martes, 6 de septiembre de 2011

La Increíble Máquina de Hacer Pan

La Increíble Máquina de Hacer Pan

(Para Juan David Escobar Valencia, por sus preguntas  retadoras, en el día de su cumpleaños)

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Departamento de Economía, Universidad EAFIT


I

En 2010 el PIB mundial alcanzó los 74 trillones de dólares. Para una población estimada de 6.768 millones, esto arroja un producto por habitante de poco más de 11.000 dólares.  Diez años atrás estaba en US$ 7.200. Es decir, un crecimiento nominal de 52,7% que,  deflactado con una inflación de 38,5% en el período,  se traduce en  un crecimiento real de 10,3%: casi un1% anual real. Las cifras no parecen malas, habida cuenta de que en la última década la economía mundial ha experimentado dos recesiones severas. Esto es significativo, pero para lo que sigue, es necesario remontarnos un poco más en el pasado.
Las comparaciones del valor de la producción de largo plazo son más bien azarosas. Las cosas que se producían hace 20 años son muy diferentes de las que se producen en la actualidad. Y qué decir si nos remontamos uno o más siglos atrás. Sin embargo, para todos es evidente que el bienestar material de la humanidad, medido por la cantidad y variedad de bienes y servicios, ha aumentado sustancialmente en los últimos 200 años. Según las estimaciones de Maddison (1995), entre 1500, la cumbre del renacimiento, y 1820, la revolución industrial en sus inicios, la población mundial se multiplica por 2,3 y la producción por 2,9;  lo que deja un magro crecimiento del  PIB por habitantes: ¡26% en 320 años!.  Las cosas no han debido ser mucho mejores en los años anteriores. Sabemos por Biraben (1979) que, entre el año 1 y el año 1.000, la población mundial prácticamente permaneció estancada; lo cual sugiere un igual estancamiento de la producción en ese mismo período. 

                                              
De las sociedades agrarias y guerreras anteriores a la era cristiana conocemos sus legados arqueológicos que han debido suponer grandes sacrificios para la inmensa mayoría de la población que seguramente vivía en condiciones miserables. De las tribus de cazadores y recolectores anteriores a la invención de la agricultura, sabemos por Marshall Sahlins (1974), quien ha hecho la mejor apología de la economía paleolítica, que no trabajaban mucho, 4 o 5 horas diarias, pero que requerían para su subsistencia en espacio vital considerable: entre 8 km² y 30 km² por persona. De acuerdo con eso se ha estimado que el mundo no podría alimentar a más de 15 millones de esos depredadores humanos.

En síntesis: la especie humana tiene unos 200.000 de años de existencia, si nos atenemos a la antigüedad de la Eva Mitocondrial, supuesta antecesora de todos los seres humanos. De éstos, unos 193.000 corresponden a la prehistoria y 7.000 a la vida civilizada, es decir, a lo transcurrido desde la aparición de las sociedades agrícolas sedentarias que inventaron la escritura. Siguiendo a Kuznets (1965), situando sus inicios hacia 1750, el crecimiento económico moderno –entendido como el incremento sostenido de la producción por habitante – es un fenómeno que tiene unos 250 años. Puesta la existencia humana en  la escala temporal de un día, la vida civilizada habría empezado hace unos 50 minutos y el crecimiento económico hace unos 2. Estos son aproximadamente los mismos plazos que corresponden, no a la aparición, más sí a la toma de conciencia por la razón humana de la existencia de La Increíble Máquina de Hacer Pan.
II

No sabemos en efecto cuando empezaron a forjarse los primeros rudimentos de La Increíble Máquina de Hacer Pan. Uno de los primeros hombres que tomó conciencia de su existencia, y empezó a indagar sobre la forma de su funcionamiento, el escoses Adam Smith (1773), sugiere que su aparición, la de los rudimentos, está ligada a la existencia en la naturaleza humana de cierta “propensión a cambiar” que se habría desarrollado paralelamente con el lenguaje. Es posible que haya sido así. Es posible, en efecto, que los predadores de la prehistoria hayan desarrollado algunas formas de intercambio. Sahlins, Levi-Strauss y otros antropólogos han documentado la existencia de intercambio entre algunas tribus paleolíticas existentes en el siglo XX. ¿Por qué no habría podido ocurrir lo mismo entre sus remotos antecesores?

En cualquier caso, en todas las grandes civilizaciones del pasado encontramos, a veces en forma sorprendentemente desarrollada, los elementos constitutivos de La Increíble Máquina de Hacer Pan: división del trabajo, intercambio más o menos desarrollado y moneda. En el Génesis, José el Hijo de Jacob le dice a los hambrientos egipcios que le reclaman pan: “Si no tienen más dinero, denme sus ganados y yo en cambio les daré pan”. Y al parecer era tan extendida la forma más acabada de la existencia del dinero, el préstamo con intereses, que el Legislador, en el Éxodo,  tiene que proclamar: “Si prestas dinero a uno de mi pueblo, al pobre, que tú conoces, no serás como el usurero, no le exigirás interés”. En el Código de Hammurabi, siglo XVII ó XVIII a.c.,  se reglamenta la actividad bancaria.

Los filósofos griegos fueron probablemente los primeros en reflexionar de forma más o menos sistemática sobre algunos aspectos de La Increíble Máquina de Hacer Pan. Jenofonte, uno de los discípulos de Sócrates, se mostró maravillado por la extensión y los efectos de la división del trabajo y nos dejó un párrafo que inevitablemente hace pensar en lo que escribiría Smith al respecto 20 siglos más tarde:

“Y que esto sea así no es de maravillar, porque bien así como todas las artes y oficios se obran y se labran mejor en las grandes ciudades, así también las viandas y manjares del rey son hechos y aparejados con más trabajo y artificio. En las ciudades pequeñas los mismos oficiales hacen la cama, la puerta, el arado, la mesa; y muchas veces labra la casa, y se alegra si hay algunos que le den obras de muchas maneras, que sean bastantes para mantenerse; pero no hay duda, sino que es imposible que los hombres que tienen muchos oficios puedan hacerlos todos bien. Y así en las grandes ciudades, porque muchos han menester de uno, basta un oficio a cada cual para mantenerse; y muchas veces no uno entero, sino que uno hace el calzado de hombres, y otro de mujeres; y aún en este mismo oficio hay uno que corta el calzado, y otro que lo cose, y cada cual dellos se mantiene. Y también hay uno que corta de vestir, y otro que no hace otra cosa que hacer sino aparejarlo. Que de necesidad el que entiende en una obra pequeña, es forzado que la haga muy bien.” (Jenofonte, Ciropedia, 8.2.4.)

Platón, por su parte, no pudo evitar admitir la presencia deletérea de los comerciantes en su República totalitaria: “En los estados bien organizados suelen ser, por lo regular, las personas de constitución menos vigora e imposibilitadas, por tanto, para desempeñar cualquier otro oficio. Estos tienen que permanecer allí en la plaza y entregar dinero por mercancías a quienes desean vender algo y mercancías, en cambio, por dinero a cuantos quieren comprar”.

Al igual que su maestro, Aristóteles se mostrará hóstil al comercio de compra-venta, la crematística, como el lo denomina; y al préstamo de dinero a interés condenado esa práctica con argumentos falaces que se repetirán sin descanso hasta los albores de la edad moderna. Aristóteles es en efecto uno de los primeros pensadores en sentir el vértigo que produce intuir las posibilidades expansivas de La Increíble Máquina de Hacer Pan. Asumiendo, como muchos lo seguirán haciendo después de él, que el grado desarrollo social y científico alcanzado por la sociedad en la que habita es el máximo humanamente posible - “casi todo ya está inventado”, escribe en La Política - el Estagirita se sentirá perplejo y alarmado frente a lo que parece ser una forma de producir riqueza de manera ilimitada: la crematística y su manifestación más aborrecible, el préstamo a interés. Y las condenará vigorosamente pues son la mayor amenaza contra la supervivencia de su amada Polis.

Es un misterio digno de indagación entender por qué La Increíble Máquina de Hacer Pan no se desarrolló vigorosamente en la época del Imperio Romano o de su sucesor el Imperio Otomano. O en la Antigua China, la cual, mientras Europa atravesaba su “edad oscura”, alcanzó el esplendor económico que maravilló a Marco Polo. Probablemente ello se deba  que el grado de libertad humana requerido por La Increíble Máquina de Hacer Pan no podía ser alcanzado en esas sociedades ampliamente fundadas en el trabajo esclavo o servil. David Landes (1998) ha descrito cómo, durante la Edad Media, en un largo proceso que duraría más de 500 años, se fueron preparando las condiciones que permitieron las primeras apariciones de La Increíble Máquina de Hacer Pan en pequeñas porciones del territorio de Europa: Lombardía, Holanda,  las Islas Británicas y en las ciudades burguesas esparcidas en toda la geografía europea. De forma silenciosa y sin responder a ninguna clase de designio o proyecto preestablecido se van desarrollando, entre los años 1.000 y 1.500, una impresionante serie de invenciones que van transformando lentamente la vida económica y social de la Europa medieval. Deben destacarse algunas: la rueda hidráulica y el molino de viento;  que le enseñarán al hombre las potencialidades de otras fuentes de energía a parte de la humana; el reloj mecánico, que llevará a una medición del tiempo uniforme e igual para todos; la imprenta, que permitirá la multiplicación de los saberes; en fin, la banca y la letra de cambio, que acompañan y posibilitan el surgimiento de una vasta red de comerciantes y financieros que une las ciudades y principados de toda Europa.

III

En un principio fue la acción, proclama Goethe. Las grandes invenciones de la humanidad – el lenguaje, el mercado, la moneda y, por qué no, la internet – simplemente han aparecido, como resultado de la acción humana, sin obedecer a ningún diseño previo ni a ningún propósito teleológico sobre sus alcances y posibilidades. Esto ocurre tanto con aquellas que, como las mencionadas, no es posible atribuir a ningún ser humano en particular; como con las que tienen un padre claramente identificable pero que generalmente no puede anticipar el destino de sus creaciones. En el siglo XVIII La Increíble Máquina de Hacer Pan estaba  ya bastante desarrollada, al menos en Europa, para llamar la atención de la razón. Entender su funcionamiento ha sido desde entonces el problema teórico central que se ha planteado la economía. Veamos cómo han planteado la cuestión dos de los más importantes economistas de siglo XX.
Escribe, Carlo Benetti:

“Aclaremos este punto recordando el aspecto teórico central del proyecto científico de la economía política en el siglo XVIII. Se trata de demostrar que una sociedad, compuesta por individuos que, en la búsqueda de su interés personal, actúan independientemente unos de otros a partir de indicaciones que les proporciona el mercado, puede alcanzar un estado de coherencia o de cohesión social, caracterizado por la compatibilidad recíproca de las acciones individuales”[1]
Esto señala, Kenneth Arrow:

 “…la noción de que un sistema social movido por acciones independientes en búsqueda de valores diferentes es compatible con un estado final de equilibrio coherente, donde los resultados pueden ser muy diferentes de los buscados por los agentes; es sin duda la contribución intelectual más importante que ha aportado el pensamiento económico al entendimiento general de los procesos sociales”[2]

Y podrían multiplicarse ad libitum las referencias de esta clase entre todos los grandes economistas del ayer y del presente. Pero volvamos con Adam Smith quien con su singular agudeza formuló el problema que desde entonces ocupa las mentes de los economistas:

“…el ingreso anual de la sociedad es precisamente igual al valor en cambio del total producto de sus actividades económicas, o mejor dicho, se identifica con el mismo. Ahora bien, como cualquier individuo pone todo su empeño en emplear su capital en sostener la industria doméstica, y dirigirla a la consecución del producto que rinde más valor, resulta que cada uno de ellos colabora de una manera necesaria en la obtención del ingreso anual máximo para la sociedad. Ninguno se propone, por lo general, promover el interés público, ni sabe hasta qué punto lo promueve. Cuando prefiere la actividad económica de su país a la extranjera, únicamente considera su seguridad, y cuando dirige la primera de tal forma que su producto represente el mayor valor posible, sólo piensa en su ganancia  propia; pero en este como en otros muchos casos, es conducido por una mano invisible a promover un fin que no estaba en sus intenciones. Mas ni implica mal alguno para la sociedad que tal fin no entre a formar parte de sus propósitos, pues al perseguir su propio interés, promueve el de la sociedad de una manera más efectiva que si esto entrara en sus designios. No son muchas las cosas buenas que vemos ejecutadas por aquellos que presumen de servir sólo el interés público.”[3]

Aunque la demostración rigurosa de que la metáfora de la “mano invisible” podía ser verdadera se produjo solamente en los años cincuenta del siglo XX, con las contribuciones de Kenneth Arrow y de Gerard Debreu, ambos laureados con el nobel de economía; la comunidad naciente de los economistas, con algunas excepciones, acogió y perfeccionó, a lo largo de los años,  los argumentos de  Adam Smith. Sin embargo, como lo señalaran Arrow y Hahn, la repuesta de los economistas al interrogante: ¿Cómo sería una economía motivada por la ambición individual y controlada por un número muy grande de agentes diferentes?, desafiaba entonces y continúa desafiando “el sentido común”. La respuesta más probable, de “sentido común”, sería: habría caos. La pretensión de Marx será fundamentar teóricamente esta respuesta. Volveremos sobre esto.

En este punto ya es posible resumir las principales características de La Increíble Máquina de Hacer Pan:

1.    Es operada por una inmensa cantidad de operarios, probablemente millones, esparcidos por el mundo entero, incluso en los más apartados y remotos lugares.

2.    Cada operario es dueño de su parte de la máquina y decide autónomamente sobre su empleo de acuerdo a su conveniencia como él la percibe. 

3.    La mayoría de los operarios ignoran que las porciones a su cargo hacen parte de una gran máquina mayor y las consideran como máquinas autónomas.

4.    Los operarios adicionan o retiran porciones de la gran máquina sin consultar con nadie - ¿cómo habrían de hacerlo?- y sin preocuparse de los impactos de ello sobre el funcionamiento global.

5.    A   los operarios les basta conocer el funcionamiento de las porciones a su cargo y pueden ignorarlo todo sobre las demás. De hecho, a medida que La Increíble Máquina de Hacer  Pan crece, crece también la cantidad de porciones de cuyo funcionamiento podemos ser ignorantes.

6.    Al parecer el crecimiento de La Increíble Máquina y del número de operarios no puede detenerse pues está determinado por la imaginación y la fantasía humana las que al parecer son ilimitadas.

7.    El funcionamiento de la máquina exige la igualdad en la libertad de los operarios lo cual, dada la diversidad de la naturaleza de éstos, conduce a desigualdad en los resultados.

8.    Las porciones de propiedad de los distintos operarios defieren en tamaño y complejidad pero esas participaciones distributivas cambian continuamente con asombrosa rapidez.

9.    Los atributos morales, culturales, étnicos o de cualquier otra índole de los operarios no inciden en la evaluación de su eficiencia ni en la apropiación de sus resultados. Cuando dichos atributos intervienen es manifestación de que La Increíble Máquina no está plenamente establecida.

10. El funcionamiento de la máquina parece requerir de una lubricación de sus engranajes suministrada por un agente externo a los operarios. El grado de intervención del agente externo es motivo de desacuerdo entre los estudiosos de la Máquina. Incluso, muchos piensan que el agente externo debe alterar los resultados.

La idea de una Máquina de este tipo repugna a los que Adam Smith llamó los “hombres doctrinarios”; categoría dentro de la cual caben los religiosos, los políticos, los moralistas, los reformadores  y todos aquellos que creen que la vida social de los hombres está regida por un propósito común - transcendente o material – como la salvación del alma, el bienestar material de todos, la perpetuación de la raza, la grandeza de la patria o la conservación de la naturaleza. De hecho todos somos, en ocasiones y en diversos grados, hombres doctrinarios.   

“El hombre doctrinario- escribe Adam Smith -  imagina que puede organizar a los diferentes miembros de una gran sociedad con la misma desenvoltura con que dispone las piezas en un tablero de ajedrez. No percibe que las piezas del ajedrez carecen de cualquier otro principio motriz salvo el que les imprime la mano, y que en el vasto tablero de la sociedad humana cada pieza posee un principio motriz propio, totalmente independiente del que la legislación arbitraria elija imponerle. Si ambos principios coinciden y actúan en el mismo sentido, el juego de la sociedad humana proseguirá sosegada y armoniosamente y muy probablemente será feliz y próspero. Si son opuestos o distintos, el juego será lastimoso y la sociedad padecerá siempre el máximo grado de desorden” [4]

IV

El funcionamiento efectivo de La increíble Máquina de Hacer Pan es desconcertante. Durante largos períodos opera extraordinariamente bien: abunda el empleo, crece la producción y el bienestar material se extiende a todas las clases de la población; y, aunque sus resultados se distribuyen de forma desigual, la sensación general de progreso hace que la gente no piense demasiado en ello y mucho menos en el funcionamiento de la Máquina. Sin embargo, cada cierto tiempo, la Máquina parece desajustarse: la gente pierde sus empleos, el crecimiento se ralentiza y muchos se empobrecen o ven reducido su bienestar material. La gente se alarma y, olvidando prontamente el bienestar que hasta hace poco les produjo, ven a la Máquina bajo los colores más sombríos, le encuentran miles de defectos y la responsabilizan de todos los males. En realidad la mayoría de la gente suele atribuir a sus propios méritos todos los beneficios de las fases de expansión y auge  y culpabilizar a la Máquina de todas sus penurias en las fases de recesión y estancamiento.

El desempeño de la Máquina en el tiempo se asemeja a lo que se representa en la figura: períodos de expansión que se alternan con períodos de contracción, alrededor de una trayectoria ascendente.  Esta regularidad atrajo pronto la atención de los estudiosos. Ya en 1862, el médico y economista francés, Clement Juglar publicó una obra titulada “Las crisis comerciales y su  retorno periódico en Inglaterra, Francia y Estados Unidos”, en donde, con base en diversos indicadores de la actividad económica, mostraba que las crisis comerciales  se presentaban de forma recurrente cada 8 ó 10 años. Se habla desde entonces del Ciclo de Juglar.

Gráfico 1

Otro estudioso, el estadístico británico Joseph Kitchin, en 1923, dio pruebas de la existencia de otros  ciclos económicos más cortos[5], de unos 40 meses, que se inscriben por así decirlo dentro del Ciclo de Juglar. Finalmente el ruso Kondratieff[6] planteó la existencia de otro ciclo largo, con un período de 50 años, dentro del cual se inscribiría el Ciclo de Juglar. Tendríamos pues que la economía se mueve siguiendo una trayectoria cíclica, con ciclos más cortos dentro de los ciclos y nuevos ciclos dentro de estos últimos; integrados en una suerte de estructura fractálica. En el gráfico 2, la línea punteada representaría la fase ascendente del Ciclo de Kondratieff; la azul el Ciclo de Juglar y la roja el Ciclo de Kitchin.

Esta forma de desempeñarse la economía parece estar determinada por la manera en que funciona La Increíble Máquina de Hacer Pan. Como ya se dijo los operarios gestionan las partes que les corresponden sin ponerse de acuerdo con los demás. De igual forma adicionan partes nuevas que usualmente vuelven obsoletas partes de la Máquina pertenecientes a otros operarios. Schumpeter dio el nombre de innovación a esas adiciones que según su magnitud pueden dar lugar a la desaparición de grandes porciones de la Máquina y a su sustitución por otras nuevas. La introducción de un nuevo producto; la incorporación de un nuevo proceso para producir productos existentes; la apertura de un nuevo mercado y la transformación de las estructuras de los mercados son, según Schumpeter, diferentes modalidades de innovación.  Con frecuencia todas ocurren al mismo tiempo y se refuerzan unas a otras. Toda innovación implica el traslado de recursos de una parte de la Máquina a otra y por tanto puede dar lugar a la desaparición o marchitamiento de porciones más o menos importantes de la Máquina acarreando la ruina de sus operarios hasta entonces prósperos. En general la innovación aparece sin que los operarios de las porciones que serán suplantadas se percaten de ello. La electricidad no la inventaron los fabricantes de velas; ni los automóviles los productores de coches ni los que vivían de levantar los caballos de tiro. La reciente revolución de las telecomunicaciones, cuyo alcance aún es imposible de anticipar, no fue obra de los monopolios estatales que desarrollaron la telefonía tradicional. En fin, los ejemplos pueden multiplicarse a voluntad. Lo que importa destacar es que la evolución de La Increíble Máquina de Hacer Pan reviste la forma de lo que Schumpeter caracterizara como un proceso de destrucción creativa.



Gráfico 2


Dos son, según Marx, las características del Régimen Capitalista de Producción,  como él denomina a  La Increíble Máquina de Hacer Pan:

“Primera, este régimen crea sus productos con el carácter de mercancías (…) el ser mercancías constituye el carácter predominante y determinante de sus productos (…) Como estos productores sólo se enfrentan en cuanto poseedores de mercancías y cada cual procura vender su mercancía al precio más alto posible (y además, aparentemente, sólo se halla gobernado por su arbitrio en la regulación de la producción misma), resulta que la ley interna sólo se impone por medio de su competencia (…) La ley del valor (…) es la que impone el equilibrio social de la producción en medio de sus fluctuaciones fortuitas (…) La segunda característica específica del régimen capitalista de producción es la producción de plusvalía como finalidad directa y móvil determinante de la producción. (…) La producción en gracia a la plusvalía lleva implícita (…) la tendencia constante a reducir el tiempo de trabajo necesario para la producción de una mercancía (…) La tendencia a reducir el precio de costo a su mínimo se convierte en la palanca más poderosa para la intensificación de la fuerza productiva social del trabajo (…) entre los capitalistas, que se enfrentan simplemente como poseedores de mercancías, reina la anarquía más completa, dentro de la cual la cohesión social de la producción sólo se impone a la arbitrariedad individual como una ley natural omnipotente”[7].

Marx entendió perfectamente el problema que planteaba el funcionamiento de La Increíble Máquina de Hacer Pan. Los operarios no están interesados en satisfacer las necesidades materiales de los demás; están interesados en obtener de la venta de sus productos la mayor ganancia posible. No saben cuáles son las necesidades materiales de la sociedad. Sólo disponen de las indicaciones que les dan los precios – y no todos, sólo unos pocos, los más cercanos a su porción de la Máquina – y sobre esa base deciden. Es por ello que son, antes que nada, productores de mercancías, de valores de cambio; y sólo subsidiariamente de valores de uso, en el lenguaje de Marx. Y entre ellos “reina la anarquía más completa”. En ausencia de una coordinación ex – ante, el equilibrio o la cohesión social de la producción, en los términos de Marx, se da por la acción de la “ley del valor” o, lo que es lo mismo, por el proceso de mercado.

Adam Smith, y desde entonces casi todos los economistas que en la tierra han sido, “han tratado de demostrar que una economía descentralizada, motivada por el interés individual y guiada por señales de los precios, (es) compatible con una disposición coherente de los recursos económicos, que podría considerarse, en un sentido bien definido, mejor que un gran número de disposiciones alternativas posibles”[8]. Marx, al igual que Malthus y Keynes y otros menos conocidos, se apartaron de esa tradición. Vamos a ocuparnos sólo de Marx.

Marx estudia el sistema capitalista de producción, en el marco de su teoría general de la historia, el materialismo histórico, de la cual, en su Contribución de la Crítica de la Economía Política, nos presenta esta espléndida síntesis: 

“El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política e intelectual. No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad; es la realidad social la que determina su conciencia. Durante el curso de su desarrollo, las fuerzas productivas de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo cual no es más que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se han movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una era de revolución social. El cambio que se ha producido en la base económica trastorna más o menos lenta o rápidamente toda la colosal superestructura. Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productivas que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones hayan sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad…Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso de producción social, no en el sentido de antagonismo individual, sino en el de un antagonismo que nace de las condiciones sociales de existencia de los individuos; las fuerzas productivas que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa crean al mismo tiempo las condiciones materiales para resolver este antagonismo”[9]

Ahora bien, esa ley de la historia, de acuerdo con la cual cada forma antagónica de producción se destruye por sus contradicciones internas, tiene unos rasgos específicos en cada modo de producción. En el caso del modo de producción capitalista, Marx encontró no una sino cuatro leyes propias de su funcionamiento que deberían llevarlo a su propia destrucción, a su inexorable derrumbe. 

La ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia. La ganancia es proporcional al valor del capital invertido y la plusvalía a la cantidad de trabajo explotado. En su avidez por elevar sus ganancias los capitalistas invierten en bienes de capital, medios de producción, que eleven la productividad del trabajo – la plusvalía relativa, en el lenguaje de Marx – lo cual conduce a un aumento de la composición orgánica del capital – la relación capital-trabajo, en el lenguaje de la economía moderna – lo que lleva a una caída de la tasa general de ganancia, para una masa de plusvalía dada o incluso declinante, pues el mayor nivel de capitalización desplaza trabajo llevando a un desempleo creciente. Esto nos lleva a la segunda ley.

Ley del ejército industrial de reserva y de la miseria creciente del proletariado. Ese afán de cada capitalista por elevar o mantener sus ganancias lo lleva a buscar el aumento de la plusvalía: de la relativa, aumentando su nivel de capitalización y generando desempleo, o de la absoluta, por la reducción del salario real que resulta del desempleo masivo, o del aumento el ejército de reserva industrial, del que habla Marx. Esto conduce a un traslado de ingresos de los trabadores a los capitalistas, a la consiguiente caída de la demanda de consumo y por tanto  a la crisis de sobre-producción. Malthus, Keynes y, recientemente, el afamado Roubini han acogido la teoría del sub-consumo: el capitalismo produce demasiado con relación a la demanda. Esto nos lleva a la tercera ley.

Ley de las crisis y depresiones recurrentes. Por una suerte de milagro, que ninguno de los sub-consumistas ha logrado explicar satisfactoriamente, en algún momento de las crisis de sobre-producción, la demanda de consumo, en lugar de hundirse en una espiral sin fin, se hace suficiente para realizar la producción y la economía vuelve a expandirse; hasta que llega un momento en que la demanda, nuevamente, se vuelve insuficiente para realizar la producción y vuelve la crisis de sobre-producción. Y así, cíclicamente, hasta que llega el día en que no se produce el  milagro y sobreviene el derrumbe. Pero si hasta el momento el derrumbe no se ha dado eso se debe a la creciente concentración y centralización del capital mediante la cual los grandes capitalistas logran imponer mediante empresas monopolísticas un cierto grado de regulación racional al caos de la competencia. Y esto nos lleva a la cuarta ley.

 Ley de la concentración y centralización de la industria. Con la crisis desparecen las empresas pequeñas que van siendo absorbidas por las más grandes. Cada vez son más grandes las empresas, más concentrado el capital  y cada vez son más las que son estatizadas, conformándose  el llamado capitalismo monopolista de estado - concepto aportado por los marxistas del siglo XX - fase terminal del capitalismo y antesala del socialismo[10].

Y ese socialismo permitiría la superación de la anarquía de la producción pues “sólo allí donde la producción se halla sujeta al control preestablecido de la sociedad, puede ésta establecer la coordinación necesaria entre el volumen del tiempo de trabajo social invertido en la producción de determinados artículos y el volumen de la necesidad social que estos artículos vienen a satisfacer”[11]

V

Como economista Marx tuvo el mérito de plantearse los problemas correctos y la desventura de darles las respuestas equivocadas[12]. Pero como profeta su éxito fue avasallador. La representación mental que él se hiciera del sistema capitalista, su modelo de dos agentes: capitalistas que poseen todos los medios de producción y obreros despojados de todo salvo de su fuerza de trabajo, fue asumida como la descripción totalmente ajustada de la realidad del capitalismo industrial en Inglaterra. Su teoría de la explotación resultaba evidente para los despojados, los intelectuales románticos y toda clase de almas caritativas que podían “verla” con sus propios ojos en las barriadas miserables de Liverpool, Manchester o Londres.  El historiador italiano Guido de Ruggiero ofrecía, en 1925, una síntesis de lo que puede ser la descripción canónica de los “horrores” de capitalismo industrial naciente:

“Fue precisamente en el período del desarrollo industrial más activo cuando empeoraron las condiciones de vida del trabajador. La duración del trabajo se alargó desmesuradamente; la ocupación de mujeres y niños en las fábricas hizo descender los salarios; la aguda competencia entre los mismos trabajadores que ya no estaban ligados a sus parroquias, sino que viajaban libremente y podían reunirse allí donde la demanda de servicios era mayor, abarató todavía más el trabajo que ofrecían en el mercado: crisis industriales numerosas y frecuentes – inevitables en un período de crecimiento, cuando la población y el consumo no se han estabilizado todavía – incrementaban de tiempo en tiempo la multitud de los parados, el ejército de reserva del hambre”[13]

No importa que la población de Inglaterra haya pasado de 6 a 9 millones entre 1750 y 1800 y a 12 en 1820, la más alta tasa de crecimiento registrada en la historia de ese país; que el porcentaje de los niños que morían en Londres antes de los cinco años haya caído de 74,5%, entre 1730 y 1749, 31,8%, entre 1810 y 1829[14]; ni que se haya demostrado hasta la saciedad que los salarios reales y el nivel de vida de los trabajadores ingleses mejoraron ostensiblemente entre 1800 y 1850; nada de eso importa,  la imagen de los horrores del capitalismo naciente persiste. En 1956, un intelectual de la talla de Bertrand Russell, tenía el desparpajo de escribir, contra toda evidencia histórica que: “La revolución industrial provocó en Inglaterra, como también en América, una miseria indescriptible. En mi opinión, apenas nadie que se ocupe de la historia económica puede dudar que el nivel medio de vida de Inglaterra era más bajo que hace cien años antes; y esto ha de atribuirse casi exclusivamente a la técnica científica”[15]

Como lo ha señalado Hayek, este mito “ha contribuido más que ningún otro a desacreditar el sistema económico al que debemos nuestra civilización actual”[16]

Aunque resurge con especial fuerza en tiempos de recesión, la visión de un capitalismo perverso y explotador persiste, permanentemente alimentada por intelectuales como Noam Chomsky, Jean Paul Sartre o Gabriel García Márquez. Los literatos y la mayoría de los intelectuales son completamente ignorantes de los mecanismos sociales pero se reúsan a admitir su ignorancia. La idea de que la economía pueda funcionar  con arreglo a ciertas leyes que escapan a su comprensión les resulta repulsiva. Que los salarios sean bajos, que la gente pierda su empleo o que alguien se enriquezca en demasía  no pueden jamás entenderlo como los resultados de un proceso social que nada tiene que ver con sus ideales de justicia.

Sólo en el siglo XX se pudo plantear con seriedad la idea de que es posible eliminar la pobreza. Nadie puede negar  mejoras en las condiciones materiales de los trabajadores en los últimos 200 años. Sin embargo, la hostilidad contra La Increíble Máquina de Hacer Pan persiste y esos logros, y decenas de otros,  se interpretan como los resultados obtenidos por un sistema intrínsecamente malo que ha podido ser modificado por la presión social y la acción política benevolente. Pero, como lo ha señalado Bertrand de Jouvenel,  deberíamos interrogarnos si esas mejoras se habrían verificado “sin los éxitos de este mal sistema, y si la acción política benevolente no se limitó a hacer caer del árbol el fruto que aquel había hecho madurar. La búsqueda de la causa verdadera tiene su importancia, ya que una errónea atribución del mérito puede conducir a la convicción de que el fruto se produce sacudiendo el árbol”.  

Bibliografía

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Smith, Adam (1759). La teoría de los sentimientos morales. Edición en español Alianza Editorial, Madrid, 1997.

Smith, Adam (1773). La riqueza de las Naciones. Edición es español de Fondo de Cultura Económica, México, 1979.



[1] Benetti, Carlo. (1990). Página 58.

[2] Arrow, K. J.  y Hahn, F.H. (1971, 1976). Página 14.

[3] Smith, Adam (1773, 1979). Página 402.

[4] Smith, Adam (1759, 1997). Página 418.
[5] Kitchin, Joseph (1923). «Cycles and Trends in Economic Factors». Review of Economics and Statistics (The MIT Press) 5 (1):  pp. 10–16.
[6] Kondrátiev, Nikolái D. 1935: "Los grandes ciclos de la vida económica"; Ensayos sobre el Ciclo Económico:35-56; Gottfried Haberler compilador. Fondo de Cultura Económica, México, 2ª ed. 1956.

[7] Marx, Karl.(1894)  El Capital. Volumen III. Edición en español de Fondo de Cultural Económica,  México, 1971. Páginas 812-813.

[8] Arrow, K. J.  y Hahn, F.H. (1971). Página 9.

[9] Marx, Karl  (1859, 1977) Páginas 2-3
[10] El marxista alemán, R. Hilferding escribía en 1927: “Esto significa simplemente que a nuestra generación se le plantea el problema de transformar con la ayuda del estado, con la ayuda de la regulación consciente, esta economía organizada y dirigida por los capitalistas en una economía dirigida por el estado democrático”

[11] Marx, Karl (1971) El Capital. Volumen III.  Página 191.  

[12] Al respecto vale la pena citar el concepto de Arrow y Hahn (1971) : “En algunos sentidos, Marx se aproximó más a la teoría moderna,  en cuanto a la forma de su esquema de reproducción simple (El Capital, Vol. II), estudiada en combinación con su desarrollo de la teoría de los precios relativos (Vols. I y III), que cualquier otro economista clásico, aunque lo confunda todo en su intento de mantener simultáneamente una teoría pura del valor trabajo y una igualación de las tasas de rendimiento del capital” Página 14.
[13] Citado por Hayek en Hayek y otros (1997) Páginas 21 y 22.

[14] Bauer, Mabel C. Health, Wealth and Population in the Early Days of Industrial Revolution, 1760-1815. London: George Routleges & Sons, 1926. Citado en Rand, Ayn (1967) Página 117-118.

[15] Citado en Hayek y otros (1997) página 23.

[16] Hayek y otros (1997) página 20.

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