Impuestos,
salarios y la ilusión fiscal
Luis Guillermo Vélez
Álvarez
Economista
Hay ideas que, de tanto
repetirse, adquieren la apariencia de axiomas. Una de ellas —frecuente en
políticos — sostiene que reducir los impuestos a las empresas permitiría elevar
los salarios. La tesis es atractiva: menos Estado, más empresa; menos tributo,
más remuneración. Suena casi contable. Pero la economía no es un libro de caja
menor.
Conviene comenzar por una
pregunta elemental: ¿qué determina el salario? En una economía de mercado, el
salario no es una dádiva del empresario ni una concesión moral del capital; es,
en condiciones competitivas, el precio del trabajo. Y como todo precio, está
determinado por la interacción entre oferta y demanda. Más aún: en el marco
analítico estándar, el salario real tiende a corresponder a la productividad
marginal del trabajador. Se paga, en equilibrio, lo que el trabajador aporta al
valor del producto.
Si esto es así, la idea de que
una reducción del impuesto corporativo se traducirá automáticamente en mayores
salarios encierra una suposición implícita: que los salarios actuales están por
debajo de la productividad. Es decir, que el empresario dispone de un margen
salarial reprimido que el fisco le impide liberar. Pero si tal margen existiera
de manera sistemática, la competencia entre empresas por trabajadores lo
erosionaría. La empresa que pagara menos de la productividad perdería mano de obra
frente a la que pagara más. El mercado, no el ministro de Hacienda, sería el
corrector.
De ahí la primera objeción: los
impuestos a las empresas no se pagan con “salarios retenidos”, sino con
utilidades, esto es, con la remuneración del capital una vez cubiertos los
costos, entre ellos el trabajo. Sugerir que el tributo impide subir salarios
equivale a afirmar que el Estado está apropiándose de una porción del ingreso
laboral disfrazada de utilidad. Es una tesis fuerte y, en general, difícil de
sostener.
Ahora bien, el análisis no puede
agotarse en el modelo estático. Los defensores de la reducción tributaria
suelen apelar a un argumento dinámico: menores impuestos elevan la rentabilidad
del capital, estimulan la inversión, aumentan el acervo de capital por
trabajador y, en consecuencia, elevan la productividad y los salarios reales en
el largo plazo. Aquí el razonamiento es más sofisticado. No se trata de liberar
una bolsa salarial reprimida, sino de modificar las condiciones de acumulación.
Este argumento tiene coherencia
interna. Pero su validez empírica depende de varios supuestos exigentes:
movilidad efectiva del capital, sensibilidad significativa de la inversión a la
tributación, seguridad jurídica, estabilidad regulatoria y, no menos
importante, un entorno donde la acumulación de capital se traduzca realmente en
mayor productividad laboral y no en rentas protegidas. Sin estas condiciones,
la rebaja tributaria puede limitarse a engrosar utilidades sin alterar
sustancialmente la trayectoria salarial.
En economías como la colombiana,
caracterizadas por alta informalidad, segmentación laboral y heterogeneidad
empresarial, el panorama es aún más complejo. Una parte considerable del empleo
opera al margen de la tributación corporativa formal. En ese universo, la
reducción del impuesto a la renta empresarial difícilmente incidirá en los
salarios, porque el problema no es la carga fiscal sobre utilidades sino la
baja productividad estructural y la precariedad institucional.
Además, la incidencia efectiva
del impuesto corporativo —quién lo soporta en última instancia— no coincide
necesariamente con quien lo paga formalmente. Parte puede recaer sobre el
capital; parte, en determinadas circunstancias, sobre el trabajo; parte,
incluso, sobre los consumidores. La distribución depende de elasticidades,
movilidad y estructura de mercado. No es un automatismo ideológico sino una
cuestión empírica.
En suma, afirmar que reducir
impuestos empresariales permitirá subir salarios es, en el mejor de los casos,
una proposición condicional que exige una cadena de supuestos; en el peor, una
simplificación que confunde contabilidad con teoría económica. Los salarios no
dependen de la benevolencia del empresario ni del alivio tributario coyuntural,
sino de la productividad, la competencia y la calidad institucional.
La discusión de fondo no es si
menos impuestos son buenos o malos en abstracto, sino qué tipo de estructura
fiscal y qué entorno institucional maximizan la inversión productiva y la
remuneración sostenible del trabajo. Sin esa arquitectura, la promesa salarial
puede convertirse en un espejismo fiscal: una ilusión en la que el tributo
aparece como obstáculo visible y la productividad como variable olvidada.
Y en economía, como en política,
las ilusiones suelen ser más rentables en el discurso que en la realidad.
LGVA
Febrero de 2026.

No hay comentarios:
Publicar un comentario