martes, 31 de julio de 2012

Pensamiento Económico - Lección III El mercantilismo


Lección III *

El Mercantilismo

El pensamiento económico del capitalismo naciente y fundamento de la política económica del estado absolutista



Luis Guillermo Vélez Álvarez
Docente, Departamento de Economía, Universidad EAFIT

 I

Con el término “Mercantilismo” se alude a varias cosas. En primer lugar a una época histórica – la Época Mercantilista -   cuyos límites precisos difieren de un autor a otro,  pero durante la cual, y en esto todos están de acuerdo, ocurrieron acontecimientos definitivos para la evolución económica y social de Europa Occidental. Se alude también con dicho término a un vasto conjunto de  escritos sobre asuntos económicos – la Literatura Mercantilista -  producidos por los más diversos autores – comerciantes, clérigos, hombres de estado – de los principales países de Europa a lo largo de 3 ó 4 siglos. También se habla de Sistema Mercantilista para referirse  al conjunto de ideas económicas prevalecientes en Europa hacia mediados del siglo XVIII y de cuya crítica emerge progresivamente el Pensamiento Económico Liberal. Finalmente se puede dar el nombre de Política Mercantilista a una orientación de la política económica de los estados nacionales caracterizada por su énfasis en la protección del mercado nacional y en la activa intervención del estado en la orientación de la actividad económica. El mercantilismo es ciertamente todo eso; y aunque esas dimensiones están profundamente articuladas entre sí, las separaremos analíticamente para su mejor comprensión.

II

La Época Mercantilista, la expresión es de Heckscher[1], es la época del surgimiento de  los estados nacionales modernos; de los grandes descubrimientos geográficos y de la formación de los imperios coloniales; de la secularización de la vida política; del desarrollo de los mercados laborales libres y del renacimiento y la aparición del pensamiento científico moderno.  

El proceso de conformación de los estados nacionales o del estado-nación en los grandes países de Europa Occidental se desarrolla, por así decirlo, a diferentes velocidades. Francia, por ejemplo, ya es una entidad política claramente configurada hacia finales siglo XIII, bajo el reinado de Felipe El Hermoso (1268 -1314), aunque en algunas partes de su territorio actual subsisten entidades políticas independientes, como el Gran Ducado de Borgoña que conservará su soberanía política hasta 1482. También Inglaterra, hacia finales del siglo XIII, es una nación con un poder real sobre un territorio semejante al actual. Pero no ocurre lo mismo con España, que sólo alcanzará su unidad nacional en el siglo XV, después de la expulsión de los moros; ni con Italia y Alemania, que tendrán que esperar hasta el siglo XIX. 

El estado-nación es una entidad política definida por un pueblo que habita un territorio más o menos extenso sometido a un poder estatal centralizado – una monarquía absoluta – que ejerce soberanía fiscal, monetaria y militar[2]. Esto supuso grandes enfrentamientos militares y políticos al interior de los países – para eliminar el poder de los señores feudales – y entre ellos, para fijar sus fronteras territoriales y sus zonas de influencia. Como lo ha señalado Schmoller:

“La historia interna completa de los siglos XVI y XVII no sólo en Alemania sino en las demás partes se resumen en la oposición de la política económica estatal a la del municipio, el distrito y las diversas propiedades territoriales particulares; la historia externa completa se resume en la oposición de los intereses separados de los nuevos estados nacientes, cada uno de los cuales buscaba retener su lugar en el círculo de las naciones europeas y en el comercio exterior que ahora incluía a América e India (…) En su esencia íntima, el mercantilismo no es otra cosa que construcción del Estado (…) La esencia del sistema descansa en la total transformación de la sociedad y su organización, como también la del estado y sus instituciones, en la sustitución de la política económica local y territorial por la del Estado Nacional”[3]

Como lo ha señalado Heckscher, la “preocupación por el estado se destaca, en efecto, en el centro de las tendencias mercantilistas, tal y como éstas se desarrollan históricamente; el Estado es, a la par, el sujeto y el objeto de la política económica del mercantilismo”. En efecto, el mercantilismo  ubica en el centro de la reflexión económica la riqueza del estado, no la del individuo, como lo hará posteriormente el liberalismo económico. “Conviene que le príncipe sea rico y los súbditos pobres” – había dicho Maquiavelo, sintetizando su concepción del estado absolutista que jugará un papel central en la visión económica mercantilista. Heckscher dirá al respecto lo siguiente:

“Entre las dos concepciones, mercantilismo y liberalismo, media, en lo que se refiere al problema de los fines legítimos que deben presidir la acción económica del Estado, una diferencia importante e indiscutible, y es que mientras el mercantilismo sólo se interesa por la riqueza en cuanto fundamento del poder del Estado, el liberalismo la concibe como algo valioso para el individuo y, por tanto, digno de ser apreciado”

La época de los grandes descubrimientos geográficos y de la conformación de los imperios coloniales se extiende desde la primera mitad del siglo XV, con la exploración portuguesa de la costa occidental del África, hasta finales del siglo XVIII, época en la que los marinos ingleses se aventuraban en los territorios de los círculos polares[4]. No obstante, ya a finales del siglo XVI los principales imperios coloniales – el español, el portugués y el británico – tenían sus fronteras y zonas de influencia relativamente bien definidas y las principales rutas de comercio claramente establecidas. Las metrópolis  europeas, todas sin excepción[5], buscaron aplicar a sus colonias una relación comercial estrictamente mercantilista, es decir, monopolio comercial de las metrópolis con sus colonias; especialización de éstas  en la producción y exportación de bienes primarios y de las metrópolis en manufacturas y obtención de una balanza comercial favorable para las metrópolis.  Estos objetivos implicaban disposiciones tales como el establecimiento de puertos de importación y exportación exclusivos – Cartagena y Sevilla, en el caso de España – y flotas mercantes nacionales con privilegios de exclusividad en el comercio con las colonias[6]. El contrabando y la piratería serían los medios con los que las potencias colonialistas menores – Inglaterra, Holanda y Francia – buscarían socavar el predominio de las mayores: España y Portugal.  Un par de textos de Thomas Mun ilustran apropiadamente la visión mercantilista del comercio colonial:

“Todas las minas de oro y planta que se han descubierto hasta la actualidad en los diversos lugares del mundo no son de tan gran valor como las de las Indias Occidentales, que están en posesión del rey de España, quien por medio de ellas está en condiciones no sólo de mantener sojuzgados muchos estados y provincias hermosas en Italia, y en otras partes (que de otra manera, pronto dejarían de obedecerle), sino que también, aprovechándose de una guerra continua, engrandece aún más sus dominios, aspirando ambiciosamente a un imperio por el poder del dinero, que es el nervio mismo de su fuerza y que se encuentra dispersado en varios países muy alejados y sin embargo unidos de esta manera, y tiene abastecidas sus necesidades de mercancías de guerra y paz de todos los lugares de la cristiandad de manera abundante, que por lo tanto de esta suerte son participantes de su tesoro por los requerimientos del comercio. Por esta razón la política española ha tratado siempre de evitar a todas las naciones, lo más que ha podido, descubrir que España es demasiado pobre y estéril para abastecerse a sí misma y a las Indias Occidentales con esa variedad de artículos extranjeros que tanto necesitan, y saben muy bien que cuando sus mercancías domésticas escasean para este objeto, su dinero debe servirle para equilibrar la cuenta (…) aparte de la incapacidad de los españoles para proveerse de mercancías extranjeras para sus necesidades con sus mercancías nativas (se ven obligados a satisfacer esta carencia con dinero), tienen igualmente la enfermedad de la guerra, que gasta enormemente su tesoro y lo desparrama, en la cristiandad, aún entre sus enemigos, parte como represalia, aunque especialmente por el sostenimiento necesario de esos ejércitos que están compuestos por extranjeros y que están a tan gran distancia que no los puede alimentar ni vestir ni de ninguna manera proveer con sus productos y provisiones nacionales y debe recibir ese alivio de otras naciones (…) España por las guerras y la carencia de artículos pierde lo que fue su propia ganancia”[7].

La propia ganancia que perdía España era, naturalmente, el oro y la plata de sus colonias americanas. Conviene contrastar la visión de Mun sobre el “tesoro americano” con la de Adam Smith:

“Los mismo motivos que animaron las primeras empresas de los españoles en el Nuevo Mundo excitaron las que siguieron a los descubrimientos de Colón. Fue la sed insaciable de oro la que llevó a Ojeda, a Nicuesa y  a Vasco Núñez de Balboa al istmo de Darién; a Cortés a México; a Almagro y Pizarro a Chile y Perú. Cuando estos aventureros llegaban a alguna costa desconocida, lo primero que preguntaban es si en aquellos países había oro, y, por los informes que les daban sobre el particular, resolvían dejar el país o establecerse en él. Entre todos los proyectos costosos e inciertos, que conllevan la ruina de la mayor parte de quienes en ellos se aventuran, quizá no se encuentre ninguno en que la amenaza sea tan grande como la busca de nuevas minas de oro y plata. No habrá probablemente en el mundo una lotería tan arriesgada como ésta (…) El juicio, fruto de la razón y de la experiencia, dictaminó siempre de una manera poco favorable semejantes proyectos, pero la codicia de los hombres ha procedido de distinto modo. La misma pasión que sugirió a tantas gentes la idea absurda de la piedra filosofal, sugirió también la de buscar ricas minas de oro y de plata. No se detuvieron a considerar que el valor de estos metales, en todos los siglos y en todas las naciones, ha nacido principalmente de su escasez, y que ésta no puede provenir de otras causas sino de las pocas cantidades que la naturaleza misma ha depositado en algunos lugares, de las duras e intratables sustancias que regularmente van unidas a ellos, y de los trabajos y gastos necesarios para poderlos conseguir y beneficiar”[8]

El trabajo asalariado, es decir, el provisto en mercados laborales libres, existe desde la antigüedad y seguramente no desapareció en ningún momento durante la Edad Media. Sin embargo, es hacia finales de la Edad Media cuando la servidumbre feudal desaparece progresivamente en Europa[9] y bajo el impulso de la manufactura, la mayor productividad agrícola[10] y el comercio exterior se va formado una clase trabajadora libre y al mismo tiempo despojada de toda propiedad. Como lo señala Marx:

“Obreros libres, en el doble sentido de que no figuran directamente entre los medios de producción, como los esclavos, los siervos, etc., ni cuentan tampoco con medios de producción propios, como el labrador que trabaja su propia tierra; libres y dueños de sí mismos”[11]

Los autores mercantilistas mirarán con atención este proceso, insistiendo en la necesidad de mantener bajos los salarios de una población manufacturera abundante para hacer competitiva la producción nacional. Algunos, como Bernard Mandeville, lo expresarán con singular crudeza: 

“En una nación libre en donde no están permitidos los esclavos, la riqueza más segura consiste en una multitud de pobres laboriosos (…) así como es necesario evitar que mueran de inanición, tampoco deben recibir nada que valga la pena ahorrar (…) Se debe mantener a los pobres estrictamente trabajando y es prudente satisfacer sus necesidades, pero sería una locura remediarlas. Para hacer que la sociedad sea feliz y las personas manejables bajo las circunstancias más miserables, es un requisito que el mayor número de ellas sean ignorantes, así como pobres”

Está por fuera del alcance de nuestra materia explorar así se someramente los otros dos procesos sociales característicos de la Época Mercantilista: la secularización de la vida política y el nacimiento del pensamiento científico moderno. Baste con decir que uno y otro teológicas y morales y orientándola en su método por el camino empírico trazado por las ciencias naturales.

III

La literatura mercantilista abarca un período extremadamente largo y comprende una gran diversidad de autores y escritos que van desde toscos folletos hasta tratados bastante sistemáticos como la Inquiry into the Principles of Political Economy  de James Steuart (1712-1780), publicada en 1769, cuatro años antes de La Riqueza de las Naciones.  No obstante, existe en toda esa literatura una unidad temática y analítica que el profesor Jacob Viner (1892-1970)[12] resume en los siguientes términos:

“Creo que prácticamente todos los mercantilistas, de cualquier período, país o posición social (…) estarían de acuerdo con todas las proposiciones siguientes: 1. La riqueza es un medio absolutamente esencial para el poder, ya sea por seguridad o para agredir; 2. El poder es esencial o valioso como un medio para adquirir o retener la riqueza; 3. La riqueza y el poder son cada uno fines últimos adecuados de la política nacional; 4. Existe una armonía a largo plazo entre estos fines, aunque en circunstancias particulares puede ser necesario durante un tiempo hacer sacrificios económicos en interés de la seguridad militar y por tanto también de la prosperidad en el largo plazo”[13]

Diversos autores han destacado entre las ideas distintivas del pensamiento mercantilista las siguientes:

La idea de que el oro y la plata son la forma más deseable de riqueza, tanto para el individuo como para el estado, y que todo estado requiere una cantidad mínima para su comercio interior.  Esto no significa confundir la riqueza con el dinero. Todo mundo sabe que la viabilidad de cualquier actividad económica supone la generación de un flujo de caja positivo. También es sabido que un gobierno o un país no pueden mantener indefinidamente un saldo negativo entre sus ingresos y sus egresos corrientes. Realmente, lo específico del pensamiento mercantilista era su convicción de que existe una cantidad de dinero necesaria para garantizar la viabilidad del comercio al interior de cada país[14]. Esta idea se encuentra claramente desarrollada en Locke:

“La necesidad de una cierta proporción de dinero con relación al comercio, radica en lo siguiente: el dinero en su circulación mueve las distintas ruedas del comercio, mientras permanece en ese canal – pues es inevitable que alguna parte sea almacenado -  es distribuido entre los terratenientes, cuya tierra aporta los materiales; el trabajador, que los trabaja; el comerciante y el tendero, que los distribuye entre quienes los quieren; y el consumidor, que lo gasta”[15].

Y después de laboriosos cálculos que  abarcan más de 10 páginas, concluye que:

“…por lo menos una centésima parte del total de los salarios anuales pagados a los trabajadores, una octava parte de la renta anual de los terratenientes y una cuarentava parte de las utilidades anuales de los comerciantes, en dinero contante, puede ser suficiente para mover las diversas ruedas del comercio”[16].

No hay nada de tonto en este planteamiento que puede ser analizado en términos de la ecuación cuantitativa:

MV = PT

Es claro que si la velocidad de circulación de dinero (V) está dada al igual que el nivel de precios (P) y el volumen de transacciones (T); se requiere para la circulación una cantidad de dinero (M) igual a PT/V.  Y en términos dinámicos, si la velocidad de circulación se mantiene y quiera mantenerse el nivel de precios, la tasa de crecimiento de la cantidad de dinero deberá ser igual a la tasa de crecimiento de la actividad económica real[17].

William Petty (1623-1687) también trató la cuestión de la cantidad de dinero necesaria para la circulación con mucha claridad:

“…existe una cierta proporción de dinero necesaria para realizar el comercio de una nación, por encima o por debajo de la cual habrá un perjuicio para ese comercio”

Tenía  concepto preciso de la velocidad de circulación:

“…la proporción de dinero necesario para el comercio debe calcularse a partir de la frecuencia de los cambios y la importancia de los pagos que se hacen ordinariamente según la ley y las costumbres”

Y realizó una estimación de la cantidad requerida:

“…el dinero que pagara el alquiler semestral de todas las tierras de Inglaterra, el alquiler trimestral de las habitaciones, los gastos semanales de todo el pueblo y alrededor de un cuarto del valor de todos los productos exportados, sería suficiente”.

Ahora bien, el oro y la plata son la moneda universal. Un país sin relaciones con otros países puede usar como moneda cualquier materia. Pero un país comercial deberá usar oro y plata como dinero y si carece de minas, las variaciones en la cantidad de éste dependerán de la balanza comercial. Esto nos lleva al segundo rasgo característico del pensamiento mercantilista: la doctrina de la balanza comercial.

La búsqueda de una balanza comercial siempre favorable con exportaciones que invariablemente excedan el valor de las importaciones. Este es sin duda un rasgo típico de la literatura mercantilista. Las divergencias entre los diversos autores se refieren a los medios más adecuados para alcanzar ese objetivo. Thomas Mun lo expresa con notoria claridad:

“Los medios ordinarios para aumentar nuestra riqueza y tesoro son por el comercio exterior, por lo que debemos siempre observar esta regla: vender más anualmente a los extranjeros en valor que lo que consumimos de ellos. Supongamos que cuando este reino está abundantemente abastecido con telas, plomo, quincalla, hierro, pescado y otros productos nativos, exportemos anualmente el excedente a países extranjeros hasta el valor de dos millones doscientas mil libras  esterlinas; por este medio estamos en posibilidad de comprar de ultramar y traer mercancías extranjeras para nuestro uso y consumo hasta el valor de dos millones de libras esterlinas. Conservando  este orden rígidamente en nuestro comercio, podemos estar seguros de que el reino se enriquecerá anualmente con doscientas mil libras esterlinas, que se nos deben traer en otro tanto de tesoro, porque la parte de nuestro patrimonio que no nos sea devuelta en mercaderías debe necesariamente regresar en dinero”[18]

El punto central está en la idea de una balanza comercial[19] excedentaria permanentemente. ¿Pude un país mantener de forma permanente una balanza comercial excedentaria? Los mercantilistas pensaban que sí. La dificultad teórica estribaba en hacer compatible esa proposición con una teoría razonable del valor de la moneda.  En efecto, desde finales de la edad media distintos autores había señalado la existencia de una relación directa entre la cantidad de dinero y los precios monetarios de los bienes y servicios. La afluencia de oro y plata de las minas de América había provocado una gran inflación. Para la mayoría de los autores mercantilistas del siglo XVII era ya evidente la existencia de una relación la existencia de una relación directa entre los cambios en la cantidad de dinero y el incremento de los precios. De hecho la imposibilidad de conciliar la doctrina de la balanza comercial con la teoría cuantitativa del dinero se constituye en la principal debilidad teórica del mercantilismo. Es David Hume quien desarrollará de forma sistemática esta crítica y por eso se le atribuye la teoría del ajuste automático de la balanza comercial. Más adelante se tratará este punto.

Otros aspectos que se suelen mencionar como característicos del pensamiento mercantilista son simples corolarios de la doctrina de la balanza comercial favorable. Examinemos brevemente algunos de ellos:

  Impuestos elevados a la importación de bienes manufacturados que compiten con la producción nacional e importación de materias primas libres de impuestos.

  Monopolio en el comercio con las colonias.

  Oposición a los impuestos y peajes en el comercio interno.

  Fortalecimiento del gobierno central e intervención de éste en el fomento de la producción nacional.

  Búsqueda de una población abundante que permita mantener bajos salarios.

IV

La crítica más sistemática de la doctrina mercantilista de la balanza comercial será desarrollada por David Hume (1711-1776)[20].  Tiene tres componentes, a saber:

  Refutación de la idea de que existe una cantidad de dinero necesaria a la circulación y formulación de la teoría cuantitativa del dinero.

  Formulación del mecanismo de ajuste de los precios a los cambios en la cantidad de dinero.

  Formulación de la teoría del ajuste automático de la balanza comercial en función de los precios y del movimiento del oro.

Refutación de la idea según la cual existe una cierta cantidad de dinero necesaria a la circulación:

“El dinero no es propiamente hablando uno de los objetos del comercios sino el instrumento que los hombres han acordado para facilitar el intercambio de las mercancías. No es una de las ruedas del comercio sino el aceite que hace que el movimiento de las ruedas sea suave y fácil. Si consideramos un reino aislado, es evidente que la mayor o menor cantidad de dinero no tiene importancia dado que los precios de las mercancías serán siempre proporcionados a la cantidad de dinero….”

Explicación del mecanismo de transmisión de los cambios en la cantidad de dinero:

“…aunque la elevación del precio de las mercancías es una consecuencia necesaria del incremento en la cantidad de oro y plata, esto no se produce inmediatamente sino que se requiere cierto tiempo antes de que la moneda circule a través del conjunto del estado y haga sentir sus efectos en todas las clases del pueblo. Al principio no se percibe ningún cambio; gradualmente los precios aumentan, primero una mercancía, luego otra; hasta que el conjunto alcanza la proporción justa con la nueva cantidad de moneda que circula en el reino. En mi opinión, es sólo en ese intervalo o situación intermedia, entre la adquisición de dinero y el alza de precios, que un incremento en la cantidad de oro y plata es favorable a la industria…”[21]

Explicación del mecanismo de ajuste de la balanza comercial:

“Supongamos que una cuarta parte de todo el dinero de Gran Bretaña sea aniquilada en una noche y que la nación quede reducida, con relación de la moneda, a la misma situación que en los reinados de los Enriques y los Eduardos. ¿Cuál sería la consecuencia?. ¿No deberían los precios del trabajo y las mercancías caer proporcionalmente y toda cosa ser vendida tan barata como lo era en esas épocas?. ¿Qué nación podría entonces competir con nosotros en cualquier mercado extranjero, o pretender navegar o vender manufacturas a mismo precio que a nosotros nos aportaría un beneficio suficiente?. ¿En cuánto tiempo, sin embargo, debe regresar el dinero que habíamos perdido y elevarnos al nivel de todas las naciones vecinas?. Una vez allí habremos perdido la ventaja de la baratura del trabajo y las mercancías y el flujo de dinero es detenido porque estamos repletos. Una vez más, supongamos que toda la cantidad de dinero de Gran Bretaña se multiplicara por cinco en una noche, ¿no se seguiría el efecto contrario? ¿No se elevaría el precio del trabajo y de todas las mercancías de forma tan exorbitante que ninguna nación vecina podría comprarnos; mientras que sus mercancías, por otra parte, se hacen tan comparativamente baratas que, a pesar de todas las leyes que puedan expedirse, ellas vendrían a nosotros y nuestro dinero fluiría afuera hasta que cayéramos al nivel de los extranjeros…? ”[22]

La teoría del mecanismo de ajuste de la balanza comercial en función de los precios y el movimiento del oro reposa sobre un supuesto fundamental: tipos de cambio fijos. Tipos de cambios fijos que dependen del contenido de oro o plata de las monedas nacionales. En los países que intercambian la unidad monetaria es una moneda de oro o plata de cierto peso y ley. El tipo de cambio depende de las cantidades relativas de oro contenidas en las monedas nacionales. Así, si la libra de Gran Bretaña pesa 7 gramos de oro y el franco de Francia 0,3, el tipo de cambio de la libra por franco será 23,33.

Otros tópicos que se deben tratar:

  Los pagos internacionales: las letras de cambio y los puntos del oro.

  Funcionamiento del mecanismo de ajuste con papel moneda y reservas fraccionadas.

  El problema del comercio internacional actual. ¿Por qué China puede mantener de forma persistente un superávit en su balanza comercial?.



V

Las ideas mercantilistas siempre han hecho parte de lo que podemos denominar el pensamiento económico popular. La mayoría de los políticos y de los hombres de negocios, en todas las épocas y en todos los países, tienen, por así decirlo, una cierta inclinación mercantilista. Esto es aún más cierto desde que Keynes, en su Teoría General de la ocupación, el interés y el dinero, restableció su respetabilidad intelectual.

Keynes argumentaba de la siguiente forma:

Si los salarios nominales son inflexibles y la demanda de dinero relativamente estable y son igualmente estables las prácticas bancarias, la tasa de interés en el corto plazo depende de la cantidad de dinero, es decir, en un mundo de circulación metálica, de la cantidad de metales preciosos disponibles para satisfacer las necesidades de dinero. En este contexto, los cambios en la cantidad de dinero que dependen del saldo de la balanza comercial  más que sobre los precios incidirían sobre la tasa de interés y de esta forma sobre la demanda de inversión. De ahí que la búsqueda de una balanza comercial favorable podía ser en esas circunstancias un objetivo razonable de la política económica[23].

Otra variante moderna del mercantilismo es la representada por la teoría del deterioro secular de los términos de intercambio, formulada en los años 50 por Raul Prebish y Paul Singer[24]. De acuerdo con esta teoría los términos de intercambio de los bienes primarios frente a los bienes manufacturados evolucionan secularmente en detrimento de los primeros de tal suerte que tendencialmente los países especializados en los primeros tendrán perdidas en el comercio internacional frente a los segundos dado que intercambian una cantidad creciente de productos primarios por una cantidad dada de productos manufacturados. De ahí se sigue entonces la política según la cual los países subdesarrollados deben proteger y fomentar la producción de industrial mediante toda suerte de instrumentos y políticas estatales. Esta concepción tuvo una gran influencia en la política económica impulsada por la CEPAL hasta los años 80.

Está, finalmente, la teoría de la política comercial estratégica de acuerdo con la cual, dadas las imperfecciones del comercio internacional y la existencia de externalidades asociadas a sectores tecnológicamente avanzados, los gobiernos debe estimular y proteger con diversos instrumentos – aranceles, subsidios, compras estatales, etc. – determinados sectores de actividad económica, especialmente los de tecnología de punta.

No es del caso profundizar aquí sobre las formas modernas del mercantilismo. Es claro que una nación podría tener ventajas con la aplicación de políticas mercantilistas, pero la adopción de estas prácticas por todas o la mayoría de ellas no puede conducir a nada diferente que a la declinación del comercio internacional y a la caída consiguiente de la actividad económica, como ocurrió entre la crisis de 1929 y la segunda guerra mundial y como parece estar ocurriendo ahora después de la crisis de 2008. Es un hecho que los períodos históricos de mayor liberalización comercial son también los de mayor crecimiento del comercio y la producción mundiales.













 *Publico las lecciones de pensamiento económico impartidas en la Universidad EAFIT.

[1] Eli Filip Heckscher (1879-1952).  Economista sueco. Con su colega Bertil Ohlin, también sueco, desarrolló un modelo de comercio internacional que generaliza la teoría ricardiana de las ventajas comparativas. En 1931 publicó su obra: La Época Mercantilista: Historia de las organización y las ideas económicas desde el final de la edad media hasta la sociedad liberal considerada hasta hoy como el estudio más completo sobre el tema. Hay traducción al español: La Época Mercantilista. Fondo de Cultura Económica, México, 1983.
[2] Esas características hacen del estado nación una entidad política diferente de otras que han existido en la historia de la humanidad como la ciudad estado, el imperio y el feudo señorial.

[3] G. Schmoller. Citado por H. Cuevas.
[4] Boorstin, D.J. Los descubrimientos. Volumen I: el tiempo y la geografía. Grijalbo-Mondadori. Barcelona, 1986. Capítulo VI. 

[5] Escribió Adam Smith: “No hay nación en Europa que no haya procurado monopolizar, en mayor o menor extensión, el comercio de las colonias, y, sobre esta base ha prohibido el comercio con sus posesiones a los barcos de otros países, como así mismo que éstos importen otros productos que no sean los de la metrópoli…” La Riqueza de la Naciones. Fondo de Cultura Económica. (1958, 1978). Página 512.

[6] Las más célebres compañías privilegiadas fueron la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, creada en 1602, y la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, creada en 1600.  Eran sociedades anónimas de comerciantes fuertemente vinculadas con el poder político. Dos notables autores mercantilistas ingleses, Jossiah Child y Thomas Mun, fueron directores de ésta última.
[7]  Mun, Thomas. (1664). La Riqueza Inglesa por el Comercio Exterior. Primera edición en español 1954, primera reimpresión 1978. Fondo de Cultura Económica, México. Capítulo VI. Páginas 78-81.

[8] Adam Smith. La Riqueza de la Naciones. Fondo de Cultura Económica. (1958, 1978). Página 500-501.

[9] La servidumbre desparece en Inglaterra, a finales del siglo XIV. En Rusia, por ejemplo, se mantiene hasta la segunda parte del siglo XIX.  En su novela Almas Muertas Nicolás Gogol describe la servidumbre rusa.

[10] “La tierra, antes sembrada de pequeños labradores, estaba poblada en proporción a lo que producía; bajo el nuevo sistema de cultivos mejorados y mayores rentas, se procura obtener una mayor cantidad posible de fruto con el menor costo, para lo cual se eliminan brazos inútiles…Los expulsados del campo natal buscan sustento en las ciudades fabriles”. Esto escribe David Buchanan. Citado por Marx, K. (1867). El Capital. Volumen I. Capítulo XXIV. Fondo de Cultura Económica. México, 1971. Página: 621, nota 31.

[11] Marx, K. (1867). El Capital. Volumen I. Capítulo XXIV. Fondo de Cultura Económica. México, 1971. Página: 608.
[12] Economista canadiense que ejerció en la Universidad de Chicago. Se destaca en historia del pensamiento y economía internacional.

[13] Citado por Homero Cuevas.

[14] Una teoría económica debe analizarse en su forma más elaborada. Si nos quedamos, como hacen algunos autores, con la idea de que los mercantilistas confundían la riqueza con el oro y la plata, nos formamos de ellos inevitablemente la imagen de que eran unos locos redomados. Y no es así.
[15] Locke, J. “Some considerations of the consequences of the lowering of interest, and raising the value of Money”. En Several papers relating to money, interest and trade. 1696. Reprinted by A.M. Kelly Publishers, New York, 1968. Página 30.

[16] Idem. Página 42.

[17] Planteadas así las cosas los mercantilistas no estaban lejos de lo que hoy se considera una política monetaria óptima: hacer crecer la cantidad de dinero de forma que sea compatible con la tasa de crecimiento real de la economía más una tasa moderada de inflación.
[18] Thomas Mun (1664). La riqueza de Inglaterra por el comercio exterior.  Fondo de Cultura Económica, México, 1978. Página 58.

[19] Si no hay pagos de renta por el uso de factores  (remesas de trabajadores o intereses) ni transferencias (donaciones, etc.) la balanza comercial de los mercantilistas equivale a la cuenta corriente de la balanza de pagos.
[20] Hume se conoce fundamentalmente como filósofo. Hizo importantes contribuciones a la teoría política y a la teoría económica.
[21] Hume. On Money.

[22] Hume.  On Trade.
[23] Véase Keynes. Teoría General. Capitulo XXII.

[24] Prebisch, R. (1986): “El desarrollo económico en América Latina y alguno de sus principales problemas” en Desarrollo Económico vol. 26 Nº 103 (trabajo editado originariamente en inglés en mayo de 1950). Ocampo, J. A. y M. A. Parra (2003): “Los términos de intercambio de los productos básicos en el siglo XX” Revista de la CEPAL Nº 79 pp. 7-35.


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