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miércoles, 16 de noviembre de 2016

Donald Trump o la amenaza proteccionista

Donald Trump o la amenaza proteccionista

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista, Docente Universidad EAFIT

La elección de Donald Trump supone un alto riesgo para la economía global si llegan a materializarse sus promesas proteccionistas como el retiro de los Estados Unidos del NAFTA, en caso de que sus socios no acepten su renegociación, y la  imposición de aranceles elevados a las importaciones procedentes de China. La economía mundial ha conseguido evitar impactos  más graves sobre el crecimiento y el empleo de la crisis de 2008-2009 gracias a la política monetaria a ultranza de los grandes bancos centrales y, principalmente, a que la mayoría de países de mundo han resistido hasta ahora la tentación proteccionista, permaneciendo fieles a sus acuerdos de libre comercio y a las reglas de la OMC. El resurgimiento del proteccionismo en los Estados Unidos puede desatar una guerra arancelaria que daría al traste con la frágil recuperación de la economía mundial. 

En su clásico estudio “La crisis económica 1929-1939”, Kindleberger muestra que el comercio mundial, medido por el valor de las importaciones de setenta y cinco países, pasó de un valor mensual de US$ 2.998 millones, en enero de 1929, a US$ 2.739 millones en enero de 1930, para una caída de 9%.  En los años siguientes se presentaron caídas de 33%, 35% y 18% de tal suerte que en enero de 1933, en lo más profundo de la depresión, el comercio mundial era una tercera parte del registrado en enero de 1929. Entre 2008 y 2009 las importaciones mundiales cayeron un 23%, al pasar de US 15,8 billones a US$ 12,2 billones. En 2010 y 2011 se recuperaron vigorosamente, creciendo 20% en cada uno de esos años. Posteriormente han continuado aumentando, aunque a tasas inferiores, 2% anual.

En la gráfica se muestra la evolución del índice importaciones en los cuatro años siguientes a los de las crisis bursátiles - 1929 y 2008, respectivamente -que se toman como año base. Para el período 1929-1933 se tomaron las cifras de comercio mensual de mercancías reportadas por Kindleberger y para el período 2008-2012 se usaron datos de la OMC.  El contraste no puede ser más marcado. 



Cuenta Kindleberger, que las tendencias proteccionistas habían comenzado a manifestarse ya en los años 20. Con el objeto de ponerles freno, se realizaron en 1927 y 1929 sendas conferencias económicas mundiales en las que se pactaron reducciones arancelarias que no llegaron a materializarse a causa de lo que estaba ocurriendo en Estados Unidos, donde, en mayo de 1929,  la Cámara de Representantes había aprobado el proyecto de arancel Smoot-Hawley, que se convertiría en ley en junio de 1930, a pesar de las protestas formales de 38 países y del rechazo de 1028 economistas de Estados Unidos que pidieron al presidente Hoover que vetara la ley[1].  La reacción no se hizo esperar y en el curso de unos pocos meses Suiza, Canadá, Italia, Francia, México, Australia, Nueva Zelanda elevaron sus aranceles.[2]. El “remedio casero” del partido Republicano, como Schumpeter denominó el arancel Smoot-Hawley, había desatado una guerra arancelaria que provocó la violenta contracción del comercio mundial y ahondó la recesión en todos los países.

Con cifras de 2014[3], Estados Unidos, con un 12,6%,  es el primer importador mundial de mercancías y el segundo exportador, con una participación de 8,5%.  Es también el primer importador y exportador de servicios comerciales. El 27% de sus importaciones proceden de Canadá y México, sus socios del NAFTA, y allá van también en el 34% de sus exportaciones. De China llegan el 19,9% de sus importaciones y allá van el 7,7% de sus exportaciones. Cualquier medida unilateral contra estos países tendría impactos fuertes sobre sus economías. México y Canadá están muy expuestos ya que el 80%  y el 75% de sus exportaciones respectivas van a Estados Unidos. China está menos expuesto con un 18%. 

No se  necesita mucha ciencia económica para comprender lo que infructuosamente los economistas norteamericanos trataron de hacerle entender al presidente Hoover y a los políticos de Washington. Sin embargo, como el proteccionismo no parece haber sido completamente extirpado, no está fuera de lugar recordar sus sencillas y sensatas palabras a propósito de la implantación del arancel  Smoot-Hawley:

“Nuestro comercio de exportación sufrirá. Los otros países no pueden comprarnos permanentemente a menos que les permitamos vendernos, y cuanto más restringimos las importaciones provenientes de ellos por medio de tarifas elevadas más reducimos la posibilidad de venderles nuestras exportaciones”.

Y añadían esta advertencia:

“Hay ya múltiples evidencias de que tal acción inevitablemente provocará que otros países nos paguen con la misma moneda mediante la aplicación de gravámenes retaliatorios contra nuestros productos”[4]

Y así sucedió en efecto en los años 30 y volverá a ocurrir ahora pues ni entonces ni hoy Estados Unidos está libre de represalias comerciales. Si esto ocurre, al igual que en aquel entonces, la política de empobrecer al vecino terminará por empobrecer a todo el vecindario.

LGVA
Noviembre de 2016.




[1] Este documento, que salva en algo el honor de la profesión pues al otro lado del Atlántico Mr Keynes estaba proponiendo gravar las importaciones, se reprodujo en 2007. Entre las firmas destacadas se encuentran las de Irving Fisher y Frank Taussing. Véase:  “Economists Against Smoot-Hawley” en Econ Journal Watch Volume 4, Number 3, september 2007, pp 345-358.

[2] Véase: Kindleberger, Ch. P. (2009). La crisis económica 1929-1939. Editorial Capitán Swing, Madrid, 2009. Páginas 209-213 y páginas 277-286.

[3] World Trade Organization (2016). Trade Profiles 2015. Página 193.  https://www.wto.org/english/res_e/booksp_e/trade_profiles15_e.pdf

[4] “Economists Against Smoot-Hawley” en Econ Journal Watch Volume 4, Number 3, september 2007, pp 349. 

jueves, 27 de octubre de 2016

Jorge Enrique Robledo: candidato de la reacción

Jorge Enrique Robledo: candidato de la reacción

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista, Universidad EAFIT

Las fuerzas reaccionarias del País están de plácemes con el lanzamiento de la precandidatura presidencial del senador Jorge Enrique Robledo. En política, la reacción, explica doña María Moliner, es toda ideología o actuación contraria al progreso y los reaccionarios son aquellos que piensan u obran de acuerdo con esa ideología, propenden por restablecer lo abolido y se oponen a la innovación. El senador Robledo es su representante por antonomasia.

Para el senador Robledo la tragedia de Colombia empezó con la apertura del gobierno de Gaviria y se ha continuado con los acuerdos de libre comercio suscritos por posteriores gobiernos. El senador Robledo, al igual que su homólogo de Estados Unidos, Míster Donald Trump, detesta el libre comercio y nos propone retroceder – eso es ser reaccionario – a la época abolida del proteccionismo industrial con sus cuotas de importación, sus licencias previas y sus elevados aranceles que hacían posible que solo los muy ricos tuvieran acceso a bienes importados mientras que los demás tenían que conformarse con los bienes de producción local, costosos y de baja calidad; al tiempo que garantizaban a los productores nacionales, libres de toda competencia, una elevada rentabilidad.  El senador Robledo quiere que volvamos a vestirnos todos con Drill Armada Coltejer y camisas de popelina; que bebamos solo cerveza Pilsen, aguardiente tapa roja y gaseosas de Postobón; que usemos neveras y lavadoras Icasa y que, los más afortunados, conduzcan un Renault 4, el carro colombiano, para comprar el cual, en la época dorada del proteccionismo, había que ponerse en una lista pagando el 50% y esperar doce meses para la entrega, rezando para que entre tanto no aumentara el precio. Nada de eso importa, hay que garantizar la prosperidad de la burguesía nacional aliada del proletariado en su lucha contra el imperialismo yanqui y sus lacayos.

También la agricultura, según el senador Robledo, debe ser protegida con poderosos aranceles y feroces cuotas de importación y apoyada con generosos subsidios, como los de Agro Ingreso Seguro. No importa que los precios de los productos agrícolas nacionales se eleven, aumentando de paso la renta de los terratenientes, y que los importados se vuelvan inalcanzables para la mayoría. De eso se trata la soberanía alimentaria: garantizarles a todos los colombianos una balanceada dieta de habas y papas.  Nada de agroindustria y grandes explotaciones agrícolas mecanizadas y productivas. Eso sería proletarizar a los campesinos. A estos hay que dejarlos con sus pequeñas parcelas, sus unidades agrícolas familiares o, mejor aún,  con sus contratos de aparcería como en los años 50 y 60 del siglo pasado. Y eso sí, nada de innovaciones técnicas que eleven la productividad de la agricultura pues estas tienen el mismo efecto que el libre comercio: reducen los precios de los productos agrícolas y las rentas de los terratenientes. Quien se opone al libre comercio debe oponerse también a las innovaciones y al avance técnico. En esto el senador Robledo es bien coherente.

En efecto, el senador Robledo se opone a Uber y seguramente también a otras plataformas tecnológicas de la economía compartida. Y tiene toda la razón al obrar así: con Uber desaparecerán las rentas monopolísticas del negocio de los taxis de las que se apropian los Uldaricos de todas las ciudades y sus aliados políticos. El senador Robledo está haciendo méritos para convertirse en el más confiable de todos ellos. Para entrar a este negocio hay que comprar un carro, que cuesta 50 millones,  y hay que pagar un “cupo”, que cuesta otro tanto o un poco más, dependiendo de la ciudad o de la ruta donde se otorga la concesión. Por ejemplo, el “cupo” para prestar el servicio de taxi entre el aeropuerto de Rio Negro y la ciudad de Medellín cuesta la friolera de 200 millones de pesos. Es imperioso conservar esas rentas para financiar las clientelas políticas. Los usuarios del transporte urbano tienen que cumplir con el deber patriótico de transportarse en los desvencijados taxis amarillos del monopolio aunque tengan que hacerlo por la fuerza como ya está ocurriendo en algunas ciudades donde bandas de taxistas, apoyadas por guardas de tránsito y agentes de la policía de carreteras, están dedicadas a identificar y perseguir a los vehículos Uber y a sus usuarios.

Pero son muchos otros sectores de los cuales el senador Robledo se presenta como vocero. Allí están los pobres azucareros injustamente sancionados por la SIC por acartelarse para defender la producción nacional; los míseros arroceros sometidos a la ruinosa competencia del arroz que se importa con arancel de solo el 80%; están los de la leche, el trigo, los pollos y todos aquellos patrióticos productores cuyas rentas se ven amenazadas por los ruinosos TLC. Y claro, también están las instituciones de educación superior, las de garaje y las públicas subsidiadas, cuyos voceros se hicieron presentes en el foro recientemente convocado por el senador Robledo para denunciar la amenaza que para ellas representan las grandes universidades privadas de Estados Unidos. Hay que protegerlas pues aquellas son portaestandartes de la “cultura nacional, científica y de masas” por la que ha luchado el senador Robledo desde sus tiempos de maoísta en el MOIR.

El senador Robledo es un hombre respetable de cuya buena fue no puede dudarse. Se ha destacado en el congreso más por su constancia que por su sabiduría.  Siempre se ha visto y proclamado como el paladín de los pobres y los despojados. Paradójicamente, las políticas económicas que impulsa reducen la oferta disponible de bienes y servicios de los pobres que dice defender al tiempo que elevan los ingresos de terratenientes, productores ineficientes y  de buscadores de renta que se lucran de la intervención parasitaria del estado. Es decir, de todas las fuerzas reaccionarias que se benefician del aislamiento económico, el estado intervencionista y el atraso tecnológico y que todas a una están gritando: ¡Adelante, Senador Robledo!

LGVA
Octubre de 2016.




domingo, 23 de octubre de 2016

Jorge Luis Borges: ese liberal.

Jorge Luis Borges: ese liberal.

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista, Universidad EAFIT

Buena parte de los escritores e intelectuales del siglo XX, quizás la mayoría, mostraron y proclamaron una abierta antipatía con las instituciones del capitalismo y se veían como los aliados naturales de las masas explotadas por la burguesía codiciosa y las multinacionales sin alma. Este fenómeno llamó la atención de pensadores liberales, como L. V Mises y B de Jouvenel, quienes lo analizaron con singular agudeza[1]. Los escritores colombianos no escaparon a esa tendencia, con la excepción honrosa de Álvaro Mutis, quien además de proclamar sin tapujos su profesión de fe monárquica, para irritación de sus amigos “progresistas”, dejó al desnudo la patética ignorancia de estos en cuestiones económicas en un delicioso texto titulado “Economía de salón”[2].  En América Latina, Borges, por supuesto, fue el único gran escritor que se resistió al canto de sirena de la revolución cubana entonado desde Casa de las Américas, donde Haydée Santamaría y Fernández Retamar cumplían la misión de obtener – con premios, viajes, cocteles y publicaciones -  el apoyo de los intelectuales latinoamericanos al régimen castrista.

El inmenso talento de Borges permitió que los intelectuales y escritores “progresistas”, como Sartre, que alabó su obra, le perdonaran hasta cierto punto sus ideas supuestamente reaccionarias y sus desplantes escandalosos, como haber asistido a una recepción del general Videla, a la que también concurrió el “progresista” Ernesto Sábato, y su viaje a Chile en 1976, bajo el gobierno del general Pinochet. Cuenta María Kodama que días antes de dicho viaje, en el que fue a recoger un  Doctorado Honoris Causa en la Universidad de Chile, Borges recibió una llamada en la que desde Oslo le "recomendaban" no ir. La conversación concluyó con una frase en la que se revela su portentosa personalidad: “Mire señor, yo le agradezco su amabilidad, pero después de lo que usted acaba de decirme mi deber es ir a Chile. Hay dos cosas que un hombre no debe permitir: sobornar o dejarse sobornar"[3]. Añade, María Kodama, que, al escuchar esa frase, lo adoró mucho más.

Borges rechazó siempre que a un escritor se le juzgase por sus opiniones políticas. Reconoció a Neruda como un gran poeta, más que por sus versos románticos por los poemas que le inspirara su militancia comunista; pero a diferencia de este nunca fue militante ni propagandista de nada, pues como dijo una vez “...en lo referente a mis opiniones políticas, creo que nunca podría convencer a nadie con ellas”. Añadiendo a reglón seguido que “…siempre he hecho que quede claro (…) donde estoy. La gente siempre ha sabido que yo estaba (…) contra Hitler, contra el anti-semitismo, contra el fascismo, contra el comunismo, contra nuestro propio dictador, Perón.”[4]

A la pregunta, ¿qué le desagrada del comunismo?, respondió:

“Bueno, me han enseñado a pensar que el individuo debe ser fuerte y el estado débil. No podía entusiasmarme una teoría en la que el estado sea más importante que el individuo. Soy un conservador, pero ser en mi país conservador no significa ser una momia, significa, digámoslo así, un liberal moderado. Si se es conservador en la Argentina nadie piensa que se es un fascista o un nacionalista”[5].

En un ensayo titulado “Nuestro pobre individualismo”, incluido en su libro “Otras inquisiciones”, escribió:

“El más urgente de los problemas de nuestra época (ya denunciado con profética lucidez por el casi olvidado Spencer) es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo; en la lucha contra ese mal, cuyos nombres son comunismo y nazismo, el individualismo argentino, acaso inútil y perjudicial hasta ahora, encontrará justificación y deberes”[6]

También en “Otras inquisiciones” se encuentra este texto sobre el antisemitismo[7]
  
“Varias razones hay para que yo no sea un antisemita; la principal es esta: la diferencia entre judíos y no judíos me parece, en general, insignificante; a veces, ilusoria o imperceptible”. Y para reforzar su argumento, invocó la sabiduría cáustica de Mark Twain, quien declaró: “Yo no pregunto de qué raza es un hombre, basta que sea un ser humano, nadie puede ser nada peor”.  

Sobre el nacionalismo, en conversación con Antonio Carrizo, declaró:

“En cambio ahora estamos tan orgullosos de haber nacido en un lugar determinado….Lo cual es ridículo, ¿No? Yo creo que el nacionalismo es el mayor mal de nuestro tiempo”[8]

En su último libro de poesía, “Los conjurados”, dejó en un bello poema titulado “Juan López y John Ward”[9], la más despiadada condena del nacionalismo y el patrioterismo. Hay que citarlo en su totalidad:

“Les tocó en suerte una época extraña.
El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.
López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en la afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.
El otro profesaba el amor de Conrad, que la había sido revelado en una aula de la calles Viamonte.
Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.
Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.
El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender”.

En los siglos XVIII y XIX, cuando nace el liberalismo, no había nada más progresista que la defensa de la libertad y del individuo contra la intromisión del estado. El siglo XX, en una insólita inversión de los valores, convirtió en progresistas a los adoradores del Leviatán y en reaccionarios a seres como Borges, el hombre de todas las patrias y todos los tiempos. Pero no importa, ahí quedan para siempre sus extraordinarias palabras:

“…yo nunca he sido un hombre oficial; yo nunca me he visto en función del Estado (…) Soy el menos oficial de los hombres y el más individual de los hombres, creo. Sigo siendo discípulo de Spencer: no digamos el individuo contra el Estado, pero el individuo sin el Estado, o con un mínimo de Estado. Si. Lo demás son accidentes”[10].

LGVA
Octubre de 2016.




[1] El texto de Mises se titula “La literatura bajo el capitalismo” en Mises L.V. (1996) Sobre liberalismo y capitalismo. Unión Editorial, Barcelona, 1996. Volumen II, páginas 229-245.  El texto de Bertrand de Jouvenel se titula “Los intelectuales europeos y el capitalismo” y está incluido en la obra colectiva El capitalismo y los historiadores. Unión Editorial, Madrid, 1997. Páginas 87-111.

[2] Mutis, Álvaro (1999). De lecturas y algo de mundo. Seix Barral – Planeta Colombiana Editorial, Bogotá, 1999. Páginas 258-260.

[4] Burgin, Richard. (1974). Conversaciones con Jorge Luis Borges. Taurus Ediciones S.A. Madrid, 1974. Página 124.

[5] Burgin, Richard. (1974). Conversaciones con Jorge Luis Borges. Taurus Ediciones S.A. Madrid, 1974. Página 124.

[6] Borges, J.L. (1980). Prosa completa. Bruguera, Barcelona, 1980. 2 Volúmenes. Volumen 2, página 163.

[7] Ídem, página 245.
[8] Borges y Carrizo (1997). Borges el memorioso: Conversaciones de Jorge Luis Borges con Antonio Carrizo. Fondo de Cultura Económica, México, 1997. Página 21.

[9] Borges, J.L. (2013). Poesía completa. Random House Mondadori, Barcelona y Bogotá, 2013. Página 613.

[10] Borges y Carrizo (1997). Borges el memorioso: Conversaciones de Jorge Luis Borges con Antonio Carrizo. Fondo de Cultura Económica, México, 1997. Página 262.

sábado, 8 de octubre de 2016

Seis propuestas para mejorar los Acuerdos de La Habana

Seis propuestas para mejorar los Acuerdos de La Habana

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista, Universidad EAFIT

En mi blog personal publiqué un par de artículos sobre los Acuerdos de La Habana. El primero, el 30 de julio, titulado “Una reflexión sobre los Acuerdos de La Habana y cinco propuestas para mejorarlos”; el segundo,  titulado “Para salvar los acuerdos, voy a votar NO, el 16 de septiembre, en el que hacía pública mi intención de votar NO en el plebiscito del pasado 2 de octubre. Con razón, los partidarios del SI, reclaman de quienes votamos NO, las modificaciones que a nuestro entender deben hacerse a los Acuerdos para que éstos resulten aceptables para el conjunto más amplio posible de ciudadanos. En esos dos artículos están formuladas ya las modificaciones que a mi modo de ver deben introducirse a los Acuerdos. Aquí las reitero de forma sintética y más clara, eso espero.

Las propuestas que formulo parten del reconocimiento de que los Acuerdos son el resultado del trabajo serio, responsable y de buena fe de los delegados del gobierno y, presumo, también de las FARC. Aunque podría señalar centenas de cosas que me parecen indeseables y sugerir centenas de modificaciones, reconozco que el texto de los Acuerdos es un gran logro político que no puede dejarse de lado y que es, por el contrario, el documento central en torno al cual debe girar la discusión y plantearse las propuestas de mejora. Una razón adicional para tomar los acuerdos alcanzados como eje de cualquier negociación es la necesidad imperiosa de llegar al consenso más amplio posible en un horizonte de tiempo razonable, no más de dos o tres meses, para evitar la incertidumbre que puede afectar la confianza de los mercados en la economía colombiana. A continuación, mis propuestas.
 
1.    Incorporación de los Acuerdos al bloque de constitucionalidad. Los acuerdos no deben ser parte del bloque de constitucionalidad. Reconocidos juristas – Hernando Yepes Arcila, Hugo Palacios Mejía y Jaime Castro -  han planeado las graves implicaciones que esto tiene para la institucionalidad del País. Como economista creo que eso pone en riesgo la estabilidad macroeconómica y limita la libertad de acción y la política pública de dos gobiernos. En mi condición de simple ciudadano considero que es profundamente antidemocrático reformar la constitución mediante un procedimiento insólito que desconoce las facultades del Congreso y los procedimientos de reforma previstos en la constitución. Entiendo que esta es una pretensión de las FARC que tiene el propósito de “blindar” los acuerdos. Las FARC deberían entender que el blindaje de los acuerdos es antes que nada político y éste depende de la aceptación ampliamente mayoritaria de la ciudadanía.

2.    Desarrollo normativo de los Acuerdos. La agenda normativa para el desarrollo de los acuerdos es amplia y difusa: allí cabe cualquier cosa.  Además, ya se oyen las voces de quienes reclaman mayor déficit fiscal y mayor endeudamiento público para financiar los gastos que acarrea el cumplimiento de los acuerdos. Por eso, es conveniente excluir expresamente ciertos tópicos que son fundamentales para la estabilidad económica del País. En ningún caso las reformas constitucionales o legales  que deberán adelantarse para dar cumplimiento a los acuerdos deben comprometer el régimen económico y de hacienda pública de la constitución, en particular la autonomía del Banco de la República, el fundamento constitucional de la regla fiscal establecido por el acto legislativo 03 de 2011,  la distribución de recursos y competencias entre la Nación y las entidades territoriales del acto legislativo 07 de 2007, el sistema de regalías y el régimen de servicios públicos.  Los cambios constitucionales y legales que se realicen en el futuro sobre estas materias se harán conforme a los procedimientos legislativos ordinarios y en ningún caso según el procedimiento legislativo especial. 


3.    Jurisdicción especial para la paz. Creo que el aparato judicial paralelo que se pretende montar es excesivo e innecesario. La justicia transicional puede ser aplicada por los organismos judiciales del País. El grueso de los guerrilleros pueden beneficiarse de la amnistía o el indulto, como está previsto en los acuerdos. Los dirigentes de la FARC pueden ser juzgados por la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia. La JEP debe limitar su jurisdicción a los dirigentes de las FARC y a los militantes sobre los que pesen sindicaciones de delitos de lesa humanidad. Los militares y civiles que tengan causas pendientes con la justicia relacionadas con el conflicto podrán si lo creen conveniente someterse libremente a la JEP. En ningún caso – ni en el de los miembros de las FARC, ni en el de los militares, ni en el de los demás ciudadanos – se tendrán en cuenta informes o acusaciones de terceros; únicamente serán considerados en sus procesos los expedientes y demás documentos aportados por las autoridades judiciales del País.

4.    Participación en política. Aunque excesiva, la garantía de 5 curules en senado y 5 en cámara en las circunscripciones ordinarias debe mantenerse. Las 16 circunscripciones especiales deben abrirse a la participación de todos los partidos y movimientos políticos, tengan o no representación en el congreso. Las ventajas otorgadas al partido de las FARC deben extenderse en las mismas condiciones a los movimientos que carezcan de representación en el congreso y deseen postular candidatos en las circunscripciones ordinarias o en las especiales. Los ciudadanos que voten en las circunscripciones especiales no podrán hacerlo en las circunscripciones departamentales de cámara. Los dirigentes de las FARC que reciban condenas restaurativas de la JEP no podrán participar en las elecciones de ninguna índole hasta tanto hayan cumplido la pena impuesta. En la práctica esto significa que no podrán ser candidatos en las elecciones de 2018, más si en las de 2022. Todos los movimientos y partidos políticos tengan o no personería jurídica o representación en el congreso deben tener participación en los procesos conducentes a la formulación del estatuto de oposición y la reforma del régimen electoral.

5.     Política agraria.  Debo decir que el acuerdo agrario es un claro retroceso en la política agraria del País. No obstante, si se deja actuar libremente a los campesinos y empresarios, la visión del sector agropecuario que se pretende implantar será barrida por la fuerza de los hechos económicos. Para ello, los campesinos que reciban tierra del fondo de distribución de tierras deben poder disponer libremente, y en cualquier momento, de su propiedad, sin restricción alguna. Todos los campesinos y en especial los de las Zonas de Reserva Campesina deben también poder explotar sus talentos naturales, emplear trabajo asalariado, acrecentar el tamaño de sus parcelas, disponer libremente de su propiedad y venderla a quien deseen a un precio libremente acordado. Esos campesinos, como todos los colombianos, deben tener libertad económica, pues sin ésta no hay libertad política ni libertad de ningún tipo. Para garantizar a los campesinos el derecho a la salida de las ZRC, el gobierno se compromete a adquirir las UAF que se le ofrezcan por su precio de mercado, es decir, al precio de propiedades de características similares que no hagan parte de ninguna ZRC. El sistema de subsidios y transferencias que sustenta el modelo agrario de los acuerdos debe estar limitado temporalmente a cinco años y ser consistente con las restricciones fiscales y presupuestales. Es decir, todo gasto público a cargo de la Nación que se derive de los acuerdos debe incorporarse al presupuesto general de la Nación, como cualquier otro gasto: es decir, como una autorización de gasto sujeta a disponibilidad presupuestal, o sea: mantener el principio de que un gasto se ejecuta si la restricción presupuestal lo permite, y de lo contrario no. Esto aplica no solo para los gastos asociados al cumplimiento del acuerdo agrario sino también para todos los que se derivan de los demás acuerdos. 

6.    El problema del narcotráfico. La solución al problema del narcotráfico pasa por su descriminalización total. La descriminalización de la marihuana debe hacerse de forma inmediata, en un plazo no mayor de un año, como ya lo hicieron países como Uruguay, Holanda, Portugal y varios estados de los Estados Unidos sin verse obligados a denunciar la Convención de Viena de 1988. Se debe crear una comisión de expertos para que seis meses después de la firma de acuerdo final presente el procedimiento y el cronograma de descriminalización de la producción, comercialización y consumo de todas las drogas ilícitas. La descriminalización total debe estar concluida en dos años después de la firma del acuerdo ajustado.


LGVA
Octubre de 2016.





lunes, 19 de septiembre de 2016

Para salvar los acuerdos, voy a votar NO


Para salvar los acuerdos, voy a votar NO

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista, Universidad EAFIT

I

El 30 de julio publiqué en mi blog un artículo titulado “Una reflexión sobre los acuerdos de La Habana y cinco propuestas para mejorarlos”. En verdad no me hacía ninguna ilusión de que mis propuestas de mejora fueran acogidas, pero tampoco creía que se introducirían nuevas cosas que los empeoraran. Acerté en lo primero, me equivoqué en lo segundo. El acuerdo final es peor de lo que imaginé. La evaluación que hice en ese  artículo, basada en lo que en ese momento se conocía, se aplica casi en su totalidad a lo que se firmó y será votado por los colombianos el 2 de octubre. Algunos amigos y jóvenes que se acercan a mi blog han querido conocer cuál es mi posición sobre el texto final de los acuerdos. Les respondo con este artículo tratando de añadir algunas cosas nuevas, pero lo fundamental está dicho en el escrito mencionado del cual retomo algunos elementos.

Quiero dejar en claro de entrada la perspectiva desde la cual leo, entiendo, evalúo y votaré los acuerdos. Rechazo la teoría de las causas objetivas del conflicto, la cual, a mi modo de ver presidió las negociaciones. Creo, por el contrario,  que la insurgencia de las FARC carecía de toda justificación económica y política y que la sociedad colombiana – su economía y su régimen político - sin alcanzar la perfección, daba y da garantías de movilidad económica, social y política mayor que buena parte de países del mundo. Como muchos  otros esperaba que con el derrumbe del comunismo las FARC se fueran extinguiendo por sí solas. Su vinculación al narcotráfico, primero, y el apoyo del régimen chavista, después, impidieron que se cumpliera su melancólico destino, al tiempo que se transformaban  en una poderosa organización delincuencial empeñada en acrecentar su riqueza proveniente de rentas ilícitas. No creo en aquello de la violencia generalizada multidimensional y mucho menos en la existencia de una guerra civil. Lo que padecía Colombia era una guerra contra los civiles de la cual las Farc eran el artífice más destacado y, en consecuencia, la sociedad y sus gobiernos tenían toda la legitimidad para combatirlas.  

Como muchos colombianos que comparten esta visión, siempre fui partidario de una solución negociada pero sobre la base de que la ofendida era la sociedad, la cual, desde una posición fuerte, se allanaba a hacer concesiones generosas a sus ofensores a cambio de que desistieran de sus conductas criminales. No fue esa la posición del gobierno y sus negociadores de La Habana y por ello discrepo de la posición de Humberto de la Calle - cuyo sacrificio personal y entrega valoro, al igual que el de los demás negociadores – cuando afirma que el alcanzado es el mejor acuerdo posible, aunque naturalmente entiendo que no pueda decir otra cosa.

Declaro sin ambages que, por repugnante que pudiera ser, estuve siempre convencido y lo estoy ahora de que la negociación debía conducir a la impunidad total o casi total de los miembros de las FARC y a su participación en política con ventajas transitorias. A mi juicio, el acuerdo de dejación y entrega de armas es enteramente satisfactorio, el mejor concebido, el más claro y el mejor escrito de todos los que salieron de La Habana. El problema es lo que como sociedad vamos a pagar por ello.  

II

La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) fue diseñada para garantizar impunidad a los guerrilleros de las FARC sin que el País se viera obligado a denunciar el Tratado de Roma. Esta es la verdad monda y lironda. Nunca entendí, ni entiendo todavía, por qué en lugar un procedimiento tan tortuoso, confuso, costoso y riesgoso como la JEP, no se optó por pedir un dispensa de 15 o 20 años a la aplicación en Colombia de dicho tratado y garantizarle la impunidad a las FARC como se hizo con otros grupos guerrilleros.  

Mi objeción fundamental a la JEP es que su competencia extienda a “todos los participantes en el conflicto, de forma directa o indirecta, combatientes o no combatientes” quienes “deberán asumir su responsabilidad por las graves violaciones e infracciones cometidas en el contexto y en razón del conflicto armado”. Esto se reitera una y otra vez a lo largo del documento. A pesar de los matices que se introducen – colaboración que no sea resultado de coacciones o participación determinante o habitual – son muchas las personas que están en riesgo de ser llamadas a responder ante la JEP. El acuerdo abre la Caja de Pandora al establecer que además de la información allegada por las autoridades judiciales que hayan proferido sentencias o resoluciones sobre actos cometidos en el conflicto; los tribunales de la JEP recibirán “informes de organizaciones de víctimas y derechos humanos relativos también a los actos delictivos cometidos durante el conflicto”, informes estos a los que la JEP dará el mismo tratamiento que a los emanados de las autoridades judiciales.  

En el artículo mencionado propuse, para no caer en el berenjenal en que se convertirá la  JEP,  limitar su competencia a los guerrilleros de las FARC y excluir de su jurisdicción obligatoria a todos los demás ciudadanos. Los militares y civiles que enfrentan causas en la justicia ordinaria por actuaciones relacionadas con el conflicto, podrían acogerse voluntariamente a la JEP. Para juzgar sus actuaciones se tendrían en cuenta únicamente los expedientes y sumarios aportados por las autoridades judiciales y en ningún caso los informes de terceros. Creo que aún es posible, sin menoscabo de lo fundamental de los acuerdos, enmendar este entuerto que a mi modo de ver amenaza su sostenibilidad.

III

El tema de la participación en política o, más precisamente, de la representación de las FARC en el Congreso, se trata en dos partes: en el acuerdo 2, sobre participación en política, y en el 3,  de fin al conflicto. En el primero se crean 16 circunscripciones electorales de cámara para uso exclusivo de las FARC y en el segundo se le garantizan 5 curules en senado y 5 en cámara, en las circunscripciones ordinarias.  Se les dan otras gabelas como el control de 32 emisoras FM y, hasta 2026, el 10% del presupuesto nacional para la financiación del funcionamiento de partidos y movimientos políticos.

En las elecciones para senado de 2014 se registraron 14.310.367 votos. Para obtener cinco curules habrían sido necesarios más de 700.000 votos. Suponiendo un crecimiento de 25% - en 2018 votarán para senado cerca de 18.000.000 de colombianos. Con esta votación la cifra repartidora, es decir, el número de votos requeridos para elegir un senador, bordeará los 160.000. Las cinco curules que se le entregarán a las FARC equivalen a reconocerle un potencial electoral ligeramente superior a 800.000 votos en 2018.  

Las 21 curules de cámara superan la representación de Bogotá, Antioquia o Valle;  igualan a las que tienen conjuntamente Atlántico, Cundinamarca y Santander; superan las de Bolívar, Boyacá y Tolima, tomadas en conjunto, y también las de Cauca, Cesar, Huila y Risaralda y ampliamente exceden las del grupo conformado por  Meta, Quindío y Sucre. Con esas curules, las FARC serían hoy la cuarta fuerza política de la Cámara, por encima del Centro Democrático y de Cambio Radical. Tendría dos curules menos que las de todos los otros movimientos políticos menores que suman 23, obtenidas con más de 2 millones de votos.

Con las cifras electorales de 2014, a las FARC se les estaría reconociendo un potencial electoral de más de 700.000 votos en Senado y alrededor de 2 millones en Cámara. En su primera incursión, que tuvo lugar en las legislativas de 1986, la Unión Patriótica, que se proclama como el brazo político de las FARC,  obtuvo 2 curules en el senado y 3 en la cámara. En las de 1990, obtuvo una curul en cámara y en las de octubre de 1991, realizadas después de que la constituyente revocara el Congreso, la UP obtuvo 1 senador y 3 representantes. A cada quien de juzgar si lo otorgado es mucho o poco, pero a mi francamente me parece excesiva la significación política que se les reconoce a las FARC y excesivas las gabelas adicionales que ponen en clara desventaja a los demás partidos y movimientos políticos.

IV

El acuerdo sobre “Política de desarrollo agrario integral”, que  ha sido recibido con alborozo por los portaestandartes de “las causas objetivas del conflicto”, no es otra cosa que la resurrección del agrarismo de los años 50 y 60 con su obsesión por la pequeña propiedad parcelaria y “la economía campesina, familiar y comunitaria” cuya supervivencia debe garantizarse con toda clase de subsidios sin que importen los costos que se imponen al resto de la sociedad.

El fondo de tierras de distribución gratuita será permanente y dispondrá de 3 millones de hectáreas en los diez primeros años de funcionamiento. En ese mismo lapso, se deben formalizar “todos los predios que ocupa o posee la población campesina”, donde seguramente estarán incluidos los predios ocupados o poseídos por los militantes de las FARC, sus parientes y allegados. Se da una cifra de 7 millones de hectáreas que deben formalizarse en 10 años. En total se negociaron diez millones de hectáreas equivalentes al 8,75% de la extensión territorial de Colombia: 114.2 millones de hectáreas. Sin embargo, como es de suponer, hay que excluir los 33 millones de hectáreas de resguardos indígenas, con lo cual la extensión territorial contra la cual hay que comparar se reduce a 81,2 millones de hectáreas. Así las cosas, los 10 millones de hectáreas equivalen al 12,31% del territorio colombiano disponible, descontado los resguardos indígenas. Ahora bien, según el Censo Agropecuario de 2013, el área agropecuaria era de  43,1 millones de hectáreas: 34,4 millones de pastos y  7,1 millones la superficie cosechada. Por tanto, los 10 millones de hectáreas equivalen al 23,2% de la superficie agropecuaria del País o al 140,85% del área cosechada.

Las tierras distribuidas gratuitamente o adquiridas con subsidios y créditos especiales serán inalienables e inembargables durante un período de 7 años. Las zonas de reserva campesina (ZRC), creadas por la ley 160 de 1994 y de las cuales ya existen seis, adquieren rango constitucional con la incorporación de los acuerdos al llamado bloque de constitucionalidad.  

No hay nada que objetar a la pretensión de que en el campo coexistan propiedades de la más diversa extensión; de la misma forma que en el comercio, la industria o los servicios coexisten empresas de todos los tamaños. La competencia se encarga de establecer la escala mínima que permite la supervivencia de los negocios en las distintas actividades. Igual cosa debería ocurrir en el campo. Pero no, el acuerdo está marcado por la obsesión de mantener a cualquier costo la pequeña propiedad sin que importe si es o no productiva y pueda garantizar, de forma competitiva, un ingreso adecuado al campesino. Subsidios directos, créditos subsidiados, seguros de cosecha subsidiados, compras públicas subsidiadas, planes gubernamentales de comercialización subsidiados, centros de acopio subsidiados, etc. esos son los pilares sobre los que descansa la supervivencia de la idolatrada “economía campesina, familiar y comunitaria”.

Las zonas de reserva campesina (ZRC) son una especie de falansterios igualitaristas. Ya existen 6 con una extensión de 900.000 hectáreas y 95.000 habitantes y se crearán más con parte de las tierras de fondo. Allí todo mundo debe tener la misma cantidad de tierra: la unidad agrícola familiar (UAF), definida como la extensión de tierra que permite remunerar el trabajo de la familia y obtener un excedente capitalizable. Normalmente, la UAF no admite más que el trabajo del propietario y su familia, aunque excepcionalmente puede emplear “mano de obra extraña”. El propietario de la UAF no puede venderla antes de quince años de su primera adjudicación y sólo puede transferirla, con autorización del gobierno, a campesinos sin tierra o minifundistas. Nadie puede ser propietario de dos o más UAF ni emplear sistemáticamente trabajo asalariado. La UAF no puede ser dividida materialmente, lo que lleva al restablecimiento de la institución feudal del mayorazgo.  En definitiva, a los campesinos de las ZRC se les niega la posibilidad de ser más productivos que sus vecinos, transformarse en empresarios y enriquecerse.  Si alguien escoge libremente  trabajar y vivir esas condiciones está en todo su derecho, pero es infame que se le imponga a cualquiera. Las limitaciones a la enajenación destruyen todo incentivo  a la valorización de la propiedad y el campesino que eventualmente se aburra de tanta igualdad está condenado a salir arruinado al estar obligado a venderla a muy bajo precio a alguien más pobre que él. En la práctica esto lleva a que el campesino de la ZRC no tenga salida. Es ominoso que una figura de esta naturaleza haya sido incluida en una ley y más ominoso aún que vaya a quedar incorporada en la Constitución una vez que los acuerdos de La Habana pasen a ser parte del “bloque de constitucionalidad”.

Como libertario, de la misma forma que no puedo objetar que alguien quiera entrar al seminario o al convento, no tengo objeción al hecho de que algunas personas encuentren atractivo optar por formas ineficientes de organizar sus actividades productivas como las cooperativas, los resguardos, la pequeña propiedad parcelaria, la propiedad comunitaria o las Zonas de Reserva Campesina. Creo que al igual que los seminarios y los conventos, esas formas de organización de la producción son muy buena alternativa de vida para quienes tienen vocación y se acogen libremente a ellas. No me parece aceptable que quienes optan por la ineficiencia productiva pretendan tener los patrones de consumo de la economía moderna y reclamen por ello un subsidio a cargo de los ingresos del resto de la sociedad. Porque detrás del espejismo de la redistribución de la tierra, que regocija a las almas justas, la esencia del acuerdo agrario es la restricción de la libertad económica a un campesinado que permanecerá atrapado en pobreza y la dependencia.

Creo que algunos de los aspectos más ominosos del acuerdo agrario pueden superarse con decisiones relativamente simples. Se debe privilegiar la inversión  en bienes públicos, fundamentalmente vías terciarias y fijar un límite temporal a los subsidios directos e indirectos que se contemplan. Los campesinos que reciban tierra del fondo de distribución de tierras deben poder disponer libremente y en cualquier momento de su propiedad sin restricción alguna. Todos los campesinos, y en especial los de las ZRC, deben también poder explotar sus talentos naturales, emplear trabajo asalariado, acrecentar el tamaño de sus parcelas, disponer libremente de su propiedad y venderla a quien deseen a un precio libremente acordado. Esos campesinos, como todos los colombianos, deben tener libertad económica pues sin ésta no hay libertad política ni libertad de ningún tipo. Para garantizar a los campesinos el derecho a la salida de las ZRC, el gobierno debe comprometerse a adquirir las UAF que se le ofrezcan por su precio de mercado, es decir, al precio de propiedades de características similares que no hagan parte de ninguna ZRC. A las FARC no les debería resultar repugnante una modificación del acuerdo agrario en los aspectos indicados  pues con ellas simplemente se le otorga al campesinado que dicen defender la libertad elegir su destino y hacerse responsable de las consecuencias de su elección.

V

El de “solución al problema de las drogas ilícitas” es el más retórico y gaseoso de todos los acuerdos. Las Farc no reconocen ninguna responsabilidad en el narcotráfico, salvo una alusión general según la cual “…la producción y comercialización de drogas ilícitas también han atravesado, alimentado y financiado el conflicto interno”. De ahí que su compromiso sea igualmente general: “poner fin a cualquier relación, que en función de la rebelión, se hubiese presentado con este fenómeno”. Se le ha enrostrado a las Farc  el no haber informado en la mesa de negociación de su riqueza proveniente del narcotráfico, la extorsión y el secuestro y no haber puesto esa riqueza a disposición del gobierno para la indemnización de las víctimas.  No se puede ser más ingenuo. ¿Por qué no pedirles la declaración de renta y patrimonio, los datos sobre sus cuentas en el exterior y las coordenadas de las caletas donde guardan el efectivo? En la mesa de negociaciones correspondía a los representantes del gobierno, respaldados por la fiscalía y el sistema judicial, poner en evidencia esa riqueza y forzar a los representantes de las Farc a reconocer la realidad de los hechos. Por pusilanimidad, falta de información o incompetencia no hicieron nada y las Farc quedaron como la Pobre Viejecita y los negociadores del gobierno como Simón el Bobito.

El único compromiso real es el del gobierno con el Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos Ilícitos (PNIS) que “tendrá un carácter civil”, contará con la “participación activa de las comunidades” y tendrá como principio fundamental “la sustitución voluntaria”. En caso de que los cultivadores no se allanen a la erradicación voluntaria “el gobierno procederá a la erradicación de los cultivos de uso ilícito, priorizando la erradicación manual donde sea posible, teniendo en cuenta el respeto por los derechos humanos, el medio ambiente y el buen vivir”. Las Farc insisten que en cualquier caso, así quedó consignado en el acuerdo, la erradicación debe ser manual. Lo acordado en La Habana deja el problema del narcotráfico en una situación peor pues en la práctica otorga a las Farc un casi-monopolio de la producción y comercialización de la hoja de coca pues la mayor parte de los cultivos están en territorios bajo su control. Mientras la cocaína tenga el alto precio que le da la ilegalidad, el PNIS es una broma.

Un cálculo de tienda para apreciar la significación económica del narcotráfico en Colombia. Una hectárea de coca rinde unos 5 kilogramos de cocaína. Las 96.000 hectáreas sembradas en el País, según la Oficina de la Naciones Unidas contra la droga y el delito, tienen una producción potencial de 480.000 kilogramos, la cual, a un precio de consumidor final de US$ 30.000/kilogramo, alcanzaría un valor de US$ 14.400 millones. Suponiendo que el valor agregado nacional sea el 20%, se tendría una cifra máxima del orden de US$ 2.880 millones como valor del PIB cocainero de Colombia, alrededor del 1% del PIB total. Esta cifra debe ser ajustada a la baja porque no todas las plantas sembradas están en plena producción y hay que descontarle los decomisos. Colombia no es una narco-economía, sin embargo, el control de parte de esa renta le da a cualquiera un poder significativo.   

El del narcotráfico es el típico delito sin víctimas. Es un delito que existe porque la legislación positiva así lo dispone. La solución al problema del narcotráfico pasa por su descriminalización total. La descriminalización de la marihuana debe hacerse de forma inmediata, en un plazo no mayor de un año, como ya lo hicieron países como Uruguay, Holanda, Portugal y varios estados de los Estados Unidos sin verse obligados a denunciar la Convención de Viena de 1988. El gobierno debe tomar el toro por los cuernos y, en el marco de los acuerdos o fuera de ellos, crear una comisión de expertos para que en seis meses proponga el procedimiento y el cronograma de descriminalización de la producción, comercialización y consumo de todas las drogas ilícitas que debe estar concluida en un lapso de dos años.

VI

Hay otras cosas de los acuerdos que no me gustan como tener que financiar con mis impuestos las campañas electorales de las FARC, que hasta 2026 dispondrán del 10% del presupuesto nacional para el funcionamiento de los partidos y movimientos políticos; la flagrante violación de la autonomía de las entidades territoriales al hacer obligatoria la incorporación del PNIS y otras medidas para implantación de los acuerdos en los planes de desarrollo de departamentos y municipios, a cuya financiación deberán destinar parte de los recursos del SGP;  la composición y el poder otorgado a la Comisión Seguimiento y Verificación (CSVR) y, la cereza del postre, la incorporación de los acuerdos en el llamado bloque de constitucionalidad.

La CSVR, compuesta por tres representantes de las FARC y tres del gobierno,  está encargada de elaborar el Plan Marco a diez años para la implantación de los acuerdos, plan que será adoptado mediante documento CONPES;  verificar anualmente su cumplimiento y garantizar la inclusión en los planes nacionales de desarrollo de dos períodos presidenciales de un capítulo correspondiente al plan cuatrienal de cumplimiento de los acuerdos. A las reuniones de la CSVR podrán ser invitados – seguramente lo serán – los representantes de las FARC en el Congreso. ¡Qué Dios se apiade de los 3 representantes del gobierno que tendrán que sentarse con 29 representantes de las FARC en esa comisión!

Desde un principio las FARC propusieron una asamblea constituyente para la aprobación de los acuerdos. El gobierno, en acto de inigualable firmeza, les negó la constituyente y les entregó media constitución. Los dirigentes de las FARC creen candorosamente que con eso del bloque de constitucionalidad quedan blindados los acuerdos. A lo mejor nadie les ha informado que si algo no se respeta en Colombia es la constitución. El País tiene el hábito de violar el principio de legalidad: si una ley no permite algo, pues la cambiamos; si la constitución lo prohíbe, pues la reformamos. La constitución del 91 se ha reformado 41 veces, incluido el acto legislativo para la paz, una reforma cada siete meses y medio. ¿Qué impide hacer una más?

Una vez pasada la euforia de la paz, es muy probable que los colombianos empiecen a leer los acuerdos con la mirada distinta: les dejaron la coca; les dieron control político territorial con las 16 circunscripciones electorales de uso exclusivo; les dieron rango constitucional a esos falansterios igualitaristas de las ZRC que pueden ampliar con el fondo de tierras; les van a legalizar las tierras ocupadas;  les otorgaron gabelas electorales inicuas;  les montaron un sistema judicial para dejarlos limpios de toda culpa y, de contera, perseguir a sus enemigos; pusieron el CONPES bajo su tutela, en fin,  les metieron los acuerdos en los planes de desarrollo de la nación, los departamentos y los municipios durante los próximo 10 años.

El gobierno, los negociadores de La Habana y casi todos los defensores del SI, parecen ser conscientes de que hay algo excesivo en lo concedido a las FARC. Repiten incansablemente que ese era el mejor acuerdo posible y nos invitan a tragarnos los sapos y votar SI. El problema es que como cualquier negocio, y estamos hablando de un negocio, de un quid pro quo, para que un acuerdo sea efectivamente “estable y duradero” es necesario que las partes sientan que están ganando.

Las FARC negociaron con un gobierno que en 27 meses será cosa el pasado. El gobierno está satisfecho con lo acordado y lo estará después de que todo esté consumado. Otra cosa es la opinión pública cuyo estado mental cambia con enorme facilidad, de momento en su mayoría solo quiere votar SI “pa ´que se acabe la vaina y después veremos”, pero que mañana puede pensar otra cosa. Otros actores empezarán a recelar de lo acordado: los gringos, cuando vean aumentar el área sembrada de coca; los movimientos políticos menores, cuando perciban la desventaja en las que los pone lo concedido a las FARC; los empresarios y terratenientes, cuando empiecen a ser llamados a responder ante la JEP; los alcaldes y gobernadores que resulten elegidos en las dos próximas elecciones, cuando encuentren que sus planes de desarrollo ya están parcialmente definidos. Son muchos los dirigentes políticos de los partidos promotores del SI que están tragando sapos de forma consciente esperando el momento  propicio para regurgitarlos.

Lesión enorme es el nombre de una figura jurídica a la que puede recurrir una de las partes para rescindir un contrato cuando considera que los términos acordados son abusivos o injustos. No es improbable que a medida que los actores mencionados y la opinión pública en general vayan asimilando las consecuencias de las concesiones otorgadas a las FARC, se vaya conformando un bloque político y social que busque rescindir ese contrato viciado de lesión enorme. El resultado de las elecciones de 2018 será definitivo para la “sostenibilidad y durabilidad” de los acuerdos. Si en las presidenciales y las legislativas se impone un bloque político de partidos y movimientos inconformes con los acuerdos – de los que votaron NO y también de muchos de los que votaron SI – podría conformarse en el Congreso una mayoría que apruebe lo necesario, incluida una nueva reforma constitucional, para modificarlos total o parcialmente. En ese evento, el gobierno y especialmente las FARC, ganando el plebiscito, podrían resultar perdiendo.  A lo mejor les convendría estar dispuestas a negociar tanto en el evento improbable de que gane el NO como en el casi seguro de que gane el SI. Para darle a las FARC la oportunidad de hacer los ajustes requeridos para que el acuerdo sea verdaderamente “sostenible y duradero” y no sea barrido por la reacción que se producirá cuando pase la fiesta de la paz y venga la resaca de la cuenta, voy a votar NO.



LGVA

Septiembre de 2016.