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sábado, 18 de julio de 2026

La fijación del salario mínimo: más evidencia, menos política

 

La fijación del salario mínimo: más evidencia, menos política

Angélica Ordoñez Aristizabal

Luis Guillermo Vélez Álvarez

I.              Introducción

Pocas decisiones de política económica despiertan tanta atención en Colombia como la fijación anual del salario mínimo. Cada diciembre se repite el mismo ritual: sindicatos reclaman un aumento significativo, los empresarios advierten sobre sus efectos sobre el empleo y el Gobierno intenta presentarse como árbitro de una negociación cuyo desenlace suele tener un alto contenido político. El debate termina reducido a una pregunta aparentemente sencilla: ¿de cuánto debe ser el incremento?

Sin embargo, esa no es la pregunta realmente importante.

La discusión debería comenzar por establecer si la política vigente del salario mínimo está cumpliendo el propósito para el cual fue concebida. Es decir, si efectivamente mejora el bienestar de los trabajadores colombianos o si, por el contrario, termina perjudicando precisamente a quienes pretende proteger.

Esta pregunta adquiere especial relevancia en un país donde más de la mitad de los ocupados trabaja en la informalidad. Son más de trece millones de personas que rara vez están representadas en la Comisión Permanente de Concertación de Políticas Salariales y Laborales, pese a que las decisiones sobre el salario mínimo afectan directamente sus posibilidades de acceder a un empleo formal, cotizar a la seguridad social y mejorar sus ingresos.

Paradójicamente, quienes menos participan en la discusión son quienes más sufren sus consecuencias.

Durante años, la fijación del salario mínimo ha estado dominada por argumentos políticos y consideraciones de corto plazo. Cada incremento superior a la inflación suele presentarse como una conquista social, mientras que cualquier llamado a la prudencia es interpretado como una defensa de los intereses empresariales. Esta forma de plantear el debate desconoce una realidad elemental de la economía: los salarios pueden crecer de manera sostenible únicamente cuando aumenta la productividad del trabajo. Cuando la remuneración se desvincula de la productividad, el ajuste no desaparece; simplemente se traslada hacia otras variables, principalmente el empleo formal, la informalidad y la inversión.

La evidencia acumulada durante las últimas décadas muestra que Colombia presenta una situación particularmente compleja. El salario mínimo es excepcionalmente alto en relación con el salario mediano, la informalidad permanece entre las más elevadas de América Latina y una proporción considerable de trabajadores posee niveles de productividad insuficientes para justificar el costo laboral que impone la legislación. Bajo estas condiciones, incrementos del salario mínimo por encima de la productividad generan efectos que trascienden a quienes devengan un salario mínimo: modifican las decisiones de contratación de las empresas, alteran la distribución del empleo entre los sectores formal e informal, afectan la inflación, reducen el crecimiento económico y deterioran las finanzas públicas.

En consecuencia, la discusión sobre el salario mínimo no puede limitarse al porcentaje de incremento que se negocia cada diciembre. El verdadero debate consiste en determinar si el mecanismo mediante el cual se fija el salario mínimo responde a criterios económicos objetivos o si ha terminado convirtiéndose en un instrumento sujeto a incentivos políticos.

La política pública debe evaluarse por sus resultados y no por sus intenciones. Una medida inspirada en nobles propósitos pierde legitimidad cuando la evidencia demuestra que produce efectos contrarios a los buscados. En materia de salario mínimo, la pregunta no es cuánto desearíamos que ganaran los trabajadores, sino cuál es la política que realmente contribuye a mejorar su bienestar.

Este documento parte precisamente de esa premisa. Su primer objetivo es revisar de manera sistemática la evidencia científica reciente sobre los efectos del salario mínimo en Colombia, con especial énfasis en el empleo, la informalidad, la distribución del ingreso, la pobreza, la inflación y el crecimiento económico. El segundo consiste en formular propuestas de reforma legislativa que incorporen esa evidencia y permitan construir una política salarial más coherente con las características del mercado laboral colombiano.

En síntesis, la tesis que guía este trabajo es sencilla: la política de salario mínimo debe dejar de ser un escenario dominado por consideraciones políticas y convertirse en una política pública sustentada en la evidencia económica. Solo así podrá cumplir el propósito de mejorar, de manera sostenible, las condiciones de vida de los trabajadores colombianos.

II.            El salario mínimo: una política que necesita ser revisada

El salario mínimo existe en la mayoría de los países como un mecanismo de protección para los trabajadores con menor capacidad de negociación. Su propósito es evitar remuneraciones excesivamente bajas y garantizar un ingreso compatible con unas condiciones mínimas de vida. Esta es también la justificación adoptada por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que considera el salario mínimo como un instrumento para combatir la pobreza y reducir las desigualdades.

Sin embargo, reconocer la legitimidad de ese propósito no equivale a afirmar que cualquier nivel de salario mínimo produzca los resultados esperados. Como ocurre con toda política pública, la validez de sus objetivos debe contrastarse con la evidencia sobre sus efectos. Una política bien intencionada puede terminar generando consecuencias contrarias a las que pretende alcanzar.

Este punto resulta particularmente importante en Colombia, donde el salario mínimo ha adquirido una relevancia mucho mayor que en la mayoría de las economías desarrolladas. No solo determina la remuneración de millones de trabajadores, sino que sirve como referencia para numerosos contratos, tarifas, contribuciones, sanciones, prestaciones y decisiones económicas del sector público y privado. En consecuencia, un aumento del salario mínimo produce efectos que trascienden ampliamente el mercado laboral.

1.    El marco institucional

En Colombia la fijación del salario mínimo está regulada por la Ley 278 de 1996. Esta norma creó la Comisión Permanente de Concertación de Políticas Salariales y Laborales, integrada por representantes del Gobierno, los empleadores y los trabajadores.

La ley establece que la Comisión debe procurar un acuerdo durante la primera quincena de diciembre. Si dicho acuerdo no se alcanza, corresponde al Gobierno fijar el incremento mediante decreto, teniendo en cuenta variables como la inflación, la productividad, el crecimiento del producto interno bruto y la participación de los salarios en el ingreso nacional.

La Corte Constitucional, mediante la Sentencia C-815 de 1999, precisó que ninguno de estos criterios puede aplicarse de manera aislada y que el Gobierno debe armonizarlos con los principios constitucionales de protección al trabajo y remuneración mínima vital y móvil.

En teoría, el procedimiento busca equilibrar consideraciones sociales y económicas. En la práctica, la experiencia ha sido muy diferente.

2.    Una política crecientemente centralizada

La historia reciente muestra que la concertación ha sido más la excepción que la regla. Desde 2001 hasta 2026, diecinueve de los veintiséis ajustes del salario mínimo fueron definidos unilateralmente por el Gobierno mediante decreto. La negociación tripartita terminó convirtiéndose, en la mayoría de los años, en una etapa previa a una decisión del Ejecutivo.

Más importante aún es la tendencia observada en el nivel del salario mínimo. Durante las dos últimas décadas los incrementos nominales han sido sistemáticamente superiores a la inflación, lo que ha permitido un crecimiento sostenido del salario mínimo en términos reales. Este fenómeno se intensificó a partir de 2021, cuando se aprobaron aumentos excepcionalmente elevados.

Desde la perspectiva del trabajador que conserva su empleo formal, estos incrementos representan una mejora evidente en su poder adquisitivo. Pero esa no es toda la historia.

La pregunta relevante es qué ocurre con quienes no logran acceder a un empleo formal o pierden su puesto de trabajo como consecuencia del mayor costo laboral. Esa es precisamente la dimensión que suele desaparecer del debate público.

3.    El problema colombiano

Una forma de evaluar qué tan exigente es un salario mínimo consiste en compararlo con el salario mediano de la economía mediante el índice de Kaitz.

Mientras el promedio de los países de la OCDE registra un índice cercano a 0,56, Colombia alcanza aproximadamente 0,92, el valor más alto entre los países comparables. En otras palabras, el salario mínimo colombiano representa cerca del noventa por ciento del salario mediano.

Esta característica convierte a Colombia en un caso atípico. En una economía donde la productividad de una proporción importante de trabajadores es inferior al costo laboral impuesto por la legislación, las empresas responden reduciendo la contratación formal, sustituyendo trabajadores por capital o trasladando parte de su actividad hacia la informalidad.



No sorprende entonces que el país mantenga, de manera persistente, una de las tasas de informalidad laboral más altas de América Latina. Durante los últimos años, más de la mitad de los trabajadores ha permanecido fuera del empleo formal y, por tanto, sin acceso pleno a la seguridad social, al crédito formal y a otros mecanismos de protección laboral.

La informalidad no constituye únicamente un problema estadístico. Es un obstáculo para el crecimiento de la productividad, limita la incorporación de nuevas tecnologías, reduce el recaudo tributario, debilita el sistema de seguridad social y perpetúa la pobreza entre generaciones.

4.    La necesidad de un nuevo enfoque

Los hechos descritos permiten extraer una primera conclusión.

Durante las últimas dos décadas Colombia ha seguido una política de aumentos sostenidos del salario mínimo, incluso en términos reales. Paralelamente, el país continúa registrando un índice de Kaitz excepcionalmente alto y niveles persistentes de informalidad. A ello se suma que la mayoría de los ajustes anuales han sido definidos por decisión del Gobierno y no mediante concertación.

Estos hechos, por sí solos, no demuestran una relación causal. Pero sí plantean una pregunta que no puede seguir ignorándose: ¿está funcionando la política actual del salario mínimo?

Responder esa pregunta exige abandonar las intuiciones y acudir a la evidencia empírica. Ese será precisamente el objeto del siguiente capítulo.

III.          Lo que muestra la evidencia

El debate sobre el salario mínimo suele estar dominado por posiciones ideológicas. Para unos, incrementarlo siempre constituye una conquista social; para otros, cualquier aumento representa una amenaza para el empleo. La evidencia empírica permite superar esa falsa dicotomía.

En economía no basta con defender una idea; es necesario contrastarla con los datos. Por ello, este capítulo revisa la literatura reciente sobre los efectos del salario mínimo en Colombia. La revisión comprende cinco investigaciones publicadas durante los últimos años, que emplean metodologías diversas —modelos de equilibrio parcial y general, datos de panel, series de tiempo y modelos dinámicos— pero llegan, en términos generales, a conclusiones notablemente consistentes.

Lejos de ofrecer resultados contradictorios, la evidencia apunta hacia un mismo diagnóstico: el nivel actual del salario mínimo genera costos importantes sobre el funcionamiento del mercado laboral colombiano y afecta especialmente a los trabajadores de menor productividad.

1.    El primer efecto: menos empleo formal

El resultado más consistente de la literatura es la reducción del empleo formal.

Diversos estudios muestran que aumentos del salario mínimo elevan el costo de contratación para las empresas y reducen tanto la creación de nuevos puestos de trabajo como la permanencia de los existentes. Estos efectos recaen principalmente sobre los trabajadores menos calificados, los jóvenes y las empresas de menor tamaño.

Arango y sus coautores estiman que un aumento de 1 % en el salario mínimo real incrementa la destrucción de empleo y reduce la creación de nuevos puestos de trabajo, lo que equivale, en promedio, a decenas de miles de empleos menos cada año. Otros trabajos encuentran resultados similares para la industria manufacturera y muestran que las mayores pérdidas de empleo se concentran precisamente entre los trabajadores de menor productividad.

En otras palabras, el salario mínimo no afecta por igual a todos los trabajadores. Quienes ya cuentan con altos niveles de productividad prácticamente no experimentan consecuencias, mientras que aquellos cuya productividad apenas alcanza el costo laboral exigido por la legislación son quienes enfrentan el mayor riesgo de quedar excluidos del mercado formal.

2.    El segundo efecto: más informalidad

La pérdida de empleo formal no implica necesariamente que los trabajadores permanezcan desempleados. En Colombia existe un mecanismo de ajuste ampliamente documentado por la literatura: la informalidad.

Cuando el costo de contratar formalmente supera la productividad de determinados trabajadores, muchos terminan desplazándose hacia actividades informales. Desde esta perspectiva, la informalidad constituye una válvula de escape del mercado laboral.

Las estimaciones disponibles muestran que incrementos en el índice de Kaitz aumentan la probabilidad de que un trabajador termine vinculado al sector informal. Este efecto no es homogéneo. Es considerablemente mayor entre las mujeres, los trabajadores con menor nivel educativo y las personas de mayor edad. También existen diferencias importantes entre ciudades, siendo aquellas con menores niveles de productividad las más afectadas.

Estos resultados ayudan a explicar por qué Colombia mantiene tasas persistentemente elevadas de informalidad a pesar de los continuos incrementos del salario mínimo real.

3.    El tercer efecto: mayor pobreza y desigualdad

Una de las conclusiones más llamativas de la literatura es que una política diseñada para mejorar los ingresos puede terminar aumentando la pobreza entre determinados grupos de trabajadores.

La explicación es sencilla. Quienes conservan un empleo formal reciben un salario mayor, pero quienes pierden ese empleo o no logran acceder a él experimentan una caída mucho más significativa en sus ingresos.

Las investigaciones muestran que aumentos del salario mínimo incrementan la desigualdad de ingresos y elevan la probabilidad de que los hogares más vulnerables caigan por debajo de la línea de pobreza monetaria. Este efecto se concentra especialmente entre los trabajadores informales y los hogares pertenecientes a los primeros deciles de ingreso.

En consecuencia, evaluar el salario mínimo únicamente por el ingreso de quienes continúan empleados ofrece una visión incompleta del problema.

4.    El cuarto efecto: costos para toda la economía

Los efectos del salario mínimo no terminan en el mercado laboral.

La literatura encuentra que incrementos superiores a la productividad generan presiones inflacionarias, reducen la inversión, disminuyen el crecimiento económico y deterioran las finanzas públicas.

Los modelos de equilibrio general muestran que parte del empleo formal se desplaza hacia la informalidad, disminuye la productividad agregada y se reducen el producto interno bruto, el consumo y la inversión. Paralelamente, el Estado enfrenta mayores gastos asociados a remuneraciones indexadas al salario mínimo, pensiones y contribuciones a la seguridad social, al tiempo que pierde recaudo tributario por la menor formalización del empleo.

En otras palabras, el costo de un salario mínimo excesivamente alto termina distribuyéndose entre trabajadores, empresas y Gobierno.

5.    Un diagnóstico ampliamente compartido y una conclusión inevitable

Pocas veces la literatura económica colombiana presenta un grado de coincidencia tan amplio como en este tema.

Aunque los estudios emplean bases de datos, metodologías y modelos diferentes, todos coinciden en un punto fundamental: la forma como actualmente se fija el salario mínimo genera distorsiones importantes en el mercado laboral colombiano.

Las diferencias entre los trabajos se refieren principalmente a la magnitud de los efectos, no a su dirección. Todos encuentran impactos negativos sobre el empleo formal y la informalidad; varios documentan efectos adicionales sobre pobreza, desigualdad, inflación, crecimiento económico y sostenibilidad fiscal.

Esta convergencia resulta particularmente relevante porque fortalece la robustez del diagnóstico y reduce la probabilidad de que los resultados sean producto de una metodología específica.

La evidencia examinada conduce a una conclusión difícil de ignorar. La política vigente del salario mínimo no está alcanzando plenamente el objetivo de mejorar el bienestar de los trabajadores colombianos. Por el contrario, sus mayores costos recaen precisamente sobre quienes poseen menor productividad y enfrentan mayores dificultades para acceder al empleo formal.

La discusión, por tanto, ya no debería centrarse exclusivamente en el porcentaje de incremento anual. La verdadera discusión consiste en determinar cómo rediseñar las reglas de fijación del salario mínimo para que esta política contribuya efectivamente a mejorar el bienestar de los trabajadores sin profundizar la informalidad ni destruir oportunidades de empleo.

Ese será el punto de partida de las propuestas de reforma que se presentan en el capítulo siguiente.

IV.          Hacia una nueva política de salario mínimo

La evidencia examinada en los capítulos anteriores conduce a una conclusión clara: el problema no radica en la existencia del salario mínimo, sino en la manera como actualmente se fija y aplica en Colombia.

En una economía caracterizada por elevados niveles de informalidad, profundas diferencias regionales de productividad y una gran heterogeneidad empresarial, resulta cada vez más difícil justificar un sistema rígido que impone un único salario mínimo mensual para todo el territorio nacional y para todas las modalidades de trabajo.

La política salarial necesita evolucionar. No para debilitar la protección de los trabajadores, sino para hacerla compatible con una economía más diversa, más productiva y con mayores oportunidades de empleo formal.

Las siguientes reformas apuntan en esa dirección.

1.    Restablecer la productividad como eje de la política salarial

Durante las últimas décadas el salario mínimo ha dejado de reflejar la evolución de la productividad laboral para convertirse, en buena medida, en una decisión política.

Esta tendencia debe corregirse.

El incremento anual debería determinarse mediante una regla objetiva en la que la inflación esperada garantice la preservación del poder adquisitivo y las ganancias de productividad permitan aumentar el salario real de manera sostenible.

Cuando los salarios crecen por encima de la productividad, las empresas no pueden absorber indefinidamente ese mayor costo. El ajuste termina manifestándose mediante menor contratación formal, mayor informalidad, menor inversión o sustitución de trabajo por capital.

La mejor política salarial no es aquella que anuncia los mayores incrementos nominales, sino la que consigue aumentar simultáneamente los salarios reales y el empleo formal.

2.    Fortalecer el carácter técnico de la Comisión de Concertación

La Comisión Permanente de Concertación debería dejar de ser un escenario de negociación política para convertirse en una verdadera instancia técnica de evaluación económica.

Cada decisión anual debería sustentarse en indicadores previamente definidos sobre productividad, inflación, empleo, informalidad y crecimiento económico.

La discrecionalidad política disminuiría considerablemente si el país adoptara reglas transparentes y verificables para determinar el ajuste anual del salario mínimo.

3.    Adoptar un salario mínimo por hora

La legislación colombiana continúa estructurada alrededor de un salario mínimo mensual asociado a una jornada laboral completa.

Este esquema corresponde a una economía del siglo pasado, en la cual predominaban las relaciones laborales permanentes y de tiempo completo. Sin embargo, el mercado laboral contemporáneo es mucho más diverso.

En la mayoría de las economías desarrolladas el salario mínimo se expresa como una remuneración por hora de trabajo. Este sistema mantiene intacto el principio de protección al trabajador, pero permite que la contratación se adapte con mayor flexibilidad a las necesidades de trabajadores y empleadores.

La adopción de un salario mínimo por hora tendría varias ventajas.

En primer lugar, facilitaría la creación de empleos formales de tiempo parcial para estudiantes, madres y padres con responsabilidades de cuidado, adultos mayores y personas que desean complementar sus ingresos sin vincularse a una jornada completa.

En segundo lugar, permitiría a las pequeñas empresas ajustar el número de horas contratadas según sus necesidades reales de producción, en lugar de verse obligadas a asumir el costo de una jornada completa aun cuando la demanda de trabajo sea inferior.

En tercer lugar, reduciría uno de los principales incentivos hacia la informalidad. Muchas actividades económicas requieren únicamente algunas horas de trabajo al día. Bajo el esquema vigente, esas necesidades terminan resolviéndose mediante relaciones laborales informales. Un salario mínimo por hora permitiría formalizar una parte importante de esas ocupaciones.

Esta reforma no implica reducir el salario mínimo. Por el contrario, garantiza que cada hora trabajada reciba una remuneración no inferior al mínimo legal, cualquiera que sea la duración de la jornada.

En otras palabras, la protección deja de estar asociada a un contrato mensual y pasa a estar asociada al trabajo efectivamente realizado.

4.    Reducir la indexación al salario mínimo

En Colombia el salario mínimo ha dejado de ser únicamente un instrumento de política laboral.

Su evolución determina multas, tarifas, cuotas, sanciones, aportes, honorarios y numerosas obligaciones legales.

Esta indexación multiplica los efectos económicos de cada incremento anual y dificulta que el salario mínimo cumpla exclusivamente su función de proteger los ingresos laborales.

La política pública debería avanzar hacia la eliminación gradual de estas referencias, sustituyéndolas por otras unidades de cuenta cuando ello resulte posible.

5.    Avanzar hacia una mayor diferenciación territorial del salario mínimo

Colombia presenta profundas diferencias regionales en productividad, costo de vida, estructura empresarial e informalidad laboral. Estas diferencias hacen difícil justificar que un mismo salario mínimo resulte igualmente apropiado para todos los municipios y departamentos del país.

Mientras las economías de ciudades como Bogotá, Medellín o Bucaramanga exhiben niveles relativamente altos de productividad, amplias zonas rurales y numerosas ciudades intermedias operan con estructuras productivas muy distintas, predominio de pequeñas empresas y menor capacidad para absorber incrementos en los costos laborales.

En estas circunstancias, un salario mínimo uniforme puede terminar produciendo efectos muy diferentes entre regiones. En las economías más productivas su impacto sobre el empleo suele ser reducido; en aquellas donde la productividad laboral es menor, el mismo salario puede convertirse en una barrera para la contratación formal y estimular la informalidad.

La existencia de diferencias regionales no constituye una particularidad colombiana. Varios países han optado por reconocerlas mediante esquemas de salarios mínimos diferenciados. En Estados Unidos coexisten un salario mínimo federal y salarios mínimos estatales e incluso municipales. Canadá y Japón también permiten diferencias territoriales, mientras que otros países incorporan mecanismos de ajuste regional teniendo en cuenta el costo de vida o las condiciones del mercado laboral.

La experiencia internacional muestra que la diferenciación territorial no busca reducir la protección de los trabajadores. Su propósito es adecuar la regulación a las condiciones económicas de cada región, evitando que un nivel salarial uniforme termine excluyendo del empleo formal a trabajadores cuya productividad es significativamente inferior.

Una reforma de esta naturaleza debería implementarse gradualmente y con criterios estrictamente técnicos. La diferenciación no tendría por qué establecerse para cada departamento o municipio. Una alternativa más viable consistiría en definir un número reducido de regiones laborales, agrupadas según indicadores objetivos de productividad, ingreso per cápita, costo de vida e informalidad.

La decisión sobre la región a la que pertenece cada territorio debería recaer en una comisión técnica e independiente, con revisiones periódicas y reglas previamente establecidas, de manera que el proceso permanezca al margen de presiones políticas.

Esta propuesta no pretende disminuir los ingresos de los trabajadores. Busca aumentar sus oportunidades de acceder a un empleo formal. Para millones de colombianos, especialmente en las regiones de menor productividad, el verdadero problema no es percibir un salario mínimo ligeramente inferior al de las grandes ciudades, sino no tener acceso a un empleo formal y verse obligados a trabajar en la informalidad.

En última instancia, la política salarial debe reconocer una realidad económica elemental: cuando la productividad difiere significativamente entre regiones, la uniformidad absoluta puede terminar generando más exclusión que equidad.

6.    Incorporar la evaluación permanente de resultados

Toda política pública debe someterse a evaluación. El salario mínimo no debería ser la excepción.

Cada incremento anual debería ir acompañado de un informe técnico que cuantifique posteriormente sus efectos sobre el empleo formal, la informalidad, la pobreza, la inflación y el crecimiento económico.

Solo mediante una evaluación sistemática será posible ajustar oportunamente la política salarial y evitar que decisiones bien intencionadas produzcan resultados contrarios a los buscados.

V.           Conclusiones

La discusión sobre el salario mínimo ha estado dominada durante décadas por argumentos políticos y consideraciones de corto plazo. Con frecuencia se supone que un mayor incremento constituye, por sí mismo, una victoria para los trabajadores.

La evidencia presentada en este documento invita a una conclusión distinta.

Los estudios disponibles muestran que cuando el salario mínimo crece persistentemente por encima de la productividad aparecen efectos adversos sobre el empleo formal, aumenta la informalidad y se reducen las oportunidades laborales precisamente para quienes poseen menores niveles de productividad.

Los principales perjudicados no son quienes conservan un empleo formal. Son quienes nunca logran obtenerlo.

Esta realidad obliga a replantear el debate.

La verdadera pregunta ya no consiste en cuánto debe aumentar el salario mínimo cada diciembre. La pregunta fundamental es cuál política salarial permite incorporar al mayor número posible de colombianos al empleo formal y elevar sostenidamente su productividad e ingresos.

La protección de los trabajadores no depende únicamente del nivel del salario mínimo. Depende, sobre todo, de que existan empresas dispuestas a contratar, trabajadores capaces de incrementar su productividad y una economía que genere oportunidades de empleo formal.

La experiencia internacional demuestra que es posible combinar salarios dignos con mercados laborales dinámicos. Para ello se requieren reglas estables, instituciones técnicas y mecanismos suficientemente flexibles para adaptarse a las transformaciones del trabajo moderno.

Colombia necesita avanzar hacia ese modelo.

Una política salarial basada en la productividad, acompañada de un salario mínimo expresado por hora, menor indexación y una evaluación permanente de resultados, permitiría proteger mejor a los trabajadores sin sacrificar la generación de empleo formal.

En economía, como en todas las políticas públicas, las buenas intenciones no son suficientes. Lo que finalmente importa son los resultados. Y la evidencia sugiere que ha llegado el momento de construir una política de salario mínimo menos determinada por la coyuntura política y mucho más guiada por la evidencia económica

Durante décadas Colombia ha discutido el salario mínimo como si el dilema consistiera en escoger entre salarios altos o salarios bajos. Ese nunca ha sido el verdadero problema. El verdadero desafío consiste en construir una política salarial que permita que el mayor número posible de colombianos tenga un empleo formal, productivo y bien remunerado. Un salario mínimo que excluye a millones de trabajadores del mercado formal deja de ser un instrumento de inclusión social para convertirse, por noble que sea su propósito, en una barrera contra el empleo. La política laboral del siglo XXI debe proteger al trabajador, pero también preservar la posibilidad de trabajar.

Bibliografía

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miércoles, 17 de junio de 2026

¡Viva Elon!

 

 

¡Viva Elon!

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

“…ya que la riqueza es el producto de la capacidad del hombre para pensar”

(Ayn Rand, La rebelión de Atlas)

Al inicio de la Revolución Industrial hubo quienes denunciaron a James Watt por enriquecerse con la máquina de vapor; más tarde, a George Stephenson lo condenaron por lucrarse con el ferrocarril y, ya en el siglo XX, a Henry Ford lo vilipendiaron por acumular una inmensa fortuna fabricando automóviles. Thorstein Veblen les dedicó a los grandes empresarios que industrializaron los Estados Unidos una obra de infamante título: Teoría de la clase ociosa.  

Algo semejante ocurre en esta época con los informes anuales de Oxfam anunciando, con tono de alarma moral, que los ricos son cada vez más ricos. Los titulares se repiten ad nauseam: el uno por ciento posee más riqueza que el resto de la humanidad. El mensaje implícito o explícito es siempre el mismo: algo anda mal, hay que redistribuir gravando las grandes fortunas. Un 2% anual, propone Gabriel Zucman, el nuevo apóstol de la igualdad, que le disputa el trono al inefable Piketty.

Pero hay una pregunta que rara vez se formula: ¿de dónde salió esa riqueza?

Los informes de Oxfam - y los voluminosos mamotretos de Zucman, Piketty y todos los demás - no son más que registros envidiosos de activos y patrimonios financieros: contabilidad. Pero la economía no es contabilidad. La economía se ocupa de entender cómo se crea la riqueza material, es decir, los bienes y servicios que satisfacen necesidades del cuerpo y la fantasía; cómo aumenta la riqueza con el aumento de la productividad y cuáles son los determinantes del crecimiento de ésta.

 La riqueza de las naciones, no la contabilidad de los ricos, es título que Adam Smith dio a la obra fundacional de la economía. La diferencia es fundamental.

Tomemos el caso de Elon Musk. Para muchos activistas es simplemente el hombre más rico del mundo. Para la historia económica podría resultar siendo una de las personas que más haya contribuido al progreso material de la humanidad en el siglo XXI. 



Cuando Musk apostó por Tesla, la industria automotriz consideraba los vehículos eléctricos como una curiosidad para ambientalistas. Hoy prácticamente todos los grandes fabricantes del mundo compiten por desarrollar tecnologías similares. El beneficio no se limita a los accionistas de Tesla. Se extiende a millones de consumidores, a nuevas cadenas de innovación y a una aceleración tecnológica que probablemente habría tardado décadas en producirse.

Lo mismo ocurre con SpaceX. Durante medio siglo el acceso al espacio permaneció atrapado en una lógica casi artesanal: construir un cohete, lanzarlo y perderlo para siempre. Musk desafió esa premisa y desarrolló cohetes reutilizables que han reducido drásticamente los costos de lanzamiento. Como ocurrió con el ferrocarril, el motor de vapor o el contenedor marítimo, una caída radical de los costos abre posibilidades económicas completamente nuevas.

Las consecuencias futuras pueden ser enormes. Comunicaciones más baratas, investigación científica más ambiciosa y, eventualmente, la expansión de la actividad humana más allá de nuestro planeta.

Starlink constituye un tercer ejemplo. Mientras gobiernos, agencias internacionales y ONG organizaban conferencias sobre inclusión digital, miles de comunidades rurales y remotas obtuvieron acceso efectivo a internet gracias a una constelación de satélites financiada por una empresa privada. Allí donde la burocracia discutía, la innovación actuaba.

Nada de esto aparece reflejado en los balances sobre desigualdad.

Hace más de un siglo, Joseph Schumpeter explicó que el desarrollo económico no surge principalmente de la acumulación de capital ni de la redistribución de riqueza, sino de la innovación. El verdadero motor del progreso es el empresario que introduce nuevos productos, nuevos métodos de producción y nuevas formas de organización económica.

Schumpeter llamó a este proceso “destrucción creadora”. Cada gran innovación destruye actividades existentes, pero crea otras más productivas y valiosas. El automóvil reemplazó al caballo. El computador desplazó a la máquina de escribir. Internet transformó industrias enteras.

Tesla, SpaceX y Starlink son manifestaciones de esa destrucción creadora.

La obsesión contemporánea con la desigualdad suele ignorar esta verdad elemental. Si Henry Ford hubiera sido impedido de enriquecerse, millones de trabajadores no habrían accedido al automóvil. Si Steve Jobs hubiera sido desalentado por acumular fortuna, el mundo sería tecnológicamente más pobre. Si Elon Musk hubiera decidido limitarse a administrar su patrimonio, probablemente no existirían ni los cohetes reutilizables ni Starlink ni la movilidad eléctrica.

Aquí aparece una intuición poderosa de Ayn Rand en La rebelión de Atlas. La novela imagina un mundo en el que los creadores, innovadores y empresarios dejan de producir, cansados de ser tratados como villanos por una sociedad que desprecia precisamente a quienes la sostienen. El resultado es el estancamiento, la decadencia y el colapso.

Afortunadamente, en lugar de irse a Marte, Elon Musk está repitiendo las palabras de John Galt al final de la portentosa novela:

 “El camino está libre, volveremos al mundo”

Los contemporáneos de James Watt, George Stephenson o Henry Ford tampoco alcanzaron a comprender plenamente la magnitud de las transformaciones que estaban presenciando. Quizás ocurra lo mismo con Elon Musk. Dentro de un siglo nadie recordará los comunicados de prensa de Oxfam ni los debates sobre el patrimonio neto de los multimillonarios. Pero es posible que miles de millones de seres humanos sigan utilizando tecnologías nacidas de los cohetes reutilizables, de las redes satelitales globales y de las innovaciones que hoy asociamos con su nombre. La historia suele ser más generosa con quienes crean que con quienes protestan. Por eso, y por mucho que irrite a los sacerdotes de la igualdad contable, vale la pena repetirlo:

¡Viva Elon!

LGVA

Junio de 2026

domingo, 14 de junio de 2026

El megavatio más barato para evitar el racionamiento

 

El megavatio más barato para evitar el racionamiento 

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Los pronósticos climáticos indican una probabilidad cercana al 90% de que en los próximos meses se presente un fenómeno de El Niño. No se trata de una certeza, pero sí de una advertencia suficientemente seria para que el país empiece a prepararse. La experiencia demuestra que las crisis energéticas no se resuelven cuando aparecen, sino mucho antes.



Afortunadamente, Colombia no se encuentra hoy en una situación comparable a la que condujo al racionamiento de 1992. El sistema eléctrico es más robusto, dispone de una importante capacidad térmica de respaldo y cuenta con mecanismos regulatorios que han demostrado su utilidad en episodios anteriores de sequía. Sin embargo, también es cierto que los márgenes de seguridad son menores de lo que muchos suponen. Los retrasos en proyectos de generación y transmisión, la incertidumbre regulatoria y las dificultades financieras de algunos agentes del sector - por cuenta de los incumplimientos del gobierno en pagos de subsidios, opción tarifaria, etc. - hacen que el sistema sea más vulnerable frente a eventos climáticos extremos.

La discusión pública se ha concentrado, como de costumbre, en el lado de la oferta. Se habla de acelerar proyectos, asegurar el suministro de gas, reforzar la capacidad térmica e incorporar nuevas fuentes renovables. Todo ello es importante. Pero casi nadie menciona el recurso más abundante, más rápido y más barato de todos: reducir temporalmente la demanda.

La idea puede parecer contraintuitiva. Estamos acostumbrados a pensar que los problemas eléctricos se solucionan construyendo nuevas plantas. Sin embargo, desde el punto de vista económico, un megavatio que no se consume tiene exactamente el mismo valor que un megavatio adicional de generación. En muchos casos, incluso más.

La demanda anual de electricidad del país supera hoy los 85.000 GWh. Una reducción temporal del 5% durante seis meses permitiría ahorrar entre 2.000 y 2.500 GWh de energía. Se trata de una cantidad considerable, equivalente a la producción continua de una gran central térmica durante buena parte del período crítico. Y lo mejor es que podría obtenerse en cuestión de semanas, sin licencias ambientales, consultas previas, pleitos judiciales ni multimillonarias inversiones.

La pregunta es elemental: si el sistema remunera a quienes producen energía cuando ésta escasea, ¿por qué no remunerar también a quienes dejan de consumirla?

La propuesta consiste en crear un mercado de reducción de demanda. Cada usuario tendría una línea base calculada a partir de su historial de consumo. Cuando el sistema entre en una situación preventiva, los usuarios que reduzcan su consumo recibirían una compensación económica explícita en su factura. No se trataría de una campaña de ahorro patriótico ni de un subsidio disfrazado. Sería una transacción de mercado. El sistema compra una reducción de consumo porque esa reducción tiene un valor económico real.

Los grandes consumidores podrían participar mediante subastas competitivas. Industrias, universidades, centros comerciales y edificios empresariales ofrecerían cuánta demanda pueden retirar y a qué precio. El operador del sistema seleccionaría las ofertas más económicas, exactamente como hoy selecciona la generación más eficiente.

La experiencia internacional es concluyente. California recurrió a mecanismos similares durante la crisis de 2000-2001. Brasil hizo lo propio en 2001-2002 con resultados notables. En numerosos mercados desarrollados la llamada respuesta de la demanda constituye hoy una pieza fundamental de la confiabilidad del sistema.

Además, esta alternativa tiene una ventaja adicional particularmente relevante en las circunstancias actuales del país: cuesta menos. Resulta mucho más económico pagar por el ahorro voluntario de energía que financiar medidas de emergencia, subsidiar combustibles costosos o afrontar las enormes pérdidas económicas derivadas de un eventual racionamiento.

Lo sorprendente es que, pese a todas las discusiones sobre transición energética, sostenibilidad y eficiencia, seguimos concibiendo al consumidor como un actor pasivo. El mercado eléctrico colombiano fue diseñado bajo el supuesto de que únicamente los generadores podían contribuir a la confiabilidad del sistema. Treinta años después, la tecnología permite que millones de usuarios participen activamente y sean recompensados por hacerlo.

Si el país quiere prepararse para un eventual Niño fuerte, debe empezar ahora. Las grandes obras toman años. Los incentivos económicos pueden implementarse en cuestión de semanas.

Al final, el recurso energético más barato, más limpio y más rápido de incorporar no es una nueva hidroeléctrica, una granja solar o una planta térmica. Es el megavatio que no necesitamos consumir.

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Junio de 2026

Porqué sí y porqué no

 

Porqué sí   y porqué no

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

En las próximas elecciones presidenciales no se decide meramente quién administrará mejor el Estado. Se decide entre continuar expandiendo su dominio sobre la economía y la vida de las personas o tratar de contener – y ojalá revertir – esa expansión. 

El gran mérito del gobierno de Petro y del proyecto continuista de Cepeda es haber hecho que los ciudadanos tomen conciencia de la marcha hacia el socialismo totalitario emprendida desde hace décadas, casi sin percatarse, por la sociedad colombiana. A ello ha estado orientada la acción de la mayoría de los políticos y la prédica de economistas, intelectuales y periodistas obsesionados por alcanzar el espejismo de la “justicia social” y el fetiche de la igualdad de ingresos mediante la intervención de un gobierno que todo lo sabe, que todo lo reglamenta, que todo lo distribuye.

A principios de los años 90 Colombia tenía un gasto público relativamente pequeño, una carga tributaria moderada y una deuda pública manejable, alrededor de 20% del PIB. El estatismo y el asistencialismo desatados por la Constitución de 1991 nos han llevado a un endeudamiento que excede ya el 60% del PIB, resultante de un gasto público desaforado que no ha podido ser financiado con las más de quince reformas tributarias aprobadas desde entonces y que elevaron la carga fiscal del gobierno nacional de menos de 8% a más de 18% del PIB.     

El desastroso gobierno de Petro - que fue apoyado por muchos economistas, políticos, periodistas, intelectuales y toda clase de gentes de buena fe - es fruto de ese proceso y el de Iván Cepeda sería de su culminación catastrófica pues, como advirtió Mises, no hay camino intermedio o tercera vía entre capitalismo y socialismo.

¿Por qué sí Abelardo?

Un gobierno de Abelardo de la Espriella representa la oportunidad de romper con el estatismo inveterado y de reconocer plenamente que la riqueza no la producen los decretos gubernamentales sino millones de ciudadanos libres tomando decisiones libres y cambiando libremente sus servicios productivos unos con otros. Abelardo reivindica sin complejos que la seguridad y el orden son condición previa de la libertad y que la función principal de un gobierno no es dirigir la sociedad hacia un fin definido autoritariamente sino establecer y garantizar reglas de conducta de carácter general para que las personas busquen su felicidad como cada quien la entienda. 

¿Por qué no Cepeda?

Un gobierno de Cepeda llevaría a la consolidación del proyecto neocomunista del socialismo del Siglo XXI iniciado por Petro. El neocomunismo, después del fracaso del socialismo real, ya no pretende el control de los medios de producción sino el control de los resultados de la producción mediante una tributación asfixiante sobre la economía legal y la tolerancia y connivencia con las economías ilegales. Este proyecto es incompatible con la libertad económica y la democracia liberal y lleva paulatinamente a la destrucción de la economía y la pauperización de la población, como lo muestra la amarga experiencia de la Venezuela de Chávez y Maduro.

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Junio de 2026

miércoles, 10 de junio de 2026

La oportunidad histórica

 

La oportunidad histórica

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Los resultados del 31 de mayo dejan una conclusión inequívoca: Antioquia volvió a desempeñar el papel decisivo que tantas veces ha tenido en la historia política colombiana. La votación obtenida por Abelardo de la Espriella en el departamento no sólo fue extraordinaria; fue, también, una demostración de fuerza sin precedentes del electorado uribista y de centroderecha.

Gracias a esa movilización, Iván Cepeda no logró imponerse en la primera vuelta. El país amaneció el 1 de junio ante el mejor escenario posible para quienes creen en la libertad económica, la seguridad, la propiedad privada y las instituciones republicanas. No era el único escenario imaginable. Había otros claramente favorables para la izquierda.

Pudo ocurrir que Cepeda terminara primero mientras Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia dividían el voto de la derecha. También pudo darse un escenario en el que Cepeda alcanzara cerca de un tercio de la votación nacional, un candidato único de centroderecha obtuviera otro tercio y el resto se repartiera entre Sergio Fajardo y Claudia López, dejando abierta la posibilidad de alianzas inciertas y negociaciones complejas. Nada de eso ocurrió.

Lo que ocurrió fue mejor. El electorado produjo una clarificación política más allá de cualquier duda. La disputa quedó planteada entre dos proyectos de país claramente diferenciados: el del neocomunismo totalitario y el de las libertades económicas, políticas y personales. Esa claridad constituye una ventaja estratégica que no debe ser desperdiciada.

Por ello, la tarea del 21 de junio es distinta a la del 31 de mayo. La pregunta ya no es quién representa mejor a la centroderecha. La pregunta es cómo construir una mayoría nacional capaz de derrotar a la izquierda y ofrecer un horizonte de estabilidad y crecimiento para Colombia.

Entre Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella no existen diferencias de principios que justifiquen una fractura. Ambos defienden la economía de mercado, la seguridad democrática, la independencia de los poderes públicos, el fortalecimiento de la iniciativa privada y, sobre todo, la necesidad de contener el avance del neocomunismo. Las diferencias son de énfasis, de estilo o de trayectoria personal, pero no de proyecto político.

Para estas elecciones, Antioquia tiene una responsabilidad adicional. Debe convertirse en el punto de encuentro entre los votantes uribistas y los de otros partidos, incluida buena parte del electorado fajardista. Existen varios temas concretos que permiten construir ese puente, pero ninguno más importante y convocante que la defensa de Empresas Públicas de Medellín y de Hidroituango.

EPM no es simplemente una empresa. Es una de las instituciones más exitosas de Colombia y el principal instrumento de progreso de Medellín y Antioquia. Hidroituango, pese a todas las dificultades enfrentadas, representa una de las mayores realizaciones de la ingeniería nacional y una garantía de seguridad energética para el país. Su defensa trasciende partidos y campañas.

La elección del 21 de junio debe ser entendida como una oportunidad para unir a Medellín y Antioquia y a Colombia toda alrededor de aquello que ha sido clave de su éxito: instituciones sólidas, disciplina fiscal, iniciativa empresarial, capacidad de ejecución y cohesión social.

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Junio de 2026

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