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domingo, 18 de octubre de 2026

El Centro Democrático y el eje de la libertad: Una derecha heterogénea orientada por resultados*

 

El Centro Democrático y el eje de la libertad: Una derecha heterogénea orientada por resultados*

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista

Isaac Mendoza Pérez
Abogado

I. Introducción

El debate político colombiano sigue atrapado, en buena medida, en la dicotomía izquierda-derecha. Esta clasificación no es natural ni inmutable: su contenido depende del contexto histórico, del criterio de comparación y de la percepción pública. Sin embargo, el hecho de que sea una categoría cambiante no le resta importancia. Quienes logran modificar el marco de discusión política, es decir, quienes conquistan la hegemonía, consiguen que sus adversarios terminen moviéndose dentro de las coordenadas que ellos mismos han definido.

Margaret Thatcher demostró la importancia de esa disputa. Sus reformas económicas y políticas modificaron los términos del debate británico. El Nuevo Laborismo de Tony Blair, aunque conservó su identidad partidista, aceptó buena parte de las transformaciones institucionales y económicas que habían tenido lugar durante los gobiernos conservadores. La experiencia mostró que una fuerza política puede alcanzar una influencia duradera cuando consigue que sus ideas sean reconocidas como el punto de referencia de la discusión nacional.

En Colombia, el Centro Democrático nació como respuesta a la llamada «tercera vía» de Juan Manuel Santos, quien reivindicó su filiación con la propuesta de Tony Blair, resumida en el conocido aforismo: «tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario». En su origen y en buena parte de su trayectoria, el Centro Democrático se situó a la derecha de esa orientación. Negarse a reconocer esa ubicación no modifica la clasificación que otros hacen del partido. Por el contrario, puede significar que se renuncia a participar en la definición del contenido político de esa categoría.

Tomemos como punto de partida los propios estatutos del partido. Su artículo segundo lo define como una organización política de ciudadanos de carácter democrático, popular, diverso, incluyente y participativo. El preámbulo, por su parte, destaca el respeto por la diversidad de ideas y matices ideológicos y señala que el partido se inspira en la libertad como fuente del desarrollo espiritual y del ejercicio de la acción individual. También adopta una concepción del bien común como el conjunto de condiciones que permiten a cada individuo alcanzar su plenitud.

Estos elementos ofrecen una base para definir su identidad. El Centro Democrático puede reconocerse como una organización de derecha democrática sin renunciar a su carácter plural. La cuestión decisiva no es resolver una disputa semántica entre las etiquetas de centro y derecha, sino establecer cuál es el principio que permite ordenar sus distintas corrientes y orientar su acción política.

Nuestra propuesta es que ese principio sea la libertad.

La libertad individual, dentro de un orden jurídico legítimo, ocupa un lugar central en la tradición republicana colombiana, expresada en la enseña de nuestro escudo: «Libertad y Orden». El orden no debe entenderse como la simple conservación de las estructuras existentes, sino como el resultado de instituciones que protegen los derechos de las personas, garantizan la seguridad y limitan el ejercicio arbitrario del poder. La libertad, por su parte, no puede reducirse a una declaración retórica: exige que los individuos dispongan de un espacio efectivo para decidir sobre sus vidas, su trabajo y sus bienes.

Este documento desarrolla esa idea en varias direcciones. Primero, examina las distintas tradiciones económicas y políticas que pueden reunirse alrededor de la libertad individual. Después, presenta un diagnóstico de Colombia en materia de desarrollo, calidad democrática y libertad económica. A continuación, considera los resultados asociados con sociedades que ofrecen mayores espacios a la iniciativa privada y a la autonomía de las personas. Finalmente, propone una agenda programática y examina experiencias internacionales que muestran cómo una organización política puede reunir corrientes diferentes bajo un principio común.

La tesis que defendemos es sencilla: el Centro Democrático puede ser una derecha heterogénea, pero necesita un eje doctrinario que dé sentido a esa heterogeneidad. La libertad ofrece ese eje.

II. El Centro Democrático y el eje de la libertad

Un método útil para examinar las distintas corrientes que pueden convivir en el Centro Democrático consiste en observar qué grado de intervención y coacción estatal consideran legítimo frente a la libertad individual. No se trata de reducir toda la filosofía política a una sola escala, pues existen diferencias importantes entre las distintas tradiciones. Se trata de utilizar un criterio que permita identificar sus afinidades y sus desacuerdos: el alcance que cada una reconoce al poder del Estado.

Para este propósito resulta pertinente la definición de libertad de Friedrich A. Hayek en Los fundamentos de la libertad. Hayek entiende la libertad como aquella condición social en la que la coacción que unas personas ejercen sobre otras queda reducida al mínimo. La definición no supone la desaparición de toda autoridad ni de las instituciones públicas. Señala, más bien, que el ejercicio del poder debe estar sometido a reglas generales y que el ámbito de decisión individual debe ser protegido frente a la interferencia arbitraria.

En el extremo más radical de la defensa de la libertad se encuentra el Anarcocapitalismo. Su representante más conocido es Murray Rothbard, quien cuestiona el monopolio estatal de funciones como la seguridad y la administración de justicia. En Hacia una nueva libertad: el manifiesto libertario, Rothbard desarrolla la posibilidad de organizar servicios que suelen considerarse públicos mediante instituciones y mecanismos competitivos de carácter privado. Su crítica no consiste simplemente en negar que existan necesidades colectivas, sino en cuestionar que su satisfacción requiera necesariamente una organización estatal coercitiva.

El Minarquismo, en cambio, acepta la existencia de un Estado, pero considera que sus funciones deben limitarse a un conjunto reducido de responsabilidades. La exposición más conocida de esta posición se encuentra en Anarquía, Estado y utopía, de Robert Nozick. Para Nozick, el Estado debe proteger a las personas contra la violencia, el fraude y el robo, hacer cumplir los contratos, administrar justicia y garantizar la defensa nacional. La filósofa y novelista Ayn Rand también defendió una concepción de Estado limitado, especialmente en sus obras El manantial y La rebelión de Atlas.

La Escuela Austríaca de economía, cuya popularidad ha aumentado en años recientes, particularmente por la difusión de las ideas de Ludwig von Mises, Friedrich Hayek y, más recientemente, por la presencia pública de Javier Milei, constituye otra tradición relevante. Sus principales exponentes han realizado contribuciones fundamentales a la teoría económica y comparten una defensa de la propiedad privada, la libertad contractual, la competencia y el sistema de precios. También han sido críticos de la intervención gubernamental extensa en los mercados.

Sin embargo, no todos los economistas austríacos defienden un Estado mínimo en el sentido estricto del Minarquismo. Mises y Hayek, por ejemplo, reconocieron funciones públicas importantes en ámbitos como la educación, la salud, la infraestructura y la protección de la competencia. Por eso es más preciso caracterizar a la Escuela Austríaca por su preferencia por los mercados libres y por una intervención estatal limitada, sometida a reglas y evaluada a la luz de sus consecuencias, que atribuirle una oposición absoluta a toda acción gubernamental.

Una distinción importante en esta discusión es la que existe entre financiación pública y provisión estatal. La existencia de recursos públicos destinados a educación o salud no implica necesariamente que esos servicios deban ser producidos directamente por entidades estatales. Puede haber financiación pública y, al mismo tiempo, competencia entre proveedores, libertad de elección y participación de organizaciones privadas. El problema consiste en determinar qué arreglos institucionales ofrecen mejores resultados y permiten preservar la autonomía de las personas.

Tampoco existe una frontera tajante entre el Liberalismo Clásico, cuya obra fundacional suele situarse en La riqueza de las naciones, de Adam Smith, y la Escuela Austríaca. Ambas tradiciones parten de la importancia de la propiedad privada, la libertad contractual, la competencia y el Estado de derecho. Smith reconoció funciones públicas que los individuos difícilmente podrían realizar por sí mismos, como determinadas obras de infraestructura y ciertas instituciones educativas. Admitió, por tanto, la necesidad de impuestos para financiarlas.

La diferencia entre estas corrientes no reside en una oposición absoluta entre Estado y mercado, sino en la evaluación del alcance y de las modalidades de la acción estatal. El Liberalismo Clásico puede admitir intervenciones destinadas a atender externalidades, financiar bienes públicos o corregir problemas específicos. La tradición austríaca recuerda que esas intervenciones deben compararse con las alternativas disponibles y que el Estado también enfrenta problemas de información, incentivos e intereses particulares. No basta con identificar una falla del mercado: es necesario examinar si la intervención propuesta puede resolverla sin producir costos mayores.

Liberalismo clásico, Escuela Austríaca, Minarquismo y anarcocapitalismo son tradiciones distintas, pero comparten una preocupación fundamental: proteger la autonomía del individuo y dar prioridad a las decisiones voluntarias frente a la coacción. Sus diferencias no impiden que sus representantes puedan debatir, discrepar y converger en asuntos políticos concretos.

Esa diversidad puede tener cabida dentro del Centro Democrático. En su interior es posible encontrar liberales clásicos, austríacos, minarquistas, conservadores y personas que aceptan determinadas formas de intervención estatal, incluso de inspiración keynesiana. No es necesario que todos compartan una misma concepción sobre cada política pública. Lo importante es que exista un marco común de respeto por la libertad individual, la propiedad, el Estado de derecho y la iniciativa privada.

La discusión entre estas corrientes debe desarrollarse mediante argumentos y evaluación de resultados. Una política no debe juzgarse solamente por la intención declarada de quienes la proponen, sino por sus efectos sobre las personas, los incentivos, la productividad y las instituciones. En ocasiones, distintas corrientes encontrarán soluciones diferentes para un mismo problema. La pluralidad es legítima siempre que no se convierta en indiferencia frente a los principios que dan identidad al partido.

Intentar evadir por completo la dicotomía izquierda-derecha alegando que se trata de conceptos en desuso tiene un costo político. La sociedad y los medios continúan organizando buena parte de la discusión mediante esas categorías. Negar la propia ubicación no elimina el debate: deja que otros definan su contenido. La salida coherente consiste en reconocer que el Centro Democrático es una derecha heterogénea y que su orientación debe medirse por su grado de afinidad con la libertad.

Lo que sí sería problemático es que esa pluralidad permitiera la incorporación de posiciones abiertamente antiliberales, entendidas como aquellas que subordinan sistemáticamente los derechos individuales a una supuesta voluntad colectiva y justifican la concentración arbitraria del poder. La libertad no significa ausencia de responsabilidades ni desconocimiento de los intereses de los demás. Significa que ninguna autoridad puede disponer de la vida, el trabajo o la propiedad de las personas sin límites jurídicos y sin justificación legítima.

III. Colombia: desarrollo, democracia y libertad económica

Los principios generales de la libertad pueden ser compartidos por partidos que actúan en países muy diferentes. Sin embargo, sus programas deben responder a las circunstancias concretas de cada sociedad. Las tareas de una organización liberal en un país de bajos ingresos sometido a una dictadura no son las mismas que las de un partido que actúa en una democracia consolidada y de alto ingreso o de otro en un país de ingreso medio y democracia precaria.

Para definir las prioridades del Centro Democrático es necesario examinar la situación colombiana en tres dimensiones: desarrollo económico, calidad democrática y libertad económica.

1. El nivel de desarrollo económico

El Banco Mundial clasifica las economías según el ingreso nacional bruto per cápita, calculado mediante el método Atlas. Colombia pertenece al grupo de países de ingreso medio alto. Esa clasificación indica que el país ha superado los niveles de ingreso bajo y medio bajo, pero todavía no ha alcanzado el umbral que define a las economías de ingreso alto.

La situación colombiana contrasta con la de varios países latinoamericanos, entre ellos Chile, Uruguay, Costa Rica y Panamá, que han alcanzado la categoría de ingreso alto. La comparación demuestra que el desarrollo económico no es un privilegio reservado a un pequeño grupo de naciones ni una condición imposible de alcanzar para los países de nuestra región.

La meta de Colombia debe ser elevar sustancialmente el ingreso por habitante y crear las condiciones para ingresar al grupo de economías de ingreso alto. Una aspiración razonable consiste en superar los 15.000 dólares de PIB per cápita en un horizonte de mediano plazo, aunque el logro de esa meta depende del crecimiento sostenido de la productividad y de la inversión.

Los países de altos ingresos suelen caracterizarse por una mayor intensidad de capital, una relación más elevada entre capital y trabajo y una acumulación de inversión durante períodos prolongados. El crecimiento no depende necesariamente de la disponibilidad de recursos naturales o ni de la expansión del gasto público. Requiere instituciones que favorezcan el ahorro, la formación de capital, la innovación, la incorporación de tecnología y el desarrollo de empresas capaces de competir en mercados nacionales e internacionales.

La inversión depende, a su vez, de la estabilidad de las reglas, la protección de los derechos de propiedad, la seguridad, la disponibilidad de infraestructura y la posibilidad de calcular razonablemente los costos y beneficios de los proyectos. Un país en el que las reglas cambian de manera imprevisible, los contratos no se cumplen y la propiedad no está protegida difícilmente puede sostener niveles elevados de inversión privada.

Por eso, el desarrollo económico debe ocupar un lugar central en el programa del Centro Democrático. No se trata de prometer resultados mediante decretos o planes gubernamentales, sino de crear las condiciones institucionales para que los ciudadanos puedan ahorrar, invertir, emprender y aprovechar las oportunidades que ofrece la economía mundial.

2. La calidad de la democracia

El Índice de Democracia de la Economist Intelligence Unit (EIU), vinculada al grupo editorial británico The Economist, ofrece una referencia internacional para examinar la calidad de las instituciones democráticas. Evalúa cinco dimensiones: proceso electoral y pluralismo, funcionamiento del Gobierno, participación política, cultura política y libertades civiles. Sus resultados permiten distinguir entre democracias plenas, democracias defectuosas, regímenes híbridos y regímenes autoritarios.

Colombia conserva elecciones competitivas y pluralismo político, pero presenta debilidades persistentes en el funcionamiento institucional y en la cultura democrática. La evolución de la última década muestra un deterioro que merece atención.

La calificación colombiana pasó de 6,67 puntos en 2016 a 7,13 en 2019. A partir de ese momento se observa una tendencia descendente, aunque con algunas recuperaciones parciales: 7,04 en 2020, 6,48 en 2021, 6,72 en 2022, 6,55 en 2023 y 6,35 en 2024. Para 2025, los reportes publicados en 2026 sitúan la calificación alrededor de 6,04 y ubican al país en el puesto 73 de la clasificación mundial.

La caída no debe interpretarse exclusivamente a partir del puesto ocupado, pues este depende también de la evolución de los demás países. La reducción de la calificación propia resulta más reveladora del deterioro experimentado por Colombia.

La situación es particularmente preocupante porque el país se encuentra cerca del límite inferior de la categoría de democracia defectuosa. En la clasificación de la EIU, las democracias defectuosas obtienen entre 6 y 8 puntos, mientras que los regímenes híbridos se sitúan entre 4 y 6. Con una calificación aproximada de 6,04, Colombia permanece técnicamente en la primera categoría, pero está muy cerca de pasar a la segunda.

La comparación latinoamericana confirma que el país no se encuentra entre las democracias mejor calificadas de la región. En 2024, Uruguay obtuvo 8,67 puntos y Costa Rica 8,29, ambos clasificados como democracias plenas. Chile alcanzó 7,83. Colombia, con 6,35, quedó por debajo de esos tres países y en una posición intermedia dentro de la región. En el otro extremo se encuentran países como Venezuela y Nicaragua, clasificados como regímenes autoritarios.

La comparación muestra que la existencia de elecciones no es suficiente para garantizar una democracia de calidad. También importan la independencia de las instituciones, el respeto por las libertades civiles, la rendición de cuentas, la cultura política y los límites al ejercicio del poder.

Para el Centro Democrático, la defensa de la democracia debe ir más allá de la competencia electoral. Supone proteger la separación de poderes, la independencia de la justicia, la libertad de expresión, el pluralismo y las garantías de la oposición. Un partido que se define por la libertad no puede ser indiferente a la concentración del poder, cualquiera que sea la orientación ideológica del gobierno que la promueva.

3. La libertad económica

La libertad económica es otra dimensión fundamental para evaluar la situación colombiana. Dos indicadores internacionales permiten aproximarse a ella: el Índice de Libertad Económica de la Heritage Foundation y el Índice de Libertad Económica del Fraser Institute.

La edición 2026 del índice de Heritage asigna a Colombia una calificación de 59,8 puntos sobre 100 y la ubica en el puesto 91 entre 184 economías. El país aparece en la categoría de economías «mayormente no libres». La cifra representa un retroceso frente a los resultados de años anteriores: en 2017, por ejemplo, la calificación había sido de 69,7 puntos.

La comparación regional es desfavorable. Chile registra 74,3 puntos; Uruguay, 69,8; y Costa Rica, 69,1. Colombia se encuentra claramente rezagada frente a esos países.

Los componentes del índice permiten identificar algunos de los problemas institucionales más importantes. En la edición de 2026, Colombia obtiene 43,1 puntos en derechos de propiedad, 41,6 en integridad del Gobierno y 49,8 en salud fiscal. Estas calificaciones reflejan dificultades en la protección de los derechos patrimoniales, la calidad de las instituciones públicas y la sostenibilidad de las finanzas estatales.

El índice del Fraser Institute ofrece una perspectiva complementaria. En su base de datos, Colombia obtiene 6,38 puntos en 2023 y 6,45 en 2024. Para este último año aparece en el puesto 97. La comparación con otros países latinoamericanos también muestra un rezago: Chile registra 7,85; Costa Rica, 7,75; Perú, 7,44; y Uruguay, 7,18.

Los índices de Heritage y Fraser utilizan metodologías diferentes, por lo que sus puntuaciones no deben compararse directamente. Sin embargo, ambos ofrecen señales semejantes sobre la posición relativa de Colombia y sus dificultades para garantizar un entorno favorable a la actividad económica.

La baja protección de la propiedad, la complejidad regulatoria, la presión tributaria, las deficiencias del sistema judicial y la incertidumbre sobre las reglas afectan las decisiones de inversión y la creación de empresas. También dificultan la formalización laboral y empresarial. En un país con elevados niveles de informalidad, estos obstáculos tienen consecuencias directas sobre las oportunidades de millones de personas.

La conclusión del diagnóstico es clara. Colombia ha alcanzado un nivel de ingreso medio alto, pero todavía no ha consolidado instituciones democráticas de la calidad de las mejores de la región ni un marco suficientemente favorable para el ejercicio de la libertad económica. El desafío consiste en avanzar simultáneamente en las tres dimensiones: desarrollo, democracia y libertad.

IV. ¿Por qué la libertad es mejor?

La defensa de la libertad no debe descansar exclusivamente en argumentos filosóficos o jurídicos. También debe examinarse a la luz de sus consecuencias sobre el bienestar de las personas. La pregunta relevante es si las sociedades que ofrecen mayores espacios a la iniciativa individual, la propiedad privada y el intercambio voluntario alcanzan mejores resultados económicos y sociales.

Los estudios comparativos de libertad económica muestran una asociación persistente entre mayores niveles de libertad y mayores ingresos por habitante. En la edición 2026 del índice de Heritage, el ingreso per cápita promedio de las economías clasificadas como libres se sitúa alrededor de 112.000 dólares en paridad de poder adquisitivo. En las economías mayormente libres se ubica cerca de 65.600 dólares; en las moderadamente libres, alrededor de 33.900; y en las mayormente no libres y reprimidas, aproximadamente entre 10.000 y 13.000 dólares.

Estas diferencias son significativas. No demuestran, por sí solas, que una mayor libertad económica produzca automáticamente un determinado nivel de ingreso. Los países difieren en su historia, sus recursos, su geografía y la calidad de sus instituciones. Pero la regularidad de la asociación es consistente con los mecanismos económicos que la teoría liberal ha señalado durante mucho tiempo.

La propiedad privada permite que las personas dispongan de los frutos de su trabajo y tengan incentivos para ahorrar e invertir. La libertad contractual facilita la cooperación entre individuos que poseen conocimientos, capacidades y recursos diferentes. La competencia estimula la innovación y obliga a las empresas a mejorar la calidad de sus productos y reducir sus costos. El sistema de precios transmite información sobre la escasez y las preferencias de millones de personas, información que ningún organismo central puede reunir de manera completa.

La libertad económica también está asociada con menores niveles de pobreza. Durante las últimas décadas, la proporción de la población mundial que vive en condiciones de pobreza extrema ha disminuido de manera sustancial. Ese proceso ha coincidido con la expansión del comercio, la inversión, la integración de economías antes cerradas y la adopción de instituciones más favorables a la actividad privada en distintas regiones del mundo.

No sería riguroso atribuir todo ese resultado a una sola causa. La educación, la innovación tecnológica, la salud pública, la infraestructura y la estabilidad política también han desempeñado papeles importantes. Pero tampoco es razonable ignorar la contribución de los mercados, el emprendimiento y la apertura económica a la creación de oportunidades y al aumento de la productividad.

La relación entre libertad económica y desigualdad requiere un examen más cuidadoso. No todos los indicadores de desigualdad disminuyen necesariamente cuando aumenta la libertad económica. Una economía puede crecer y generar nuevas oportunidades mientras algunos ingresos aumentan más rápidamente que otros. Por eso, el coeficiente de Gini, considerado aisladamente, no basta para evaluar el bienestar social.

Es necesario considerar también la pobreza, el acceso a servicios, la movilidad social y las oportunidades efectivas de las personas. La pregunta no debería limitarse a establecer cómo se distribuye un ingreso agregado, sino examinar cómo se genera, qué posibilidades tienen los individuos de mejorar su situación y qué obstáculos institucionales impiden que desarrollen sus capacidades.

Desde esta perspectiva, la igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades son más compatibles con una sociedad libre que la pretensión de igualar por decreto los resultados económicos. Los ingresos no son una magnitud que se distribuya de manera previa a la actividad productiva. Se generan mediante el trabajo, el ahorro, la inversión, la innovación y el intercambio. Las políticas públicas deben procurar que las personas puedan participar en esos procesos, no sustituirlos por decisiones administrativas.

También existen razones para vincular la libertad con mejores resultados ambientales y sociales. Las sociedades más prósperas disponen de mayores recursos para invertir en tecnologías limpias, infraestructura y conservación. Los derechos de propiedad bien definidos pueden contribuir a la protección de recursos naturales, mientras que la innovación y la competencia permiten reducir los costos de tecnologías menos contaminantes. Esto no significa que los mercados resuelvan automáticamente todos los problemas ambientales. Significa que las soluciones deben diseñarse comparando las alternativas disponibles y considerando tanto las fallas del mercado como las del gobierno.

La libertad económica también puede ampliar las oportunidades de las mujeres. El acceso al empleo, la propiedad, el emprendimiento, la educación y los mercados permite reducir dependencias personales y familiares y aumenta la capacidad de decisión individual. Las barreras legales y regulatorias que restringen la participación económica de las mujeres deben ser removidas, no sustituidas por nuevas formas de tutela burocrática.

La evidencia comparada, en suma, ofrece razones para considerar la libertad como una condición favorable al bienestar. No se trata de afirmar que cualquier política de liberalización produce resultados positivos en toda circunstancia. Se trata de reconocer que la propiedad, la competencia, la estabilidad de las reglas y la iniciativa individual constituyen mecanismos fundamentales para la creación de riqueza y la ampliación de las oportunidades.

Para el Centro Democrático, la defensa de la libertad debe ser, por tanto, una posición doctrinaria y también una apuesta por resultados concretos: más inversión, más productividad, más empleo formal, menor pobreza y mayores posibilidades de progreso para los ciudadanos.

V. Una ruta programática para la libertad en Colombia

Si la libertad ha de ser el principio ordenador del Centro Democrático, debe traducirse en un programa de gobierno. No basta con defenderla en términos generales. Es necesario identificar las transformaciones institucionales y económicas que permitirían ampliar el espacio de decisión de los ciudadanos.

Proponemos cinco líneas de acción complementarias: seguridad, Estado de derecho, desregulación, reducción del gasto de funcionamiento y disminución de la presión fiscal.

1. Seguridad y control territorial

La primera responsabilidad de un Estado legítimo es proteger la vida, la libertad y la propiedad de las personas. Sin seguridad no hay libertad efectiva. Allí donde grupos armados ilegales imponen sus reglas, extorsionan a los productores, restringen la movilidad y sustituyen la autoridad legítima, los derechos individuales se convierten en declaraciones sin contenido práctico.

La seguridad no debe entenderse como un propósito exclusivamente militar. Es una condición para el funcionamiento de la economía, la prestación de servicios públicos y la vida cotidiana. La formalización de la propiedad rural, la inversión minera y energética, el desarrollo de vías terciarias y la actividad empresarial dependen de que los ciudadanos puedan ejercer sus derechos sin amenazas ni extorsiones.

La política de seguridad debe recuperar el control territorial, fortalecer material y humanamente a las Fuerzas Militares y a la Policía y garantizar que las autoridades puedan cumplir sus funciones dentro del marco constitucional. También debe ofrecer seguridad jurídica a los integrantes de la fuerza pública que actúan legítimamente, sin desconocer los mecanismos de control y responsabilidad que corresponden a un Estado de derecho.

La negociación con organizaciones criminales no puede convertirse en una alternativa permanente a la aplicación de la ley ni en un incentivo para la expansión de estructuras armadas. Cualquier proceso de sometimiento o negociación debe tener condiciones verificables, obligaciones claras y consecuencias frente al incumplimiento.

La misma lógica debe aplicarse a la seguridad urbana y a la protección de la propiedad. Un país en el que los títulos no se hacen respetar, en el que la extorsión condiciona la actividad empresarial o en el que la violencia impide la libre circulación de las personas no puede considerarse plenamente libre.

La seguridad es, por tanto, la primera condición de la libertad y una responsabilidad irrenunciable del Estado.

2. Estado de derecho y protección de la propiedad

El segundo pilar es institucional. La libertad requiere un sistema de justicia independiente, oportuno y eficaz, capaz de proteger los derechos individuales y hacer cumplir los contratos. La propiedad privada no es una garantía efectiva si su titular no puede defenderla ante una ocupación ilegal o si los procesos judiciales se prolongan indefinidamente.

Las bajas calificaciones de Colombia en los componentes de derechos de propiedad e integridad del Gobierno del índice de Heritage señalan problemas que afectan la confianza en las instituciones. No se trata de cuestiones meramente técnicas. La incertidumbre jurídica eleva los costos de inversión, reduce el horizonte de los proyectos y dificulta la acumulación de capital.

Una agenda de fortalecimiento del Estado de derecho debe incluir la reforma de la justicia penal, la descongestión de los despachos judiciales, la agilización de los procesos comerciales, la titulación de predios y la ejecución efectiva de los contratos. También debe combatir la corrupción y desmontar los mecanismos de captura clientelista de las entidades públicas.

La protección de la propiedad rural merece especial atención. La informalidad en la tenencia de la tierra, los conflictos de linderos y la inseguridad jurídica impiden que numerosos propietarios utilicen sus activos como garantía, inviertan en ellos o los transfieran de manera segura. La titulación y el registro deben convertirse en instrumentos para ampliar la capacidad económica de las personas.

La separación de poderes es igualmente indispensable. Un gobierno limitado es aquel que ejerce sus atribuciones dentro de las competencias que le asignan la Constitución y la ley. La utilización reiterada de facultades excepcionales, la pretensión de gobernar por decreto y el debilitamiento de los controles institucionales afectan la previsibilidad de las reglas.

Un partido orientado por la libertad debe defender la independencia judicial, el control constitucional y la función del Congreso. La estabilidad institucional es tan importante como el contenido de las políticas públicas.

3. Desregulación y libertad para emprender

La tercera línea de acción consiste en revisar las barreras que el Estado interpone entre las personas y sus actividades productivas. Los trámites innecesarios, las licencias redundantes, las restricciones injustificadas y la inestabilidad normativa elevan los costos de emprender y favorecen a las empresas que pueden pagar equipos especializados para cumplir con la regulación.

La desregulación no significa eliminar todas las normas. Significa exigir que cada regulación tenga una justificación clara, que sus beneficios sean superiores a sus costos y que no existan mecanismos menos restrictivos para alcanzar el mismo propósito. Las normas deben proteger derechos y resolver problemas concretos, no convertirse en instrumentos para favorecer intereses particulares o ampliar indefinidamente las competencias burocráticas.

Una política de simplificación regulatoria debería comenzar con un inventario de las normas, trámites y funciones administrativas que afectan la actividad privada. Las disposiciones redundantes, obsoletas o que no producen beneficios verificables deben ser derogadas. Las funciones que puedan automatizarse deben digitalizarse, y las que no tengan justificación deben desaparecer.

Podría establecerse una instancia de eficiencia y desregulación con un mandato concreto: revisar las normas que afectan la creación de empresas, el mercado laboral, el comercio exterior, la inversión, la construcción y el uso de la propiedad. Su trabajo debería estar sometido a metas verificables y a evaluaciones periódicas.

La política laboral también debe considerar los efectos de la regulación sobre la formalidad. Cuando los costos de contratación se alejan de la productividad de los trabajadores, las empresas reducen sus posibilidades de crear empleo formal. El salario mínimo y las cargas asociadas a la contratación deben analizarse teniendo en cuenta las diferencias de productividad, las condiciones regionales y las oportunidades de los trabajadores menos calificados.

En educación y salud debe distinguirse entre financiación y provisión. Los recursos públicos pueden contribuir a garantizar el acceso de quienes no tienen capacidad de pago, sin que ello implique establecer monopolios estatales de prestación. La competencia entre proveedores, la libertad de elección y los mecanismos de financiación que sigan al usuario pueden ampliar las opciones y mejorar los incentivos para ofrecer servicios de calidad.

La regulación debe estar al servicio de las personas y no convertirse en un fin en sí misma. Una sociedad libre necesita reglas claras, pero no una administración que pretenda controlar cada decisión económica.

4. Reducción del gasto de funcionamiento y reforma del Estado

La cuarta línea consiste en revisar el tamaño, la estructura y las funciones del aparato estatal. El objetivo no debe ser reducir el Estado de manera indiscriminada, sino concentrarlo en las responsabilidades que justifican su existencia y mejorar su capacidad para cumplirlas.

La discusión debe comenzar con una evaluación de las entidades, los programas, las plantas de personal y las funciones que se superponen. No es razonable mantener estructuras administrativas que duplican tareas, producen informes sin utilidad o sobreviven por razones distintas al cumplimiento de una función pública necesaria.

Una propuesta de reforma podría contemplar una reducción gradual del número de ministerios: pasar de los 19 actuales a 13 en una primera etapa, luego a 11 y finalmente a 9, siempre que un análisis funcional demuestre que las competencias pueden integrarse sin deteriorar la prestación de servicios esenciales. También deberían revisarse las consejerías, agencias, representaciones y entidades cuyas funciones puedan ser asumidas por otras dependencias o cuya utilidad no pueda demostrarse.

La reducción del gasto de funcionamiento no debe confundirse con el debilitamiento de la seguridad, la justicia o las instituciones de control. Por el contrario, los recursos ahorrados deben permitir fortalecer las funciones esenciales del Estado y mejorar la calidad de la inversión pública.

La enajenación de participaciones estatales en empresas no estratégicas y la venta de activos que no tengan una justificación pública clara pueden formar parte de esta revisión. Sin embargo, cada operación debe evaluarse con criterios de transparencia, competencia y beneficio fiscal de largo plazo. La venta de activos no debe utilizarse para ocultar desequilibrios presupuestales permanentes.

La expresión «Estado limitado» no significa Estado indiferente. Significa un Estado que deja de competir con los ciudadanos por el uso de sus recursos y se concentra en proteger sus derechos y garantizar las condiciones institucionales de la cooperación social.

El ahorro fiscal debe traducirse en menor endeudamiento, mejor inversión o reducción de impuestos. De lo contrario, la reforma administrativa se limitaría a modificar la estructura del gasto sin ampliar realmente la libertad de los ciudadanos.

5. Reducción de la presión fiscal

La quinta línea completa la propuesta. No tendría sentido reducir el tamaño del aparato estatal y mantener intacta una estructura tributaria que castiga el ahorro, la inversión, el trabajo y la formalización.

Colombia necesita un sistema tributario más sencillo, estable y competitivo. Las tasas elevadas, la multiplicidad de gravámenes, los tratamientos diferenciales y los costos de cumplimiento afectan la actividad empresarial y crean incentivos para permanecer en la informalidad.

La reforma debe orientarse a reducir gradualmente las tarifas del impuesto de renta para personas y empresas, eliminar el impuesto al patrimonio y simplificar el IVA. La reducción de la carga tributaria debe acompañarse de una devolución o compensación focalizada para los hogares de menores ingresos, de manera que la simplificación no implique un deterioro de su capacidad de consumo.

También es necesario revisar las cargas parafiscales y los costos no salariales que encarecen la contratación formal. La creación de empleo depende de que los costos de contratar trabajadores sean compatibles con su productividad y con la capacidad de pago de las empresas.

La comparación internacional puede ofrecer referencias útiles. Singapur, por ejemplo, combina tasas relativamente bajas de tributación sobre la renta con una carga tributaria agregada moderada. No se trata de copiar mecánicamente su estructura fiscal, pues las condiciones institucionales y demográficas son diferentes, sino de reconocer que la competitividad tributaria puede contribuir a atraer inversión y estimular el ahorro.

La reducción de impuestos debe ser compatible con la sostenibilidad de las finanzas públicas. No puede financiarse con endeudamiento permanente ni con la expectativa de que el crecimiento económico resolverá automáticamente cualquier desequilibrio. La condición indispensable es una revisión previa del gasto y una trayectoria fiscal creíble.

Estas cinco líneas —seguridad, Estado de derecho, desregulación, reducción del gasto de funcionamiento y menor presión fiscal— son complementarias. Sin seguridad, la propiedad es una garantía de papel. Sin justicia, los contratos pierden credibilidad. Sin desregulación, la iniciativa privada queda sometida a obstáculos innecesarios. Sin control del gasto, la reducción de impuestos no es sostenible. Y sin una menor presión fiscal, el ahorro administrativo no se traduce en mayores oportunidades para los ciudadanos.

La libertad exige que estas políticas se conciban como partes de una misma transformación institucional.

 

VI. El Centro Democrático y agrupaciones políticas similares

La experiencia internacional ofrece ejemplos útiles de organizaciones políticas que han logrado reunir corrientes distintas dentro de una misma estructura.

El Partido Liberal Democrático de Japón

El Partido Liberal Democrático de Japón, fundado en 1955 mediante la fusión de las principales corrientes conservadoras de la posguerra, constituye uno de los ejemplos más duraderos de partido de amplia composición ideológica en una democracia industrial.

A lo largo de su historia ha albergado sectores nacionalistas, conservadores, reformistas y relativamente liberales. Sus facciones internas han desempeñado un papel importante en la organización de la competencia política y en la distribución del poder dentro del partido. No ha sido una organización doctrinariamente homogénea.

Su trayectoria también ha estado asociada con una presencia estatal considerable en la orientación del desarrollo económico, especialmente durante las décadas de rápido crecimiento de la posguerra. Por eso, no debe presentarse como un modelo de liberalismo económico puro. Su principal enseñanza para el Centro Democrático es de carácter organizativo: una fuerza política puede reunir sensibilidades diferentes y conservar una identidad reconocible si existe un núcleo compartido de principios y objetivos.

La lección no consiste en copiar sus facciones ni sus políticas económicas, sino en reconocer que la diversidad interna no es incompatible con la disciplina política y la continuidad institucional.

El Partido Republicano de Estados Unidos

El Partido Republicano estadounidense presenta una experiencia diferente, pero igualmente ilustrativa. A lo largo de su historia ha reunido liberales clásicos, libertarios, conservadores fiscales, sectores religiosos y social-conservadores. Durante varias décadas, el llamado fusionismo permitió articular corrientes que no compartían todas sus concepciones sobre la sociedad, pero coincidían en la defensa de la libertad económica, la tradición y la seguridad nacional.

Frank Meyer fue uno de los principales formuladores de esa síntesis. Su argumento consistía en que la libertad individual y la virtud no eran necesariamente valores contradictorios. La sociedad civil, la familia y las instituciones voluntarias podían cumplir funciones fundamentales sin que el Estado tuviera que dirigirlas o sustituirlas.

Durante la presidencia de Ronald Reagan, esa coalición encontró una expresión política particularmente influyente. La reducción de impuestos, la defensa de la iniciativa privada, la política de seguridad y la crítica al crecimiento del Estado formaron parte de una agenda común. No desaparecieron las diferencias entre las corrientes, pero existió un marco que permitió coordinarlas.

El Partido Republicano contemporáneo atraviesa tensiones importantes entre posiciones libertarias, conservadoras, nacionalistas y populistas. Esas diferencias muestran que una coalición amplia necesita un criterio ordenador y mecanismos de deliberación. Cuando una corriente pretende imponer sus preferencias a las demás o utilizar el Estado para dirigir la vida económica y social, la unidad se vuelve más difícil.

Para el Centro Democrático, el paralelo es relevante. Su tradición uribista ha combinado seguridad democrática, confianza inversionista, cohesión social y austeridad estatal. Dentro de ese marco pueden convivir quienes priorizan la desregulación, la reducción de impuestos y la apertura económica con quienes enfatizan la doctrina social, la protección de la familia y la subsidiariedad. La condición es que ambas sensibilidades reconozcan la libertad individual, la propiedad y el Estado de derecho como principios comunes.

El Partido Popular de España

El Partido Popular español ofrece otro ejemplo de organización de amplia composición ideológica. En su trayectoria ha reunido familias liberales, democristianas y conservadoras. Su identidad combina la defensa de la democracia liberal, la economía social de mercado, la iniciativa privada y una concepción de la cohesión social inspirada en el humanismo cristiano.

La economía social de mercado que reivindica no supone entregar al Estado la dirección general de la economía. Busca combinar la iniciativa privada y la competencia con instituciones que garanticen un marco jurídico estable y condiciones para la participación social.

La experiencia del Partido Popular muestra que la defensa del mercado y la responsabilidad individual puede convivir con posiciones conservadoras y democristianas. También enseña que la amplitud ideológica requiere una orientación reconocible. Un partido que renuncia a definir sus principios corre el riesgo de convertirse en una coalición electoral sin identidad programática.

Los tres ejemplos tienen diferencias importantes. El Partido Liberal Democrático japonés ha aceptado una intervención estatal considerable en el desarrollo económico; el Partido Republicano estadounidense ha atravesado conflictos entre sus corrientes liberales y nacionalistas; y el Partido Popular español se identifica con una economía social de mercado. No son modelos equivalentes ni deben copiarse mecánicamente.

Su enseñanza común es otra: una organización política puede albergar sensibilidades diferentes sin renunciar a una identidad compartida. La pluralidad funciona cuando existe un marco de principios que permite resolver las diferencias y cuando las propuestas se someten a la evaluación de sus resultados.

El Centro Democrático puede aspirar a convertirse en una organización a las tres mencionadas. Para ello no necesita expulsar a las corrientes que discrepan sobre asuntos específicos ni exigir una ortodoxia económica o filosófica. Necesita, en cambio, establecer con claridad cuáles son los principios que ninguna de esas corrientes debería desconocer.

La libertad individual, la propiedad privada, la iniciativa empresarial, la seguridad, la igualdad ante la ley, la separación de poderes y la limitación del poder estatal pueden constituir ese núcleo común.

La discusión sobre las políticas públicas debe ser abierta. Habrá diferencias legítimas sobre la financiación de la educación, la organización del sistema de salud, el diseño de la política social, la regulación de los mercados y el alcance de las funciones estatales. Esas diferencias deben resolverse mediante argumentos, deliberación y evaluación de resultados, no mediante la descalificación de quienes sostienen posiciones distintas.

La diversidad no debe confundirse con la indefinición. Un partido que se declara de centro para evitar que lo identifiquen con la derecha termina discutiendo en el terreno que otros han escogido. Un partido que reconoce su ubicación y define su identidad alrededor de la libertad puede participar activamente en la construcción del marco político de la discusión nacional.

VII. Conclusión

El Centro Democrático no necesita resolver su identidad mediante una disputa terminológica entre quienes lo consideran un partido de centro y quienes lo ubican a la derecha del espectro político. Esa discusión tiene una respuesta relativamente sencilla: por su origen, su trayectoria y buena parte de sus posiciones programáticas, es un partido de derecha. Pero reconocerlo no significa exigirle uniformidad ideológica ni desconocer la diversidad de tradiciones que conviven en su interior. Significa, más bien, asumir esa diversidad y darle un principio ordenador.

Ese principio puede y debe ser la libertad.

La libertad no es una consigna abstracta ni se reduce a la defensa de los mercados. Comprende la autonomía de las personas para orientar sus vidas, disponer de su trabajo y de sus bienes, emprender, contratar, asociarse y desarrollar sus proyectos sin interferencias arbitrarias. Requiere, por supuesto, un orden jurídico que proteja los derechos individuales, haga cumplir los contratos y garantice la seguridad. No hay libertad efectiva donde imperan la violencia, la arbitrariedad o la impunidad. Tampoco la hay cuando el Estado, invocando propósitos colectivos, sustituye sistemáticamente las decisiones de los ciudadanos por las de los funcionarios.

La experiencia internacional y los indicadores comparados ofrecen razones para tomar en serio esta orientación. Colombia presenta debilidades tanto en la calidad de sus instituciones democráticas como en la protección de la libertad económica. La caída en el Índice de Democracia de la Economist Intelligence Unit y los resultados de los índices de Heritage y Fraser muestran que el país tiene problemas persistentes de funcionamiento institucional, seguridad jurídica, protección de la propiedad y calidad de las reglas que gobiernan la actividad productiva. No son simples posiciones en una clasificación internacional: son señales de obstáculos que afectan la inversión, el emprendimiento y las oportunidades de los ciudadanos.

La respuesta no consiste en proclamar un Estado débil ni en desentenderse de los problemas sociales. Consiste en construir un Estado limitado en sus atribuciones, pero eficaz en el cumplimiento de sus responsabilidades. Un Estado que proteja la vida, la libertad y la propiedad; que administre justicia oportunamente; que asegure el territorio; que haga respetar la ley y que garantice condiciones para que las personas puedan desarrollar sus capacidades. Un Estado que no pretenda dirigir la economía ni administrar la vida de los ciudadanos, sino que establezca reglas generales, estables y previsibles para que la sociedad despliegue su iniciativa.

De esa concepción se desprende una agenda concreta: recuperar la seguridad y el control territorial; fortalecer el Estado de derecho y la protección de los derechos de propiedad; desmontar regulaciones y trámites innecesarios; revisar el tamaño y las funciones del aparato administrativo; y reducir la carga tributaria de manera compatible con la sostenibilidad de las finanzas públicas. Estas tareas no son independientes. La reducción del gasto debe hacer posible una menor presión fiscal; la desregulación debe ir acompañada de seguridad jurídica; y la defensa de la propiedad requiere una autoridad legítima capaz de hacer cumplir la ley.

El Centro Democrático puede reunir, como lo hacen otras grandes organizaciones políticas de derecha, corrientes liberales, conservadoras, democristianas y libertarias. No tiene que exigirles que compartan todas sus preferencias sobre educación, salud, política social o configuración institucional. Sí debe pedirles que reconozcan un marco común: la dignidad y la autonomía del individuo, la propiedad privada, la iniciativa particular, la igualdad ante la ley, la economía de mercado y la limitación del poder político.

Las diferencias entre esas corrientes deben resolverse mediante la deliberación, el examen de los argumentos y la evaluación de los resultados. No mediante la descalificación ni la pretensión de imponer una ortodoxia. La diversidad es una fortaleza cuando existe un principio que permite ordenar las discrepancias; se convierte en una debilidad cuando el partido renuncia a definir aquello que lo distingue.

El desafío del Centro Democrático consiste, entonces, en dejar de ser una fuerza política definida principalmente por su oposición a otros proyectos y convertirse en una organización capaz de proponer una transformación institucional y económica de largo plazo. Para ello debe asumir sin complejos su ubicación en la derecha democrática y dar contenido a esa posición mediante una defensa consecuente de la libertad.

No se trata de escoger entre libertad y orden. Se trata de comprender que el orden legítimo es la condición institucional de la libertad y que esta, a su vez, es el propósito de ese orden. La enseña republicana de Colombia, «Libertad y Orden», expresa precisamente esa relación.

Una derecha plural, orientada por la libertad y juzgada por los resultados de sus propuestas, puede ser la contribución propia del Centro Democrático a la renovación de la política colombiana.

 

Bibliografía

  • EIU (Economist Intelligence Unit). Democracy Index. Informes anuales, especialmente 2024 y 2025.
  • Fraser Institute. Economic Freedom of the World. Informes y base de datos, especialmente las observaciones de 2023 y 2024.
  • Giddens, Anthony (1999). La tercera vía: renovación de la socialdemocracia. Taurus, Barcelona.
  • Hayek, Friedrich A. (1997). Los fundamentos de la libertad. Ediciones Folio, Barcelona.
  • Heritage Foundation. Index of Economic Freedom. Edición 2026.
  • Nozick, Robert (2012). Anarquía, Estado y utopía. Fondo de Cultura Económica, México.
  • Rand, Ayn (2007). La rebelión de Atlas. Grito Sagrado, Buenos Aires.
  • Rothbard, Murray N. (2005). Hacia una nueva libertad: el manifiesto libertario. Grito Sagrado, Buenos Aires.
  • Smith, Adam (1776). Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones.
  • Banco Mundial. Clasificación de países por nivel de ingreso e indicadores de ingreso nacional bruto per cápita.
  • Vélez Álvarez, Luis Guillermo (2025). «La escuela austríaca de teoría económica». Blog personal.

 

LGVA - IMP

Octubre 18 de 2026

 



* Los autores son militantes del Centro Democrático. Están convencidos que las ideas aquí expuestas son un desarrollo lógico de los principios del Partido tal y como se expresan en el preámbulo de los Estatutos. Admiten que esa convicción, de momento, solo los compromete a ellos. Al hacerlas públicas, buscamos que sean debatidas, ampliadas, profundizadas, enriquecidas y finalmente compartidas por el mayor número de militantes como elemento del cuerpo de doctrina del Partido.     

viernes, 16 de octubre de 2026

Estado limitado, no Estado indiferente

 

Estado limitado, no Estado indiferente

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

En una intervención reciente en el Concejo de Medellín sobre la revisión del POT hice una afirmación que podría parecer poco liberal. Afirmé preferir que el dinero público se destinase a construir vivienda que a construir un estadio. No hay contradicción.

Mi liberalismo no es el del Estado omnipresente, pero tampoco el de un Estado indiferente frente a la pobreza. Estado limitado, no Estado indiferente.  El pensamiento liberal en general, el mío en particular, es sutil y matizado, anclado en principios, atento a la evidencia y pragmático en soluciones.

La función fundamental del Estado es proteger la vida, la libertad y la propiedad. Sin seguridad, justicia y protección de los derechos de propiedad no existe una economía de mercado. Pero ayudar a quienes no pueden satisfacer por sí mismos determinadas necesidades también puede formar parte de las funciones legítimas del Estado.

Hayek no sostuvo que una sociedad libre debiera desentenderse de los pobres. Su preocupación era que la protección social se convirtiera en planificación y que el Estado pretendiera sustituir al mercado. Sowell, por su parte, ha mostrado cómo las restricciones a la oferta de vivienda - mediante control de arriendos y obligaciones inmobiliarias- terminan elevando sus precios y perjudicando precisamente a quienes se pretende beneficiar. Arthur Lewis sostuvo que en vivienda era preferible el subsidio a la oferta pues los beneficiarios de las transferencias monetarias podrían preferir gastarlas en consumo corriente y continuar viviendo en condiciones de hacinamiento e insalubridad.  

De ahí que una política liberal de vivienda deba combinar mercado y Estado. Es decir, facilitar la construcción privada, ampliar la oferta de suelo formal, eliminar restricciones innecesarias y, cuando el mercado no sea suficiente para determinados hogares, utilizar recursos públicos.

En Singapur, el país más liberal del mundo, el 80% de la población vive, bajo contratos de arriendo a 99 años, en viviendas construidas, subvencionadas y gestionadas por el Housing Development Boar, una entidad gubernamental. 

También dije que la política pública se expresa en el presupuesto y se aplica con su ejecución. Por eso propuse la creación del Fondo de Gestión y Financiación del POT orientado a la habilitación de suelo para vivienda popular y a contribuir a su financiación.

Si Medellín reconoce que tiene un problema de vivienda VIS y VIP, debe poner recursos para resolverlo. No propongo que la Alcaldía sustituya a los constructores privados. Puede aportar suelo, financiar urbanización, otorgar subsidios, facilitar crédito, asociarse con particulares o, en determinadas circunstancias, construir directamente.

Por eso destaco lo que viene haciendo la Gobernación de Antioquia a través de VIVA: más de 12.000 viviendas nuevas y 40.000 mejoramientos con una inversión cercana al billón de pesos. También por eso reivindico, con las debidas diferencias históricas, la experiencia del Instituto de Crédito Territorial que en sus 50 años de historia construyó y financió la vivienda de millones de colombianos.

El pobre necesita algo más que recreación subsidiada. Necesita oportunidades para convertirse en propietario. La vivienda es techo, pero también es patrimonio, seguridad económica y una forma de incorporación a la economía formal.

 

Del Estado austero al Estado limitado: al oído del CD

 

Del Estado austero al Estado limitado: al oído del CD

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

En ¿Quo vadis Centro Democrático? planteaba la necesidad de precisar el rumbo doctrinario del partido. Una de las cuestiones que merece mayor discusión es la concepción del Estado. Porque no basta con hablar de un Estado austero. Hay que hablar de un Estado limitado. Hay una diferencia importante entre ambos conceptos. El Estado austero gasta poco; el Estado limitado hace pocas cosas. La austeridad es una virtud administrativa; la limitación del Estado es un principio de filosofía política.

Un Estado puede ser austero y, sin embargo, intervenir en casi todos los ámbitos de la vida económica y social. Puede gastar relativamente poco, pero regular mucho, prohibir mucho, autorizar mucho y decidir mucho. Así, la austeridad no impide que el poder público termine desplazando las decisiones de los ciudadanos. La pregunta liberal, por tanto, no es solamente cuánto debe gastar el Estado, sino qué debe hacer.

Su función esencial es garantizar la seguridad, administrar justicia, proteger la propiedad, hacer cumplir los contratos y preservar las condiciones institucionales dentro de las cuales las personas puedan producir, trabajar, ahorrar, invertir, contratar e intercambiar libremente.

Más allá de esas funciones, la intervención estatal debe justificarse. No porque toda intervención sea ilegítima, sino porque cada una implica sustituir una decisión privada por una decisión pública. Y esa sustitución tiene un costo que suele olvidarse: se pierde información, se restringe la libertad de elección y se debilita el mecanismo de precios mediante el cual millones de personas coordinan sus decisiones.

Aquí aparece un principio fundamental: la subsidiariedad. Lo que pueden hacer los individuos, las familias, las empresas, las asociaciones y las comunidades no debería hacerlo el Estado. Y lo que pueda resolver una autoridad territorial no debería ser asumido por una autoridad nacional.

Esto tiene consecuencias también para la política social. El Estado debe proteger a quien no puede valerse por sí mismo, pero la política social debería procurar que las personas recuperen autonomía, no convertirlas en dependientes permanentes.

El Estado debe crear las condiciones para que exista competencia, inversión y emprendimiento, pero no convertirse en empresario, planificador o asignador general de recursos. El mercado no es simplemente un mecanismo para comprar y vender: es un sistema de descubrimiento basado en precios, ganancias y pérdidas que utiliza un conocimiento que ningún gobierno puede reunir. Es también un mecanismo de experimentación de las innovaciones económicas.

Si el Centro Democrático quiere definir una identidad económica liberal, la discusión debería ir más allá de la austeridad fiscal. Un Estado que gasta menos, pero pretende regularlo todo, sigue siendo un Estado grande.

No se trata de gastar menos para mantener un Estado omnipresente. Se trata de limitar las funciones del Estado para que pueda gastar menos y cobrar menos.

Éste podría ser uno de los principios económicos de una definición doctrinaria del Centro Democrático: un Estado fuerte para garantizar seguridad, justicia y propiedad; un Estado limitado para que los ciudadanos puedan producir, contratar, invertir, intercambiar y prosperar libremente.

martes, 13 de octubre de 2026

Flat Tax e impuesto negativo: tributación simple para una economía libre

 

Flat Tax e impuesto negativo: tributación simple para una economía libre

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

La estructura tributaria no es neutral frente al funcionamiento de una economía. Los impuestos modifican los incentivos, afectan las decisiones de consumo y ahorro, alteran la rentabilidad de las inversiones y pueden obstaculizar la acumulación de capital. Por eso, la discusión tributaria no debería limitarse a establecer cuánto recauda el Estado o quién debe pagar más. También debe preguntarse qué efectos produce la tributación sobre la creación de riqueza.

Esta preocupación está en el centro de la propuesta de Flat Tax, desarrollada por los economistas Robert E. Hall y Alvin Rabushka, de la Universidad de Stanford, y expuesta inicialmente en su libro The Flat Tax, publicado en 1983. Esta contribución me parece más importante que el celebrado artículo de Hall sobre la función consumo.

La propuesta consiste en reemplazar los sistemas tributarios progresivos, complejos y llenos de excepciones por una estructura basada en una tarifa única y una base tributaria amplia. No se trata simplemente de reducir impuestos, sino de modificar la manera como se grava la actividad económica.

Hall y Rabushka proponen dos componentes complementarios. Las empresas tributan sobre sus ingresos por ventas, descontando los salarios, las compras intermedias y la inversión en bienes de capital. Las personas tributan sobre sus ingresos laborales, aplicando una tarifa uniforme y una exención básica. Los dividendos y los intereses no vuelven a gravarse en cabeza de las personas, pues el rendimiento del capital ya está incorporado en la tributación empresarial.

El propósito es evitar la doble tributación del ahorro y la inversión, eliminar buena parte de las distorsiones que introducen las deducciones y los tratamientos preferenciales y reducir los costos administrativos del sistema. Esta propuesta coincide con varios principios que he defendido en mis escritos sobre economía y libertad.

El primero es que la riqueza no se distribuye: se crea. La prosperidad de una sociedad depende de la división del trabajo, la especialización, el intercambio voluntario, la acumulación de capital y el progreso tecnológico. Un sistema tributario que castiga el ahorro, la inversión y el emprendimiento termina debilitando los procesos que hacen posible el crecimiento de los ingresos y los salarios.

El segundo es que los impuestos deben respetar, en la mayor medida posible, la neutralidad frente a las decisiones económicas. Cuando el legislador concede exenciones, establece tarifas diferenciales o favorece determinadas actividades, introduce incentivos artificiales que desvían recursos de sus usos más productivos. Además, abre espacios para el cabildeo y la captura del Estado por intereses particulares. La complejidad tributaria no es solamente un problema administrativo: también es un problema de economía política.

El tercero es que la progresividad no debe confundirse con la multiplicación de tarifas marginales. La Flat Tax conserva un componente progresivo mediante una exención básica. Quien obtiene ingresos inferiores a ese mínimo no paga y quien recibe ingresos mayores paga una tarifa uniforme sobre la parte gravable. De esta manera se evita que los aumentos del ingreso sean sometidos a tarifas marginales crecientes que pueden desestimular el esfuerzo productivo.

Hay aquí una distinción importante. No considero que el Estado deba ser indiferente frente a la pobreza ni que deba renunciar a sus funciones de protección de la propiedad, administración de justicia, seguridad y provisión de bienes públicos. Mi planteamiento es el de un Estado limitado, no el de un Estado indiferente. Pero precisamente por eso es necesario que la financiación de sus funciones se haga mediante un sistema tributario que interfiera lo menos posible con la creación de riqueza.

La Flat Tax también permite introducir una consideración de economía política. Los sistemas tributarios complejos hacen menos visible quién paga realmente los impuestos y cuánto cuestan los privilegios concedidos por el Estado. Un sistema sencillo, con pocas tarifas y pocas excepciones, facilita el control ciudadano sobre la actividad fiscal y limita la capacidad de los gobiernos para utilizar la tributación como instrumento de intervención particularista.

Naturalmente, la propuesta tiene dificultades de aplicación. La definición de la base gravable, el tratamiento de las transiciones y la suficiencia de los recaudos deben examinarse cuidadosamente. Tampoco basta con adoptar una tarifa uniforme si el gasto público continúa creciendo sin disciplina.

La propuesta de Hall y Rabushka tiene una afinidad importante con otra iniciativa del pensamiento liberal: el impuesto negativo sobre la renta, formulado por Milton Friedman en Capitalism and Freedom (1962).

Friedman partía de una preocupación semejante: una sociedad libre no tiene por qué ser indiferente frente a la pobreza. Sin embargo, la ayuda a quienes carecen de ingresos suficientes no debería convertirse en una estructura burocrática de subsidios, transferencias condicionadas y programas asistenciales que terminen desestimulando el trabajo y la iniciativa individual.

Su propuesta consistía en utilizar el propio sistema tributario para garantizar un ingreso mínimo. Quienes obtuvieran ingresos superiores a un determinado umbral pagarían impuestos; quienes estuvieran por debajo recibirían una transferencia del Estado. Esta transferencia disminuiría gradualmente a medida que aumentaran sus ingresos laborales.

El mecanismo tiene una ventaja fundamental: la persona siempre tendría un incentivo para trabajar y aumentar sus ingresos, pues la transferencia recibida disminuiría en una proporción inferior al ingreso adicional obtenido. Se evita así que aceptar un empleo o trabajar más horas implique perder abruptamente los beneficios asistenciales.

La conexión con Hall y Rabushka es clara. Mientras la Flat Tax busca establecer un sistema tributario sencillo, de tarifa única y base amplia, el impuesto negativo de Friedman ofrece una manera de atender la pobreza sin multiplicar los programas estatales ni introducir distorsiones innecesarias en las decisiones económicas.

Ambas propuestas responden a una misma concepción del Estado: limitado en sus funciones, pero no indiferente frente a la situación de quienes necesitan ayuda. El Estado debe proteger los derechos, garantizar las condiciones institucionales para la creación de riqueza y disponer de mecanismos transparentes para asistir a quienes se encuentran en condiciones económicas difíciles.

La combinación de una tributación sencilla con un mecanismo de ingreso mínimo constituye una alternativa liberal tanto al Estado asistencialista como a la pretensión de que el mercado, por sí solo, debe resolver todas las situaciones de pobreza.

No se trata de redistribuir permanentemente la riqueza mediante una maraña de impuestos y subsidios, sino de preservar los incentivos para crearla y establecer una protección básica para quienes no pueden obtener ingresos suficientes.

Para Colombia la discusión es especialmente pertinente. Tenemos un sistema tributario complejo, inestable, con elevadas cargas sobre las empresas y una proliferación de beneficios y tratamientos especiales. Y una maraña de subsidios a la oferta y a la demanda de los que se benefician no son los más pobres sino los más hábiles en el manejo del sistema político-clientelista.

La libertad económica no consiste solamente en dejar que los individuos intercambien y emprendan. Exige también que las instituciones no penalicen innecesariamente esas actividades. Un buen sistema tributario debe recaudar lo necesario para financiar un Estado limitado, pero sin convertirse en un obstáculo para la formación de capital y la prosperidad.

La Flat Tax expresa una idea que comparto: el Estado no crea la riqueza que grava. La riqueza es el resultado de millones de decisiones individuales de producción, ahorro, inversión e intercambio. La función de un buen sistema tributario es financiar las instituciones que hacen posible ese proceso, no entorpecerlo.

LGVA

Octubre de 2026.