El lumpen en el poder
Luis
Guillermo Vélez Álvarez
Economista
El lumpen es un
grupo social que atenta, sin ningún tipo de principios, contra la seguridad de
los individuos y las colectividades, bajo un ánimo rapaz y delincuencial. No es
una clase económica, ni un estrato social, ni una profesión determinada. Es una
forma de conducta: la disposición permanente a vivir del despojo, la
intimidación, el engaño, la extorsión o la captura de rentas ajenas.
Es falso que el
lumpen esté integrado solamente por delincuentes de baja condición. Hay
lúmpenes en todas las clases sociales y en todos los oficios y actividades
económicas. Hay lúmpenes pobres, ricos y de clase media. Los hay abogados,
médicos, periodistas, maestros, artesanos, obreros, banqueros, comerciantes,
curas, economistas y políticos. Lo que los define no es su posición social,
sino su relación con la propiedad, la libertad y la vida de los demás.
Normalmente, los
lúmpenes se expresan, gremial y políticamente, como parte del sector social o
laboral al que pertenecen. Mientras estén atomizados pueden hacer daño, pero no
llegan a ser una amenaza existencial para una sociedad basada en los derechos de
propiedad individuales y su intercambio libre y voluntario. El ladrón aislado
roba; el extorsionista aislado intimida; el burócrata corrupto desvía recursos;
el agitador destruye. Todos deben ser contenidos por el gobierno, que
finalmente se instituye para que su existencia no perturbe en demasía el curso
de la vida económica de la sociedad en un ambiente de libertad de mercado.
Pero la sociedad
libre está en riesgo extremo cuando los lúmpenes de todas las procedencias
superan sus demás diferencias y se conforman como fuerza política y social. Y
la tragedia sobreviene cuando los lúmpenes se hacen al poder. Entonces la
rapacidad deja de presentarse como delito y empieza a presentarse como causa
moral. Ya no se roba: se redistribuye. Ya no se intimida: se defiende al
pueblo. Ya no se destruye: se transforma. Ya no se ataca la propiedad: se
corrigen desigualdades.
Poco a poco, para
garantizar la supervivencia individual, la rapacidad se extiende a la mayoría
de la sociedad. La ética del quid pro quo, del reconocimiento mutuo de los
derechos de propiedad, se torna ruinosa. El ciudadano descubre que cumplir la
ley no lo protege, que producir riqueza lo convierte en sospechoso, que
disentir lo expone y que no pertenecer a la facción dominante lo deja en
inferioridad frente a quienes sí pertenecen.
Ahora bien, la
rapacidad como conducta económica dominante entraña una contradicción: para que
los rapaces puedan ser exitosos debe haber una economía próspera que pueda ser
pillada. Sin embargo, el pillaje destruye poco a poco la economía de la que
viven los rapaces. Los extorsionistas no pueden subsistir sin extorsionados. El
político clientelista no puede repartir subsidios si antes nadie produjo la
riqueza que los financia. El burócrata rapaz no puede saquear un presupuesto
que ya no se recauda.
Pero esto es algo
que toma tiempo y mientras haya qué robar el lumpen robará, pues si no lo hago
yo lo hará otro. Esa es la lógica interna de toda depredación colectiva. Nadie
cuida el capital común porque todos sospechan que otro lo saqueará primero. Así
desaparece la confianza, que es el cemento invisible de la cooperación social.
La lección es
simple. Cuando la rapacidad está dispersa, la sociedad puede combatirla con
instituciones. Cuando se organiza, debe combatirla con política. Cuando llega
al gobierno, solo puede contenerla con contrapesos, legalidad y coraje civil.
Lo que está en juego no es una diferencia ordinaria entre programas de
gobierno. Es la preservación de una sociedad fundada en la propiedad
individual, el intercambio libre, la responsabilidad personal, la igualdad ante
la ley y la limitación del poder.
El lumpen no
siempre llega con cuchillo. A veces llega con decreto. No siempre invade una
finca. A veces invade una institución. No siempre roba en la noche. A veces
expropia al mediodía, con lenguaje técnico, aplauso militante y apariencia de
justicia social.
LGVA
Abril de 2026

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