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lunes, 20 de agosto de 2018

No voy a votar la consulta anti-corrupción


No voy a votar la consulta anti-corrupción

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista, Docente Universidad EAFIT

Algunos amigos me han pedido que les explique mi decisión de no votar la consulta anti-corrupción. Trataré de hacerlo brevemente.

En general, no me gustan los llamados mecanismos de participación ciudadana o de democracia directa: plebiscitos, referendos, consultas, etc. Salvo cuando la convocatoria se hace a comunidades pequeñas, los habitantes de un municipio, y sobre una o dos cuestiones puntuales muy precisas, la creación de un tributo o el empleo de unos recursos, estos mecanismos, básicamente, sirven al interés político de sus promotores, usualmente el mandatario de turno, independiente de la importancia sustantiva del asunto o los asuntos consultados. Los términos de la consulta suelen ser tramposos y orientados a inducir la respuesta que favorece inexorablemente al gobernante o a quien hace la pregunta.

Creo que Robespierre tiene el mérito de haber establecido en la época moderna la consulta directa al pueblo cuando hacía que las barras de la Asamblea Nacional decidieran a grito pelado la suerte de los candidatos a la guillotina. Los bolcheviques, en los inicios de su revolución, también decidían sus cuestiones por la aclamación de la turbamulta que asistía a los soviets. Francisco Franco Bahamonde, Fidel Castro Ruz y Augusto Pinochet Ugarte al parecer adoraban las consultas, referendos y plebiscitos como quiera que cada uno de ellos convocó dos o tres, que ganaron por aplastante mayoría, para aprobar leyes o constituciones escritas por sus serviles asesores.  Adolfo Hitler sometió a referendo la ley habilitante que le permitió gobernar dictatorialmente haciendo caso omiso del Bundestag donde no tenía la mayoría. 

Contrariamente a la opinión de mucha gente, pienso que los mecanismos plebiscitarios son la negación de la democracia porque excluyen el debate y la deliberación, que es lo que da lugar a los matices, a las diferencias, a las transacciones y, finalmente, a los acuerdos, todo lo cual es esencia de la política, como dijera Locke. Cuando me enfrento a un cuestionario que me exige responde Si o No a una pregunta mañosa, experimento la misma sensación que siento ante un ladrón que apuntándome con un revolver me pone a escoger entre la bolsa y la vida. Con las imperfecciones que tiene nuestro congreso - que tampoco es el peor del mundo, dicho sea de paso- prefiero que todas las cuestiones importantes de nuestra sociedad se decidan allí y no mediante los tales mecanismos de participación ciudadana.  Habla bien de nuestra democracia y de nuestra ciudadanía que el referendo de Uribe de 2003 no haya alcanzado el umbral, que Juan Manuel Santos haya sido derrotado en su plebiscito tramposo y que la consulta oportunista de Claudia López vaya a naufragar por falta de votos.

Creo que lo expuesto es suficiente para justificar mi decisión de abstenerme de votar la consulta de Claudia López y, muy probablemente, cualquiera otra. No obstante, voy a exponer una razón adicional: la consulta es un engaño porque no ataca las verdaderas causas de la corrupción como son las regulaciones que asfixian la actividad empresarial, la burocracia que crece sin límite alguno alentando el clientelismo político y el asistencialismo rampante que está convirtiendo a la ciudadanía en una masa demandante que se cree con derecho a todo.  Nada de eso se toca en la consulta y no puede tocarse porque su propósito no es acabar con la corrupción sino hacer de la supuesta lucha contra ésta en un instrumento para el avance político de sus promotores.

Lo más grave del actual debate sobre la corrupción es que está alentando dos creencias estrechamente ligadas que me parecen especialmente nefastas y cuya propagación entre las masas puede poner en riesgo nuestro orden político y económico.  La primera es la creencia de que nuestras instituciones son completamente deleznables carcomidas como están por la corrupción y, la segunda, que bastaría acabar con ella para que como por ensalmo desaparecieran todos los males que aquejan la República: pobreza, falta de oportunidades, desigualdad y todos los demás.

La lucha contra la corrupción - al igual que la lucha contra la pobreza, la desigualdad o la injusticia -  hace parte del arsenal ideológico de todos los demagogos que en la tierra han sido y la mayor parte de los tiranos antiguos y modernos han salido de los demagogos. Para decirlo sin ambages: los promotores de la consulta anti-corrupción me parecen unos vulgares demagogos y, por tanto, unos tiranuelos en potencia. 

Un gobierno impersonal, que trate a todos los ciudadanos por igual, e integrado por funcionarios competentes interesados en el bien público, que actúan conforme a una ley, también impersonal y abstracta, y que responden políticamente por sus actuaciones es el ideal del orden político. Creo que nuestro orden político está bastante lejos de ese ideal. Es aún demasiado oligárquico y aunque no está mal en libertades civiles ni en pluralismo electoral, flaquea en el funcionamiento del gobierno y cultura política. El tamaño del gobierno es excesivo, pero aún tolerable, y en la administración, aunque infestada estúpidos y corruptos, han logrado consolidarse núcleos de eficiencia con funcionarios honestos y competentes.

A pesar de sus imperfecciones, el orden político colombiano es algo que vale la pena defender y contribuir a mejorar; pero no creo que la tal consulta ni la exaltación política de sus promotores sean la mejor forma de hacerlo. Todo lo contrario. Hoy la principal amenaza proviene más que de la corrupción de su utilización política por los demagogos que atizarán sin descanso la hoguera de indignación para obtener el favor de los electores. Si los demagogos llegan a tener éxito podría abrirse el paso hacia la tiranía que es la peor forma de gobierno y que puede resultar extremadamente difícil de derrocar. Ahí está la cotidiana y trágica lección de Venezuela, ideal político de los demagogos colombianos.

LGVA
Agosto de 2018.

domingo, 19 de agosto de 2018

Reforma fiscal, sí; reforma tributaria, no.


Reforma fiscal, sí; reforma tributaria, no.

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista, Docente Universidad EAFIT

Para proponer la elevación de la tarifa o la ampliación de la base de un impuesto existente - o, incluso, para proponer la creación de uno nuevo - no se necesita ser un gran hacendista; la gracia está en suministrar buenos servicios con los tributos existentes o con menos, lo que no es imposible. Esto lo decía, según creo, Maffeo Pantaleoni y, lo que suscitó en mí gran entusiasmo, el Presidente Duque dijo algo parecido cuando estaba en campaña, pero su Ministro de Hacienda o no lo escuchó o lo ha olvidado.

Los grandes hacendistas del siglo pasado – los suecos Knut  Wicksell y Erik Lindahl, los italianos Luigi Einaudi y Maffeo Pantaleoni - pensaban que en el diseño y formulación de la política fiscal debía prestarse atención simultánea a los ingresos y a los gastos públicos pues de esa forma habría coherencia entre las distintitas aplicaciones y las fuentes de financiación. Todo parece indicar que esto no es una práctica a la usanza en Colombia.

Los integrantes de Comisión de Expertos para la Equidad y la Competitividad Tributaria (CEECT), cuyo trabajo sirvió de sustento a la última o penúltima - ¡vaya usted a saber! - reforma tributaria “estructural”, se excusaron de tratar el tema del gasto argumentando que eso estaba por fuera de sus términos de referencia[1]. Quizás para colmar esa falencia, en dicha reforma se incluyó un artículo que disponía la creación de otra comisión –  Comisión del Gasto y la Inversión Pública (CGIP) - que se ocupara, ahora sí, del asunto del gasto.

Después de varios meses de trabajo, esa comisión llegó a la no por previsible menos inverosímil conclusión de que el gasto del gobierno nacional no se puede recortar ni en un centavo y que hay que enfocarse “en determinar posibles ganancias en eficiencia, eficacia y equidad del gasto con los recursos actualmente disponibles”. Curiosamente, la CGIP, aunque en su mandato no estaba el tema de los ingresos, consideró importante recomendar que el gobierno “evalúe de nuevo medidas para lograr un mayor recaudo” y, ¡cómo no!, “un sistema tributario más eficiente y equitativo”. Dudando quizás del impacto de sus recomendaciones, advierte que éstas “no pueden ser interpretadas como necesidad de aumento en los gastos, a no ser que haya un esfuerzo en ingresos”. ¡Háganme el favor!

Los malos diagnósticos conducen a malas recomendaciones. La CGIP advierte, lo que sabe todo el mundo, que estamos ad portas de una crisis fiscal o, en su prudente leguaje, que “el panorama fiscal no está despejado”; y encuentra el origen del “oscurecimiento” del panorama fiscal en la “abrupta reducción de los precios internacionales del petróleo y otros bienes básicos” que redujo los ingresos del gobierno. Es decir, la culpa no fue de nadie.

Es verdad que los países dependientes de las exportaciones primarias con escaso o nulo poder de mercado poco o nada pueden hacer para evitar las variaciones de precios de sus productos. Sin embargo, el impacto de dichas variaciones sobre sus economías y su sector público depende ese si en buena medida de su manejo macroeconómico. Hace ya siete años, en lo mejor de la fase ascendente del ciclo de precios del petróleo, el primer gobierno Santos implantó una reforma del estado mediante la cual se resucitaron tres ministerios que no le estaba haciendo falta a nadie – salvo a los políticos y a sus clientelas – y se crearon una veintena de “Agencias”   – de inteligencia, infraestructura, minería, defensa jurídica del estado, superación de la pobreza, contratación pública, etc. -   y se creó también un poderoso Departamento de la Prosperidad Social que agrupaba varias entidades, antiguas y nuevas, y programas de política social asistencialista. También por esas mismas calendas se aprobó una generosa ley de víctimas, se renunció a racionalizar el gasto del sistema de salud, se dilapidaron las regalías petroleras y se elevaron los salarios oficiales por encima de la inflación. Sobre la base de unos ingresos cuyo carácter transitorio nadie desconocía se montó un impresionante andamiaje burocrático y se incrementó el gasto asistencialista a niveles sin precedentes. En un artículo publicado por entonces en este mismo blog escribí:

“El gobierno de Santos prepara hoy alegremente – ley de víctimas, seguridad social en salud sin restricción presupuestal, creación de miles de empleos públicos con la reforma del estado, incremento de los salarios oficiales por encima de la inflación y la piñata de las regalías -  el escenario de la próxima crisis fiscal”[2].  

La situación fiscal del País no es una fatalidad causada por fuerzas “exógenas”, es el resultado de las decisiones – desacertadas decisiones - de personas que en su momento ejercieron responsabilidades públicas y debe ser resuelta por las decisiones – acertadas decisiones- de las personas que actualmente detentan esas responsabilidades. No es cierto que no pueda recortarse el gasto de funcionamiento. Podríamos empezar por desmontar todas esas agencias que ejercen funciones paralelas a los ministerios y, las que efectivamente se requieran, entregarlas de nuevo a éstos. Debe abandonarse el hábito de creer que cada actividad o problema del País requiere un ministerio o una agencia gubernamental. En cuanto a los ministerios, ya hay evidencia de cerca de 8 años de que se puede funcionar con 3 menos de los existentes.

Dicen los expertos de la CGIP que para recortar y racionalizar el gasto público se requieren reformas institucionales, constitucionales, legales y sabe Dios qué más. Es decir, el recorte del gasto podrá hacerse en las calendas griegas. No lo creo. Una directiva presidencial, ordenando a todos los ministros y directores de agencias gubernamentales un recorte de 15% de sus presupuestos, tendría más impacto sobre las finanzas públicas que tres reformas tributarias. Hace un par de años publiqué en este mismo blog un artículo en el que mostraba que era posible un ahorro de 20 billones de pesos recortando solamente el gasto de funcionamiento[3]. Ahí lo dejo nuevamente como una especie de guía para la acción. El Presidente Duque podría dar ejemplo renunciando a su corte de consejeros pues para aconsejarlo están los ministros, que ya son bastantes. El Ministro de Hacienda y la Directora del DNP podrían mostrarnos su pericia de hacendistas liderando la aplicación de los recortes en todos los ministerios de suerte que los ministros demuestren su competencia haciendo más y mejores cosas con menos dinero, porque a fin de cuentas para gastar a rodos el dinero de los contribuyentes no se necesita gente muy ilustrada.

Cuando se habla de recortar el gasto, los políticos y sus economistas de cabecera ponen el grito en el cielo y corren a escudarse tras los pobres y hablan de justicia, de equidad, de paz y todo lo demás. Pero esos mismos políticos se rasgan las vestiduras denunciando la corrupción en la aplicación del gasto y esos mismos economistas nos informan que el gasto social está tan mal focalizado que en su mayor parte beneficia a personas que no son pobres. ¿Por qué no recortar un gasto que no llega a los pobres?

Evidentemente no es fácil desmontar todo el aparataje asistencialista que se ha construido para gestionar el llamado gasto público social. Lo primero que hay que hacer es sincerarlo y empezar por llamar las cosas por su nombre. Un subsidio mal focalizado es un subsidio del que se está apropiado alguien que no lo amerita por su condición económica y apropiarse así de un subsidio es un acto de corrupción. El DNP y otras entidades han estimado en 80 billones de pesos los subsidios de toda clase del gobierno central solamente. Esto equivale a 9% del PIB. Según el DNP, los quintiles 4 y 5 de la distribución de ingresos se apropian del 40% de estos subsidios. Esto es particularmente grave en el caso del sistema pensional donde el 50% va al quintil más alto de la distribución.  Hay grandes distorsiones en todas las grandes categorías de subsidio como se pone en evidencia en la tabla que muestra la distribución del gasto en subsidios por quintiles de ingreso.

El caso de los servicios públicos domiciliarios es también notable. Es evidente que la estratificación es ya un mecanismo inadecuado de focalización de subsidios en ese sector como quiera que el porcentaje la población subsidiada es hoy mayor que el de hace 30 años cuando se empezó a aplicar. Si en este sector la asignación de subsidios se hiciera con el puntaje SISBEN que se emplea en salud, las contribuciones de los estratos altos cubrirían los subsidios de la población pobre y sobraría dinero.


El programa bandera de las viviendas gratis de la administración Santos debe ser sometido a una cuidadosa evaluación de impacto pues parece tener también un elevado sesgo de inclusión. Hace algunas semanas visité un pequeño municipio donde se construyeron 80 de esas viviendas. Recorriendo el barrio en cuestión pude constatar que 30 de ellas estaban desocupadas y otras 20 en arriendo pues los propietarios residen en el campo o en otros municipios, según me informaron los líderes comunitarios con los que hice el recorrido.

El gobierno anterior presentó al Congreso un proyecto de ley – el 186 de 2016- que además de introducir un sistema mejorado para la identificación de los beneficiarios de los subsidios establece un procedimiento uniforme para su creación que pone en cintura a los congresistas que alegremente aprueban leyes que crean subsidios y cargas al sector privado sin preocuparse de sus fuentes de financiación. También en ese proyecto se establece claramente la temporalidad de los subsidios, se obliga al ejecutivo a hacer un análisis de calidad y pertinencia de ellos, a su evaluación periódica y se imponen medidas sancionatorias a quien acceda a un subsidio sin cumplir los requisitos y a los funcionarios públicos que los asignen inadecuadamente.  

El Presidente Duque conoce bien ese proyecto como quiera que fue su ponente en el senado y debe saber que la aplicación de lo allí dispuesto aliviaría sustancialmente las finanzas públicas en unos pocos años y llevaría al País hacia un esquema de subsidios regido por los principios legalidad, transparencia, efectividad, eficiencia, redistribución del ingreso y sostenibilidad fiscal. En lugar de andar entretenido con una consulta que solo sirve para complacer a la galería y a los intereses políticos de sus promotores, el Presidente Duque debería enfocarse en combatir las verdaderas causas de la corrupción que son al mismo tiempo las causas del desequilibrio crónico de las finanzas públicas: el gasto burocrático desbordado y el asistencialismo rampante.

Así las cosas, una verdadera reforma fiscal debería tener los siguientes puntos:

1.    Recorte inmediato de un 15% del presupuesto de todos los ministerios y agencias gubernamentales.
2.    Adopción de un sistema unificado para la creación, focalización, seguimiento y evaluación de los subsidios, siguiendo las líneas de proyecto de ley 186 de 2016, probablemente el proyecto de ley de mayor trascendencia que se ha presentado al congreso en los últimos 20 años. 
3.    Reforma tributaria no fiscalista que mejore la distribución de las cargas, elimine distorsiones, evite al máximo la evasión y contemple la reducción progresiva de las tarifas del IVA y renta, en consonancia con los resultados de los dos primeros puntos.

Este plan fiscal debería estar complementado con reformas al sistema pensional y de seguridad social en salud, asuntos sobre los cuales abundan los diagnósticos y las buenas propuestas.

Estas cosas no son fáciles, Presidente Duque, pero haga el esfuerzo de tal suerte que si no alcanza a reducir el tamaño del gobierno por lo menos evite que aumente durante su mandato. Esto ya sería un gran logro.

LGVA

Agosto de 2018. 


lunes, 11 de junio de 2018

A votar por Duque, a votar por la libertad y la democracia.


A votar por Duque, a votar por la libertad y la democracia.

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista


No hay que dejarse engañar por falsos dilemas: todo mundo quiere la paz y nadie respalda la corrupción. En las elecciones presidenciales del 17 de junio están en juego tanto la economía de mercado y propiedad privada, como las libertades civiles y el sistema democrático. Ni más ni menos. Todas las fuerzas políticas[1] que apoyan la candidatura de Gustavo Petro hacen parte del Foro de Sao Paulo, organización de partidos de izquierda de América Latina, fundada en 1990 por el Partido Comunista de Cuba, que tiene como objetivo acabar con el capitalismo e implantar el socialismo, como lo expresa la declaración del XXII encuentro realizado en El Salvador en julio de 2016[2].

Acabar el capitalismo significa acabar con la propiedad privada, o imponerle fuertes restricciones, y controlar los mercados, fijando precios, cuotas, etc. Donde quiera que han llegado al poder, los partidos del Foro han procedido de esta forma y, ante la reacción de la sociedad, han impuesto limitaciones a la libertad de prensa, han roto equilibrio de los poderes públicos y han falseado los procesos electorales. La supresión de las libertades económicas lleva inexorablemente a la supresión de las libertades políticas y, ante la reacción de la sociedad, a la más brutal represión como en Venezuela y Nicaragua. Durante años, Gustavo Petro ha apoyado los regímenes dictatoriales de esos países.

Con Gustavo Petro están en riesgo las libertades económicas y las libertades civiles. Ha expresado sin tapujos su intensión de expropiar todo lo que esté a su alcance y de concentrar los recursos productivos en manos del gobierno que se supone los empleará en beneficio de toda la sociedad. Anunció impuestos confiscatorios a la propiedad rural para obligar a sus propietarios a venderla al gobierno. Quiere apropiarse de los ahorros pensionales de todos los colombianos para nutrir una banca gubernamental manejada por políticos. Esa es la vieja fórmula colectivista que ha fracasado donde quiera que se ha aplicado dejando a los pueblos que la han padecido en la miseria y la opresión. Gustavo Petro es heredero de la ideología de un grupo totalitario que buscó imponerse ejerciendo la violencia y cuyos símbolos ominosos han reaparecido, amenazantes, en manifestaciones y actos proselitistas. Como alcalde, gobernó de forma clientelista repartiendo puestos, contratos y dádivas; pasó por encima de la ley, la libertad de empresa, la competencia y la regulación ambiental.

Iván Duque ha puesto en el centro de su proyecto político la restauración del principio de legalidad, lo cual significa que los gobernantes que administran de forma temporal los recursos y medios de acción del estado están obligados a ejercer el poder conforme a determinadas normas conocidas por todos y aprobadas por procedimientos constitucionales. También ha entendido que el principio de legalidad supone un estado fuerte – que no es lo mismo que un estado grande – que controle la totalidad del territorio y someta a los delincuentes. Entiende que el progreso económico es el resultado de la acción empresarios y trabajadores y que el gobierno está para alentarlos y protegerlos y para ayudar solidariamente a los más débiles, con una tributación justa y unos subsidios bien focalizados. Jamás ha puesto en cuestión la propiedad individual ni las libertades económicas y civiles.

Además de la preservación de las libertades fundamentales, claramente amenazadas por Petro y sus aliados, la presidencia de Duque permitirá una renovación generacional e ideológica de la política colombiana. Hoy, en Colombia, hay una lucha que se viene dando en el mundo desde hace varias décadas. Es la lucha entre los partidarios del estado asistencialista y que se entromete en todo y los defensores de mayor libertad de mercado, menos intervención y menos impuestos. Duque representa todo esto y su gobierno conducirá a una gran renovación de las políticas públicas, hoy anquilosadas por el asistencialismo. A votar por Duque, por la defensa de la libertad y la democracia.

LGVA
Junio de 2018.



[1] Los movimientos políticos colombianos miembros del Foro de Sao Paulo son: Marcha Patriótica, Movimiento Progresista, Partido Alianza Verde, Partido Comunista Colombiano, Polo Democrático Alternativo, Presentes por el Socialismo, Unión Patriótica y Movimiento Poder Ciudadano. http://forodesaopaulo.org/partidos/



sábado, 2 de junio de 2018

Desvirtuando a Petro III: las libertades económicas


Desvirtuando a Petro III: las libertades económicas
Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista

Petro no ha prometido acabar con las libertades económicas y civiles y si quisiera hacerlo seguramente no lo diría. Es más, se le puede conceder el beneficio de la duda y admitir que no pretende hacerlo. Pero los políticos no deben ser juzgados por sus promesas sino por las decisiones de política pública que anuncian o deben tomar para cumplirlas. Todas las decisiones de política pública tienen consecuencias inmediatas y ostensibles y otras más tardías y menos aparentes. Las primeras suelen parecer benéficas y deseables, mientras que las segundas a menudo son perjudiciales e indeseables. Es un error grave dejarse guiar solo por las primeras, las que se ven, e ignorar las segundas, las que no se ven y que solo pueden ser puestas en evidencia por el análisis y la reflexión.
Buena parte de las políticas públicas que Petro promete o debe adoptar, aunque no lo haya prometido, ponen en peligro la libertad económica y por ello el conjunto de libertades, pues la primera es el fundamento de todas las demás. Por ejemplo, si el gasto público elevado requerido para financiar la gratuidad prometida de la educación y los servicios de salud lleva al déficit fiscal y este provoca, como suele ocurrir, mayor inflación y el déficit en las cuentas externas del país, muy seguramente el gobierno estará tentado a imponer el control de precios y a limitar o acabar con la libertad de cambios, es decir, con la libertad de comprar y vender moneda extranjera. La reacción de la sociedad en contra de esas limitaciones puede llevar a que el gobierno opte por falsear la información económica y, a la postre, silenciar a todos aquellos que reclamen o difundan una información veraz. De esta forma, el derecho a recibir una información cierta de las autoridades quedará conculcado y estarán en peligro las libertades de expresión y de prensa. Esto ha ocurrido en muchas partes y puede ocurrir en Colombia.
Pero además de ser el fundamento de todas las libertades, la libertad económica es la base del bienestar y el progreso. Los países que la tienen en mayor grado suelen tener mejor desempeño económico y mayor bienestar que los países menos libres. Su producto por habitante es más elevado, tienen menos pobres, son menos desiguales y es mayor la esperanza de vida de sus habitantes.  Adicionalmente, en los países con más libertad económica son mayores las libertades políticas y civiles, mayor la igualdad de género y sus habitantes se sienten más felices que los de aquellos que carecen de ella. Existen, por supuesto, excepciones como Arabia Saudita, que es un país extremadamente rico con grandes limitaciones en libertades civiles e individuales, o China, que ha crecido considerablemente en las últimas décadas promoviendo la libertad económica, pero con menor avance en libertades civiles.

La relación entre libertad económica y el desempeño económico, medido por el PIB por habitante, no es perfectamente lineal. Además de los casos peculiares de Arabia Saudita y China mencionados, se presentan situaciones de países que han retrocedido en libertad económica sin que ello refleje aún en una menor producción por habitante o de aquellos donde la libertad económica es reciente y aún no han cosechado plenamente sus efectos en el bienestar material.
Habida cuenta de las salvedades indicadas, la gráfica sugiere que hay una relación positiva entre el índice de libertad económica, estimado por la Fundación Heritage, y el PIB por habitante, tomado de la base de datos del Banco Mundial. Hay unos 70 países de todos los continentes, tamaños, razas y diversa dotación de recursos naturales. La libertad económica importa.

Por aquello de que una imagen vale más que mil palabras, se muestra a continuación una fotografía nocturna satelital que muestra a las dos Coreas, la del Norte, casi oscura, la del Sur espléndidamente iluminada con luz eléctrica. Dos naciones con la misma geografía y habitadas por el mismo pueblo, que hace 65 años optaron por dos caminos diferentes: el de la libertad económica, la del Sur, el del colectivismo comunista, la del Norte. Naturalmente un ambientalista podrá decir que las gentes del Norte disfrutan más del cielo nocturno pues están libres de la contaminación visual que produce la luz eléctrica.

 La libertad económica es la libertad de emplear el trabajo propio y todos los recursos legítimamente adquiridos en la actividad productiva que cada cual crea es la mejor y de cambiar libremente los resultados del esfuerzo propio con los resultados del esfuerzo de los demás. En las sociedades contemporáneas, esa libertad depende de cinco variables a saber: el tamaño del gobierno, la protección legal a la propiedad, la estabilidad monetaria, la libertad de comercio internacional y las regulaciones gubernamentales a la actividad económica.
El tamaño del gobierno depende de su participación en la economía medida por la magnitud los impuestos o el gasto público, con relación a la producción, y la importancia de la propiedad del estado. Aunque ahora en la etapa final de la campaña quiere dar marcha atrás, Petro ha expresado sin tapujos su intención de aumentar la propiedad estatal o, como dice eufemísticamente, “democratizarla”. En lo que puede ser algo más que un mero alarde oratorio, anunció su intención de expropiar un gran ingenio azucarero, ha expresado su antipatía por el sector financiero privado y su deseo de sustituirlo por uno estatal y, la cereza del postre, promete establecer un impuesto tan confiscatorio sobre las propiedades rurales que obligue a sus propietarios a venderlas al estado. Sus programas asistencialistas de educación superior gratuita, salud para todos sin costo alguno y sabe Dios qué más, no pueden realizarse sin un gran aumento del gasto público, de los impuestos y el déficit fiscal. Bajo un gobierno de Petro el tamaño del gobierno aumentaría y la propiedad individual estaría amenazada reduciéndose así la libertad económica de los colombianos.
La estabilidad monetaria o, lo que es lo mismo, el control de la inflación es fundamental para la buena marcha de la economía y el bienestar de la población, especialmente de los más pobres, pues son éstos a quienes más castiga la expropiación de la riqueza que se produce con la inflación. El principal activo institucional de Colombia es la autonomía del Banco de la República consagrada constitucionalmente y que obliga a sus directores a preservar el valor de la moneda. Aunque ya lo está negando, Petro anunció su intención de promover una reforma constitucional podría poner en riesgo la autonomía del Banco. Sin embargo, no necesita de esa reforma para socavar esa autonomía, le bastaría con llevar a la Junta Directiva del Banco a algunos de sus partidarios, lo que puede hacer fácilmente pues el período de los directores actuales vence durante su eventual presidencia y es potestad del presidente nombrar los sustitutos. No es un escenario improbable que su gobierno, deseoso de cumplir su ambicioso programa asistencialista, obligue al Banco a comprar ingentes cantidades de deuda pública interna para financiarlo, expandiendo la cantidad de moneda y provocando su depreciación. Bajo un gobierno de Petro la estabilidad monetaria estaría en riesgo y con ella la libertad económica de los colombianos.
Es conocida la antipatía de Petro y, en general, de la izquierda colombiana frente a la libertad de comercio internacional. Petro ha expresado su intención de elevar la protección arancelaria y para-arancelaria para proteger a la agricultura y la industria, las cuales, según su incorrecto diagnóstico, están en crisis como consecuencia de los tratados de libre comercio suscritos por el País, los cuales ha prometido revisar. Los beneficios del libre comercio no se miden por las cosas que exportamos sino por las que importamos y pagamos con esas exportaciones. El 30% de nuestras importaciones son bienes de capital y el 42% materias primas para la industria y la agricultura;  un 11% son bienes de consumo duradero y un 17% bienes de consumo no duradero. En los últimos 15 años, el valor total de las exportaciones agro-industriales ha excedido el valor de las importaciones. Estos datos desvirtúan las ideas de Petro y muestran que la mayor protección arancelaria, que solo favorecería a productores ineficientes, elevaría los costos de la producción y la oferta nacional haciéndola menos competitiva y aumentando el costo de vida para el consumidor final. Así pues, la menor libertad comercial termina finalmente castigando a la población más pobre, la que Petro dice representar.
Finalmente, está la regulación gubernamental. Esta debe ser entendida como el conjunto de normas que los empresarios deben cumplir para llevar a cabo de su actividad. La mayor regulación no solo dificulta la actividad empresarial, sino que propicia la corrupción. El Doing-Business es el indicador del Banco Mundial que mide las regulaciones para hacer negocios.  Con muchos esfuerzos, Colombia ha mejorado en esa clasificación llegando al puesto 59, pero, al parecer, Petro quiere hacernos retroceder. En el País no se puede hacer ninguna obra de infraestructura de alguna envergadura sin una licencia ambiental, cuya obtención es ya un proceso extremadamente arduo. Petro anuncia la modificación del licenciamiento ambiental añadiendo al concepto técnico de las entidades algo que llama “evaluaciones ambientales territoriales estratégicas sectoriales” en las que será definitivo el concepto de las comunidades. Y como si fuera poco, promete la arbitrariedad anunciando la desaparición del principio primero en el tiempo y primero en el derecho. Petro ofrece pues más regulación lo que significa menos libertad, mayor arbitrariedad del gobierno y más corrupción.
Ahí quedan expuestas las consecuencias de un gobierno de Petro sobre la libertad económica. Nadie puede decir que no está advertido. Ténganlo en cuenta para que no terminemos, como el pueblo venezolano, repitiendo incansablemente la frase de Petronio: “Queríamos, pobres de nosotros, pedir auxilio, pero no había nadie para venir en nuestra ayuda”.
LGVA
Junio de 2018. 

martes, 29 de mayo de 2018

Desvirtuando a Petro II: la pobreza y la desigualdad


Desvirtuando a Petro II: la pobreza y la desigualdad

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista

Petro ha hecho su campaña haciéndoles creer a los votantes, especialmente a los jóvenes, que el nuestro es un país lleno de pobreza y desigualdad y que estas no dejan de aumentar. Nada más alejado de la verdad.

Lo primero que hay que entender es que alcanzar el crecimiento económico sostenido, lo único que permite la reducción de la pobreza y la desigualdad de forma consistente, es un proceso arduo y difícil que depende de múltiples variables una de las cuales, no siempre la principal, es contar con unos gobernantes que no sean excesivamente malos y que permitan la libre acción de empresarios y trabajadores, que son los verdaderos creadores de la riqueza. Existe una clara relación positiva entre la libertad económica y la riqueza de los países.

De los 226 países del mundo, 76 pueden ser considerados como países ricos o de ingresos altos; hay 56, entre los cuales está Colombia, de ingreso medio; los 94 restantes son de ingresos bajos, en algunos casos extremadamente bajos. La pobreza está vinculada al grado de desarrollo de cada país. No puede esperarse tengamos la tasa de pobreza de Liechtenstein o Qatar, los más ricos, ni la de Burundi o República Centroafricana, los más pobres. Colombia tiene una tasa de pobreza acorde con su nivel de desarrollo y ésta se ha vendido reduciendo sustancialmente en los últimos años, como se muestra en el gráfico 1. 

 Gráfico 1



El de la desigualdad es un asunto más complejo y algo paradójico. Los países de ingreso bajos suelen ser muy igualitarios: todos sus habitantes son igualmente pobres. La desigualdad también suele ser baja en los países más ricos, aunque no necesariamente. Esto llevó a economista llamado Simon Kuznets a plantear la hipótesis según la cual, al relacionar un indicador de desigualdad, como el famoso coeficiente de GINI, con el nivel de ingreso, la gráfica resultante tendría la forma de una U invertida, es decir, que en el proceso de desarrollo la desigualdad aumenta inicialmente a medida que sube el ingreso, alcanza un valor máximo y luego comienza a descender. Esta hipótesis es muy discutida, como muchas otras en economía. En todo caso, la desigualdad, medida por el coeficiente de Gini, también se ha reducido en los últimos años, como se ilustra en el gráfico 2.   

                                                        Gráfico 2


Muchas personas, incluso economistas, suelen darle demasiada importancia a la desigualdad en la distribución del ingreso o a la concentración de la riqueza, como gustan decir para que sea más impactante. Organizaciones como OXFAM o economistas reputados como el nobel de economía Stiglitz, hacen frecuentemente pequeños escándalos hablando del ingreso del 1% más rico como si eso fuera la causa de la pobreza de los más pobres. Un razonamiento simple basta para mostrar que tras esas posiciones se esconde un desconocimiento craso de los principios más elementales de la economía.

Tomemos el caso del señor Jeff Bezos, reputando como el hombre más rico del mundo, con sus más de 133.000 millones de dólares. Ese capital puede darle un ingreso anual de 6650 millones, es decir, poco más de 18 millones diarios o, si se prefiere, para que resulte bien escandaloso como le gusta a OXFAM, casi 760.000 dólares por hora, más 12.000 por minuto o 200 por segundo.

¿Qué puede hacer el señor Bezos con esa renta? ¿Comérsela en hamburguesas y papas fritas? En Estados Unidos le alcanzaría para 3.695.574 Big Mac diarias, privando de su almuerzo a otras tantas personas. En ese caso y solo en ese, la riqueza del glotón señor Bezos, sería perjudicial para otras personas. Pero, ni el señor Bezos ni los ricos en general gastan su ingreso en hamburguesas y papas fritas. La mayor parte lo invierten negocios que dan empleo a millones de personas que con el ingreso recibido pueden comprar sus propias hamburguesas o lo que a bien tengan.

Las empresas producen renta para millones de personas en la forma de dividendos, intereses y salarios y pueden ser vistas como unas máquinas de hacer dinero. Eso es importante para los financieros y contadores y es lo único que parecen ver los economistas mediocres y los envidiosos. Para la sociedad lo realmente importante es lo que llevamos del supermercado a la casa. El salario, los dividendos o los intereses solo se convierten en renta propiamente hablando cuando comemos los alimentos, nos ponemos la ropa o usamos aparatos de la tecnología. 

El objeto de la producción es el consumo. Cuando invertimos en equipos, instalaciones e instrumentos que hacen nuestro trabajo más productivo, lo hacemos porque tenemos la expectativa de que el consumo de hoy al que renunciamos será recompensado por un consumo mayor en algún momento del futuro. Por eso, el Gini que en definitiva importa no es el de la distribución del ingreso sino el de la distribución del consumo.

Con base en la encuesta de ingresos y gastos de 2006-2007, el economista Jorge Eliecer Giraldo hizo el interesante ejercicio de estimar los coeficientes de Gini del ingreso y el gasto monetarios. Los resultados se muestran en la tabla. De un Gini de ingresos de 54,5 se pasa a un Gini de gasto de 45,9 por el efecto de las transferencias que reciben los deciles 1 a 6 de la distribución. Esto también refleja el hecho de que las familias de los deciles 7 a 10 ahorran parte de su ingreso.



 En síntesis, Colombia tiene una tasa de pobreza más o menos acorde con su nivel de desarrollo y ha venido reduciéndose en los últimos años. Si la economía recupera su ritmo crecimiento continuará reduciéndose en el futuro. Si bien el indicador de desigualdad del ingreso es relativamente alto, también ha venido reduciéndose. Adicionalmente, cuando se mira la variable verdaderamente relevante cual es el Gini del gasto, la desigualdad es sustancialmente menor. La reducción de la pobreza y la desigualdad es un asunto arduo que no puede lograse sin crecimiento económico y que no depende, como quiere hacer creer Petro, de la benevolencia y voluntad del gobernante de turno. 

LGVA
Mayo de 2018.   


Desvirtuando a Petro I: el cambio climático y las energías renovables


Desvirtuando a Petro I: el cambio climático y las energías renovables[1]

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista

Petro se ha presentado como el adalid de la lucha contra el cambio climático y promete modificar drásticamente la matriz energética para contribuir a su mitigación. Su propuesta parece apoyarse en la idea según la cual Colombia es un gran emisor de gases de efecto invernadero y que su matriz energética es inadecuada.  Ambas cosas son falsas.

La gráfica 1 muestra las emisiones de CO2 de Colombia, en toneladas por habitante, en 2014, último año disponible en la base de datos del Banco Mundial, comparadas con algunos países y agrupaciones seleccionadas.  Los datos no dejan lugar a dudas: la contribución de Colombia a las emisiones totales y por esta vía al calentamiento global es marginal y su reducción tendría un efecto también marginal, pero impondría un costo elevado e innecesario a la población. Obsérvese que las emisiones de Colombia están muy por debajo de las de Dinamarca, el país europeo que más ha avanzado en la instalación de las fuentes renovables no convencionales.

Gráfica 1




La matriz energética de Colombia es una de las más limpias del mundo pues su principal componente es la hidroelectricidad, una energía renovable y de baja intensidad en carbono. De los 16.420 MW de potencia instalada, un 70% son hidráulicos, 29% térmicos y 1% cogeneración y eólica. La solar es mínima y está por fuera del sistema interconectado.


En los países donde las energías renovables no convencionales, eólica y solar, se han incorporado a la matriz energética es porque han sustituido generación térmica altamente contaminante, para lo cual su desarrollo ha recibido considerables subsidios que finalmente son pagados por el consumidor final.

En efecto, los costos de inversión en instalaciones eólicas y solares son todavía muy superiores a los de las fuentes convencionales. La gráfica 2 muestra los costos de inversión promedio de un MW de capacidad para diferentes tecnologías, estimados por la Unidad de Planeamiento Minero-Energética en su último plan de expansión.

Gráfico 2

El MW hidráulico es el más costoso, mucho más que el de la solar, la eólica y la solar distribuida (la de los paneles solares instalados en los techos de residencias y locales industriales y comerciales). Pero es aquí donde interviene un concepto que es fundamental: el factor de planta.

El MW mide la capacidad de generación, ese MW puesto en operación da la energía producida. Un MW puesto en funcionamiento por la acción del combustible de cada tecnología durante una hora produce un MW-hora de energía. El factor de planta mide el tiempo durante el cual la capacidad instalada puede ser usada en un período dado, típicamente un año.

Como el año tiene 8760 horas, si una tecnología tiene un factor de planta de 50% significa que el MW estará operativo, es decir, produciendo energía, durante 4380 horas al año. En consecuencia, su producción será de 4380 MW-hora. El factor de planta o, lo que es lo mismo, dicho de otra forma, el tiempo de utilización de la capacidad o potencia instalada depende, principalmente, de la disponibilidad del combustible.

En la generación térmica, si quienes operan sus equipos hacen bien su trabajo, el gas, el carbón o el combustible líquido están disponibles todo el tiempo, razón por la cual los equipos térmicos solo estarían fuera de operación a causa de los mantenimientos programados o daños accidentales. En general, el factor de planta de las centrales térmicas se estima en el 90%, es decir, que su tiempo de utilización en el año es 7884 horas. No quiere decir que las térmicas se utilicen efectivamente todo ese tiempo. En un sistema hidro-térmico, como el colombiano, se usan mucho menos por el elevado costo del combustible. De hecho, solo se usan cuando la hidrología es baja y las centrales hidráulicas no pueden utilizarse a plena capacidad.

El agua, el sol y el viento son los combustibles de las energías renovables y su disponibilidad depende en gran medida de condiciones naturales. La disponibilidad de la generación hidráulica o su factor de planta es 70%, es decir, su tiempo de utilización promedio es de 6132 horas al año. El factor de planta de la generación solar es 20% y el de la eólica 30%, en el mejor de los casos. Esto significa que para reemplazar un MW hidráulico se necesitan 3,5 MW solares o 2,3 MW eólicos. Visto de otra forma, para reemplazar los 16420 MW del sistema eléctrico nacional por generación solar se necesitarían 57470 MW.  

Volvamos al tema del costo. Como el MW hidráulico instalado tiene un costo de US$ 2,1 millones la capacidad solar requerida para sustituirlo, 3,5 MW, costaría US$ 3,9 millones, casi un 85% más. Esto sin considerar el hecho de que la vida útil de una hidroeléctrica supera los 30 años mientras que el de las solares bordea los 20. En todo caso, ese costo adicional debe ser cubierto de alguna forma: con impuestos o con mayores tarifas.

Sin duda alguna, a medida que sus costos bajen, las energías alternativas no convencionales irán penetrando en la matriz energética. Pero hacerlo ahora y de forma forzada, como pretende Gustavo Petro, no es ambientalmente necesario, como ya se ha visto, y elevaría el precio de la electricidad, lo cual afectaría negativamente a los consumidores residenciales y reduciría la competitividad de la industria.

LGVA
Mayo de 2018. 



[1] Este texto el primero de una serie de cinco en los cuales busco desvirtuar algunos de los planteamientos programáticos de Gustavo Petro. Lo hago a solicitud de mi hija Sara Helena, quien cree que su lectura puede contribuir a darle claridad a algunos jóvenes que, confundiendo elocuencia con conocimiento, están obnubilados por el discurso del demagogo.

viernes, 25 de mayo de 2018

Las mentiras de Petro sobre las guerras civiles en Colombia


Las mentiras de Petro sobre las guerras civiles en Colombia

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista

Durante toda la campaña, Gustavo Petro ha recurrido a la mentira para ganarse el favor de los electores. Ha buscado hacerles creer que la economía colombiana es un fracaso total y que toda nuestra historia está marcada por la violencia. En el debate presidencial del jueves su falseamiento de la historia llegó a la apoteosis cuando afirmó, sin ruborizarse y sin que ninguno de los otros candidatos lo contradijera, que en Colombia habían ocurrido 60 guerras civiles en sus 200 años de vida republicana. Nada más alejado de la verdad.

Durante el siglo XIX hubo, en efecto, 8 guerras civiles generales, de las cuales las más largas y catastróficas fueron la llamada guerra de los Supremos, entre 1839 y 1842, y la guerra de los Mil días, entre 1899 y 1902. Este fenómeno de enfrentamientos político-militares, durante el proceso de constitución de los estados nacionales posterior a la independencia política, se presentó en todos los países de América Latina. La historia de Chile registra por lo menos cinco guerras civiles, Argentina padeció 10 y México por lo menos 12. Prácticamente ningún país de América Latina, con excepción de Brasil, estuvo libre de guerras civiles durante el siglo XIX. Estados Unidos tuvo también la suya y Europa, donde proliferan los intelectuales que dan lecciones de civilidad, fue durante el siglo XIX escenario de enfrentamientos militares que se prologaron hasta el siglo XX en las llamadas guerras mundiales que los historiadores del futuro seguramente verán como las dos grandes guerras civiles de la Unión Europea.





Estrictamente hablando no puede hablarse de guerras civiles en Colombia en el siglo XX. Después de terminada la guerra de los Mil días en 1902, el País vivió un largo período de paz política – que fue también un período de progreso económico- que se extendió hasta 1948, año del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, como consecuencia del cual se inició el período conocido como la Violencia. El gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla – y eso hay que reconocérselo - puso término a esa violencia con diálogo y política social. Durante el Frente Nacional, entre 1958 y 1970, se consolidó la paz política.

En los años 60 y 70, en el contexto de la Guerra Fría y bajo el aliento del gobierno dictatorial de Cuba, surgieron en Colombia, y en casi todos los países de América Latina, movimientos guerrilleros de orientación comunista – FARC, ELN, EPL, M-19, etc.- que ejercieron la más despiadada violencia contra las instituciones democráticas y el pueblo colombiano. Con el derrumbe de la Unión Soviética y la caída del maoísmo en China, esas guerrillas, faltas de financiación, languidecieron hasta extinguirse en todos países de América Latina, con la triste excepción de Colombia donde encontraron en el narcotráfico una poderosa fuente de financiación que terminó por convertirlas vulgares organizaciones criminales desprovistas de todo ideal político. Eso aconteció con las FARC, el ELN y, por supuesto, el M-19, que se puso al servicio de Pablo Escobar y su cartel de Medellín. Esa es la verdad monda y lironda.

Miente pues Gustavo Petro cuando habla de las 60 guerras civiles y miente también cuando acusa a la “oligarquía colombiana” de ser la causante de la violencia de las últimas décadas.  Desde los años 70 hasta ahora, los generadores de violencia han sido los grupos criminales narcotraficantes como las FARC y el ELN o aliados del narcotráfico como el M-19, cuya bandera tuvo el descaro de exhibir Gustavo Petro en su cierre de campaña en la Plaza de Bolívar mostrando de esa forma que su inclinación por la acción directa como forma de hacer política todavía está vigente.

LGVA
Mayo de 2018.