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miércoles, 7 de octubre de 2020

Álvaro Uribe Vélez para jóvenes y desmemoriados (II)

 

Álvaro Uribe Vélez para jóvenes y desmemoriados (II)

(Para Miguel González, estudiante de la Universidad Nacional)

 

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Miguel González, estudiante de la Universidad Nacional, a quien no conozco personalmente, a propósito de la primera parte, escribió lo siguiente:

“Soy joven estudiante de la Universidad Nacional, y este tipo de artículos definitivamente hacen una falta abismal en las aulas de mi universidad. Es una lástima para los jóvenes que no compartimos aquellas ideologías el vernos inmersos en ambientes donde no se educa, se adoctrina; y por la forma más notoria desde mi experiencia personal la encuentro en el hecho de que este tipo de opinión y escritos brillan por su ausencia. Espero leer los siguientes artículos, muchas gracias por esa labor”

Agradezco sus palabras que me han conmovido profundamente y me comprometen a continuar en esta tarea.

La segunda parte cubre el período comprendido entre el final de último gobierno del Frente Nacional, el de Misael Pastrana Borrero, y el incido del de Andrés Pastrana Arango. Son 24 años y seis periodos presidenciales. Son los años del crecimiento del fenómeno del narcotráfico, que marcaría trágicamente nuestra historia, los del fortalecimiento de las Farc y los del surgimiento de Uribe como político activo y de la formación de su personalidad política y de estadista.

I

Uribe, activo militante del Partido Liberal, desempeñaría algunos cargos públicos en los dos gobiernos de ese partido posteriores al Frente Nacional. En el de López Michelsen fue secretario del Ministerio de Trabajo y en el de Turbay Ayala, director de la Aeronáutica Civil. Como director de la Aeronáutica, Uribe lideró la construcción del Aeropuerto de Rionegro, que al término del gobierno de Turbay estaba construido en un 60%. También tiene a su haber otras realizaciones importantes que voy a dejar de lado para referirme a la primera gran falsedad con la que sus enemigos han pretendido empañar su biografía.

Entre otras funciones, la Aeronáutica tenía la de autorizar la construcción y operación de los aeropuertos del País. Todas esas autorizaciones debían contar con el aval del Consejo Nacional de Estupefacientes y del Comando de la Brigada Militar con jurisdicción en la zona, de acuerdo con lo establecido en el Decreto 2303 de 1981, expedido a instancias de Uribe, para controlar las pistas clandestinas de los narcotraficantes que entonces empezaban a proliferar. Fueron muchas las pistas clandestinas que se intervinieron en aplicación de esa norma. Sin embargo, con esa increíble capacidad de falsear las cosas, los enemigos de Uribe han querido enrostrarle su labor en la Aeronáutica por un supuesto favorecimiento a las actividades de los narcotraficantes. Ahí están los hechos.

Como Uribe se convirtió en una figura pública y yo me hice profesor universitario, era muy improbable que nuestras trayectorias se cruzaran nuevamente. Sin embargo, ocurrió. Fue en el Instituto de Estudios Liberales de Antioquia (IELA), un think-tank, que, con el apoyo de algunos académicos de Medellín, fundó Uribe para darle soporte intelectual a las ideas que promovía desde la disidencia, que, con el nombre de Liberalismo Democrático, le había montado al Directorio Liberal de Antioquia, manejado por ese zorro de la política clientelista llamado Bernardo Guerra Serna.

Guerra Serna era el típico representante del “cacique político” y de la forma como se hacía la política en el País hasta que el presidente Belisario Betancur y Jaime Castro, su ministro de gobierno, lograron hacer aprobar, en 1986, la reforma constitucional que introdujo la elección popular de alcaldes, con la que se le empezó a quebrar el espinazo al sistema bipartidista que había prevalecido durante más de un siglo. Después, con la Constitución de 1991, vendrían otros cambios en el régimen político y en el sistema electoral que lo sepultarían definitivamente.

En todo departamento había, en cada partido tradicional, uno o dos grandes jefes políticos en torno a los cuales se agrupaban los políticos locales y municipales, con el objeto de lograr un caudal de votos significativo que les permitiera una participación importante en la distribución de los cargos públicos. El gran jefe liberal del Valle del Cauca era Carlos Holmes Trujillo, el papá del actual ministro de gobierno, quien disputaba la supremacía con Gustavo Balcázar Monzón. Y así ocurría en todos los departamentos.

Naturalmente, existían ciertas afinidades ideológicas, pero, en definitiva, la razón de ser esas agrupaciones era tener una votación significativa en la elección presidencial, la única verdaderamente importante bajo el régimen político y el sistema electoral de la Constitución de 1886. Entonces, como ahora, en Colombia y en el mundo, los partidos y movimientos políticos son agrupaciones de individuos que se asocian para maximizar una votación que les permita obtener la mayor participación en los empleos públicos y la distribución del presupuesto. El número, la solidez y la duración de los partidos depende fundamentalmente del sistema electoral. En las democracias más respetables del mundo – las de Estados Unidos y Gran Bretaña, que tienen partidos centenarios – el sistema electoral está diseñado para que no existan más que dos o, a lo sumo, tres partidos políticos relevantes electoralmente y con representación en los cuerpos colegiados.

El modelo bipartidista o de pocos partidos es de gran importancia para el funcionamiento de las instituciones democráticas pues permite la conformación de mayorías gubernamentales sólidas y de bloques de oposición coherentes desde el punto de vista programático, dando a los ciudadanos opciones de elección relativamente claras y sencillas. Algo completamente distinto de la peligrosa confusión que crean el multipartidismo y el caudillismo que prevalecen hoy en la política colombiana. 

Bajo el régimen político de la Constitución de 1886, el presidente, por medio de su ministro de gobierno nombraba a todos los gobernadores. Estos, a su turno, nombraban a todos los alcaldes de su departamento. Por esa razón, los líderes políticos locales, que aspiraban a gobernar su municipio, se agrupaban alrededor de un gran jefe político para lograr que sus votos contaran en la elección presidencial y obtener así la alcaldía tan anhelada o algún cargo en los gobiernos departamental o nacional.  

Con la elección popular de alcaldes todo este esquema se vino al suelo pues los jefes locales entendieron que podían hacer valer sus votos por sí mismos y empezaron a proliferar las disidencias, inicialmente amparadas por las viejas marcas políticas – liberalismo popular, vanguardia liberal, conservatismo progresista, etc. – o, después, con otros nombres, a medida que aquellas perdían su antiguo lustre.

El Liberalismo Democrático de Uribe, como muchas otras disidencias que le salieron al Directorio de Guerra Serna, surge en el contexto de esa transformación del régimen político. Con el IELA, Uribe busca darle sustancia conceptual e ideológica a su movimiento. Consiguió atraer a varios académicos de prestigio como el economista Remberto Rhenals, el abogado constitucionalista Tulio Elí Chinchilla y el médico salubrista Leonardo Betancur, todos ellos hombres de gran sensibilidad social que vieron en Uribe el medio para incidir con sus ideas en la política pública.

Otros miembros del IELA fueron académicos e intelectuales de la izquierda democrática ampliamente reconocidos como Jaime Jaramillo, José Obdulio Gaviria, Alberto Rendón, Antonio Restrepo, Darío Ruiz, Libardo Zapata y Sol Marina de la Rosa. Porque Uribe era visto como un político de centro-izquierda, al punto de que su primera candidatura al senado fue apoyada por Gerardo Molina, destacado intelectual de izquierda cuya participación en la vida política se remonta a los años la Revolución en Marcha de López Pumarejo cuando fue senador por Antioquia. Hoy muchos de los amigos políticos de Uribe proceden del MOIR, el M-19 y otras agrupaciones de izquierda.

Nunca fui miembro del IELA, yo era más bien un “neoliberal”. Un día fui invitado por mi amigo Remberto Rhenals a dictar una conferencia en la que defendí la política del Presidente Barco y su Ministro de Hacienda, Luis Fernando Alarcón, de acabar con el control de cambios y abrir la economía a la competencia externa. Allí volví a ver a Uribe entre los asistentes, escuchando con esa atención respetuosa que le he visto poner siempre al discurso de interlocutor, cualquiera sea su condición. Al final, mostrando un acuerdo parcial con lo que dije, intervino y me asombró por ese conocimiento de los detalles que, sin ser de especialista, revela al hombre estudioso, de mente disciplinada y genuinamente interesado por entender cómo son en realidad las cosas. Todos los que han trabajado a su lado pueden dar testimonio de ello.

En aquellos años aciagos del período de gobierno del Presidente Barco, volví a verlo en medio de una dolorosa circunstancia: las exequias de Leonardo Betancur Taborda, asesinado por los paramilitares. Allí pude apreciar otra vez su valentía y determinación cuando, en contra del querer de los militantes de la izquierda totalitaria que lo abucheaban, se puso de pie, al aire libre, en el cementerio Campos de Paz, con su mano puesta sobre el cofre, a hacer una oración fúnebre en honor de su amigo asesinado. 

Volví a ver a Uribe cuando era Gobernador. Yo era gerente de una empresa estatal de la cual la Gobernación de Antioquia era accionista. La empresa requería una urgente capitalización y le pedí una cita para hablar del asunto. Me recibió en su despacho y fue una entrevista seria, precisa, al grano, como son las cosas con él. Estaba al tanto de la situación de la empresa y de mi gestión al frente de ella. Me felicitó por mi trabajo y, sin ningún rodeo, me dijo que el Departamento tenía otras prioridades y que le era imposible realizar esa capitalización. Salí sin un peso, pero teniendo por él más respeto y admiración.

Durante su primera campaña electoral preparé algunos documentos para directivos de la misma. Seguramente Uribe no se enteró de ello. Después de la elección, uno de esos directivos, que sería ministro en el primer gabinete, me pidió la hoja de vida, para ver dónde podía ayudar, según dijo. Decliné su ofrecimiento pues prefería mi trabajo de consultor independiente, a pesar de que por esos días las cosas estaban difíciles para los “informales” como yo. Nunca en sus ocho años en la presidencia desempeñé cargo en su administración ni tuve contrato alguno con dependencias del gobierno nacional. No por eso puedo decir que no le debo nada a sus gobiernos porque en realidad les debo todo: bajo ellos pude adelantar, con seguridad y confianza en el futuro, mi vida profesional y proveer con mi trabajo las necesidades de mi familia. El vigoroso inicio de su primer gobierno, que en pocos meses cambió la correlación de fuerzas con las Farc, llenándonos a todos de esperanza, me hizo desistir de mi propósito de abandonar el País para instalarme en Canadá. Estoy seguro de que este fue el caso de miles de colombianos.

II

Aún sin registrar tasas de crecimiento espectaculares, como las de los llamados “tigres asiáticos” – Taiwan, Corea, Singapur y Hong Kong- que por entonces eran la sensación, la economía colombiana venía creciendo de forma sostenida, lo cual, unido a la reducción de la tasa de crecimiento de la población, se traducía en un aumento continuo del producto por habitante. Crecía también la cobertura en educación a todos los niveles, mejoraba también la cobertura en salud y aumentaba la construcción de vivienda popular, bajo el impulso que al crédito hipotecario le había dado la adopción del sistema UPAC, creado en la administración de Pastrana Borrero. Con el final de Frente Nacional se estaba abriendo paso en el País una democracia más abierta y competitiva.

Los acuerdos de China y la Unión Soviética con Estados Unidos llevaron a una reducción de la intensidad de la llamada guerra fría, haciendo que esos países se mostraran más interesados en atender sus problemas internos que en apoyar unos movimientos guerrilleros en el otro extremo del mundo. A finales de los ochenta, con la transformación de China en una curiosa forma de capitalismo autoritario y el colapso de la Unión Soviética, el derrumbe de las guerrillas colombianas parecía inminente, como efectivamente ocurrió con las de otros países de América Latina.  Esta circunstancia y las mejoras persistentes en el bienestar de la población permitían presagiar que las guerrillas se irían debilitando hasta desaparecer, faltas de apoyo financiero y carentes de arraigo en la población. Pero no ocurrió así a causa del narcotráfico, que, además de brindar soporte financiero a la guerrilla, obligaría al Estado a dedicar ingentes recursos para enfrentar su enorme desafío.

Fue solo en el gobierno de Belisario Betancur cuando la sociedad colombiana se percató de la gravedad de la enfermedad que padecía como consecuencia del veneno que se le había inoculado a mediados de los años setenta: el veneno del narcotráfico, que cambió por completo la historia del País. Por eso hay que detenerse para hablar, así sea brevemente, de la aparición, desarrollo y consolidación del narcotráfico.

Debo decir en este punto que siempre fui contrario a prohibición de las drogas pues creo que la decisión de consumirlas es asunto del fuero invidual de cada cual. Sin embargo, nunca fui partidario de la legalización unilateral de su producción y tráfico porque habría convertido a Colombia en un país paria, habría dado a los narcotraficantes un poder mayor sobre la sociedad colombiana y nos habría transformado en un narco-estado como lo es hoy Venezuela. 

A los gobiernos hay que juzgarlos por lo que hacen y también por lo que dejan de hacer. El fenómeno del narcotráfico empezó a manifestarse con fuerza bajo el gobierno de Alfonso López Michelsen, 1974-1978. Todo inició con la llamada “bonanza marimbera” resultante de la exportación masiva hacia Estados Unidos de la marihuana cultivada en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta. Santa Marta Golden, la llamaban.  Poco a poco el País se fue percatando que el valor de las exportaciones de cocaína superaba con creces el valor de las exportaciones de marihuana y que el problema estaba en otra parte.

Como Presidente de la República, López Michelsen pudo ver lo que estaba pasando y decidió desentenderse de ello. En múltiples oportunidades declaró paladinamente que ese era un problema de Estados Unidos: “Aviones norteamericanos, con pilotos norteamericanos transportan cocaína para consumidores norteamericanos”, solía decir. Pero, además de renunciar a combatir a los narcotraficantes, el gobierno de López les dio a estos y la sociedad entera un equívoco mensaje de tolerancia cuando decidió modificar el régimen de control de cambios entonces vigente.

El control de cambios consistía, básicamente, en que el Banco de la República tenía el monopolio de la compra y venta de divisas en el País. Quien necesitaba dólares para importar mercancías o realizar cualquier pago al exterior debía comprarlos al Banco de la República justificando el uso que les iba a dar. Así mismo, quien realizaba exportaciones o recibía dólares por cualquier concepto estaba en la obligación de venderlos al Banco, demostrando la legitimidad de su procedencia. Esta operación recibía el absurdo nombre de reintegro.  Por supuesto que había un mercado paralelo de divisas que, aunque ilegal, era más o menos tolerado. Era tal la afluencia de divisas que ingresaban por el narcotráfico que, contrariamente a lo que ocurre cuando hay control de cambios, el dólar del mercado negro o paralelo se cotizaba a un precio inferior al dólar oficial.

El gobierno de López decide que en las taquillas del Banco de la República podrán venderse hasta cincuenta dólares en cada transacción sin justificar su procedencia. Pronto las sedes del Banco en todas las ciudades se vieron atestadas de ciudadanos que hacían fila una y otra vez para cambiar de a cincuenta dólares en cada oportunidad. Los narcotraficantes pagaban por ese servicio. En esta decisión, aparentemente anodina, los narcotraficantes y la sociedad entera vieron un mensaje de tolerancia. Y no podía ser de otra forma: si el gobierno recibe los dólares del narcotráfico, por qué no he de hacerlo yo, razonaba el ciudadano común. Si el gobierno recibe nuestros dólares, el gobierno es nuestro cómplice, razonaban las narcotraficantes. El expresidente Carlos Lleras Restrepo calificó esa decisión como la apertura de la “ventanilla siniestra”.

Durante los gobiernos de López Michelsen y de Turbay Ayala, aunque no dejaron de realizarse confiscaciones de droga y algunas detenciones, el narcotráfico creció desmesuradamente. Los principales narcotraficantes eran personajes públicos que no necesitaban esconderse. De hecho, eran populares, la gente celebraba sus extravagancias, como construir plazas de toros en su fincas,  y las personas acaudaladas estaban dichosas vendiéndoles, a precios exorbitantes, apartamentos, casas, fincas, caballos, obras de arte, etc. Los políticos los cortejaban y recibían sus donativos electorales. En fin, la sociedad colombiana despreciaba a los narcos, pero apreciaba sus dólares. La forma en que el narcotráfico permeó la sociedad a todos sus niveles está descrita en la dolorosa novela La mujer de los sueños rotos de María Cristina Restrepo.

El gobierno de Turbay Ayala negoció y firmó un tratado de extradición con los Estados Unidos. El embajador en Washington era Virgilio Barco Vargas, quien participó activamente en la redacción del documento. La tremenda inconciencia de la sociedad colombiana frente a la trasformación que a su interior se estaba operando, como consecuencia del narcotráfico, la prueba el hecho de que la noticia de la aprobación del tratado en el Congreso de la República solo mereció en El Tiempo un pequeño titular de tres columnas en la parte baja de la primera página. El País empezó a percatarse de lo que le subía pierna arriba cuando las principales ciudades se llenaron de gigantescas vallas en las que, los narcotraficantes, desafiantes, proclamaron: “Preferimos una tumba en Colombia a una cárcel en los Estados Unidos”. Esto anunciaba el terrible ataque que los narcotraficantes desatarían contra la sociedad colombiana.

III

En 1982 viajé a Francia con mi esposa Gloria Cecilia a adelantar estudios de posgrado. Prácticamente estuve fuera durante todo el gobierno de Belisario Betancur, el hombre bueno y bien intencionado que más daño le ha hecho al País en su historia reciente. Cualquiera diría que el refrán popular que dice: “de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno”, fue inventado a su propósito. 

La campaña presidencial de 1982, en la que Betancur se enfrentó a López Michelsen y a Luis Carlos Galán, estuvo marcada por el temor de que los narcotraficantes desataran una guerra sin cuartel, como después lo harían, contra el tratado de extradición. Betancur prometió que no aplicaría el tratado e inicialmente así lo hizo. Dudo mucho de que López Michelsen hubiera procedido de manera distinta. Solo Galán, quien venía combatiendo a los narcotraficantes y a sus aliados en la política desde la tribuna y desde la prensa, hubiera sido capaz de enfrentarlos con decisión. Esa actitud vertical le costaría la vida años más tarde.

A pesar de que los narcotraficantes tenían intimidada a la justicia y asesinaban a placer policías, jueces, otros narcotraficantes y ciudadanos del común, Betancur empezó cumpliendo su promesa de no aplicar el tratado de extradición. Pero, fiel a esa característica de los pusilánimes de poner una vela a Dios y otra al Diablo, nombró como Ministro de Justicia a Rodrigo Lara Bonilla, uno de los principales dirigentes del Nuevo Liberalismo, el nombre con el cual Galán había bautizado su disidencia del Partido Liberal.  

Lara, como suele hacer la mayoría de los políticos, hubiera podido pasar de agache - a lo mejor eso era lo que quería Betancur, interesado sobre todo en pasar a la historia como el "Presidente de la Paz" - incautando una toneladita aquí o allá y apresando dos o tres peces pequeños; pero, sorprendentemente, decidió tomar en serio la consigna retórica de Betancur de someter al narcotráfico a nuestra propia justicia y se embarcó en una lucha frontal contra los narcotraficantes, que tenía perdida de antemano, y decidió darles donde les dolía: Tranquilandia.

De Tranquilandia sabía todo mundo en Colombia, empezando por el Gobierno. Se trataba de un gigantesco complejo para la producción de cocaína instalado en medio de las selvas de Meta y Caquetá, con 20 laboratorios y 10 pistas de aterrizaje. Tranquilandia era la expresión escandalosa de la nefasta mutación que el negocio de la cocaína había tenido en Colombia durante los años de indiferencia tolerante con la que sucesivos gobiernos, y la sociedad colombiana toda, lo habían tratado; antes de que, el desafío que representó el asesinato de Rodrigo Lara, forzara, a Belisario Betancur, a afrontar la guerra que los narcotraficantes le habían declarado a su gobierno y la sociedad entera.

En sus inicios, las etapas del proceso de producción y comercialización de la cocaína estaban localizadas en varios países. En Bolivia y Perú estaban los cultivos de la coca, que abastecían el consumo tradicional de los indígenas y la creciente demanda de los productores de cocaína. La llamada pasta base, que no es más que un amasijo de hojas de coca prensadas para facilitar su transporte, también se producía en esos países, donde la compraban los narcotraficantes colombianos para transformarla en la cocaína que exportaban a Estados Unidos, para ser vendida al consumidor final.  

De manera imperceptible en un principio, después de forma abierta y descarada, el cultivo de la coca se fue trasladando hacia Colombia. Los narcotraficantes colombianos integraron todas las etapas de la actividad, desde el cultivo de la coca hasta la comercialización minorista de la cocaína, producida en los laboratorios de Tranquilandia, en las calles de algunas ciudades de Estados Unidos. Esto se produjo a lo largo de varios años, mientras la sociedad colombiana miraba para otra parte y sucesivos gobiernos trataban de lidiar con la guerrilla, alternando infructuosos “procesos de paz” con ofensivas militares erráticas y deficientemente preparadas.

El País no se había dado cuenta de que con el desarrollo de los cultivos de coca y la instalación de laboratorios en los territorios selváticos donde operaban las guerrillas, se había sellado una alianza de intereses entre los narcotraficantes y las Farc, que permitiría el fortalecimiento económico y militar de ésta y su posterior transformación en la principal organización de narcotraficantes de Colombia. Entre tanto, sucesivos gobiernos creaban, una tras otra, comisiones de paz para buscar la terminación del “conflicto armado”. 

Personajes como el expresidente Lleras Restrepo, que presidió la primera creada bajo el gobierno de Turbay Ayala, el entrañable intelectual Otto Morales Benites, el empresario John Agudelo Ríos, el obispo Mario Rebollo, la colaboradora de todos los gobiernos, Nohemí Sanín, y muchos otros más, fueron reyes de burlas en esas “comisiones de paz”, con las que las Farc “dialogaban”, mientras se fortalecían económica y militarmente, preparándose para enfrentar la próxima ofensiva del gobierno, que inevitablemente seguía al fracaso del diálogo como consecuencia de las descaradas exigencias de la organización guerrillera. 

Las negociaciones bajo el gobierno de Belisario Betancur, culminaron en el llamado Acuerdo de La Uribe, que dio lugar a la creación de un partido llamado Unión Patriótica, integrado por combatientes de la Farc. El absurdo de ese acuerdo era evidente: las Farc entraban a la política electoral sin abandonar las armas, logrando así el objetivo de combinar todas las formas de lucha para alcanzar el poder. Hoy, como consecuencia de los acuerdos de La Habana, el País enfrenta una situación semejante, aunque mucho más grave.

A causa de su pusilanimidad y su deseo de complacer a todo el mundo, el gobierno de Belisario Betancur dejó el País en una situación calamitosa: una economía debilitada, la guerrilla de las Farc fortalecida y unos carteles de narcotraficantes con ingentes recursos económicos y militares que les permitieron lanzar el más despiadado ataque contra la sociedad colombiana durante el gobierno de Virgilio Barco Vargas. 

Los acontecimientos que se presentaron en los años del gobierno de Barco son de los más dolorosos en la historia del País. “Es difícil encontrar – escribió el historiador británico Malcom Deas – en la historia reciente de Occidente un Estado democrático confrontado con amenazas tan graves como fue el caso de Colombia a mediados de los años ochenta”. Una enumeración no exhaustiva de algunos sucesos basta ilustrar la magnitud del desafío que enfrentó.

Un mes antes de la posesión de Barco, en julio de 1986, es asesinado Hernando Baquero Borda, juez de la Corte Suprema. En diciembre es acribillado Don Guillermo Cano, director de El Espectador. Después vendrían los secuestros de Andrés Pastrana, Álvaro Gómez y Francisco Santos y los asesinatos de los candidatos presidenciales Jaime Pardo, en octubre de 1987, Luis Carlos Galán, en agosto de 1989, Bernardo Jaramillo, en marzo de 1990, y Carlos Pizarro, en abril de 1990.  Cayeron también asesinados el procurador Carlos Mauro Hoyos, en enero de 1988; el gobernador de Antioquia, Antonio Roldan, en julio de 1989, y el coronel Franklin Quintero, el 18 de agosto de 1989, el mismo día que Luis Carlos Galán. Y el colmo de los ultrajes a la sociedad: la bomba al Espectador, en septiembre de 1989, y, en noviembre de ese mismo año, las bombas al edificio del DAS y al vuelo 203 de Avianca, y la operación pistola contra la policía de Medellín, desatada por Pablo Escobar, que dejó más de 200 agentes muertos.

IV

Los primeros grupos paramilitares aparecieron en Colombia bajo los gobiernos de Belisario Betancur y de Virgilio Barco. En su condición de Ministro de Gobierno, Cesar Gaviria denunció en el Senado, en 1986, la existencia de 140 grupos paramilitares formados bajo el amparo de una legislación de 1968 que permitía la creación de grupos civiles de autodefensa. El gobierno los declaró ilegales, derogó la legislación que los amparaba, tipificó el delito de paramilitarismo y creó una fuerza especial para combatirlos.  A los jóvenes se les ha hecho creer que Álvaro Uribe fue el creador del paramilitarismo. Los hechos históricos desmienten ese mito difundido por la izquierda.

También es falso que Uribe, como Gobernador de Antioquia, haya creado las Convivir que a los jóvenes se les ha enseñado a identificar con el paramilitarismo. Estas organizaciones, cuyo nombre exacto es “Cooperativas de Vigilancia y Seguridad Privada” fueron autorizadas por el gobierno de Samper Pizano mediante el decreto 356 de 1994 o Estatuto de Vigilancia y Seguridad Privada. Previo el cumplimiento de ciertos requisitos, estas cooperativas obtenían licencia de funcionamiento expedida por la Superintendencia de Vigilancia y Seguridad Privada, entidad del orden nacional, la misma que autoriza y supervisa los cientos de empresas privadas que prestan servicios de vigilancia y seguridad en residencias y oficinas de los centros urbanos.  En síntesis, el gobierno de Samper dio vida legal a las Convivir y una dependencia de orden nacional autorizaba su funcionamiento. En concesión a las Farc, el gobierno de Andrés Pastrana suprimió esas cooperativas. No existían cuando Álvaro Uribe llegó a la presidencia en 2002.    

Álvaro Uribe fue Senador de la República entre 1986 y 1994.  Nunca me crucé con él durante esos años, pero estuve al tanto de su actividad como congresista:  cumplido, estudioso y eficiente. Fue autor y ponente de numerosos proyectos de ley, entre ellos la llamada Ley de Metros, durante cuyo trámite mi esposa Gloria Cecilia, que era Directora Financiera del Metro, trabajó intensamente con él.

El hecho de asumir la ponencia de dicho proyecto, es prueba de la dimensión de estadista de Uribe. Era una ley absolutamente necesaria para garantizar la viabilidad financiera del Metro, pero era totalmente impopular porque le imponía a la ciudad de Medellín y al departamento de Antioquia obligaciones fiscales con la Nación para que esta pudiera otorgar su garantía al financiamiento externo de la obra. En su momento, la opinión pública de Antioquia, azuzada por los politicastros de siempre, rechazaba esa ley pretendiendo que el esfuerzo fiscal recayera totalmente sobre la Nación.

Álvaro Uribe asumió el costo político que implicaba sacar esa ley que ha sido de gran importancia para el País, pues definió el esquema de financiación de todos los sistemas de transporte masivo que posteriormente se construyeron en varias ciudades, justamente en los gobiernos de Uribe. La financiación del metro de Bogotá ha sido posible gracias al esquema de la que a mí me gusta llamar la Ley Tamayo-Uribe. Mi esposa consagró a ese proyecto muchos días de trabajo y puede dar testimonio del empeño y la tenacidad del senador Uribe para sacarlo adelante en el Congreso.

El gobierno de Cesar Gaviria impulsó grandes reformas que cambiaron para bien el rumbo de la economía. Conocedores los ministros de Gaviria de la inteligencia, capacidad de trabajo y habilidad política de Uribe, lo buscaron para que fuera ponente de los proyectos de ley de dos de sus más importantes reformas: la laboral, ley 50 de 1990, y la seguridad social, ley 100 de 1993. El arquitecto de esta última fue el economista Juan Luis Londoño de la Cuesta, quien moría en un trágico accidente cuando se desempañaba como ministro en el primer gobierno de Uribe. Con su muerte, Colombia perdió un hombre bueno que con su inteligencia, su entusiasmo, su alegría desbordante estaría hoy contribuyendo al progreso del País. Me siento honrado de haber sido su amigo. 

La ley 50 no es mala por lo que dice sino por lo que le faltó decir. Entonces, aún ahora, la legislación laboral estaba diseñada para proteger a quienes tienen empleo a expensas de los que carecen de él o subsisten en la mal llamada informalidad. Esa legislación es defendida por la izquierda, enemiga de todas las libertades, entre ellas la libertad de contratar entre empleadores y empleados. Aún con sus limitaciones, los cambios introducidos por la ley 50 favorecieron el empleo y la inversión.

La ley 100 puso término a un sistema de seguridad ineficiente – el del Instituto de Seguros Sociales - controlado por la corrupción política y los sindicatos del sector salud; creando un sistema de salud que cubre a toda la población y un sistema pensional que ha estimulado el ahorro y permitido notables avances en la cobertura. Hoy, la familia colombiana típica solo destina el 1,2% de su propio ingreso al gasto en salud: ese es el peso que tienen dicho gasto en la canasta familiar con la que se calculan las variaciones del Índice de Precios al Consumidor. Es bueno decirlo también aquí, que, en esa canasta, el gasto en educación solo representa el 4,2%. Esas dos cifras muestran por sí solas los notables avances del País en la financiación del acceso a la salud y la educación de toda la población, que la izquierda totalitaria se empeña en desconocer y la derecha democrática no ha sabido defender.

Igualmente, a pesar de sus deficiencias, el sistema pensional permite que millones de personas reciban hoy puntualmente su jubilación y que los cotizantes tengan la certeza de recibirla en su momento, porque sus ahorros están bien administrados por las AFP y están respaldados por una economía que, en medio de las dificultades coyunturales, ha crecido satisfactoriamente en el largo plazo. Esto es importante entenderlo: sin crecimiento económico no hay empleo ni bienestar y tampoco pensiones para nadie.  

Quizás no sobre recordar que Uribe también fue ponente de la ley 7 de 1992, que impidió que los cabecillas del M-19 fueran llevados a juicio y, eventualmente, condenados por los delitos de lesa humanidad cometidos durante la toma del Palacio de Justicia en noviembre de 1985. Esa ley, de dos artículos, estableció que, los guerrilleros beneficiados con indultos y amnistías, fueran cobijados por el principio de favorabilidad y el beneficio de la cosa juzgada. Eso explica que varios de los dirigentes del M-19 se hayan convertido en partidarios de Uribe y militen en el Centro Democrático. Otros, como Antonio Navarro y Gustavo Petro se convertirían en sus implacables enemigos. La gratitud no es una virtud que adorne a todo mundo. 

Tampoco fue muy agradecido el abogado Carlos Gaviria Diaz, cuya elección a la Corte Constitucional fue impulsada decididamente en el Senado por Uribe. Como Gobernador de Antioquia, Uribe le otorgó a Gaviria la máxima distinción del Departamento, el Escudo de Antioquia en Categoría Oro. Es sorprendente que Gaviria no hubiese rechazado la distinción por provenir de un gobernador que por su férrea política de seguridad ya era acusado de paramilitarismo por sus enemigos. Sin Uribe, que con sus acciones elevó su prestigio, Gaviria no habría dejado de ser el oscuro profesor de Introducción al Derecho que había sido toda su vida. Los maltratos que recibió Uribe del antiguo profesor no se compadecen con la admiración y cariño que siempre le tributó el más prominente de sus alumnos.

V

El apoyo de Uribe al gobierno de Cesar Gaviria muestra una importante evolución en su pensamiento político y económico, apartándose de la visión intervencionista del liberalismo de sus años de juventud – la de López Pumarejo y Lleras Restrepo, principalmente – y orientándose a una mejor apreciación del papel del mercado y de la importancia de la función empresarial.  

Gaviria, que había sido Ministro de Hacienda de Barco, continúo con el proceso de desmonte del férreo intervencionismo económico cepalino iniciado por su antecesor. Bajo su gobierno se redujo el nivel y la dispersión del arancel proteccionista, se liberalizó el sistema financiero, permitiendo la llegada de la banca extranjera, se abrió el sector de los servicios públicos a la inversión privada y se hicieron las ya mencionadas reformas a la seguridad social y al régimen laboral de las que fue ponente el senador Uribe.

Estas importantes reformas, que la izquierda moteja de “neoliberales”, delinearon en gran medida la orientación de la economía hasta la actualidad. La increíble ampliación de la oferta de bienes de consumo importados al alcance de la mayoría de la población, el acceso también de esa mayoría al sistema financiero, el aumento en la cobertura y calidad de los servicios públicos domiciliarios, la ampliación de la cobertura de la seguridad social en salud, de un sistema que superó exitosamente la dura prueba de la pandemia del Covid-19, y el crecimiento indiscutible de la clase media y la drástica reducción de la pobreza,  son logros del País que en muy buena medida son consecuencia de los cambios legales de mediados de los noventa, la mayoría de los cuales están vigentes en la actualidad en sus aspectos fundamentales. No hay mejor prueba de la bondad de una ley que su persistencia en el tiempo.

Esos logros, que la izquierda quiere echar atrás implantando un intervencionismo hirsuto, hay que defenderlos manteniendo y profundizando las reformas hacia una economía cada vez más orientada por las decisiones libres de las familias y las empresas, es decir, por el mercado.  

VI

El de Gaviria fue un buen gobierno, aunque cometió el grave pecado de dejar el manejo de la relación con la Constituyente a un personaje tan inepto y pusilánime como Humberto de la Calle, que le hizo al M-19 todas las concesiones posibles, como después lo haría con las Farc en La Habana. ¡Qué daño la he hecho al País este señor de la Calle!

Hay que detenerse a decir algunas palabras sobre la Constituyente y la Constitución de 1991.

Desde el gobierno de López Michelsen se venía hablando de una constituyente. López quiso convocar lo que llamó una “mini-constituyente” para reformar la justicia - ¡desde entonces! – pero fracasó en su intento. En general se aceptaba que un eventual acuerdo de paz con las guerrillas debía conducir a una reforma constitucional más o menos amplia del régimen político y el sistema electoral.

El gobierno de Barco adelantó un exitoso proceso de paz con el M-19 que concluyó con la desmovilización de ese grupo en marzo de 1988. Fiel a la promesa consignada en el acuerdo de realizar una reforma política, el Gobierno presentó al Congreso un proyecto de reforma constitucional. El trámite del proyecto fue interferido por los narcotraficantes quienes lograron que sus amigos en el Congreso incorporan un artículo que prohibía la extradición. Esto era algo que Barco, quien se había enfrentado a los narcos y extraditado a varios de ellos, no podía aceptar y el gobierno retiró el proyecto.

La convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyentes es uno de los hechos más sorprendentes de nuestra historia política. Barco pretendía que la reforma constitucional que saliera del Congreso en 1989 fuera ratificada mediante el “Referendo por la paz y la democracia”, que debía realizarse el 21 de enero de 1990. Con el retiro del proyecto, esto se vió frustrado. Un grupo de estudiantes universitarios impulsó una propuesta para que en las elecciones de marzo de ese año se incluyera una papeleta adicional a las seis que estaban previstas, mediante el cual el constituyente primario aprobaba la convocatoria a una asamblea constitucional.

En dichas elecciones se depositaron menos de un millón de votos en un formato no oficializado por la organización electoral. El Presidente Barco, haciendo uso de las facultades del estado de sitio, expidió el decreto 927 del 3 de mayo ordenando a la organización electoral la contabilización de los votos que se emitieran para convocar una asamblea constituyente en las elecciones presidenciales del 27 de mayo. Más de cinco millones de colombianos votaron favorablemente. Las votaciones para elegir los constituyentes se realizaron el 9 de diciembre ese mismo año. Así pues, la convocatoria de la constituyente del 91 se decidió por una segunda papeleta en las elecciones presidenciales, no por la séptima en las de cuerpos colegiados.

La constituyente se instaló el 5 de febrero de 1991 y concluyó sus labores con la expedición de la nueva constitución el 4 de julio. No es del caso hablar aquí de forma exhaustiva del contenido de esa constitución cuya gran extensión – 380 artículos permanentes y 60 transitorios – refleja el esfuerzo de los 70 constituyentes por incluir en ella las visiones de todas las fuerzas políticas participantes. Ese esfuerzo de inclusión al parecer no ha terminado pues la constitución del 91 ha sido objeto de más de 45 reformas. Todo un récord mundial.

En una constitución tan extensa todo mundo encuentra algo que le guste. Mis preferencias van por los capítulos V y VI del Título XII sobre el régimen económico y de hacienda pública, que tratan, respectivamente, del régimen de servicios públicos y de la autonomía del Banco de la República. Me gusta mucho también la reforma, consagrada mediante al acto legislativo 03 de 2011, que introdujo en la Constitución los conceptos de sostenibilidad fiscal e incidente de impacto fiscal, cuyo desarrollo legal es la llamada regla fiscal que impone límites al déficit y al endeudamiento en que puede incurrir la Nación.  La autonomía del banco central nos pone un poco al abrigo de la financiación inflacionaria del gasto público; mientras que el concepto de sostenibilidad fiscal, aunque precario, puede ayudar a evitar el desmadre gasto público, peligro siempre latente con una constitución plagada de derechos que todos quieren reclamar y con unos jueces convertidos en ordenadores de gasto, especialmente en el caso del sistema de salud.

Lo que más me desagrada es el régimen electoral que ha dado lugar a la atomización de las fuerzas políticas y al surgimiento del caudillismo que hoy caracteriza la política colombiana. Llegamos a tener 60 partidos y movimientos con personaría jurídica, 20 de ellos con representación en el Congreso. El acto legislativo 1 de 2003 cambió un poco la situación, pero aún tenemos un multipartidismo que es excesivo porque impide la conformación de mayorías coherentes en el Congreso y da lugar a una política de pequeños intereses basada en la repartición de cargos y partidas presupuestales. Adicionalmente, y esto es quizás lo más grave, el multipartidismo excesivo priva al elector de opciones políticas claras y lo sume en una confusión mental propicia a las fuerzas de la izquierda totalitaria, que tiene una inmensa capacidad para presentarse con los más diversos ropajes tras los que se oculta un mismo objetivo: acabar con las libertades y la economía de mercado.  

VII

A Cesar Gaviria lo sucedió Ernesto Samper Pizano, cuyo gobierno fue un verdadero desastre. Instalado en el poder por obra y gracias del Cartel de Cali, se pasó aferrado a él, usando el presupuesto de la Nación para comprar su absolución en el Congreso.

La financiación de la campaña de Samper por el narcotráfico es un hecho probado. El tesorero, Santiago Medina, lo reconoció en el libro que publicó sobre el asunto. El jefe de la campaña y posteriormente ministro de gobierno, Fernando Botero Zea, lo hizo también, en vivo y en directo, ante las cámaras de televisión. También lo reconoció el propio Samper quien gracias a la repartición de generosas dádivas presupuestales consiguió que la Cámara de Representantes lo absolviera, aceptando su mentira de que todo había ocurrido a sus espaldas. Esto dio lugar al famoso proceso 8.000 en el que resultaron condenados decenas de congresistas.

Aunque, gracias a sus enormes influencias, Samper y su ministro de gobierno Horacio Serpa, lograron impedir el avance en la Fiscalía de la investigación sobre el asesinato de Álvaro Gómez Hurtado – el caso ha pasado por 27 fiscales – la evidencia acumulada muestra a las claras que esos personajes fueron determinantes de ese asesinato. Con el claro propósito de exculpar a quien hoy es su aliado, las Farc salieron a atribuirse el magnicidio de Gómez Hurtado. No menos de 15 personas relacionadas con el proceso 8.000 han sido asesinadas.

Además de corrupto y criminal, el gobierno de Samper debilitó a las fuerzas armadas y obstaculizó su accionar en contra de las Farc, las cuales, en el curso de su mandato se fortalecieron y avanzaron de la guerra de guerrillas a la guerra de posiciones, lanzando ataques contra puestos militares, como la base de Las Delicias, el 30 de agosto de 1996, y la de Patascoy, el 21 de diciembre de 1997. En esos asaltos, las Farc asesinaron decenas de soldados y secuestraron muchos más que permanecieron en infame cautiverio durante varios años.

Andrés Pastrana, que inició su gobierno el 7 de agosto de 1998, recibió de Samper Pizano la peor herencia imaginable. La tasa de desempleo, que al final del último año de Gaviria estaba en 7,9%, Samper logró duplicarla llevándola al 15,6%, al final de su mandato. La inversión venía en caída libre casi desde el inicio de su gobierno, el déficit público se acrecentó, a pesar de que en ese gobierno se vendieron importantes activos del sector eléctrico – Chivor, Betania, etc. - cuyo producto se dedicó a financiar el gasto público corriente, entonces disparado para pagar – con puestos, contratos y puros sobornos – la absolución en el Congreso. No hay nada más nefasto para las finanzas públicas que vender activos para pagar burocracia o, peor aún, sobornos.

Gráfica 4

 


El fortalecimiento de las Farc era tan grande que, el 1 de noviembre de 1998, con una fuerza de 1500 hombres, se tomaron a Mitú, capital de Vaupés. Nunca, en toda su historia criminal, las Farc se habían atrevido a lanzar ataque contra una capital de departamento. Tras doce horas de combate, en el que se dispararon 144.000 balas de fusil, las Farc coparon el comando de policía, donde 90 hombres, al mando del Coronel Luis Mendieta resistieron heroicamente hasta agotar su munición. Al cabo de 72 horas las Fuerzas Armadas recuperaron la capital, frustrando el propósito de las Farc de establecer un gobierno paralelo, así fuera por unos cuantos días. Tres semanas después de la toma, el gobierno de Pastrana Arango decretó la llamada zona de distención de San Vicente del Caguán, dando inicio al aparatoso proceso de paz que agobió al País durante más de tres años.

Resulta increíble que Pastrana haya iniciado un proceso de paz en medio de una situación tan desventajosa para las fuerzas militares y el País entero, lo que le obligó a un despeje militar de 42.000 kilómetros cuadrados, dejando a merced de las Farc más de 100.000 ciudadanos. Esa extensión es 8 veces el área sumada de los departamentos más pequeños del País, Atlántico y Quindío, el doble de La Guajira, el 66% de Antioquia o, si se quiere, igual a Suiza. Pero al parecer el País estaba ansioso de que se emprendieran esas negociaciones cuyo resultado fracasado se podía anticipar desde el principio dada las precarias condiciones de partida y el propósito de las Farc, como lo había hecho en el pasado, de utilizarlas para fortalecerse aún más y seguir en su objetivo de la toma armada del poder para implantar su dictadura marxista-leninista.

Uribe fue uno de los pocos políticos, tal vez el único, que entendió y entiende con toda claridad lo que está en juego con las Farc. El 24 de noviembre de 2000, en un evento gremial en Cartagena, con su habitual franqueza y lucidez, expresó lo siguiente:

“Queridos amigos, el proceso con las Farc es muy diferente al del M-19, al del EPL. En estas agrupaciones había un concepto político de nacionalismo, de reivindicación. Una demanda de espacio político, de tolerancia. El pleito con las Farc no es un viejo pleito por cerdos y por bovinos, es un pleito marxista. Es un pleito sobre modelo de propiedad, sobre régimen de libertades. En 1963, esa guerrilla abrazó el marxismo-leninismo como su modelo de Estado y su modo económico de propiedad. Se ha bandolerizado mucho, pero mantiene ese fundamentalismo en buena parte de su cúpula dirigente. Es una guerrilla marxista-leninista en su orientación ideológica fundamentalista, criminal y su gran diferencia con otras guerrillas latinoamericanas es que es una guerrilla rica. Qué bueno la tuvieran los psicólogos del derecho penal y le hicieran un examen a esa confluencia de agravantes. En las Farc confluye lo que dijera Shakespeare del criminal: Tiene sangre en las manos y necesita más sangre. En las Farc confluye el fundamentalismo de los dogmáticos. En las Farc confluye la prepotencia del enriquecimiento”.

LGVA

Octubre de 2020.

domingo, 4 de octubre de 2020

No hay de qué hacer un caldo con esos aspirantes

No hay de qué hacer un caldo con esos aspirantes

 

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

 

Ya empezaron las firmas encuestadoras a sondear la intención de voto de los colombianos para las presidenciales de 2022. Guarumo y EcoAnalítica, célebres por su historial de desaciertos, acaban de presentar los resultados de un sondeo telefónico, realizado entre el 27 y el 30 de septiembre pasado. Con todo el respeto que me merecen los 1257 ciudadanos que contestaron la encuesta, me veo en la obligación de decirles que a la pregunta: “Si las elecciones fueran hoy, ¿por cuál candidato votaría?”, han debido responder: ninguno, porque de los presuntos aspirantes no hay de qué hacer un caldo.

Todos esos aspirantes son unos estatistas furibundos que ven a los ciudadanos como borregos incapaces de valerse por si mismos y que deben por tanto ser asistidos, protegidos y guiados por el gobierno en sus actividades productivas y en su vida privada. Todos ellos pretenden estar por encima de las ideologías y estar más allá de los partidos porque todo lo bueno que prometen hacer desde el gobierno depende de los excelsos atributos personales con los que se creen adornados. Todos son pues caudillistas, pero de un caudillo a otro hay algunas diferencias. Me referiré a los dos aspirantes que acaparan la mayor intención de voto.

Sergio Fajardo o la peligrosa vacuidad. Después de haber sido alcalde, gobernador y participado en dos elecciones presidenciales, Fajardo todavía osa presentarse como un “antipolítico” que se vió forzado a entrar a la política, dejando de lado una cómoda vida académica, para sacrificarse por los demás enfrentando a los políticos corruptos.

Todavía nos ilustra, creyéndonos tarados, con sus esquemitas conceptuales de bachillerato, de su propio puño y letra, para que sea mayor el encanto y la intimidad. En el último, publicado en su cuenta de tweeter, revela una vez más su infinito desprecio por las familias y las empresas y su convicción según la cual los políticos son el alfa y omega de la sociedad.

“Los políticos toman las decisiones más importantes de la sociedad”, afirma Fajardo. Por eso entra a la política, para llegar al poder. 

Pues no, las decisiones más importantes de la sociedad las toman las familias y las empresas. Las familias son fundamentales en la formación de capital humano y físico y las empresas en la búsqueda y descubrimiento de oportunidades de crear riqueza, que no es otra cosa que la producción de bienes y servicios que lanzan al mercado.


La función de los gobiernos democráticos y verdaderamente liberales es promulgar y hacer cumplir normas de conducta de carácter general que estimulen y protejan a las familias y las empresas en la búsqueda de los objetivos de bienestar y producción, porque son ellas, no el gobierno, las que realmente saben cuál es su interés.

El gobierno debe estar al servicio de la sociedad, es decir, de las familias y de las empresas, no a la inversa como cree Sergio Fajardo. Allí donde las decisiones de los políticos son más importantes que las de las familias y las empresas, reina el totalitarismo.  

A estas alturas, después de veinte años de vida política, Fajardo continúa exhibiendo como su gran credencial la supuesta limpieza de sus manos y se cuida bien de exponer su visión de la economía y la sociedad. La naturaleza detesta el vació y el vacío de ideas de Fajardo es inexorablemente llenado por las ideas totalitarias de sus aliados Claudia López y Jorge Robledo, una ilustre pareja de ignorantes en cuestiones de economía y desdeñosos de las libertades individuales, tanto o más que Gustavo Petro de quien me ocupo a continuación.  

Gustavo Petro o el delirio criminal. Se dice que Gustavo Petro es economista, de la Universidad Externado de Colombia. Un diploma es un certificado de idoneidad mediante el cual la entidad que lo expide le comunica a la sociedad que su titular es un buen profesional y que puede confiar en él. Entregar un diploma a una persona no-idónea es un engaño y una estafa para la sociedad y la entidad que lo haga debe ser sancionada ejemplarmente, de acuerdo con el daño que el supuesto profesional cause a la sociedad. A la Universidad Externado yo le quitaría su licencia de funcionamiento de por vida pues el daño causado por el supuesto economista es de calibre mayor.

Petro no sabe economía. El sujeto cree en la teoría del valor trabajo y de la explotación que es equivalente a creer que la tierra es plana y que los astros están pegados a una cúpula firme que gira alrededor de ella. El sujeto no tiene idea de cómo se forman los precios, ni la tasa de interés, ni la tasa de cambio y está convencido de que son fijados arbitrariamente por gente mala – empresarios y economistas neoliberales – que quieren joderles la vida a los pobres.

En sí no es grave que Petro, como todos los aspirantes y la mayoría de la gente, sea ignorante en economía. Todos somos ignorantes en casi todas las cosas ajenas a nuestro oficio o profesión. Yo no sé nada de cirugía cardíaca, lo que no es ningún problema mientras no pretenda operar a nadie. Petro es justamente eso, una especie de médico ignorante que pretende manejar el País sin tener idea de las patologías económicas ni de su forma de tratamiento.

El ignorante en medicina no sabe cómo funciona el organismo humano, el ignorante en economía no sabe cómo funciona el organismo económico. De hecho, no entiende que es un organismo y cree que es una especie de organización que puede manipular a su antojo.

Esos ignorantes, convencidos de que la sociedad es un inmenso tablero de   ajedrez cuyas piezas pueden manipular a voluntad, no se percatan de que esas piezas tienen sus propios deseos y que están animadas por la incontenible aspiración de libertad que late en el corazón de todo ser humano, lo que los obliga, para imponer sus delirios, a la más cruel represión de los deseos y aspiraciones de las personas.

Esos jugadores son los Stalin, los Mao, los Pol Pot, los Kim, los Castro, los Chávez y los Maduro quienes no vacilaron en convertir a sus países en verdaderos infiernos para imponer a sus ciudadanos el paraíso imaginado en los delirios de sus mentes pletóricas de prejuicios y absurdas ideas. Esos son los inspiradores de Gustavo Petro quien comparte con ellos su total ignorancia de las leyes económicas y el absoluto desprecio por la libertad humana.

Si es necesario en otro momento me ocuparé de los demás aspirantes. Ya es suficientemente deplorable constatar que dos personajes de mentalidad totalitaria, furibundos enemigos de la economía de mercado y de las libertades individuales, ocupan un lugar privilegiado en las preferencias políticas de los colombianos. ¡Qué Dios nos ampare si de aquí al 2022 no logramos revertir esta tendencia!

LGVA

Octubre de 2020.  


sábado, 3 de octubre de 2020

Álvaro Uribe Vélez para jóvenes y desmemoriados (I)

 

Álvaro Uribe Vélez para jóvenes y desmemoriados (I)

 

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Introducción

He escrito esto pensando en mis hijos y en algunos jóvenes que me regalan de forma tan generosa como incomprensible el don de su amistad. Pienso también en muchos otros jóvenes a quienes se les ha trasmitido una visión del País y de la figura del Presidente Uribe completamente distorsionadas. Las ideas que se tienen sobre la historia inciden decisivamente en las posiciones políticas de las personas. Por eso es necesario que los defensores de la libertad y la democracia demos también la batalla en el terreno de la historia.

Aunque motivado por la gratitud, la admiración y el afecto, mi alegato se apoya en hechos y datos incontrovertibles. A los políticos se les juzga por las cosas que hacen y también por las que dejan de hacer cuando han debido hacerlas. A la gente le gusta para evaluar los gobiernos contando las casitas construidas, los subsidios pagados o los acueductos rurales inaugurados. En los gobiernos de Uribe, como en los de cualquier otro, se hicieron esas cosas. Pero, Uribe es un gran estadista porque hizo lo que tenía que hacer en el momento en que debía hacerse: enfrentar con decisión el desafío de las Farc contra las instituciones democráticas.

Según el Censo de 2018 el 26,1% de la población está conformado por jóvenes entre 14 y 28 años. Los jóvenes entre 18 y 26 con acceso a la educación superior, representan, según ese mismo Censo, el 16% de la población, cifra inimaginable hace solo una generación. Las personas con más de 60 años, entre las cuales me encuentro, somos el 22,6%.

Buena parte de esos jóvenes no habían aún nacido en 2002 o tenían a lo sumo once años. Los mayores tenemos un recuerdo vivencial del estado del País en ese año. Habíamos vivido el fracasado proceso de paz del gobierno de Andrés Pastrana, cuando la guerrilla respondió a la generosidad de ese presidente con atentados terroristas, secuestros y asesinatos. Vivimos bajo el gobierno de Ernesto Samper Pizano, que nos reveló el grado extremo en que los narcotraficantes habían corrompido la política y las instituciones del estado. Nos ilusionamos con la constituyente, bajo el gobierno de Cesar Gaviria, después de haber padecido, en el de Barco, el terror desencadenado por las mafias del narcotráfico contra la Nación entera. Recordamos también el gobierno de Belisario Betancur atenazado por el terrorismo de la guerrilla y el narcotráfico cuya alianza ominosa condujo a la toma del Palacio de Justicia.

A los jóvenes todas esas cosas pueden resultarles tan remotas como la caída del Imperio Romano. Esos jóvenes han vivido, y sus recuerdos se limitan a ello, una época de relativa paz, estabilidad y crecimiento que les permitió a sus mayores progresar y darles los beneficios de los que han disfrutado. Esa época se inició en 2002, con el primer gobierno de Álvaro Uribe Vélez, que cambió el destino de la Nación, como lo reconociera incluso Juan Manuel Santos, antes de convertirse en su peor enemigo. También Sergio Fajardo, otro de sus grandes enemigos gratuitos, expresó su admiración por Uribe cuando este era Gobernador de Antioquia. Y así muchos otros cuya lista ocuparía todo un directorio telefónico. Las ambiciones políticas llevan con mucha frecuencia a la ingratitud.

Este escrito está dirigido a los jóvenes de Colombia con el propósito de recordarles o hacerles conocer ciertos hechos fundamentales de nuestra historia para contribuir a que tengan elementos de juicio para una valoración justa del Presidente Uribe, su obra de gobierno y su significado histórico. Como este texto está dirigido especialmente a mis hijos, contrariamente a lo que es mi costumbre, mencionaré cosas de mi vida personal, en lo que se relaciona con el asunto, pues creo que pueden contribuir a una mejor comprensión de las estadísticas y datos que también suministraré. Invito a otras personas mayores a que hagan lo propio con sus hijos y sus nietos, a que les cuenten esas cosas tan terribles que vivimos para evitar que caigan en el olvido o sean presa de la tergiversación.

Para facilitar su lectura, he dividido el escrito en cinco partes que publicaré de forma separada.

En la primera me ocupo de los años del Frente Nacional (FN). Esto es importante porque la visión que se ha logrado transmitir de este período es completamente falseada y  corresponde a los años cuyos acontecimientos incidirán decisivamente en la formación de las ideas políticas de Uribe.

La segunda parte abarca el período comprendido entre el final del FN y el gobierno de Andrés Pastrana. Esos son los años del desarrollo del fenómeno del narcotráfico que marcaría trágicamente nuestra historia y también los del surgimiento de Uribe como político activo y de la formación de su personalidad política.

Más adelante, en la tercera parte, describiré la situación del País a finales del siglo pasado y principios del actual. Estado fallido era la expresión utilizada en los medios internacionales para referirse a Colombia. Mostraré lo que Uribe encontró en 2002: una economía colapsada y unas Farc fortalecidas que, con cerca de 25.000 hombres en armas, habían pasado de la guerra de guerrillas a la guerra de posiciones, con amenazantes cercos sobre Medellín, Cali y Bogotá.

En la cuarta parte me ocupo de los dos gobiernos de Uribe, mostrando la forma coherente como desarrolló su visión de la economía y la sociedad, plasmada en el programa de los cien puntos que lo llevó a la presidencia en 2002.  Explicaré los alcances profundos de las nociones de seguridad democrática, confianza inversionista y cohesión social en las cuales sintetizó su mensaje para transmitirlo a las masas.  

En la quinta parte voy a referirme a los dos gobiernos de Santos y a su proceso de La Habana y a la situación actual del País, cuya gravedad es aún incomprendida por el empresariado, los dirigentes políticos de centro y derecha y vastos sectores de la población. Evidentemente trataré de lo que han sido las batallas de Uribe y de los esfuerzos de la izquierda por apartarlo de la actividad política.

Antecedentes: El Frente Nacional

Nací en 1954, Uribe es del 52. Eso significa que la mayor parte de mi niñez y de mi juventud transcurrió bajo los gobiernos del FN, cuya vida institucional comenzó en 1958, con el gobierno de Alberto Lleras Camargo, y concluyó en 1974, con el fin del de Misael Pastrana Borrero.

Mis padres, especialmente mi papá, eran profundamente frente-nacionalistas, porque ese arreglo había permitido poner fin a lo que ellos llamaban la “Violencia”.  Esa violencia era para mí algo extremadamente remoto de lo que solo cobraría conciencia cuando leí el conocido libro de Guzmán Campos, Fals Borda y Umaña Luna. Después leí otro libro, el de Paul Oquist, que me hizo entender que el anterior era sesgado, impreciso y con una base empírica extremadamente mediocre.  Pero eso es otra historia.

El FN, muchos jóvenes quizás lo ignoran, fue un acuerdo entre los partidos liberal y conservador, que por esa época recogían la adhesión de la mayoría de los colombianos, para alternarse en el gobierno durante cuatro períodos presidenciales, distribuyéndose igualitariamente los cargos públicos.

Hace unos años, siendo profesor de la Universidad EAFIT, explicaba en una clase de historia económica de Colombia el Frente Nacional y lo acontecido en la economía y la sociedad durante su vigencia. Una alumna de intercambio, una joven china, me preguntó por qué lo habíamos abandonado si daba tan buenos resultados. Me quedé perplejo, contesté cualquier cosa para salir del paso y luego medité en el asunto.

El del Frente Nacional fue, en efecto, un buen período en la historia del País, pero los jóvenes de ese entonces no nos dábamos cuenta y muchos adultos de hoy, incluso historiadores, tampoco parecen haberse dado por enterados.

En esos años, la economía crecía relativamente bien y la tasa de natalidad declinaba, como consecuencia de las políticas de control natal iniciadas con la fundación de Profamilia. Esto se tradujo en un notable aumento del PIB per cápita, variable que mide la creación de riqueza de un país. El promedio aritmético de las tasas anuales de crecimiento registradas entre 1961 y 1974, período que abarca 14 de los 16 años del Frente Nacional, fue de 2,7%. Nunca posteriormente, hasta los 8 años que Uribe estuvo en la presidencia, cuando fue 3,2%, se volvería a registrar una cifra semejante.

La gráfica 1 muestra las cifras correspondientes a los años del Frente Nacional y a los períodos de los presidentes que se sucedieron desde entonces.

Gráfica 1

 


Para entender la significación de la tasa de crecimiento anual del PIB per cápita basta con decir que con un crecimiento de 3,2 % ese PIB per cápita se duplica en 23 años. Si el crecimiento es 2,5% la duplicación se produce al cabo de 29 años. Con el escuálido 1% del período de Samper se necesitan 71 años para duplicarlo. Al 4,1%, que fue el crecimiento del período de Pastrana Borrero, se duplica en poco más de 18 años.

Las economías pequeñas y poco diversificadas, como lo es aún la colombiana, están muy sometidas en su dinamismo a lo que ocurra en la economía mundial, en especial, en la de los países con los que mantienen relaciones comerciales y financieras. Pero eso no significa que sus gobiernos no tengan nada que hacer al respecto. Las buenas políticas macroeconómicas y sociales permiten aprovechar mejor las expansiones de la economía mundial y resistir con mejor fortuna el impacto de las recesiones. Con diferencias significativas en su orientación, los cuatro gobiernos del Frente Nacional hicieron bien su trabajo. 

Alberto Lleras Camargo, el primero de ellos, era un intelectual de centro de derecha que entendía muy bien la importancia de las relaciones con los Estados Unidos. Sin embargo, como la mayor parte de los políticos de su época, sino la totalidad, estaba imbuido por el ideario proteccionista y agrarista de la CEPAL, y se inclinó por el Plan Decenal propuesto para el País por esa organización dejando de lado las propuestas liberales del programa llamado “Operación Colombia”, formuladas por el equipo del Banco Mundial que lideraba Lauchin Currie. Lleras Camargo metió al País en el reformismo agrario que idealizaba la pequeña propiedad y reforzó el proteccionismo industrial que se enseñoreaba por toda América Latina bajo el impulso de la CEPAL. 

Una de las más importantes contribuciones de Alberto Lleras Camargo fue su apoyo a la Asociación Pro Bienestar de la Familia Colombiana (PROFAMILIA), fundada por el doctor Fernando Tamayo Ogliastri (PROFAMILIA) en 1965.  Voy a detenerme un poco en este asunto para que se entienda lo que son las acciones realmente fundamentales para la sociedad. Voy a decirlo sin ambages: probablemente PROFAMILIA ha hecho más por el bienestar de los colombianos que todos los gobiernos que se han sucedido desde su fundación. 

La tasa de crecimiento poblacional sale de la diferencia entre la tasa de natalidad y la tasa de mortalidad. Los países pobres tienen elevadas de natalidad y mortalidad lo que hace que su crecimiento demográfico sea bajo. Este fue el caso de Colombia en el siglo diez y nueve, durante el cual la población pasó de unos dos millones de habitantes, en la época de la independencia, a unos cinco a principios del veinte. En el siglo XX la población colombiana prácticamente se multiplicó por 10.

Cuando un país empieza su proceso de desarrollo económico – lo que en economía significa aumento continuo y persistente del producto por habitante – lo primero que declina es la tasa de mortalidad, por las mejoras en el acceso al agua potable, al alcantarillado y una mejor disposición de los residuos. Más adelante viene la vacunación que también ayuda mucho.  

Como la tasa de natalidad no cae tan rápidamente como la de mortalidad, el crecimiento de la población se acelera lo que da lugar el fenómeno conocido como explosión demográfica.  La explosión demográfica se inicia en Colombia en los años 20 del siglo pasado y se acelera a los 50.

Es bueno echar una mirada a la gráfica 2 donde se muestra la evolución de la población colombiana desde los inicios de nuestra vida republicana. El primer censo de nuestra historia se hace en 1827, cuando todavía estábamos unidos a Venezuela y Ecuador en la Gran Colombia. Entre ese censo y el de 1905, el primero del siglo XX, la población pasa de 1,3 a 4,5 millones. En los 78 años de ese período la población crece a una tasa compuesta anual de 1,6%. El cuadro 1 muestra las tasas respectivas de los períodos intercensales del siglo XIX. Esas tasas y la simple observación de la gráfica 2 muestran el lento crecimiento de la población en la economía agrícola que era la colombiana en el siglo XIX.

 

Gráfica 2

 


El primer censo del siglo XX, como ya se dijo, se hizo en 1905. Entre ese año y 1951, el crecimiento de la población se acelera alcanzando una tasa compuesta anual de 2%. De 1951 en adelante la explosión demográfica se intensifica alcanzando su máximo entre dicho año y 1964, período en el cual la tasa compuesta anual llegó a 3,5%. En los períodos siguientes la dinámica poblacional disminuye tendencialmente hasta llegar a la tasa del 1,2% del período intercensal 2005-2018. 

El efecto de la disminución del crecimiento de la población es prodigioso. Con el aumento de producto por habitante crece la capacidad de ahorro e inversión lo que hace crecer aún más la economía. La disminución del tamaño de las familias aumenta la acumulación de capital humano y capital físico. Las familias pequeñas pueden educar mejor a los hijos y las herencias materiales, al distribuirse en un menor número de descendientes, mejoran las condiciones originales de acumulación de cada uno de ellos. Ya es más probable que un joven inicie su propia vida productiva dotado de un patrimonio – por ejemplo, una vivienda – lo cual le permite destinar sus ahorros a la acumulación de capital productivo. Para ello es necesario un marco institucional que proteja la propiedad privada y sea propicio a su transmisión intergeneracional. El amor a los hijos es el más fuerte incentivo al ahorro y la acumulación de capital.     

Cuadro 1



 Todavía siento vergüenza de haber participado en manifestaciones en las que se gritaba “Pastrana, asesino, asesino, Pastrana”, zahiriendo a Misael Pastrana Borrero, uno de los políticos más bondadosos y de mayor conciencia social y ambiental que haya pasado por la Presidencia de la República. Seguramente muchos no saben que el Decreto-Ley 2811 de 1974 o Código Nacional de Recursos Naturales Renovables y de Protección al Medio Ambiente, expedido en desarrollo de la ley 23 de 1973, es obra de su gobierno y que él intervino directamente en su redacción. Todo esto antes de la Cumbre de Rio y los cuentos del cambio climático. Seguramente también ignoran que el gobierno de Pastrana Borrero creo el sistema UPAC que permitió el acceso a la vivienda de millones de colombianos de clases media y baja. Y seguramente tampoco saben que ese gobierno, individualmente considerado, fue el más exitosos en el siglo XX en crecimiento económico como quiera que en los cuatro años de su mandato el PIB per cápita creció a una tasa promedio anual de 4,1%.

También el del FN fue un período de relativa tranquilidad. El objetivo de reducir la violencia se alcanzó, como lo muestra la caída de la tasa de homicidios que, de un pico de más de cincuenta homicidios por 100.000 habitantes, en 1957, pasó a 19, en 1969, y se mantuvo alrededor de 20 hasta el final del FN, nivel que nunca más hemos podido alcanzar de nuevo. Después se elevaría dramáticamente como consecuencia, principalmente, de la violencia del narcotráfico y la guerrilla. La gráfica 3, con datos del Banco Mundial, muestra la evolución de la tasa de homicidios desde 1964 hasta 2017.

Gráfica 3

 


Esta sociedad pobre pero que progresaba, que trataba de salir del atraso, que quería vivir en paz, se verá pronto sometida al ataque de las guerrillas asociadas a las diferentes vertientes del comunismo internacional, en el marco de la llamada guerra fría. Primero fueron las FARC, que aparecen en 1964, vinculadas al comunismo línea soviética; ese mismo año surge el ELN, financiado por los comunistas de Cuba; después, en 1967, el EPL, del ala maoísta del comunismo; en fin, el M-19, una extraña mezcla de comunistas criollos, hace su aparición en 1970.

Las Farc nacieron de un grupo guerrillero residual vinculado al Partido Comunista que se mantuvo en armas después de que bajo el gobierno de Rojas Pinilla y en los primeros años del Frente Nacional se desmovilizaron la mayoría de las agrupaciones que había participado en la Violencia de los años 50. Se refugiaron en algunas zonas de difícil acceso – a las que dieron el nombre de repúblicas independientes: Marquetalia, El Pato, Riochiquito, Guayabero – donde sometieron a la población a sus designios y desde donde lanzaban ataques a gentes de otras regiones. Las repúblicas independientes no eran oasis de felicidad de comunismo agrario igualitario, eran el refugio de criminales que desde allí hostigaban a la población en completa impunidad. En 1964, el gobierno de Guillermo León Valencia acabó con esos santuarios y de allí salió la guerrilla móvil que tomó el nombre de Farc.

Todos estos insurgentes buscarán tener respaldo entre los intelectuales y los jóvenes. Tenían agentes que actuaban en la legalidad sin ser molestados, publicando periódicos y revistas - Voz Proletaria, Tribuna Roja, El Manifiesto, Alternativa, etc.- que atacaban con virulencia a las instituciones y zaherían a los gobernantes sin jamás ser censurados. Los comunistas en la legalidad participaban en las elecciones con sus propios candidatos o aliados con sectores de izquierda del Partido Liberal. Todos esos grupos se lanzaron a conquistar la juventud universitaria para reclutar combatientes y sembrar la agitación que favorecía sus actividades delictivas. Esa toma de la universidad fue muy exitosa y aún estamos pagando las consecuencias. La visión que uno tiene del mundo se forja antes de los treinta y muchos de los profesionales de todas las áreas que llegaron a puestos de dirección a finales del siglo pasado adquirieron los elementos miliares de sus ideas políticas y económicas bajo la influencia de la izquierda en las universidades de la época.

Ingresé a la Facultad de Economía de la Universidad de Antioquia en 1972. El movimiento estudiantil estaba completamente dominado por la izquierda cuyos diversos grupos se disputaban la hegemonía. El más exitoso era el MOIR, cuyo líder, Amílcar Acosta, sería más tarde un destacado dirigente del Partido Liberal. El otro gran líder era Marcelo Torres, de la Universidad Nacional. También el senador Jorge Robledo se formó políticamente en esa época.

Los métodos del MOIR y los demás grupos eran absolutamente totalitarios. Las votaciones estudiantiles organizadas con urnas y votos individuales habían sido sustituidas por votaciones a mano alzada en caóticas asambleas generales en las que no podía hablar nadie que no fuera de izquierda. El valiente que lo intentaba se veía sometido a una espantosa tanda de chiflidos y gritería que ahogaba sus palabras.

Recuerdo varios de esos valientes: Javier Aristizabal, el papá de Catalina, la actriz y presentadora, quien defendía una perspectiva cristiana; Fabio Valencia Cossío, que osaba hablar a nombre del Partido Conservador y, el más notorio de ellos, Álvaro Uribe Vélez, que proclamaba sin ambages su filiación liberal. Pero la mayoría de los estudiantes vivían atemorizados o apoyaban, sobre todo los primíparos, las supuestas reivindicaciones de igualdad y justicia social que, en su ignorancia, creían encarnaban los grupos de izquierda.

La toma de la universidad por la izquierda se produjo también entre los docentes, especialmente en las facultades de Sociología y Ciencias y Humanidades donde un gran número de profesores se convirtieron en propagandistas y difusores del marxismo en sus formas más vulgares. Como por la Facultad de Ciencias y Humanidades debían pasar los alumnos de todas las carreras, creo que fueron miles los estudiantes que quedaron impregnados de esa ideología que se leía en los textos de Marta Harnecker, una periodista chilena que se preciaba de ser alumna de Althusser; Leo Huberman, un socialista de Estados Unidos, y Nicos Poulantzas, un sociólogo griego. También estaba, por supuesto, Eduardo Galeano con su “Venas abiertas”.

Uribe leyó todo eso y yo también. Agradezco haber estudiado y aprendido economía lo que me liberó de la tremenda indigestión intelectual que provocaban esos mediocres publicistas y, más aún, de la provocada por los más mediocres difusores de sus pensamientos que dominaban en los cursos introductorios de economía y sociología de buena parte de las universidades del País.      

Tengo amigos y parientes, profesionales de otras disciplinas, muy competentes en su propio campo, que muestran en temas económicos y sociales una desconcertante ignorancia escondida tras los lugares comunes de la “explotación de los pobres” y la “justicia social” que les metieron en la cabeza en su juventud. Me asombra, al ver la solidez de su situación económica, que no alcancen a entender que su trabajo duro y honrado pudo dar esos frutos por la protección y las facilidades que les brindaron las instituciones económicas y sociales que les parecen tan despreciables. Definitivamente enseñar mal es criminal.

Los edificios donde funcionaban las facultades de Derecho y Economía quedaban uno al lado del otro. Las asambleas de facultad se realizaban en un amplio pasillo del segundo piso donde estaban las aulas de clase. A mí me gustaba asistir a las asambleas de Derecho pues había espléndidos oradores, entre ellos, por supuesto Álvaro Uribe. Aunque en ese tiempo, sobre todo en mis semestres de primíparo ardiente, sus ideas me parecían “reaccionarias”, me impresionaba la claridad y el valor con el que las exponía en un ambiente claramente hostil dominado por los grupos de izquierda radical.    

Uribe es un par de años mayor que yo. Terminó su carrera y se fue de la Universidad. Yo continué mis estudios, me vinculé a la Facultad de Economía como profesor, hice un doctorado y empecé una vida académica para la cual me creía destinado. A Uribe no volví a verlo hasta muchos años después. No crucé una sola palabra con él durante los años que compartimos en la Universidad. En ese entonces me impresionó y me sigue impresionado ahora la forma como se agiganta su pequeña figura al ritmo de su oratoria clara, enfática, contundente.

Uribe, como los demás jóvenes, no fue insensible al predicamento de la izquierda sobre la justicia social. Pero al mismo tiempo, por haberlas padecido, despreciaba las prácticas totalitarias de esa misma izquierda que dominaba en la universidad colombiana, como al parecer ocurre ahora. Creo que entonces se forjan en la mente de Uribe dos elementos fundamentales de su visión: su interés por la suerte de la gente más pobre y su rechazo a la coacción violenta como forma de hacer política.  

LGVA

Octubre de 2020.