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jueves, 26 de febrero de 2026

Democracia hipertrofiada, libertad menoscabada

 

Democracia hipertrofiada, libertad menoscabada

(Para mi amigo Alejandro Pérez, odontólogo excepcional, quien durante una sesión de ortodoncia inspiró esta reflexión)

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

En una sociedad verdaderamente libre, productiva y bien ordenada, la política debería preocupar al ciudadano corriente tanto como la odontología: solo cuando le duelen los dientes. Nadie vive pendiente del torno ni del instrumental del dentista; confía en que el profesional hará su trabajo y vuelve a lo suyo. Del mismo modo, el gobierno, en un orden sano, debería ser discreto, limitado y previsible. Su misión no es ocupar el centro de la escena, sino permitir que la vida social —la economía, la familia, la cultura— florezca sin interferencias constantes.

Entre nosotros ocurre lo contrario. Desde hace poco más de tres décadas, cuando adoptamos las reglas electorales de la Constitución de 1991, vivimos en campaña permanente. Cada año hay elecciones, consultas, reformas, plebiscitos reales o simbólicos. La conversación pública gira obsesivamente en torno al presupuesto, la corrupción, los subsidios, las cuotas burocráticas y las intrigas palaciegas. Se nos dice que esa hiperactividad política es sinónimo de más democracia y más libertad. No lo es. Es, más bien, un síntoma de que el Estado ha invadido esferas que no le corresponden y de que la sociedad civil ha sido desplazada de su lugar natural.

La politización continua de la vida civil distrae a los ciudadanos de sus ocupaciones propias en la división social del trabajo. El empresario deja de pensar en innovar para pensar en cabildear; el profesional, en producir, para buscar contratos; el líder gremial, en mejorar la productividad, para negociar favores. El talento se desplaza hacia la captura de rentas públicas. El país entero termina discutiendo cómo repartir una torta cada vez más pequeña en lugar de concentrarse en hacerla crecer.

Esta intuición fue formulada con claridad por Benjamin Constant en su célebre conferencia La libertad de los antiguos y la libertad de los modernos. Constant distinguía entre la libertad de los antiguos —centrada en la participación directa y constante en los asuntos públicos— y la libertad de los modernos, fundada en la esfera privada: el derecho a trabajar, comerciar, profesar una fe y disponer de la propia vida sin injerencias indebidas. Pretender que el ciudadano moderno viva en asamblea permanente es desconocer que su libertad se realiza, sobre todo, en el ámbito de sus proyectos personales y productivos.

La politización desbordada solo favorece a quienes viven del Estado y de sus clientelas, y de manera especial a los socialistas, cuya vocación consiste precisamente en extender la jurisdicción de lo político sobre todas las dimensiones de la existencia. Cuando todo es político —la educación, la empresa, la cultura, la energía, la salud— todo depende del favor gubernamental. Y cuando todo depende del favor, la libertad se convierte en concesión.

Ya Thomas Paine lo había dicho con brutal sencillez: en toda sociedad hay dos clases de personas, las que pagan impuestos y las que viven de ellos. Una democracia saludable procura que la segunda categoría sea la menor posible y esté estrictamente justificada. Una democracia hipertrofiada, en cambio, expande esa clase hasta convertirla en una fuerza política organizada, interesada en perpetuar y ampliar el flujo de recursos que la sostiene. Las castas de los profesionales de política y sus clientelas que infestan todos los partidos. En eso y nada más radica la fuerza del discurso estatista. Por eso ganó Petro las elecciones, por eso se consolidó en el poder. Por eso puede ganar su heredero.  

No necesitamos más política; necesitamos mejor gobierno y menos gobierno. No más elecciones permanentes, sino reglas generales, claras y estables que limiten el poder. La libertad moderna no consiste en vivir agobiados por la plaza pública, sino en poder ignorarla la mayor parte del tiempo. Cuando la política se vuelve omnipresente, no es la democracia la que avanza: son la dependencia y la servidumbre frente al Estado las que se consolidan reduciendo la autonomía, la responsabilidad y la libertad individuales.

LGVA

Febrero de 2026.

 

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