Otro que no fue
Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista
Con su muerte al pasado viernes 8 de mayo, Germán
Vargas Lleras se une a la lista de los cinco incluidos por Augusto Vásquez Díaz
su libro, Los presidentes que no fueron, donde reúne estupendos ensayos
dedicados a cada uno de ellos.
A los de Vásquez Díaz - Rafael Uribe Uribe, Jorge
Eliécer Gaitán, Gilberto Alzate Avendaño, Luis Carlos Galán Sarmiento y Álvaro
Gómez Hurtado – hay que añadir el nombre de otro que no fue, Gabriel Turbay
Abunader, biografiado recientemente por la socióloga Olga González. Además de
Vargas Lleras, por mi parte, no vacilo en añadir al sacrificado Miguel Uribe
Turbay, a quien muy seguramente habríamos elegido en 2026 ó 2030.
Ni Uribe Uribe, ni Alzate Avendaño, ni, por supuesto,
Uribe Turbay, participaron en una elección presidencial de la que hubiesen
salido derrotados. No es esta característica por si sola, compartida por muchos
otros políticos justamente olvidados, la que hace que alguien sea merecedor de
entrar en la galería de los presidentes que no fueron. Para mí, y creo que para
Augusto Vásquez también, se trata de algo más profundo e interesante, se trata
de una cierta forma de hacer política o, si se quiere, de una forma de ser
político, que es lo que distingue al hombre de estado del político ordinario.
El de la política es un mercado en el que se
intercambian promesas por votos. Para hacerse elegir concejal o alcalde de un
pequeño pueblo, la promesa debe ser muy específica y responder a una aspiración
real de los electores. A medida que se amplía el ámbito de la competencia
electoral, la promesa se hace menos específica, se torna más general y
abstracta, hasta fundirse con la visión de lo que el hombre de estado cree es el
bien común o el interés general de la nación que aspira a dirigir.
Tener una visión de país, trasmitida en escritos y discursos,
es el rasgo característico de los presidentes que no fueron, todos ellos de
elevado perfil intelectual, buenos escritores y mejores oradores.
Tal vez bajo la influencia del legado de su abuelo, Vargas
Lleras llegó a la presidencial de 2010 con una visión de país plasmada en un
enciclopédico programa con una solución para cada problema o, si se prefiere,
un problema para cada solución. No fue suficiente, quedó en tercer lugar, debajo
de Santos y Mockus.
Después de pasar por varios ministerios en el primer
gobierno de Santos, en lo que fue su más grande error político, en 2014, decide
unir definitivamente su destino al de aquel, sometiéndose a la vergüenza de la infame
negociación con quienes habían atentado contra su vida y en la que no tuvo arte
ni parte, pero cuyo costo político debió asumir en las elecciones de 2018 en
las que cayó a un modesto cuarto lugar.
Seguidor asiduo de sus columnas, no encontré en ellas
autocrítica alguna sobre el desastroso legado de Santos. Lo reivindica su
posición vertical frente al gobierno de Petro. Paz en su tumba.
LGVA
Mayo de 2026

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