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domingo, 1 de marzo de 2026

Voto triple por el CD el 8 de marzo

 

Voto triple por el CD el 8 de marzo

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

No debe haber vacilación alguna: el 8 de marzo el voto es triple por el Centro Democrático: por la lista nacional al Senado, por las listas departamentales a la Cámara y por Paloma Valencia en la consulta de la Gran Alianza por Colombia.

En la confrontación con el petrismo están en juego la libertad económica, la propiedad privada y la democracia liberal. Por eso, desde el primer día del gobierno de Petro, el Centro Democrático se declaró en oposición y la ejerció sin titubeos: dio las batallas parlamentarias y judiciales, denunció los excesos y contuvo —hasta donde fue posible— reformas orientadas a expandir el poder del Estado sobre la sociedad civil.

Muy distinto fue el comportamiento de los partidos Liberal, Conservador y de la U, que se refugiaron en la cómoda etiqueta de la “independencia”. Esa independencia resultó ser, en la práctica, un intercambio de apoyos por cuotas burocráticas y contratos. Algo similar ocurrió con Alianza Verde y MIRA, cuya retórica anticorrupción contrastó con votaciones favorables al gobierno. Sin esos respaldos vergonzantes, el proyecto hegemónico del petrismo no habría avanzado tanto. No se debe premiar con el voto el comportamiento infame de esos partidos. Tampoco desperdiciarlo en advenedizos que no alcanzarán el umbral.

El asesinato de Miguel Uribe Turbay no es un hecho aislado. Es un mensaje intimidatorio dirigido contra la única fuerza política que ha planteado una confrontación frontal contra el narcotráfico, el crimen organizado y la captura institucional. Y en esa confrontación hay antecedentes que no deben olvidarse. El hoy candidato presidencial Staliván Cepeda apareció mencionado en los computadores de Raúl Reyes. Ese episodio ilustra su proximidad histórica con el entramado político de las FARC uno de cuyos frentes llevaba el nombre de su padre.

La candidatura de Paloma Valencia representa una decisión inequívoca: restablecer el monopolio legítimo de la fuerza, recuperar el control territorial y desmontar las economías ilegales. El Centro Democrático, bajo el liderazgo de Álvaro Uribe, ha sido la única fuerza que, con coherencia doctrinaria, asumió sin ambages la lucha contra las organizaciones criminales y defendió un modelo de economía libre con seguridad democrática.

Se equivocan quienes suponen que las firmas sustituyen la estructura partidista y el voto de opinión consolidado. El Centro Democrático ya ganó una elección presidencial y ganó otra en primera vuelta. No es una fuerza marginal ni improvisada. Pretender que Paloma decline ante un outsider es desconocer la importancia de la cohesión y la claridad programática en una hora decisiva.

Lo que está en juego en 2026 no es una alternancia rutinaria, sino la preservación del orden democrático y liberal. Staliván Cepeda encarna un proyecto ideológico que se asume portador de una verdad histórica superior. Y cuando alguien se cree investido de ese mandato, no se detiene ante ningún crimen.

La hora exige firmeza, claridad doctrinaria y coraje político. El 8 de marzo, el mensaje debe ser nítido: voto triple por el Centro Democrático y por Paloma Valencia. Sin ambigüedades. Sin dispersión. Sin miedo. Con esperanza.

LGVA

Marzo de 2026

jueves, 26 de febrero de 2026

Democracia hipertrofiada, libertad menoscabada

 

Democracia hipertrofiada, libertad menoscabada

(Para mi amigo Alejandro Pérez, odontólogo excepcional, quien durante una sesión de ortodoncia inspiró esta reflexión)

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

En una sociedad verdaderamente libre, productiva y bien ordenada, la política debería preocupar al ciudadano corriente tanto como la odontología: solo cuando le duelen los dientes. Nadie vive pendiente del torno ni del instrumental del dentista; confía en que el profesional hará su trabajo y vuelve a lo suyo. Del mismo modo, el gobierno, en un orden sano, debería ser discreto, limitado y previsible. Su misión no es ocupar el centro de la escena, sino permitir que la vida social —la economía, la familia, la cultura— florezca sin interferencias constantes.

Entre nosotros ocurre lo contrario. Desde hace poco más de tres décadas, cuando adoptamos las reglas electorales de la Constitución de 1991, vivimos en campaña permanente. Cada año hay elecciones, consultas, reformas, plebiscitos reales o simbólicos. La conversación pública gira obsesivamente en torno al presupuesto, la corrupción, los subsidios, las cuotas burocráticas y las intrigas palaciegas. Se nos dice que esa hiperactividad política es sinónimo de más democracia y más libertad. No lo es. Es, más bien, un síntoma de que el Estado ha invadido esferas que no le corresponden y de que la sociedad civil ha sido desplazada de su lugar natural.

La politización continua de la vida civil distrae a los ciudadanos de sus ocupaciones propias en la división social del trabajo. El empresario deja de pensar en innovar para pensar en cabildear; el profesional, en producir, para buscar contratos; el líder gremial, en mejorar la productividad, para negociar favores. El talento se desplaza hacia la captura de rentas públicas. El país entero termina discutiendo cómo repartir una torta cada vez más pequeña en lugar de concentrarse en hacerla crecer.

Esta intuición fue formulada con claridad por Benjamin Constant en su célebre conferencia La libertad de los antiguos y la libertad de los modernos. Constant distinguía entre la libertad de los antiguos —centrada en la participación directa y constante en los asuntos públicos— y la libertad de los modernos, fundada en la esfera privada: el derecho a trabajar, comerciar, profesar una fe y disponer de la propia vida sin injerencias indebidas. Pretender que el ciudadano moderno viva en asamblea permanente es desconocer que su libertad se realiza, sobre todo, en el ámbito de sus proyectos personales y productivos.

La politización desbordada solo favorece a quienes viven del Estado y de sus clientelas, y de manera especial a los socialistas, cuya vocación consiste precisamente en extender la jurisdicción de lo político sobre todas las dimensiones de la existencia. Cuando todo es político —la educación, la empresa, la cultura, la energía, la salud— todo depende del favor gubernamental. Y cuando todo depende del favor, la libertad se convierte en concesión.

Ya Thomas Paine lo había dicho con brutal sencillez: en toda sociedad hay dos clases de personas, las que pagan impuestos y las que viven de ellos. Una democracia saludable procura que la segunda categoría sea la menor posible y esté estrictamente justificada. Una democracia hipertrofiada, en cambio, expande esa clase hasta convertirla en una fuerza política organizada, interesada en perpetuar y ampliar el flujo de recursos que la sostiene. Las castas de los profesionales de política y sus clientelas que infestan todos los partidos. En eso y nada más radica la fuerza del discurso estatista. Por eso ganó Petro las elecciones, por eso se consolidó en el poder. Por eso puede ganar su heredero.  

No necesitamos más política; necesitamos mejor gobierno y menos gobierno. No más elecciones permanentes, sino reglas generales, claras y estables que limiten el poder. La libertad moderna no consiste en vivir agobiados por la plaza pública, sino en poder ignorarla la mayor parte del tiempo. Cuando la política se vuelve omnipresente, no es la democracia la que avanza: son la dependencia y la servidumbre frente al Estado las que se consolidan reduciendo la autonomía, la responsabilidad y la libertad individuales.

LGVA

Febrero de 2026.

 

Listas cerradas, listas abiertas, voto preferente

 

Listas cerradas, listas abiertas, voto preferente

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista

El presidente Alfonso López Michelsen decía que las listas electorales se parecen a un LP o a un CD: uno está obligado a comprar todas las canciones, aunque solo le gusten un par. La analogía sigue siendo pertinente. Algunos jóvenes creen que el voto preferente les permite “armar su propia lista”, como si la política fuera Spotify. Se equivocan: el voto preferente no altera la distribución de curules entre listas; solo decide el orden interno de quienes ya resultaron beneficiados por la fórmula electoral.

Conviene distinguir. Los sistemas electorales se dividen en mayoritarios y proporcionales. En los primeros, quien obtiene la mayoría se lleva todo; en los segundos, las curules se distribuyen en proporción a los votos. Ningún método logra una proporcionalidad perfecta, pero algunos se aproximan más que otros. Existen dos grandes familias: los métodos de residuo mayor y los de promedio mayor.

El más conocido de los primeros es la cuota de Hare o cociente electoral, que rigió en Colombia hasta 2002. Bajo ese esquema, el total de votos se dividía por el número de curules para obtener el cociente. Cada lista alcanzaba tantas curules como veces superara ese cociente, y las restantes se asignaban por los mayores residuos. El incentivo era perverso: dividir fuerzas en múltiples listas permitía ganar curules adicionales por residuo. No por azar, en 2002 compitieron 312 listas al Senado y 96 obtuvieron escaño; la mayoría por residuo.



Desde 2006 rige el método de D’Hont, un sistema de divisores que pertenece a los métodos de promedio mayor. Los votos de cada lista que supera el umbral se dividen sucesivamente por 1, 2, 3… hasta el número de curules.  Resulta una matriz de cocientes cuyo número de elementos es el producto del número de listas por el número de curules. Para el senado que se elegirá el 8 de marzo de 2026 se inscribieron 16 listas, si 8 de ellas superan el umbral, la matriz de cocientes tendrá 800 elementos. Los elementos de la matriz se ordenan de mayor a menor y el centésimo el elemento es la cifra repartidora. La votación de cada partido se divide por esa cifra y la parte entera es el número de curules que le corresponde. 

Todas las curules “cuestan” lo mismo en votos y desaparece el juego de los residuos. El efecto fue inmediato: menos listas y mayor agregación partidista. A ello se suma el umbral del 3 % para el Senado: quien no lo alcance, queda excluido del reparto. La combinación de cifra repartidora y umbral empuja hacia la concentración y desalienta la atomización.

Pero nada de esto depende del voto preferente. La fórmula electoral define cuántas curules obtiene cada lista; el voto preferente solo ordena a los candidatos dentro de ella. Si una lista obtiene veinte curules, serán elegidos los veinte más votados dentro de esa lista —si es abierta— o los veinte primeros inscritos —si es cerrada—. El candidato 21, por más popular que sea en términos absolutos, no resultará elegido si su lista solo alcanzó veinte escaños.

De ahí la conclusión práctica para el 8 de marzo: la primera decisión es política, no personal. Se vota ante todo por una lista, es decir, por un partido y un proyecto colectivo. La segunda decisión, opcional, es por un candidato específico dentro de esa lista. Si se marca solo el logo, el voto es válido; si se marca logo y número, también. 

No hay atajos individuales en un sistema proporcional con cifra repartidora. Quien crea que puede elegir “al bueno” sin respaldar al resto de la lista desconoce la mecánica electoral. El voto preferente no es un mecanismo de independencia moral; es apenas un instrumento de orden interno. La responsabilidad política comienza por escoger bien la lista. Luego, si se quiere, el nombre o, mejor, el número.

LGVA

Febrero de 2025

martes, 24 de febrero de 2026

Sencilla defensa de la libertad de comercio

 

Sencilla defensa de la libertad de comercio

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Para un economista educado en la tradición clásica del comercio internacional es claro como el agua que la libertad comercial aumenta el bienestar de los consumidores de todos los países que intervienen en ese comercio al aumentar la variedad y cantidad de bienes y servicios a su alcance con un menor costo para todos.

El objeto de la producción es el consumo de los individuos y su riqueza no es otra cosa que cantidad y variedad de bienes y servicios que tiene a su disposición en un momento dado. El estándar es el PIB per cápita anual.

Una nación es un territorio en el que viven, producen, consumen y comercian entre sí cierto número de individuos separados comercialmente de los demás individuos del mundo por unos impuestos llamados aranceles y una moneda nacional.

Evidentemente, con relación a los individuos que viven en el Chocó los que habitamos en Antioquia no formamos una nación. Tampoco la formamos los individuos que habitamos Medellín con relación a los demás habitantes del departamento de Antioquia.  Tenemos la misma moneda y no hay aduanas ni aranceles que impidan el comercio.

Es un hecho que los habitantes del Chocó son menos ricos que los de Antioquia y los del resto de Antioquia también lo son menos con relación a los de Medellín.  Así las cosas, ¿Por qué no poner aranceles al comercio entre los chocoanos y los antioqueños y hacer que entre cada grupo se comercie en su propia moneda?  ¿Por qué no hacer lo mismo entre los de Medellín y el resto de Antioquia? ¿Por qué no hacerlo entre los habitantes de El Poblado y los de Guayabal? ¿Por qué no poner aranceles entre tú y yo y tener cada uno su propia moneda? ¿Por qué no volver a la total autarquía y así volvernos todos más ricos?

Imagino que me dirás que eso es lo más estúpido que has oído. Pues bien, poner o aumentar aranceles entre naciones es igualmente estúpido.

La especialización o división del trabajo y el intercambio libre y voluntario entre los individuos son dos de los cinco pilares fundamentales de ese orden espontáneo que llamamos economía de mercado. Los otros tres son la propiedad individual, el cálculo económico y la moneda. Eso es lo que en un artículo del mismo nombre he llamado la Atmósfera Económica. Puedes consultarlo en mi blog.

No he hablado ni de empresas ni de estados. Los aranceles y la tal soberanía monetaria solo pueden defenderse desde el punto de vista de los productores y de los políticos. Productores de todas las épocas y países han siempre buscado convencer a los políticos (reyes, presidente, parlamentarios, etc.) de que la riqueza de las naciones coincide o es la de sus propias empresas. Eso es lo que Adam Smith llamó mercantilismo. Después lo han llamado nacionalismo económico, soberanía nacional, etc. Se habla de proteger el empleo nacional pero lo único que se protege son los beneficios de empresarios incapaces de competir. Y, por supuesto, el poder de los políticos que se debilita con la libertad económica.

 

La raíz de las dos últimas guerras civiles europeas, mal llamadas guerras mundiales, fue el nacionalismo económico. Ese es el origen último de todas las guerras.

Desde Adam Smith los economistas pura sangre nos hemos esforzado por convencer a los políticos y la sociedad toda de las ventajas de la absoluta libertad comercial y de la completa libertad monetaria. Ojalá lo logremos antes de que otra guerra acabe con la humanidad o nos condene a un brutal retroceso económico.

LGVA

Febrero de 2026.

domingo, 22 de febrero de 2026

El nuevo diezmo sobre la riqueza

 El nuevo diezmo sobre la riqueza


Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista


Cada cierto tiempo reaparece, con ropaje académico y tono moralizante, la vieja prédica contra la desigualdad. Cambian los nombres, se sofistican las bases de datos, se multiplican los modelos econométricos, pero el presupuesto intelectual permanece intacto: la riqueza sería una masa preexistente, una suerte de torta gigantesca cuya distribución puede corregirse a voluntad sin alterar el proceso que la genera.


En mi artículo El espantajo de la desigualdad señalé que esa metáfora —tan arraigada en la tradición clásica y reciclada por el igualitarismo contemporáneo— es profundamente engañosa. Los ingresos no se distribuyen: se ganan. No existen al margen de los intercambios y de los precios. El campesino que vende en la plaza obtiene ingreso si alguien compra; si nadie compra, no hay “porción” que repartirle. Lo mismo ocurre con el gran empresario: su fortuna depende de millones de decisiones voluntarias de consumidores que adquieren bienes y servicios que juzgan útiles.


Sin embargo, el economista francés Gabriel Zucman propone hoy un impuesto global del 2% anual sobre las grandes fortunas. La cifra parece modesta; la implicación es colosal. No se trata de gravar un flujo de renta sino un stock de capital. Es decir, no se grava lo que el patrimonio produce sino el patrimonio mismo, año tras año, como si se tratara de una cantera inagotable.


Pero el capital no es una bóveda llena de monedas de oro. Son acciones, bonos, fábricas, centros de datos, redes logísticas, proyectos de investigación. Un impuesto permanente del 2% anual, en un mundo donde la rentabilidad real puede rondar el 4%, equivale a confiscar la mitad del rendimiento. Si la rentabilidad es menor, erosiona el capital mismo. No es un ajuste cosmético: es un desincentivo estructural a la acumulación.


Se dirá que los ricos pueden pagar. Siempre pueden pagar… hasta que dejan de invertir. Y lo que importa no es cuánto ganan los ricos sino qué hacen con lo ganado. A diferencia de los potentados del Antiguo Régimen, los ricos del capitalismo reinvierten buena parte de sus ingresos en actividades productivas. Esa reinversión eleva la relación capital-trabajo, aumenta la productividad y, a la postre, los salarios reales. El crecimiento —no la redistribución— es lo que ha reducido la pobreza en los últimos dos siglos.


La evidencia empírica, tan cara a los cruzados de la desigualdad, es incómoda para su causa. Los países con más multimillonarios no son los más pobres sino los más prósperos. Allí donde se protege el capital y se estimula la inversión, florecen grandes fortunas… y desaparece la pobreza extrema. Donde se hostiga la acumulación, el resultado no es igualdad opulenta sino igualdad en la penuria.


Tampoco resiste escrutinio la obsesión con las herencias. Las grandes fortunas rara vez sobreviven intactas más allá de dos o tres generaciones. La competencia, la innovación y la inexorable soberanía del consumidor erosionan patrimonios mal administrados. No es la cuantía inicial lo que garantiza el rendimiento, sino la capacidad de asignar capital a empresas que satisfagan necesidades reales.


En el fondo, el impuesto global al patrimonio descansa en una sospecha moral: que la riqueza, por su sola magnitud, es injusta. Pero esa sospecha ignora que la riqueza en economías abiertas es el resultado de intercambios voluntarios y que gravarla sistemáticamente es gravar la inversión futura.


Sacudir el árbol puede hacer caer algunos frutos. Sacudirlo cada año, con afán redistributivo, puede terminar por secarlo. Y sin árbol no hay frutos que repartir.

martes, 17 de febrero de 2026

Impuestos, salarios y la ilusión fiscal

 

Impuestos, salarios y la ilusión fiscal

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Hay ideas que, de tanto repetirse, adquieren la apariencia de axiomas. Una de ellas —frecuente en políticos — sostiene que reducir los impuestos a las empresas permitiría elevar los salarios. La tesis es atractiva: menos Estado, más empresa; menos tributo, más remuneración. Suena casi contable. Pero la economía no es un libro de caja menor.

Conviene comenzar por una pregunta elemental: ¿qué determina el salario? En una economía de mercado, el salario no es una dádiva del empresario ni una concesión moral del capital; es, en condiciones competitivas, el precio del trabajo. Y como todo precio, está determinado por la interacción entre oferta y demanda. Más aún: en el marco analítico estándar, el salario real tiende a corresponder a la productividad marginal del trabajador. Se paga, en equilibrio, lo que el trabajador aporta al valor del producto.

Si esto es así, la idea de que una reducción del impuesto corporativo se traducirá automáticamente en mayores salarios encierra una suposición implícita: que los salarios actuales están por debajo de la productividad. Es decir, que el empresario dispone de un margen salarial reprimido que el fisco le impide liberar. Pero si tal margen existiera de manera sistemática, la competencia entre empresas por trabajadores lo erosionaría. La empresa que pagara menos de la productividad perdería mano de obra frente a la que pagara más. El mercado, no el ministro de Hacienda, sería el corrector.

De ahí la primera objeción: los impuestos a las empresas no se pagan con “salarios retenidos”, sino con utilidades, esto es, con la remuneración del capital una vez cubiertos los costos, entre ellos el trabajo. Sugerir que el tributo impide subir salarios equivale a afirmar que el Estado está apropiándose de una porción del ingreso laboral disfrazada de utilidad. Es una tesis fuerte y, en general, difícil de sostener.

Ahora bien, el análisis no puede agotarse en el modelo estático. Los defensores de la reducción tributaria suelen apelar a un argumento dinámico: menores impuestos elevan la rentabilidad del capital, estimulan la inversión, aumentan el acervo de capital por trabajador y, en consecuencia, elevan la productividad y los salarios reales en el largo plazo. Aquí el razonamiento es más sofisticado. No se trata de liberar una bolsa salarial reprimida, sino de modificar las condiciones de acumulación.

Este argumento tiene coherencia interna. Pero su validez empírica depende de varios supuestos exigentes: movilidad efectiva del capital, sensibilidad significativa de la inversión a la tributación, seguridad jurídica, estabilidad regulatoria y, no menos importante, un entorno donde la acumulación de capital se traduzca realmente en mayor productividad laboral y no en rentas protegidas. Sin estas condiciones, la rebaja tributaria puede limitarse a engrosar utilidades sin alterar sustancialmente la trayectoria salarial.

En economías como la colombiana, caracterizadas por alta informalidad, segmentación laboral y heterogeneidad empresarial, el panorama es aún más complejo. Una parte considerable del empleo opera al margen de la tributación corporativa formal. En ese universo, la reducción del impuesto a la renta empresarial difícilmente incidirá en los salarios, porque el problema no es la carga fiscal sobre utilidades sino la baja productividad estructural y la precariedad institucional.

Además, la incidencia efectiva del impuesto corporativo —quién lo soporta en última instancia— no coincide necesariamente con quien lo paga formalmente. Parte puede recaer sobre el capital; parte, en determinadas circunstancias, sobre el trabajo; parte, incluso, sobre los consumidores. La distribución depende de elasticidades, movilidad y estructura de mercado. No es un automatismo ideológico sino una cuestión empírica.

En suma, afirmar que reducir impuestos empresariales permitirá subir salarios es, en el mejor de los casos, una proposición condicional que exige una cadena de supuestos; en el peor, una simplificación que confunde contabilidad con teoría económica. Los salarios no dependen de la benevolencia del empresario ni del alivio tributario coyuntural, sino de la productividad, la competencia y la calidad institucional.

La discusión de fondo no es si menos impuestos son buenos o malos en abstracto, sino qué tipo de estructura fiscal y qué entorno institucional maximizan la inversión productiva y la remuneración sostenible del trabajo. Sin esa arquitectura, la promesa salarial puede convertirse en un espejismo fiscal: una ilusión en la que el tributo aparece como obstáculo visible y la productividad como variable olvidada.

Y en economía, como en política, las ilusiones suelen ser más rentables en el discurso que en la realidad.

LGVA

Febrero de 2026.

 

domingo, 15 de febrero de 2026

2026: el año en que Colombia puede cruzar un punto de no retorno

 

2026: el año en que Colombia puede cruzar un punto de no retorno

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

I.             Introducción

Las economías no colapsan de un día para otro. Antes de que aparezcan la hiperinflación, la devaluación masiva, la cesación de pagos o el cierre del crédito internacional, ocurre algo más sutil y más peligroso: se deterioran las condiciones que hacen posible el funcionamiento normal del sistema económico.

En otro artículo publicado en este blog, a ese conjunto de condiciones – división de trabajo funcional, moneda estable, cálculo económico basado en precios libres, intercambio libre y voluntario y propiedad privada protegida - la llamé la Atmósfera Económica[1]. La expresión es precisa. Cuando el aire es limpio, nadie lo nota; cuando se contamina, respirar se vuelve difícil incluso antes de que haya asfixia.

Hoy Colombia no enfrenta una crisis abierta. Pero sí muestra signos de erosión en su atmósfera económica. El riesgo no es un estallido inmediato, sino la acumulación de deterioro. Puede haber gasto, puede haber consumo, puede haber retórica redistributiva, pero no hay crecimiento complejo.

II.           El problema no es ideológico, es funcional

La teoría económica lo explicó hace casi un siglo. Ludwig von Mises demostró que sin propiedad privada y precios formados en el mercado no es posible calcular racionalmente qué proyectos generan valor y cuáles destruyen recursos. Más tarde, Friedrich Hayek explicó que los precios transmiten información dispersa que ningún gobierno puede centralizar.

Cuando las señales se distorsionan —por intervenciones discrecionales, inseguridad jurídica o incertidumbre regulatoria— el cálculo económico se vuelve opaco. Y cuando el cálculo falla, la inversión se frena.

Eso es exactamente lo que empieza a observarse en Colombia: caída relativa de la inversión privada, crecimiento potencial reducido y productividad estancada. No es colapso. Es debilitamiento.

III.         Captura institucional o golpe de estado por cuotas[2].

El riesgo estructural más serio no es un golpe militar ni el cierre del Congreso. Es algo más sofisticado: la captura progresiva de instituciones clave sin ruptura formal del régimen democrático. Un “golpe por cuotas”.

Este fenómeno se caracteriza por:

  • Colonización gradual de órganos de control.
  • Presión política sobre entidades autónomas.
  • Uso selectivo del aparato sancionatorio.
  • Deslegitimación discursiva de los contrapesos.

No se necesita abolir la Constitución para alterar su funcionamiento real. Basta con modificar los equilibrios internos.

El impacto económico es inmediato en expectativas, aunque no siempre visible en cifras. Aumenta la prima de riesgo, se acortan los horizontes de inversión y el capital se vuelve defensivo.

IV.         El riesgo territorial

A esto se suma un factor crucial: la fragmentación territorial. Cuando el Estado pierde control efectivo en regiones productivas mientras aumenta la presión regulatoria en la economía formal, se produce una asimetría peligrosa:

Más intervención donde hay legalidad.
Más impunidad donde hay ilegalidad.

El resultado es desplazamiento progresivo de actividad hacia la informalidad o economías ilícitas. No porque los empresarios prefieran el desorden, sino porque la atmósfera formal se vuelve más densa que la alternativa irregular.

V.          Las fases del deterioro

El proceso no es instantáneo. Puede describirse en cinco etapas:

1.   Polarización y deslegitimación institucional.

2.   Intervenciones regulatorias selectivas.

3.   Caída sostenida de la inversión.

4.   Desanclaje de expectativas fiscales o monetarias.

5.   Estancamiento estructural.

El punto crítico no es una crisis espectacular. Es el momento en que la economía entra en una trampa de bajo crecimiento difícil de revertir.

Podríamos definir ese punto de no retorno como la coincidencia de tres factores durante un periodo prolongado: inversión privada deprimida, crecimiento potencial inferior al 2% y prima de riesgo persistentemente alta frente a la región.

Cuando eso ocurre, el país no estalla. Simplemente deja de avanzar.

VI.         2026 como bifurcación

La elección presidencial de 2026 puede convertirse en una bifurcación estructural.

Si para entonces la erosión institucional es limitada, un giro claro hacia estabilidad regulatoria, respeto a la autonomía monetaria y recuperación territorial podría restaurar confianza con relativa rapidez.

Pero si la captura institucional y el debilitamiento territorial se consolidan antes de esa fecha, incluso una alternancia política podría encontrar un aparato ya reconfigurado y un daño acumulado difícil de revertir.

La variable crítica no es solo quién gane. Es en qué estado llegue el sistema a esa elección.

VII.       El riesgo real

Conviene insistir: el peligro no es una hiperinflación inminente ni una expropiación masiva. Es más silencioso:

  • Menor inversión de largo plazo.
  • Migración de capital humano calificado.
  • Expansión relativa del sector informal.
  • Crecimiento persistentemente bajo.

El país puede evitar el desastre visible y, aun así, perder una década de desarrollo.

La atmósfera económica no se destruye de golpe. Se contamina gradualmente. Y cuando la contaminación se normaliza, el deterioro se vuelve estructural.

VIII.     Una advertencia preventiva

Colombia aún no ha cruzado ningún umbral irreversible. La autonomía del banco central sigue formalmente intacta. No hay controles generalizados de precios. La propiedad privada no ha sido abolida. Pero los signos de fragilidad existen: inversión débil, productividad estancada, incertidumbre regulatoria y fragmentación territorial.

La historia muestra que las crisis abruptas suelen provocar reformas. En cambio, el estancamiento prolongado genera resignación. El desafío no es impedir un colapso espectacular. Es evitar la normalización del deterioro incremental.

Preservar la atmósfera económica no es una bandera ideológica; es una condición de supervivencia del orden social moderno. Defender moneda estable, propiedad segura, precios libres y control territorial efectivo no es conservadurismo doctrinario: es realismo institucional.

2026 puede ser simplemente una elección más. O puede ser el año en que Colombia decida si respira aire limpio o se acostumbra a vivir con oxígeno escaso. La diferencia no será visible en un titular de prensa al día siguiente. Se medirá en la próxima década.

LGVA

Febrero de 2026.

sábado, 14 de febrero de 2026

Dure lex, sed lex.

 

Dure lex, sed lex.

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

 

El auto que suspende los efectos del decreto que establece el salario mínimo fue una decisión en derecho. Ya una sentencia en 2017 había delimitado el alcance de las facultades del Gobierno al momento de fijar el salario mínimo, por lo que el decreto suspendido era un grosero desafío. Si el Consejo de Estado no lo suspendía, la Ley y la Jurisprudencia hubieran sido arrastrados a ser meros adornos vacíos ante el avance autoritario del régimen.

 

No es cierto que el proceder del Gobierno fuese sólo defectuoso por su forma o falta de sustentación. El aumento del 23% es tan absurdamente desproporcional que basta un breve análisis para saber que no se puede simplemente sacar un decreto que “subsane” la falta de motivación. No hay motivación razonable en toda la literatura económica y jurídica para semejante descalabro.

 

El primer efecto del aumento es el repunte de la inflación. Una variación de 1,18% del IPC, la más alta en el siglo XXI para enero, auguraba una inflación descontrolada que puso al Banco de la República la responsabilidad de aumentar la tasa de interés 100 puntos básicos. Otro efecto, que ya se estaba poniendo en marcha, es el del aumento del desempleo y el crecimiento de la informalidad, lo que siempre pone más presión en el sistema de salud y pensiones, ya de por sí afectados.

 

Mas no se trata de un error. Es una decisión política que tiene el propósito de corromper la moneda que, como señalara Lenin, es la mejor manera de destruir el capitalismo. En 2008, con un aumento de 30% del salario mínimo, la Venezuela de Chávez inició el camino que la condujo a la hiperinflación, la muerte del bolívar y la destrucción de su economía.

 

Afortunadamente, en Colombia aún hay instituciones respetables. El Consejo de Estado, resolviendo las solicitudes de medida cautelar para impedir el desastre, incluida la por mi presentada, suspendió los efectos del decreto y ordenó al gobierno emitir otro con un aumento transitorio. Ese aumento debe ser racional, razonable y sujeto a los parámetros legales.

 

Y si hay consecuencias políticas, de estas no puede huirse con pusilanimidad ni cobardía. La obligación de defender el Estado de Derecho, la razón y lo correcto no se toma vacaciones en elecciones. El aumento decretado por el Gobierno era desastroso y es una buena noticia que los efectos del decreto se suspendieran, sin importar si con ello el petrismo obtiene una nueva arma retórica. En todo caso, esa arma debe ser combatida con argumentos y con la verdad. Cualquier otra cosa es ceder a una extorsión grotesca.

 

Los colombianos ya han rechazado antes el populismo de los subsidios y de los regalos pagados con libertad, y esta vez no será diferente. La mayoría de los ciudadanos por lo menos intuye que el aumento del salario mínimo tenía como objetivo comprar consciencias para favorecer al heredero, y si nosotros, la oposición, huimos del debate con cobardía, estaremos bajando nuestras banderas en señal de rendición a la ideología intrínsecamente corrupta del socialismo.

 

LGVA

Febrero de 2026

martes, 10 de febrero de 2026

Entre Abelardo y Fajardo: Paloma

 

Entre Abelardo y Fajardo: Paloma

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Durante meses sostuve que el Centro Democrático debía ir con candidatura propia a primera vuelta. El País no nos perdonaría que no hiciéramos el esfuerzo de tener un candidato único de todas las fuerzas democráticas, manifestó el presidente Uribe cuando le expuse mi tesis. Días después lanzó su llamado, “De Abelardo hasta Fajardo”, que no fue acogido por ninguno de los dos.

Uribe es el único líder con el prestigio político requerido para lanzar esa ecuménica convocatoria y el único con la sencillez republicana para acometer el arduo trabajo de hacerla realidad. A ello se entregó, con su habitual denuedo: invitaciones públicas, reuniones programáticas y, lo más harto a mi parecer, llamadas personales a dirigentes políticos de todas las tendencias, incluidos aquellos que le han dispensado el peor de los tratos.  

El gobierno de Petro está destruyendo los fundamentos de nuestra democracia liberal y de la economía de mercado y propiedad privada. Bajo el gobierno del estalinista Cepeda se culminaría esa destrucción y Colombia se precipitaría por el abismo que conduce comunismo totalitario en su más cruda forma. La Gran Alianza se conforma para oponerse al totalitarismo comunista, sin que desaparezcan las diferencias existentes entre los participantes en cuanto a los énfasis y el grado de intervención del estado en la economía.

A causa de la demora en la definición de candidatura del Centro Democrático, la de Abelardo de la Espriella alcanzó mucha acogida entre sus militantes y simpatizantes y entre el pueblo uribista y la derecha en general. Su decisión de ir en solitario a primera vuelta es respetable, pero puede resultar equivocada: en el pasado, en más de una ocasión, las firmas no se tradujeron en votos. En cualquier caso, es claro que de la Espriella entiende plenamente lo que significa la apuesta de la Gran Alianza al manifestar, sin ambages, su disposición de apoyar en segunda vuelta, si fuere el caso, a cualquiera de sus miembros.

La posición de Fajardo es desatinada pero no sorprende: es continuación de su tortuosa carrera política guiada por un supuesto pragmatismo no doctrinario. La pretensión de estar por encima de las ideologías, que le reprochara Carlos Gaviria, lo ha llevado a plegarse, volens nolens, a las de sus aliados políticos de ocasión, incluidas las más nefastas en lo económico y lo social. Ojalá en esta ocasión entienda lo que está en juego y rectifique.

Por su parte, militantes y simpatizantes del CD deberían comprender que una votación masiva por Paloma en todos los certámenes presidenciales, empezando por la Consulta, es vital para la supervivencia misma del Partido, como fuerza política decisiva encargada de liderar la lucha contra el neocomunismo que no acaba con las próximas elecciones. Incluso, si à la rigueur, en una eventual segunda vuelta, para contener al estalinista Cepeda, hubiese que votar por Abelardo o Fajardo, es esencial que la votación de Paloma sea determinante en el resultado.  Ya no es hora de distracciones ni de vanos escarceos:

¡Les jeux sont faits, rien ne va plus!

Febrero de 2026.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Musk y Milei en Davos

 

Musk y Milei en Davos

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

En las postrimerías del Siglo XIX y las primeras décadas del XX, la localidad de Davos, en los Alpes Suizos, era conocida en Europa por ser la sede de lujosos sanatorios para tuberculosos millonarios. Allí era la sede del Bergohf, el sanatorio ficticio donde se desarrolla la acción de la Montaña Mágica, la mejor novela de Thomas Mann y una de las tres o cuatro más importantes del siglo pasado.

Ignoro cómo los davosés se “reinventaron” para transformar sus desuetos sanatorios en lujosos hoteles en los que año tras año, por enero, se alojan gobernantes, banqueros, empresarios, periodistas y diletantes venidos del mundo entero para asistir al llamado Foro Económico Mundial del que hace cinco décadas es sede el más conocido de todos los paraísos de esquiadores que abundan en Suiza.

Los conspiranoicos del mundo están convencidos de que, en la reunión anual de Davos, Soros y otros ricachones perversos deciden el destino de las naciones, como antes lo hicieran los masones, los rosacruces, los illuminati, los templarios y sabe Dios qué otra sociedad ultrasecreta.

Para quienes no estamos entre los manipuladores ni nos sentimos manipulados, aparte de los negocios que allí se puedan facilitar, la importancia de Davos en los destinos del mundo se limita al impacto mediático que durante un par de semanas tienen las intervenciones de algunos personajes que llegan a esa privilegiada palestra. Pero en ocasiones hay discursos de hondo calado, como los pronunciados por Elon Musk y Javier Milei en la versión 2026 del afamado evento.  

En su primera intervención el Davos, Elon Musk planteó que el desarrollo de la inteligencia artificial, la robótica, la tecnología espacial y la explotación a gran escala de la energía solar deben conducir a una gran transformación que lleve a la actual economía de la escasez a una economía de la abundancia. Señaló que prefiere equivocarse siendo optimista sobre el futuro que acertar siendo pesimista.

Por su parte, Javier Milei, en su segunda intervención como presidente, haciendo gala de exquisita erudición en teoría económica y filosofía liberal, reivindicó los fundamentos de la cultura occidental – filosofía griega, derecho romano, pensamiento judeocristiano – como base del capitalismo liberal, el sistema económico más eficiente y de más elevada moralidad experimentado por la humanidad. 

Los logros tecnológicos descritos Musk no surgieron por accidente, son el producto de las nuevas ideas que solo pueden desarrollarse en una sociedad abierta al cambio, con un sistema educativo que tolere el fracaso y premie la curiosidad, una cultura que valore el conocimiento, la experimentación y el cuestionamiento del saber heredado y un sistema legal respete los derechos de propiedad sobre los productos del trabajo y los beneficios de la innovación.

Desde sus inicios, la humanidad parece haber estado movida por lo que Veblen llamara el instinto del trabajo eficaz y por la incesante búsqueda del lujo. Esos son los motores de la innovación tecnológica y el orden espontáneo del capitalismo liberal suministra el marco institucional más adecuado para que se desarrollen con el menor conflicto posible.

LGVA

Febrero 2026

domingo, 25 de enero de 2026

La Gran Alianza por Colombia

 

La Gran Alianza por Colombia

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Decía el doctor Carlos Gaviria Diaz, notable magistrado de la Corte Constitucional, que la democracia no es la sumatoria de las mayorías sino la sumatoria de las diferencias. Nada más apropiado para expresar lo que significa la unión de 9 aspirantes en la llamada Gran Alianza por Colombia de la que se espera salga, en la consulta del 8 de marzo, un candidato único a la presidencia.

Aparte de la coincidencia en los siempre presentes buenos propósitos – acabar la corrupción, eliminar la pobreza, reducir la desigualdad, abaratar el mercado, educación de calidad, vivienda digna, etc., etc. – el común denominador de esta Alianza, el que justifica su existencia,  debe ser el respeto, acatamiento y defensa de los principios que definen un orden político republicano, liberal y democrático: el monopolio estatal de la fuerza legítima en el territorio, el principio de legalidad y la responsabilidad democrática.

Con política de “paz total” y la contemporización con las bandas criminales, el gobierno de Petro, continuando con lo ya iniciado con los acuerdos de La Habana de Santos, ha deslegitimado a las Fuerzas Armadas, tratando de ponerlas como un grupo armado más, al servicio de los intereses políticos de la izquierda comunista, y dejado buena parte del territorio a merced de las bandas criminales.

Con el sometimiento de los Organismos de Control, la intimidación y captura de las Altas Cortes, el recurso arbitrario y recurrente a los estados de excepción y el abuso de la facultad reglamentaria del ejecutivo, el gobierno de Petro está destrozando la separación de poderes sin la cual el principio de legalidad es un cascarón vació. La ley deja de marcar límites a la acción del gobierno y es la acción del gobierno lo que define lo que es legal.   

El legislativo independiente, la libertad de prensa y, sobre todo, las elecciones periódicas libres son los tres mecanismos de responsabilidad democrática. El gobierno de Petro la ha emprendido contra todos con la corrupción, intimidación y chantaje al Congreso; el ataque a medios y a periodistas y la utilización abusiva de los medios del gobierno y, finalmente, las presiones y amenazas a los organismos del poder electoral, Registraduría y CNE.

En su momento, cuando Colombia era vista por el mundo como un estado fallido, Uribe sintetizó, en la afortunada fórmula de Seguridad Democrática, el compromiso con la defensa y restauración de los tres principios fundamentales del orden republicano, liberal y democrático. Es por eso que Paloma Valencia, a nombre del Centro Democrático, hace parte de esa Gran Alianza y es su deber liderarla sin vacilaciones doctrinarias ni concesiones casuísticas a quienes son incapaces de entender la gravedad del momento político por el que atraviesa el País.

Paloma está llamada a detener la marcha hacia el totalitarismo propiciada por Santos, empezada por Petro y continuada por Cepeda si llegare al poder. Hay que oponerse al crecimiento del tamaño del gobierno y al debilitamiento de la actividad privada, hay que oponerse a la acumulación de poder en el ejecutivo y a la desaparición de la división de poderes. 

LGVA

Enero de 2026

sábado, 10 de enero de 2026

Salario mínimo desbordado: hecatombe económica garantizada

 


Salario mínimo desbordado: hecatombe económica garantizada

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

En septiembre de 2022, la revista Ensayos sobre Política Económica del Banco de la República, publicó la investigación titulada “Efectos macroeconómicos del salario mínimo en Colombia”, dirigida por Luis Eduardo Arango Thomas, la cual contó con la participación de veinte destacados economistas.  Sus resultados conducen a esta lacónica conclusión:

“…el salario mínimo tiene efectos negativos en casi todas las variables estudiadas, no permite un funcionamiento fluido del mercado laboral y no está cumpliendo con sus objetivos de contribuir a reducir la desigualdad y la pobreza”

En si misma, la existencia de una regulación de salario mínimo es mala política económica, pero sus efectos perversos se ven exacerbados cuando su incremento desborda todos los parámetros técnicos que supuestamente deben regir su fijación y las mismas expectativas de los actores económicos involucrados en la negociación.

Eso es lo ocurrido con el incremento de 23% fijado para 2026 por el Decreto 1469 de 2025. Completamente alejado del piso mínimo de negociación: 6,01% - inflación causada (5,10%) más productividad (0.,91%) – de la oferta patronal: 7,21% y de la petición de los sindicatos: 16%.  No es la primera vez que ante falta de acuerdo el gobierno decreta el incremento, pero nunca antes había fijado una cifra fuera del intervalo de discusión de las partes y, claro no, de manera tan exagerada: 7 puntos porcentuales por encima de la pretensión sindical y más de tres veces la oferta patronal.



Para justificar ese despropósito, el gobierno ha recurrido – en sustitución de los parámetros obligatorios de la ley 278 de 1996 – a un expediente carente de sustento legal y sin fundamento económico-demográfico, cual es una estimación de “Salario Vital” realizada por la OIT.

Según la ley 278 y la Sentencia C 815 de 1999, para fijar el salario mínimo, en ausencia de acuerdo, el Gobierno debe tener en cuenta la inflación causada, la meta de inflación, la productividad factorial total, la participación de los salarios en el ingreso nacional y el crecimiento del PIB. Pero no basta con enumerar esos factores, es preciso, como indicó el Concejo de Estado, “determinar el nivel de incidencia y el peso que cada uno de esos indicadores tiene sobre el porcentaje final de aumento del salario mínimo”.

 

El primer efecto del aumento exagerado del salario mínimo será mayor desempleo y más informalidad; también presionará la inflación por mayores costos laborales, la mayor demanda nominal y la indexación. Esto llevará a que el Banco de la República eleve la tasa de interés de política monetaria recesionando la economía. El impacto sobre las finanzas públicas será devastador por la elevación de la pensión mínima, el aumento de las transferencias sociales indexadas y la elevación de la nómina estatal. El déficit primario puede elevarse en 14 billones de pesos.

La ilegalidad del decreto es manifiesta y seguramente el Consejo de Estado así lo reconocerá en respuesta a las demandas. Eso puede ser tardío. En necesaria la suspensión provisional del destructivo decreto para evitar una verdadera hecatombe económica que sobrevendría de no pararse rápidamente su aplicación. 

LGVA

Enero de 2026

viernes, 2 de enero de 2026

El Capitán Alatriste

 

El Capitán Alatriste

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Catorce años después de la arriesgada aventura italiana de El puente de los asesinos y casi treinta de la primera aparición del personaje y su cortejo de entrañables amigos y sórdidos enemigos, Arturo Pérez-Reverte nos trae una nueva aventura del Capitán Alatriste, esta vez una secreta y peligrosa Misión en Paris, ideada por el Conde-Duque de Olivares, Valido del Rey Felipe IV.  

En el tiempo histórico de la Saga, la Misión en Paris acontece un año después de las aventuras de El puente de los asesinos. Se trataba de acabar con el Dogo de Venecia y poner en su lugar uno más favorable a los intereses del Rey Católico. Una vez más, Don Francisco de Quevedo y Villegas actúa como intermediario entre la corte y los hombres de armas encabezados por Alatriste, que deben dar los golpes de mano que ocultamente favorecen los intereses del Reino de las Españas, comprometido en disputas de escala planetaria con todas las potencias europeas.



Las Aventuras del Capitán Alatriste son, por supuesto, una maravillosa recuperación del apasionante género de capa y espada con el trasfondo histórico del Siglo XVII, el del inicio de la larguísima decadencia del Imperio Español, con el ocaso del sol en Flandes, pero es también el Siglo de Oro, en el que España alcanzó las más elevadas cumbres literarias con Cervantes, Lope, Calderón, Tirso, Quevedo y Góngora. Los personajes de la saga leen a estos autores, conocen sus versos y asisten a la representación de su teatro. Alternan con ellos en las calles y plazas del Madrid de 70.000 habitantes y 400 tabernas en que habitan personajes históricos y de ficción, tan reales los unos como los otros en el poderoso relato de Pérez-Reverte.

El más presente es, por supuesto, Quevedo, compañero de copas y espadas del Capitán Alatriste en siete de los ocho tomos de la saga. Lope aparece paseando en las Gradas de San Felipe y toca la cabeza Íñigo Balboa, paje de Alatriste y narrador de la saga. “No olvides a ese hombre ni este día”, le dice a su pupilo el Capitán.  Más tarde, Quevedo, relaciona a Íñigo y Alatriste con Calderón, quien habría sido soldado en Flandes.

En el Caballero del jubón amarillo se representa una comedia de Tirso de Molina, “La huerta de Juan Fernández”, protagonizada por María de Castro, el amor imposible del Capitán. En este tomo se encuentran deliciosas conversaciones sobre la literatura del momento:       

“Por cierto, leí el Quijote en Sicilia – comenta el Capitán Contreras – Y a fe que no me pareció tan malo.

Ni a mi – apuntó Quevedo- Ya es novela famosa, y sobrevivirá a muchas otras”.

También, el XVII, es el siglo de Diego Velásquez, amigo personal de Alatriste. Según Íñigo, Diego el pintor habría rendido homenaje a Diego el espadachín retratándolo en el extremo derecho de La rendición de Breda.



 Estaré sumergido en la lectura de toda la Saga hasta mediados de enero. Cuando termine, volveré a la política, pues, hoy, en Colombia, como diría Quevedo, no queda sino batirse. 

LGVA

Enero de 2026