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martes, 17 de febrero de 2026

Impuestos, salarios y la ilusión fiscal

 

Impuestos, salarios y la ilusión fiscal

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Hay ideas que, de tanto repetirse, adquieren la apariencia de axiomas. Una de ellas —frecuente en políticos — sostiene que reducir los impuestos a las empresas permitiría elevar los salarios. La tesis es atractiva: menos Estado, más empresa; menos tributo, más remuneración. Suena casi contable. Pero la economía no es un libro de caja menor.

Conviene comenzar por una pregunta elemental: ¿qué determina el salario? En una economía de mercado, el salario no es una dádiva del empresario ni una concesión moral del capital; es, en condiciones competitivas, el precio del trabajo. Y como todo precio, está determinado por la interacción entre oferta y demanda. Más aún: en el marco analítico estándar, el salario real tiende a corresponder a la productividad marginal del trabajador. Se paga, en equilibrio, lo que el trabajador aporta al valor del producto.

Si esto es así, la idea de que una reducción del impuesto corporativo se traducirá automáticamente en mayores salarios encierra una suposición implícita: que los salarios actuales están por debajo de la productividad. Es decir, que el empresario dispone de un margen salarial reprimido que el fisco le impide liberar. Pero si tal margen existiera de manera sistemática, la competencia entre empresas por trabajadores lo erosionaría. La empresa que pagara menos de la productividad perdería mano de obra frente a la que pagara más. El mercado, no el ministro de Hacienda, sería el corrector.

De ahí la primera objeción: los impuestos a las empresas no se pagan con “salarios retenidos”, sino con utilidades, esto es, con la remuneración del capital una vez cubiertos los costos, entre ellos el trabajo. Sugerir que el tributo impide subir salarios equivale a afirmar que el Estado está apropiándose de una porción del ingreso laboral disfrazada de utilidad. Es una tesis fuerte y, en general, difícil de sostener.

Ahora bien, el análisis no puede agotarse en el modelo estático. Los defensores de la reducción tributaria suelen apelar a un argumento dinámico: menores impuestos elevan la rentabilidad del capital, estimulan la inversión, aumentan el acervo de capital por trabajador y, en consecuencia, elevan la productividad y los salarios reales en el largo plazo. Aquí el razonamiento es más sofisticado. No se trata de liberar una bolsa salarial reprimida, sino de modificar las condiciones de acumulación.

Este argumento tiene coherencia interna. Pero su validez empírica depende de varios supuestos exigentes: movilidad efectiva del capital, sensibilidad significativa de la inversión a la tributación, seguridad jurídica, estabilidad regulatoria y, no menos importante, un entorno donde la acumulación de capital se traduzca realmente en mayor productividad laboral y no en rentas protegidas. Sin estas condiciones, la rebaja tributaria puede limitarse a engrosar utilidades sin alterar sustancialmente la trayectoria salarial.

En economías como la colombiana, caracterizadas por alta informalidad, segmentación laboral y heterogeneidad empresarial, el panorama es aún más complejo. Una parte considerable del empleo opera al margen de la tributación corporativa formal. En ese universo, la reducción del impuesto a la renta empresarial difícilmente incidirá en los salarios, porque el problema no es la carga fiscal sobre utilidades sino la baja productividad estructural y la precariedad institucional.

Además, la incidencia efectiva del impuesto corporativo —quién lo soporta en última instancia— no coincide necesariamente con quien lo paga formalmente. Parte puede recaer sobre el capital; parte, en determinadas circunstancias, sobre el trabajo; parte, incluso, sobre los consumidores. La distribución depende de elasticidades, movilidad y estructura de mercado. No es un automatismo ideológico sino una cuestión empírica.

En suma, afirmar que reducir impuestos empresariales permitirá subir salarios es, en el mejor de los casos, una proposición condicional que exige una cadena de supuestos; en el peor, una simplificación que confunde contabilidad con teoría económica. Los salarios no dependen de la benevolencia del empresario ni del alivio tributario coyuntural, sino de la productividad, la competencia y la calidad institucional.

La discusión de fondo no es si menos impuestos son buenos o malos en abstracto, sino qué tipo de estructura fiscal y qué entorno institucional maximizan la inversión productiva y la remuneración sostenible del trabajo. Sin esa arquitectura, la promesa salarial puede convertirse en un espejismo fiscal: una ilusión en la que el tributo aparece como obstáculo visible y la productividad como variable olvidada.

Y en economía, como en política, las ilusiones suelen ser más rentables en el discurso que en la realidad.

LGVA

Febrero de 2026.

 

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