El
costo de oportunidad del estadio que pagamos todos
Luis
Guillermo Vélez Álvarez
Economista
He cuestionado en el Concejo
de Medellín el proyecto de modernización del Atanasio Girardot no porque
desconozca la importancia del deporte ni el significado que tiene el estadio
para la ciudad. Lo cuestiono por una razón económica elemental: los recursos
públicos son escasos y tienen usos alternativos.
El esquema previsto para el
nuevo estadio es de financiación mixta: 45 % corresponde a capital público y 55
% a crédito. Pero hay una precisión importante. Ese 45 % de participación
pública se financiaría con los recursos generales del Distrito, es decir, con
los impuestos que pagan los ciudadanos. La estampilla Prodeporte es otra cosa:
sus recaudos constituyen una fuente adicional y específica de ingresos
tributarios que, entre otros destinos, contribuye a financiar el proyecto. No
estamos, por tanto, ante una sustitución de impuestos: estamos ante más
recursos tributarios destinados al deporte, además de los impuestos que ya
financian la participación patrimonial del Distrito.
El asunto no termina ahí. El
crédito tampoco es gratis. Deberá pagarse con recursos futuros del Distrito,
recursos que tendrán usos alternativos y cuyo costo financiero habrá que asumir
durante años.
Aquí aparece el concepto que
suele desaparecer de las presentaciones de estos grandes proyectos: el costo de
oportunidad.
Medellín es una ciudad con un
enorme déficit habitacional. Cada peso de recursos públicos comprometido en el
estadio es un peso que no puede utilizarse simultáneamente para infraestructura
de vivienda, habilitación de suelo, servicios públicos, transporte, espacio
público o cualquier otra necesidad urbana. La pregunta relevante, entonces, no
es solamente cuánto costará el estadio, sino qué dejamos de hacer para
construirlo.
J. C. Bradbury plantea una
pregunta semejante en This One Will Be Different: False Promises and Fiscal
Realities of Publicly Funded Stadiums. Después de estudiar décadas de
subsidios públicos a escenarios deportivos en Estados Unidos, muestra que las
promesas de empleo, turismo, desarrollo inmobiliario y mayores ingresos
tributarios suelen confundir actividad económica con creación neta de riqueza.
Un estadio puede generar gasto
sin generar gasto adicional. El dinero que un ciudadano gasta allí puede haber
sido gastado de otra manera. Y los empleos creados pueden sustituir empleos que
habrían surgido en otras actividades. Por eso la pregunta correcta no es cuánto
movimiento económico produce el estadio, sino cuánto produce por encima de lo
que habría producido la utilización alternativa de esos recursos.
Este principio resulta
particularmente importante en Medellín. Si el Distrito dispone de recursos
suficientes para aportar el 45 % del capital y asumir además el endeudamiento
correspondiente al 55 %, debe demostrar que el estadio constituye un uso de esos
recursos superior a sus alternativas.
Y la carga de la prueba
debería ser mayor cuando se agregan nuevos impuestos. La estampilla Prodeporte
no hace más rentable al estadio. Simplemente permite disponer de recursos que
los ciudadanos habrían podido utilizar en otros bienes y servicios.
Por eso mi objeción no es
contra el estadio. Es contra la idea de que todo proyecto deseable es
automáticamente un buen proyecto público.
El fútbol puede ser
extraordinariamente valioso para Medellín. Pero el valor emocional del fútbol
no elimina el costo económico de las decisiones públicas.
En una ciudad con un déficit
enorme de vivienda, la verdadera pregunta no es cuánto nos gusta el nuevo
estadio. Es cuánto estamos dispuestos a sacrificar en otras necesidades para
tenerlo.
El costo de un estadio público
no es solamente lo que cuesta construirlo. Es también aquello que Medellín deja
de construir con el dinero que decidió poner en él.
LGVA
Septiembre de 2026

No hay comentarios:
Publicar un comentario