¿Quo vadis, Centro Democrático?
Luis Guillermo Vélez Álvarez
Sara Berrío.
El viernes 31 de julio, en Medellín, el Centro Democrático celebró una
jornada de reflexión, unidad y doctrina. Tres ponentes –entre quienes me conté–
expusimos atisbos de lo que el Partido debe ser y representar. No hubo
divergencias de fondo: el mismo espíritu recorrió las intervenciones. Unidad en
torno a principios claros, doctrina liberal y visión de futuro. No se trató de
un ejercicio retórico, sino de un llamado a mirarnos por dentro y responder,
sin evasivas, la pregunta que desde hace siglos interroga a quienes se hallan
en una encrucijada: ¿quo vadis?
La expresión, atribuida a la tradición cristiana, evoca el momento en que
Pedro, huyendo de Roma, se encuentra con Cristo y le pregunta: “Señor, ¿adónde
vas?”. La respuesta lo obliga a regresar y afrontar su destino. No es mera
anécdota piadosa. Es la metáfora perfecta de todo movimiento político que, tras
años de combate, corre el riesgo de disiparse en confusiones tácticas o en el
cansancio de la batalla. El Centro Democrático no puede permitirse caminar sin
rumbo. Su destino no es diluirse en el centrismo acomodaticio ni en el
populismo autoritario que, con otro ropaje, comparte con la izquierda la
desconfianza hacia el mercado y la libertad individual.
Desde la economía política liberal, la doctrina del partido es
inequívoca. El crecimiento no se decreta ni se planea desde un escritorio
burocrático; se desata liberando a las personas y a las empresas de las
ataduras tributarias y regulatorias que impone el Estado. La seguridad no es un
bien secundario: es la condición de posibilidad de la libertad. Sin monopolio
legítimo de la fuerza y sin respeto a los derechos de propiedad, el intercambio
voluntario se convierte en ficción y la sociedad se entrega a la rapacidad de
quienes viven del despojo. El orden que surge de la seguridad y de la libertad
económica no son entelequias separadas. Son las dos caras de la misma moneda.
La jornada del 31 de julio recordó que el liderazgo político no se agota
en la captura del poder. Como lo subrayó el expresidente Uribe, se trata de
ejercer autoridad legitimada en soluciones, no de acumular poder por el poder
mismo. Los principios del partido –seguridad democrática, libertad económica,
Estado limitado y austero– no son comodines de campaña. Son el ancla atemporal
e impersonal que permite diseñar el futuro sin quedar prisioneros del pasado.
De ahí salen con claridad las propuestas programáticas centradas en la
provisión de bienes públicos y en el suministro de bienes meritorios a quienes
no pueden alcanzarlos por sus propios medios.
La conclusión es clara. El Centro Democrático debe avanzar sin complejos
ni claudicaciones doctrinarias. Su camino no es el del centrismo diluido ni el
del intervencionismo disfrazado de pragmatismo. Es el de la defensa coherente
de la propiedad, el intercambio libre y la responsabilidad personal. Quo vadis,
Centro Democrático? Hacia la restauración del orden que hace posible la
libertad. Cualquier otro destino sería traición a su propia razón de ser.

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