El Capitán Alatriste
Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista
Catorce años después de la arriesgada aventura italiana
de El puente de los asesinos y casi treinta de la primera aparición del
personaje y su cortejo de entrañables amigos y sórdidos enemigos, Arturo
Pérez-Reverte nos trae una nueva aventura del Capitán Alatriste, esta vez una
secreta y peligrosa Misión en Paris, ideada por el Conde-Duque de Olivares,
Valido del Rey Felipe IV.
En el tiempo histórico de la Saga, la Misión en
Paris acontece un año después de las aventuras de El puente de los
asesinos. Se trataba de acabar con el Dogo de Venecia y poner en su
lugar uno más favorable a los intereses del Rey Católico. Una vez más, Don
Francisco de Quevedo y Villegas actúa como intermediario entre la corte y los
hombres de armas encabezados por Alatriste, que deben dar los golpes de mano que
ocultamente favorecen los intereses del Reino de las Españas, comprometido en
disputas de escala planetaria con todas las potencias europeas.
Las Aventuras del Capitán Alatriste son, por supuesto,
una maravillosa recuperación del apasionante género de capa y espada con el
trasfondo histórico del Siglo XVII, el del inicio de la larguísima decadencia
del Imperio Español, con el ocaso del sol en Flandes, pero es también el Siglo
de Oro, en el que España alcanzó las más elevadas cumbres literarias con
Cervantes, Lope, Calderón, Tirso, Quevedo y Góngora. Los personajes de la saga
leen a estos autores, conocen sus versos y asisten a la representación de su
teatro. Alternan con ellos en las calles y plazas del Madrid de 70.000
habitantes y 400 tabernas en que habitan personajes históricos y de ficción, tan
reales los unos como los otros en el poderoso relato de Pérez-Reverte.
El más presente es, por supuesto, Quevedo, compañero
de copas y espadas del Capitán Alatriste en siete de los ocho tomos de la saga.
Lope aparece paseando en las Gradas de San Felipe y toca la cabeza Íñigo
Balboa, paje de Alatriste y narrador de la saga. “No olvides a ese hombre ni
este día”, le dice a su pupilo el Capitán.
Más tarde, Quevedo, relaciona a Íñigo y Alatriste con Calderón, quien
habría sido soldado en Flandes.
En el Caballero del jubón amarillo se
representa una comedia de Tirso de Molina, “La huerta de Juan Fernández”,
protagonizada por María de Castro, el amor imposible del Capitán. En este tomo
se encuentran deliciosas conversaciones sobre la literatura del momento:
“Por cierto, leí el Quijote en Sicilia – comenta el
Capitán Contreras – Y a fe que no me pareció tan malo.
Ni a mi – apuntó Quevedo- Ya es novela famosa, y
sobrevivirá a muchas otras”.
También, el XVII, es el siglo de Diego Velásquez,
amigo personal de Alatriste. Según Íñigo, Diego el pintor habría rendido
homenaje a Diego el espadachín retratándolo en el extremo derecho de La
rendición de Breda.
Estaré
sumergido en la lectura de toda la Saga hasta mediados de enero. Cuando termine,
volveré a la política, pues, hoy, en Colombia, como diría Quevedo, no queda sino
batirse.
LGVA
Enero de 2026

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