jueves, 26 de abril de 2018

La muerte del Bolívar en la frontera con Venezuela


La muerte del Bolívar en la frontera con Venezuela

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista, Universidad EAFIT
Introducción

Las monedas fiduciarias modernas son una creación de los estados que controlan su oferta nominal por medio de los bancos de emisión y de las normas que regulan la actividad de los bancos comerciales. El precio de la moneda, que es el inverso del nivel de precios y que, en consecuencia, disminuye cuando este aumenta como resultado de la inflación, está determinado por esa oferta de moneda y por la demanda que de ella hacen los agentes económicos. Cuando nadie quiere tener entre sus activos esa moneda, es decir, cuando nadie la demanda, su precio tiende a cero, como el de cualquier cosa que nadie quiere poseer, y la moneda agoniza y eventualmente muere.

Eso es lo que está ocurriendo con el Bolívar Fuerte, que reemplazó al Bolívar a secas en 2008, y que será a su turno reemplazado por el Bolívar Soberano cuando tenga lugar la nueva reconversión monetaria anunciada para junio de 2018. Muy probablemente el Bolívar Soberano correrá la misma suerte de sus antecesores si el gobierno venezolano no cambia sustancialmente su manejo macroeconómico. Pero en lo que sigue no se trata de macroeconomía ni de política monetaria sino de la forma en que agoniza el Bolívar en la frontera.   
   
El almuerzo de María

María no quiso que su cara se viera en la foto del almuerzo de cuatro mil  pesos que me estaba ofreciendo en frontera con Venezuela por el lado de Ureña. Desde hace cuatro semanas tiene ese negocio en compañía de Andreina y Horacio, dos amigos suyos de Cúcuta. Todos los días temprano pasa la frontera y se reúne con sus amigos a preparar los 15 ó 20 almuerzos que, entre las once de la mañana y las tres de la tarde, venden a algunos de los miles de venezolanos que diariamente cruzan la frontera para vender o comprar alguna cosa o simplemente para almorzar, en el restaurante ambulante de María y sus amigos o en el de alguno de sus competidores. Al principio esto era mejor- dice Andreina – vendíamos más almuerzos y más caros, a cinco  mil. Pero empezó a llegar más gente a ofrecer almuerzo y ahora vendemos menos y más baratos. 


El almuerzo de María


La conversación con María y sus socios era amistosa y fluida hasta el momento en que les dije iba a pagarles el almuerzo en bolívares. Rechazaron de plano mi pretensión y me enviaron cambiar mis bolívares por su equivalente en pesos en alguna de las casas de cambio que hay en los alrededores de la frontera. Y razón no les faltaba para no querer recibir esos bolívares.



Precio del almuerzo de María en pesos y en bolívares

Bananos o cualquier cosa.

A lo largo de la carretera que conduce de San Antonio a Cúcuta se ven decenas de personas caminado en ambas direcciones. Son venezolanos que van para Cúcuta o viene de allá, dice el conductor del mi taxi. Caminan – añade - porque aunque el pasaje es de $ 1.300, para ellos eso es mucha plata y aprovechan la caminada para venden algún producto que traen.

Hoy estaban vendiendo bananos. Ayer vendían aguacates y la semana pasada todos estaban vendiendo pan. En las economías con sistemas de precios anarquizados se presentan situaciones de abundancia súbitas, temporales y localizadas de algunos productos. Si se trata de productos de alta demanda, la gente trata de adquirir todo lo que  pueda más allá de sus propias necesidades con la expectativa de utilizar el excedente para adquirir después aquellos otros bienes que precisa. Temporalmente esos productos son moneda. Traen bananos o cualquier producto porque saben que sus devaluados bolívares difícilmente serán recibidos en las casas de cambio del otro lado de la frontera que suelen rechazar los billetes de denominaciones inferiores a 100.000 bolívares, que equivalen a poco más de mil pesos colombianos. Un millón de bolívares en billetes de mil pesa más que un gajo de bananos.


Deyanira




Les compre bananos a Nayibe y Deyanira, ambas de Portuguesa, un estado que queda muy al interior de Venezuela; donde, antes de que pasara todo lo que está pasando, trabajaban en un restaurante que cerró. La lejanía de la frontera de su lugar origen no me cuadraba con la información según la cual pasaban todos los días a Colombia a hacer algún negocio. Me contaron que ellas, como muchos otros venezolanos del interior, se han pasado a vivir en inquilinatos en Ureña y San Antonio para así poder cruzar la frontera todos los días para conseguir cosas, principalmente alimentos, que luego enviarán a sus parientes del interior. 

Cauchos, aceite y trueque

En Cúcuta y en la frontera le dicen cauchos a las llantas de carros y motonetas. A lado y lado de la carretera vieja a San Antonio hay varios locales al frente de los cuales se observan pilas de llantas viejas de carro y motoneta. Las hay de todos los tamaños y en todos los estados de deterioro, pero todas sirven, para todas y cada una de ellas hay un comprador potencial al otro lado de la frontera. 


Cauchos de segunda



En una venta a la que me acerqué había un señor venezolano, taxista de oficio, que estaba comprando cauchos cuidadosamente escogidos entre los muchos que estaban arrumados. Escogió y pagó dos, pero solo se llevó uno.

-       Guárdeme el otro, dijo, mañana vuelvo a recogerlo.
-       ¿Por qué no se lleva los dos?, pregunté de metido.
-       Porque de pronto la guardia me lo quita.  

Supe entonces que la gente prefiere llevar pequeñas cantidades y pasar varias veces la frontera o distribuirse lo comprado entre varias personas para evitar que los guardias les confisquen parte de sus productos.

Alfredo tiene una surtida venta de aceites. Gustavo, el conductor del  taxi en el que me transporto, me dice que son aceites usados que los aclaran con filtros y aditivos. Alfredo asegura que los suyos son nuevos y aun así cada vez es más difícil venderlos. Un cuarto cuesta 25 mil pesos, es decir, más de dos millones y medio de bolívares: unos dos salarios mínimos venezolanos. Ya la gente no tiene forma de comprar el aceite y han empezado a traer cosas para hacer trueque- dice Alfredo. A veces funciona. Ayer recibí un formón de carpintería y un serrucho.  

La venta de aceites de Alfredo

Los cigarrillos de Pedro

Pedro tiene 25 años y está casado con Olga, de 23,  y son padres de un bebé de 9 meses. Trabajaba en una fábrica de botellas plásticas, en Portuguesa, pero abandonó su empleo porque el salario no alcanza para nada. Habida cuenta de las circunstancias, Pedro en un tipo afortunado pues logró hacerse a un “plantecito” de cigarrillos, tabacos, bombones, ron, y otros productos no perecederos. Su clientela son colombianos que le pagan en pesos, la moneda fuerte que los venezolanos tratan de conseguir. Cruza todos los días la frontera pero deja sus mercancías del lado colombiano y pasa diariamente unos cuantos paquetes de cigarrillos y eventualmente una botella de ron para mantener sus existencias en un nivel adecuado. 


Los cigarrillos de Pedro

Farmacia Mérida

La farmacia Mérida está siempre atestada. Es propiedad de Martín, un colombo-venezolano que desde hace 8 años, aprovechando su nacionalidad colombiana, trasladó su negocio a Cúcuta. Su clientela está integrada fundamentalmente por sus paisanos del otro lado de la frontera. Hasta hace tres o cuatro años vendía toda clase de medicamentos. Hoy su surtido está conformado por los más simples y esenciales – dolex, ibuprofeno, jarabes y algún antibiótico de baja calidad. Esas son los únicos medicamentos que están al alcance de su clientela. También ha hecho uno que otro truque, pero en general resulta bastante difícil por la disparidad de los valores en juego.  


La farmacia de don Martín

Coda

En esa bolsa, que pesa más de un kilo,  hay poco más de un millón trescientos mil bolívares, más o menos un salario mínimo de Venezuela. Los compré por doce mil pesos.


 Un kilo de bolívares= salario mínimo venezolano

Se dice que Lenin dijo y que Keynes lo confirmó que la mejor manera de destruir una sociedad capitalista es destruir su moneda. Pero la destrucción de una moneda es también la destrucción de la dignidad de un pueblo porque se desvaloriza la posesión más preciada que puede tener el hombre: su propio trabajo.

LGVA
Abril de 2018

viernes, 20 de abril de 2018

El mito de la educación superior universal y gratuita


El mito de la educación superior universal y gratuita

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista, Docente Universidad EAFIT

Los candidatos presidenciales están enfrascados en una fuerte disputa por el voto de los universitarios y los bachilleres próximos a graduarse. Se pasean por las universidades lanzando sobre los jóvenes cajonados de frases y promesas de todo tipo. Humberto de la Calle sostiene que nuestra sociedad será más equitativa cuando todo colombiano tenga un título universitario y promete que al cabo de sus cuatro años de gobierno el 100% de los jóvenes logrará entrar a la universidad, ello sin pagar un solo peso. Gustavo Petro anuncia la eliminación del ICETEX pues ya no será necesario el crédito educativo dado que su gobierno garantizará el derecho a la educación superior universal, pública y gratuita. Menos ambiciosos, Fajardo y Vargas Lleras prometen llegar, al cabo de sus mandatos, a coberturas en educación superior de 65% y 63%, respectivamente. Iván Duque habla de condonar créditos, de crear un vehículo financiero para fortalecer la universidad pública, de mejorar el SENA y de elevar la calidad y la pertinencia en concordancia con la “economía naranja”.

Escuchando a los candidatos termina uno por creer que los países ricos, prósperos y equitativos  que tanto envidiamos lo son por la sencilla razón de que en todos ellos todo mundo o casi todo mundo tiene un título universitario y que, en consecuencia, la educación superior para “todos y todas” es el camino, ¡cómo no nos habíamos dado cuenta antes! Pero una simple mirada a las estadísticas de la UNESCO, al parecer poco frecuentadas por los asesores de los candidatos, acaba con esa ilusión.

Entre las muchas cifras que recopila el UIS (el instituto de estadísticas de la UNESCO) hay una de especial interés para el tema que nos ocupa. Se trata de la tabla que recoge el nivel de educación alcanzado por la población mayor de 25 años de cada uno de los países miembros de la Organización. Se encuentra uno con la sorpresa de que no “todos y todas los ciudadanos y ciudadanas” de esos países ricos, incluidos los idílicos países escandinavos,  tienen educación superior y que “muchos y muchas” apenas terminaron la primaria o la secundaria. Acorde con el propósito de esta nota, en la gráfica se muestra para un grupo de países seleccionados el porcentaje de la población mayor de 25 años que alcanzó educación superior, la cual, de acuerdo con la clasificación de UNESCO incluye tecnológica, profesional, maestría y doctorado. El lector curioso puede encontrar más información en el vínculo puesto debajo de la gráfica 1.  


Gráfica 1



Hay varias cosas notables:

·         En Israel y Estados Unidos que tienen la mayor cobertura, la educación superior no es precisamente gratuita para los estudiantes;  sus familias y los propios educandos asumen parte importante de los costos.

·         Los niveles de cobertura alcanzados por la mayoría de los países desarrollados están alrededor de 34%, cifra que en algunos casos se alcanzó hace ya muchos años sin que se observe un crecimiento significativo en épocas más recientes.

·         Llaman la atención los casos de Austria y Alemania con coberturas por debajo de 30%  sin que esos países, hasta donde se sabe, se estén involucionando hacia el subdesarrollo o tornándose  más inequitativos.

·         Finalmente, con su 20%, Colombia no luce mal en el contexto latinoamericano. Está por encima de México y Brasil y a un nivel comparable al de Chile y Perú.

La idea de que una educación superior universal y gratuita es la condición de un “desarrollo con equidad” no parece tener apoyo en los datos. Más bien puede ser lo contrario: el desarrollo económico permite una mayor cobertura de la educación superior.

Tal vez es más preocupante lo referente a los otros niveles de educación alcanzada por la población, especialmente, lo que tiene que ver con la educación primaria. En cifras de 2015, el nivel educativo de casi el 50% de los colombianos mayores de 25 años es igual o inferior a la primaria. Un 7% no tiene educación formal alguna y el 17% únicamente primaria incompleta. Eso suma 6,3 millones de personas y los que solo tiene primaria son 7,3 millones.  La gráfica 2 muestra el vergonzoso lugar que ocupamos en el ámbito internacional.
Gráfica 2



La situación de esos 14 millones de colombianos sin ninguna educación, con primaria incompleta o solamente primaria no es irremediable, pero ninguno de los candidatos está hablando de este asunto ni ha propuesto cosa alguna. Tampoco están hablando de las tasas de cobertura que deben alcanzarse para evitar que unas cifras tan vergonzosas se perpetúen en el futuro. Pero tienen razón en ignorar este problema. A fin de cuentas los niños de primaria y secundaria no votan y los adultos mayores de 25 años carentes de educación son una mayoría atomizada y sin vínculos corporativos o gremiales que puedan invocarse en una campaña electoral. 

LGVA
Abril de 2018

sábado, 14 de abril de 2018

La historia mínima de Colombia de Jorge Orlando Melo


La historia mínima de Colombia de Jorge Orlando Melo

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista

“La mirada de conjunto a Colombia desde la Independencia permite ver un desarrollo económico rápido y mejoras notables de las condiciones de vida de la población, en especial después de 1850. Esto fue obra sobre todo de los ciudadanos: el estado no tuvo mucho peso hasta 1920 y desde entonces su aporte principal ha sido ofrecer un ambiente estable para la inversión y la producción: una política económica tranquila y sin sueños grandiosos ni esfuerzos populistas” (Jorge Orlando Melo, Historia mínima de Colombia, página 321)

Jorge Orlando Melo Gonzalez nos ha regalado un bello y oportuno libro, escrito con esa sabiduría, serenidad y cariño que solo pueden dar años de estudio y reflexión.  Son poco más de trescientas páginas, en formato pequeño y letra de buen tamaño, que se leen de un tirón. Además de su brevedad, se caracteriza también el libro por una bibliografía igualmente mínima y la ausencia total de citas y notas de pie de página, lujo que se puede dar alguien quien como él se ha ganado merecida reputación y que no pretende  decir nada novedoso pero si aportar una reflexión sobre lo que él mismo y otros historiadores de su generación han dicho y repetido sobre la historia de nuestro País.

Melo pertenece, en efecto, a la generación de historiadores - muchos de ellos alumnos directos de Jaime Jaramillo Uribe, probablemente el primer historiador profesional de Colombia -  que por allá en los años 70 del siglo pasado irrumpieron con lo que entonces se llamó la “Nueva historia de Colombia”. La novedad de esa “nueva historia” radicó tanto en la incorporación de nuevos temas – economía, principalmente, pero también arquitectura, literatura, arte, salud, costumbres, educación y todos los ámbitos en los que se expresa la vida social - y en el tratamiento más riguroso de los mismos haciendo un uso más amplio y sistemático de los archivos y demás fuentes primarias de investigación. Hasta entonces la historia se identificaba con la narración cronológica de hechos políticos y militares y la descripción de los gobiernos que se han sucedido, en la forma en que lo hicieran Don Jesús María Henao y Don Gerardo Arrubla.  Jaramillo Uribe tiene el mérito de haber traído a Colombia esa orientación de la investigación histórica, iniciada en Francia por Lucien Febvre y Marc Bloch con su célebre revista “Anales de historia económica y social”.

La generación de Melo – de la que hacen parte Margarita Gonzalez Álvaro Tirado, Hermes Tovar, Germán Colmenares y otros más-  tuvo y tiene aún una gran influencia en la vida del País.  Bajo esa influencia fue expulsada de los programas escolares, donde había reinado de forma casi indiscutida en versiones abreviadas durante más de 50 años,  la entrañable obra de Henao y Arrubla para ser sustituida por versiones simplificadas y caricaturescas de los trabajos de Melo y sus compañeros de generación, versiones que contribuyeron la formar la visión que de la historia del País tienen la mayoría de los colombianos. La otra contribución vino de muchos  periodistas e intelectuales que, ignorantes de sutilezas y matices, la propagaron en sus escritos.

Melo reconoce ese hecho cuando escribe: “La complicada historia de Colombia en el siglo XX dejó la impresión de que, bajo el control de una oligarquía estrecha y con un sistema político restrictivo, la sociedad y la cultura tuvieron un largo estancamiento”[1]. Esa es ciertamente la visión que de la historia del País tiene buena parte de los colombianos, pero ello no es el resultado de la “complicada historia” sino más bien de la visión simplificada que de ella han transmitido los epígonos de los “nuevos historiadores”, aunque a todos ellos y al propio Melo les cabe algo de  responsabilidad.

El hecho es que buena parte de los colombianos tiene “la impresión” de la que habla Melo, que es una visión negativa y pesimista de la historia del País. Esto no sería demasiado grave si no fuera porque, como lo señalara Hayek, “ha existido siempre una relación mutua entre las convicciones políticas y las opiniones sobre los acontecimientos históricos”[2].  Y esto es grave cuando esas opiniones no resultan de un cabal entendimiento de los hechos del pasado sino que son más bien mitos como el de la “oligarquía estrecha y el sistema político restrictivo”, que de tanto repetirse parecen ciertos y a partir de los cuales se desarrollan las convicciones políticas redentoristas y populistas.

Por eso es que el libro de Melo es muy oportuno en la coyuntura actual porque al mito histórico de una sociedad estancada por obra y gracia de la oligarquía estrecha, que da sustento al discurso populista,  opone una realidad compleja que sintetiza de esta forma:

“…durante el siglo pasado hubo inmensos cambios, con logros y frustraciones, períodos de progreso y retroceso. Algunos fueron el resultado de políticas públicas  más o menos ordenadas, como la expansión de la educación, pero la mayoría fueron el producto de la actividad de a veces caótica de la sociedad, o de trabajadores, empresarios e intelectuales que ayudaron adoptar en forma eficaz la ciencia y la tecnología avanzadas y promovieron, consciente o como consecuencia involuntaria de sus empeños personales, el siempre deseado progreso” [3]

Son muchas las cosas interesantes que se podrían citar del libro de Melo cuya lectura recomiendo con entusiasmo por su aporte a un mejor entendimiento de nuestra historia y, además,  porque, en la coyuntura actual, puede contribuir a desvirtuar el populismo rampante que invade la política colombiana.

LGVA
Abril de 2018.



[1] Melo, J.O (2017). Historia mínima de Colombia. Turner Publicaciones y Colegio de México. Madrid. Página 283.

[2] Hayek, F.V. Obras completas Volumen III. La tendencia del pensamiento económico.  Unión Editorial Madrid 1991. Capítulo IV. “Historia y Política”. Página 53.

[3] Melo, J.O. Op. Cit. Página 283.

jueves, 12 de abril de 2018

Humberto de la Calle: un anti-taurino enemigo de la libertad


Humberto de la Calle: un anti-taurino enemigo de la libertad

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista

En los últimos meses he escrito sobre las propuestas de varios candidatos presidenciales, algunos todavía en liza, otros ya retirados de la contienda. No me había referido a Humberto de la Calle, básicamente, por no encontrar en sus insulsos planteamientos nada que mereciera ser refutado o exaltado. Después de que Gaviria le prohibió renunciar a ella, para adherir a Fajardo y salir con cierta dignidad del berenjenal en el que está metido, su languidecente candidatura se ha convertido en la melancólica comedia de un hombre casi anciano que se esfuerza por parecer como el representante de la juventud.

Cuando lo veo o leo sus trinos, no puedo dejar de pensar en una novela de Thomas Mann, Muerte en Venecia, de la que Luchino Visconti hiciera una espléndida película del mismo nombre. En la historia hay personaje viejo -  con el pelo pintado, para ocultar las canas, y el rostro maquillado, para ocultar las arrugas – que se mezcla impúdicamente en el cortejo juvenil que acompaña de Tadzio, el amado del atribulado compositor Gustav von Aschenbach. Después, el mismo Aschenbach, quien inicialmente ve con repugnancia al patético personaje, teñirá sus cabellos y maquillará su rostro en un esfuerzo desesperado por aparentar juventud y resultar grato a los ojos de Tadzio. Lean la novela, es corta, o vean la película, está en Cuevana, y entenderán mejor lo que quiero decir.

Había pues decidido no meterme con de la Calle, salvo por un par de trinos glosando su ridícula idea de acabar con la inequidad dando educación superior gratuita a todo mundo. Pero de la Calle se metió conmigo cuando, en busca de la popularidad que le es esquiva,  decidió quitarle a Petro una de sus  banderas y arremetió contra los taurinos. Sí, soy un taurino y no me avergüenzo de ello y me siento agredido por el ataque oportunista, mentiroso y liberticida que decidió lanzar contra una minoría de ciudadanos hoy hostigada por todos los flancos.

El 12 de abril, se vino de la Calle con el siguiente trino: “Digo si a la prohibición de las corridas de toros. Viví en Manizales y la cultura era la fiesta brava, pero con el paso del tiempo entendí que este espectáculo induce a la violencia. La tradición no debe ser excusa para la violencia, sea cual sea”

Con el paso del tiempo, es decir, cuando envejecen, muchos taurinos dejan de ir a las corridas, bien  porque no soportan el sol o porque se fatigan escalando las gradas o porque los agobian las muchedumbres o, simplemente, porque se cansaron. Eso le ocurrió a de la Calle y a muchos otros taurinos sin que a ninguno ellos le hubiera pasado por la mente prohibirle a los demás el disfrute de un espectáculo en el que ya encuentran poco o ningún placer. De la Calle está en todo su derecho de ser anti-taurino, lo que no puede hacer es desconocer el derecho de los taurinos a cultivar su afición y mucho menos en pretender acabar con ellos desde su quimérico gobierno.  

Probablemente De la Calle dejó de ir a toros hace muchos años, por lo menos los cinco en que estuvo entretenido negociando “el mejor acuerdo posible”,  que nos ha dejado a unos dirigentes desmovilizados traficando y a una retaguardia estratégica secuestrando y asesinando. En todos esos años nunca se le ocurrió violentar a los taurinos, eso era asunto de Petro y sus amigos, hasta que se convirtió en un candidato sin esperanza, vulgar moneda de cambio con la que Gaviria espera hacerse a unos cuantos ministerios en el eventual gobierno de Vargas Lleras quien es el verdadero candidato del partido liberal.  

Si con esa frase se refiere a los taurinos, miente de la Calle cuando dice que ese espectáculo induce a la violencia. ¿Cuándo se ha visto unas barras bravas de taurinos enfrentadas y agrediéndose físicamente, como si sucede en el fútbol, por ejemplo, sin que a nadie se la haya ocurrido prohibirlo? Pero si se refiere a la violencia de los anti-taurinos, dice verdad, porque son estos los que agreden verbal y físicamente a una minoría de ciudadanos inermes por el único delito de disfrutar un espectáculo que no es del agrado de la mayoría.

De la Calle se presenta como un paladín de la libertad, pero es incapaz de entender que, como decía John Stuart Mill, “la libertad humana exige libertad en nuestros propios gustos y en la determinación de nuestros propios fines”. Pero pasa por encima de esto y decide atacar a los taurinos porque sabe que son una minoría y que a la mayoría de los ciudadanos le son indiferentes las corridas y que esa mayoría, azuzada por una minoría activa, la de los anti-taurinos, resultará apoyando la prohibición de las corridas.

Si de la Calle fuera un verdadero liberal entendería que la sociedad está conformada por un sin número de grupos minoritarios en sus gustos o inclinaciones. Entendería que no existe nada que pueda denominarse voluntad popular y que ésta, como decía Mill, no es otra cosas que la porción más numerosa o más activa del pueblo y que aceptar el querer cambiante de esa porción como regla de vida para los demás no es otra cosa que aceptar la tiranía de la mayoría, la peor amenaza contra la libertad.

LGVA
Abril de 2018.  

lunes, 9 de abril de 2018

Gustavo Petro: ignorancia y demagogia


Gustavo Petro: ignorancia y demagogia

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista

Introducción

En alguno de sus escolios, decía Don Nicolás Gómez Dávila algo parecido a esto: la ignorancia  es más nociva que la corrupción porque el corrupto descansa de vez en cuando mientras que el ignorante ejerce de tiempo completo. Más que por sus ideas socialistas, su pasado guerrillero o su talante autoritario – que ya son suficientes para invalidar su pretensión de llegar a la presidencia - Gustavo Francisco Petro Urrego sería un peligro en el gobierno por su radical ignorancia de la forma en que funcionan economías de mercado y las sociedades que se quieren verdaderamente libres.

Lo primero requiere de un cierto entrenamiento profesional del que carecen la mayoría de las personas, sin que eso les impida relacionarse y cooperar  mediante el sistema de precios, de la misma forma en que no se precisa ser lingüista para poder usar el lenguaje y comunicarse, porque los precios son el lenguaje del mercado. De lo segundo la mayoría de las personas tiene un entendimiento suficiente para funcionar en sociedad aunque muchas no comprenden cabalmente – como es el caso de Petro – que la base de todos los derechos y todas la libertades es el derecho de propiedad. Ni lo uno ni lo otro es un problema porque la mayoría de la gente no aspira a ser presidente ni lo será nunca. Pero cuando alguien que ignora esas dos cosas tiene esa pretensión con alguna probabilidad de realizarla, el asunto no deja de suscitar cierta inquietud.

El problema con Petro es que él padece la peor forma de la ignorancia: la ignorancia del ignorante que cree que sabe y no poco, del que cree que lo sabe todo de todo. Cuando leo sus trinos o escucho sus intervenciones quedo perplejo frente a su  sabiduría insolente. Petro tiene una repuesta categórica, precisa, contundente frente a cada problema económico o de la vida social. No duda nunca, no vacila, lo sabe todo. Está lleno de respuestas, lleno de soluciones, lleno de ideas.  Y eso es justamente lo que asusta porque la ignorancia, según decía Platón, no es un vacío sino una llenura.

Leo en su biografía que Petro es economista, de la universidad Externado para más señas. A lo mejor le enseñaron mal o le enseñaron bien pero no aprendió, ignoro qué ocurrió, pero Petro no sabe economía pero cree que sabe y, para agravar las cosas, es un político. Esto da la peor combinación que podría darse para un hombre con el gran poder que supone la presidencia: un político ignorante de economía que cree que sabe.

Si Petro supiera algo de economía, siquiera un poco, tendría algún respeto por el sistema de precios, porque intuiría de alguna forma que los precios que se forman en los mercados, que las cantidades que se transan, que las cosas que se producen o dejan de producirse son el resultado, no buscado deliberadamente por nadie, de las decisiones de producción y consumo de millones y millones de personas que usan una información dispersa y atomizada que nadie por sí solo, absolutamente nadie, puede manejar, controlar u orientar. Y ese es justamente el problema de Petro y todos los socialistas, pretender que saben mejor que todos los individuos lo que le conviene a cada uno y lo que cada uno debe hacer para lograrlo. Fatal arrogancia llamaba Hayek esa pretensión. 

Petro desconoce y desprecia el sistema de precios en el que en una sociedad libre se manifiesta la diversidad de las aspiraciones y conocimientos de los individuos.  Como buen socialista, está imbuido de alguna de las múltiples formas de la teoría de la conspiración. Él cree que los precios que se forman y las cosas que se producen o dejan de producir dependen de las decisiones de siniestros grupos de poder que desde lujosas oficinas o desde oscuros antros conspiran todo el tiempo para empobrecer la gente, acabar sus empleos y destruir el ambiente. El análisis de algunas de sus ideas económicas podrá en evidencia su total desconocimiento y desprecio del sistema de precios y, también, su increíble ignorancia de la historia económica de Colombia, incluso la más reciente.

Las energías limpias.

Petro adora o dice adorar las energías limpias y renovables y se presenta como el Prometeo que iluminará con ellas un mundo lleno de la suciedad del carbón y el petróleo. ¿A quién no le gustaría un mundo en que la transformación y el uso de las energías se hicieran sin desperdicio, sin suciedad, sin aumentar el desorden? ¿Por qué entonces no está el mundo lleno de paneles solares y turbinas eólicas?

Petro parece creer que ello obra de un montón de capitalistas codiciosos que quieren acabar con el ambiente y envenenarnos a todos; pero la cosa es menos dramática. Los costos de inversión en la infraestructura requerida por esas energías son todavía más elevados que los de las energías tradicionales y esto es particularmente significativo en el caso de Colombia donde las renovables no convencionales tienen que competir con la generación hidráulica, igualmente limpia y renovable y mucho menos costosa. Hasta el presente, prácticamente en ningún país del mundo esas energías renovables se han podido introducir en la matriz energética sin alguna clase de subsidio que en definitiva paga el ciudadano, como consumidor, en su factura de electricidad, o en impuestos, como contribuyente.

Ahora bien, en Colombia ya se han tomado decisiones de política pública orientadas a facilitar el ingreso de las renovables no convencionales a la matriz energética. Está, en primer lugar, la ley 1715 de 2014 que regula la integración de dichas energías al sistema eléctrico. En desarrollo de esa ley, el gobierno expidió el 23 de marzo decreto 0570 de 2018 mediante el cual se dispone la creación de un mecanismo para la  contratación de largo plazo de la energía producida con fuentes renovables no convencionales y se dispone la incorporación del precio resultante en la fórmula tarifaria de los consumidores finales. El 28 de febrero la Comisión de Regulación de Energía y Gas – CREG – expidió la resolución 30 de 2018 que regula las actividades de autogeneración en pequeña escala, es decir, que permite la conexión al sistema eléctrico de la energía producida mediante fuentes renovables no convencionales. En otras palabras, ya cualquier hogar colombiano o empresa puede instalar en los techos de sus residencias o instalaciones productivas sus paneles solares o sus turbinas eólicas. Por otra parte, nada impide hoy el desarrollo de proyectos de generación a gran escala con fuentes no convencionales y dentro de poco los empresarios tendrán la ventaja de poder trasladar sus mayores costos al precio pagado por el consumidor final.  

Pero es probable que a Petro la política y la regulación adoptada en el País para facilitar el ingreso de las energías renovables no convencionales – que distorsiona los precios y eleva la factura eléctrica de los consumidores finales – le parezca demasiado tímida. A lo mejor él prefiere soluciones más drásticas como prohibir de tajo la generación térmica y hacer obligatoria para todo mundo la instalación de paneles solares. No sorprendería, porque ese es su talante.   

La diversificación de la canasta exportadora.

Otro tema que obsesiona a Petro es la diversificación de la producción nacional y de la canasta exportadora. ¿A quién no le gustaría tener una canasta exportadora diversificada en productos y destinos? Desde los años 20 del siglo XX, los empresarios colombianos han luchado, con desigual fortuna, por diversificar la producción para el mercado interno y la oferta exportadora. La política de sustitución de importaciones, el Instituto de Fomento Industrial, el Plan Vallejo para diversificar exportaciones y la apertura económica son algunas de las orientaciones de política pública adoptadas en diversos momentos para lograr esos objetivos. En este como en otros casos, Petro, ignorando los hechos económicos y la historia económica del País, se presenta ante sus incautos seguidores como el Adán encargado de “superar el extractivismo (sic) que ha llevado al deterioro del aparato productivo industrial y agropecuario nacional, provocando devastación ambiental, pobreza e inequidad”. Nada hay  en esa afirmación que resista el mínimo análisis.

En 2003 el País mostraba una canasta exportadora diversificada. Diez productos, entre los cuales se encontraban 5 productos industriales, respondían por el 57% de las exportaciones.  Los cinco productos primarios – petróleo, café, flores, carbón y bananos – tenían una participación relativamente equilibrada. Después vino el alza en los precios del petróleo en los mercados internacionales y la producción, la inversión, las exportaciones y los ingresos fiscales de esa actividad se elevaron. ¿Qué se podía hacer ante esa situación que condujo a lo que Petro llama el “extractivismo”? ¿Prohibir la producción, la inversión y las exportaciones petroleras?

Los empresarios del País no estaban haciendo mal las cosas en materia de diversificación de exportaciones. El auge de los precios de las materias primas, en particular del petróleo, alteró la tendencia que se venía registrando. Las alzas y bajas de los precios de las materias primas son algo escapa por completo al control de una economía como la colombiana que sólo puede limitarse a aprovechar los auges y a padecer las depresiones.
El principal problema con los ciclos de precios de los productos primarios, es el comportamiento de los gobiernos con los ingresos fiscales. La receta es sencilla: el gobierno, como cualquier particular, para definir su gasto debe atenerse al ingreso permanente, no al ingreso coyuntural; debe por tanto ahorrar durante los auges para poder mitigar el efecto fiscal de las depresiones. Pero esto es difícil de hacer cuando el gobierno está capturado por intereses políticos y particulares propensos al gasto y adversos al ahorro.  Durante los primeros años del gobierno de Santos los ingresos petroleros alcanzaron niveles nunca imaginados, ingresos que fueron derrochados en burocracia y asistencialismo desaforado. Dudo mucho que un gobierno encabezado por Gustavo Petro que quiere darlo todo gratis hubiera procedido de forma distinta al gobierno de Santos.  

Aún con la deficiente política pública frente al auge petrolero, que provocó la revaluación de la tasa de cambio, es falso que la industria y la agricultura hayan colapsado como consecuencia del auge petrolero como sí ocurrió en la bolivariana Venezuela donde el comandante Chávez dilapidó miles de millones de dólares, empeñado en construir el socialismo del siglo XXI, que continúa siendo el ideal de Gustavo Petro. Tampoco es cierto que la pobreza haya aumentado en las últimas décadas, todo lo contrario, como puede evidenciarlo cualquiera que pasee someramente sus ojos por las estadísticas del DANE.

Sistema financiero y banca pública

Dice Petro, en uno de sus trinos: “El enemigo de la clase media (…) es el sistema financiero que la ahoga en compra de carro, apartamento y universidad de sus hijos. Con una banca pública competitiva podemos mejorar condiciones de créditos y con la universidad gratuita sus ingresos”.  

Es un tópico muy extendido creer que el propósito de los intermediarios financieros es arruinar a sus clientes fijándoles intereses y condiciones de pago imposibles de satisfacer. Los que así piensan no parecen entender que los intermediarios financieros son agentes que canalizan el ahorro de quienes consumen menos que su ingreso corriente hacia aquellos cuyo ingreso les resulta insuficiente para financiar su propio consumo o la inversión que quieren realizar. Son incapaces de comprender que las tasas de interés que se forman en los mercados son el resultado de la diversa valoración que las personas tienen del consumo presente frente al consumo futuro y del rendimiento que esperan obtener de sus inversiones y no el resultado de la decisión arbitraria de unos intermediarios financieros deseosos de ahogar a sus clientes.

En efecto, si Gustavo Petro hubiera entendido algo de economía sabría que la tasa de interés es un precio que expresa la relación de intercambio entre los bienes presentes y los bienes futuros y que esa relación de intercambio tiene un componente subjetivo, la mayor preferencia por los bienes que están disponibles hoy sobre los bienes que están disponibles en el futuro, y un componente objetivo asociado a las oportunidades de inversión.  

El componente subjetivo puede ilustrarse muy bien con la propia historia personal de Petro. Recientemente se dolía de que, con casi 60 años, aún debía la hipoteca de su casa, de no tener carro ni propiedad territorial alguna, todo ello a pesar de que durante sus 15 años como congresista y los 4 como alcalde tuvo un ingreso mensual de más de 30 millones de pesos. Es decir, en los últimos 20 años, Gustavo Petro recibió del erario, es decir, de los impuestos pagados por los demás colombianos, unos 7.000 millones de pesos. Si hubiera sido capaz de vivir con 15 millones mensuales, tendría hoy un capital no inferior a 3.500 millones, sin tener en cuenta los rendimientos que le habría generado. Pero no, aparentemente se gastó todo su ingreso por tener una elevadísima preferencia por el presente, quizás, por carecer de una visión a largo plazo de las cosas, por debilidad de voluntad, por la costumbre de gastar sin freno o por carecer de ese sentimiento que nos lleva a procurar el bienestar de nuestros hijos y descendientes. Cualquiera sea el caso, son las gentes como Petro, que tienen una elevada disposición al consumo presente las responsables de que la tasa de interés tienda a elevarse.

Muchas personas carentes de entrenamiento en economía y con elevada propensión al gasto tienden a pensar que las tasas de interés las fijan arbitrariamente el banco emisor y los bancos comerciales cuando fijan las tasas nominales de interés. Este es un error tan vulgar como creer que los comerciantes o los productores fijan arbitrariamente el precio de las cosas que venden sin que importe la demanda de mercado de esas cosas, es decir, sin que importe la valoración que de esas cosas hacen los eventuales compradores. Un razonamiento simple destruye la falacia según la cual los intermediarios financieros no tienen otro propósito que ahogar a la clase media. La tasa de interés para el crédito hipotecario está alrededor de 12% ó 14% anual. Si el objetivo es ahogar a la clase media, y los intermediarios fijan el interés al nivel que quieran, ¿no se la ahogaría más con una tasa del 20% o, mejor aún, de 30% o del 50%?

En medio de su ignorancia, para resolver el problema que el mismo se ha inventado, a Petro se le ocurre la peor de las soluciones: la creación de una banca pública que otorgue crédito “barato” a todo mundo. En Colombia ya tuvimos una banca pública y semi-pública – Banco Popular, Banco del Estado, Banco Central Hipotecario, Banco Ganadero, Banco Cafetero – que naufragó carcomida por la ineficiencia y la corrupción. Era una banca en donde pocos querían depositar sus ahorros y con la que muchos deseaban endeudarse a tasas subsidiadas. Tenía que fondearse con recursos fiscales o de emisión monetaria. Crédito dirigido del que se beneficiaban los capitalistas clientelistas y los políticos rapaces amigos de los directivos de turno. Todos esos bancos fueron cayendo poco a poco abrumados por una cartera incobrable y cuantiosas pérdidas que ya no podían ser cubiertas con recursos fiscales. Petro propone resucitar esa banca que sólo puede subsistir dependiente del fisco o, lo que es peor aún, de la emisión monetaria.    
   
Coda

Petro es un ignorante en materia económica, como se ha ilustrado fehacientemente, pero es también un demagogo y como todo demagogo es elocuente. Y, fascinando por su propia verborrea,  el elocuente se cree sabio y la masa semi-ilustrada de los incautos, encantada igualmente con un discurso lleno de frase altisonantes y de esas palabras que siempre suenan bien, cree que efectivamente lo es. Por fuera del poder, el demagogo ignorante es risible y casi divertido. Instalado allí es un peligro porque, al no abrigar dudas sobre la inmensa superioridad de sus doctrinas, está convencido de que solo se requiere la fuerza de su voluntad para garantizar el bienestar de la sociedad tal como él lo entiende. Hace ya 259 años, en su incomparable Teoría de los sentimientos morales, Adam Smith había advertido sobre el peligro que para la sociedad representa un gobernante de este tipo: 

 “El hombre doctrinario, en cambio, se da ínfulas de muy sabio y está casi siempre tan fascinado con la supuesta belleza de su proyecto político ideal que no soporta la desviación de la más mínima parte del mismo. Pretende aplicarlo por completo y en toda su extensión, sin atender a los poderosos intereses ni a los fuertes prejuicios que pueden oponérsele. Se imagina que puede organizar a los diferentes miembros de una gran sociedad con la misma desenvoltura con que dispone las piezas en un tablero de ajedrez.  No percibe que las piezas de ajedrez carecen de ningún otro principio motriz salvo el que les imprime la mano, y que en el vasto tablero de la sociedad humana cada pieza posee un principio motriz propio, totalmente independiente del que la legislación arbitrariamente elija imponerle. Si ambos principios coinciden y actúan en el mismo sentido, el juego de la sociedad humana proseguirá sosegada y armoniosamente y muy probablemente será feliz y próspero. Si son opuestos o distintos, el juego será lastimoso y la sociedad padecerá siempre el máximo grado de desorden”.

LGVA
Abril de 2018