esto consecuencia de la aplicación del ET? Difícil saberlo sin un estudio de detallado. De todas formas, hay un indicio de que es así, por lo menos en lo referente a la pobreza multidimensional, la cual es afectada por la política pública de acceso a bienes y servicios básicos por parte de la población más pobre. Sin embargo, si la aplicación de ET no es la causa eficiente de la reducción de la pobreza, habría que admitir que, por lo menos, no la impidió y eso es un punto a su favor.

Pasemos ahora al asunto de la desigualdad. Empecemos con una pequeña cite tomada del libro “Teoría del Interés” de Irving Fisher:

“…aquello que nos llevamos del mercado a nuestras casas y vidas privadas, es lo que realmente cuenta. El dinero hasta que no se gasta no tiene utilidad. El salario, en último término, no se paga en términos de dinero sino de satisfacción o goce. El dinero con el que nos pagan solo se convierten en renta, en sentido propio, cuando nos comemos los alimentos, nos ponemos los vestidos o montamos en los automóviles comprados con ese dinero”

El objeto de la producción es el consumo. Esta sencilla verdad sobre la cual reposa toda la teoría económica desde sus inicios, es olvidada por los demandantes y por todos quienes como ellos piensan, exclusivamente, en igualación de los ingresos monetarios. Pero somos también muchos, que vivimos amparados la misma constitución que los demandantes, quienes creemos que la política fiscal y toda la acción del estado debe concentrarse en la eliminación de la pobreza y en la reducción de la desigualdad en el consumo.

Existen muchas medidas de desigualdad, de las cuales la más popular es el Coeficiente de Gini que puede calcularse para cualquier distribución, no solo la del ingreso, como mucha gente cree. Puede calcularse, en particular, para la distribución del gasto de los hogares.

Hay una razón elemental para esperar que el Gini de gasto asociado a un Gini de ingreso dado sea mucho menor: la gente ahorra y a medida que su ingreso es mayor la gente ahorra más. Este es, particularmente, el caso de las personas más acaudaladas, el famoso 1% del que tanto se habla, que no se gastan su ingreso en construir mausoleos ni en hamburguesas y papas fritas, sino que lo invierten, la mayor parte, en empresa y negocios, es decir, en capacidad productiva. Pero la gente también se endeuda, lo que le permite un mayor consumo, especialmente en bienes durables, que el que puede obtener con su ingreso corriente. También está el efecto de las trasferencias y donaciones recibidas por los más pobres que elevan su gasto por encima de lo que permite el ingreso propio.

Con base en las cifras de la Encuesta Nacional de Presupuesto de los Hogares de 2016/2017, que, en razón de su cobertura es la mejor fuente para esta clase de ejercicios, pueden calcularse los GINI de ingreso y gasto. Para el período mencionado, el Gini del gasto monetario es 35,8 es notablemente inferior al del de ingreso monetario 51,6.

Como la información de la ENPH se presenta desagregada entre “Cabeceras” y “Centro Poblados y rural disperso”, es posible calcular los Gini respectivos. Los de cabeceras son 50,1 y 30,2 para ingreso y gasto, respectivamente. Los del sector rural son 46,5, para ingreso, y 25,1, para gasto.




Con sus Ginis de consumo de 2017, Colombia no luce mal frente a los países de la muestra. Nos comparamos bien con Chile, y mucho mejor con Costa Rica, y no desmerecemos frente a los países desarrollados incluidos.

El Gini del gasto o del consumo es sustancialmente menor que el Gini del ingreso y ambos se han reducido en los últimos 10 años, mucho más el primero que el segundo. Los Gini del sector rural son menores que los de los cascos urbanos. El Gini calculado aquí se refiere al gasto monetario total. Sería conveniente que se hicieran cálculos por agrupaciones de gasto (educación, salud, servicios públicos, alimentos, etc.) que seguramente arrojarían coeficientes Gini sustancialmente inferiores a los del gasto agregado.

En conclusión, contrariamente a lo que se afirma, con un Gini de gasto de 36, Colombia es un país muy igualitario en el consumo, que es lo que en verdad importa. Pero, por supuesto, no hay ninguna razón para sacar mucho el pecho con ese dato. Somos aún un País de ingreso mediano. Nos falta más ahorro, más inversión, más crecimiento para hacernos más ricos. Es de esto de lo que deberíamos hablar y abandonar las tóxicas discusiones sobre la desigualdad del ingreso monetario.

IV.          Las empresas no son ni ricas ni pobres, pero si castigadas todas por una tributación expropiatoria.

El vulgo suele identificar a las empresas con los ricos y son muchos los políticos e intelectuales que alimentan esa superstición. De las empresas se puede decir que son grandes o pequeñas, ineficientes o eficientes, innovadoras o rutinarias, pero nunca, que son ricas o pobres.

En lo que interpreto como un desliz, a los demandantes se les ocurre hacer un cálculo de concentración del ingreso en personas jurídicas, antes y después de impuestos, para concluir que “el sistema tributario no logra una redistribución de la riqueza para personas jurídicas por medio de los impuestos”. Y a renglón seguido, reconocen “que existe un debate sobre si es apropiado o no hacer un análisis de progresividad en personas jurídicas”. Por supuesto que no es apropiado desde ningún punto de vista. Y además es totalmente desafortunado porque contribuye a reforzar la superstición de que gravar a las empresas es gravar a los “ricos”.

La riqueza solo puede predicarse de las personas naturales, nunca de las personas jurídicas. Un sistema tributario ideal solo gravaría la renta de las personas naturales. La existencia de impuestos a las empresas solo se explica por razones de conveniencia tributaria y de conveniencia política. Muchos economistas, entre los que me encuentro, piensan que los impuestos a las empresas deberían abolirse completamente, porque generan distorsiones en el volumen, orientación y la forma de financiación de la inversión y porque no es clara su incidencia, es decir, no es claro quienes lo pagan en realidad. La tendencia en el mundo es a la reducción del impuesto a las empresas, lo cual plantea problemas para atraer la inversión a países como Colombia cuyas tarifas son elevadas.

La conveniencia del impuesto a las empresas desde el punto de vista tributario es obvia. Las prácticas contables hacen prácticamente imposible ocultar los ingresos, porque los estados financieros son los mismos para los accionistas, la banca, el mercado de capitales y el fisco. Adicionalmente, el recaudo es extremadamente fácil y poco costoso.

A los políticos les gusta el impuesto a las empresas porque le hacen creer al vulgo que están gravando a los “ricos” y que el sistema tributario es por eso “progresivo”, porque la mayoría de la gente no entiende eso del traslado de los impuestos y su incidencia real. Las empresas pueden trasladar sus impuestos a los consumidores, por la vía de mayores precios, o a sus trabajadores, por la vía de menores salarios. Pero los políticos quedan como príncipes ante sus electores que no alcanzan a comprender el grado en que los elevados impuestos a las empresas reducen su ingreso y su capacidad de compra. Los impuestos a las empresas pueden ser regresivos, pero por razones diferentes y mucho más profundas que las argumentadas por los demandantes en su ejercicio de tasas nominales y efectivas.

El capital de las empresas se financia de dos fuentes: el crédito y los aportes de los accionistas. El crédito se remunera con intereses y el capital propio con los dividendos. Como los intereses se descuentan antes de determinar la renta gravable y los dividendos no, las empresas tienden, ante tarifas elevadas, a financiarse con deuda, probablemente más allá de lo que sería indicado por una estructura de capital óptima. Ahora bien, las empresas con menor acceso al crédito estarían en desventaja lo que reduciría su incentivo a la inversión. Las tarifas elevadas del impuesto a la renta desalientan a las empresas nuevas, que por obvias razones tienen menor acceso al crédito, y favorecen a las establecidas. Por eso, en lugar de buscar hacer cosas nuevas, la gente prefiere adquirir acciones o bonos de las empresas establecidas lo que aumenta la concentración.

El otro problema de una tributación exagerada a las empresas surge del rasgo más notable del capital que es su movilidad. Las empresas, como las aves que se van cuando hacer frío, se van a donde los impuestos son más bajos. Por las razones expuestas sobre la incidencia y por los incentivos perversos a la inversión, la tendencia universal es a la reducción de los impuestos a las empresas y a sustituirlos por impuestos a las personas naturales. Sin embargo, Colombia, con sus grandes necesidades de inversión, tiene una de las tasas de impuestos corporativos más altas del mundo, solo superada por Venezuela y Brasil, entre los países y agrupaciones que se presentan en la gráfica.




El análisis de las tasas de tributación de las empresas debe considerar el sistema tributario en su conjunto y no solo los impuestos nacionales, como lo hacen los demandantes. Así se entendería que las exenciones y deducciones que erosionan la base tributaria son, probablemente, la forma como el legislativo, de una manera ciertamente inadecuada, trata de aliviar la excesiva presión tributaria que se ejerce sobre las empresas.

Al fijar una tasa nominal exagerada, de acuerdo con los referentes internacionales, los políticos del legislativo complacen las aspiraciones del populismo que ve en ello la intención redistributiva de gravar más a los ricos y favorecer a los pobres. Pero luego, otorgando deducciones y exenciones soterradas, tratan de corregir ese desafuero tributario y al mismo tiempo se congracian con los grupos de interés que financian sus campañas.

Un estudio titulado “Tasas efectivas promedio de las personas jurídicas – Año 2013”, del señor Javier Ávila Mahecha, publicado por la DIAN en septiembre de 2015, calcula la Tasa Efectiva de Promedio (TEP) de las personas jurídicas, considerando, como debe hacerse, los impuestos nacionales con incidencia directa sobre las utilidades, los dos principales impuestos locales (predial e industria y comercio),  las contribuciones a la seguridad social y los aportes parafiscales, encontrando que TEP de las empresas colombianas en 2013 era el 61% de las utilidades. Ese 61% se descompone en 37 puntos de impuestos nacionales, 14 de seguridad social, 7 de predial e industria y comercio y 4 de aportes parafiscales.

Ante un sistema tributario tan perverso, lo sorprendente no es que las empresas busquen exenciones y deducciones para aliviar las cargas nominales, sino que aún existan empresas en Colombia, un país donde la acción empresarial se subestima y el éxito en los negocios se castiga con una fiscalidad confiscatoria.

V.           El impuesto de renta a las personas naturales si es progresivo, excepto entre Sarmiento Angulo y Ardila Lulle.

Dejando de lado lo del IVA, que se discutirá más adelante, este asunto de la exenciones y deducciones es el almendrón del argumento de los demandantes.

El razonamiento es el siguiente: las tarifas nominales son progresivas pero las efectivas son regresivas en razón de las exenciones y deducciones:

“…esta falta de progresividad deriva, entre otras cosas, de la erosión de la base tributaria asociada a las exenciones y, especialmente, a las deducciones que benefician a los contribuyentes de mayor capacidad de pago y a las empresas de mayores utilidades, lo cual es contrario al principio de progresividad”.

Para probar la falta de progresividad del impuesto a la renta de las personas naturales, recurren a la comparación de tasa nominales y efectivas que se presenta en el cuadro que reproduzco a continuación.




De la mirada más superficial cualquiera puede concluir que las tasas efectivas a las personas naturales son en general progresivas, con lo cual todo el argumento de los demandantes se viene a suelo. Los demandantes lo saben, por eso después de advertir que el examen del cuadro “tienen su complejidad”, hacen un planteamiento insólito. Descompongámoslo:

1.    Los responsables del estudio, de donde es tomado el cuadro “encuentran que para el total de las personas naturales existe progresividad en las tasa nominales y efectivas de tributación (…) lo cual parecería (sic) indicar cierta progresividad del sistema tributario.

2.    Sin embargo, estos autores muestran que no es así para las personas naturales más ricas (sub-deciles del decil 10) y para las personas naturales superricas (sub-deciles del sub-decil 10 del decil 10), la tasa efectiva de tributación disminuye conforme aumentan sus ingresos”.

Personalmente, encuentro desproporcionado demandar la totalidad del ET porque las tasas efectivas de tributación al interior del decil 10 son regresivas y, más grave aún, porque al interior del decil diez del decil diez, lo son más. O, dicho de otra forma, tumbar el ET para establecer la equidad horizontal entre los señores Sarmiento Angulo y Ardila Lulle es un tanto exagerado.

VI.          La prueba reina de la regresividad el IVA adolece de un gran error

Quiero decir de entrada que prefiero un IVA de tarifa única, mucho más baja que la actual, sin exclusiones ni exenciones, y que me gustaría ver que se convirtiera en un impuesto local, para que municipios y departamentos compitan por atraer a la gente ofreciendo mejores servicios a menor costo. ¡Soñar no cuesta nada!

El IVA es un impuesto maravilloso al que dañan justamente todas las exclusiones y exenciones y la multiplicidad de tarifas con las cuales se le pretende darle dizque progresividad. Un IVA general de tarifa única, acompañado de unas devoluciones y un gasto bien focalizados, podría dar un sistema fiscal muy progresivo. El IVA es difícil de evadir y fácil de recaudar y quien quiera eludirlo puede hacerlo sin recurrir a ninguna clase de artimañas, simplemente gastando menos y ahorrando más. Pero la ignorancia y el populismo tributario que rigen los procesos de reforma tributaria en Colombia lo han convertido en un verdadero desastre. Pero esta es mi posición, aquí se trata de la demanda. 

El ET tiene varios dispositivos para darle progresvidad al IVA. Eso dispositivos son cuatro, a saber:

  1. Lista de bienes excluidos y exentos.
  2. Tarifas de IVA diferentes para distintos grupos de bienes.
  3. Exención de IVA para ciertos bienes durante tres días al año.
  4. Devolución del IVA a la población más vulnerable.
La lista de bienes excluidos y exentos es inmensa. Ocupa como diez páginas. Vale la pena echar mirada porque se encontrarán cosas bien divertidas, como la exclusión del pollito de un día de nacido.

(Dos preguntas para mis alumnos: 1. ¿Por qué está excluido el pollito de un día de nacido y no el de dos días? 2. Responda si es falsa o verdadera la siguiente afirmación y justifique: La exclusión del pollito de un día tiene el mismo fundamento que la exclusión de las transacciones en la bolsa de energía)

La tarifa general del IVA es 19%, pero existe también una tarifa del 5% que tiene el mismo objetivo de progresividad. La lista es mucho más pequeña que la de las exclusiones y exenciones. Menciono que allí están el salchichón, la butifarra, la mortadela, el chocolate, las pastas alimenticias, el azúcar; así como los pañales, las compresas y los tampones. Si se toma las listas de exclusiones y exenciones y la de los bienes con tarifa del 5%, se encontrará sin sorpresa que allí están la mayoría de los que componen la canasta familiar.

Los otros elementos de progresividad del IVA se introdujeron en la llamada ley de financiamiento. La exención de tres días aún no se ha aplicado y la primera devolución se realizó en el marco de las acciones de ayuda a los desfavorecidos en la emergencia del Covid 19. Aún no es posible evaluar sus impactos. En la nota marginal 108, donde tratan el tema de los dispositivos de progresividad del IVA, los demandantes admiten que la devolución podría darle progresividad.

Pero no importa lo que se haga: el IVA no será nunca un impuesto progresivo, a menos que los remiendos lo desnaturalicen por completo. Por eso, el cuadro que presentan los demandantes para probar su regresividad era innecesario, con el agravante de que es desacertado lo cual les resta credibilidad a todos los demás cuadros del documento. 

El cuadro en cuestión, que reproduzco en seguida, fue tomado del Informe nacional de competitividad 2019-2020, que hace el Consejo privado de competitividad (CPC), entidad que a su turno lo sacó de la Exposición de motivos del proyecto de ley “por la cual se expiden normas de financiamiento para el restablecimiento del equilibrio del presupuesto nacional y se dictan otras disposiciones”, que se aprobó como ley 1943 de 2018. Lo busqué en el PDF de esa exposición de motivos y no lo encontré. Me fatigué buscando sin éxito en internet una versión completa del documento de CPC pues las versiones parciales no lo contienen.



El IVA promedio mensual pagado por las unidades de gasto parece muy bajo y también parecen bajas la relaciones IVA/Ingreso de la última columna. En Colombia, según la última Encuesta Nacional de Presupuesto de los Hogares 2016-2017, publicada en 2018, hay 14.350.000 hogares, por lo que cada decil tiene 1.435.000 hogares. Multiplicando este número por el IVA mensual promedio pagado por cada decil y luego por 12 meses, se obtiene el IVA total anual pagado por cada decil. La suma de esto arroja, evidentemente, una aproximación a cifra anual pagada por todos los hogares por concepto de IVA que asciende, según esos datos a 10,2 billones de pesos. El problema es que, en 2019, el recaudo del IVA ascendió 44,2 billones. Es una diferencia extremadamente grande. 

La fila de ingresos mensuales debe provenir, me imagino, de la Encuesta Nacional de Presupuestos de los Hogares (ENPH) que realiza cada diez años el DANE con el propósito de establecer la canasta de bienes con la que se calcula el Índice de Precios al Consumidor. Las cifras que aparecen en el cuadrito no son exactamente las de la última encuesta, la de 2016-2017, publicada en 2018, pero algo se parecen.

Las cifras de la segunda columna son más problemáticas. Para llegar a ellas hay que tomar de la ENPH las 115 agrupaciones de bienes y servicios en los que la gente gasta su dinero y aplicar al gasto en cada una de ellas, para sacar el pago mensual por concepto de IVA, la tarifa respectiva que sería de 0% para los excluidos y los exentos y de 5% o 19% para los demás. No hay forma de saber si para este cuadro en particular se aplicó es metodología.

  Así las cosas, en vista de que la suma total de que, según se explicó, el recaudo implícito de IVA que arroja el cuadro es de 10.2 billones al año, lejos, muy lejos, del recaudo de 2019 de 44.2 billones, uno está inclinado a pensar que esos pagos de IVA mensuales son como inventados. En consecuencia, el cuadro pierde toda credibilidad, su valor probatorio se desvanece y la supuesta “situación empírica” que demostraría la falta de progresividad del IVA se viene al suelo.

VII.        Conclusiones.

 Lo expuesto puede resumirse en los siguientes puntos, que enuncio a manera de conclusiones:

·                     La demanda es desproporcionada tanto por querer tumbar la totalidad del ET como por la pretensión de que la Corte falle a ciegas, sin confrontar textos y saltando por encima de treinta años de decisiones - erróneas o acertadas, eso no importa – tomadas mediante los mecanismos propios de la democracia, tomando como base exclusiva de su decisión los valores políticos de los demandantes, presentados como “argumentación empírica”.

·                     La demanda es eminentemente política y lo valores defendidos por los demandantes no tienen más validez que los defendidos por cualquier otro ciudadano colombiano respetuoso de la Constitución. Tratándose pues de un asunto de valores políticos, compatibles todos ellos con el ordenamiento constitucional, debe dirimirse mediante los mecanismos propios de la democracia: el debate público, el congreso y las votaciones.


·                     La demanda carece de fundamento porque los “argumentos empíricos” son erróneos, contradictorios e insuficientes y están basados en una visión estrecha del sistema tributario y en una concepción particular del problema de la desigualdad la que he confrontado con una concepción alternativa, fundamentada en la teoría económica y que no riñe con el marco constitucional de la República.

LGVA

Junio de 2020.