Democracia
hipertrofiada, libertad menoscabada
(Para
mi amigo Alejandro Pérez, odontólogo excepcional, quien durante una sesión de ortodoncia
inspiró esta reflexión)
Luis
Guillermo Vélez Álvarez
Economista
En una sociedad verdaderamente
libre, productiva y bien ordenada, la política debería preocupar al ciudadano
corriente tanto como la odontología: solo cuando le duelen los dientes. Nadie
vive pendiente del torno ni del instrumental del dentista; confía en que el
profesional hará su trabajo y vuelve a lo suyo. Del mismo modo, el gobierno, en
un orden sano, debería ser discreto, limitado y previsible. Su misión no es
ocupar el centro de la escena, sino permitir que la vida social —la economía,
la familia, la cultura— florezca sin interferencias constantes.
Entre nosotros ocurre lo
contrario. Desde hace poco más de tres décadas, cuando adoptamos las reglas
electorales de la Constitución de 1991, vivimos en campaña permanente. Cada año
hay elecciones, consultas, reformas, plebiscitos reales o simbólicos. La
conversación pública gira obsesivamente en torno al presupuesto, la corrupción,
los subsidios, las cuotas burocráticas y las intrigas palaciegas. Se nos dice
que esa hiperactividad política es sinónimo de más democracia y más libertad.
No lo es. Es, más bien, un síntoma de que el Estado ha invadido esferas que no
le corresponden y de que la sociedad civil ha sido desplazada de su lugar
natural.
La politización continua de la
vida civil distrae a los ciudadanos de sus ocupaciones propias en la división
social del trabajo. El empresario deja de pensar en innovar para pensar en
cabildear; el profesional, en producir, para buscar contratos; el líder
gremial, en mejorar la productividad, para negociar favores. El talento se
desplaza hacia la captura de rentas públicas. El país entero termina
discutiendo cómo repartir una torta cada vez más pequeña en lugar de
concentrarse en hacerla crecer.
Esta intuición fue formulada
con claridad por Benjamin Constant en su célebre conferencia La
libertad de los antiguos y la libertad de los modernos. Constant distinguía
entre la libertad de los antiguos —centrada en la participación directa y
constante en los asuntos públicos— y la libertad de los modernos, fundada en la
esfera privada: el derecho a trabajar, comerciar, profesar una fe y disponer de
la propia vida sin injerencias indebidas. Pretender que el ciudadano moderno
viva en asamblea permanente es desconocer que su libertad se realiza, sobre
todo, en el ámbito de sus proyectos personales y productivos.
La politización desbordada
solo favorece a quienes viven del Estado y de sus clientelas, y de manera
especial a los socialistas, cuya vocación consiste precisamente en extender la
jurisdicción de lo político sobre todas las dimensiones de la existencia.
Cuando todo es político —la educación, la empresa, la cultura, la energía, la
salud— todo depende del favor gubernamental. Y cuando todo depende del favor,
la libertad se convierte en concesión.
Ya Thomas Paine lo
había dicho con brutal sencillez: en toda sociedad hay dos clases de personas,
las que pagan impuestos y las que viven de ellos. Una democracia saludable
procura que la segunda categoría sea la menor posible y esté estrictamente
justificada. Una democracia hipertrofiada, en cambio, expande esa clase hasta
convertirla en una fuerza política organizada, interesada en perpetuar y
ampliar el flujo de recursos que la sostiene. Las castas de los profesionales
de política y sus clientelas que infestan todos los partidos. En eso y nada más
radica la fuerza del discurso estatista. Por eso ganó Petro las elecciones, por
eso se consolidó en el poder. Por eso puede ganar su heredero.
No necesitamos más política;
necesitamos mejor gobierno y menos gobierno. No más elecciones permanentes,
sino reglas generales, claras y estables que limiten el poder. La libertad
moderna no consiste en vivir agobiados por la plaza pública, sino en poder ignorarla
la mayor parte del tiempo. Cuando la política se vuelve omnipresente, no es la
democracia la que avanza: son la dependencia y la servidumbre frente al Estado las
que se consolidan reduciendo la autonomía, la responsabilidad y la libertad
individuales.
LGVA
Febrero de 2026.

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