Listas
cerradas, listas abiertas, voto preferente
Luis
Guillermo Vélez Álvarez
Economista
El presidente Alfonso López
Michelsen decía que las listas electorales se parecen a un LP o a un CD: uno
está obligado a comprar todas las canciones, aunque solo le gusten un par. La
analogía sigue siendo pertinente. Algunos jóvenes creen que el voto preferente
les permite “armar su propia lista”, como si la política fuera Spotify. Se
equivocan: el voto preferente no altera la distribución de curules entre
listas; solo decide el orden interno de quienes ya resultaron beneficiados por
la fórmula electoral.
Conviene distinguir. Los
sistemas electorales se dividen en mayoritarios y proporcionales. En los
primeros, quien obtiene la mayoría se lleva todo; en los segundos, las curules
se distribuyen en proporción a los votos. Ningún método logra una proporcionalidad
perfecta, pero algunos se aproximan más que otros. Existen dos grandes
familias: los métodos de residuo mayor y los de promedio mayor.
El más conocido de los
primeros es la cuota de Hare o cociente electoral, que rigió en Colombia hasta
2002. Bajo ese esquema, el total de votos se dividía por el número de curules
para obtener el cociente. Cada lista alcanzaba tantas curules como veces
superara ese cociente, y las restantes se asignaban por los mayores residuos.
El incentivo era perverso: dividir fuerzas en múltiples listas permitía ganar
curules adicionales por residuo. No por azar, en 2002 compitieron 312 listas al
Senado y 96 obtuvieron escaño; la mayoría por residuo.
Desde 2006 rige el método de D’Hont,
un sistema de divisores que pertenece a los métodos de promedio mayor. Los
votos de cada lista que supera el umbral se dividen sucesivamente por 1, 2, 3…
hasta el número de curules. Resulta una
matriz de cocientes cuyo número de elementos es el producto del número de
listas por el número de curules. Para el senado que se elegirá el 8 de marzo de
2026 se inscribieron 16 listas, si 8 de ellas superan el umbral, la matriz de
cocientes tendrá 800 elementos. Los elementos de la matriz se ordenan de mayor
a menor y el centésimo el elemento es la cifra repartidora. La votación de cada
partido se divide por esa cifra y la parte entera es el número de curules que
le corresponde.
Todas las curules “cuestan” lo
mismo en votos y desaparece el juego de los residuos. El efecto fue inmediato:
menos listas y mayor agregación partidista. A ello se suma el umbral del 3 %
para el Senado: quien no lo alcance, queda excluido del reparto. La combinación
de cifra repartidora y umbral empuja hacia la concentración y desalienta la
atomización.
Pero nada de esto depende del
voto preferente. La fórmula electoral define cuántas curules obtiene cada
lista; el voto preferente solo ordena a los candidatos dentro de ella. Si una
lista obtiene veinte curules, serán elegidos los veinte más votados dentro de
esa lista —si es abierta— o los veinte primeros inscritos —si es cerrada—. El
candidato 21, por más popular que sea en términos absolutos, no resultará
elegido si su lista solo alcanzó veinte escaños.
De ahí la conclusión práctica
para el 8 de marzo: la primera decisión es política, no personal. Se vota ante
todo por una lista, es decir, por un partido y un proyecto colectivo. La
segunda decisión, opcional, es por un candidato específico dentro de esa lista.
Si se marca solo el logo, el voto es válido; si se marca logo y número, también.
No hay atajos individuales en
un sistema proporcional con cifra repartidora. Quien crea que puede elegir “al
bueno” sin respaldar al resto de la lista desconoce la mecánica electoral. El
voto preferente no es un mecanismo de independencia moral; es apenas un
instrumento de orden interno. La responsabilidad política comienza por escoger
bien la lista. Luego, si se quiere, el nombre o, mejor, el número.
LGVA
Febrero de 2025

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