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sábado, 28 de julio de 2012

Pensamiento Económico - Lección II Pensamiento económico antiguo y medieval


Lección II**
Pensamiento económico antiguo y medieval

Luis Guillermo Vélez Alvarez
Departamento de Economía, Universidad EAFIT

I
En economía como en muchas otras cosas todo empieza con los filósofos griegos.  Naturalmente, éstos no hicieron economía en la forma en que hoy la entendemos ni hubo entre ellos economistas en el sentido moderno. Sin embargo, las reflexiones de algunos de ellos, especialmente, Platón y Aristóteles, van a tener gran incidencia en el desarrollo de la economía y, en general, del pensamiento social. Dentro de la “herencia” que nos legaron los filósofos griegos se destacan los siguientes aspectos:

·         El nombre de la disciplina a partir de una obra de Jenofonte, discípulo de Sócrates.

·         La concepción de lo económico como parte de la ciencia o la filosofía política.

·         La concepción del dinero como una convención social y como un objeto político.

·         El planteamiento del problema de los precios como un problema de justicia.

·         La concepción del interés como “producto del dinero” y la condena del interés.

·         Una visión negativa de la actividad mercantil.

II
Un discípulo de Sócrates, llamado Jenofonte, escribió lo que en occidente se considera como el primer tratado de economía; del cual,  por lo demás, se deriva el nombre de nuestra disciplina[1]Se trata de una obra escrita en forma de diálogo, género éste muy usado por los discípulos de Sócrates, probablemente para ser fieles a la técnica de enseñanza de su maestro denominada Mayéutica[2]. El diálogo empieza de la siguiente manera:

Un día escuché hablar a Sócrates en los siguientes términos sobre la economía: Dime Critóbulo, ¿se le da a la economía el nombre de ciencia como a la medicina, a la metalurgia y a la arquitectura?. – Yo lo creo, Sócrates. Se puede determinar el objeto de esas ciencias, ¿puede determinarse igualmente el objeto de la economía?.  – El objetivo de un buen ecónomo es gobernar bien su casa. ¿ Y la casa de otro, si se lo encargaran, podría gobernarla tan bien como la suya?. Un arquitecto puede trabajar tanto para otro como para sí mismo. Debe ocurrir lo mismo con el ecónomo. – Ese es mi parecer, Sócrates.  Entonces un hombre versado en la ciencia económica, que se encontrara sin bienes propios, podría entonces  administrar la casa de otro y recibir un salario como lo recibe el arquitecto que uno emplea?.  – Seguramente, e  incluso un salario considerable…”

 El Económico es el nombre de ese tratado en donde su autor se ocupa de cómo debe administrarse la casa del aristócrata, propiamente dicha, y la explotación agrícola de la que deriva lo fundamental de sus sustento. En efecto, el Oikós griego se refiere tanto a la casa o el hogar como a la explotación agrícola. La base de la economía griega era la agricultura desarrollada con trabajo esclavo. Un aristócrata griego, como Jenofonte, era antes que nada un terrateniente y propietario de esclavos. En su tratado distingue entre la administración propiamente dicha del hogar –  el manejo los esclavos domésticos, el almacenamiento y conservación de los bienes, la preparación de los banquetes, etc. – y las de supervisión del trabajo del campo y de las relaciones con el mercado. Las primeras debían estar a cargo de la mujer, ayudada por el intendente, y las segundas a cargo del hombre, asistido por un capataz[3].  Buena parte del tratado está dedicada a discutir sobre las virtudes de la esposa de uno de sus protagonistas, Isómaco, la cual aparece como la esposa ideal de un aristócrata griego. El Económico es pues una especie de manual para terratenientes esclavistas griegos sobre las buenas prácticas agrícolas, el manejo de los esclavos y la selección de una buena esposa[4].
Se suele también mencionar que Jenofonte anticipó las ideas de Smith sobre la división del trabajo en apoyo de lo cual se cita un texto extraído de su obra Ciropedia[5]. Dice así el texto en cuestión:

“Y que esto sea así no es de maravillar, porque bien así como todas las artes y oficios se obran y se labran mejor en las grandes ciudades, así también las viandas y manjares del rey son hechos y aparejados con más trabajo y artificio. En las ciudades pequeñas los mismos oficiales hacen la cama, la puerta, el arado, la mesa; y muchas veces labra la casa, y se alegra si hay algunos que le den obras de muchas maneras, que sean bastantes para mantenerse; pero no hay duda, sino que es imposible que los hombres que tienen muchos oficios puedan hacerlos todos bien. Y así en las grandes ciudades, porque muchos han menester de uno, basta un oficio a cada cual para mantenerse; y muchas veces no uno entero, sino que uno hace el calzado de hombres, y otro de mujeres; y aún en este mismo oficio hay uno que corta el calzado, y otro que lo cose, y cada cual dellos se mantiene. Y también hay uno que corta de vestir, y otro que no hace otra cosa que hacer sino aparejarlo. Que de necesidad el que entiende en una obra pequeña, es forzado que la haga muy bien.” (Jenofonte, Ciropedia, 8.2.4.)[6]
Ciertamente se encuentra ahí una idea sobre la división del trabajo, su impacto sobre la productividad laboral y su relación con el tamaño del mercado. No obstante esto no convierte a Jenofonte en el descubridor de la cuestión y mucho menos a Adam Smith en un vulgar plagiario. La Ciropedia es cualquier cosa menos un texto de economía, ni en el sentido de los griegos ni en el moderno. Es una biografía de Ciro el Grande, rey de los persas, bajo cuyo reinado el imperio de éstos alcanzó su mayor extensión. Para Jenofonte, Ciro es el prototipo del buen soberano. La cita en cuestión es del libro octavo, donde Jenofonte narra los últimos años de la vida de Ciro. En el capítulo 2 está dedicado a explicar la forma en que Ciro se hizo amar de sus subordinadnos compartiendo con ellos los manjares del banquete real: “…honraba a sus criados dándoles algo de lo de su mesa” – dice Jenofonte. Y es en medio de la descripción de esos manjares y de la pericia de los cocineros reales donde a Jenofonte se le ocurre hablar de la división de los oficios. Jenofonte tiene esa ocurrencia y al hacerlo se “tropieza”, por así decirlo, con una idea que será importante mucho tiempo después pero de la que él mismo no deriva ninguna consecuencia analítica. En efecto, después de ese extravío, Jenofonte regresa a la mesa: “Lo mismo acaece en las cosas de comer….”

 En la historia del pensamiento económico se mencionan los aportes de otros pensadores griegos. Murray Rothbard, por ejemplo, designa al poeta Hesíodo como el primer “economista” por haber planteado en Los trabajos y los días  un contraste entre el mito de la “Edad Dorada”, en donde los hombres vivían en la plenitud de la abundancia, y la realidad de penuria y escasez que rodea al hombre: “…los hombres nunca descansan, a causa del trabajo y las penas durante el día y del miedo a perecer durante la noche”- canta el poeta. Se refiere también a Demócrito quien habría hecho un contraste entre los valores morales, que son absolutos, y los valores económicos que son subjetivos: “La misma cosa puede ser buena y verdadera para todos los hombres, pero la placentero difiere de unos a otros”.  Y seguramente pueden encontrarse muchas otras ideas “económicas” esparcidas en la obras de los pensadores griegos. Pero es en las obras de Plantón y, especialmente, en las de su gran discípulo Aristóteles donde encontramos una reflexión relativamente sistemática y, sobre todo, con influencia duradera en el pensamiento occidental sobre cuestiones económicas fundamentales  como la propiedad, el intercambio, la moneda y el interés.

 II

Platón (428-347 a.c.) fue antes que nada un teórico social. A diferencia de su discípulo Aristóteles, quien se ocuparía de estudiar empíricamente los fenómenos del mundo físico como estudia también empíricamente los fenómenos del mundo social, Platón tiene por objeto exclusivo de su reflexión el mundo social y lo encara con un enfoque que los historiadores de la filosofía calificarán de idealista. El estudio más completo sobre el pensamiento social y político de Platón fue realizado por Karl Popper en su obra La sociedad abierta y sus enemigos[7].

 La obra de Platón es muy extensa. Se conservan 28 textos en forma de Diálogo y 13 en forma de Carta. También está la Apología de Sócrates que es la única de sus obras que tiene la forma de narración abierta. Aunque sus ideas políticas y sociales están presentes en casi todas sus obras; la presentación sistemática de las mismas se encuentra en tres de ellas, a saber: La República, Las Leyes y El Político. Como lo señala Popper[8], la problemática de la investigación platónica está regida por la siguiente pregunta formulada en Las Leyes:

¿Cuál es el arquetipo u origen de un estado?.
La palabra clave aquí es “arquetipo”. El diccionario de la RAE suministra la siguiente definición:

“Tipo soberano y eterno que sirve de ejemplar y modelo al entendimiento y a la voluntad de los hombres. Modelo original y primario de un arte u otras cosa”

Platón se interroga pues por la forma ideal del estado, el estado arquetípico, el estado perfecto. El estado perfecto es el estado que realiza el ideal de la justicia[9]. Hay que recordar que el título completo de la obra política fundamental de Platón es La República o de lo Justo.  Leamos un texto que es importante para reafirmar esta idea y que ilustra al mismo tiempo lo que será la orientación del proyecto filosófico de Platón[10] 
“Nuestro estado ya no era gobernado de acuerdo con la eticidad y la usanza de nuestros antepasados (…) lo que mandaban las leyes no era obedecido, y los usos y costumbres se corrompían. Y todo esto crecía de tal modo que yo, a pesar de que al principio ardía en celo por intervenir en los asuntos de la comunidad, al contemplar tal estado de cosas y viendo cómo todo andaba trastornado, terminé por ser presa del vértigo. Yo no dejé por ello de meditar desde lejos sobre un posible alivio de semejante situación y, sobre todo, sobre un posible mejoramiento de lo referente al Estado. Con todo, decidí esperar en adelante un momento propicio para actuar en política. Finalmente me di cuenta de que todos los estados existentes entonces estaban mal gobernados y que los males de la legislación de cada uno de ellos eran incurables sin unos preparativos extraordinarios, acompañados además de circunstancias felices. Entonces tuve que reconocer, en alabanza de la verdadera filosofía, que sólo mediante ella se podría averiguar dónde estaba la justicia en el Estado y en los individuos”[11].

El enfoque que adoptará Platón puede resumirse en los siguientes puntos:

1.    Existe un ideal objetivo de la justicia.

2.    Existe una forma de estado o de gobierno que permite la realización de la justicia.

3.    Esa forma ideal del estado no se encuentra situada en el tiempo y en el espacio; porque todo lo que está situado en el tiempo y en el espacio está sujeto al cambio.

4.    Todo los que está sujeto al cambio es imperfecto. Sólo la forma ideal perfecta no está sujeta al cambio.

5.    La forma ideal de estado es susceptible de ser descubierta por la razón.
Para comprender bien lo expuesto es importante acercarse a la teoría platónica de las formas o ideas. Leamos la presentación que de ella hace Popper:
“Las cosas sujetas a transformación, los objetos degenerados y decadentes constituyen – al igual que el estado – la descendencia, la progenie, por así decirlo, de los objetos perfectos. Y al igual que en el caso de los hijos, son verdaderas copias de sus progenitores originales. El padre o raíz original de un objeto cambiante es lo que Platón denomina su “Forma”, “Patrón” o “Idea”. (…) la Forma o Idea (…) no constituye una idea de nuestro pensamiento, ni un fantasma, ni un sueño, sino un objeto real. Es (…) más real que todas las cosas u objetos ordinarios sujetos a cambios, que pese a su aparente solidez, están condenados a perecer, pues la Forma o Idea es un objeto perfecto y, por tanto, imperecedero. No debe creerse que las Formas o Ideas se encuentran situadas, al igual que los objetos perecederos, en el espacio y el tiempo; por el contrario, se hallan fuera del espacio y también de tiempo porque son eternas. No obstante guardan contacto con el espacio y el tiempo, pues dado que son los progenitores o modelos de los objetos corrientes que se desarrollan y declinan en el espacio y en el tiempo, tienen que haber mantenido algún contacto con el espacio en el principio de los tiempos. Puesto que no se las encuentra en nuestro espacio y nuestro tiempo, no pueden ser percibidas por nuestros sentidos, a diferencia de los objetos ordinarios y mudables que actúan sobre nuestros sentidos y son denominados (…) objetos sensibles. Estos objetos sensibles, que son copias o vástagos de un mismo modelo original, no sólo se parecen al patrón común, es decir, la Forma o Idea, sino que también se asemejan entre sí, al igual que los hijos de una misma familia…”[12]  
Si las Formas o Ideas no están en el tiempo y en el espacio y no pueden ser por tanto percibidas por los sentidos, ¿cómo podemos entonces llegar a conocerlas?. En el Timeo, Platón nos da la respuesta:
“…la Forma inalterable que no ha sido creada y es indestructible, invisible e imperceptible para los sentidos (…) sólo puede ser contemplada mediante el pensamiento puro”[13].

Surge de ahí con toda claridad la tarea del filósofo político: descubrir mediante el ejercicio de la razón la Forma o la Idea del estado, el Estado Ideal, del cual los estados existentes sólo son copias decadentes e imperfectas. Por eso entonces, en La República, Sócrates le propondrá a Adimanto, su interlocutor:
“Comencemos, pues, a construir desde sus bases un Estado con palabras y con la razón”[14]

Y así, Platón va haciendo surgir a medida que avanza el diálogo el Estado Ideal[15].  Puntualicemos, antes de seguir, lo que ya debe resultar evidente. Como el filósofo es el único que puede conocer la naturaleza y el funcionamiento del Estado Perfecto,  es natural que el gobierno del estado esté a su cargo. No tiene sentido plantear siguiera la idea de un gobierno democrático. ¿Sobre qué base habrían de elegir los no-filósofos?[16].
Las consideraciones sobre lo económico van apareciendo a medida que  Sócrates en su diálogo con sus interlocutores va imaginando el estado perfecto, las clases que lo conforman y  sus relaciones, la estructura de poder, la relación con otros estados, etc.

Veamos, por ejemplo, la forma en que aparece el comercio:
“Ahora bien, establecer ese Estado en un lugar que no sean necesarias importaciones es casi imposible. - Imposible, en efecto. - Necesitarán, pues, todavía personas que traigan desde otros estados cuanto sea preciso.  - (…) Necesitamos pues comerciantes.
En el interior del estado ¿cómo cambiarán entre sí los géneros que cada cual produzca?. Pues este ha sido, precisamente, el fin con el que hemos establecido una comunidad y un estado.- Está claro  que comprado y vendiendo. - Luego esto nos traerá consigo un mercado y una moneda como signo que facilite el cambio. - Naturalmente.- Y si el campesino que lleva al mercado alguno de sus productos, o cualquier otro de los artesanos, no llega al mismo tiempo que los que necesitan comerciar con él, ¿habrá de permanecer inactivo en el mercado desatendiendo su labor? - En modo alguno  pues hay quienes dándose cuenta de esto, se dedican a prestar ese servicio. En los estados bien organizados suelen ser, por lo regular, las personas de constitución menos vigora e imposibilitadas, por tanto, para desempeñar cualquier otro oficio. Estos tienen que permanecer allí en la plaza y entregar dinero por mercancías a quienes desean vender algo y mercancías, en cambio, por dinero a cuantos quieren comprar.- He aquí pues la necesidad que da origen a la aparición de mercaderes en nuestro estado” 
A medida que el estado se hace más grande y sobrepasa los límites de la comunidad tribal y su crecimiento hace que sea posible que entre en conflicto con estados vecinos;  se hace necesaria la aparición de una clase que garantice el orden interno y la defensa del estado contra la agresión de los vecinos.  Aparecen los guardianes. De quienes Sócrates dirá:

“…tendrá que ser filósofo, fogoso, veloz y fuerte por naturaleza quien haya de desempeñar a la perfección su cargo de guardián de nuestro estado…”
Esta es la clase más importante del estado, la aristocracia. Tendrán que ser filósofos, es decir, sabios; tendrán que estar libres de pasiones y discordias para poder ser justos. Por ello entre los guardianes

“la propiedad de las mujeres, los niños y toda clase de efectos será común (…) Vivirán en común, asistiendo a comidas colectivas como si estuviesen en campaña. Por lo que toca al oro y a la plata, se les dirá que ya han puesto los dioses en sus almas, y para siempre, divinas porciones de esos metales y, por tanto, para nada necesitan los terrestres, ni es lícito que contaminen el don recibido aliando con la posesión del oro de la tierra, que tantos crímenes ha provocado en forma de moneda corriente, el oro puro que en ellos hay. Serán pues ellos los únicos ciudadanos a quienes no esté permitido manejar el oro ni la plata, ni entrar bajo el techo que cubra estos metales ni llevarlos sobre sí ni beber en recipiente fabricado con ellos. Si así proceden se salvarán ellos y salvarán al estado, pero si adquieren tierras propias, casas y dinero, se convertirán de guardianes en administradores y labriegos y de amigos de sus conciudadanos en odiosos déspotas”[17].
“….no se permitirá a ningún ciudadano poseer la más pequeña cantidad de oro o plata, a no ser tan sólo la moneda necesaria para los intercambios cotidianos, aquellos que uno se ve casi obligado a hacer con los artesanos y con todos aquellos de quien tiene necesidad, como es el pagar los salarios de servicios análogos a estos a los mercenarios, esclavos o extranjeros.  Con este fin, decimos nosotros, los ciudadanos han de tener una moneda que sea válida para ellos, pero que carezca de valor en los demás estados.”[18] 
La importancia de Platón en el pensamiento social occidental es haber dado origen a las visiones constructivistas de la sociedad de acuerdo con las cuales es posible identificar racionalmente el “bien común”  y organizar también racionalmente la sociedad para alcanzarlo. Karl Popper he denominado esta corriente  “Ingeniería Social Utópica” en oposición a la “Ingeniería Social Gradual”[19].

III
Al igual que su maestro Platón, Aristóteles (384 – 322) se ocupará de las cuestiones económicas en el marco de su reflexión sobre la sociedad política. Sin embargo, su enfoque difiere del de su maestro puesto que,  en lugar de establecer como aquel un modelo ideal de comunidad política, tratará de examinar de manera empírica[20] y pragmática los atributos de las comunidades políticas existentes así como los de las ideadas por los teóricos. En Libro II de la Política este enfoque se enuncia expresamente:
“Ya que nos proponemos considerar, acerca de la comunidad política, cuál es la más firme de todas para quienes se encuentran capacitados  para vivir según su deseo en la mayor medida posible, hay que examinar primero las formas de gobierno ajenas, tanto las que usan algunas ciudades que tiene reputación de buen gobierno, como aquellas otras descritas por algunos teóricos y que parecen estar bien; a fin de descubrir lo que haya en ellas de correcto y útil…”[21]

Ahora bien, para Aristóteles  la ciudad-estado es la forma ideal de comunidad política[22]
“La ciudad es la comunidad, procedente de varias aldeas, perfecta, ya que posee, para decirlo de una vez, la conclusión de la autosuficiencia total, y que tiene su origen en la urgencia del vivir, pero subsiste para el vivir bien. Así que toda ciudad existe por naturaleza”[23].

Sin embargo, a diferencia de su maestro, Aristóteles piensa que la ciudad puede ser bien gobernada bajo distintos regímenes políticos. La clasificación que él hace de los regímenes políticos se convertirá, por así decirlo, en la “clasificación canónica” que adoptará toda la filosofía política posterior. Conviene recordarla:
“Puesto que régimen político y órgano de gobierno significan lo mismo, y órgano de gobierno es la parte soberana de las ciudades, necesariamente será soberano o un solo individuo o unos pocos o la mayoría; y cuando es uno o la minoría o la mayoría gobiernan atendiendo al bien común, esos regímenes serán por necesidad rectos; y todos los que atienden al interés particular del individuo o de la minoría o de la mayoría, desviaciones. (…) De los gobiernos unipersonales solemos llamar monarquía al que vela por el bien común; al gobierno de pocos (…) aristocracia (bien porque gobiernan los mejores – áristoi- o bien porque lo hacen atendiendo a lo mejor – áriston- para la ciudad (…) y cuando la mayoría gobierna mirando el bien común, recibe el nombre común a todos los regímenes políticos: república o politeía (…) Desviaciones de los citados son: la tiranía, de la monarquía; la oligarquía, de la aristocracia y democracia de la república…”[24] 

Dejemos de lado la discusión sobre la noción de bien común. Baste con decir que tanto para Platón como para Aristóteles ese es el objetivo de la comunidad política y que ambos pensaban que era algo que podía se dilucidado racionalmente. Ahora bien, como ha quedado dicho, la ciudad-estado es la forma ideal de la comunidad política que puede adoptar diversas formas de gobierno o regímenes políticos. Por ello su análisis de las instituciones económicas y sociales y de la conducta humana se hará considerando su conveniencia para la preservación de la ciudad-estado y de las formas de gobierno rectas, es decir, las orientadas hacia el bien común. Es buena toda institución o conducta humana que contribuya a la preservación de la ciudad estado y del régimen de gobierno recto; es malo todo aquello que atente contra esa preservación. Una de las principales fuentes de conflicto en la ciudad-estado es la riqueza y también la pobreza excesivas[25].  
Aunque muchos hombre tienen “una actividad productiva por sí misma y no se procuraran el sustento mediante el cambio y el comercio”[26], la mayoría de ellos, cuando viven en la ciudad, deben practicar el intercambio que es “una especie de arte adquisitivo que por naturaleza es parte de la administración doméstica” y que permite que la adquisición de “aquellas cosas cuya provisión es indispensable para la vida y útil a la comunidad de la ciudad y de la casa”. Esas cosas constituyen la riqueza que entonces  “la suma de instrumentos al servicio de la casa o de la ciudad” [27]. Y en tanto que instrumentos no carecen de un término ni en número ni en tamaño. Es decir, que su provisión debe hacerse en una cantidad suficiente más no ilimitada.    

 Habiendo establecido esa definición de riqueza, Aristóteles encara el problema que plantea la existencia de “otro tipo de arte adquisitivo, al que se le suele llamar generalmente, y es apropiado llamarlo así, crematística, por el cual parece que no existe límite alguno a la riqueza ni a la propiedad”[28]. ¿De dónde surge esa crematística?

Resumamos, en sus propias palabras el razonamiento de Aristóteles, que se convertirá, hasta hoy, en modelo clásico para describir el surgimiento del dinero: 
“El cambio puede aplicarse a todo, partiendo, en un comienzo, de un hecho natural: el de que los hombres poseen, unos más y otros menos de las cosas necesarias (…) Entonces los objetos útiles se truecan por otros útiles, pero nada más (…) Sin embargo, a partir de éste se desarrolló el otro cambio por un proceso lógico. Al aumentar la ayuda del exterior en la importación de lo que se carecía y al exportar lo que les sobraba, se introdujo por necesidad el uso de la moneda (…) Así que para los cambios los hombres acordaron entre sí dar y tomar algo que siendo por sí mismo uno de los productos útiles, fuera de uso fácilmente manejable en la vida corriente (…) Una vez que se hubo inventado la moneda a causa de los intercambios indispensables surgió la otra forma de crematística: el comercio de compra venta”[29]

En La Gran Moral se encuentra otra forma de explicar la aparición de la moneda que conviene citar pues en ella es más explícita la idea aristotélica de la moneda como creación legal:

“Pero el arquitecto daba a su obra un mayor valor que el zapatero, y era difícil que el zapatero pudiera cambiar su obra con la del arquitecto, puesto que no podía hacerse a una casa en lugar del calzado. Entonces se imaginó un medio de hacer todas estas cosas vendibles, y se resolvió, en nombre de la ley, que sirviera de intermediario en todas las ventas y compras posibles cierta cantidad de dinero, que se llamó moneda, en griego numisma, del carácter legal que tiene, y para que, entregándose en todos los tratos los unos a los otros una cantidad en relación con el precio de cada objeto, se pudiese hacer toda clase de cambio y mantener por este medio el vínculo de la asociación política”[30].
Esquematicemos un poco el planteamiento de Aristóteles:

En primer lugar está el truque. El producto a se cambia por el producto b.

Los inconvenientes del trueque llevan a la aparición de la moneda. Surge el intercambio monetario o crematística necesaria: el producto a se cambia por dinero y éste se cambia luego por el producto b

Finalmente, aparece la crematística propiamente dicha o comercio de compraventa. Con dinero se compran productos, éstos se venden por una cantidad de dinero mayor, que se utiliza en comprar mercancías que se venderán por una cantidad mayor de dinero, que…..


Esa es pues la crematística: “…ese otro arte del comercio consistente en producir dinero (…) mediante el cambio (…) esta riqueza sí que carece de límites…”. .
Pero si la crematística aparece como antinatural su forma más desarrollada, el préstamo a interés, resulta detestable:

“Y con la mejor razón es aborrecida la usura, ya que la ganancia, en ella, procede del mismo dinero, y no de aquello por lo que se inventó el dinero; que se hizo para el cambio; en cambio, en la usura, el interés, por sí sólo, produce más. Por eso ha recibido ese nombre (gr. Tókos) porque lo engendrado (tiktómena) es de la misma naturaleza que sus engendradores, y el interés resulta como hijo del dinero. De forma que de todos los negocios éste es el más anti-natural”[31]
La condena de la usura y el rechazo al comercio, en el contexto de una idea de ciudad-estado estática no carece de sentido. Sin embargo, por fuera de ese contexto se trata de errores analíticos que tendrán notable incidencia en el desarrollo del pensamiento económico posterior.
Con frecuencia los grandes pensadores se destacan más que por sus contribuciones positivas, por los obstáculos que sus ideas y sus errores ponen el desarrollo de la ciencia. Aristóteles legó a la posteridad tres ideas erróneas, ya superadas por el análisis económico, pero que aún subsisten entre los prejuicios económicos más arraigados:
  1. La idea de que es posible distinguir entre los bienes necesarios y los bienes superfluos y que es conveniente que la sociedad se oriente a la producción de los primeros y deseche la producción de los segundos. Los partidarios de esta idea se encuentran en todas las épocas y países: hippies, ambientalistas, ascetas, comunistas, etc. Basta con imaginar una regresión en el tiempo para comprender que lo necesario de hoy fue lo superfluo  en algún momento del pasado y que se siguiéramos esa lógica la humanidad no estaría integrada por más de unos miles de cavernícolas cazando y recolectando frutos.  Las necesidades del cuerpo son limitadas, no así las de la imaginación y la fantasía – dejó escrito Adam Smith. Imaginar, crear, inventar y transformar su entorno es el rasgo distintivo de la especia humana.
  2. Una visión antipática  del comercio que aún hoy se expresa en los lugares comunes sobre los “intermediarios” que elevan los precios; los “acaparadores” que hacen escasear artificialmente los productos; los “especuladores” que se lucran de la escasez y otra serie de prejuicios del mismo jaez. Naturalmente, Aristóteles no entendió el problema de la formación los precios al consumidor, y creyó, como cree la mayoría de la gente, que estos resultan de la agregación de costos y márgenes en las diferentes etapas de su producción y comercialización. Los economistas entienden que esa “agregación” de márgenes y costos es posible hasta el nivel donde un precio determinado por otras circunstancias lo permite.
  3. Finalmente, en regulaciones como la tasa máxima de usura, la antipatía de los periodistas frente a los intermediaros financieros y los reclamos frecuentes al control gubernamental de su actividad resuena el eco de la condena aristotélica a la usura. El Estagirita no entendió que quien presta una suma de dinero traslada al prestatario un poder de compra sobre un consumo presente a cambio de un poder de compra sobre consumo futuro. No entendió que la naturaleza humana pareciera estar hecha de tal forma que la mayoría de los hombres prefieren un bien presente a la promesa de un bien futuro y que es de esta disposición sicológica fundamental de donde se deriva el cobro de intereses aún en préstamos totalmente libres de riesgos, con una moneda completamente estable en su valor y sin costo de oportunidad para el prestamista
IV
Seguramente bajo los imperios romano y bizantino se desarrolló mucha “economía práctica” fundamentalmente en el campo de los impuestos y la administración pública. Sin embargo, es poco o nada lo que en esa época se aportó al desarrollo de la economía teórica. Al contrario, en la Edad Media se producirán interesantes avances en los campos de las teorías del interés, del valor del dinero y de los precios. Examinaremos al respecto las contribuciones de Santo Tomás de Aquino (1225- 1274), Nicolás Oresme (1323-1383) y Luis de Molina (1535 – 1601).

Santo Tomás de Aquino es la figura intelectual más importante de la Edad Media. Su gran obra es la Suma Teológica donde al tratar de cuestiones como la justicia se ve obligado a abordar asuntos económicos. Su obra es una síntesis de la tradición cristiana y la filosofía aristotélica. Frente al tema de interés el Aquinate mantendrá  la posición de Aristóteles añadiendo nuevos argumentos a la condena de la usura. Señaló que el cobro de intereses alteraba el valor de la moneda – su poder de compra – lo cual era contrario a la naturaleza pues el valor de la moneda es el fijado por la ley.  Indicó también que como el dinero es “consumido” en el intercambio su uso equivale a su propiedad, de ahí que cobrar al cobrar intereses se esté haciendo un doble cobro. Pero además de estos argumentos más bien disparatados, Santo Tomás aportó uno que no obstante llevar a la condena del interés revela una acertada intuición de la naturaleza de este fenómeno:

“…dado que los usureros aumentan o disminuyen el interés que demandan según que el préstamo sea acordado por un período más o menos largo, el interés que ellos reciben es pagado por el tiempo. Ahora bien, dado que el tiempo es un bien que Dios dio en común a todos los hombres; los usureros no tienen derecho a poner un precio a algo que pertenece a todos los hombres…”[32]
A pesar de la condena general al interés, Tomas de Aquino adoptó los argumentos que lo hacen admisible en ciertos casos: el “lucrum cessans”, el lucro cesante o costo de oportunidad para el prestamista; y el “damnum emergens”, el daño emergente o el asociado al riesgo de incumplimiento. Como usualmente en todos los préstamos concurren estas dos circunstancias, la Iglesia y los teólogos podían convivir con el interés a pesar de la condena canónica.

 Otro aporte que merece destacarse es el de Nicolás Oresme, obispo de Lisieux, considerado como el intelectual y científico más notables de siglo XIV. Su obra económica fundamental se titula Tratado sobre el Origen, naturaleza, derecho y cambios de las monedas, escrita en 1356. Oresme escribe en una época en la cual predomina la circulación de monedas de oro y planta acuñadas por los múltiples principados en que se divide Europa. Por ese entonces sólo Francia e Inglaterra son estados nacionales relativamente bien consolidados. Siempre necesitados de dinero, los principados han descubierto un medio de aumentar sus ingresos: reducir subrepticia o abiertamente el contenido de oro y plata de las monedas con la esperanza, a la larga fallida, de que el poder adquisitivo se mantenga inalterado.  El mercado reacciona y el valor interno y externo de las monedas se reduce: los precios aumentan dentro del principado y el tipo de cambio se devalúa. Pero en el lapso que media entre el ajuste de los precios a el aumento en la cantidad de dinero – pues con una misma cantidad de oro o plata se acuñan muchas más – los príncipes han aumentado su riqueza por medio del impuesto inflacionario que afecta especialmente a los más pobres cuyos ingresos se elevan más lentamente. Esta es la problemática que Oresme tiene en mente cuando escribe su tratado.

 Después de explicar el origen de la moneda (para superar los inconvenientes de trueque), la materia de que está hecha (oro y plata por sus propiedades naturales) y el desarrollo de la acuñación; Oresme se pregunta sobre quién debe fabricar la moneda:

“…como el príncipe es la persona pública por excelencia, y de mayor autoridad, es conveniente que él mismo, por la comunidad, haga fabricar la moneda y sellarla con una impresión adecuada”[33]

Pero aunque el príncipe tenga el poder de fabricar la moneda, esta no le pertenece:

 “Aunque el príncipe tenga el poder de sellar la moneda por  la utilidad común, sin embargo él mismo no es dueño o propietario de la moneda de su principado. La moneda es instrumento equivalente para permutar riquezas naturales (…) Así pues, en sí misma es posesión de aquellos a quienes pertenecen las riquezas de ese tipo. (…) Así pues, la moneda no es sólo de príncipe”[34]

 Y como la moneda no es del príncipe, la práctica de alterar el valor de la moneda reduciendo su contenido de oro o plata en una forma de adquirir dinero ajeno:

 “…podría el príncipe adquirir para sí dinero ajeno (…) recibiría monedas de buen peso y entregaría monedas de peso mutilado por el tiempo”[35]

 “Todo cambio de moneda (…) implica falsedad y decepción, y no puede corresponder al príncipe (…) en tanto que el príncipe obtiene lucro de ello, es forzoso que la comunidad misma sufra daño. Y todo lo que el príncipe hace en daño de la comunidad es injusticia y acción tiránica (…) Y si tal príncipe dijera, tal como suelen mentir los tiranos, que él convierte tal lucro en utilidad públicas, no se le puede conceder crédito, ya que por esa misma razón él podría privarme de mis ropas y decir que tiene necesidad de ellas por el bien público” [36]

 La alteración de contenido de metal noble de las monedas o el cambio de moneda, como la llama Oresme, es para éste más condenable que la misma usura. Veamos un párrafo que revela al mismo tiempo que Oresme tenía una comprensión bastante clara del problema del interés:

 “Sobre la usura lo que es cierto es que es mala, detestable e inicua (…) pero ahora queda por demostrar que obtener ganancia del cambio de moneda es aún peor que la usura. Pues el usurero entrega su dinero a quien lo recibe voluntariamente y después puede ayudarse con ella y socorrer a su necesidad, y lo que da al otro más allá de lo que le ha tocado en suerte es por contrato voluntario entre partes, pero el príncipe en su cambio indebido de moneda recibe simplemente el dinero de sus súbditos de manera involuntaria, porque prohíbe el curso de la moneda anterior, mejor, y que todos preferirían tener a la mala; luego, más allá de necesidad y utilidad que de ello pueda derivarse a los súbditos, les entrega a estos un dinero menos bueno”[37]

 Queda por examinar la llamada doctrina del justo precio característica del pensamiento económico de la escolástica medieval. Prácticamente todos los doctores escolásticos entendieron que la compra-venta, es decir, la actividad del comerciante, que tanto perturbara a Aristóteles, era un aspecto inevitable de la economía. Su esfuerzo se va a centrar en establecer las condiciones bajos las cuales el intercambio monetario está ajustado a la justicia. El problema del precio está en el centro de la discusión de la llamada justicia conmutativa. Es en la obra de Luis de Molina, escolástico español que escribe bajo el reinado de Felipe II, donde se encuentra una de las presentaciones más acabadas de la teoría escolástica del justo precio.

 “Debe observarse, en primer lugar, que el precio se considera justo o injusto no en base a la naturaleza de las cosas consideradas en sí mismas – lo que llevaría a valorarlas por su nobleza o perfección – sino en cuanto sirven a la utilidad humana; pues en esta medida las estiman los hombres y tienen un precio en el comercio y en los intercambios (…) Debemos observar, en segundo lugar, que el precio justo de las cosas tampoco se fija atendiendo sólo a las mismas cosas en cuanto son de utilidad al hombre, como sí, caeteris paribus, fuera la naturaleza y necesidad del empleo que se les da lo que de forma absoluta determinase la cuantía del precio; sino que esa cuantía depende, principalmente, de la mayor o menor estima es que los hombres desea tenerlas en uso. Así se explica que el precio justo de la perla, que sólo sirve para adornar, sea mayor que el precio justo de una gran cantidad de grano, vino, carne, pan o caballos, a pesar de que el uso de estas cosas, por su misma naturaleza, sea más conveniente y superior al de la perla. Por eso podemos afirmar que el precio justo de la perla depende de que los hombres quisieron estimarla en ese valor como objeto de adorno. Por eso, también, el precio justo del azor es para el cazador mayor que el precio de otros bienes que le superan en utilidad. (…) Estos hechos y otros semejantes se deben exclusivamente a la estimación por la que los hombres, en sitios y lugares diferentes, quisieron apreciar en más una cosa que otra; y no parece que deban condenarse los intercambios que los hombres realizan de acuerdo con la estimación común de las cosas en sus respectivas regiones (…) En resumen, el precio justo de las cosas depende, principalmente, de la estimación común de los hombres en cada región; y cuando en alguna región o lugar se suele vender un bien, de forma general, por un determinado precio, sin que en ello exista fraude, monopolio no otras astucias o trampas, ese precio debe tenerse por medida y regla para juzgar el precios justo de dicho bien en esa región o lugar, siempre y cuando no cambien las circunstancias con las que el precio justificadamente fluctúa al alza o a la baja (…) Debe observarse, en tercer lugar, que son muchas las circunstancias que hacen fluctuar el precio de las cosas al alza o a la baja. Así, por ejemplo, la escasez de los bienes, debido a la mala cosecha o causas semejantes, hace subir el precio justo. La abundancia, sin embargo, lo hace descender. El número de compradores que concurren al mercado, en unas épocas mayor que en otras, y su mayor deseo de comprar, lo hacen también subir. (…) De igual forma, la falta de dinero en un lugar determinado hace que el precio de los demás bienes descienda, y la abundancia de dinero hace que el precio suba”[38]

 De esta cita se desprenden varias conclusiones:
  •  El origen del valor económico está en la utilidad, no en una utilidad absoluta, sino en la utilidad subjetiva. Con esto se supera la paradoja de la utilidad que planteará Adam Smith.
  •  Los bienes útiles tienen un valor económico si son escasos: la abundancia o escasez de los bienes y su utilidad determinan su valor económico.
  •  Los precios de mercado se forman como resultado de la interacción de los diferentes agentes que da como resultado el surgimiento de una estimación común en una región. Ese es el precio de mercado o precio justo.
LGVA.
Julio de 2012





**Este es el primero de los textos de mis lecciones de Pensamiento Económico en la Universidad EAFIT.

[1] Oikonomikós: Oikós: casa, propiedad, conjunto de bienes de los que se dispone. Nómos: regla, norma. De donde resulta: el arte de administrar los bienes de la casa, la administración doméstica. Es decir que el término griego no significa economía en el sentido que le damos en la actualidad, ni en los albores de la disciplina. Por ello, cuando la economía empieza a surgir, los primeros autores se vieron obligados a añadirle el calificativo de “política” indicando de esta manera se trataba de una reflexión sobre la “Polis” o la sociedad política.
[2] Sócrates no escribió nada. Impartía su enseñanza dialogando con sus discípulos. Interrogándolos, criticando sus respuestas, develando las contradicciones, haciendo avanzar el discurso hasta encontrar respuestas coherentes. Esa técnica es conocida como la Mayéutica. Sus discípulos – Jenofonte, Euclides, Antístenes y, sobre todo, Platón – escribieron diálogos en los que reproducen y desarrollan las enseñanzas de su maestro. Aristóteles, el gran discípulo de Platón, abandonó el diálogo como forma de expresión científico-literaria.
[3] El capataz y el intendente eran también esclavos.  Los esclavos podían desempeñar y desempeñaban toda clase de oficios, excepto la política que estaba reservada a los ciudadanos libres. Era esclavo Eumeo, el hombre de confianza de Ulises, que le administró sus bienes durante su larga ausencia. La historia menciona a Pasiono,  esclavo que dirigiera el mayor banco de Atenas en el siglo IV a.c. También fue esclavo el filósofo Epícteto. En la herencia de Demóstenes había 32 esclavos forjadores de espadas, que producían 300 dracmas al año, y otros 20  fabricantes de muebles,  que producían 1200 dracmas.
[4] Este diálogo ha llamado también la atención  de quienes se  interesan en la historia de la condición social de la mujer, después de que el filósofo francés Michael Foucault le consagra un capítulo, titulado “La casa de Isómaco”, en su Historia de la Sexualidad. Las opiniones sobre Jenofonte están divididas entre las feministas: unas piensan que era un misógino repulsivo y otras que era un feminista avanzado.  
[5] También se le ha dado el título de “La educación de Ciro” y de “Historia del Ciro el Grande”. Prefiero este último porque en realidad se trata de una biografía de Ciro II llamado el Grande, hijo de Cambises, quien fue rey del imperio persa entre 559 y 530 a.c. época en la cual este imperio alcanzó su mayor extensión.
[6] Jenofonte. Ciropedia. Traducción de Diego Gracián. Biblioteca de Historia. Editorial Orbis, Barcelona, 1986. Página 249.
[7] Karl Popper (1902-1994). Filósofo austríaco reconocido por sus contribuciones a la filosofía de las ciencias y también a la filosofía política, con la obra mencionada. En el campo de la filosofía de las ciencias su obra fundamental es La lógica de la Investigación Científica. Volveremos a hablar de él cuando tratemos de la obra de Marx y el problema del historicismo.
[8] Popper, K. (1945). La sociedad abierta y sus enemigos. Editorial Paidós, Barcelona, España, 1958. Tomo I, pagina 51.  
[9] El ideal de la justicia como objetivo de la sociedad política se mantiene hasta el presente en la filosofía política contemporánea. Veamos lo que dice John Rawls: “La justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento. Una teoría, por muy atractiva, elocuente y concisa que sea, tiene que ser rechazada o revisada sin no es verdadera; de igual modo, no importa que las leyes e instituciones estén ordenadas y sean eficientes: si son injustas deben ser reformadas o abolidas”. Rawls, J. (1971). Teoría de la justicia. Fondo de Cultura Económica, México, 1997. Página 17.
[10] Platón era un aristócrata. En su juventud le tocará presenciar la destrucción de la democracia ateniense como consecuencia de la derrota de Atenas frente a Esparta en la Guerra del Peloponeso. El gobierno democrático es sustituido por un gobierno de aristócratas, la clase a la que pertenece Platón, a cuya cabeza están sus tíos Critias, protagonista de uno de sus diálogos, y Carrnides. Platón mismo tendrá una participación.  Este gobierno, que la historia reconocerá como el de Los Treinta Tiranos impondrá un régimen de terror, violencia y corrupción. Platón se separa horrorizado. Cae, Critias, la democracia se restaura y Platón abriga nuevas esperanzas: “Me sentí de nuevo presa del deseo de mezclarme en los asuntos del estado”. Pero el nuevo gobierno ordena la ejecución de Sócrates, su maestro. Platón se aparta de la política activa, abandona Atenas, pues su propia vida corría peligro, y se consagra a la reflexión filosófica sobre la política. No obstante, volverá a participar en la política activa, como asesor de Dionisio el Viejo, tirano de Siracusa. Sus andanzas en la corte de Dionisio están narradas novelísticamente en la obra El Tirano  Valerio Massimo Manfredi. 
[11] Platón. Carta VII. Citado por Cruz Vélez, Danilo. El mito del rey filósofo. Planeta. Bogotá, 1989. Página 27-28. 
[12] Popper, Op. Cit. Página 39 – 40.  
[13] Platón. Timeo.  
[14] Platón. La República. Libro II.
[15] Platón inaugura así toda una tendencia del pensamiento occidental la de los que creen en la existencia de una sociedad ideal justa a cuya construcción deben orientarse todos esfuerzos de la humanidad. El socialismo, el comunismo, el fascismo, el nazismo y todas las formas de totalitarismo  tienen su origen en la idea platónica del estado perfecto.
[16] Se abre aquí también un tema de discusión en la ciencia política como es el de la posibilidad de definir racionalmente objetivos a la acción del estado.
[17] Platón. La República.
[18] Plantón. Las Leyes.  
[19] Popper. Op. Cit. Capítulo 3, IV y Capítulo 9.  
[20] Se dice que Aristóteles y sus alumnos reunieron las constituciones de más de 50 ciudades estados y las sometieron a escrutinio crítico. De estos trabajos sólo se conserva la Constitución de los Atenienses.
[21] Aristóteles. La política. Libro II. Alianza Editorial, Madrid, 1991. Página 67.
[22] Los griegos conocieron otras formas de organización política como el imperio de los persas, al que se enfrentaron  y  cuya organización estudiaron algunos de ellos, como Jenofonte.  Aristóteles conoció también el imperio de Alejandro Magno, quien fuera su discípulo, y vio cómo éste ponía término al régimen de ciudades estado prevaleciente entre los griegos.
[23] Aristóteles. La política. Libro II. Alianza Editorial, Madrid, 1991. Página 43.  
[24] Aristóteles. La política. Libro III, capítulo VII. Alianza Editorial, Madrid, 1991. Página120.
[25] “Cuando estos bienes son demasiado abundantes, corrompen a los hombres por su exceso, y, así, la riqueza excesiva hace a los hombres desdeñosos y duros, y los demás bienes de este orden – poder, honores, belleza y fuerza – no corrompen menos que la riqueza Aristóteles. La Gran Moral. Capítulo 5. Cuestiones diversas. 
[26] Aristóteles. La Política. Libro I, capítulo VIII.  Alianza Editorial, Madrid, 1991. Página 54.  
[27] Aristóteles. La Política. Libro I, capítulo VIII.  Alianza Editorial, Madrid, 1991. Página 55.  
[28] Aristóteles. La Política. Libro I, capítulo VIII.  Alianza Editorial, Madrid, 1991. Página 55.
[29] Aristóteles. La Política. Libro I, capítulo VIII.  Alianza Editorial, Madrid, 1991. Páginas 56 – 57.
[30] Aristóteles. La Gran Moral. Capítulo 31. De la Justicia.
[31] Aristóteles. La Política. Libro I, capítulo VIII.  Alianza Editorial, Madrid, 1991. Páginas 60.
[32] Santo Tomás de Aquino. Citado por Bohm-Bawerk. 
[33] Oresme. Tratado de la primera invención de las monedas. Ediciones Orbis, Barcelona, 1985. Página 59.  
[34] Oresme. Tratado de la primera invención de las monedas. Ediciones Orbis, Barcelona, 1985. Página 59.
[35] Oresme. Tratado de la primera invención de las monedas. Ediciones Orbis, Barcelona, 1985. Página 80. 
[36] Oresme. Tratado de la primera invención de las monedas. Ediciones Orbis, Barcelona, 1985. Páginas 90-91.
[37] Oresme. Tratado de la primera invención de las monedas. Ediciones Orbis, Barcelona, 1985. Páginas 90-91.
[38] Luis de Molina. La teoría del justo precio. Edición de Francisco G Camacho. Editora Nacional. Madrid, 1981. Páginas 167 – 169.

lunes, 16 de julio de 2012

Las consecuencias económicas de Chávez y los desatinos de la democracia


Las consecuencias económica de Chávez y los desatinos de la democracia

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista, Docente Universidad EAFIT

I
Entre 2000 y 2010 Venezuela tuvo el peor desempeño económico en América Latina. El producto por habitante creció a una tasa anual promedio de 1.3%; por debajo de la media del continente, 1.9%. En Colombia alcanzó 2.5%.  Estas diferencias pequeñas, por el poder del interés compuesto, se traducen en el largo plazo en grandes diferencias en los niveles de vida. Manteniendo esas tasas, Colombia duplicará el PIB per cápita en 28 años; América Latina en 37 y Venezuela en 54. Algo más, en 2000 el PIB per cápita de Colombia equivalía al 59% del de Venezuela; en 2010 al 66%.

Gráfico 1


También registró Venezuela la más elevada tasa de inflación del continente y una de las mayores tasas de desempleo. Su índice de malestar económico o índice de Okun – la suma simple de la tasa de inflación y la tasa de desempleo - supera los 34 puntos, el más elevado de América Latina.

Tabla 1

A pesar de haber recibido entre 2006 y 2010 US$ 305.105 millones por exportaciones de petróleo, el gobierno de Chávez logró la hazaña de multiplicar por 11 la deuda pública interna y de duplicar la externa. En ese mismo período las salidas de capital reportadas oficialmente superan los US$ 10.000 millones. Todo mundo quiere salir del bolívar: el tipo de cambio de mercado duplica la cotización oficial. Después de las elecciones la devaluación será inevitable.

Gráfica 2
Tabla 2

También ha logrado desmantelar la industria cuya participación en el PIB ha bajado de 21%, en 2000, a 16% en 2010. Incluso puede reclamar el logro increíble de haber llevado la producción de petróleo de 3.250.000 barriles diarios, en 2006, a 2.854.000 en 2010.

II
Y sin embargo, Chávez ganará de cualquier forma - sin descartar el fraude ni el derramamiento de sangre - las elecciones del 7 de octubre. Ganará porque tiene un apoyo popular masivo. Los ingentes recursos petroleros le han permitido montar un colosal sistema de prebendas, dádivas y regalos para comprar el apoyo de la masa popular: las Misiones Bolivarianas o las Misiones de Cristo[1]. Esto, que muchos denominan política social, ha permitido que en Venezuela la población pobre pase de 49% a 28%. El precio pagado ha sido la creación de una masa rentista que sólo aspira a obtener una mayor porción de la renta petrolera. Pero esto no es nuevo. Los gobiernos de Carlos Andrés Pérez, Herrera Campins y Jaime Lusinchi desplegaron también una masiva política asistencialista durante la bonanza de precios de los años 70 y 80. Repartiendo dinero a espuertas y endeudando prodigiosamente el país lograron también drásticas reducciones en los niveles de pobreza.  En 1990, según el XII Censo de Población y Vivienda, el 38,5% de la población era pobre y el 16,3% estaba en condiciones de pobreza extrema[2]; por ese entonces los mejores indicadores de América Latina.

Gráfica 3

La caída del precio del petróleo derrumbó esos indicadores llevándolos al nivel en que los encontró Chávez; quién también encontró una increíble bonanza de precios y pudo reiniciar la piñata asistencialista.  El candidato Capriles Radonski, conocedor de la mentalidad de sus compatriotas, ha prometido mantener la misiones chavistas.  A la democracia venezolana no la derrocó Chávez sino la caída del precio del petróleo y la incapacidad de sus dirigentes de usar la riqueza petrolera para crear una economía sostenible basada en el desarrollo de las capacidades de la población.

Tabla 3

Ya en los años 90 el  intelectual venezolano Arturo Uslar Pietri hablaba del desperdicio de US$ 300.000 millones de dólares de ingresos petroleros equivalentes a 15 veces el Plan Marshall. El problema de la dependencia de la economía venezolana del petróleo y de la creación de una sociedad rentista fue la obsesión que lo acompañó durante toda su vida. Todo mundo conoce en Venezuela, al menos el título de un artículo escrito por Uslar Pietri en 1936: “Sembrar Petróleo”; en el que clamaba por un empleo productivo en el desarrollo de la agricultura y la industria de los ingresos petroleros que desde principios del siglo XX beneficiaban al país. Se lee lo siguiente:

“Urge aprovechar la riqueza transitoria de la actual economía destructiva para crear las bases sanas y amplias y coordinadas de esa futura economía progresiva que será nuestra verdadera acta de independencia. Es menester sacar la mayor renta de las minas para invertirla totalmente en ayudas, facilidades y estímulos a la agricultura, la cría y las industrias nacionales. Que en lugar de ser el petróleo una maldición que haya de convertirnos en un pueblo parásito e inútil, sea la afortunada coyuntura que permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora del pueblo venezolano en condiciones excepcionales”[3].

En 1990, en un artículo titulado “Los Venezolanos y el petróleo”, Uslar Pietri escribió:

“¿Hasta cuándo podrá durar este festín? Hasta que dure el auge de la explotación petrolera. El día en que ella disminuya o decaiga, si continuamos en las condiciones actuales, habrá sonado para Venezuela el momento de una de las más pavorosas catástrofes económicas y sociales”[4].
Los ingresos del petróleo se derrumbaron, vino el “Caracazo”, el fallido golpe de estado de Chávez, el gobierno endeble de Caldera y la elección de Chávez en 1999. Uslar Pietri murió en 2001, todavía lúcido para darse cuenta de cómo se cumplían sus predicciones.

III
Karl Popper pensaba que el mérito de la democracia era permitir a la sociedad deshacerse de los malos gobernantes sin derramamiento de sangre. Seguramente los acontecimientos de Venezuela y de otros países de América Latina lo habrían llevado a revisar ese concepto. La democracia puede ser también el medio de perpetuar los peores gobernantes, especialmente cuando están apoyados en un gigantesco aparato de propaganda y gasto desenfrenado disfrazado de “política social”. Pero esto no es una “latinoamericanada” más. Los encopetados y cultos países europeos también padecieron - y al parecer no están libres de volver a padecer - esos procesos mediante los cuales por procedimientos democráticos se amparan del poder las peores dictaduras. Según Hannah Arent, inclinarse por dictadores delirantes sería un rasgo de las sociedades modernas:

 “La sociedad se muestra siempre inclinada a aceptar inmediatamente a una persona por lo que pretende ser, de tal forma que un chiflado que se haga pasar por genio tiene unas ciertas probabilidades de ser creído. En la sociedad moderna, con su característica falta de discernimiento, esta tendencia ha sido reforzada de manera que cualquiera que no sólo posea opiniones, sino que las presente en un tono de convicción inconmovible, no perderá fácilmente su prestigio aunque hayan sido muchas las veces en que se ha demostrado que estaba equivocado”[5]

LGVA
Julio de 2012.



[1] La estrategia de las misiones fue adoptada en 2003. Desde entonces se han lanzado unas 30 con diversos nombres y en diversas áreas.
[2] Mauricio Phelan (2006). La Pobreza en Venezuela http://fegs.msinfo.info/fegs/archivos/pdf/POB.PDF. Página 7.

[3] El artículo fue publicado el 14 de julio de 1936 como editorial del diario Ahora.

[5] Arendt, Hannah. (1967). Los orígenes del totalitarismo. Taurus, México, 2004. Página 386.

domingo, 8 de julio de 2012

La oferta de servicios religiosos en Colombia y la política pública.


La oferta de servicios religiosos en Colombia y la política pública.

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista, Docente Universidad EAFIT

“…donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18,20)

I

Hace dos o tres meses en un recorrido por las calles de Necoclí, pueblo del Urabá Antioqueño, conté nueve sedes de sectas religiosas. Hay en el pueblo unas dos o tres iglesias católicas. En total: 10 confesiones o tendencias religiosas.  Una oferta amplia y diversificada de servicios de socorro y ministerio espiritual para los 14.000 habitantes del casco urbano. Algo similar ocurre en todo el País.

Hace tres o cuatro décadas la situación era distinta. La Iglesia Católica Romana, arropada en un concordato vigente desde finales del siglo XIX, monopolizaba el mercado de servicios espirituales. Se sabía de la existencia de algunos judíos de los que usualmente se suponía eran personas adineradas. Las otras vertientes cristianas, que se agrupaban todas bajo el nombre genérico de “los protestantes”, eran escasas en número y practicantes; sus pastores, usualmente jóvenes “gringos” encorbatados y en mangas de camisa repartían de casa en casa sus revistas – Atalaya, era una de ellas – y regalaban profusamente ejemplares del Nuevo Testamento de formato pequeño y pastas azules. De los protestantes se decía, en los años 50 y 60, que dentro de sus casas estaban todo el tiempo desnudos. Hay un cuadro del Maestro Fernando Botero, La Familia Protestante,  en cuya interpretación se han devanado los sesos los más encopetados críticos de arte. El cuadro muestra a los miembros de una familia todos desnudos confortablemente sentados en el  sofá de la sala. ¿Por qué están desnudos?. Simplemente, porque son protestantes y en sus casas los protestantes viven en pelota. Botero conocía bien ese mito urbano.

La Constitución de 1991, en su artículo 19 que consagró la libertad de cultos, puso fin al monopolio legal de la Iglesia Católica Romana. La ley 133 de 1994 desarrolló el precepto constitucional, señalando, en particular que: “Ninguna Iglesia o Confesión religiosa es ni será oficial o estatal. Sin embargo, el Estado no es ateo, agnóstico, o indiferente ante los sentimientos religiosos de los colombianos”[1]. A todas las confesiones o tendencias religiosas que lo soliciten se les reconocería personería jurídica.

Desde de entonces el número de confesiones religiosas ha crecido de forma exponencial: eran 15, en 1995, llegan a 2535, en 2010, según el Registro Público de Entidades Religiosas del Ministerio de Justicia. Un TACC de 40%. De continuar con este ritmo, en 15 años más tendríamos unas 400.000 religiones.


De los holandeses - cuya patria fue, en los siglos XVII y XVIII, el refugio de todos disidentes religiosos de Europa - se decía que bastaba con tres o cuatro de ellos para formar dos sectas religiosas.  Esta otra enfermedad holandesa se ha extendido a todos los países.  Existen  miles de sectas en el mundo y se dice que cada día aparecen 3 ó 4 más[2]. En 2010 se registraron diariamente 2,3 nuevas asociaciones religiosas en Colombia. Seguramente la exégesis de los textos religiosos, sujetos a múltiples interpretaciones, es suficiente para explicar la proliferación de sectas y variantes de todas las grandes religiones. También deben ayudar a esa proliferación los beneficios fiscales que en toda parte se otorgan a las iglesias.
En Colombia, de acuerdo con el artículo 23 del estatuto tributario,  no son contribuyentes del impuesto sobre la renta y complementarios, entre otros, los movimientos asociaciones y congregaciones religiosas, que sean entidades sin ánimo de lucro. Sus pagos no están sujetos a retención en la fuente y sus servicios están exentos del IVA. Las donaciones que reciben son deducibles de los impuestos a cargo de los donantes. Un gran número de docentes de las instituciones religiosas que prestan servicios educativos son pagados con recursos públicos[3]. También están libres de las contribuciones locales y sus inmuebles están exentos del impuesto predial. Este beneficio debe ser un incentivo muy poderoso en los pequeños municipios en donde es usual que los lugares de culto sean  los mismos inmuebles de habitación de los pastores y líderes espirituales. En Medellín se presenta un llamativo caso de integración horizontal: un centro de oración dominical durante la semana sirve de parqueadero público y de expendio de alimentos y bebidas.

II
Los economistas apreciamos desde siempre los beneficios de la competencia y ésta usualmente es mayor mientras mayor sea el número de oferentes. Adam Smith creía que la diversidad  de las creencias aumentaba la competencia entre los proveedores de los servicios espirituales conduciendo a un mejor servicio y a mayores niveles de religiosidad y más altas tasas de participación en las actividades del culto. Las iglesias dominantes en el mercado, pensaba Smith, terminan por perder su capacidad competitiva:

“…los predicadores de las nuevas religiones siempre han gozado de una ventaja muy grande cuando han atacado los sistemas antiguos y ya consolidados, pues el clero de estas confesiones, reposando en las ventajas adquiridas, olvidó conservar el fervor de la fe y de la devoción en la gran masa del pueblo; entregado a la indolencia ya no era capaz de un esfuerzo vigoroso  ni siquiera para afirmar las bases de su existencia. El clero de una religión establecida y bien dotada llega a componerse de hombres doctos y agradables, que poseen todas las virtudes de la gente de mundo, o aquellas dotes capaces de conquistarles la estimación de esa clase de gente; pero poco a poco van perdiendo aquellas cualidades, buenas o malas, que les conferían autoridad e influencia sobre las clases bajas del pueblo y fueron la causa principal del éxito y consolidación de su doctrina. Un clero de esta especie, cuando se ve atacado por una secta compuesta de gentes entusiastas y audaces, por estúpidas e ignorantes que sean, se siente completamente indefenso (…) en tales circunstancias no encuentra otro expediente que recurrir a la autoridad civil para que persiga, destruya o destierre a sus adversarios como enemigos de la paz pública”[4]

El gran Hume al parecer pensaba que los servicios religiosos eran un bien público y que el poder civil debía asignar un estipendio fijo a los directores espirituales de todas las obediencias para evitar los efectos nocivos de la competencia en el caso de que, como otras profesiones liberales, tuvieran que basar su sustento en “la liberalidad de las personas que siguen sus doctrinas y encuentran beneficio y consuelo en el socorro y ministerio espiritual que aquéllos les prestan”. Creía Hume que “cada uno de estos predicadores inspirados, para ganar prestigio  y santidad a la vista de los creyentes, les inculcará la repugnancia más violenta contra todas las demás sectas, y procurará también excitar con cualquier novedad la languideciente devoción de su auditorio. En las doctrinas que inculquen no habrá respeto para la moral, la decencia o la verdad. Las opiniones que adopten serán aquellas que mejor se acomoden a los desordenados apetitos de la naturaleza humana. Cada conventículo atraerá nuevos clientes, de acuerdo con la habilidad y actividad se sus expositores para apelar a las pasiones y la credulidad del populacho”[5]

Smith se aparta de Hume en este punto. Para él, siempre que el poder político se abstenga de apoyar una o unas pocas sectas mayoritarias, el celo de los predicadores por atraerse a los creyentes “se convierte en innocuo cuando la sociedad se halla dividida en doscientas, trescientas o aún millares de sectas pequeñas, ninguna de las cuales tiene la fuerza necesaria para perturbar la tranquilidad pública”[6].  En cuanto a los efectos de la prédica sobre la instrucción y la moralidad del pueblo, Smith, como buen representante de la Ilustración, confiaba en la educación y la ciencia. “La ciencia es el gran antídoto contra el veneno del fanatismo y de la superstición, y allí donde las clases superiores del pueblo se hallen protegidas contra esos males, las personas de inferior categoría corren menos riesgos de padecerlos”[7]. Estamos lejos de los presupuestos de Hume y de Smith.

El ecumenismo está muy extendido al menos en occidente y entre las vertientes del cristianismo. En lugar de combatirse las unas a las otras, las sectas se agrupan y conforman gremios para defender sus intereses y obtener beneficios de los estados. Aplicando la sabia regla de que “si no puedes vencer a tu enemigo, únetele” la Iglesia Católica Romana de Colombia es miembro de  la Federación Colombiana de Iglesias y Confesiones Cristianas que agrupa 100 sectas y de cuya junta directiva hacen parte dos obispos católicos. A fin de cuentas, el mercado es grande y el clero católico abastece más del 80% de la demanda[8].  

Las clases superiores de la que habla Smith no parecen estar muy cercanas de la ciencia y la filosofía y se muestran poco proclives a combatir la superstición y el fanatismo religiosos. Las propuestas y el accionar políticos están determinados en gran medida por los prejuicios y caprichos populares tal como se expresan en la encuestas de opinión. En todas partes las creencias religiosas permean el discurso político y se ha convertido casi en delito de opinión desestimar una creencia religiosa no importa lo estúpida que pueda ser. Son cada vez más escasos los dirigentes políticos que no busquen presentarse ante sus electores como intérpretes de la  palabra de Dios.

III
No es del caso discutir sobre el fundamento de la demanda de servicios religiosos. Ésta existe y da lugar a una oferta crecientemente diversificada.  El punto es saber cuál debe ser la política pública en relación con esta clase de servicios: ¿deben se subsidiados y gozar de las exenciones tributarias totales que tiene en Colombia?

La respuesta de la economía en este punto es clara desde Smith y está ratificada en los principios de la buena y vieja economía del bienestar: impuesto pigouvianos para corregir externalidades negativas; subsidios pigouvianos para propiciar las externalidades positivas[9]. La actividad de las sectas religiosas debe tener, para mucha gente, externalidades negativas, pero no es usual que alguien se atreva a señalarlas y menos aún a tratar de cuantificarlas[10]. Hablemos sólo de las positivas.

Hace algunos años Robert Barro y Rachel McCleary publicaron un trabajo titulado “Religion and Economic Growth”[11]. El resultado de la investigación, basada en datos de 59 países, es bien divertido. Encontraron que el crecimiento económico responde positivamente a la extensión de las creencias religiosas – especialmente, la creencia en el infierno y el cielo – y negativamente a la concurrencia a las iglesias. En otras palabras, está bien creer pero asistir mucho a la iglesia para producir bienes espirituales parece tener un costo de oportunidad en la producción de bienes materiales. Ahora bien, el problema es que parece que a mayor pluralidad religiosa, es decir, a  mayor proliferación de sectas, es mayor la tasa de concurrencia a las ceremonias religiosas, como pensaba Smith[12].

La información de Colombia considerada en el estudio corresponde a la época en que la Iglesia Católica Romana era aún la religión oficial y muy escasas las sectas que le disputaban el mercado. El índice de pluralidad religiosa, que es igual a 1 menos el valor normalizado del Herfindahl-Hirschman, estaba en 0.05. Hoy debe estar en 0.32,  si se asume que la Iglesia de Católica Romana mantiene un 80% del mercado y sus competidores en conjunto el porcentaje restante.  

IV
La pluralidad religiosa no parece  beneficiar el crecimiento económico. La evidencia sugiere que puede afectarlo negativamente. Puede mejorar el bienestar espiritual de las personas. En cualquier caso, de acuerdo con la teoría de la elección racional religiosa, esa pluralidad tiende a aumentar por sí misma como ha venido ocurriendo desde Lutero.  No hay razón alguna para que el estado la interfiera ni tampoco para que la estimule. Por esa razón los incentivos fiscales que fomentan la pluralidad religiosa son innecesarios, no parecen producir beneficio alguno  y son costosos. Su costo fiscal está creciendo de forma exponencial. Sin mucha esperanza de que sean acogidas, se proponen las siguientes medidas:

1.      Hacer que todas las instituciones religiosas registradas sean responsables del impuesto de renta y complementarios a una tasa reducida del 15% de sus ingresos gravables.

2.      Eliminar la exención del impuesto predial que parece ser la más perniciosa por dar lugar a prácticas oportunistas que afectan las finanzas de los municipios pequeños.

Es probable que este par de medidas disminuyan la proliferación de sectas de suerte que las nuevas que aparezcan estén fundamentadas, realmente, en la diversidad de las preferencias religiosas de las personas y no en lo que parece ser una gigantesca defraudación fiscal montada en nombre de Dios.

LGVA
Julio 2012.



[1] Ley 133 de 1994, artículo 2.
[2] Existen dos interpretaciones sociológicas del fenómeno de la proliferación de sectas. Está, de una parte, la teoría de la elección racional  (Rational Choice Theory) de Stark, Bainbridge, Finke, Iannaccone, etc.  de acuerdo con la cual la proliferación de sectas expresa la vitalidad de los sentimientos religiosos y responde a la diversidad de preferencias de los seres humanos en esa materia. Por su parte, la teoría de la secularización, que arranca con Weber y Comte, quienes predijeron el fin de la religión en un mundo cada vez más racional, ve en la proliferación de sectas una expresión de la decadencia de los sentimientos religiosos. Personalmente tengo la impresión de que la evidencia empírica milita a favor de la RCT.
[3] Este es el caso de las instituciones católicas. Ignoro si este beneficio se otorga igualmente a instituciones educativas de otras creencias.
[4] Smith, Adam. La riqueza de las naciones. Fondo de Cultura Económica, México, 1979. Página 693.

[5] Citado por Smith. La riqueza de las naciones. Fondo de Cultura Económica, México, 1979. Página 697. 

[6] Ídem, página 697.

[7] Ídem, página 700.

[8] Cualquiera sea la distribución del resto de la cuota entre los demás participantes, el mercado de servicios religiosos en Colombia tendría un índice HH superior a 6.000 lo que lo convierte en un oligopolio altamente concentrado.  Las agremiaciones y asociaciones lo convierten en un oligopolio acartelado.
[9] La esencia del denominado “Teorema de Coase” es llamar la atención sobre la ambigüedad  en que se incurre al calificar como negativa o positiva una externalidad. ¿Negativa o positiva para quién? Lo usual es aceptar – cuando los derechos de propiedad no están bien definidos y la negociación es impracticable – la calificación que  le da a una externalidad la opinión dominante.

[10] La interrupción del tráfico por las  procesiones de Semana Santa; los altavoces de los "Cristianos" en lugares públicos o las visitas de puerta en puerta de Testigos de Jehová o los  Mormones, por mencionar algunas, son actividades que causan agravio a muchas personas. Deben ser muy grandes los costos sociales de la enseñanza de principios religiosos contrarios a la ciencia y a la comprensión del funcionamiento de la sociedad política.

[11] Barro y McMacleary (2003). Religion and Economic Growth. NBER.  Working Paper 9682

[12]“…. the religious pluralism indicator (…) has a significantly positive coefficient in the system for monthly church attendance. This pattern accords with the religion-market model’s argument that greater diversity of
religion would encourage competition among religion providers and lead, thereby, to better service and higher rates of attendance” Barro y McMacleary (2003). Página 21.

sábado, 7 de julio de 2012

El sector eléctrico y la competitividad de la economía


El sector eléctrico y la competitividad de la economía

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista, Docente Universidad EAFIT

La capacidad instalada del sector eléctrico es de 14.420 MW, de los cuales 68% son hidráulicos y el 32% térmicos. El sistema cuenta con 21 embalses con una capacidad útil de 15.180 Gwh, equivalente al 27% de la demanda comercial anual, la cual bordea los 58.600 Gwh y muestra un crecimiento anual promedio superior al 3%. La demanda máxima de potencia es de 9.250 MW. Las pérdidas representan un 12% de la demanda comercial. El sector residencial el 44% del consumo, el industrial el 32%, el comercio el 17% y 7% el gobierno y otros sectores. El Sistema Interconectado Nacional cuenta con 24.400 kilómetros de líneas. Con Venezuela hay una interconexión de 205 MW para importación y 336 MW para exportación; con Ecuador se tienen 250 MW para importación y 500 MW para exportación. Se avanza en la construcción de la interconexión con Panamá que tendrá una capacidad de 300 MW. En 2011 se exportaron 1.294 Gwh por un valor de US $ 92 millones. Desde 2003 se han exportado US $ 871 millones. 

Existen 41 generadores activos, 69 comercializadores, 29 distribuidores y 9  transportadores. Hay 4.468 usuarios no-regulados, 4.741 fronteras de usuarios regulados y  409 fronteras de alumbrado público. Aunque el número de agentes registrados es elevado, la realidad es que en el sector se presenta cierto grado de concentración y se evidencia la conformación de grupos empresariales con presencia en todas las actividades de la cadena y, en algunos casos, en otros campos de los servicios públicos domiciliarios e inversiones en el exterior.
En 1992, como consecuencia de un fenómeno de El Niño extremamente agudo, se presentó un racionamiento de 14 meses de duración. Este fue el catalizador de las reformas de los años 90 plasmadas en las leyes 142 y 143, desde entonces vigentes con modificaciones menores. Desde entonces El Niño se ha presentado dos veces sin que en el País se haya apagado un bombillo. Tampoco consiguieron interrumpir el suministro de forma perceptible los múltiples atentados terroristas contra la infraestructura eléctrica de los años noventa y primeros del presente siglo. Continuidad y confiabilidad del suministro: ese es principal aporte del sector eléctrico a la competitividad de la economía.  La garantía de que esto continúe, además del control del orden público, es estabilidad y consistencia de una regulación que ha dado confianza a los inversionistas nacionales y extranjeros. Los problemas de orden público que están afectando el avance de proyectos tan importantes como Porce IV y El Quimbo merecen mayor atención por parte del Gobierno Nacional.

El segundo aspecto del efecto sobre la competitividad tiene que ver con el precio de la electricidad para el consumo industrial. Recientemente el gobierno eliminó el sobre-precio de 20% a los consumos de la industria. A pesar de este alivio, algunos industriales insisten en que las tarifas eléctricas son todavía demasiado elevadas frente a las de otros países con los cuales se enfrenta competencia directa. Esta es una cuestión fundamental que debe ser encarada por todos los agentes involucrados – gobierno nacional, regulador, empresas eléctricas e industriales - mediante estudios rigurosos que tengan en cuenta las características del sector eléctrico colombiano y el de los países con los cuales se compara. En particular no son pertinentes las comparaciones con países donde la electricidad es subsidiada, como Venezuela o Argentina. También es preciso examinar de forma desagregada la estructura de costos y de cargos de todos los componentes de la cadena eléctrica.

LGVA
Julio de 2012.