Raponazo
anunciado a la autonomía del emisor
Luis
Guillermo Vélez Álvarez
Economista
La asamblea constituyente de
1991 fue la gran piñata de los “derechos sociales”. Pletóricos de altruismo,
los asambleístas de todos los partidos se complacieron unos a otros y, con una
ligereza conceptual sorprendente, convirtieron en derechos toda clase de
necesidades, como si el acto de consagrarlas en la Constitución bastara para
hacerlas realidad. Aquella expansión retórica del catálogo de derechos tuvo,
sin embargo, un contrapeso decisivo.
Rodrigo Lloreda Caicedo, al
frente de la Comisión Sexta de Asuntos Económicos, comprendió con claridad las
implicaciones fiscales y monetarias de ese impulso desbordado. Sabía que un
Estado obligado a prometerlo todo terminaría tentado a financiarlo de cualquier
manera. Por ello logró introducir los artículos 371, 372 y 373, que consagraron
la autonomía del Banco de la República. Esa decisión, en apariencia técnica, ha
sido en realidad una de las más importantes salvaguardas institucionales de la
estabilidad económica del País.
Dichas disposiciones
establecieron que el manejo monetario, cambiario y crediticio quedaría en manos
de la Junta Directiva; que el Banco tendría autonomía administrativa, técnica y
financiera; que su Junta estaría integrada por expertos; que su función
primordial sería preservar el poder adquisitivo de la moneda; y que el crédito
directo al gobierno quedaría prácticamente proscrito. Se trató, en suma, de
blindar la política monetaria frente a la voracidad fiscal.
Los resultados fueron
evidentes. A partir de una inflación del 33% en 1990, el País logró, en las
décadas siguientes, reducirla a niveles entre 2% y 4% anual. La credibilidad
del emisor y la disciplina monetaria permitieron anclar expectativas y
estabilizar la economía. Sin embargo, esa independencia nunca fue absoluta.
La política monetaria solo
puede operar plenamente si la política fiscal no la desborda. Cuando el gasto
público supera el 35% del PIB y la deuda del gobierno absorbe el 85% del
mercado de renta fija, como ocurre hoy, la autonomía del banco central se vuelve
frágil. En ese contexto, el control de la inflación recae casi exclusivamente
en el encarecimiento del crédito al sector privado.
El mecanismo es conocido: el
banco central eleva sus tasas, encarece el crédito a los bancos privados, y
estos, a su vez, trasladan ese mayor costo a empresas y hogares. La
consecuencia es una contracción del crédito, una reducción de la demanda nominal
y, finalmente, una moderación en el aumento de los precios. Es un instrumento
eficaz, pero social y políticamente costoso.
Cuando el ajuste recae sobre
el sector privado y el gobierno se muestra incapaz o renuente a corregir el
déficit, surge la presión por intervenir el emisor: bajar tasas
artificialmente, relajar las condiciones de crédito o, en el extremo, financiar
directamente el gasto público. Todo ello bajo el pretexto de reactivar la
economía o aliviar a los deudores.
La intención de convertir el
Emisor en un banco de fomento para financiar, entre otras cosas, la tal
transición energética, estaba ya anunciada en el Plan de Desarrollo. Petro no
ha hecho nada que no hubiese advertido en su programa de gobierno o su
autobiografía, documentos que nadie parece haber leído.
LGVA
Abril de 2026.

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