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jueves, 10 de junio de 2021

Hablemos de pobreza, Fajardo (y V)

 

Hablemos de pobreza, Fajardo (y V)

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

 

Los errores de diagnóstico conducen a malas políticas públicas y el mayor error de diagnóstico es la creencia, generalizada entre los políticos de Colombia, de que a los pobres se les ayuda volviéndolos dependientes de transferencias y subsidios de todo tipo. Hace años una misión creada para estudiar el problema de la pobreza estimó en veinte mil millones de dólares las transferencias gubernamentales destinadas a los pobres. Hoy deben ser por lo menos treinta mil. El problema es que mucho más de la mitad beneficia a gente no pobre, pero bien situada dentro del aparato legal y administrativo del asistencialismo. Pudorosamente llaman los economistas “sesgo de inclusión” a lo que no es más que un sistema de corrupción legalizada.

Las políticas asistenciales tienen y tendrán siempre ese problema, por más ingenio que gasten los especialistas en mejorar la “focalización”, es decir, en poner obstáculos a los “colados” y en evitar que de los recursos se apropien los políticos corruptos.

Más grave aún que el efecto perverso de las políticas asistencialistas mal diseñadas, que perpetúan la pobreza, o el de las bien diseñadas, que en el mejor de los casos sólo la mitigan, es el de aquellas que obstaculizan los procesos económicos y las políticas públicas que en definitiva sacan a los pobres de esa condición. Lo que realmente sirve a los pobres son otras cosas muy distintas de las que plantean Fajardo y sus amigos que tiene semiparalizada la economía con su paro violento, vandálico y criminal.  

En primer lugar, está el crecimiento económico. Debería ser evidente, a la luz de la experiencia mundial anteriormente expuesta, que si tenemos muchos pobres no es porque tengamos muchos ricos y mucha desigualdad sino porque como sociedad somos igualmente pobres porque no hemos crecido lo suficiente. No hay nada que saque más gente de la pobreza que el crecimiento vigoroso y sostenido de las economías, basado en una fuerte acumulación de capital. Sin embargo, la izquierda atribuye la reducción de la pobreza y las mejoras en la condición de los pobres a la "lucha social" y a las “buenas leyes” que corrigen los defectos de un sistema intrínsecamente perverso, el capitalismo, que a la postre debe ser destruido.  

Después del crecimiento nada beneficia más a los pobres que una baja inflación. Colombia no ha padecido en más de cien años un episodio de hiperinflación. Pero hemos tenido períodos de inflación alta y persistente, entre 20% y 30% anual, que erosiona el ingreso de los pobres y el poder adquisitivo de sus tenencias en las que predominan el efectivo y los activos de baja rentabilidad. Ha hecho más por la reducción de la pobreza que todos los subsidios y transferencias asistencialistas, la política monetaria centrada en mantener a raya la inflación ejecutada por un banco central autónomo. La izquierda propone acabar con esa autonomía y convertir al Banco de la República en financiador directo del “gasto público social”. Esto nos llevaría a la debacle macroeconómica y sería lo peor que podría ocurrirles a los pobres, Fajardo. La autonomía del emisor es el activo institucional más importante de la economía colombiana.  

Esto lleva al tercer punto de lo que sirve a los pobres: una moneda fuerte. La devaluación de la moneda devalúa, antes que nada, el ingreso de los pobres y sus tenencias monetarias y los priva de adquirir bienes importados o de producción nacional con componente importado de alguna significación. Los políticos colombianos son proclives a la devaluación, alentados por capitalistas y terratenientes que buscan en la moneda devaluada la competitividad internacional que no les da su productividad.

Una economía abierta y un arancel bajo sirve a los pobres. El bienestar, el de todas las personas, depende de la cantidad y diversidad de los bienes y servicios que se adquieren con el ingreso. Los tratados de libre comercio, la apertura económica y la reducción de aranceles es lo que ha permitido que a los hogares de los pobres lleguen los electrodomésticos, los televisores y los teléfonos celulares. Y sin la obstinación por proteger una agricultura ineficiente – que precisa de un arancel de 80% para defenderse de las importaciones de arroz de Ecuador – tendrían más y más variados alimentos a más bajo precio, lo que redundaría en un salario real adecuado al desarrollo de las actividades urbanas generadoras de empleo.

Por último, más no de último, la educación. Una educación de calidad y pertinente. No el remedo de educación que ofrecen buena parte de esas entidades que arropadas bajo el apelativo de “públicas” y controladas por la FECODE monopolizan los recursos que el país destina a la formación de los pobres bajo el modelo ineficiente de subsidios a la oferta. Los hijos de los pobres tienen derecho a recibir una educación de la misma calidad que la recibida por los hijos de los ricos y la clase media. Deben poder elegir sus escuelas, colegios y universidades y aspirar a una enseñanza exigente, rigurosa y sin concesiones académicas. Los colegios y universidades públicas deben competir con los colegios y universidades privadas por los recursos que el país destina a los pobres bajo un sistema amplio de subsidios a la demanda que les dé a éstos la posibilidad de elegir.  Los pobres, para salir de la pobreza, necesitan algo más que esa educación mediocre y falta de pertinencia que mayoritariamente ahora se les ofrece y que genera más expectativas de bienestar que competencias para materializarlas.

Para combatir la pobreza, Fajardo, hay que hacer exactamente lo contrario a lo que propone el tal comité de paro y la izquierda colombiana. Sus propuestas fiscales expropiatorias desalientan la inversión; sus propuestas monetarias provocan inflación y devaluación; el proteccionismo eleva el precio de las subsistencias y reduce el salario real; en fin, la educación pública monopolizada en poder de la FECODE es la mejor garantía de que los pobres no desarrollen las capacidades requeridas para identificar y aprovechar las oportunidades del crecimiento económico y salir por ellos mismos de la pobreza.

LGVA

Junio de 2021.

 

miércoles, 9 de junio de 2021

Hablemos de pobreza, Fajardo (IV)

 

Hablemos de pobreza, Fajardo (IV)

 

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

 

Según un viejo chiste, cuando ambos dirigían sus respectivos países en los años ochenta del siglo pasado, Mario Soares, socialista de Portugal, le dijo a Olof Palme, socialdemócrata sueco, que el propósito de su gobierno era acabar con los ricos. Es curioso – habría respondido supuestamente Palme – nosotros queremos acabar con los pobres. 

Portugal hoy tiene unos 4 de sus 10 millones de ciudadanos en la lista de multimillonarios de Forbes, Suecia tiene unos 41 de sus también 10 millones de habitantes, aproximadamente. El PIB per cápita de Portugal, que lidia todavía con la pobreza, está por debajo de los 20.000 euros; el de Suecia, donde es casi inexistente, supera los 45.000.

La antipatía por los ricos está muy extendida en el mundo y en algunos países de América Latina, Colombia entre ellos, llega al odio visceral. A pesar de la pandemia, se escandaliza la oenegé OXFAM y con ella los medios colombianos, creció el número de multimillonarios y la riqueza que acumulan. Y llama a combatir el “virus de la pobreza y la desigualdad”.  Y ese llamado encuentra eco entre los políticos que agitan la envidia de las masas y, lamentablemente, entre economistas, algunos de los cuales, como Joseph Stiglitz y Paul Krugman, han alcanzado cotas de popularidad similares a las de estrellas Pop, denunciando al 1% que lo acapara todo.

No siempre fueron así las cosas en economía. Arthur Lewis, gran economista del desarrollo económico, señalaba que no importa lo que ganan los ricos sino lo que hacen con lo ganado. “Es el hábito de la inversión productiva y no las diferencias en la distribución de ingresos – dice Lewis - lo que distingue a los países ricos de los pobres”.

Si bien se pagan ciertos lujos, algunos bien considerables, a diferencia de los ricos de sociedades precapitalistas, los ricos de las sociedades capitalistas no suelen gastar sus ingresos en sostener un séquito o en erigirse mausoleos. La mayoría destinan la mayor parte de sus rentas a inversiones productivas que son aquellas que elevan el rendimiento del trabajo, aumentan la cantidad y la diversidad de los bienes de consumo y elevan a la postre la renta real de todos que en definitiva no es más que el disfrute que nos dan los bienes que satisfacen nuestros deseos.

La inversión productiva de los ricos se traduce siempre en elevar, léase bien, siempre, el acervo productivo de la sociedad con relación a la cantidad de personas que trabajan o, para decirlo técnicamente, en aumentar la relación capital-trabajo, lo cual aumenta la productividad del trabajo y, a la postre, el producto y el consumo por habitante. Lo que distingue a los países ricos de los países pobres, hay que repetirlo, no son las diferencias en la distribución de los ingresos sino el hábito de inversión productiva, que lleva a la transformación del ingreso en capital productivo acumulado.

Capital es todo aquello que eleva la potencia productiva del trabajo. Capital es el hacha, la lanza, la red, el arado rudimentario que permitió a los hombres primitivos cazar más, pescar más, obtener de la tierra cultivada una mayor cantidad de frutos. Capital son las instalaciones fabriles, las obras de riego, las carreteras, los trenes, los computadores, las habilidades adquiridas, nuestros conocimientos, en fin, todas aquellas cosas materiales e inmateriales que facilitan y potencian el trabajo de cada cual. En las sociedades capitalistas, todo eso, absolutamente todo, procede de la inversión de los ingresos de los ricos.

Por eso no tiene nada de sorprendente que en la lista de los más ricos de Forbes – los que tienen más de 1.000 millones de dólares – no aparezca ningún ciudadano de los países más pobres del mundo. Porque tener ciudadanos en esa lista es un indicador de la inversión y la acumulación de capital. 

Gráfica 1


La gráfica 1 muestra en el eje horizontal la tasa de pobreza en la brecha de US$ 5,50 dólares/persona/día y el vertical la densidad de ricos – número de ricos por 10 millones de habitantes - del país en cuestión. Colombia tiene 6 ricos en la lista Forbes, lo que arroja una densidad de ricos de 1,2. Estados Unidos tiene 724 ciudadanos en esa lista y una densidad de ricos de 22,1. En fin, Tanzania con 58 millones de habitantes, tiene un solo multimillonario lo cual arroja una densidad de 0,2 que corresponde a una tasa de pobreza monetaria de 58%.   

Los ricos de Colombia son más bien pocos tanto para el tamaño de su población como para el de su economía. Tampoco su riqueza es muy grande pues equivale a menos del 10% del PIB colombiano; mientras que la de los 724 ricos de Estados Unidos, por ejemplo, equivale al 20%.  En la gráfica 2 se compara a Colombia con una serie de países en los cuales la riqueza de los ricos es más significativa como porcentaje del PIB y donde la pobreza, medida por cualquier indicador, es casi inexistente.

Gráfica 2

 


En resumen: en los países con más multimillonarios la pobreza es baja o prácticamente inexistente. Tampoco hay pobreza allí donde los ricos son más ricos, es decir, donde su riqueza representa una mayor fracción del PIB. Por tanto, Fajardo, la conclusión que se impone es que para acabar la pobreza en Colombia hace falta que haya más ricos "privilegiados" y que estos lo sean mucho más.

LGVA

Junio de 2021.       

lunes, 7 de junio de 2021

Hablemos de pobreza, Fajardo (III)

 

Hablemos de pobreza, Fajardo (III)

 

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

 

La pobreza es un problema extremadamente complejo cuya superación tiene que ver con el crecimiento económico de una nación y con el desarrollo de capacidades e incentivos para que los individuos puedan identificar y aprovechar las oportunidades que ese crecimiento les ofrece. Porque son los individuos – autónomos, libres, responsables y capaces - los que salen de la pobreza. El asistencialismo gubernamental no saca a nadie de la pobreza, a lo sumo la hace llevadera, embotando de paso el sentido de autonomía y responsabilidad individual y convirtiendo a las personas en masa sumisa y dependiente.

Sin embargo, está profundamente enquistada en mentalidad de muchas personas la idea de que la pobreza es un problema de fácil solución, que podría resolverse de la noche a la mañana si así lo dispusiera un gobierno bien intencionado y providente con “voluntad política” para hacerlo. Bastaría con que ese gobierno quitara a los ricos - que Fajardo llama los “privilegiados” - un poco o un mucho de su riqueza – mediante la expropiación o la tributación progresiva - y la repartiera entre los pobres en la forma de subsidios.

Quien no ha visto más que su propio ombligo no sabe nada de ombligos y quien no ve más que la pobreza de su propio país no sabe nada de pobreza. Pensar es medir y medir es comparar. Sin embargo, las comparaciones de pobreza entre países presentan ciertas dificultades metodológicas que es conveniente aclarar.

La comparación de la incidencia de la pobreza monetaria calculada sobre la base de la línea de pobreza nacional arroja resultados que están lejos de ser obvios. Como ya se explicó, esa línea resulta de la valoración a precios de mercado de una canasta de bienes cuya composición y ponderaciones varía sustancialmente de un país a otro. Con una línea de pobreza suficientemente baja, Bangladesh, por ejemplo, puede mostrar una tasa de pobreza similar a la de Alemania.

Algo semejante ocurre con las comparaciones de la pobreza multidimensional. La adecuada eliminación de excretas o el acceso a fuentes mejoradas de agua potable, son variables importantes para países en desarrollo de África o América Latina, pero completamente irrelevantes para los del mundo desarrollado. Así, dos países con Índices de Pobreza Multidimensional semejantes pueden tener situaciones de pobreza completamente disímiles en términos cualitativos.

El Banco Mundial tiene un indicador que permite hacer comparaciones directas entre países: las brechas de pobreza a US$ 1,9, a US$ 3,2 y a US$ 5,50. Es pobre extremo o indigente la persona que subsista en cualquier lugar del mundo hasta con US$ 1,90 y es menos pobre quien subsista con US$ 3,20 o menos al día y mucho menos pobre quien lo haga con US$ 5,50. La incidencia de la pobreza es el porcentaje de la población que vive en esa situación, es decir, por debajo de esos umbrales.    

Las gráfica 1 y 2 muestran, respectivamente, la relación entre la brecha de pobreza a US$ 3,20 y a US$ 5,50, y el PIB per cápita, ajustado por paridad de poder adquisitivo, de 79 países, de todas las regiones del mundo y todos los niveles de ingreso. El resultado no tiene nada de sorprendente: a medida que es más desarrollado en país, es menor la incidencia de la pobreza.

Gráfica 1

 

 

Gráfica 2

 


Hay dos caminos seguros para llegar al fracaso y a la frustración: pedir lo imposible y oponerse a lo inevitable, decía Francisco Cambó. La incidencia de la pobreza está directamente relacionada con el nivel de ingreso del país. No podemos pretender tener el nivel de pobreza de Luxemburgo, ni resignarnos, si ese fuera nuestro caso, con el de la atribulada Sudán del Sur.

No estamos en ninguno de esos extremos. Aparentemente, Colombia tiene los pobres que corresponden a su nivel de desarrollo. En 2019, la incidencia de la pobreza medida por la brecha de US$ 3,20 era de 4,7%, lo cual significa que en dicho año el número de pobres era unos 2.350.000. Para la brecha de US$ 5,50 la incidencia, en el mismo año, era de 11,5%, lo que se traduce en unos 5.750.000 pobres.  

Estas cifras conducen a formularse una pregunta: ¿Cuántos pobres hay en realidad en Colombia? La respuesta no es evidente. La gráfica 3 muestra el número de pobres en 2019 según cuatro formas alternativas de medición. 

Gráfica 3


Las cifras que arrojan las brechas de pobreza según la metodología del Banco Mundial hacen que la cifra calculada con la línea nacional parezca exagerada. Los 3,20 dólares por persona día equivalen a unos $ 12.000, que para una familia de 4,3 personas representa un ingreso mensual de $ 1.527.360. Si la cifra de la brecha es US$ 5,50 se tendría que una familia pobre en Colombia es la que tiene un ingreso inferior a $ 2.625.150.

Dentro de las variables que se incluyen para el cálculo del índice de pobreza multidimensional, hay tres que inciden directamente sobre el ingreso monetario: desempleo de larga duración, trabajo informal y trabajo infantil. Esto sugiere que los pobres multidimensionales son también pobres monetarios y que, por tanto, la cifra de pobreza monetaria no debería estar muy alejada de la cifra de pobreza multidimensional. Que sea el doble, según la estimación del DANE, parece exagerado.  

Las cifras de pobreza deben mirarse con cuidado y responsabilidad pues la incidencia porcentual y el número absoluto de pobres varía apreciablemente según la metodología empleada para medirla. La metodología del Banco Mundial de las brechas en dólares es más sencilla y transparente que la de la de línea nacional y permite hacer comparaciones entre países. Estás comparaciones indican que con 5.750.000 pobres en 2019, brecha de US$ 5,50, Colombia tiene una tasa de pobreza monetaria acorde con su nivel de desarrollo económico. Es una irresponsabilidad política desconocer ese hecho y utilizar ese desconocimiento, como lo hace Fajardo, para justificar el estallido de violencia, vandalismo y criminalidad que está padeciendo el País.

LGVA

Junio de 2021.  

sábado, 5 de junio de 2021

Hablemos de pobreza, Fajardo (II)

 

Hablemos de pobreza, Fajardo (II)

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

 

En la entrega anterior se trató de la pobreza monetaria que se entiende como la insuficiencia de ingresos para adquirir una canasta de bienes y servicios. La valoración de esa canasta a precios de mercado en una nación determinada define la llamada línea nacional de pobreza. Mediante encuestas a la población se establece el porcentaje cuyos ingresos monetarios están por debajo de dicha línea o la tasa de incidencia de la pobreza, la cual, aplicada al conjunto de la población arroja el número de pobres de la nación en cuestión. En Colombia, para 2020, eran los 21 millones de los que habla Fajardo.

La pobreza es antes que nada una privación extrema de bienestar y de capacidades para superarla autónomamente de forma consistente y duradera. La pobreza es un fenómeno extremadamente complejo que va más allá de la insuficiencia de ingreso monetario. Si mañana y durante varios años se les diera a los pobres el ingreso solidario permanente que reclaman Fajardo y todos los políticos asistencialistas, nada garantiza que salgan de la pobreza. Es probable incluso, si no desarrollan capacidades propias, que terminen siendo más pobres, más dependientes, más indignados y más proclives a los cantos de sirena de los socialistas, abiertos o embozados.

Una medida de la pobreza más acorde con la complejidad del fenómeno es el Índice de Pobreza Multidimensional (IPM), anteriormente denominado Índice de Necesidades Básicas Insatisfechas (INBI).  El IPM se construye con base en cinco dimensiones que contienen 15 variables, cuya sola mención basta para poner de manifiesto la complejidad del problema de la pobreza y su vinculación profunda con el grado de desarrollo del País[1]. Se consideran pobres los hogares que tengan privaciones en 33,3% de esos indicadores ponderados.  

La gráfica 1 muestra la evolución de la pobreza multidimensional en Colombia, por el INBI para 1973, 1985, 1993 y 2005 y por el IPM para 2019. Aunque seguramente hay países que puedan exhibir mayores avances en el período, no es despreciable el hecho de que Colombia haya podido en menos de dos generaciones reducir la pobreza en más de cincuenta puntos porcentuales. Seguramente ha podido hacerse más y puede hacerse más y más rápidamente, pero el camino para ello no es el de la violencia y el vandalismo que propician o toleran quienes creen que la pobreza puede eliminarse con un chasquido de dedos presidencial.

Gráfica 1



 

Es muy dudoso que la pandemia y los cierres de la economía impuestos para controlarla hayan podido afectar sustancialmente las variables que conforman el IPM. Si ello es así, los pobres multidimensionales hoy serían unos 9 millones de colombianos, la cifra verdaderamente relevante cuando se quiere tratar el tema con seriedad y no hacer populismo con la pobreza y el sufrimiento ajenos. 

Fajardo ha justificado el estallido de violencia, vandalismo y criminalidad, que él denomina “estallido social”, por la situación de pobreza. Cabría entonces esperar que ese “estallido” fuera mayor allí donde mayor es la pobreza. Sin embargo, los datos, que muestra la gráfica 2, desmienten esa conjetura.   

Gráfica 2

En el Valle del Cauca, donde el “estallido social” ha sido más violento, vandálico y criminal que en cualquier parte del País, el IPM es 10,8%, casi siete puntos porcentuales por debajo del nacional. Y en Bogotá, la otra gran sede del “estallido”, el IPM es 7,1%, más de 10 puntos inferior al nacional. Las cifras de pobreza monetaria de Valle de Cauca y Bogotá (34,5% y 40,1%, respectivamente) también son inferiores a la media de nacional (42,5%) y a las de la mayoría de departamentos del País, donde no se ha presentado ningún “estallido”.

En resumen. La pobreza monetaria puede estar sujeta a variaciones bruscas y amplias como consecuencia de una crisis económica. Esto fue lo que ocurrió entre 2019 -2020. El Índice de Pobreza Multidimensional refleja más adecuadamente los cambios en la pobreza estructural y en sus determinantes de largo plazo. Esa es la que debe mirar un dirigente político serio que genuinamente busque el diseño de políticas públicas para combatirla y no simplemente capitalizar el descontento de la gente que surge de la ignorancia.

LGVA

Junio de 2021.   



[1] Las dimensiones son: condiciones educativas del hogar, condiciones de la niñez y la juventud, salud, trabajo y condiciones de la vivienda y acceso a servicios públicos domiciliarios. Las variables: analfabetismo, bajo logro educativo, barreras a servicios de cuidado de la primera infancia, barreras de acceso a servicios de salud, desempleo de larga duración, hacinamiento crítico, inadecuada eliminación de excretas, inasistencia escolar, material inadecuado de paredes exteriores, material inadecuado de pisos, rezado escolar, sin acceso a fuente de agua mejorada, sin aseguramiento en salud, trabajo infantil y trabajo informal.

viernes, 4 de junio de 2021

Hablemos de pobreza, Fajardo (I)

 

Hablemos de pobreza, Fajardo (I)

 

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

 

En un esfuerzo desesperado por disputarle a Petro el sitial de honor de apóstol de los pobres, Sergio Fajardo anda hablando en sus redes de los millones de pobres que hay en Colombia – a veces trina que son 21 millones, otras que 22 – cuya existencia justificaría, en su opinión, el estallido de violencia, vandalismo y criminalidad que estamos padeciendo y que él llama “estallido social”.

En su librillo de autobombo publicado durante la campaña de 2018, la palabra “pobreza” no aparece ni por equivocación. Hay que celebrar que Fajardo, aunque solo sea por su rivalidad con Petro, empiece a ocuparse de temas que solía ignorar olímpicamente creyendo que para ser presidente bastaba con autoproclamarse el más “decente”. Hablemos de pobreza, Fajardo.

La cifra que viene manejando indica que Fajardo se refiere a la pobreza monetaria, sobre la cual el DANE publicó su último informe el pasado 29 de abril, en donde los pobres en 2020 se estimaron en 21.022.000, con un aumento de 3.552.000 frente a al nivel de 17.470.000 de 2019.

Es evidente que ese aumento de la pobreza es completamente atribuible a las medidas restrictivas aplicadas con ocasión de la pandemia, que fueron reclamadas por el propio Fajardo y otros políticos de izquierda. También es cierto que el País venía avanzando en la reducción de la pobreza monetaria con importantes logros en las dos últimas décadas, como se muestra en la tabla.

A principios del siglo, más precisamente en 2002, la incidencia de la pobreza monetaria bordeaba el 50% y se redujo diez puntos porcentuales, durante los dos gobiernos de Uribe, y cinco más durante los de Santos, situándose en 35,7% en 2019. La pobreza extrema también retrocedió, pasando de un 18%, en 2002, a 12% en 2012 y 10% en 2019. 

 

Pero además de desconocer esos avances, por malignidad o ignorancia, al apoyar las propuestas del Comité de Paro, Fajardo está apoyando acciones que van en contra de los pobres que dice defender. Para entender esto es necesario explicar cómo se llega a las estimaciones de la tabla.

La pobreza monetaria es la insuficiencia de recursos pecuniarios para comprar una canasta mínima de bienes y servicios fisiológica y socialmente deseable. El valor de esa canasta define la llamada línea de pobreza. Son pobres aquellos cuyos ingresos están por debajo de dicha línea. El costo de la canasta de alimentos, que se calcula con las cantidades y precios empleados para estimar las variaciones del IPC, define la línea de pobreza extrema. Es decir, son pobres extremos o indigentes aquellos cuyos ingresos no les permiten adquirir dicha canasta.

Para los menos pobres se define una canasta que, además de los alimentos, incluye otros bienes y servicios. Esto se basa en la llamada ley de Engel según la cual a medida que crece el ingreso el gasto en alimentos también lo hace, pero en menor proporción, de tal suerte que la gente destina parte de su mayor ingreso a otros bienes y servicios diferentes de los alimentos. Para determinar la línea de pobreza de los pobres no-extremos se emplea usualmente el coeficiente de Orshansky, que es la relación entre el gasto total y el gasto en alimentos. El valor de la canasta de alimentos multiplicado por el coeficiente Orshansky arroja el valor de la línea de pobreza de los pobres no extremos.

Las líneas de pobreza y de pobreza extrema no son otra cosa que el producto de unas cantidades por unos precios. Dadas las cantidades, el aumento de los precios eleva la línea de pobreza, lo cual, si el ingreso monetario no aumenta en la misma proporción, lleva más gente a la pobreza o la indigencia.

Una de las propuestas del Comité de Paro, apoyada por Fajardo, es la defensa de la “soberanía alimentaria”, que en plata blanca significa elevar los aranceles de los productos agrícolas para protegerlos de la competencia externa. Cuando se eleva el arancel de alimentos como el arroz o la papa, inmediatamente se eleva el valor de la canasta que marca la línea de indigencia o de pobreza, aumentando el número indigentes y pobres.

Propone también el Comité de Paro, apoyado por Fajardo, que el Banco de la República emita para financiar el gasto asistencialista del gobierno, como el ingreso mínimo garantizado del que se habla tanto en estos días. La experiencia muestra que cuando el banco emisor se convierte en la caja del gobierno el gasto público se descontrola y se dispara la inflación. Ahí está Venezuela para mostrarlo.

Contrariamente a lo que creen Fajardo y sus amigos del Comité de paro, nada ayuda más a sacar la gente de la pobreza y mantenerla por encima de las fatídicas líneas que el control de la inflación. Por eso, los que atacan la política del Banco de la República centrada en el control de la inflación, que son los mismos defensores oficiosos de los pobres, están actuando en contra de sus defendidos. También militan en contra de los pobres los que se oponen a la importación de alimentos baratos o los que propugnan por la devaluación del peso invocando toda suerte de argumentos del nacionalismo económico.

La pobreza o la indigencia monetaria se superan con un poder de compra que permita adquirir las canastas básicas de bienes y servicios. Para la mayoría de los pobres ese poder de compra proviene del empleo, de la ocupación o, si se prefiere, de la venta de su trabajo al "capital explotador". Peor que ser explotado es no ser explotado, decía Joan Robinson, economista marxista-keynesiana. Para la mayoría de los pobres la diferencia entre no serlo y serlo radica en tener o no un trabajo. Y el empleo depende de la demanda de trabajo de los capitalistas y ésta a su turno de sus decisiones de inversión.

Hacia el año 2000, por razones harto conocidas, el coeficiente de inversión de la economía colombiana estaba por el suelo – 14% del PIB – y el desempleo y la pobreza por las nubes. La política de seguridad democrática y otras acciones desarrolladas bajo el primer gobierno de Uribe – régimen de zonas francas, contratos de estabilidad jurídica, etc. – permitieron el aumento del coeficiente de inversión elevando el crecimiento económico, con las reducciones concomitantes del desempleo y la pobreza. 

Más que de cualquier política asistencialista, la reducción de la pobreza proviene del empleo resultante del crecimiento económico y éste a su turno de la mayor inversión. La viabilidad misma del asistencialismo y de todas las políticas redistributivas reposa también, en definitiva, en el crecimiento económico. Lo demás es fantasía y populismo petro-fajardista.

En resumen, la pobreza monetaria, que venía reduciéndose desde el primer gobierno de Uribe, de disparó, como consecuencia del absurdo y prolongado cierre de la economía impuesto para controlar la pandemia. Utilizar ese descalabro para atacar al gobierno de Duque y justificar el paro criminal que está destrozando la economía es una canallada, propia de los sumideros de la política donde navega Petro, pero indigna de cualquier dirigente que se precie de decente.

LGVA

Junio de 2021.  

miércoles, 2 de junio de 2021

Andrés Pastrana: a la derecha no hay enemigos

 

Andrés Pastrana: a la derecha no hay enemigos

 

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

 

Los planteamientos del expresidente Andrés Pastrana Arango, en entrevistas a La FM y otros medios, son fundamentales para la comprensión del momento político que vive la Nación y las tareas que de ahí se derivan para las fuerzas políticas de derecha y centro-derecha. Mi lectura de los planteamientos del expresidente la resumo en los siguientes puntos:

1.    Los disturbios que agobian al País, más que reclamar medidas sociales, son una ofensiva en regla contra sus instituciones políticas y económicas, es decir, contra la democracia liberal y la economía de propiedad privada y libre mercado.

2.    Esa ofensiva es alentada y financiada por el gobierno de Venezuela en el marco de la estrategia del Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla para implantar en América Latina el socialismo del Siglo XXI.

3.    Las organizaciones políticas, gremiales y armadas promotoras de los disturbios en Colombia son afines a las dictaduras de Cuba y Venezuela y siguen los lineamientos del Foro de Sao Paulo y del Grupo de Puebla.

4.    Las instituciones democráticas de Colombia pueden ser imperfectas, pero son respetables y, en todo caso, superiores a las que prevalecen en Cuba o Venezuela. También lo es su economía, que viene creciendo y avanzando en la satisfacción de las necesidades de la población. Esa democracia y esa economía merecen y deben ser defendidas.    

5.    La toma de las alcaldías de Bogotá, Cali, Medellín y otras ciudades y municipios por dirigentes de la izquierda que toleran, animan o apoyan abiertamente los disturbios es consecuencia de la división de las fuerzas de derecha y centro derecha en las elecciones locales de 2019.

6.    Si las fuerzas de derecha y centro derecha van divididas a las presidenciales de 2022, es muy alto el riego de triunfo de un candidato de la extrema izquierda que acabaría con la democracia y las libertades y precipitaría a Colombia hacia una dictadura criminal como la venezolana.   

Acertadamente el expresidente Pastrana Arango identifica las tres fuerzas políticas que se proyectan hacia las elecciones presidenciales de 2022, de las cuales ya hay dos claramente definidas:  

·         La extrema izquierda. Integrada por los partidos y movimientos vinculados al Foro de Sao Paulo y que se reúne alrededor de la candidatura de Gustavo Petro; quien, por supuesto, es también el candidato de las Farc, las que tienen asiento en el Congreso y las que asesinan en el campo, y de todos los delincuentes y narcotraficantes de Colombia.

 

·         La centro-izquierda. Amalgama de grupos izquierda, exfuncionarios del gobierno de Santos y retazos del partido liberal que se agrupan en torno a la candidatura de Sergio Fajardo, apadrinada por el expresidente Juan Manuel Santos. Para las Farc y la extrema izquierda, Fajardo es la segunda opción y de ser elegido en segunda vuelta con el apoyo de esta quedaría atado a sus programas.

 

Según el expresidente Pastrana es necesaria la conformación formal de una tercera fuerza, la derecha y centro-derecha, a partir de los partidos que se identifican con la defensa de la democracia liberal y la economía de mercado. Esos partidos – Conservador, Liberal, Centro Democrático, Cambio Radical y otros – forman la mayoría del Congreso, con 82 de las 106 curules en el Senado y representan más de 80% de los votantes colombianos.

Propone Pastrana que estos partidos – como lo hicieron el Centro Democrático y el Conservador en 2018 – postulen candidatos a una consulta interpartidista de la que surja un candidato único para la primera vuelta de las presidenciales de 2022. Esa es una propuesta sensata que debe ser acogida por los partidos de la derecha y la centro derecha republicanas, habida cuenta de los riesgos que entraña el régimen electoral surgido de la Constituyente de 1991.

Con una increíble frivolidad, los partidos políticos tradicionales, representados en la Constituyente de 1991, cedieron a ante las pretensiones del M-19, movimiento que hoy es nada en la política colombiana, y entregaron en bandeja de plata y sin contraprestación un régimen electoral que había permitido un sistema bipartidista o de pocos partidos propio de las sólidas democracias del mundo anglosajón.     

En efecto, hasta los años 90 del siglo XX, Colombia había mantenido, con modificaciones menores, un sistema electoral implantado en la constitución de 1886, que estuvo vigente por más de 100 años.  Este sistema llevaba a la conformación de partidos grandes, dos o tres, como en Estados Unidos, Inglaterra y otros países de Europa. Con la reforma constitucional de 1991 se implantó en Colombia un sistema electoral que daba incentivos a la conformación de partidos y movimientos pequeños. En 2002 había en Colombia más de sesenta partidos o movimientos políticos con personería jurídica, treinta de los cuales tenían representación en el Congreso.

Reformas menores, introducidas durante la primera presidencia de Álvaro Uribe, forzaron la agrupación de las fuerzas políticas y fue así como el número de partidos que participaron en las elecciones y llegaron al Congreso se redujo. En 2006 alcanzaron representación en el Senado 12 partidos y 20 en Cámara; para 2010 fueron 10 en cada corporación.  En 2014 obtuvieron representación en el Senado 10 partidos o movimientos y 15 en Cámara. Hoy son 13 y 17, respectivamente.

Esta fragmentación es nociva para la democracia pues genera confusión entre el electorado que carece de opciones claras, desincentiva el voto espontáneo y libre, favorece el clientelismo y la corrupción electoral y facilita la llegada al Congreso de toda clase de oportunistas e ignorantes, deteriorando la calidad de la política y de las decisiones legislativas.    

Las reglas de la elección presidencial incentivan también la fragmentación de las fuerzas políticas y dan lugar a que, en la primera vuelta sea usual la presencia de un elevado número de candidatos. En Colombia, las elecciones presidenciales y las de congreso se realizan en fechas distintas, es decir, no son concurrentes; y se pasa a la segunda vuelta si ninguno de los aspirantes obtiene en la primera la mayoría simple. Según los analistas de los sistemas electorales esta combinación es la que usualmente conduce a la postulación de un mayor número de candidatos en primera vuelta. Cuando no existe doble vuelta y las elecciones presidenciales y de congreso se realizan en la misma fecha el número de aspirantes a la presidencia tiende a ser menor.

Como consecuencia de la fragmentación política, resultante de un sistema electoral semejante al colombiano, Perú afronta el riesgo de elegir presidente a un personaje ignorante y siniestro, que sigue a pie juntillas la cartilla política de chavismo-madurismo. En la primera vuelta presidencial participaron 21 movimientos y partidos políticos con 18 candidatos.

Si todos y cada uno de los partidos de derecha y centro derecha llegan a la primera vuelta con candidato propio habría en esas elecciones por lo menos 12 candidatos, con lo cual el paso a la segunda vuelta podría obtenerse con el 15% ó 20% de los votos. El riesgo de que a segunda a vuelta lleguen Petro y Fajardo es muy elevado. Aunque estratégicamente divididos, Petro y Fajardo, como olivos y aceitunos, son todos unos.

Además de su importante propuesta, Pastrana hace un aporte a la cultura política colombiana al hablar sin tapujos de derecha y centro derecha. Existe en Colombia una especie de fetiche que pretende que hablar de derecha e izquierda es algo inapropiado y desueto. Pues no es así: de izquierda y derecha se habla en Francia, España, Italia y todos los países de Europa.

Pastrana define con precisión lo que significa ser de derecha o centro derecha hoy en Colombia: defender una institucionalidad democrática y liberal que tiene 200 años de historia, defender la propiedad privada y la economía de mercado y rechazar la lucha armada y la violencia callejera como métodos de acción política.

Dentro de ese marco hay espacio para diferencias en los más diversos aspectos de la vida económica y social. Pero eso es lo fundamental y todo el que comparta esos tres puntos está a la derecha y debe entender que, en la coyuntura política actual, en Colombia, a la derecha no hay enemigos.

LGVA

Junio de 2021.       

martes, 1 de junio de 2021

Las peticiones del Comité Nacional de Paro: implantar el proteccionismo económico

 

Las peticiones del Comité Nacional de Paro: implantar el proteccionismo económico

 

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

 

En la lista de peticiones del Comité Nacional del Paro (CNP) se encuentra la siguiente propuesta proteccionista:

“Defensa de la producción nacional y el empleo con derechos. Defensa de la soberanía y la seguridad alimentaria”

Hay que señalar es que esta no es una reivindicación gremial sino una propuesta política y que, por tanto, debe ser dirimida en los espacios que la democracia tiene para ello: las elecciones y el congreso.

El proteccionismo es enemigo del comercio internacional libre por la vieja crecencia mercantilista según la cual una balanza comercial “desfavorable”, es decir, cuando el valor de las importaciones excede el valor de las exportaciones, es nociva para el empleo y la producción nacional. La teoría económica y los hechos han refutado el alegato proteccionista que no es tomado en serio por ningún economista. Todos los países del mundo hacen parte de la Organización Mundial del Comercio cuyo objetivo final es la eliminación de las barreras arancelarias y paraarancelarias que obstaculizan el comercio internacional. En Europa 27 países se han unido para conformar un mercado único en el que circulan libremente mercancías, capitales y personas; y 19 de ellos adoptaron el euro como moneda única.  

Los proteccionistas tienen una obsesión por la balanza comercial creyendo que un déficit es necesariamente una tragedia, sin comprender que es la balanza de pagos la que determina el comportamiento de la comercial. Un país en desarrollo, que no genera suficiente ahorro, el ingreso de inversión extranjera directa se traduce en un aumento de las importaciones - maquinaria, equipo, materias primas, etc.- en las que se materializa esa inversión. El déficit en la balanza comercial puede obedecer también al déficit fiscal y al consiguiente endeudamiento público, pero en este caso el problema se resuelve corrigiendo ese déficit fiscal.

La expresión “defensa de la soberanía y seguridad alimentaria” alude a la forma más inicua de proteccionismo: el proteccionismo agropecuario que se traduce en la elevación del precio de los alimentos y el aumento de las rentas de los terratenientes.

Contrariamente a lo que afirman los promotores del paro, Colombia es un exportador neto de productos agropecuarios. Entre 2010 y 2020, se importaron 26.560 millones de dólares en productos del sector agropecuario y se exportaron 28.638 millones, lo que arroja un excedente 1.808 millones.  

Tabla 1



 

Cuando se examina la balanza comercial del sector agro-alimentario, que incluye los alimentos y bebidas procesadas, las cifras desmienten una vez más los planteamientos del Comité Nacional del Paro. Entre 2010 y 2020, Colombia exportó productos agropecuarios y alimentos por 77.160 millones de dólares e importó por 69.022 millones, lo cual arroja un excedente de 8.138 millones.

Tabla 2



 

En síntesis: el valor de las exportaciones agropecuarias y alimenticias excede el valor de las importaciones. La “defensa de la seguridad alimentaria” no es más que la defensa de los intereses de algunos productores ineficientes, incapaces de exportar e incapaces de competir con los productos importados. El proteccionismo se traduce siempre en elevación del precio de los alimentos y las materias primas agrícolas y beneficia a los terratenientes.

LGVA

Junio de 2021.