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lunes, 16 de marzo de 2026

El resguardo: ineficiencia económica e injusticia moral

 

El resguardo: ineficiencia económica e injusticia moral*

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Cada vez que veo las mujeres y niñas indígenas mendigando en las calles, cada vez que veo a los varones agrediendo e intimidando a sus conciudadanos, bloqueando carreteras, atacando soldados y policías, reclamando el pago de una imaginaria deuda histórica pienso que el gran fracaso de nuestra sociedad es el haber negado la ciudadanía plena a quienes hoy representan el 6% de la población, es el haberlos dejado prisioneros de los resguardos. 

Durante mucho tiempo se ha presentado el resguardo indígena como una institución respetable, casi sagrada. Quien se atreve a cuestionarlo es acusado de ignorancia histórica o de falta de sensibilidad cultural. Pero esa visión romántica no resiste un examen serio ni desde el punto de vista económico ni desde el punto de vista moral.

En primer lugar, el resguardo es una institución profundamente ineficiente.

La evidencia es clara: las regiones donde la población indígena vive mayoritariamente bajo el régimen de resguardo presentan, de manera sistemática, menores niveles de ingreso, mayor pobreza y mayores porcentajes de necesidades básicas insatisfechas. Esto no es una coincidencia. Es el resultado lógico de un sistema de propiedad colectiva y no enajenable que impide a los individuos disponer libremente de la tierra.

Si una persona no puede venderla, arrendarla, hipotecarla o usarla como garantía, esa tierra deja de ser un activo económico pleno. No puede integrarse al mercado, no puede atraer capital, no puede facilitar la especialización productiva. El resultado inevitable es baja productividad y pobreza persistente.

El economista peruano Hernando de Soto explicó hace décadas que la pobreza persistente en muchos países no se debe a la falta de activos, sino a la imposibilidad de transformar esos activos en capital productivo. Cuando la propiedad no es plenamente transferible ni utilizable en el mercado, queda atrapada en lo que De Soto llamó capital muerto.

Pero el problema del resguardo no es solamente económico. Es también un problema moral.

El economista y filósofo libertario Murray Rothbard, en su obra La ética de la libertad, sostiene que la base de toda sociedad libre es el principio de autopropiedad: cada individuo es dueño de sí mismo, de su trabajo y del fruto de ese trabajo. Nadie tiene derecho a disponer de la vida o de la actividad de otro.

Cuando se niega a una persona el derecho a decidir cómo usar su trabajo, su tiempo y su propiedad, se está violando ese principio fundamental.

Y eso es precisamente lo que ocurre en el sistema de resguardos.

El indígena que vive dentro de ese sistema no puede decidir libremente sobre la tierra que trabaja, ni integrarse plenamente a la economía moderna, ni disponer de ese activo para mejorar su condición. La tierra no es suya; pertenece colectivamente a una estructura institucional que limita su libertad económica.

Pero las consecuencias morales del sistema van aún más lejos. En muchos resguardos las estructuras comunitarias concentran el poder en manos de autoridades tradicionales o de élites locales que controlan la tierra, el acceso a los recursos públicos y las decisiones colectivas. En ese contexto, las mujeres y los niños suelen ocupar el lugar más vulnerable: trabajan en actividades agrícolas, en mingas obligatorias o en labores domésticas sin autonomía real ni posibilidad de defender plenamente sus derechos individuales. La retórica de la “comunidad” termina ocultando relaciones de poder profundamente desiguales en las que los más débiles —especialmente mujeres y menores— soportan las cargas del trabajo mientras otros administran el poder y los recursos.

Desde este punto de vista, el resguardo no es solamente una institución ineficiente: es una institución que restringe la libertad individual.

Se presenta como una forma de protección cultural, pero en la práctica funciona como un sistema de tutela permanente. A los indígenas se les trata como a menores de edad: se les protege, se les subsidia, se les reserva representación política, pero al mismo tiempo se les niega la posibilidad de actuar plenamente como ciudadanos libres.

Y cuando a una persona se le niega el control sobre su trabajo y sobre los recursos con los que produce, el resultado final es siempre el mismo: dependencia.

Dependencia del Estado.
Dependencia de líderes políticos.
Dependencia de intermediarios y organizaciones que administran recursos en su nombre.

La historia del resguardo confirma esta realidad. Fue una institución creada en el siglo XVI por la Corona española no para garantizar la libertad indígena, sino para organizar y controlar una población tributaria.

Tras la Independencia, dirigentes republicanos consideraron que ese sistema era incompatible con la idea moderna de ciudadanía. Entre ellos estuvo el Libertador Simón Bolívar, quien impulsó medidas orientadas a disolver o repartir resguardos en varias regiones con el propósito de integrar a los indígenas a la condición de ciudadanos propietarios.

La lógica era sencilla: una república de hombres libres no podía sostener instituciones coloniales que mantenían a una parte de la población bajo tutela colectiva.

Por eso el debate sobre el resguardo no puede reducirse a una discusión cultural o identitaria. Es, en el fondo, una discusión sobre la libertad.

Y en una sociedad verdaderamente libre no puede haber ciudadanos de primera categoría —con plenos derechos de propiedad— y ciudadanos de segunda categoría, a quienes se les niega esa posibilidad en nombre de la tradición o de la protección.

Por eso resulta tan reveladora la decisión de Iván Cepeda Castro de escoger como fórmula vicepresidencial a Aída Quilcué.

Esa decisión no es solamente una alianza electoral. Es una señal política. Refleja una visión de país en la que la lógica del resguardo —la tutela colectiva sobre la libertad individual— podría extenderse al conjunto de la sociedad.

Un país organizado como un gran resguardo: dependiente del Estado, fragmentado en identidades colectivas y con ciudadanos cada vez menos libres para decidir sobre su propio destino.

Colombia necesita exactamente lo contrario.

Necesita más libertad individual, más derechos de propiedad y más mercados libres para todos los ciudadanos, incluidos los indígenas.

Porque la verdadera dignidad no consiste en vivir protegido dentro de un sistema de tutela permanente.

La verdadera dignidad consiste en ser libre para trabajar, producir, elegir y prosperar. Y también para cometer errores y asumir sus consecuencias.

El verdadero respeto por los pueblos indígenas no consiste en encerrarlos en instituciones coloniales ni en convertirlos en beneficiarios permanentes de subsidios. El verdadero respeto consiste en reconocerles lo mismo que a cualquier otro ciudadano: la plena propiedad de sí mismos, de su trabajo y de los frutos de ese trabajo.

Como explicó Murray Rothbard, una sociedad justa comienza cuando cada individuo es dueño de su propia vida.

Por eso la pregunta que Colombia debe hacerse es muy simple:

¿Queremos una sociedad de ciudadanos libres o una sociedad de comunidades tuteladas?

La experiencia histórica de varias regiones del país sugiere una respuesta clara. Allí donde la tierra pudo convertirse en propiedad individual y transferible surgieron comunidades de pequeños propietarios, trabajadores independientes y emprendedores capaces de labrarse su propio destino.

Ese proceso fue particularmente visible en Antioquia durante el siglo XIX. La minería de aluvión primero y, más tarde, la colonización cafetera, produjeron una sociedad de pequeños propietarios relativamente libres de las estructuras coloniales de servidumbre y tutela.

De esa experiencia surgió una cultura profundamente asociada con la independencia económica, el trabajo individual y la responsabilidad personal.

No fue un accidente histórico. Fue el resultado de instituciones que permitieron a las personas ser dueñas de sí mismas y del fruto de su trabajo.

Los pueblos no progresan cuando se les protege de la libertad. Progresan cuando se les permite ejercerla.

Por eso el verdadero respeto por los pueblos indígenas no consiste en perpetuar instituciones coloniales que restringen su libertad económica. El verdadero respeto consiste en reconocerles lo mismo que a cualquier otro ciudadano: el derecho a ser plenamente dueños de su vida, de su trabajo y de su propiedad.

La libertad —la libertad verdadera, individual y responsable— no es un privilegio cultural ni una concesión del Estado.

Es un derecho humano universal.

Y Colombia no será una sociedad plenamente libre mientras mantenga instituciones que, en nombre de la protección, niegan a millones de personas el derecho fundamental a ejercerla.

LGVA

Marzo de 2026



* Intervención en el Concejo de Medellín el 17 de marzo de 2026.

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