domingo, 8 de julio de 2012

La oferta de servicios religiosos en Colombia y la política pública.


La oferta de servicios religiosos en Colombia y la política pública.

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Economista, Docente Universidad EAFIT

“…donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18,20)

I

Hace dos o tres meses en un recorrido por las calles de Necoclí, pueblo del Urabá Antioqueño, conté nueve sedes de sectas religiosas. Hay en el pueblo unas dos o tres iglesias católicas. En total: 10 confesiones o tendencias religiosas.  Una oferta amplia y diversificada de servicios de socorro y ministerio espiritual para los 14.000 habitantes del casco urbano. Algo similar ocurre en todo el País.

Hace tres o cuatro décadas la situación era distinta. La Iglesia Católica Romana, arropada en un concordato vigente desde finales del siglo XIX, monopolizaba el mercado de servicios espirituales. Se sabía de la existencia de algunos judíos de los que usualmente se suponía eran personas adineradas. Las otras vertientes cristianas, que se agrupaban todas bajo el nombre genérico de “los protestantes”, eran escasas en número y practicantes; sus pastores, usualmente jóvenes “gringos” encorbatados y en mangas de camisa repartían de casa en casa sus revistas – Atalaya, era una de ellas – y regalaban profusamente ejemplares del Nuevo Testamento de formato pequeño y pastas azules. De los protestantes se decía, en los años 50 y 60, que dentro de sus casas estaban todo el tiempo desnudos. Hay un cuadro del Maestro Fernando Botero, La Familia Protestante,  en cuya interpretación se han devanado los sesos los más encopetados críticos de arte. El cuadro muestra a los miembros de una familia todos desnudos confortablemente sentados en el  sofá de la sala. ¿Por qué están desnudos?. Simplemente, porque son protestantes y en sus casas los protestantes viven en pelota. Botero conocía bien ese mito urbano.

La Constitución de 1991, en su artículo 19 que consagró la libertad de cultos, puso fin al monopolio legal de la Iglesia Católica Romana. La ley 133 de 1994 desarrolló el precepto constitucional, señalando, en particular que: “Ninguna Iglesia o Confesión religiosa es ni será oficial o estatal. Sin embargo, el Estado no es ateo, agnóstico, o indiferente ante los sentimientos religiosos de los colombianos”[1]. A todas las confesiones o tendencias religiosas que lo soliciten se les reconocería personería jurídica.

Desde de entonces el número de confesiones religiosas ha crecido de forma exponencial: eran 15, en 1995, llegan a 2535, en 2010, según el Registro Público de Entidades Religiosas del Ministerio de Justicia. Un TACC de 40%. De continuar con este ritmo, en 15 años más tendríamos unas 400.000 religiones.


De los holandeses - cuya patria fue, en los siglos XVII y XVIII, el refugio de todos disidentes religiosos de Europa - se decía que bastaba con tres o cuatro de ellos para formar dos sectas religiosas.  Esta otra enfermedad holandesa se ha extendido a todos los países.  Existen  miles de sectas en el mundo y se dice que cada día aparecen 3 ó 4 más[2]. En 2010 se registraron diariamente 2,3 nuevas asociaciones religiosas en Colombia. Seguramente la exégesis de los textos religiosos, sujetos a múltiples interpretaciones, es suficiente para explicar la proliferación de sectas y variantes de todas las grandes religiones. También deben ayudar a esa proliferación los beneficios fiscales que en toda parte se otorgan a las iglesias.
En Colombia, de acuerdo con el artículo 23 del estatuto tributario,  no son contribuyentes del impuesto sobre la renta y complementarios, entre otros, los movimientos asociaciones y congregaciones religiosas, que sean entidades sin ánimo de lucro. Sus pagos no están sujetos a retención en la fuente y sus servicios están exentos del IVA. Las donaciones que reciben son deducibles de los impuestos a cargo de los donantes. Un gran número de docentes de las instituciones religiosas que prestan servicios educativos son pagados con recursos públicos[3]. También están libres de las contribuciones locales y sus inmuebles están exentos del impuesto predial. Este beneficio debe ser un incentivo muy poderoso en los pequeños municipios en donde es usual que los lugares de culto sean  los mismos inmuebles de habitación de los pastores y líderes espirituales. En Medellín se presenta un llamativo caso de integración horizontal: un centro de oración dominical durante la semana sirve de parqueadero público y de expendio de alimentos y bebidas.

II
Los economistas apreciamos desde siempre los beneficios de la competencia y ésta usualmente es mayor mientras mayor sea el número de oferentes. Adam Smith creía que la diversidad  de las creencias aumentaba la competencia entre los proveedores de los servicios espirituales conduciendo a un mejor servicio y a mayores niveles de religiosidad y más altas tasas de participación en las actividades del culto. Las iglesias dominantes en el mercado, pensaba Smith, terminan por perder su capacidad competitiva:

“…los predicadores de las nuevas religiones siempre han gozado de una ventaja muy grande cuando han atacado los sistemas antiguos y ya consolidados, pues el clero de estas confesiones, reposando en las ventajas adquiridas, olvidó conservar el fervor de la fe y de la devoción en la gran masa del pueblo; entregado a la indolencia ya no era capaz de un esfuerzo vigoroso  ni siquiera para afirmar las bases de su existencia. El clero de una religión establecida y bien dotada llega a componerse de hombres doctos y agradables, que poseen todas las virtudes de la gente de mundo, o aquellas dotes capaces de conquistarles la estimación de esa clase de gente; pero poco a poco van perdiendo aquellas cualidades, buenas o malas, que les conferían autoridad e influencia sobre las clases bajas del pueblo y fueron la causa principal del éxito y consolidación de su doctrina. Un clero de esta especie, cuando se ve atacado por una secta compuesta de gentes entusiastas y audaces, por estúpidas e ignorantes que sean, se siente completamente indefenso (…) en tales circunstancias no encuentra otro expediente que recurrir a la autoridad civil para que persiga, destruya o destierre a sus adversarios como enemigos de la paz pública”[4]

El gran Hume al parecer pensaba que los servicios religiosos eran un bien público y que el poder civil debía asignar un estipendio fijo a los directores espirituales de todas las obediencias para evitar los efectos nocivos de la competencia en el caso de que, como otras profesiones liberales, tuvieran que basar su sustento en “la liberalidad de las personas que siguen sus doctrinas y encuentran beneficio y consuelo en el socorro y ministerio espiritual que aquéllos les prestan”. Creía Hume que “cada uno de estos predicadores inspirados, para ganar prestigio  y santidad a la vista de los creyentes, les inculcará la repugnancia más violenta contra todas las demás sectas, y procurará también excitar con cualquier novedad la languideciente devoción de su auditorio. En las doctrinas que inculquen no habrá respeto para la moral, la decencia o la verdad. Las opiniones que adopten serán aquellas que mejor se acomoden a los desordenados apetitos de la naturaleza humana. Cada conventículo atraerá nuevos clientes, de acuerdo con la habilidad y actividad se sus expositores para apelar a las pasiones y la credulidad del populacho”[5]

Smith se aparta de Hume en este punto. Para él, siempre que el poder político se abstenga de apoyar una o unas pocas sectas mayoritarias, el celo de los predicadores por atraerse a los creyentes “se convierte en innocuo cuando la sociedad se halla dividida en doscientas, trescientas o aún millares de sectas pequeñas, ninguna de las cuales tiene la fuerza necesaria para perturbar la tranquilidad pública”[6].  En cuanto a los efectos de la prédica sobre la instrucción y la moralidad del pueblo, Smith, como buen representante de la Ilustración, confiaba en la educación y la ciencia. “La ciencia es el gran antídoto contra el veneno del fanatismo y de la superstición, y allí donde las clases superiores del pueblo se hallen protegidas contra esos males, las personas de inferior categoría corren menos riesgos de padecerlos”[7]. Estamos lejos de los presupuestos de Hume y de Smith.

El ecumenismo está muy extendido al menos en occidente y entre las vertientes del cristianismo. En lugar de combatirse las unas a las otras, las sectas se agrupan y conforman gremios para defender sus intereses y obtener beneficios de los estados. Aplicando la sabia regla de que “si no puedes vencer a tu enemigo, únetele” la Iglesia Católica Romana de Colombia es miembro de  la Federación Colombiana de Iglesias y Confesiones Cristianas que agrupa 100 sectas y de cuya junta directiva hacen parte dos obispos católicos. A fin de cuentas, el mercado es grande y el clero católico abastece más del 80% de la demanda[8].  

Las clases superiores de la que habla Smith no parecen estar muy cercanas de la ciencia y la filosofía y se muestran poco proclives a combatir la superstición y el fanatismo religiosos. Las propuestas y el accionar políticos están determinados en gran medida por los prejuicios y caprichos populares tal como se expresan en la encuestas de opinión. En todas partes las creencias religiosas permean el discurso político y se ha convertido casi en delito de opinión desestimar una creencia religiosa no importa lo estúpida que pueda ser. Son cada vez más escasos los dirigentes políticos que no busquen presentarse ante sus electores como intérpretes de la  palabra de Dios.

III
No es del caso discutir sobre el fundamento de la demanda de servicios religiosos. Ésta existe y da lugar a una oferta crecientemente diversificada.  El punto es saber cuál debe ser la política pública en relación con esta clase de servicios: ¿deben se subsidiados y gozar de las exenciones tributarias totales que tiene en Colombia?

La respuesta de la economía en este punto es clara desde Smith y está ratificada en los principios de la buena y vieja economía del bienestar: impuesto pigouvianos para corregir externalidades negativas; subsidios pigouvianos para propiciar las externalidades positivas[9]. La actividad de las sectas religiosas debe tener, para mucha gente, externalidades negativas, pero no es usual que alguien se atreva a señalarlas y menos aún a tratar de cuantificarlas[10]. Hablemos sólo de las positivas.

Hace algunos años Robert Barro y Rachel McCleary publicaron un trabajo titulado “Religion and Economic Growth”[11]. El resultado de la investigación, basada en datos de 59 países, es bien divertido. Encontraron que el crecimiento económico responde positivamente a la extensión de las creencias religiosas – especialmente, la creencia en el infierno y el cielo – y negativamente a la concurrencia a las iglesias. En otras palabras, está bien creer pero asistir mucho a la iglesia para producir bienes espirituales parece tener un costo de oportunidad en la producción de bienes materiales. Ahora bien, el problema es que parece que a mayor pluralidad religiosa, es decir, a  mayor proliferación de sectas, es mayor la tasa de concurrencia a las ceremonias religiosas, como pensaba Smith[12].

La información de Colombia considerada en el estudio corresponde a la época en que la Iglesia Católica Romana era aún la religión oficial y muy escasas las sectas que le disputaban el mercado. El índice de pluralidad religiosa, que es igual a 1 menos el valor normalizado del Herfindahl-Hirschman, estaba en 0.05. Hoy debe estar en 0.32,  si se asume que la Iglesia de Católica Romana mantiene un 80% del mercado y sus competidores en conjunto el porcentaje restante.  

IV
La pluralidad religiosa no parece  beneficiar el crecimiento económico. La evidencia sugiere que puede afectarlo negativamente. Puede mejorar el bienestar espiritual de las personas. En cualquier caso, de acuerdo con la teoría de la elección racional religiosa, esa pluralidad tiende a aumentar por sí misma como ha venido ocurriendo desde Lutero.  No hay razón alguna para que el estado la interfiera ni tampoco para que la estimule. Por esa razón los incentivos fiscales que fomentan la pluralidad religiosa son innecesarios, no parecen producir beneficio alguno  y son costosos. Su costo fiscal está creciendo de forma exponencial. Sin mucha esperanza de que sean acogidas, se proponen las siguientes medidas:

1.      Hacer que todas las instituciones religiosas registradas sean responsables del impuesto de renta y complementarios a una tasa reducida del 15% de sus ingresos gravables.

2.      Eliminar la exención del impuesto predial que parece ser la más perniciosa por dar lugar a prácticas oportunistas que afectan las finanzas de los municipios pequeños.

Es probable que este par de medidas disminuyan la proliferación de sectas de suerte que las nuevas que aparezcan estén fundamentadas, realmente, en la diversidad de las preferencias religiosas de las personas y no en lo que parece ser una gigantesca defraudación fiscal montada en nombre de Dios.

LGVA
Julio 2012.



[1] Ley 133 de 1994, artículo 2.
[2] Existen dos interpretaciones sociológicas del fenómeno de la proliferación de sectas. Está, de una parte, la teoría de la elección racional  (Rational Choice Theory) de Stark, Bainbridge, Finke, Iannaccone, etc.  de acuerdo con la cual la proliferación de sectas expresa la vitalidad de los sentimientos religiosos y responde a la diversidad de preferencias de los seres humanos en esa materia. Por su parte, la teoría de la secularización, que arranca con Weber y Comte, quienes predijeron el fin de la religión en un mundo cada vez más racional, ve en la proliferación de sectas una expresión de la decadencia de los sentimientos religiosos. Personalmente tengo la impresión de que la evidencia empírica milita a favor de la RCT.
[3] Este es el caso de las instituciones católicas. Ignoro si este beneficio se otorga igualmente a instituciones educativas de otras creencias.
[4] Smith, Adam. La riqueza de las naciones. Fondo de Cultura Económica, México, 1979. Página 693.

[5] Citado por Smith. La riqueza de las naciones. Fondo de Cultura Económica, México, 1979. Página 697. 

[6] Ídem, página 697.

[7] Ídem, página 700.

[8] Cualquiera sea la distribución del resto de la cuota entre los demás participantes, el mercado de servicios religiosos en Colombia tendría un índice HH superior a 6.000 lo que lo convierte en un oligopolio altamente concentrado.  Las agremiaciones y asociaciones lo convierten en un oligopolio acartelado.
[9] La esencia del denominado “Teorema de Coase” es llamar la atención sobre la ambigüedad  en que se incurre al calificar como negativa o positiva una externalidad. ¿Negativa o positiva para quién? Lo usual es aceptar – cuando los derechos de propiedad no están bien definidos y la negociación es impracticable – la calificación que  le da a una externalidad la opinión dominante.

[10] La interrupción del tráfico por las  procesiones de Semana Santa; los altavoces de los "Cristianos" en lugares públicos o las visitas de puerta en puerta de Testigos de Jehová o los  Mormones, por mencionar algunas, son actividades que causan agravio a muchas personas. Deben ser muy grandes los costos sociales de la enseñanza de principios religiosos contrarios a la ciencia y a la comprensión del funcionamiento de la sociedad política.

[11] Barro y McMacleary (2003). Religion and Economic Growth. NBER.  Working Paper 9682

[12]“…. the religious pluralism indicator (…) has a significantly positive coefficient in the system for monthly church attendance. This pattern accords with the religion-market model’s argument that greater diversity of
religion would encourage competition among religion providers and lead, thereby, to better service and higher rates of attendance” Barro y McMacleary (2003). Página 21.

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