La
desigualdad que importa
Luis
Guillermo Vélez Álvarez
Economista
Hay una paradoja en la manera
como hablamos de desigualdad. Mientras la economía moderna ha multiplicado
extraordinariamente la cantidad, variedad y calidad de los bienes y servicios
disponibles para la población, buena parte de la discusión pública sigue
concentrada casi exclusivamente en la distribución del ingreso monetario.
El indicador utilizado para
medirla es el conocido coeficiente de Gini. Un Gini de cero representa igualdad
absoluta y uno, desigualdad absoluta. No hay nada incorrecto en calcular el
Gini del ingreso. El problema aparece cuando se pretende convertirlo en la
medida exclusiva de la desigualdad económica y, más aún, del bienestar de las
personas.
El ingreso no es el fin de la
actividad económica; tampoco la acumulación de capital. El objeto de la
producción es el consumo. Trabajamos, ahorramos, invertimos y emprendemos para
disponer hoy o mañana de una mayor cantidad de bienes y servicios de consumo:
los únicos que satisfacen nuestros deseos y, por ello, los únicos que podemos
valorar.
Volvamos a Kuznets
En 1955, Simon Kuznets planteó
una hipótesis que se convertiría en una de las proposiciones más conocidas de
la economía del desarrollo. Al relacionar el nivel de ingreso por habitante con
la desigualdad en la distribución del ingreso, la curva resultante tendría la
forma de una U invertida.
En las primeras etapas del
desarrollo, cuando una economía comienza a industrializarse y una parte de la
población abandona actividades tradicionales de baja productividad para
incorporarse a sectores modernos, la desigualdad aumenta. Posteriormente, cuando
el proceso de desarrollo alcanza niveles más elevados, la desigualdad comienza
a disminuir.
La intuición es sencilla. Los
países muy pobres pueden presentar una desigualdad relativamente baja porque la
mayoría de la población se encuentra en condiciones materiales igualmente
precarias. Con el desarrollo aparecen nuevas actividades, nuevas ocupaciones,
nuevas tecnologías y nuevas fuentes de ingreso. Algunos individuos y sectores
avanzan antes que otros. La desigualdad aumenta.
Pero el propio desarrollo
termina extendiendo las oportunidades. La educación se generaliza, aumenta la
productividad, se amplía la clase media y los bienes y servicios producidos por
los sectores modernos dejan de ser privilegio de unos pocos. La desigualdad
comienza entonces a reducirse.
En un trabajo anterior[1] agrupé los países por
ingreso por habitante y calculé el Gini promedio para cada grupo. Los
resultados mostraban precisamente esa trayectoria: un Gini relativamente bajo
entre los países de ingreso muy reducido, un aumento de la desigualdad a medida
que el ingreso crecía y una posterior disminución en los niveles superiores de
ingreso. Para los países con PIB por habitante inferior a US$1.000, el Gini
promedio era 37,5; para los que estaban entre US$1.000 y US$2.000 era 40,6; el
máximo correspondía al grupo entre US$2.000 y US$10.000, mientras que los
grupos de mayores ingresos presentaban Ginis nuevamente inferiores.
La evidencia colombiana
también ha sido compatible con esta trayectoria. Estudios sobre el desarrollo
colombiano encontraron un aumento importante de la concentración del ingreso
durante las primeras décadas de industrialización y una posterior desconcentración.
Esto no significa que la curva
de Kuznets sea una ley natural aplicable mecánicamente a todos los países y
todos los períodos. Significa algo más modesto: el nivel de desarrollo
importa para entender la distribución del ingreso. No existe un nivel único
de desigualdad que pueda explicarse exclusivamente por las políticas
redistributivas del gobierno de turno.
Del ingreso al gasto
Aquí aparece el problema más interesante.
En Colombia tenemos un Gini de
ingreso relativamente elevado. Pero cuando se calcula el Gini del gasto
monetario de los hogares, el resultado es sustancialmente menor. La Encuesta
Nacional de Presupuesto de los Hogares (ENPH) 2016-2017, realizada por el
DANE, permitió calcular las distribuciones de ingreso y gasto de los hogares
colombianos. Sobre esa información obtuve un Gini de 51,6 para el ingreso y
de 35,8 para el gasto monetario[2].
La diferencia es enorme.
La tabla muestra los Gini de
ingreso y gasto de una serie de países. Se observan, como en el caso de
Colombia importantes diferencias. ¿Por qué existen esas diferencias?
Hay varias razones. Las
personas no consumen exactamente lo que reciben como ingreso corriente. Una
parte del ingreso se ahorra. Otra parte puede destinarse al pago de deudas.
También existe el crédito, que permite adquirir bienes durables antes de haber
acumulado el ingreso necesario para comprarlos al contado.
Pero hay un elemento todavía
más importante: las transferencias y los servicios públicos.
Una familia de bajos ingresos
puede recibir educación y atención en salud gratuitamente o a un costo muy
inferior al que tendría que pagar en el mercado. Puede recibir subsidios para
vivienda o servicios públicos. Puede acceder a bienes que no aparecen como
ingreso monetario de la familia pero que sí forman parte de sus condiciones
efectivas de vida.
Si dos familias tienen
ingresos monetarios muy diferentes, pero ambas tienen acceso a educación,
salud, agua potable, electricidad, saneamiento, vivienda y otros servicios, la
diferencia entre sus condiciones de consumo será necesariamente menor que la diferencia
entre sus ingresos.
Por eso resulta extraño
utilizar exclusivamente el Gini del ingreso para describir la desigualdad
económica.
|
País |
Gini ingreso |
Gini consumo/gasto |
Año |
|
Colombia |
51,6 |
36 |
2017 |
|
Chile |
52 |
30 |
2017 |
|
Costa Rica |
50 |
44 |
2018 |
|
Estados Unidos |
48 |
29 |
2016 |
|
Austria |
31 |
30 |
2015 |
|
Bélgica |
30 |
29 |
2015 |
|
Suecia |
34 |
29 |
2015 |
|
Australia |
35 |
30 |
2015 |
|
Holanda |
37 |
29 |
2015 |
|
España |
36 |
32 |
2015 |
|
Grecia |
55 |
34 |
2015 |
Fuentes: ENPH-DANE para Colombia; encuestas de
gasto o consumo de los respectivos países. La tabla reproduce y actualiza la
presentación utilizada en trabajos anteriores. Las metodologías y años no son
perfectamente homogéneos, por lo que las comparaciones deben tomarse como
ilustrativas.
La paradoja del capitalismo
Hay aquí una característica fundamental del proceso de
desarrollo capitalista.
Las nuevas tecnologías y los
nuevos productos aparecen inicialmente como bienes al alcance de pocos. El
automóvil, el teléfono, el computador, el teléfono celular, internet o
determinados tratamientos médicos fueron en algún momento bienes costosos y relativamente
exclusivos. La competencia, la inversión y las economías de escala reducen sus
costos y permiten que esos productos lleguen progresivamente a un número mayor
de consumidores. El capitalismo puede producir desigualdad de ingresos y,
simultáneamente, igualación del consumo.
El empresario que introduce
una nueva tecnología puede obtener inicialmente una renta extraordinaria. Pero
la competencia atrae nuevos productores, reduce los precios y extiende el
consumo. Lo que comienza como un lujo termina convirtiéndose en un bien de uso
masivo.El teléfono celular es un buen ejemplo. La diferencia entre el ingreso
de quienes podían comprar los primeros teléfonos móviles y el de quienes no
podían hacerlo era enorme. Hoy, en cambio, el acceso a la telefonía móvil y a
internet se ha extendido a una proporción inmensamente mayor de la población. Lo
mismo ha ocurrido con una cantidad incontable de bienes y servicios.
Por eso, cuando hablamos de
desigualdad, deberíamos distinguir entre desigualdad de ingresos, desigualdad
de riqueza, desigualdad de consumo y desigualdad en el acceso a bienes y
servicios. Son fenómenos relacionados, pero no equivalentes.
Colombia: un caso ilustrativo
La experiencia colombiana resulta particularmente
interesante.
El Gini de ingreso de 51,6
obtenido de la ENPH 2016-2017 contrasta con el Gini de gasto de 35,8. La
diferencia no puede atribuirse simplemente a un error estadístico. Refleja
características reales de la economía de los hogares.
Los hogares de mayores
ingresos ahorran una parte de ellos. Los hogares de menores ingresos reciben
transferencias, subsidios y servicios que aumentan su consumo efectivo. El
crédito permite además adelantar consumo. Y los servicios públicos de educación,
salud y otros programas sociales tienen un valor económico para quienes los
reciben, aunque no aparezcan como ingreso monetario en las encuestas. El
resultado es que la distribución del gasto es considerablemente más igualitaria
que la distribución del ingreso.
En trabajos anteriores señalé
además que los Ginis de gasto rural eran inferiores a los urbanos. Esto tampoco
debe interpretarse automáticamente como una situación favorable. Una
distribución puede ser muy igualitaria porque todos tienen condiciones semejantes
y muy precarias. La igualdad no es prosperidad.
Este punto es fundamental. Una
sociedad donde todos consumen poco puede tener un Gini muy bajo y ser una
sociedad pobre. Otra donde las diferencias de ingreso sean importantes puede
tener una distribución del consumo mucho más igualitaria y ofrecer a la mayoría
un nivel de vida considerablemente superior.
La prosperidad cambia el significado de la
desigualdad
De ahí que la discusión sobre
desigualdad debería incorporar una dimensión que suele quedar relegada: el
nivel absoluto de consumo y de acceso a bienes y servicios.
No es indiferente que el Gini
de un país sea 0,30 o 0,50 si en el primer país el consumo promedio es muy bajo
y en el segundo es varias veces superior. La posición relativa importa, pero
también importa enormemente la cantidad absoluta de bienes y servicios de que
dispone cada persona. La prosperidad económica consiste precisamente en ampliar
esa cantidad.
El desarrollo aumenta la
productividad. La productividad permite producir más con los mismos recursos.
La competencia reduce los precios. La inversión incorpora nuevas tecnologías.
La innovación crea nuevos productos. Y todo ello amplía las posibilidades de
consumo.
El resultado puede ser
paradójico desde la perspectiva del Gini de ingreso: una economía puede hacerse
inicialmente más desigual mientras se vuelve simultáneamente más próspera y
extiende a una proporción creciente de la población bienes que antes estaban
reservados a una minoría.
La pregunta económica
relevante no debería ser solamente cuánto gana cada persona en relación con las
demás. También debemos preguntar qué puede consumir, a qué bienes y servicios
tiene acceso y cómo cambia ese acceso a medida que la economía crece.
Por eso la curva de Kuznets
resulta útil. Nos recuerda que la desigualdad del ingreso no puede analizarse
separadamente del proceso de desarrollo. Y el Gini del gasto nos recuerda algo
todavía más elemental: el ingreso es un medio; el consumo es el fin de la
producción.
Una sociedad que consigue producir cada vez más bienes y
servicios y ponerlos al alcance de una proporción cada vez mayor de sus
habitantes está reduciendo una forma fundamental de desigualdad: la desigualdad
en las posibilidades materiales de consumo.
El debate sobre la desigualdad debería empezar por ahí.
LGVA
Septiembre de 2026.
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