Democracia
en riesgo
Luis
Guillermo Vélez Álvarez
Economista
En
todas las encuestas el candidato del totalitarismo comunista muestra
consistentemente la más elevada intención de voto en primera vuelta y resulta
vencedor, cualquiera sea el oponente, en segunda. Que parezca estancado
alrededor de 35% y que la suma de los porcentajes de sus oponentes supere esa
cifra es un magro consuelo que no puede hacernos ignorar el extremo riesgo en
que estamos de perder la democracia.
Ese
35% equivale ya a unos 8,5 millones de votos: prácticamente los mismos que
obtuvo Petro en la primera vuelta de 2022. Los votos clientelistas de los
partidos Liberal, Conservador, de la U, MIRA y otros menores pueden inclinar la
balanza en segunda vuelta, como ocurrió hace cuatro años.
Colombia
avanza deliberada y conscientemente hacia el abismo. ¿Cómo explicarlo? No basta
con invocar errores de campaña o fragmentación de la oposición. Hay factores
más profundos.
El
primero es la fascinación que, como advirtió Popper, ejercen las ideas
totalitarias sobre amplios sectores que se sienten desprotegidos en una
sociedad abierta y competitiva. El llamado de la tribu. El segundo, la hegemonía de las ideas
socialistas entre académicos, intelectuales y periodistas. Durante décadas,
estas élites han moldeado el clima de opinión presentando el estatismo como
sinónimo de justicia y el mercado como fuente de inequidad. Finalmente, como lo
señaló Stuart Mill, el gobierno representativo difícilmente prospera cuando hay
amplios contingentes de votantes pobres vulnerables a la demagogia, a las
promesas inviables y a la manipulación emocional.
Convergen
cinco fuerzas que empujan en la misma dirección: los comunistas doctrinarios,
liderados hoy por alguien de su entraña; los pobres, impulsados por una eficaz
combinación de demagogia y coacción; los ilusionados semi-educados, que creen
en soluciones mágicas; los corruptos con sus clientelas, siempre dispuestos a
negociar el poder por prebendas y las bandas narcoterroristas, que en los
territorios bajo su control obligarán a votar por quien sienten como uno de los
suyos.
Existe
otra Colombia —silenciosa y dispersa— que puede inclinar la balanza si logra
ser convocada. Es la clase media que trabaja, ahorra y paga impuestos; los
abstencionistas que han renunciado a la política por hastío; los trabajadores
independientes que sobreviven sin subsidios ni privilegios; los pequeños y
medianos empresarios que generan empleo en medio de la incertidumbre.
Hay,
además, un hecho nuevo que no debe subestimarse: por primera vez en mucho
tiempo, el anti estatismo ha entrado sin complejos en el debate político. La
defensa de la libertad económica, antes marginal o vergonzante, empieza a
encontrar voz y eco. A ello se suma un contexto internacional cada vez más
crítico del intervencionismo y más receptivo a las ideas de mercado, lo cual
refuerza la legitimidad de un viraje en esa dirección.
El
curso de acción es claro: unificar el mensaje en defensa de la libertad
económica y el orden institucional y hablarles directamente a esos sectores con
un lenguaje claro, sin tecnicismos ni complejos. No se trata de prometer, sino
de advertir; no de seducir con ilusiones, sino de convocar con realismo. La
democracia no se salvará sola.
LGVA
Marzo
de 2025

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