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sábado, 31 de julio de 2021

Pensando en Colombia: un libro importante

 

Pensando en Colombia: un libro importante

 

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

 

En el siglo XX, tanto la población como el producto por habitante, se multiplicaron por más de 10 y, en el último medio siglo, la pobreza multidimensional se redujo en más de cincuenta puntos porcentuales, al pasar de 70%, en 1973, a 17% en 2020. En ese mismo lapso, la clase media se duplicó y la oferta de bienes y servicios al alcance de los colombianos se diversificó y amplió considerablemente, con un coeficiente Gini de consumo de 36.

El desarrollo económico colombiano se ha dado en el marco de una democracia imperfecta y con un grado de libertad económica aún insuficiente. En efecto, Colombia ocupa un puesto intermedio en el Índice de Democracia de The Economist, 46 entre 167 países, lo que la califica como Democracia Imperfecta. En el Índice de Libertad Económica de la Fundación Heritage ocupa el puesto 49 entre 178 países y en el del Instituto Fraser, el 92 entre 162

Pensando en Colombia es el título del libro - prologado por Salud Hernández y editado por Camilo George – donde una treintena de autores, en más de 150 artículos, defienden y critican a la vez las instituciones de nuestra democracia liberal y nuestra economía de mercado, que al mismo tiempo han posibilitado nuestro desarrollo y puesto límites a su celeridad.



Desde hace varias décadas, la democracia liberal y la economía de mercado han estado bajo ataque en América Latina. La novedad del ataque actual radica en el respaldo que ha tenido entre los ciudadanos, quienes, en una elección tras otra y en todos los países de la Región, han votado masivamente por los que les ofrecen la supresión cierta de la libertad a cambio de una ilusoria promesa de igualdad.

La defensa de la libertad suele ser difícil pues, como cínicamente lo dijera Napoleón, por ser necesaria a una categoría reducida de hombres, la libertad puede limitarse impunemente, mientras que la igualdad agrada a la multitud. No debe olvidarse que los italianos votaron a Mussolini y los alemanes a Hitler y que en las naciones supuestamente más cultas y civilizadas la gente continúa votando por enemigos declarados de la libertad. De ahí la necesidad de explicar, argumentar, documentar en su defensa y eso es lo que se hace, desde diversos ángulos, en este importante libro.

Rodrigo Pombo asume sin complejos la defensa desde una perspectiva histórica:

“La verdad es que Colombia se la jugó por el Estado de derecho, las virtudes republicanas y una democracia liberal, imperfecta pero comparativamente sólida y ejemplar. De suyo, Colombia se la jugó por un sistema económico capitalista”.

María José Bernal, defensora incansable del libre mercado en Colombia, encuentra que su principal deficiencia es la normativa laboral y sin reato alguno lanza propuestas sacrílegas:

“…necesitamos reducir costos y regulaciones tanto de contratación como de despido de los empleados (…) tenemos que promover la contratación por horas y retomar sin miedo el tema de un salario mínimo diferencial por regiones”   

Frente al discurso tradicional que es incapaz de ver nada más allá del asistencialismo y las “ayudas” del gobierno, Maria Clara Escobar reclama:

“…políticas efectivas (…) basadas en la apertura económica, el crecimiento y la competitividad (…) para que los empresarios lideren la recuperación”

Por su parte, después de poner en evidencia que:

 “…el modelo económico de la economía de mercado, con sus imperfecciones en Colombia, ha producido inmensa prosperidad en las últimas décadas”

Camilo Guzmán se pregunta:

“¿Por qué entonces el discurso anti-iniciativa privada tiene tanta fuerza?”

Y encuentra la repuesta en la ofensiva ideológica y cultural de los enemigos del mercado. Hay que responder con decisión y sin complejos a esa ofensiva, sin dudar en ningún momento de la superioridad moral y funcional de los valores e instituciones de la economía de mercado y la democracia liberal.

Pensando en Colombia es un libro importante, pertinente y oportuno. Empresarios, políticos liberales, jóvenes estudiantes y trabajadores formales e informales encontrarán allí abundante pertrecho conceptual para participar en la necesaria e inevitable batalla por la libertad en el terreno de las ideas.

LGVA

Julio de 2021.

 


miércoles, 21 de julio de 2021

Libertank y el retorno del liberalismo

 

Libertank y el retorno del liberalismo

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Los valores fundamentales del liberalismo clásico - la libertad como valor supremo, la responsabilidad individual y el gobierno limitado- son tan obvios y sencillos que resulta sorprendente que caigan en el olvido y que sea necesario recordarlos periódicamente y limpiar los establos de Augias de leyes y decretos donde han sido sepultados.

El olvido del liberalismo clásico no se produjo de un momento a otro, ni la renuncia a sus valores fundantes se hizo de forma consciente y deliberada. De hecho, cuando los políticos de todos los países y las masas que los apoyaban impulsaban la legislación liberticida, en la mayoría de los casos creían estar velando por la creación o preservación de algún bien público.

El crecimiento de los “bienes meritorios” encomendados al gobierno, de las “fallas de mercado” que debían ser corregidas, de las “injusticias sociales” que debían ser remediadas, de los “impactos ambientales” que debían ser mitigados, en fín, de los riesgos y amenazas que hay que evitarles a los ciudadanos infantilizados; todo eso hacía crecer cada vez más el tamaño del gobierno al tiempo que los individuos renunciaban a su libertad de elegir y declinaban la responsabilidad de sus elecciones. 

Las dos guerras mundiales y la crisis de los años 30 fueron catalizadores de intervencionismo estatal pues acabaron con el patrón oro y legitimaron el déficit fiscal. La idea keynesiana de una demanda agregada insuficiente, que debía ser complementada por el gasto del gobierno, era música celestial para los políticos de todos los países. El proteccionismo de la Cepal, en América Latina, dio al intervencionismo un fundamento adicional, muy bien recibido por los empresarios de la industria naciente.

Aterrado por el crecimiento del tamaño de los gobiernos democráticos y el avance de las ideas socialistas en los países de Occidente, en 1947, Hayek fundó, con 36 intelectuales más, la Sociedad Mont Pelerin, con el objeto de defender, preservar y difundir el pensamiento liberal. Aunque esto tuvo impactos en el mundo académico, en el terreno de la política económica, el estatismo y el keynesianismo siguieron dominando hasta los años 70, cuando la inflación y la ineficiencia gubernamental pusieron en evidencia sus límites.

Con Margaret Thatcher y Ronald Reagan el liberalismo clásico tuvo en los años 80 del siglo XX una nueva y exitosa oportunidad sobre la tierra, afectando de forma duradera la política económica de las democracias occidentales e influenciando, incluso, las ideas de laboristas, socialistas y socialdemócratas que se hicieron más respetuosos del mercado y la libertad. La ortodoxia monetaria, el balance fiscal y el libre comercio volvieron a ser respetables; disminuyó el tamaño de los gobiernos y se desacralizó el asistencialismo.

Mientras esas transformaciones se estaban dando en el mundo, la sociedad colombiana se encontraba sumida en una durísima lucha con los narcotraficantes y las guerrillas que también se lucraban del negocio. No obstante, el gobierno de Barco Vargas dio un decisivo paso hacia la libertad comercial acabando con el control de cambios. El gobierno de Gaviria avanzaría aún más abriendo la economía y adelantando reformas a la seguridad social, al sistema financiero, al régimen de inversión extranjera, a los servicios públicos domiciliarios y al régimen laboral. Reformas similares se adelantaron en otros países de América Latina y a eso se le dio el nombre de “neoliberalismo”.

Las reformas neoliberales impulsaron el desarrollo del mercado de capitales, facilitaron la inversión extranjera y permitieron la internacionalización del empresariado colombiano. No obstante, el proceso reformista se detuvo y el colectivismo antiliberal empezó a ganar terreno en Colombia y en toda América Latina, desde finales de los años 90, especialmente a partir del ascenso de Hugo Chávez al poder en Venezuela.

Bajo el ropaje de la lucha contra la pobreza y la desigualdad y en pro de una quimérica “justicia social”, el discurso antiliberal fue progresando a lo largo de los años, frente a un establecimiento político y económico confundido que solo atinaba a responder tratando de superar la oferta asistencialista y alcabalera de una izquierda que se siente victoriosa porque ha logrado imponer los términos del debate político.  



La actividad de Libertank y de otras expresiones del pensamiento liberal, surgidas al margen del establecimiento político y gremial tradicional, debe ser saludada como una gran contribución a la superación de esa confusión y al replanteamiento radical del contenido y el lenguaje mismo del debate de política pública, sin hacer a la corrección política concesiones que limitan el pensamiento y la acción.

Desde mediados de los años 90 un par de instituciones, la Fundación Heritage en Estados Unidos y el Instituto Fraser en Canadá, realizan comparaciones del grado de libertad económica en un número creciente de países del mundo. Colombia ocupa un lugar más bien modesto en esas clasificaciones: en la del Instituto Fraser aparece en el puesto 92 entre 162 países y en el 49 entre 178 en la de la Fundación Heritage. Libertank hace un gran trabajo monitoreando y evaluando de forma permanente las propuestas de política, las acciones del ejecutivo y las decisiones administrativas, legislativas y judiciales que inciden directamente en la libertad económica.

También Libertank realiza un importante trabajo pedagógico para recuperar, debajo del manto ideológico del colectivismo, verdades tan elementales como que la riqueza de unos no es la causa de la pobreza de los otros; que lo que distingue a los países avanzados de aquellos que no lo son no es la desigualdad de ingresos sino la fuerza del hábito de inversión; que las empresas no son ni pobres ni ricas sino eficientes y productivas; que el asistencialismo solo hace llevadera la pobreza, al tiempo que socava la predisposición al esfuerzo y abona la corrupción, en fin, que lo único que saca a la gente de la pobreza es el trabajo de generar su ingreso propio, lo que fortalece la autoestima y la responsabilidad de personas cada vez más autónomas y orgullosas de su libertad.

LGVA

Julio de 2022.

domingo, 18 de julio de 2021

Las repúblicas independientes de Bogotá, Cali y Medellín

 

Las repúblicas independientes de Bogotá, Cali y Medellín

 

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

 

A finales de los años cincuenta y principios de los sesenta del siglo pasado, grupos de delincuentes se apoderaron de pequeñas porciones del territorio nacional imponiendo, por la fuerza de las armas, su dominio a los indefensos pobladores, a quienes cobraban “impuestos”, “organizaban” sus labores productivas e impartían “justicia”. Por esa razón, Álvaro Gómez Hurtado, con su habitual lucidez, les dio el nombre de “Repúblicas Independientes” a las veredas de Marquetalia (Tolima), El Pato (Huila), Riochiquito (Cauca) y Guayabero (Guaviare), donde se enseñoreaban esos delincuentes.

Entendiendo que era inaceptable tener a algunos de sus ciudadanos en tan ominosa situación, el gobierno del presidente Guillermo León Valencia ordenó una operación militar que permitió la liberación de los territorios. Los delincuentes que se dieron a la fuga formaron una guerrilla móvil de la que saldrían las Farc.

Las “repúblicas independientes” parecen estar renaciendo, no en veredas remotas, sino en las tres principales capitales del País.   

Desde el 28 de abril y durante todo el mal llamado “Paro Nacional”, las tres principales ciudades del País se transformaron en “Republicas Independientes”. Bandas de delincuentes armados bloquearon vías, destruyeron a placer bienes públicos y privados, aterrorizaron a la población y atentaron contra la salud pública; con la complacencia y protección de las alcaldías de Bogotá, Medellín y Cali.

Esos delincuentes, que se autodenominan “Primera Línea”, acampan en diversos lugares de esas ciudades, haciendo ostentación de su armamento y realizando prácticas de lucha callejera. En Bogotá, un ciudadano pereció decapitado por una guaya de un bloqueo; en Medellín, impartieron entrenamiento en lucha callejera a menores de edad en un parque público y se tomaron las instalaciones de la Universidad de Antioquia; en fin, en Cali mantienen retenes en los que cobran peajes a los ciudadanos que transitan en carro o a pie. Increíblemente, la alcaldesa de Bogotá y los alcaldes de Medellín y Cali los acogen en sus despachos y les ofrecen dádivas y regalos para premiar sus ataques contra la sociedad.

Los alcaldes de Medellín, Cali y Bogotá han incumplido ostensiblemente sus deberes constitucionales y legales, en particular, con el artículo 315 de la Constitución, que supuestamente los obliga a conservar el orden público, “de conformidad con la ley y las instrucciones y órdenes que reciban del presidente de la república y del gobernador”. Por su parte, el presidente, según el artículo 189 de Constitución, tiene el deber de “conservar el orden público en todo el territorio nacional y reestablecerlo donde fuere perturbado”. No se sabe si el presidente no ordenó nada o si, habiéndolo hecho, los alcaldes no obedecieron sus órdenes. En todo caso, durante los días del paro, se tuvo la impresión de que la constitución de Colombia quedó derogada en Bogotá, Cali y Medellín.

Los militantes de la “primera línea”, los indígenas mingueros y otros grupos delincuenciales han hecho pública su intención de reanudar su violencia contra la sociedad con ocasión del 20 de julio en Bogotá, Medellín y Cali. Si los delincuentes logran su propósito de intimidación y destrucción en impunidad, habrá que concluir que nuestras tres principales ciudades definitivamente son “repúblicas independientes” donde no rige la constitución colombiana ni gobierna el presidente Duque.

LGVA

Julio de 2022. 

lunes, 21 de junio de 2021

¡A FIRMAR POR LA REVOCATORIA!

 

¡A FIRMAR POR LA REVOCATORIA!

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Finalmente, después de un proceso plagado de sospechosos obstáculos de parte de las autoridades, la Registraduría entregó las planillas y se inició la recolección de las firmas para la revocatoria del alcalde Quintero Calle.

Ni los retrasos burocráticos malintencionados, ni la propaganda negra en redes sociales y otros medios, ni las amenazas y presiones contra los promotores pudieron impedirlo y ahora las planillas están en manos de centenas de voluntarios que recolectan las firmas de los miles de ciudadanos deseosos de revocar el mandato del alcalde Quintero Calle.

El atropello al gobierno corporativo en Empresas Públicas de Medellín, que ha puesto en riesgo la culminación de Hidroituango, afectado el desempeño general de la Empresa y deteriorado su calificación crediticia;  las arbitrariedades en Ruta N, donde por encima de la Junta Directiva se prescindió de profesionales competentes y comprometidos, dañando los programas de la entidad; el pésimo manejo del programa Buen Comienzo; el desdén por entidades importante para la Ciudad como el Jardín Botánico y la Corporación de Investigaciones Biológicas; el descarado nepotismo en la administración municipal y el clientelismo rampante en el Grupo EPM y otras empresas del municipio  están entre las causas de la insatisfacción ciudadana que ha dado lugar a la solicitud de revocatoria del alcalde Quintero Calle.

A finales de 2020, en todas las Secretarías del despacho múltiples proyectos presentaban niveles de ejecución presupuestal inferiores al 10% y en muchos otros no se había ejecutado ni un solo peso. Adicionalmente, decenas de propuestas incluidas en el Programa de Gobierno con el que se hizo elegir fueron omitidas en el Plan de Desarrollo aprobado en el Concejo Municipal. El incumpliendo de las propuestas de campaña y la ineficiencia administrativa puesta en evidencia por la mediocre ejecución presupuestal fundamentan la solicitud de revocatoria del alcalde Quintero Calle.

Si, a pesar de lo anterior, algunos ciudadanos podían abrigar dudas sobre la conveniencia de la revocatoria, estas se disiparon completamente por lo ocurrido en los aciagos días del mal llamado paro nacional. El ostensible incumplimiento al deber constitucional del preservar el orden público, permitiendo la realización de bloqueos en vías y redes de transporte y la destrucción de bienes públicos y privados, es una razón adicional, mucho más poderosa, para firmar y votar por la revocatoria del alcalde Quintero Calle.

La actitud omisa y hasta cómplice de Quintero Calle con el paro violento, vandálico y criminal no fue un hecho aislado. De forma similar se comportaron los alcaldes de Bogotá, Cali, Popayán y otros municipios del País, que comparten su visión política antidemocrática y desdeñosa de las libertades.  

Por eso la revocatoria de Quintero Calle es también un rechazo a la violencia y la coacción como método de acción política y una confirmación de la adhesión de la ciudadanía de Medellín a los valores de la eficiencia y la corrección en la administración pública y, sobre todo, a los valores de la libertad y la democracia.

LGVA

Junio de 2021.  

sábado, 19 de junio de 2021

Las mentiras Santos y la verdad de Uribe (y III)

 

Las mentiras Santos y la verdad de Uribe (y III)

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

 

En las dos entregas anteriores[1], dedicadas al examen de las declaraciones del expresidente Juan Manuel Santos ante la Comisión de la Verdad, se establecieron, debidamente documentadas, las siguientes conclusiones:

1.     La búsqueda de negociación con la guerrilla era un componente fundamental de la Política de Defensa y Seguridad Democrática.

2.     A lo largo de toda su vida política, como puede evidenciarse en múltiples documentos, Uribe defendió la negociación con la guerrilla, condicionada al cese de hostilidades y de las acciones terroristas.

3.     Como gobernador, primero, y, luego, como presidente, Uribe adelantó acciones y permitió gestiones para iniciar conversaciones con las FARC.

4.     El respeto a los DDHH y el acatamiento del DIH eran compontes centrales de la Política de Defensa y Seguridad Democrática expedida en 2003 y que rigió las actuaciones del Ministerio de Defensa durante los dos gobiernos de Uribe Vélez.

5.     Tanto Santos como quienes lo antecedieron en el Ministerio de Defensa adelantaron acciones para promover entre la tropa la cultura de respeto a los derechos humanos y al derecho internacional humanitario.

6.     Antes de Santos, para prevenir y sancionar abusos contra los derechos humanos, se dispuso que levantamiento de los cadáveres de terroristas dados de baja en combate fuera realizado por autoridades civiles y que los delitos cometidos por militares en actos de servicio fuesen investigados, instruidos y calificados por la Fiscalía.

Con esto se desvirtúan dos de las mentiras de Santos alrededor de las cuales gira toda su declaración: i) que el expresidente Uribe estaba empeñado en la derrota militar total de las Farc y ii) que no daba importancia a los derechos humanos.

Aquí se desvirtúa la tercera mentirosa insinuación según la cual Uribe Vélez habría sido indolente frente a los “falsos positivos” y que, incluso, los habría estimulado.

Al igual que en la parte de su declaración consagrada a los derechos humanos, en la referente a los “falsos positivos”, Santos, al describir las actuaciones del gobierno para poner término a esa aberrante práctica, omite toda alusión al expresidente Uribe, como si este hubiera dejado de existir, como si no hubiera estado al tanto de lo se estaba haciendo, como si en este caso no se hubiera cumplido lo que el propio Santos recuerda en su declaración: “Uribe era el presidente y yo su subalterno”.

Solo al final de su declaración, de manera por lo demás pérfida, Santos hace alusión al presidente Uribe:  

“No me cabe la menor duda de que el pecado original, lo que en el fondo dio pie para estas atrocidades, fue la presión para producir bajas y todo lo que se tejió alrededor de lo que muchos han llamado “la doctrina Vietnam”. Pero al mismo tiempo, en honor a la verdad, tengo que decir que el presidente Uribe no se opuso al cambio de esa nefasta doctrina, que él mismo había estimulado. Nunca recibí una contraorden, ni fui desautorizado”[2].

Este párrafo es sorprendente, por decir lo menos. Santos, que a lo largo de toda su intervención ha ilustrado con pelos y señales hasta la más mínima sus actuaciones sobre derechos humanos y “falsos positivos”, no aporta ninguna prueba documental o testimonial sobre el “pecado original” ni sobre el supuesto “estímulo” de Uribe a su comisión. Y no lo hace porque no puede hacerlo, porque carece de esos documentos y testimonios, en fín, porque él mismo reconoció, en su publicitado libro “Jaque al terror”, que Uribe estuvo al frente de las actuaciones emprendidas por el gobierno para combatir y terminar los “falsos positivos”. Esto fue lo que escribió Santos:

“El presidente de la República, el ministerio a mi cargo y los altos mandos militares respondimos con precisión y firmeza, y sin ocultar nada. Todo lo contrario, nuestro empeño fue el de descubrir la verdad, corregir la situación y volverla irrepetible. Creo que en ello tuvimos éxito.”[3]

La más dura decisión del gobierno para combatir los “falsos positivos”, el llamado a calificar servicios a 27 miembros del ejército, fue la tomada en la noche de 28 de octubre de 2008. Fiel a su costumbre de encargarse personalmente de comunicar las malas noticias y dejar a sus subalternos la comunicación de las buenas, en la mañana del 29, el presidente Uribe informó a la Nación esa “decisión dolorosa pero necesaria”[4].

En la medida en que revelan que la posición del gobierno sobre los “falsos positivos” estaba fundamentada en los conceptos de eficacia y transparencia definitorios de la política de Seguridad Democrática, es importante citar aquí, tal como las reproduce Santos en su libro, las declaraciones del presidente Uribe en la rueda de prensa que siguió al anuncio de la baja de los militares.  

“El prestigio de las Fuerzas Armadas de Colombia, en el corazón del pueblo y en la comunidad internacional, no puede mancharse por los delitos, por las fallas administrativas que algunos integrantes cometan. Las Fuerzas Armadas de Colombia tiene un buen ganado prestigio. Cuando hay violaciones a los derechos humanos ese prestigio se enturbia. La política nuestra de Seguridad Democrática es una política sostenible, como lo requiere Colombia, en la medida en que sea eficaz y que sea transparente. La transparencia es la adhesión rigurosa de esa política a los derechos humanos. No puede haber una sola violación de los derechos humanos. Por eso nosotros no podemos permitir que se confunda la eficacia en la lucha contra los delincuentes con la cobardía para enfrentar a los delincuentes y la distorsión de eficacia, asesinando víctimas inocentes. El gobierno tiene que ser totalmente riguroso en su insistencia, en su exigencia de que esta política de seguridad les devuelva a los colombianos plenamente la tranquilidad, de que sea eficaz y, al mismo tiempo, el gobierno tiene que ser totalmente exigente de que esta política sea transparente, que no haya ninguna duda sobre su transparencia”[5]

Entre el 8 y el 18 de junio de 2009 estuvo en Colombia el experto Philip Alston, comisionado por el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, con el mandato de “investigar los homicidios cometidos en violación de las normas internacionales de derechos humanos o del derecho humanitario”. El señor Alston llegó, entre varias, a esta conclusión:

“No he visto ninguna prueba que indique que la comisión de esos homicidios formara parte de una política oficial o hubiera sido ordenada por altos funcionarios del Gobierno”[6].

En su libro, Santos se refiere con aprobación al informe de Alston, destacando que este reconoció que esos homicidios no podían calificarse como política del gobierno o que hubieran sido dirigidos o llevados a cabo a sabiendas del presidente o de sus ministros de defensa[7].

En julio de 2009, en intervención en el foro Tribuna Iberoamericana en Madrid, Santos repudió la “práctica macabra de los falsos positivos”, señalando al mismo tiempo que nunca había sido política de estado y que las autoridades colombianas habían tomado las medidas contundentes para acabar con ella y para que los responsables no quedaran impunes, por lo que podía considerarse ya como un “capítulo cerrado.”[8]

Resulta muy sospechoso que Santos haya decidido reabrir ese “capítulo”, sobre todo después de que la JEP hubiese tomado la iniciativa, inflando escandalosamente la cifra de “falsos positivos”, váyase a saber con qué propósito protervo, hasta hacerla llegar a 6.402, cifra que en su declaración acoge Santos, a pesar de que el Ministerio de Defensa, cuando él era titular, reportó a Philip Alston la cifra de 1.319. Ese informe recoge también la cifra de 2.276 aportada por la Comisión Colombiana de Juristas, más elevada que la del Ministerio, pero muy por debajo de la que saca del cubilete la JEP[9]. En fin, el CINEP, entidad cara al corazón del padre de Roux, habla de 941 casos entre 1988 y 2011[10].

En síntesis:  

i)                   Los principios de eficacia y transparencia propios de la política de Seguridad Democrática hacían inadmisibles a cualquier título los homicidios extrajudiciales o falsos positivos.

ii)                 Los falsos positivos no fueron nunca política de estado ni fueron estimulados, llevados a cabo o a sabiendas del presidente Uribe o sus ministros de defensa.

iii)                El gobierno del presidente Uribe tomó las decisiones necesarias para combatirlos, incluida la baja de 27 miembros del Ejército, entre ellos tres generales.

 

Como Santos ha dado repetidas pruebas de tener una verdad para cada momento y circunstancia, sus declaraciones ante la Comisión de la Verdad, nada quitan ni ponen a su casi inexistente credibilidad. El reto aquí es para el padre de Roux y sus compañeros de la Comisión, pues de acoger sin beneficio de inventario el testimonio de Santos, la suya quedaría por el suelo.

LGVA

Junio de 2021



[4] Uribe Vélez (2012). No hay causa perdida. CELEBRA – PEGUIN BOOKS. New York, 2012. Página 246.

[6] Alston, Philip (2010) Informe del Relator Especial sobre las ejecuciones extrajudiciales, sumarias o arbitrarias, Philip Alston. Naciones Unidas. Consejo de Derechos Humanos. Página 9.  

 

[7] Santos, JM. (2009). Jaque al terror: los años horribles de las Farc. Editorial Planeta, Bogotá, 2009. Páginas 325.

 

[9] Alston, Philip (2010) Informe del Relator Especial sobre las ejecuciones extrajudiciales, sumarias o arbitrarias, Philip Alston. Naciones Unidas. Consejo de Derechos Humanos. Página 10, nota 15.  

 

[10] Noche y Niebla, Caso tipo Deuda con la Humanidad 2, 23 años de Falsos Positivos 1988- 2011, CINEP/PPP, 2011.

 

viernes, 18 de junio de 2021

Las mentiras Santos y la verdad de Uribe (II)

 

Las mentiras Santos y la verdad de Uribe (II)

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Toda la declaración del expresidente Juan Manuel Santos ante la Comisión de la Verdad gira alrededor de tres mentiras articuladas entre sí:

i)          Uribe estaba empeñado en la derrota militar de las Farc con exclusión de cualquier posibilidad de negociación.   

ii)         Empeñado una solución estrictamente militar, Uribe no daba importancia alguna a los derechos humanos.

iii)        Por su desdén por los derechos humanos, Uribe fue indolente frente al asuntos de los “falsos positivos”, que incluso fueron estimulados por su presión por resultados. 

En anterior entrega se desmontó la primera mentira, lo que sigue se refiere a la segunda.

Afirma Santos:

“Lo que el país conoce menos es el trabajo que al mismo tiempo se hizo para fortalecer el compromiso con los derechos humanos y la legitimidad de las Fuerzas Armadas, y por consiguiente su efectividad, a través de una ambiciosa y bien planeada política de derechos humanos.

Nuestro objetivo era asegurar que el esfuerzo de seguridad –que finalmente tenía como propósito proteger los derechos de las personas, ante todo el derecho a la vida y la integridad personal– se hiciera con estricto apego a las normas y con el apoyo de la ciudadanía. La política de derechos humanos tenía por eso una doble función: cumplir con la ley y ganarnos el apoyo de la población.

La política comenzaba con el discurso, con el mensaje que le enviábamos directamente a nuestros hombres y mujeres. Por eso, el general Freddy Padilla de León, como nuevo comandante general de las Fuerzas Militares, y yo, como ministro de Defensa, insistimos una y otra vez en que el centro de gravedad de nuestras fuerzas era su legitimidad”.

Con esos tres párrafos inicia Santos la parte de su declaración consagrada a los derechos humanos, en la que se explaya en citar directivas ministeriales y en enumerar las acciones adelantadas para promover el respeto por los derechos humanos entre la tropa.

No hay en esa declaración ni una sola referencia a la Política de Defensa y Seguridad Democrática (PDSD) de 2003 que, desde ese año y hasta el final del mandato de Uribe Vélez, rigió las actuaciones del Ministerio de Defensa. Santos quiere hacer creer que la política sobre derechos humanos en las Fuerzas Armadas nació con él; que ni Uribe Vélez ni ninguno de los anteriores ministros de defensa - Marta Lucía Ramírez, Jorge Alberto Uribe y Camilo Ospina - habían hecho nada al respecto. Nada más contrario a la verdad.

El respeto a los derechos humanos – no podía ser de otra forma – estaba en el centro de la Seguridad Democrática del Presidente Uribe, porque, como explícitamente se reitera en el documento marco PDSD de 2003:

“Los derechos humanos son fundamento y razón de ser del ordenamiento constitucional. Su vigencia requiere ante todo de la plena soberanía democrática y de la capacidad del Estado de hacer prevalecer el orden jurídico en todo el territorio”[1].

El imperio de derechos humanos de todos los ciudadanos requería el ejercicio eficiente de la autoridad del estado, pero eso no podía hacerse a expensas de los derechos humanos de los mismos de los insurgentes a los que se buscaba someter a esa autoridad:

“Requerimos eficacia con transparencia. Eficacia, que se mide en resultados, y transparencia, que se mide en la observancia de los derechos humanos. Tenemos la suerte en Colombia de contar con una Fuerza Pública respetuosa como ninguna en el continente de la democracia y del orden constitucional”[2].

El respeto a los derechos humanos de los insurgentes definía pues el marco de actuación de las fuerzas armadas y no se consentía ningún abuso de parte de sus integrantes:

“Todas las actuaciones del Gobierno se darán dentro del marco de las normas jurídicas. Habrá una observancia rigurosa de los derechos humanos y un estricto acatamiento del Derecho Internacional Humanitario, como lo exigen la Constitución y la ley. Cualquier violación o abuso de los derechos humanos que cometa un miembro de la Fuerza Pública o de cualquier otra entidad del Estado será sancionado sin vacilaciones en la vía disciplinaria y la penal si a ello hubiera lugar. La Seguridad Democrática tiene como supuesto esencial la legitimidad de las instituciones frente a los ciudadanos y a la comunidad. Esa legitimidad depende de la aplicación de estos principios y del estricto cumplimiento de la ley por parte del Estado”[3]

Con relación a la actuación de la tropa, no se contemplaban medidas exclusivamente punitivas. La PDSD ordenaba su capacitación en derechos humanos y en derecho internacional humanitario:

“Se continuarán los exitosos programas de capacitación de los miembros de la Fuerza Pública en derechos humanos y Derecho Internacional Humanitario”[4].

Así pues, todas las actuaciones de Santos para promover el respeto a los derechos humanos se hacen en cumplimiento de su deber constitucional y, específicamente, en desarrollo de lo dispuesto en la PDSD, como lo habían hecho todos los ministros anteriores.

Más que curioso resulta sospechoso que el olvido de los principios orientadores la Política de Seguridad Democrática provenga de alguien quien como Santos escribió lo siguiente:

“El presidente Uribe ha sido particularmente claro en este tema cuando diferencia la Política de Seguridad Democrática que él ha implementado durante su gobierno de la Doctrina de Seguridad Nacional que, con dolorosos y vergonzosos resultados, se aplicó en las dictaduras militares de los años setenta y ochenta en varios países de América Latina, bajo el pretexto de combatir el comunismo. La palabra ‘democrática’ en su política no sólo significa que la seguridad debe ser para todos sin distingos: para la oposición política, para los periodistas, para los defensores de derechos humanos, para los indígenas, para las comunidades afrocolombianas, para las mujeres, para los niños, para los extranjeros, para los sindicalistas, para todos y cada uno de los habitantes del suelo colombiano, sino también que la seguridad debe buscarse dentro de la Constitución y las leyes. El presidente también insistió desde un principio en que la eficacia que debían tener nuestras Fuerzas Armadas contra los violentos debía estar acompañada de una absoluta transparencia”[5]

Esta cita es tomada del libro de Santos “Jaque al terror”, del capítulo titulado “Una política modelo para el mundo”, dedicado a la Política de Seguridad Democrática.

Muchas fueron las cosas que en su declaración olvidó Santos. He aquí otros ejemplos.    

En 2004 y 2005, antes de la llegada de “Adán Santos”, se capacitaron en derechos humanos 1000 líderes de la fuerza pública, se entregaron 72 oficinas y bibliotecas de DDHH en instalaciones del ejército, se capacitaron 50 expertos militares y 80 docentes especializados en DDHH y DIH para entrenar e impartir cursos a la tropa, en fín, se distribuyó abundante material de instrucción – videos, material didáctico, etc. – y se construyeron pistas de derechos humanos en instalaciones del ejército y la armada[6].

También antes de que llegara Santos se adoptaron fuertes disposiciones para prevenir abusos contra los derechos humanos.

Prácticamente desde el principio de su mandato, el Presidente Uribe impartió la instrucción de que los cuerpos de los terroristas dados de baja en enfrentamientos con el Ejercito no fueran movidos antes que llegara al sitio de los hechos de un fiscal o un funcionario judicial civil que se encararía del levantamiento del cadáver[7].

Más tarde, cuando Camilo Ospina oficiaba como Ministro de Defensa, después de la masacre de Jamundí, donde en confuso enfrentamiento murieron bajo el fuego del Ejército varios funcionarios de la DIJIN que adelantaban un operativo contra el narcotráfico, se dispuso que la Fiscalía se ocupara de la investigación, instrucción y calificación de los procesos para cualquier delito cometido por militares en actos de servicio o no[8]. Esto se materializó mediante un convenio interadministrativo suscrito entre el Ministerio de Defensa y la Fiscalía, que estaba vigente cuando “Adán Santos” llegó al ministerio. De hecho, todos los procesos de militares incursos en delitos de los que él se ufana se hicieron en el marco de ese convenio.

En su declaración, fiel a su inclinación de desconocer las actuaciones de los demás y de apropiarse de los méritos ajenos, Santos ignora los puntos destacados y, en general, la labor toda de los anteriores ministros de defensa en materia de derechos humanos.  

Lo expuesto se sintetiza en los siguientes tres puntos:

i)             El respeto a los DDHH y el acatamiento del DIH eran compontes centrales de la Política de Defensa y Seguridad Democrática expedida en 2003 y que rigió las actuaciones del Ministerio de Defensa durante los dos gobiernos de Uribe Vélez.

 

ii)            Tanto Santos como quienes lo antecedieron en el Ministerio de Defensa adelantaron acciones para promover entre la tropa la cultura de respeto a los derechos humanos y al derecho internacional humanitario.

 

iii)           Antes de Santos, para prevenir y sancionar abusos contra los derechos humanos, se dispuso que levantamiento de los cadáveres de terroristas dados de baja en combate fuera realizado por autoridades civiles y que los delitos cometidos por militares en actos de servicio fuesen investigados, instruidos y calificados por la Fiscalía.

Por tanto, puede afirmarse que Santos miente al sostener que Uribe Vélez no daba importancia a los derechos humanos y que la política de respeto y defensa de los derechos humanos en las actuaciones de la Fuerza Pública empezó con su llegada a ministerio.

LGVA

Junio de 2021.



[4] Presidencia de la República – Ministerio de Defensa (2003). Política de defensa y seguridad democrática 2003. Página 39.

 

[5] Santos, JM (2009). Jaque al terror: los años horribles de las Farc. Editorial Planeta, Bogotá, 2009. Páginas 310-311.

[7] Uribe Vélez (2012). No hay causa perdida. CELEBRA – PEGUIN BOOKS. New York, 2012. Página 246.