jueves, 26 de abril de 2018

La muerte del Bolívar en la frontera con Venezuela


La muerte del Bolívar en la frontera con Venezuela

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista, Universidad EAFIT
Introducción

Las monedas fiduciarias modernas son una creación de los estados que controlan su oferta nominal por medio de los bancos de emisión y de las normas que regulan la actividad de los bancos comerciales. El precio de la moneda, que es el inverso del nivel de precios y que, en consecuencia, disminuye cuando este aumenta como resultado de la inflación, está determinado por esa oferta de moneda y por la demanda que de ella hacen los agentes económicos. Cuando nadie quiere tener entre sus activos esa moneda, es decir, cuando nadie la demanda, su precio tiende a cero, como el de cualquier cosa que nadie quiere poseer, y la moneda agoniza y eventualmente muere.

Eso es lo que está ocurriendo con el Bolívar Fuerte, que reemplazó al Bolívar a secas en 2008, y que será a su turno reemplazado por el Bolívar Soberano cuando tenga lugar la nueva reconversión monetaria anunciada para junio de 2018. Muy probablemente el Bolívar Soberano correrá la misma suerte de sus antecesores si el gobierno venezolano no cambia sustancialmente su manejo macroeconómico. Pero en lo que sigue no se trata de macroeconomía ni de política monetaria sino de la forma en que agoniza el Bolívar en la frontera.   
   
El almuerzo de María

María no quiso que su cara se viera en la foto del almuerzo de cuatro mil  pesos que me estaba ofreciendo en frontera con Venezuela por el lado de Ureña. Desde hace cuatro semanas tiene ese negocio en compañía de Andreina y Horacio, dos amigos suyos de Cúcuta. Todos los días temprano pasa la frontera y se reúne con sus amigos a preparar los 15 ó 20 almuerzos que, entre las once de la mañana y las tres de la tarde, venden a algunos de los miles de venezolanos que diariamente cruzan la frontera para vender o comprar alguna cosa o simplemente para almorzar, en el restaurante ambulante de María y sus amigos o en el de alguno de sus competidores. Al principio esto era mejor- dice Andreina – vendíamos más almuerzos y más caros, a cinco  mil. Pero empezó a llegar más gente a ofrecer almuerzo y ahora vendemos menos y más baratos. 


El almuerzo de María


La conversación con María y sus socios era amistosa y fluida hasta el momento en que les dije iba a pagarles el almuerzo en bolívares. Rechazaron de plano mi pretensión y me enviaron cambiar mis bolívares por su equivalente en pesos en alguna de las casas de cambio que hay en los alrededores de la frontera. Y razón no les faltaba para no querer recibir esos bolívares.



Precio del almuerzo de María en pesos y en bolívares

Bananos o cualquier cosa.

A lo largo de la carretera que conduce de San Antonio a Cúcuta se ven decenas de personas caminado en ambas direcciones. Son venezolanos que van para Cúcuta o viene de allá, dice el conductor del mi taxi. Caminan – añade - porque aunque el pasaje es de $ 1.300, para ellos eso es mucha plata y aprovechan la caminada para venden algún producto que traen.

Hoy estaban vendiendo bananos. Ayer vendían aguacates y la semana pasada todos estaban vendiendo pan. En las economías con sistemas de precios anarquizados se presentan situaciones de abundancia súbitas, temporales y localizadas de algunos productos. Si se trata de productos de alta demanda, la gente trata de adquirir todo lo que  pueda más allá de sus propias necesidades con la expectativa de utilizar el excedente para adquirir después aquellos otros bienes que precisa. Temporalmente esos productos son moneda. Traen bananos o cualquier producto porque saben que sus devaluados bolívares difícilmente serán recibidos en las casas de cambio del otro lado de la frontera que suelen rechazar los billetes de denominaciones inferiores a 100.000 bolívares, que equivalen a poco más de mil pesos colombianos. Un millón de bolívares en billetes de mil pesa más que un gajo de bananos.


Deyanira




Les compre bananos a Nayibe y Deyanira, ambas de Portuguesa, un estado que queda muy al interior de Venezuela; donde, antes de que pasara todo lo que está pasando, trabajaban en un restaurante que cerró. La lejanía de la frontera de su lugar origen no me cuadraba con la información según la cual pasaban todos los días a Colombia a hacer algún negocio. Me contaron que ellas, como muchos otros venezolanos del interior, se han pasado a vivir en inquilinatos en Ureña y San Antonio para así poder cruzar la frontera todos los días para conseguir cosas, principalmente alimentos, que luego enviarán a sus parientes del interior. 

Cauchos, aceite y trueque

En Cúcuta y en la frontera le dicen cauchos a las llantas de carros y motonetas. A lado y lado de la carretera vieja a San Antonio hay varios locales al frente de los cuales se observan pilas de llantas viejas de carro y motoneta. Las hay de todos los tamaños y en todos los estados de deterioro, pero todas sirven, para todas y cada una de ellas hay un comprador potencial al otro lado de la frontera. 


Cauchos de segunda



En una venta a la que me acerqué había un señor venezolano, taxista de oficio, que estaba comprando cauchos cuidadosamente escogidos entre los muchos que estaban arrumados. Escogió y pagó dos, pero solo se llevó uno.

-       Guárdeme el otro, dijo, mañana vuelvo a recogerlo.
-       ¿Por qué no se lleva los dos?, pregunté de metido.
-       Porque de pronto la guardia me lo quita.  

Supe entonces que la gente prefiere llevar pequeñas cantidades y pasar varias veces la frontera o distribuirse lo comprado entre varias personas para evitar que los guardias les confisquen parte de sus productos.

Alfredo tiene una surtida venta de aceites. Gustavo, el conductor del  taxi en el que me transporto, me dice que son aceites usados que los aclaran con filtros y aditivos. Alfredo asegura que los suyos son nuevos y aun así cada vez es más difícil venderlos. Un cuarto cuesta 25 mil pesos, es decir, más de dos millones y medio de bolívares: unos dos salarios mínimos venezolanos. Ya la gente no tiene forma de comprar el aceite y han empezado a traer cosas para hacer trueque- dice Alfredo. A veces funciona. Ayer recibí un formón de carpintería y un serrucho.  

La venta de aceites de Alfredo

Los cigarrillos de Pedro

Pedro tiene 25 años y está casado con Olga, de 23,  y son padres de un bebé de 9 meses. Trabajaba en una fábrica de botellas plásticas, en Portuguesa, pero abandonó su empleo porque el salario no alcanza para nada. Habida cuenta de las circunstancias, Pedro en un tipo afortunado pues logró hacerse a un “plantecito” de cigarrillos, tabacos, bombones, ron, y otros productos no perecederos. Su clientela son colombianos que le pagan en pesos, la moneda fuerte que los venezolanos tratan de conseguir. Cruza todos los días la frontera pero deja sus mercancías del lado colombiano y pasa diariamente unos cuantos paquetes de cigarrillos y eventualmente una botella de ron para mantener sus existencias en un nivel adecuado. 


Los cigarrillos de Pedro

Farmacia Mérida

La farmacia Mérida está siempre atestada. Es propiedad de Martín, un colombo-venezolano que desde hace 8 años, aprovechando su nacionalidad colombiana, trasladó su negocio a Cúcuta. Su clientela está integrada fundamentalmente por sus paisanos del otro lado de la frontera. Hasta hace tres o cuatro años vendía toda clase de medicamentos. Hoy su surtido está conformado por los más simples y esenciales – dolex, ibuprofeno, jarabes y algún antibiótico de baja calidad. Esas son los únicos medicamentos que están al alcance de su clientela. También ha hecho uno que otro truque, pero en general resulta bastante difícil por la disparidad de los valores en juego.  


La farmacia de don Martín

Coda

En esa bolsa, que pesa más de un kilo,  hay poco más de un millón trescientos mil bolívares, más o menos un salario mínimo de Venezuela. Los compré por doce mil pesos.


 Un kilo de bolívares= salario mínimo venezolano

Se dice que Lenin dijo y que Keynes lo confirmó que la mejor manera de destruir una sociedad capitalista es destruir su moneda. Pero la destrucción de una moneda es también la destrucción de la dignidad de un pueblo porque se desvaloriza la posesión más preciada que puede tener el hombre: su propio trabajo.

LGVA
Abril de 2018

5 comentarios:

  1. Felicitaciones a Luis Guillermo por esta crónica tan oportuna como bien escrita, además de respetuosa por las personas que involucra. Duele la dignidad humana golpeada por un régimen ineficaz y destructivo. Luis Fernando Múnera López

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  2. Grandiosa pluma!! Singular descripción de la situación venezolana

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  3. Excelente crónica que arruga el corazón!

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