miércoles, 3 de agosto de 2016

EPM y Maya: una vez más


EPM y Maya: una vez más



Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista, Docente Universidad EAFIT



El propósito de una discusión racional no es necesariamente convencer al otro de que uno tiene la razón. Esto puede llegar eventualmente a suceder, pero si no ocurre, en la mayoría de los casos, a la larga carece de importancia. Una discusión racional, enseña Popper, tiene que partir del reconocimiento mutuo de que uno puede estar equivocado total o parcialmente y de que el otro, por tanto, esté en lo cierto total o parcialmente. La discusión debe permitir que las partes corrijan algunos de sus errores y se acerquen de esta forma un poco a la verdad, sin renunciar por ello a lo que son sus convicciones más profundas. Conozco de vieja data las convicciones de Maya sobre EPM tanto como él conoce las mías. Yo sé que las suyas están sólidamente ancladas en sus lecturas y reflexiones. Pero él no me hace el mismo beneficio y en su fantasía continúa denunciándome como un mercenario al servicio del GEA y los oscuros intereses del “capitalismo salvaje”.

En su nueva columna sobre el tema, publicada el 1 de agosto, Maya desplaza la discusión del asunto de la propiedad de EPM al del papel de la especulación financiera en las crisis económicas y, molesto quizás, por el calificativo de “naderías” que di a sus ideas hace un despliegue de información para demostrar que no son tal. Reconozco mi impertinencia y retiro el calificativo. Declaro de una vez que sobre EPM no tengo nada que agregar a lo que ya dije y me limito en lo que sigue a discutir el tema que me propone.

Después de darme una inmerecida reprimenda, Maya aborda el asunto que interesa afirmando que “la crisis del 30 fue provocada, entre otros factores, por la especulación financiera”. Concedido, haciendo la salvedad, como vamos a ser precisos,  de que es más apropiado hablar de la crisis de 1929, como quiera que fue el jueves 24 y martes 29 de octubre de ese año cuando se produjeron las caídas de la bolsa de Nueva York que marcaron el inicio de la gran depresión. Lo de la especulación puede ser cierto, pero ocurre que a mí y a legiones de economistas nos parecen más importantes esos “otros factores” en la explicación de la crisis y en general del ciclo económico.

El tema del ciclo económico con sus expansiones, auges, crisis y recesiones - desde que Clement Juglar estableció su regularidad- ha ocupado las mejores mentes de la profesión económica, sin que exista un acuerdo total sobre sus causas aunque la mayor parte de los economistas se inclina por la idea de que las causas fundamentales son reales -cambios en los gustos o  las funciones producción -  no monetarias ni financieras, factores estos que pueden intervenir exacerbando el auge o profundizando la recesión. Aunque el origen de la teoría del ciclo económico real puede rastrearse hasta David Ricardo, el exponente moderno más reconocido es Schumpeter quien la formuló desde 1911 y la expuso más ampliamente en 1939, en abierta oposición a la teoría keynesiana que encuentra el origen del ciclo en la inestabilidad de la inversión. Para Schumpeter el ciclo económico – la expansión, el auge, la crisis, las recesiones – es la forma como en la economía capitalista se incorporan, asimilan y generalizan las innovaciones. En 1982, Finn Kydland y Edward Prescott reformularon y formalizaron la teoría del ciclo económico real encontrando gran acogida en la profesión y generando un cambio en la orientación de la investigación macroeconómica, lo que les valió el reconocimiento del Premio Nobel en 2004. La significación de esos “otros factores” puede quizás apreciarse mejor recordando lo que,  hablando del auge que precedió a la crisis, escribió CH. P. Kindleberger, reconocido historiador de la crisis y depresión de los años 30:

“En los Estados Unidos, el boom surgió en el sector del automóvil; no sólo la manufactura de vehículos, sino neumáticos y otros componentes, de carreteras, estaciones de servicio, refinerías, garajes, suburbios. El motor de combustión se introdujo en el transporte con el uso de camiones, y en la agricultura, en que los tractores sustituyeron a los caballos. Los aparatos eléctricos, desconocidos al comienzo de la década, eran normales en 1929: radios, refrigeradores, aspiradores. Otra innovación fue la que apareció en el cine, con el sonido incorporado en 1926. La venta  de productos más caros fue ayudada con la introducción, durante el período, de sistemas de crédito”[1]

El rasgo más característico de la economía capitalista es el ser una economía descentralizada donde las decisiones de producción y consumo son tomadas por millones de agentes de forma independiente atendiendo a sus propios intereses y sin un acuerdo previo sobre el resultado final de sus actuaciones. El mercado – todos los mercados: reales, monetarios y financieros – es un vasto mecanismo de búsqueda y experimentación, donde se comenten errores y se tienen aciertos, donde se registran éxitos y también estruendosos fracasos. Más que la de equilibrio, la noción fundamental de la economía es la de tendencia al equilibrio en un estado dado de la tecnología y las preferencias de los consumidores. Y es un cambio en estos datos, que nadie sabe a priori de donde provendrá,  lo que produce los procesos de expansión, auge y crisis propios de ciclo económico.

Sin duda alguna con un sistema de moneda fiduciaria que permite una expansión de la oferta monetaria y el crédito de forma casi ilimitada, los auges pueden ser más prolongados y pueden surgir “burbujas especulativas” que llevan posteriormente a recesiones más profundas y duraderas. Algunos teóricos monetarios llegan por ello a decir que la mejor forma de evitar la recesión es impedir el auge.  Pero a fin de cuentas, mientras el capitalismo sea lo es, las regulaciones o no regulaciones, la ley Glass-Steagall, los errores de Greenspan y de los banqueros centrales, los derivados financieros, las hipotecas sub-prime, el papel de los especuladores y todo lo demás no son más que hechos anecdóticos en la superficie de un entramado económico cuyo conocimiento y control escapa a cualquier mente individual por poderosa que sea. Pretender controlar todo eso equivale a anticipar y regular el avance de la ciencia y tecnología y a reglamentar y definir las preferencia de los consumidores de hoy y del futuro. Eso es lo que Hayek llamaba la fatal arrogancia. Está por demás decir que mis preferencias están de lado del orden y el desorden espontáneo que produce el mercado más que de cualquier orden -con o sin los grilletes de Stiglitz-  que se quiera implantar desde esa entelequia excesivamente idolatrada que llaman Estado.

La Enron, no sé por qué, pero la Enron me hace pensar en los tulipanes de Holanda: en la crisis de los tulipanes resultante de la explosión de la primera gran burbuja económica de la historia moderna. Al parecer los sobrios holandeses enloquecieron por los tulipanes, todo mundo quería invertir en un negocio en el que  aparentemente nadie podía perder con un precio persistentemente al alza. Se dice que en 1623 un solo bulbo alcanzó un precio de 1000 florines cuando el salario anual de un trabajador era de 150.  La euforia duró muchos años y como el tulipán es un producto de temporada y su floración desde la siembra tarda  7 años, en el curso de esa euforia se empezaron a vender tulipanes antes de ser recolectados, naciendo de esta forma el mercado de futuros. En 1637 la burbuja explotó y el precio del tulipán cayó en picada. Se produjeron grandes bancarrotas que llevaron una gran crisis a la economía holandesa. Wall Street no existía aún,  ni habían aparecido los horribles banqueros de inversión ni las mentirosas calificadoras de riego. 

La acción de la Enron alcanzó un precio máximo de US$ 90 y se derrumbó hasta US$ 1. Se dice que como consecuencia del éxito de Pokémon Go, Nintendo logró una capitalización bursátil de 15.000 millones de euros, ¡con un juego cuyo desarrollo tuvo un costo de 30 millones de euros! ¿Qué podemos hacer con la gente que compra tulipanes o cualquier otra cosa o acciones de la Enron, Nintendo o cualquier otra empresa en la creencia de que podrá venderlas en algún momento a un precio mayor? ¿Confiscarles sus ahorros?  ¿Meterlas a la cárcel?  Los precios de las cosas hoy dependen de las expectativas que se tenga sobre su precio futuro y esas expectativas pueden confirmarse o no, ser moderadas o excesivas. La gente puede enriquecerse prodigiosamente o arruinarse sin remedio. La libertad económica es también la libertad de equivocarse, enseña Mises. Personalmente creo, como Knight (Risk, Uncertainty and Profit), que los riesgos económicos no son usualmente medibles de una forma precisa y ese es el origen de la incertidumbre y la especulación. Y agradezco que sea así: un mundo económico de certeza absoluta sería espantosamente aburrido y posiblemente espantoso en cualquier sentido.

Sin duda alguna los señores de la Enron eran uno bandidos que maquillaron los balances. También los de Arthur Andersen que prohijaron la tropelía. Pero dice Maya que la bolsa no funcionó. Al contrario: claro que si funcionó. Cuando el mercado supo del endeudamiento excesivo que se quería ocultar, el precio de la acción se derrumbó y la empresa quebró. La quiebra es uno de los mecanismos que se tiene en la economía de mercado para quitarles a los malos administradores el control de los activos. La compra hostil es el otro. Adquisición hostil y amenaza quiebra son términos que suenan feo y parecen sacados del diccionario del más cruel neo-liberalismo, pero son esas cosas las que mantienen alineados a los administradores de las empresas cotizadas en bolsas grandes, líquidas y competitivas.

A mí me gusta también la literatura y no carezco de sentimientos de humanidad y me conduele la suerte de la gente que sufre en las crisis o en los auges. Pero eso no me lleva a creer que Uvas de la Ira sea suficiente lectura para entender la depresión de los años treinta; como tampoco creo que las descripciones sombrías de la Inglaterra de la revolución industrial que se encuentran en las novelas de Dickens sean la mejor guía para estudiar la génesis del capitalismo moderno. Si los libros de Dickens y Steinbeck fueran la única lectura de un alienígena que quisiera saber lo que aconteció en las en las épocas por ellos noveladas, terminaría convencido de que Inglaterra había vuelto a la barbarie y de que los Estados Unidos habían vuelto a ser unas extensas llanuras pobladas de bisontes.

Maya incurre en esas contradicciones que son propias de los partidarios de la intervención estatal. Se duele que el estado no haya estado allí para regular con su sapiencia infinita el mercado financiero y evitar de esa forma las crisis de 1929 y 2008. Pero al mismo tiempo informa que el estado siempre ha estado ahí “para los más ricos”, el famoso 1%, y para despojar a los más pobres de “la alfombra del gasto social” y privatizarlo todo – educación, salud, pensiones, servicios públicos, etc. en beneficio del “capital financiero internacional”. También informa que no todos los recursos que financiaron a Google, Apple, Facebook, etc. salieron de Wall Street sino también de fondos federales. Ha podido mencionar que con fondos federales se rescató de la quiebra a General Motors y Chrysler. ¿Eso es bueno o malo? Bueno porque se promueve la innovación. Malo porque esos recursos han debido destinarse para ayudar a los pobres. Bueno porque se protege el empleo. Malo porque se dan recursos a empresas y ricos que evaden impuestos en paraísos fiscales. Fue para escapar de la esquizofrenia estatista que me volví minarquista y voy que me las bogo para anarquista.

LGVA

Agosto de 2016.



[1] Kindleberger, CH.P. La crisis económica 1929-1939. Editorial Capitán Swing Libros. Madrid, 2009. Páginas 98-99.

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