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domingo, 15 de febrero de 2026

2026: el año en que Colombia puede cruzar un punto de no retorno

 

2026: el año en que Colombia puede cruzar un punto de no retorno

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

I.             Introducción

Las economías no colapsan de un día para otro. Antes de que aparezcan la hiperinflación, la devaluación masiva, la cesación de pagos o el cierre del crédito internacional, ocurre algo más sutil y más peligroso: se deterioran las condiciones que hacen posible el funcionamiento normal del sistema económico.

En otro artículo publicado en este blog, a ese conjunto de condiciones – división de trabajo funcional, moneda estable, cálculo económico basado en precios libres, intercambio libre y voluntario y propiedad privada protegida - la llamé la Atmósfera Económica[1]. La expresión es precisa. Cuando el aire es limpio, nadie lo nota; cuando se contamina, respirar se vuelve difícil incluso antes de que haya asfixia.

Hoy Colombia no enfrenta una crisis abierta. Pero sí muestra signos de erosión en su atmósfera económica. El riesgo no es un estallido inmediato, sino la acumulación de deterioro. Puede haber gasto, puede haber consumo, puede haber retórica redistributiva, pero no hay crecimiento complejo.

II.           El problema no es ideológico, es funcional

La teoría económica lo explicó hace casi un siglo. Ludwig von Mises demostró que sin propiedad privada y precios formados en el mercado no es posible calcular racionalmente qué proyectos generan valor y cuáles destruyen recursos. Más tarde, Friedrich Hayek explicó que los precios transmiten información dispersa que ningún gobierno puede centralizar.

Cuando las señales se distorsionan —por intervenciones discrecionales, inseguridad jurídica o incertidumbre regulatoria— el cálculo económico se vuelve opaco. Y cuando el cálculo falla, la inversión se frena.

Eso es exactamente lo que empieza a observarse en Colombia: caída relativa de la inversión privada, crecimiento potencial reducido y productividad estancada. No es colapso. Es debilitamiento.

III.         Captura institucional o golpe de estado por cuotas[2].

El riesgo estructural más serio no es un golpe militar ni el cierre del Congreso. Es algo más sofisticado: la captura progresiva de instituciones clave sin ruptura formal del régimen democrático. Un “golpe por cuotas”.

Este fenómeno se caracteriza por:

  • Colonización gradual de órganos de control.
  • Presión política sobre entidades autónomas.
  • Uso selectivo del aparato sancionatorio.
  • Deslegitimación discursiva de los contrapesos.

No se necesita abolir la Constitución para alterar su funcionamiento real. Basta con modificar los equilibrios internos.

El impacto económico es inmediato en expectativas, aunque no siempre visible en cifras. Aumenta la prima de riesgo, se acortan los horizontes de inversión y el capital se vuelve defensivo.

IV.         El riesgo territorial

A esto se suma un factor crucial: la fragmentación territorial. Cuando el Estado pierde control efectivo en regiones productivas mientras aumenta la presión regulatoria en la economía formal, se produce una asimetría peligrosa:

Más intervención donde hay legalidad.
Más impunidad donde hay ilegalidad.

El resultado es desplazamiento progresivo de actividad hacia la informalidad o economías ilícitas. No porque los empresarios prefieran el desorden, sino porque la atmósfera formal se vuelve más densa que la alternativa irregular.

V.          Las fases del deterioro

El proceso no es instantáneo. Puede describirse en cinco etapas:

1.   Polarización y deslegitimación institucional.

2.   Intervenciones regulatorias selectivas.

3.   Caída sostenida de la inversión.

4.   Desanclaje de expectativas fiscales o monetarias.

5.   Estancamiento estructural.

El punto crítico no es una crisis espectacular. Es el momento en que la economía entra en una trampa de bajo crecimiento difícil de revertir.

Podríamos definir ese punto de no retorno como la coincidencia de tres factores durante un periodo prolongado: inversión privada deprimida, crecimiento potencial inferior al 2% y prima de riesgo persistentemente alta frente a la región.

Cuando eso ocurre, el país no estalla. Simplemente deja de avanzar.

VI.         2026 como bifurcación

La elección presidencial de 2026 puede convertirse en una bifurcación estructural.

Si para entonces la erosión institucional es limitada, un giro claro hacia estabilidad regulatoria, respeto a la autonomía monetaria y recuperación territorial podría restaurar confianza con relativa rapidez.

Pero si la captura institucional y el debilitamiento territorial se consolidan antes de esa fecha, incluso una alternancia política podría encontrar un aparato ya reconfigurado y un daño acumulado difícil de revertir.

La variable crítica no es solo quién gane. Es en qué estado llegue el sistema a esa elección.

VII.       El riesgo real

Conviene insistir: el peligro no es una hiperinflación inminente ni una expropiación masiva. Es más silencioso:

  • Menor inversión de largo plazo.
  • Migración de capital humano calificado.
  • Expansión relativa del sector informal.
  • Crecimiento persistentemente bajo.

El país puede evitar el desastre visible y, aun así, perder una década de desarrollo.

La atmósfera económica no se destruye de golpe. Se contamina gradualmente. Y cuando la contaminación se normaliza, el deterioro se vuelve estructural.

VIII.     Una advertencia preventiva

Colombia aún no ha cruzado ningún umbral irreversible. La autonomía del banco central sigue formalmente intacta. No hay controles generalizados de precios. La propiedad privada no ha sido abolida. Pero los signos de fragilidad existen: inversión débil, productividad estancada, incertidumbre regulatoria y fragmentación territorial.

La historia muestra que las crisis abruptas suelen provocar reformas. En cambio, el estancamiento prolongado genera resignación. El desafío no es impedir un colapso espectacular. Es evitar la normalización del deterioro incremental.

Preservar la atmósfera económica no es una bandera ideológica; es una condición de supervivencia del orden social moderno. Defender moneda estable, propiedad segura, precios libres y control territorial efectivo no es conservadurismo doctrinario: es realismo institucional.

2026 puede ser simplemente una elección más. O puede ser el año en que Colombia decida si respira aire limpio o se acostumbra a vivir con oxígeno escaso. La diferencia no será visible en un titular de prensa al día siguiente. Se medirá en la próxima década.

LGVA

Febrero de 2026.

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