martes, 22 de septiembre de 2026

El héroe equivocado

 

El héroe equivocado

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

En La Rebelión de Atlas, Ayn Rand expresó una opinión especialmente provocadora sobre Robin Hood.  A diferencia de la mayoría de la gente, no lo consideraba un héroe, sino uno de los símbolos más inmorales y despreciables de nuestra cultura. Es el símbolo – escribe Rand – de la idea según la cual la necesidad, no el logro, es la fuente de todo derecho; de que no es necesario producir, solo necesitar y de que esa necesidad hace justo apropiarse, directamente o por mano ajena, de lo producido por otro. 

Pablo Escobar llegó a ser venerado en algunos sectores de Medellín porque construyó viviendas, parques y canchas en los barrios populares. El origen de su fortuna —el narcotráfico, el asesinato, el terrorismo— quedaba relegado a un segundo plano ante la imagen del benefactor. El delincuente adquiría así una aureola de justiciero social.

Lo ocurrido en Riohacha con el sepelio de “Bendito Menor” ofrece otra perturbadora ilustración del mismo fenómeno. A la muerte de un criminal, hubo manifestaciones de admiración y muestras de pesar que contrastan con la naturaleza de sus actividades. No importa aquí juzgar las circunstancias particulares del personaje. Lo inquietante es que una comunidad pueda convertir a un delincuente en objeto de homenaje.

Pero el fenómeno no se limita al mundo criminal. También aparece en la política, aunque de una manera aparentemente dignificada y, precisamente por eso, más difícil de advertir.

Durante años, el discurso de la izquierda colombiana ha presentado al propietario, al empresario y al que ha acumulado riqueza como sospechosos de haberla obtenido a costa de alguien. El Estado aparece entonces como el Robin Hood institucional: toma mediante impuestos progresivos, regulaciones, expropiaciones o corrupción y entrega a otros.

El éxito político de ese discurso, que es el de Gustavo Petro y el de Iván Cepeda, debería hacernos pensar menos en las personas y más en las ideas que lo hacen posible. No en vano Petro lamentó hasta el llanto la muerte del joven criminal.

No todos los que votan por ellos son partidarios conscientes del despojo. Pero una democracia no puede ignorar las ideas morales que acompañan a las preferencias políticas. Cuando se instala la convicción de que tener es sospechoso y quitar es virtuoso si se invoca una causa social, la propiedad deja de ser un derecho y se convierte en una concesión del poder.

El problema es más grave porque el espíritu de Robin Hood – convertir necesidades en derechos- está en enquistado en la Constitución, en el discurso de todos los partidos y en la mentalidad de la mayoría de los colombianos.

Por eso la batalla cultural no se gana solamente discutiendo impuestos, subsidios o tamaño del Estado. Hay que discutir los símbolos. Hay que volver a enseñar que producir, ahorrar, invertir, contratar y respetar la propiedad ajena son conductas moralmente superiores al despojo, aunque este último se disfrace de generosidad o de justicia social.

Si queremos ganar esa batalla, tendremos que atrevernos a decir lo que resulta políticamente incorrecto: Robin Hood no era un héroe, era un maldito delincuente.

LGVA

Septiembre de 2026

domingo, 20 de septiembre de 2026

La desigualdad que importa

 

La desigualdad que importa

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista

Hay una paradoja en la manera como hablamos de desigualdad. Mientras la economía moderna ha multiplicado extraordinariamente la cantidad, variedad y calidad de los bienes y servicios disponibles para la población, buena parte de la discusión pública sigue concentrada casi exclusivamente en la distribución del ingreso monetario.

El indicador utilizado para medirla es el conocido coeficiente de Gini. Un Gini de cero representa igualdad absoluta y uno, desigualdad absoluta. No hay nada incorrecto en calcular el Gini del ingreso. El problema aparece cuando se pretende convertirlo en la medida exclusiva de la desigualdad económica y, más aún, del bienestar de las personas.

El ingreso no es el fin de la actividad económica; tampoco la acumulación de capital. El objeto de la producción es el consumo. Trabajamos, ahorramos, invertimos y emprendemos para disponer hoy o mañana de una mayor cantidad de bienes y servicios de consumo: los únicos que satisfacen nuestros deseos y, por ello, los únicos que podemos valorar.

Volvamos a Kuznets

En 1955, Simon Kuznets planteó una hipótesis que se convertiría en una de las proposiciones más conocidas de la economía del desarrollo. Al relacionar el nivel de ingreso por habitante con la desigualdad en la distribución del ingreso, la curva resultante tendría la forma de una U invertida.

En las primeras etapas del desarrollo, cuando una economía comienza a industrializarse y una parte de la población abandona actividades tradicionales de baja productividad para incorporarse a sectores modernos, la desigualdad aumenta. Posteriormente, cuando el proceso de desarrollo alcanza niveles más elevados, la desigualdad comienza a disminuir.

La intuición es sencilla. Los países muy pobres pueden presentar una desigualdad relativamente baja porque la mayoría de la población se encuentra en condiciones materiales igualmente precarias. Con el desarrollo aparecen nuevas actividades, nuevas ocupaciones, nuevas tecnologías y nuevas fuentes de ingreso. Algunos individuos y sectores avanzan antes que otros. La desigualdad aumenta.

Pero el propio desarrollo termina extendiendo las oportunidades. La educación se generaliza, aumenta la productividad, se amplía la clase media y los bienes y servicios producidos por los sectores modernos dejan de ser privilegio de unos pocos. La desigualdad comienza entonces a reducirse.

En un trabajo anterior[1] agrupé los países por ingreso por habitante y calculé el Gini promedio para cada grupo. Los resultados mostraban precisamente esa trayectoria: un Gini relativamente bajo entre los países de ingreso muy reducido, un aumento de la desigualdad a medida que el ingreso crecía y una posterior disminución en los niveles superiores de ingreso. Para los países con PIB por habitante inferior a US$1.000, el Gini promedio era 37,5; para los que estaban entre US$1.000 y US$2.000 era 40,6; el máximo correspondía al grupo entre US$2.000 y US$10.000, mientras que los grupos de mayores ingresos presentaban Ginis nuevamente inferiores.

La evidencia colombiana también ha sido compatible con esta trayectoria. Estudios sobre el desarrollo colombiano encontraron un aumento importante de la concentración del ingreso durante las primeras décadas de industrialización y una posterior desconcentración.

Esto no significa que la curva de Kuznets sea una ley natural aplicable mecánicamente a todos los países y todos los períodos. Significa algo más modesto: el nivel de desarrollo importa para entender la distribución del ingreso. No existe un nivel único de desigualdad que pueda explicarse exclusivamente por las políticas redistributivas del gobierno de turno.

Del ingreso al gasto

Aquí aparece el problema más interesante.

En Colombia tenemos un Gini de ingreso relativamente elevado. Pero cuando se calcula el Gini del gasto monetario de los hogares, el resultado es sustancialmente menor. La Encuesta Nacional de Presupuesto de los Hogares (ENPH) 2016-2017, realizada por el DANE, permitió calcular las distribuciones de ingreso y gasto de los hogares colombianos. Sobre esa información obtuve un Gini de 51,6 para el ingreso y de 35,8 para el gasto monetario[2]. La diferencia es enorme.

La tabla muestra los Gini de ingreso y gasto de una serie de países. Se observan, como en el caso de Colombia importantes diferencias. ¿Por qué existen esas diferencias?

Hay varias razones. Las personas no consumen exactamente lo que reciben como ingreso corriente. Una parte del ingreso se ahorra. Otra parte puede destinarse al pago de deudas. También existe el crédito, que permite adquirir bienes durables antes de haber acumulado el ingreso necesario para comprarlos al contado.

Pero hay un elemento todavía más importante: las transferencias y los servicios públicos.

Una familia de bajos ingresos puede recibir educación y atención en salud gratuitamente o a un costo muy inferior al que tendría que pagar en el mercado. Puede recibir subsidios para vivienda o servicios públicos. Puede acceder a bienes que no aparecen como ingreso monetario de la familia pero que sí forman parte de sus condiciones efectivas de vida.

Si dos familias tienen ingresos monetarios muy diferentes, pero ambas tienen acceso a educación, salud, agua potable, electricidad, saneamiento, vivienda y otros servicios, la diferencia entre sus condiciones de consumo será necesariamente menor que la diferencia entre sus ingresos.

Por eso resulta extraño utilizar exclusivamente el Gini del ingreso para describir la desigualdad económica.

País

Gini ingreso

Gini consumo/gasto

Año

Colombia

51,6

36

2017

Chile

52

30

2017

Costa Rica

50

44

2018

Estados Unidos

48

29

2016

Austria

31

30

2015

Bélgica

30

29

2015

Suecia

34

29

2015

Australia

35

30

2015

Holanda

37

29

2015

España

36

32

2015

Grecia

55

34

2015

Fuentes: ENPH-DANE para Colombia; encuestas de gasto o consumo de los respectivos países. La tabla reproduce y actualiza la presentación utilizada en trabajos anteriores. Las metodologías y años no son perfectamente homogéneos, por lo que las comparaciones deben tomarse como ilustrativas.

La paradoja del capitalismo

Hay aquí una característica fundamental del proceso de desarrollo capitalista.

Las nuevas tecnologías y los nuevos productos aparecen inicialmente como bienes al alcance de pocos. El automóvil, el teléfono, el computador, el teléfono celular, internet o determinados tratamientos médicos fueron en algún momento bienes costosos y relativamente exclusivos. La competencia, la inversión y las economías de escala reducen sus costos y permiten que esos productos lleguen progresivamente a un número mayor de consumidores. El capitalismo puede producir desigualdad de ingresos y, simultáneamente, igualación del consumo.

El empresario que introduce una nueva tecnología puede obtener inicialmente una renta extraordinaria. Pero la competencia atrae nuevos productores, reduce los precios y extiende el consumo. Lo que comienza como un lujo termina convirtiéndose en un bien de uso masivo.El teléfono celular es un buen ejemplo. La diferencia entre el ingreso de quienes podían comprar los primeros teléfonos móviles y el de quienes no podían hacerlo era enorme. Hoy, en cambio, el acceso a la telefonía móvil y a internet se ha extendido a una proporción inmensamente mayor de la población. Lo mismo ha ocurrido con una cantidad incontable de bienes y servicios.

Por eso, cuando hablamos de desigualdad, deberíamos distinguir entre desigualdad de ingresos, desigualdad de riqueza, desigualdad de consumo y desigualdad en el acceso a bienes y servicios. Son fenómenos relacionados, pero no equivalentes.

Colombia: un caso ilustrativo

La experiencia colombiana resulta particularmente interesante.

El Gini de ingreso de 51,6 obtenido de la ENPH 2016-2017 contrasta con el Gini de gasto de 35,8. La diferencia no puede atribuirse simplemente a un error estadístico. Refleja características reales de la economía de los hogares.

Los hogares de mayores ingresos ahorran una parte de ellos. Los hogares de menores ingresos reciben transferencias, subsidios y servicios que aumentan su consumo efectivo. El crédito permite además adelantar consumo. Y los servicios públicos de educación, salud y otros programas sociales tienen un valor económico para quienes los reciben, aunque no aparezcan como ingreso monetario en las encuestas. El resultado es que la distribución del gasto es considerablemente más igualitaria que la distribución del ingreso.

En trabajos anteriores señalé además que los Ginis de gasto rural eran inferiores a los urbanos. Esto tampoco debe interpretarse automáticamente como una situación favorable. Una distribución puede ser muy igualitaria porque todos tienen condiciones semejantes y muy precarias. La igualdad no es prosperidad.

Este punto es fundamental. Una sociedad donde todos consumen poco puede tener un Gini muy bajo y ser una sociedad pobre. Otra donde las diferencias de ingreso sean importantes puede tener una distribución del consumo mucho más igualitaria y ofrecer a la mayoría un nivel de vida considerablemente superior.

La prosperidad cambia el significado de la desigualdad

De ahí que la discusión sobre desigualdad debería incorporar una dimensión que suele quedar relegada: el nivel absoluto de consumo y de acceso a bienes y servicios.

No es indiferente que el Gini de un país sea 0,30 o 0,50 si en el primer país el consumo promedio es muy bajo y en el segundo es varias veces superior. La posición relativa importa, pero también importa enormemente la cantidad absoluta de bienes y servicios de que dispone cada persona. La prosperidad económica consiste precisamente en ampliar esa cantidad.

El desarrollo aumenta la productividad. La productividad permite producir más con los mismos recursos. La competencia reduce los precios. La inversión incorpora nuevas tecnologías. La innovación crea nuevos productos. Y todo ello amplía las posibilidades de consumo.

El resultado puede ser paradójico desde la perspectiva del Gini de ingreso: una economía puede hacerse inicialmente más desigual mientras se vuelve simultáneamente más próspera y extiende a una proporción creciente de la población bienes que antes estaban reservados a una minoría.

La pregunta económica relevante no debería ser solamente cuánto gana cada persona en relación con las demás. También debemos preguntar qué puede consumir, a qué bienes y servicios tiene acceso y cómo cambia ese acceso a medida que la economía crece.

Por eso la curva de Kuznets resulta útil. Nos recuerda que la desigualdad del ingreso no puede analizarse separadamente del proceso de desarrollo. Y el Gini del gasto nos recuerda algo todavía más elemental: el ingreso es un medio; el consumo es el fin de la producción.

Una sociedad que consigue producir cada vez más bienes y servicios y ponerlos al alcance de una proporción cada vez mayor de sus habitantes está reduciendo una forma fundamental de desigualdad: la desigualdad en las posibilidades materiales de consumo.

El debate sobre la desigualdad debería empezar por ahí.

LGVA

Septiembre de 2026.