Flat
Tax e impuesto negativo: tributación simple para una economía libre
Luis
Guillermo Vélez Álvarez
Economista
La estructura tributaria
no es neutral frente al funcionamiento de una economía. Los impuestos modifican
los incentivos, afectan las decisiones de consumo y ahorro, alteran la
rentabilidad de las inversiones y pueden obstaculizar la acumulación de capital.
Por eso, la discusión tributaria no debería limitarse a establecer cuánto
recauda el Estado o quién debe pagar más. También debe preguntarse qué efectos
produce la tributación sobre la creación de riqueza.
Esta preocupación está en
el centro de la propuesta de Flat Tax, desarrollada por los economistas
Robert E. Hall y Alvin Rabushka, de la Universidad de Stanford, y expuesta
inicialmente en su libro The Flat Tax, publicado en 1983. Esta
contribución me parece más importante que el celebrado artículo de Hall sobre
la función consumo.
La propuesta consiste en
reemplazar los sistemas tributarios progresivos, complejos y llenos de
excepciones por una estructura basada en una tarifa única y una base tributaria
amplia. No se trata simplemente de reducir impuestos, sino de modificar la manera
como se grava la actividad económica.
Hall y Rabushka proponen
dos componentes complementarios. Las empresas tributan sobre sus ingresos por
ventas, descontando los salarios, las compras intermedias y la inversión en
bienes de capital. Las personas tributan sobre sus ingresos laborales, aplicando
una tarifa uniforme y una exención básica. Los dividendos y los intereses no
vuelven a gravarse en cabeza de las personas, pues el rendimiento del capital
ya está incorporado en la tributación empresarial.
El propósito es evitar la
doble tributación del ahorro y la inversión, eliminar buena parte de las
distorsiones que introducen las deducciones y los tratamientos preferenciales y
reducir los costos administrativos del sistema. Esta propuesta coincide con
varios principios que he defendido en mis escritos sobre economía y libertad.
El primero es que la
riqueza no se distribuye: se crea. La prosperidad de una sociedad depende
de la división del trabajo, la especialización, el intercambio voluntario, la
acumulación de capital y el progreso tecnológico. Un sistema tributario que
castiga el ahorro, la inversión y el emprendimiento termina debilitando los
procesos que hacen posible el crecimiento de los ingresos y los salarios.
El segundo es que los
impuestos deben respetar, en la mayor medida posible, la neutralidad frente a
las decisiones económicas. Cuando el legislador concede exenciones, establece
tarifas diferenciales o favorece determinadas actividades, introduce incentivos
artificiales que desvían recursos de sus usos más productivos. Además, abre
espacios para el cabildeo y la captura del Estado por intereses particulares.
La complejidad tributaria no es solamente un problema administrativo: también
es un problema de economía política.
El tercero es que la
progresividad no debe confundirse con la multiplicación de tarifas marginales.
La Flat Tax conserva un componente progresivo mediante una exención básica.
Quien obtiene ingresos inferiores a ese mínimo no paga y quien recibe ingresos
mayores paga una tarifa uniforme sobre la parte gravable. De esta manera se
evita que los aumentos del ingreso sean sometidos a tarifas marginales
crecientes que pueden desestimular el esfuerzo productivo.
Hay aquí una distinción
importante. No considero que el Estado deba ser indiferente frente a la pobreza
ni que deba renunciar a sus funciones de protección de la propiedad,
administración de justicia, seguridad y provisión de bienes públicos. Mi
planteamiento es el de un Estado limitado, no el de un Estado indiferente. Pero
precisamente por eso es necesario que la financiación de sus funciones se haga
mediante un sistema tributario que interfiera lo menos posible con la creación
de riqueza.
La Flat Tax también
permite introducir una consideración de economía política. Los sistemas
tributarios complejos hacen menos visible quién paga realmente los impuestos y
cuánto cuestan los privilegios concedidos por el Estado. Un sistema sencillo,
con pocas tarifas y pocas excepciones, facilita el control ciudadano sobre la
actividad fiscal y limita la capacidad de los gobiernos para utilizar la
tributación como instrumento de intervención particularista.
Naturalmente, la
propuesta tiene dificultades de aplicación. La definición de la base gravable,
el tratamiento de las transiciones y la suficiencia de los recaudos deben
examinarse cuidadosamente. Tampoco basta con adoptar una tarifa uniforme si el
gasto público continúa creciendo sin disciplina.
La propuesta de Hall y
Rabushka tiene una afinidad importante con otra iniciativa del pensamiento
liberal: el impuesto negativo sobre la renta, formulado por Milton Friedman en Capitalism
and Freedom (1962).
Friedman partía de una
preocupación semejante: una sociedad libre no tiene por qué ser indiferente
frente a la pobreza. Sin embargo, la ayuda a quienes carecen de ingresos
suficientes no debería convertirse en una estructura burocrática de subsidios,
transferencias condicionadas y programas asistenciales que terminen
desestimulando el trabajo y la iniciativa individual.
Su propuesta consistía en
utilizar el propio sistema tributario para garantizar un ingreso mínimo.
Quienes obtuvieran ingresos superiores a un determinado umbral pagarían
impuestos; quienes estuvieran por debajo recibirían una transferencia del
Estado. Esta transferencia disminuiría gradualmente a medida que aumentaran sus
ingresos laborales.
El mecanismo tiene una
ventaja fundamental: la persona siempre tendría un incentivo para trabajar y
aumentar sus ingresos, pues la transferencia recibida disminuiría en una
proporción inferior al ingreso adicional obtenido. Se evita así que aceptar un
empleo o trabajar más horas implique perder abruptamente los beneficios
asistenciales.
La conexión con Hall y
Rabushka es clara. Mientras la Flat Tax busca establecer un sistema tributario
sencillo, de tarifa única y base amplia, el impuesto negativo de Friedman
ofrece una manera de atender la pobreza sin multiplicar los programas estatales
ni introducir distorsiones innecesarias en las decisiones económicas.
Ambas propuestas
responden a una misma concepción del Estado: limitado en sus funciones, pero no
indiferente frente a la situación de quienes necesitan ayuda. El Estado debe
proteger los derechos, garantizar las condiciones institucionales para la
creación de riqueza y disponer de mecanismos transparentes para asistir a
quienes se encuentran en condiciones económicas difíciles.
La combinación de una
tributación sencilla con un mecanismo de ingreso mínimo constituye una
alternativa liberal tanto al Estado asistencialista como a la pretensión de que
el mercado, por sí solo, debe resolver todas las situaciones de pobreza.
No se trata de
redistribuir permanentemente la riqueza mediante una maraña de impuestos y
subsidios, sino de preservar los incentivos para crearla y establecer una
protección básica para quienes no pueden obtener ingresos suficientes.
Para Colombia la
discusión es especialmente pertinente. Tenemos un sistema tributario complejo,
inestable, con elevadas cargas sobre las empresas y una proliferación de
beneficios y tratamientos especiales. Y una maraña de subsidios a la oferta y a
la demanda de los que se benefician no son los más pobres sino los más hábiles
en el manejo del sistema político-clientelista.
La libertad económica no
consiste solamente en dejar que los individuos intercambien y emprendan. Exige
también que las instituciones no penalicen innecesariamente esas actividades.
Un buen sistema tributario debe recaudar lo necesario para financiar un Estado
limitado, pero sin convertirse en un obstáculo para la formación de capital y
la prosperidad.
La Flat Tax expresa una
idea que comparto: el Estado no crea la riqueza que grava. La riqueza es el
resultado de millones de decisiones individuales de producción, ahorro,
inversión e intercambio. La función de un buen sistema tributario es financiar
las instituciones que hacen posible ese proceso, no entorpecerlo.
LGVA
Octubre de 2026.
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