¿Se
saldrá de plomada la colectiva estupidez?
Luis
Guillermo Vélez Álvarez
Economista
La elección de Cepeda no sería
simplemente una equivocación política; sería un caso extremo de imbecilidad
colectiva. No en el sentido clínico del término, por supuesto, sino en el
sentido histórico y moral de una sociedad que, pudiendo juzgar con evidencia,
experiencia y razón, decide entregarse conscientemente a quienes representan lo
peor de sí misma.
La elección de Petro ya
constituyó una señal alarmante. No fue un accidente, ni un mero efecto de
coyuntura. Tampoco basta explicarla por la compra de votos en ciertas regiones
del país, aunque ésta haya sido decisiva en segunda vuelta. En primera vuelta,
ocho y medio millones de colombianos votaron libremente por Petro, sabiendo
quién era, qué representaba y cuál había sido su trayectoria pública. Y hoy una
porción considerable de esos mismos ciudadanos parece dispuesta a hacer lo
propio con Cepeda.
¿Cómo es posible que, después de décadas de
crecimiento económico y mejoría social, la izquierda radical haya pasado de los
82.858 votos obtenidos por Gerardo Molina en 1982 a los más de once millones de
Petro en segunda vuelta de 2022? ¿Cómo explicar que semejante ascenso ocurra
precisamente en el período de mayor progreso material de la historia
colombiana?
Durante esas cuatro décadas,
el PIB per cápita se triplicó; la pobreza multidimensional cayó drásticamente;
la cobertura en salud se universalizó; millones de hogares accedieron a
electricidad, acueducto y educación secundaria; la esperanza de vida aumentó de
forma notable y la mortalidad infantil se desplomó. Los colombianos, incluidos
los más pobres, no se empobrecieron: se hicieron más ricos, más educados, más
sanos y más longevos.
Al mismo tiempo, el socialismo
real se derrumbaba en Europa Oriental y en la Unión Soviética. China abandonaba
de facto el comunismo económico. África constataba el fracaso del llamado
“socialismo africano”. El mundo entero rechaza las fantasías colectivistas. Y,
sin embargo, Colombia avanza en dirección contraria.
La explicación de esta
paradoja no puede reducirse a la propaganda o a la manipulación emocional. Hay
algo más inquietante: una profunda degradación cultural e intelectual de las
élites colombianas. La empresarial, ensimismada en la rentabilidad de cada cual
y la captura regulatoria, renunció a la defensa moral del capitalismo. La
política, corroída por el clientelismo y la mediocridad, perdió toda autoridad
ética. Y la intelectual —universidades, periodistas, formadores de opinión— se
entregó a un progresismo superficial y resentido que convirtió la ignorancia
económica y el odio al mercado en signos de altura moral.
Solo en ese ambiente,
personajes patéticos como Petro y siniestros como Cepeda pudieron convertirse
en referentes de millones de personas. No porque encarnen virtudes admirables,
sino porque una sociedad intelectualmente desarmada terminó confundiendo
resentimiento con justicia, victimismo con dignidad y radicalismo con superioridad
moral.
La eventual elección de Cepeda
sería, entonces, mucho más que una derrota electoral para quienes defendemos la
libertad económica y la democracia liberal. Sería la prueba de un fracaso
histórico de las élites dirigentes colombianas incapaces de construir una
cultura política seria, de defender con convicción las instituciones
republicanas y de transmitir a la sociedad el valor civilizatorio de la
libertad.
LGVA
Mayo de 2026
