martes, 6 de septiembre de 2011

Abajo la meritocracia!

¡Abajo la meritocracia!
¡Ningún ascenso por méritos!

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Docente, Departamento de Economía, Universidad EAFIT

La mayoría de las personas, cuando las cosas se consideran en abstracto, estarán en desacuerdo con las exclamaciones que titulan este escrito. Desde que Sir Michael Young lo acuñara en 1958, en su Rice of Meritocracy,   la popularidad del término “meritocracia” no ha dejado de crecer, probablemente por las mismas razones que hacen igualmente populares palabras como “justicia”, “equidad”, “virtud”, “democracia”, “igualdad” o “libertad”. Se trata, en efecto, de una familia de palabras con las que es imposible “estar en contra” pero que desatan las más enconadas pasiones cuando se trata de precisar su contenido específico para aplicarlo a una situación concreta.

En efecto, a casi todos nos gusta la meritocracia y, exceptuando los casos de cinismo redomado o memez extrema, todos estamos más o menos convencidos de que las posiciones destacadas que hemos alcanzado o nuestros logros de cualquier naturaleza son en lo fundamental el resultado de nuestros propios meritos. Sin embargo, al juzgar a los demás, y en especial a nuestros más cercanos rivales, nos cuesta admitir que sus logros son el resultado de sus merecimientos y con mucha facilidad encontramos circunstancias ajenas a éstos para explicarlos. De manera semejante solemos evaluar nuestros propios fracasos que usualmente atribuimos a la mala suerte o la malquerencia de enemigos reales o imaginarios y pocas veces a nuestra falta de competencia, voluntad o carácter.

Probablemente, como lo ha señalado la pléyade de moralistas que en la tierra han sido, ello se deba a que los humanos somos proclives a sobreestimar nuestras capacidades y merecimientos y a subestimar las de nuestros semejantes. Esto lo sabía muy bien Justus Möser, jurista y sociólogo alemán del siglo XVIII, al señalar que “la vida sería insoportable en una sociedad donde todo dependiera exclusivamente de la valía individual”. Cuando la posición social y económica de los individuos puede ser atribuida a factores ajenos – herencia, raza, género, clase, etc. – quienes ocupan lugares inferiores en la escala social encuentran más tolerable su condición y pueden aceptarla conservando  intactas su dignidad y autoestima. El libro de Young es justamente la descripción una sociedad en la cual la posición de los individuos está determinada por la inteligencia y la capacidad cosa que los más tontos y perezosos terminan por encontrar insoportable, lo cual los lleva a la rebelión.
Las revoluciones económicas y políticas de los siglos XVIII y XIX dieron parcialmente al traste con el ordenamiento social basado en la herencia y la tradición. El siglo XX, con el costo de una terrible guerra y múltiples luchas sociales, despojó de toda respetabilidad intelectual, al menos para la mayoría de las personas, la distinción de rangos fundamentada en la raza, el género o el color de la piel. La democracia y la economía de mercado parecieron ser en algún  momento los arreglos institucionales más propicios para la construcción de una sociedad en la que las posiciones alcanzadas fuesen función de los  méritos propios.
Sin embargo, la democracia y la economía de mercado con demasiada frecuencia resultan sospechosas por los resultados que arrojan. Democracia y mercado significan necesariamente competencia, por el poder político y económico,  y toda competencia supone ganadores, los menos,  y perdedores, los más. Naturalmente, cuando se está entre los primeros es fácil aceptar que el resultado depende del esfuerzo del jugador y no de la suerte o  de alguna manipulación dolosa o culposa de las reglas. Cuando se es parte de los segundos aferrarse a la sospecha de alguna conspiración o sentirse víctima de la mala fortuna es probablemente la única forma de mantener la confianza en la propia valía.

La idea de que el salario refleja la productividad marginal de quien lo percibe reconforta a quien recibe un cuantioso emolumento, pero su aceptabilidad decrece con el decrecimiento del salario y debe ser casi nula en las vecindades del mínimo. Por eso resulta candoroso tratar de estimar eso que llaman subempleo preguntándole a la gente si considera que el ingreso que recibe es el adecuado para su calificación. Cuando se gana poco dinero es mejor sentirse explotado en lugar de asumirse como un pobre diablo. Algo similar ocurre con los todos aspectos de la vida social que suponen diferenciación de algunos en detrimento de otros.  Toda licitación perdida es sospechosa de dolo y el ascenso de los demás siempre será producto del favorecimiento indebido. 
Uno de los más notorios  “logros”  culturales del siglo XX es la elevación del deporte al rango de religión y la transformación de sus más eximios practicantes el héroes olímpicos. Se acepta que en las competencias deportivas debe haber algún ganador, se valoran y reconocen los méritos deportivos y se admite que los resultados de las justas dependen, en general,  de los merecimientos de los contendientes. Frente a la competencia de la vida económica y social tenemos una actitud mucho más ambigua. Nos molesta la desigualdad en la distribución del ingreso y la propiedad y solemos ver con desconfianza logros que en estos aspectos registran los demás. Anhelamos la igualdad  a expensas de los otros y esperamos siempre que un estado providente ponga remedio a las penurias resultantes de nuestra propia incapacidad.

LGVA
Septiembre de 2011.







2 comentarios:

  1. Estoy de acuerdo en que el mercado asigna riqueza dependiendo del esfuerzo individual, de características innatas o de la suerte. Entre más alejados de las últimas dos, mas toca apelar a la primera.
    La democracia dista en algo, se toman decisiones individuales con costos comunes, lo que aleja el mercado de la democracia. (Distorsionando completamente la acción del individuo). Me confieso anti-demócrata.
    La meritocracia, no quedará más allá, de aquel que le toque llenar de contenido la palabra "merito". Lo cual desde cualquier punto de vista es arbitrario. El mercado desconcentra la decisión en los consumidores, y nos quita de encima la necesidad de llenar de contenido esta palabra (Creo que es un concepto tan subjetivo, que haría imposible definirlo).
    "Está en la índole de la democracia, elegir al gobernante por sorteo "Montesquieu," El Espíritu de las leyes", Segundo capitulo del segundo libro.

    Saludos

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  2. La meritocracia parece estar muy bien... hasta que el sistema educativo se convierte en herramienta para cribar, según los valores educacionales establecidos en un determinado marco temporal, a quienes deben ser desechados y relegados al ostracismo, concentrando habilidades y méritos en unos pocos miembros de la sociedad que se convierten en una nueva clase social con todos los medios a su alcance, y que se reproduce a sí misma. Una clase social que mira con redoblado desprecio a los desaventajados, debido a su pobreza y a su falta de "méritos".
    Y es que, como demuestran los estudios sobre movilidad social, la meritocracia favorece principalmente a quienes ya tienen una posición de privilegio.

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